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F i c c i o n e s

LA CENTELLA CAYÓ Y VI LOS ÁLAMOS
Marcelo Dos Santos

"Corwinus necandus est. Cadaver acqua forti dissolvemus,
nec alicquid retinendum. Tate ut potes."

H.P. Lovecraft

Me arrojé sobre ella.
      Mi salto fue bestial, con todos mis músculos en tensión. El corazón retumbaba con violencia, transmitiendo una pulsante conmoción a mis tímpanos, a mis carótidas, a mi diafragma, a mis ingles.
      Ella intentó gritar.
      Un violento golpe de puño en el rostro se lo impidió, al tiempo que apoyaba una rodilla entre sus pechos. Rodamos por el piso.
      La mujer luchaba fieramente, pero mi desesperación era tan desorbitada que me impulsaba como una fuerza demoníaca. Mis ojos eran dos diabólicos pozos repletos de ascuas; mis manos, arañas delirantes que por momentos interrumpían su accionar percusivo para recorrer su espalda, sus hombros, su entrepierna y sus muslos con arrobada pasión.
      Las emociones encontradas convergían sobre mí como sobre el vórtice de un mäelstrom se cruzan los vientos; yo era su amante y su verdugo, su padre y carcelero. La amaba y ansiaba destruirla; anhelaba su cuerpo, la deseaba y estaba destrozando a golpes de puño su hermosura. La poseería, pero... ¡Qué supremo goce alcanzaría con la proximidad de su muerte paroxística! ¿Existía acaso un placer semejante?
      No lo sabía, y recién ahora me lo pregunto; no era yo un filósofo ni un loco. Sólo un hombre borracho de sensibilidades extrahumanas, un bello animal dispuesto a buscar la satisfacción de sus impulsos asignándoles jerarquía de fines últimos... Un buceador del Alma Increada, un buscador del Universo.
      No era la primera vez que lo hacía, lo reconozco, pero sabía que ésta era la verdadera y final Oportunidad.
      La había visto por primera vez hacía dos meses, y un súbito deseo de tenerla me había alertado sobre la verdadera naturaleza de esa joven. Una prostituta, desde luego, pero joven y bella, con afeites chillones y voluptuosas formas que no eran, para mí, sino la promesa de una próxima comunión con las Esferas.
      Durante esos dos meses la había observado más de quince veces sin, de hecho, intentar ningún tipo de diálogo o aproximación. Londres está llena de curiosos, y hubiera sido nefasto que algún circunstante hubiese podido, eventualmente, erigirse en inoportuno testigo de cargo contra mí.
      De manera que, sufriendo la tortura de mirarla, esperé la ocasión adecuada...
      Y ésa era la noche tan soñada: el Tiempo de la Bestia, el Sueño del Vampiro...
      Ella salió, tambaleante, del sórdido local que la empleaba, y caminó lentamente, con suavidad felina, por el sendero del parque...
      La seguí largo rato, la rebasé entre las sombras... Medí su frágil cuerpo contra los renegridos troncos de los árboles...
      Y me arrojé sobre ella.
      Mis primeros golpes, quizá en exceso violentos, la privaron del sentido.
      Enjugué amorosamente un hilillo de sangre que le recorría la sien y cargué sin hacer ruido con su precioso peso hasta mi casa, sorteando los apostaderos nocturnos de la escasa suma de policías que velan por los ciudadanos durante nuestro crudo invierno inglés.
      Cansado y sudoroso pero satisfecho, la deposité sobre mi propia cama y la desvestí suavemente. Sus piernas eran claras y tersas; los pequeños pechos, firmes sobre la delicada curva de las costillas. Mientras me entretenía admirando la renegrida mata de vello de su pubis, sentí la primera de mis erecciones intermitentes, anuncio inequívoco de la agonía mortal y dolorosa que precedía, estaba cierto de ello, al orgasmo final, a la conmoción de mi conciencia. A la Vida.
      Lamí con delicadeza sus heridas; con delicadeza lavé sus genitales. Con firmeza introduje en su ano los pequeños Objetos Sagrados de los que nadie habla. Besé sus breves pezones rosados. Me regodeé en la sombra de sus largas pestañas. Susurré, abrazado a su vientre, mis dulces palabras de amor.
      Ella despertó mientras yo la penetraba. Como siempre, me tomó un largo tiempo despertar de mi letargo y comenzar mi lento trabajo. Arremetí contra ella una y otra vez, tapando su boca con mi mano, sintiendo sus dientes hincarse con violencia. Finalmente, comenzó a sentir placer y, arrojada a los infiernos por el para ella inusitado tamaño de mi miembro, cesó en su inútil resistencia y expresó su sensación con sólidos grititos de placer y suaves ronroneos.
      Cuando, en el colmo del deleite, ella me comprimió contra sí, mi mano libre buscó su nuca y clavé el cuchillo. Una y otra vez. Salvajemente.
      Sus piernas apretaron mi cintura en una convulsión agónica. Sus labios cedieron paso a una vaharada de vapor sanguinolento y su cuerpo íntegro se irguió en el último orgasmo de la muerte, mientras yo la dejaba, sola y gélida, bañada en su propia sangre, sobre las níveas sábanas del lecho.

Caminé, aún débil, hasta el baño. Tomé las dos garrafas del armario y vacié todo el ácido en la bañera. Los vapores me sofocaban y hacían que mi respiración se tornara más y más trabajosa. Mi clímax se acercaba: me pedía a gritos diligencia.
      Tomé a la bella joven en mis brazos y, sin retirar el cuchillo, la deposité en el cálido seno de la Inexistencia.
      El ácido la devoró rápidamente, mientras mis contracciones se hacían más y más violentas.
      El último acceso muscular estuvo teñido de tonos de victoria. El cielo me recibió... y yo vi.
      Vi el bosque. Vi la bruma. Vi la centella detenida, como por mágicos ensalmos, entre los nubarrones que anunciaban la tormenta.
      ¿Lo demás?
      Es sólo mío. Sólo diré que lo he logrado y que el rostro, ese absurdo e incontrolado rostro del Caos, que rige su propia creación, me fue mostrado en toda su grandeza.

Para terminar esta nota, diré que caminé despreocupado y jovial, hasta el bosque que circunda la abadía; en él escribo estas líneas.
      Es de noche, pero el lugar es el de mi visión; no hay dudas.
      Hace unos instantes, la centella se ha descolgado grácilmente y ha caído en algún lugar, más allá del río. Su luz inconcebible me ha mostrado el verdadero aspecto de los árboles; son álamos. Viejos, retorcidos, alzando sus largos troncos hacia el cielo.
      Ahora paso la soga por encima de una rama. Voy a colgarme de ella.
      Sólo puedo decirte, lector desconocido, que no me arrepiento de ninguno de mis actos; que no me importa la Visión que me han mostrado; que desprecio los conocimientos obtenidos...
      Nada de esto tiene valor ya. He muerto y sido Dios. He amado. He segado vidas en una irrefrenable carrera contra el Tiempo. De nada me ha valido.
      Sólo un hecho justifica mi existencia; un hecho tan reciente que me hace dudar de mi importancia:
      La centella cayó y vi los álamos.


Marcelo Dos Santos

Marcelo Dos Santos nació en Buenos Aires en 1961. Es casado, tiene 3 hijos y vive en Florida, en la Provincia de Buenos Aires.
      Estudió Medicina, Dirección Cinematográfica e Informática.
      Crítico profesional de cine y literatura, guionista y productor de cine y televisión, animó las secciones de espectáculos en varios programas de Radio Excelsior, Radio Cultura, Radio El Sol y Canal 9 de Buenos Aires, escribiendo regularmente en las revistas Film (Buenos Aires), M Cine (Montevideo) y numerosos fanzines.
      En el ámbito literario, publicó relatos de ciencia ficción, fantasía y horror en varias revistas no profesionales de Buenos Aires y Rosario. También tradujo varias obras de reputados maestros de la ciencia ficción, como Frank Herbert y Norman Spinrad.
      Dos Santos tiene terminadas Padres y Madres, volumen compuesto por dos novelas cortas de ciencia ficción y fantasía, Gorgona, el Tercer Atentado, novela de acción y suspenso, y Glup, relato concebido para ser editado independientemente en forma de libro.
      Este cuento compone Últimas Visiones, colección de relatos recientemente publicada en España (Más datos).


Axxón 117 - agosto de 2002


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