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F i c c i o n e s

SIMPOSIO DE ECOLOGÍA
Pablo Contursi

Argentina

1 a 11 de diciembre —susp. 10 de dic.—
Universidad de Stuttgart
(Sede auxiliar: Museo de Ciencias Naturales de Stuttgart)
Stuttgart, Alemania

1 dic.
Expositores:
Dra. Gloria Scholes (Instituto para la Restauración de la Biodiversidad, Nueva Zelandia)
Prof. Jerome Dwizzle Galintzer (Cátedra Watanabe, Facultad de Cs. Biológicas, Univ. de Bologna)
Espectáculo: Ballet de Peengrease

3 dic.
Expositores:
Dr. Evander Swami Kauffman (Univ. Toronto)
Dr. Paul Holyfield (Centro de Estudios Edafológicos, Sudáfrica)

7 dic.
Expositores:
—Ausente— Dr. Evander Swami Kauffman (Univ. Toronto)
Katerina Pawloska-García (Vicepresidenta, AEOEI)

9 dic.
Espectáculo: grupo musical X-Teen Gals
Expositores:
—Fuera de programa— Katerina Pawloska-García (Vicepresidenta, AEOEI)
Dr. William Jiggs Poltrow (Jefe de Depto. de Bioingeniería, Xenera)
Dra. Victoria Trevi (Comisión de Desarrollo Sustentable, Mokai)

11 dic. —Suspendido—
Expositores:
Mörten Nikkelborg (Encargado de Relaciones Públicas, ArcheaLithic)
Gwen Mansillas (FDE)

* * *

El XXXIII Simposio Internacional de Ecología, llevado a cabo del 1 al 9 de diciembre en la Universidad y en el Museo de Ciencias Naturales de la ciudad de Stuttgart, arrojó más inquietudes y discordias que las esperadas. Lo que se suponía sería una comunión de políticas de estado abocadas al logro de objetivos deseados por los países más astutos en materia científica, derivó en el planteo de problemas que aquejan a empresas privadas, menos atenientes al bienestar ecológico global que al márketing, y luego, en batallas mezquinas en las que uno y otro bando se arrojaron acusaciones —y otras cosas, por cierto; véase fotografía en la portada de este suplemento—, o bien se lucieron en sus habilidades para la oferta de servicios y productos —tal el caso de Victoria Trevi, quien vendió, al tiempo que disertaba sobre la influencia de las altas temperaturas en los índices de reproducción de las bacterias del Amazonas, tres especímenes de un novedoso modelo de Canis familiaris que no defeca sino los sábados—. El 9 de diciembre fue pródigo en incidentes que me pasmaron.

El primer día resaltó la breve ponencia de la doctora Gloria Scholes, quien aseguró que, de continuar la tendencia alcista de las inversiones en el campo de la blatística, "pronto habrá que contratar a las mismas cucarachas para que nos enseñen no únicamente cómo hay que limpiar y fregar los enseres de cocina, sino también cómo preparar las más exquisitas recetas para el paladar humano, dado lo inteligentes y obsecuentes que se vuelven día a día". La doctora Scholes propuso interrumpir las inversiones en esta área para "restablecer la armonía, ahora ni siquiera añorada, entre estos dictiópteros y sus predadores naturales —las hormigas, las arañas, etc—". Recordemos que Microblatta Corp. comunicó que destinará 300 millones de dólares en la capacitación y educación de su personal operativo —es decir, las cucarachas—. "La ingeniería genética"—dijo Scholes—, "luego de multimillonarios esfuerzos en aras de mejoras en los genotipos, ha descubierto que algunas especies del orden Blattaria poseen —para el uso que les damos— un fenotipo perfecto, y ahora estamos gastando sumas enormes de dinero para enriquecer su acervo de memes. En realidad, habría que preguntarse si no es que ellas nos han usado; si no es que han usado nuestra ingeniería educacional —tal como hicieron con la ingeniería genética— en su propio beneficio. El que se estén convirtiendo en expertas en gastronomía —recomiendo los trabajos de Kouska y Walsinatsz, 2019—, ¿no les dice algo, siendo que desde hace siglos que hemos intentado echarlas de nuestra comida?".
      Hubo una interrupción, tomada al principio con liviandad y al rato con temor, hecha por un individuo sentado en primera fila, que aseguró haber visto en el patio de su casa, varias veces, a la madrugada, "cómo una pandilla de cucarachas molestaba a un indefenso mamboretá", al que mantenían con vida —parece ser— con la finalidad de prolongar una diversión consistente en remarcar con inquina el desconocimiento que este último tenía acerca de la filosofía de Max Scheler. Otras voces se alzaron para ratificar incidentes similares. "Si eso es cierto" —dijo Scholes— "la ecología planetaria se verá gravemente resentida: hemos tolerado su alfabetización, pero ¡válgame Dios, no queríamos cucarachas tiranas!". Hubo un murmullo general, y luego se presentó el ballet de la organización Peengrease de salvataje cetáceo, que brindó una personalísima interpretación de El lago de los cisnes, con un fondo sonoro de variaciones de la composición de jazz Dolphin Dance. El final de la obra —surcada por el leitmotiv del filme Jaws— dejó boquiabiertos a todos los asistentes, lo cual tuvo su costado cómico —ahora que lo veo así escrito—.
      A su turno —del todo alejado del tema pautado para su discurso—, Jerome D. Galintzer dijo que las palabras de la doctora Scholes eran de una "soez falta de humanidad", que retrotraía la actual moral occidental a la barbarie de la Edad Media. Pasando por alto algunas reglas básicas de la argumentación, Galintzer —reconocido profesor de Bioquímica en la Universidad de Bologna—, estimó que la doctora Scholes había dado el primer paso en contra del derecho de toda especie sapiens a la adquisición de conocimientos. Parte de la audiencia —la intelligentsia hipócrita de la tecnociencia, como la llamo yo— recibió esa conclusión con espanto.

El segundo día del simposio, 3 de diciembre, poco se escuchó digno de repetirse aquí. Eso sí, fueron interesantes las reflexiones del doctor Evander S. Kauffman que, partiendo de una arriesgada hipótesis subordinada a las corrientes actuales de la Teoría del Caos, establecieron una ligazón entre el éxito comercial de los duplicados de Nefertiti y los tsunamis que asolaron las costas de Japón a mediados de la década pasada. La debilidad de sus ideas —ya que se basan en la no comprobada identidad genética de los duplicados con la Nefertiti histórica—, no amilanó al científico, que mantuvo una impavidez admirable —muy notable cuando su calvicie recibió una densa llovizna de café desde la platea—. Se cree que los que arrojaron este líquido habían ido armados con sifones; hubo quienes creyeron que no se trataba de café; hubo quienes creyeron que entre ellos se hallaba Sullivan O´Rourke, principal accionista de una multinacional que vende productos —duplicados de Cleopatra— que compiten con las Nefertitis, de Noosphere. Conocida es la áspera retórica de los catedráticos de la Universidad de Toronto. Evander Kauffman replicó: "He frente nosotros otra prueba de la sumisión causal de la atmósfera —siquiera en su modo local, inofensivo— ante el poder de los clones de la bella Nefertiti". No me quedó claro por qué el doctor Kauffmann tomó partido en una guerra que nada tiene que ver con una ciencia benefactora de la sociedad. O´Rourke se retiró enojado, y yo, confundido: la ciencia actual es verdaderamente ofensiva [obnoxious] para la humanidad; hace que consideremos a un grupo de individuos idénticos (seres humanos de sexo femenino, que se venden como réplicas exactas de Nefertiti) como una subespecie del Homo sapiens. Es cierto que su carga genética es la misma entre todas ellas, cuando nacen, pero, ¿es lícito razonar acerca de esos humanos como de un mero grupo? ¿No es grosero hablar de ellas como si fueran bandadas o cardúmenes, por más modificaciones que como grupo causen en el ecosistema? Es una mentalidad que entraña peligros para la misma especie humana.

La siguiente reunión fue en la sala B, la más grande de la Facultad de Geo y Biociencias. El moderador de la charla, el locutor televisivo Gerry Cooney, introdujo a los presentes a una ciencia que en menos de un lustro había logrado avances extraordinarios: la anti-ecología. Uno de los referentes en esta disciplina es la investigadora Katerina Pawloska-García, que asistió en lugar de Kauffmann, ya que éste se había descompuesto, y "a duras penas podía caminar". (Nadie encontró nada de raro en esta explicación. Sin embargo, a mí me sorprendió: no tanto que Kauffmann se viera en dificultades para caminar —de hecho, era rengo— como que Pawloska-García fuese en lugar de él, si esto significaba en reemplazo, dado que el doctor Kauffmann era un ecologista recalcitrante). "Un anti-ecólogo" —comenzó la sra. Pawloska-García— "no es, como quieren hacernos creer los partidarios de una ciencia anticuada como aquella a la que combatimos, un ser impulsado por el rencor hacia la Madre Naturaleza, que tanto daño nos ha hecho, por otra parte" —aquí se escucharon abucheos—. "Digo"—prosiguió Katerina—, "no tenemos ansias de destrucción, no creemos que por reventar a arponazos a tres o cuatro infelices cachalotes se vaya a resolver el problema de la falta de aceite en el mundo, no creemos que la paz mundial se haga más posible sólo por la eliminación de ponzoñas como los mosquitos, las pulgas y los piojos. Lo que señalamos, con humildad pero con fervor, es que la ecología es cara". Eso me sonó extraño; tanto, que perdí el hilo de la charla. Y —es verdad—: otro tanto, por una de las chicas que hacían promociones en el stand de ArcheaLithic, a la derecha del asiento en donde yo estaba ubicado.
      El café que me sirvieron en el stand agregaba otro probable motivo para las lluvias que sufrió Kauffmann: su espantoso sabor. La chica —que de cerca no era nada linda, o quizá se tratase de un efecto del café— entendió que algo andaba mal en mi organismo, y quiso venderme una aspirina. Le dije que no, y le pregunté si había visto a Mörten Nikkelborg, encargado de relaciones públicas de ArcheaLithic, a quien yo tenía que hacer una entrevista, ya concertada por la revista para la que yo trabajaba. Me dijo que no, y —como si una cosa trayera la otra—, me hizo una encuesta, de una prolijidad de entomóloga, casi sin que yo me diera cuenta. Pese a la falta de atención sobre lo que dije, reparé en que no tenía una idea cabal de qué clase de cosas vendía una empresa seria como ArcheaLithic, siempre a la vanguardia en la satisfacción de las necesidades de los hombres, mujeres y niños del mundo actual; ArcheaLithic, siempre adelante; ArcheaLithic, pida ya una muestra gratis de la última versión de Thy-la-dog, el tilacino posmoderno.
      —¿Tilacino posmoderno? —dije a la chica, desviando mi mirada de la pantalla que había en el stand.
      —Fuimos pioneros —dijo un individuo que yo no conocía. Era Mörten Nikkelborg.
      Claro, tilacino es el otro nombre del tigre de Tasmania (Thylacinus cynocephalus), primera especie extinta por gracia humana en volver —por gracia humana— a la vida en la historia de la Tierra. Nikkelborg sostenía un vaso vacío, y no tenía buen semblante. No, no.
      —¿Qué tiene de especial esta versión del tilacino? —pregunté.
      —Demasiado.
      Dicho esto, salió rumbo a los baños, a unos veinte metros de las puertas principales de la sala. Tendría que esperar su retorno, para entrevistarlo. Para este menester, lo mejor era situarme cerca de la entrada.
      Los minutos pasaron, y mi entrevista se desvanecía del futuro próximo —y junto con ella, mi buena reputación como periodista— porque Nikkelborg no aparecía. Varias veces supuse que se acercaba, pero todos fueron típicos engaños de mi miopía: en mi proximidad, ninguno resultó ser Nikkelborg. Después del engaño número seis, renuncié a la guardia.
      Como mi asiento estaba ocupado por una persona, tuve que contentarme con seguir el discurso de Katerina desde un pasillo lateral, apoyado en una estatua de Haeckel. Haber perdido de vista a Nikkelborg era preocupante, pero rápidamente me desinteresé de su suerte porque quedé cautivado por la investigadora. Mis giras por el stand y por la entrada acomodaron mis tiempos con los de Pawloska: en ese intervalo ella se había divorciado de la mitad hispana de su apellido compuesto, un ecologista fanático que se alejó de la sala profiriendo insultos, pues había ido al simposio con la convicción de que Katerina anunciaría allí un radical cambio de fe —imprescindible para el futuro de la relación—. Hay que entender que esta escapada influyó bastante en el comportamiento de William Poltrow en los días venideros y —comprensiblemente—, en mi malhumor. Una vez que se aplacaron los ánimos de los espectadores, la charla prosiguió.
      La ecología es cara, según Pawloska, porque no hace falta mantener la cantidad "bestial" de seres subhumanos que pueblan el mundo actual. Supuse que se refería al reino animal, y sólo a él, pero no era así: "En efecto, ¿para qué seguir alimentando y cuidando a millones de babosas, ciempiés, orangutanes, tigres, benteveos, águilas, cangrejos, garrapatas, elefantes, lemures, ombúes, amapolas, rosas y serpientes?". Una voz ronca —creo que de Adalberto Pinkerton, director del ballet de Peengrease— gritó, con angustia: "¿Usted, como humana, se arroga la responsabilidad de alimentar y cuidar a estas criaturas? ¿Usted? ¡Ni usted, ni yo, ni ninguno de los seres humanos de la Tierra tiene ninguna función en un proceso que le corresponde a Gaia! ¡Somos nosotros, la especie más cruel y egoísta de la Creación, la que se ha encargado de mostrar —con creciente maldad desde el siglo pasado— que sobramos, pues toda vez que interferimos en el macro-ecosistema del planeta es para perjudicarlo, para destruir vida, para aniquilar especies que han tardado millones de años en desarrollarse! ¡La Naturaleza estaría mejor sin nosotros!". Katerina Pawloska no hizo caso y, en superposición con las toses finales del enardecido bailarín Pinkerton, aclaró: "No quiero decir que el Homo sapiens tenga derecho a poseer la Tierra: ¡no hace falta decirlo, desde que ya es su propiedad! Agrade o no, somos dueños del planeta entero. Sin embargo, no es esencial para mi proyecto el establecimiento de una discusión sobre dicho tópico. Lo central es esto: hay animales y plantas que ocupan lugar, comen, ensucian, desordenan, aúllan, ladran, rugen, maúllan, pican y muerden; en una palabra: estorban, en tanto consumen y no producen utilidades. Una babosa es un organismo que, ante todo, produce babosas: ella misma —puro tejido de babosa— es su primer producto. Una ballena azul es un animal carísimo, pues para mantener sus 100 toneladas de carne y huesos de ballena, debe ingerir toneladas de krill. ¿Cuánto aprovechamos de esa ballena? ¿Un 10%, un 30%? ¿Por ventura, un 50%? Es lo mismo: sigue siendo cara: un kilogramo de krill está valuado en 600 dólares; un kilogramo de ballena vale menos de la cuarta parte de eso. O sea que por cada kilogramo de ballena existente en los mares, estamos perdiendo más de 450 dólares. No pretendo salvar de la aniquilación al krill: sirve, ante todo, de materia prima para ese producto final que son los cetáceos desdentados. Algunos han calculado que el ecosistema antártico cuesta a la civilización 6,4 miles de millones de dólares al mes. Una población de panteras (Vincenz y Pauli, 2015) malgasta anualmente entre 5 y 6 millones de dólares. En cambio, nada nos ofrece una pantera que no podamos obtener en un laboratorio, mediante ingeniería genética: Kunstlader GmbH vende, en más de treinta países, y por menos de 5.000 dólares, un organismo que es sólo piel de pantera, y que se alimenta de sus propias heces. El problema de la escasez de aceite comestible, tan perjudicial si pensamos en la reciente conflagración de Groenlandia, se reduciría si se lanzara al mercado un organismo que produjera aceite a bajo costo, cosa que está al alcance de la mano (y que, si no se implementó, es por razones políticas). Mis hijos crecen fuertes y lozanos con Easy Meat, un organismo del tamaño de un ratón que genera hasta 40 kg. mensuales de carne vacuna. Para los vegetarianos, existe V-getAble, una huerta que se siembra y se cosecha a sí misma: ocupa menos espacio que un tablero de ajedrez y produce dos toneladas de alimentos a la semana. ¡Cuánto más podríamos alimentar a los niños pobres del mundo si, por decir, barriéramos de una vez por todas con los bosques y las selvas, repletos de yuyos y malezas inútiles! ¡Cuántas vidas humanas salvaríamos si no hubiera más insectos, transmisores de enfermedades mortales! ¿Para eso queremos biodiversidad? ¿Para que un bicho empapado en veneno se muera —de risa—, para luego tener crías que nos transmitirán la malaria, cuando crezcan —y cuando se cansen de descostillarse de risa—? Y, ciertamente, ¿quién necesita medusas, jirafas, escarabajos, o ranas?". Entonces terminó, entre gargajeos de Pinkerton, aplausos de Poltrow y una repartija de caramelos con la forma del logo de ArcheaLithic, el tercer día del simposio.

El 9 de diciembre encontré a Nikkelborg en el stand de ArcheaLithic en el Museo Lowëntor de Ciencias Naturales de la ciudad. Estaba contento, y aceptó concederme una nota (ver última página de este suplemento), en el parque Rosenstein. No convenía que se supiera que yo era periodista, y Nikkelborg no puso objeciones a mi pedido de mantener la reunión bajo secreto. Como era todavía muy temprano, el off-the-record fue en un bar en otra parte de Stuttgart, porque el café del simposio —dijo Nikkelborg— "no era de confiar":
      —Culpa de unos revoltosos —dijo—, los mismos que atentaron contra MicroBlatta hace unas semanas. Es decir, ¿sabe de qué hablo?
      —No —dije yo, mientras olía el café.
      —No quiero alarmarlo ni arruinarle el desayuno, pero una agrupación de gente joven autodenominada Mother Roach, adepta a la homeopatía, vertió extracto de cucaracha en el tanque de agua de la Universidad. Por eso nos trasladamos al museo.
      Aun así, como el café se elaboraba en la cocina de la Universidad —y dada la lentitud de la cúpula directiva del simposio para asumir la responsabilidad del error—, todos los stands contenían todavía esa sustancia purgante. En ArcheaLithic había bronca.
      Una camarera Blatta orientalis sapiens limpiaba una mesa cercana a la nuestra, y Nikkelborg midió sus palabras:
      —Mother Roach defiende el derecho de autodeterminación de las cucarachas —pausa de sorbo de café—; más específicamente, de la Blatta americana sapiens, "superiores en espíritu e intelecto al resto de los sapiens", cosa que yo no comparto. (No me malinterprete, no digo que sean inferiores. Pienso que no son superiores). Creen injusto que el hombre practique lo que ellos suponen es una imposición de servilismo a un ser tan maravilloso.
      —Tiene algo de sentido.
      —Claro, usted... ¿Le molesta hablar de esto?
      —No, para nada, la homeopatía no me hace efecto —dije, y Nikkelborg sonrió—. Y no quise decir eso; pensaba en los recientes cambios legales, en países como Holanda o Chile, que borran las antiguas diferencias entre los humanos y los otros sapiens...
      —En Grecia los perros hijos de la ingeniería genética ya pueden negarse obedecer a sus amos. La ley los ampara, y cuando...
      —Eso es otra cosa. Decía: Lo que no entiendo es por qué, si defienden a las "americanas", pusieron en el agua extracto de ejemplares esa especie... ¿No debieron matar algunas, para eso? El cariz legal del problema tiene sus recovecos de interés, si nos centramos en la delimitación de la presencia o la ausencia de inteligencia en un organismo dado. Pero una vez que a una especie se le otorga el mote de sapiens, ¡no hay discusión! Por lo menos, para la ley...
      —Ahí está la cosa —dijo Nikkelborg, que no había escuchado mis últimas palabras—. Debieron matar algunas, y así lo hicieron, quizá apoyados por grupo extremista de las "americanas". Y lo publicitaron. Pero estos chicos buscan otra cosa: que los bichos se indignen y se rebelen contra la humanidad.
      —Dentro de la cual hay que incluir a la organización Mother Roach, formada por humanos, que para algunos es un término mucho más insultante que "bicho". Si uno se detiene en los genocidios del siglo...
      Nikkelborg no escuchó la parte de mi oración que siguió a la primera coma, y dijo:
      —Eso mismo, pero eso poco les importa.
      —Sería de desear, para ese grupo extremista de insectos, que su maniobra no se descubra.
      —Por supuesto, sería un escándalo: ¡El primer caso de terrorismo ejercido por cucarachas; y lo peor: contra individuos de su misma especie! La especie Blatta americana sapiens sufriría la primera división política de la historia.
      —Algo que los humanos...
      —El chiste —una nueva forma de terrorismo "martirizador", que se basa en dañar algo para reivindicarlo— tiene un objetivo bien claro. (En realidad, no está bien decir que "poco les importa": ¡les importa mucho!; y no se trata de un "chiste"). Usted sabe, la homeopatía es una escuela medicinal inexistente para la ciencia. Inexistente en varios aspectos: las dosis de los extractos son indetectables, aun por los más modernos dispositivos; sin embargo, producen efectos, como yo mismo he comprobado en los mingitorios de la sala B. El asunto es que no hay modo de repudiar el atentado sin otorgar algún mérito a los postulados de la homeopatía. Mother Roach sabe que la Ciencia no dará su brazo a torcer.
      —Qué curioso: pensar que la ciencia se comporta a veces como una ideología.
      —Qué astuto: saberlo.
      —O sea, si la ciencia no puede detectar vestigios de Blatta americana sapiens en el café... Eso libra a Mother Roach de cualquier acusación de crimen.
      —Ni siquiera ustedes —ni los de su revista ni el resto de los medios periodísticos—, podrán poner el grito en el cielo. Ni siquiera acá, en Alemania, donde el asesino de cualquier entidad sapiens es castigado con la cárcel —esto rige para hombres y bestias—. Supongo que Mother Roach abandonará la homeopatía una vez que logre...
      —No es mi revista, soy sólo un empl...
      En ese momento, percibí que un mozo —Blatta germanica sapiens— paraba sus antenitas en dirección a mí. Con un gesto, sugerí cambiar de tema.
      —De acuerdo —dijo Nikkelborg. Con rapidez, pregunté lo primero que vino a mi mente:
      —¿Cómo hay que juzgar, entonces, la propuesta de la doctora Pawloska?
      —¿Ha leído el folleto de la Asociación para la Extinción Organizada de las Especies Inservibles, de la que Pawloska es vicepresidenta?
      Respondí que no. En resumen, el folleto dice que de la totalidad de las especies que pueblan el mundo, es mínima la proporción de "biomasa útil". Citando un estudio del Instituto Smithsoniano, Pawloska sostiene que "el 98% de la flora y fauna terrestre no cumple ninguna función ecosistémica favorable a la civilización, salvo impedir que se realice el 2% restante, que son recursos bióticos cruciales". Pensé que esto era exagerado, pero seguí leyendo: "Es absurdo atribuir un equilibrio al sistema ecológico mundial: todo ecosistema se define, precisamente, por su permanente desequilibrio. La idea vieja —tan popular a partir de 1970— de preservar el equilibrio de los ecosistemas no es más que una aspiración, un ideal, y por cierto una petitio principii: para preservar una cosa, hay que saber que esa cosa existe. AEOEI ha probado (Necri, 2011; Mushiro, 2018) que tal cosa nunca existió en la Tierra en los últimos 15 mil millones de años". Más adelante, luego de varias páginas de datos paleontológicos, Katerina dice: "Estamos de acuerdo con respetar la vida de las subespecies sapiens, como exige el Tratado de Amsterdam —aunque nuestra opinión es que no debemos confundir ese respeto a la vida con una otorgación de derechos civiles—. La extinción masiva no es lo que buscamos, per se. Lo diré de modo positivo: abogamos por una preservación temporal de ese 2% de biomasa aprovechable. La informática, asistida por la nanotecnología, nos provee de suficientes y eficaces modos de almacenamiento de datos. En pocos años estará disponible a la ciencia el genoma de todas las especies vivientes hoy en día. Cuando esto suceda, podremos almacenar en soportes informáticos toda esa codificación genética. Ya no hará falta el factor biótico en el macro-ecosistema, puesto que para esa época —alrededor del año 2050— tendremos control total sobre el medio ambiente. Como dijo Sherrington, ese adelantado, en 1985: El planeta es el planeta del hombre, y hay que eliminar la vida que le impida ser el planeta del hombre". Así finaliza el texto del folleto.
      —Pawloska y sus secuaces —dijo Nikkelborg— son cautos en la "cuestión ambiental", el punto débil de sus ideas: la objeción de los enemigos de la anti-ecología, y no me refiero a los ecologistas tradicionales, es que el control absoluto del clima será poco viable, al menos, hasta dentro de cien años. En este marco de antropocentrismo tajante, el respeto hacia la vida animal y vegetal por el que tanto luchó la ecología del siglo XX tiene algún sentido mientras se piense que las alteraciones en la biomasa y la biodiversidad, sí o sí repercuten en el estado de la biósfera y la atmósfera.
      Me empezaba a doler la cabeza, luego de tanta conversación. Le pedí una aspirina a Nikkelborg.
      —No tengo —me contestó, y continuó, aceleradísimo—: Si podemos controlar el clima, no necesitamos animales ni plantas. La antigua concepción de la luz solar como magnánima dadora de vida ha perdido vigencia, también. A principios de siglo se hallaron, en las fosas abisales de las islas Marianas, en el océano Pacífico occidental, y también en las del océano Atlántico, entidades que viven aisladas —por completo— del circuito energético de la superficie: gusanos, plantas y peces que sobrevivirían lo más campantes, allá abajo, si el sol desapareciera de un día para otro. No dependen de la fotosíntesis, que antes se consideraba indispensable para la vida; ni siquiera les llega la "nieve del mar", los restos en descomposición de los animales que viven a mayores alturas. La sagrada biodiversidad se deshace como un mito, también, si las fichas con que apuesta la AEOEI están en los casilleros correctos. La extinción de una especie no deberá impulsar a nadie a rasgarse las vestiduras: Si una planta o un animal fuesen necesarios, se volverán a la vida con suma facilidad; para eso estarán los archivos del Pangenoma 30 (así llaman al genoma de todas las especies existentes al año 2030); de lo contrario, si no fuesen necesarios, no se hará nada... Bueno, sí se hará algo: se mantendrá el archivo.
      —Por si acaso, ¿no? Pero, ¿y las especies que mueran desde ahora hasta 2030?
      —No serán muchas. Además, un proyecto Pangenoma Alpha, ayudado por cálculos matemático-lógicos, y el bagaje de la física y la química y la biología, etcétera, pretende deducir —dado el estado actual de la biodiversidad— cuáles fueron los estados anteriores. Si esto se logra —y yo lo creo posible—, eso significa que gradualmente se conocerá el pasado. Podrán restablecerse puntos anteriores en la línea de la historia la biodiversidad: llegaremos a conocer especies de las que jamás tuvimos noticia, ya que se extinguieron sin que nadie las descubriera.
      —Increíble —dije—. Y ¿qué hay de las especies que no se han descubierto aún? ¿Qué sucederá con aquellas especies que ni siquiera se descubrirán durante los próximos mil años? Nadie puede afirmar que el Pangenoma 30 estará tan completo...
      —Nadie puede, pero para eso está el Pangenoma Omega.
      —Que, imagino, investiga los estados futuros de la bio...
      —Ni más ni menos. La idea es que, en algún momento, se alcance el punto Omega, el estado final por definición, algo así como el big-crunch de la vida terrestre. No creo que esto sea posible, pero...
      Nikkelborg quedó con la vista fija en algo que se movía en su muñeca, algo peludo y con rabo, algo que mugía. Durante la charla mi mente había divagado, sin que yo tomara plena conciencia de ello, en un mar de impresiones de fastidio hacia la época en que me toca vivir: ¿no es una locura usar conceptos de la economía en la observación y modificación de la naturaleza? La especie Homo sapiens es una porquería.
      —¿Qué es eso? —dije impresionado.
      —La hora. Son menos veinte, ya. En un rato hablará Poltrow, y...
      —Pero, ¿qué es eso?
      —Ah, usted dice: esto.
      Se quitó el objeto peludo, con forma de pulsera, y lo puso en el medio de la mesa. Se movía. Tenía cuernos. Era un Cow-O´Clock, último modelo. O sea, un reloj-vaca, de moda entre el ambiente gerencial dinamarqués. Tiene partes mecánicas y partes biológicas.
      —Teóricamente, esto es un bovino, por lo menos desde el punto de vista de sus genes. Pero hace cosas que las vacas no: da la hora actual, mueve la cola para dar la alarma; por otra parte, se mantiene a una temperatura agradable al cuerpo humano... Y le gusta que lo acaricien, así...
      Mi dolor de cabeza se combinaba, ahora, con una sensación oscura de asco. En el viaje en tranvía hacia el parque Rosenstein, sitio del museo, reproché a Mörten que no habíamos charlado todavía sobre la biografía del tilacino, y me corrigió, luego de evitar con pasos en zig-zag a una turba de científicos costarricences que festejaba a bordo la obtención de la Copa del Mundo por el equipo de fútbol de su país:
      —No. El tilacino no era un tigre, ni tampoco un lobo. Sí habitaba en Tasmania; y era marsupial. El último espécimen murió en la década de 1930. La doctora Gloria Scholes, que sigue la línea clásica de la ecología, amiga de una paulatina restauración de la biodiversidad, fue una de las primeras personas que insistió en la trascendencia de revivir a este animal. Con ayuda del gobierno de Nueva Zelandia, una comisión en la que estaba yo —y que fue germen de ArcheaLithic— tuvo el orgullo de presentar al público el primer "rescate evolutivo" de la historia. (El rescate evolutivo es, para la ecología contemporánea, la negación material, efectiva, del proceso llamado "extinción". La des-ecología denomina a eso un "retroceso evolutivo", cosa que no debe confundirse con una "regresión evolutiva". Pero me estoy yendo por las ramas). Luego compramos al estado de Nueva Zelandia los derechos de comercialización del animal, y el resto es historia conocida. No fue, tampoco, la primera especie exterminada por el hombre: hubo centenares de miles de antecedentes.
      —Tengo entendido que la cantidad de especies que hay ahora es el 3% de la que había en la época de Cristóbal Colón.
      —Es posible; otras estimaciones hacen caer esa cifra al 0.4%.
      Dentro de la sala de M1 del edificio de paleontología del museo había tanta gente que me costó identificar el estrado. Algo me hizo pensar que era un ambiente más apto para un espectáculo que para un coloquio académico. Niños correteaban por los pasillos, entre esqueletos de mamíferos prehistóricos, y en una gran pantalla se observaban repeticiones de jugadas de un partido de fútbol. Había un fuerte olor a cigarrillos y a insecticida, así que fui a tomar un poco de aire a la sala M2, que estaba casi vacía de personas. Allí me acomodé sobre el pedestal de una réplica inmóvil de Moeritherium que miraba hacia el cielorraso con una expresión más bien nostálgica.
      Al rato vi a Katerina Pawloska. Caminaba entre las vitrinas de la sala como aburrida, o semidormida. Paul Holyfield pasó frente a mí en compañía de una chica muy joven vestida de azul de la cabeza a los pies; los dos bromeaban todo el tiempo y gesticulaban de manera excesiva. William Poltrow estuvo un largo rato con sus colegas de Xenera, y luego fue a hacerse el simpático con Pawloska. Se lo veía exultante. Unos minutos después, un tropel de payasos —promotores de Noosphere— distribuyó a diestra y siniestra muñequitas articuladas de Nefertiti, dotadas de un rudimentario sistema nervioso y adiestradas para hacer propaganda de su pariente de tamaño natural.
      Se apagaron las luces. Un reflector iluminó el cortinado del escenario de la sala M1, y sonó una música que era imposible no conocer —salvo si uno vivía en el fondo del mar, como esos peces—: una canción de las X-Teen Gals, banda adolescente de gran éxito. Sus letras eran cantadas en todas las discotecas. Una de las chicas era la que había pasado tomada del brazo de Holyfield. Constaté que en la gacetilla del XXXIII Simposio Internacional de Ecología figuraba este espectáculo, aunque programado para dos horas más tarde. Alicaído y contrariado, desde el Moeritherium divisé un kiosco de Xenera, empresa que creaba los organismos más grotescos del mercado. Ahí compré una aspirina. Rechacé el vaso de agua que la vendedora me convidó.
      Las X-Teen Gals terminaron con su show coreográfico y musical disfrazadas de conejos fosforescentes, y acto seguido subió al estrado Katerina Pawloska, para lo cual tuvieron que reacomodar la altura del micrófono, pues se suponía que el primer turno sería de William Poltrow, sujeto de baja estatura. Hubo antes un altercado entre las X-Teen Gals y la investigadora, aunque afortunadamente nada grave. Como ella no dijo nada que yo no hubiese leído en el folleto de la AEOEI, enfoqué mi atención a la chica que me había dado la aspirina. El diálogo con ella fue banal. Dos o tres chistes —malos, pero que a ella le gustaron— me habilitaron para pedirle el teléfono, a lo que ella reaccionó con velocidad pero con desgano. Hablaba poco inglés, así que elegimos cambiar al español. Mörten Nikkelborg me llamó desde la otra sala, justo cuando mi capacidad de ser gracioso experimentaba su más triste declive en días. Además, mi español es tosco. La vendedora de Xenera quedó sola.
      —Esto no puede ser —me dijo en voz baja.
      —Bueno, no será inteligente, pero...
      —No sea idiota: lo que digo es que este simposio es una vergüenza. Estas chicas cantarinas no estaban en el programa.
      De mi mochila saqué el programa que habían repartido el 1 de diciembre, día de la inauguración, y se lo di a Nikkelborg.
      —Es falso —dijo él—. Si mis intuiciones no fallan, el simposio tal como se había planificado se acabó el 1 de diciembre.
      —¿Duró un día, entonces? —dije—. Y todo esto, ¿qué es?
      —Un simposio falso, infestado de participantes foráneos, evidentemente.
      —¿Y el verdadero?
      A unos metros de nosotros, Sullivan O´Rourke jugaba absorto con una muñequita de Nefertiti. Nikkelborg oteó a sus costados, y dijo:
      —No tengo idea. Lo peor es que ninguno de mis informantes sabe con certeza qué poder se esconde tras este despropósito. El doctor Evander Kauffman se ha esfumado. Gloria Scholes ha denunciado un intento de secuestro en la habitación del hotel en que se hospedaba. Y lo de Paul Holyfield es otra vergüenza.
      —Bueno, yo creo que la chica es bastante linda, aunque es demasiado joven, eso sí.
      —¡Holyfield es ahora integrante de las X-Teen Gals!
      Cerca de nosotros, un ejecutivo de MircroBlatta Corp., el famoso déspota Willem Tages, espiaba los movimientos de O´Rourke.
      —¿Cómo dice? —atiné a decir.
      —¿Ve a esa chica de rosa, con peinado de trenzas y bigotes, y que cantó recién? Bueno, ella es Holyfield. Actuó con el grupo, a pedido de su novia, la chica de azul.
      Miré a las chicas, y luego a Nikkelborg, con desconfianza, y le pregunté, mientras O´Rourke reñía con Tages, que le había robado la muñequita:
      —¿El célebre doctor Paul Holyfield, el que habló el 1 de diciembre sobre la contaminación de los suelos?
      —Exacto. ¿Sabía que Holyfield no es humano?
      —No...
      —Es usted un miope de pacotilla, pero me tengo que ir. Déjele un saludo a la señorita Mansillas de mi parte. Cuídese: no confíe en nadie. Otra cosa: ¡no está bien vista la cruza de vertebrados con artrópodos!
      Esta serie de ocurrencias me hizo pensar que o bien Nikkelborg —ya desvanecido entre la multitud— tenía un sentido del humor áspero y retorcido, o bien había perdido la conexión con la realidad. "¿No habrá tomado alguna droga?", pensé. "¿Y quién es Mansillas?".
      El Departamento de Bioingeniería comandado por William Poltrow basó su ponencia en hechos, no en palabras. Todo lo que hicieron fue acumular en el escenario un montón de cajas rectangulares, la más chica del tamaño de un gato, y la más grande del tamaño de un ave moa. Si algo faltaba en la sala M1 del Museo Estatal Lowëntor de Ciencias Naturales de Stuttgart para asemejarlo más a un circo, era una atroz exposición de extravagancias [an outrageous freak show] como la que podía brindar Xenera. En poco menos de media hora, desfilaron ante mi repulsión homúnculos bufonescos, semi-batracios, destinados a la diversión (el Hoppofroggo), aves gigantes usadas para seguridad hogareña (el Parihau-Kaore), y seres cuya utilidad desconozco (como la mantícora o el muliñandupeli-cascariplumas) o inclasificables (como el Lgonmus).
      En una demostración de la efectividad del Parihau-Kaore (Dinornis maximus), se lo enfrentó con un cuaja, animal mitad cebra, mitad caballo. En el momento en que el ave atacaba al cuaja dentro de una jaula, algunos espectadores manifestaron su disconformidad con lo que consideraron un "acto de crueldad inhumana". Gerry Cooney, el presentador, estaba absorto. Poltrow acomodó el micrófono a su altura, y replicó: "De acuerdo a la legislación vigente en Alemania, y a los tratados de Amsterdam de 2020, no es crimen el producir heridas, ni matar, a un ejemplar animal o vegetal de una especie que se encuentre protegida, es decir, de la que se guarde una muestra de ADN, siempre y cuando el ejemplar no sea de la subespecie sapiens".
      No había contradicción alguna aquí, pues: "La protección de la que hablamos, que poco tiene que ver con el significado que se daba a este término en el siglo pasado, y que implicaba la prohibición de dañar a animales o plantas particulares, en tanto aún no se contaba con un archivo genético —ni mucho menos, un proyecto como el Pangenoma, que hasta nos librará de la exigencia de conservar muestras reales de ADN—, nos permite la tranquila satisfacción, y sin petulancia en ello, de realizar este evento sin precedentes, en que el público goza, en un entorno científico, de las conquistas...", etcétera. Esta cháchara marketinera fue combatida por Paul Holyfield, quien todavía ataviado de rosa y con su peinado de trencitas, agarró a un colaborador de Poltrow por el pescuezo. La trifulca finalizó cuando a Holyfield le dieron una trompada que lo dejó en el piso, y con una trenza desarmada.
      Poltrow —respaldado por el retrato de un adusto Haeckel— señaló, sin que cesara la agresividad desde el sector de ecologistas tradicionales, que gritaba y tiraba papelitos al escenario: "Ninguna objeción retrógrada a nuestro proceder es válida", ya que "Xenera posee los derechos de propiedad del cuaja (Equus quagga quagga), animal que, como su nombre indica, no tiene inteligencia comparable a la humana", y además: "El genoma del cuaja está protegido, en una bóveda inexpugnable del Banco Biológico, en el Archivo del Proyecto Pangenoma, en Tokio, y con backups en el Laboratorio del Departamento de Bioingeniería de Xenera, en Arizona, y en la sede principal de la Comisión Europea de Ecología, en París". Haeckel —su imagen colgada en la pared trasera del escenario— no dijo nada.
      Victoria Trevi, representante de la empresa Mokai, inició su charla con un pedido de perdón dirigido al público. Se la veía nerviosa, y estaba ojerosa y desarreglada, como si hubiese pasado la noche en vela. A su lado, una de las X-Teen Gals tenía la misma apariencia. No recuerdo qué fue lo que dijo Trevi, más que nada porque a esa hora el simposio había pasado a un segundo plano para mí, y lo único que tenía en mente era la chica de Xenera. Así las cosas, volví al stand para entablar un nuevo diálogo con ella: resultó ser Gwen Mansillas, vocera de la Fundación para la Des-Ecología. (En la gacetilla del simposio que yo tenía no figuraba su nombre; pero Mansillas me mostró otra, en la que sí). En semejante entorno de desquicio, los límites entre lo verosímil y lo increíble se hacían cada vez más borrosos, y —aunque no tomé al pie de la letra lo que esta chica dijo al principio— le seguí la corriente. Buena decisión: mis anteriores pensamientos acerca de ella habían sido puros prejuicios. Descubrí —con pena— que mis chistes le habían parecido estúpidos y deprimentes, y —con una mezcla de tristeza y vanidad— que había fingido embelesarse con mis palabras porque se había embelesado con mis rulos. Eso fue muy ofensivo para mi intelecto, e igualmente placentero para la parte de mi ego que se dedica a medir mi atractivo sobre las mujeres (en verdad, sólo para la parte de mi ego que se dedica a medir el atractivo de mis rulos).
      —De algo hay que vivir —me respondió Gwen cuando le pregunté sobre su puesto como vendedora de Xenera—. La FDE no es una agrupación científica, sino filosófica. Ya se sabe la poca bolilla que se nos da a los filósofos en esta era.
      —¿"Bolilla"?
      —Ah, disculpe, "dar bolilla" es un giro idiomático de mi país de origen, Argentina. Significa "prestar atención".
      —¿No es popular la filosofía allá en Río de Janeiro?
      —Río de Janeiro está en Brasil. La respuesta es negativa, si se refiere a Buenos Aires. No es que antes Argentina fuese un país apto para la meditación filosófica, no. Todo lo contrario. Pero ahora es peor.
      Desde hacía unos minutos, Jerome Galintzer daba vueltas alrededor del kiosco. Compró un paquete de galletitas, y dio unos pasos hacia la sala M1, cabizbajo. Luego se volvió hacia nosotros, dijo: "El simposio ha fracasado", y se fue. Gwen y yo quedamos en silencio, hasta que dije:
      —¿Por qué?
      —Algunos acontecimientos de índole evolutiva han dejado atónita a la comunidad científica internacional. ¿Llega a ver desde aquí a ese grupo de monos?
      Asentí. Una manada de monos arrogantes había arribado a la sala M1 con gran alboroto. Habían tenido problemas en la recepción, pues los boletos que portaban eran falsos. Pese a eso, se enojaron muchísimo cuando se les comunicó que debían pagar si querían entrar. En un descuido de los guardias, ganaron terreno en la sala, y nadie se atrevió a echarlos, pues mostraban dientes y garras en señal de amenaza si alguien se les acercaba. Olían a perfume fuerte —de esos que odio—, vestían con ropajes de rayas celestes y blancas, con números en sus espaldas, y se burlaban de los humanos y de los otros animales. Un escupitajo que lanzaron al escenario fue la gota que rebalsó el vaso —algo tragicómico, ahora que lo veo escrito—.
      La violencia se desató con furia: Paul Holyfield, que se había recuperado, se tomó revancha con William Poltrow. Este último halló momentáneamente un escondite, una caja del tamaño de una Panthera manticore, pero se vio obligado a salir de ella —elección por demás juiciosa—, para así volver a enfrentar a Holyfield, si bien todo prefiguraba un mal futuro para la integridad de su ojo izquierdo (y ahora su nariz, y ahora su mentón, y ahora de nuevo su nariz). Katerina Pawloska se entregó a un llanto desconsolado, y esquivó —tanto como pudo, es decir: poco— los latigazos que las X-Teen Gals le asentaron con puntería y saña. Adalberto Pinkerton, fuera de control, se trenzó en lucha libre con unos creacionistas fanáticos norteamericanos. El resto del elenco del ballet de Peengrease abrió, una a una, todas las cajas de Xenera y de Mokai, y los engendros salieron al ruedo.
      Dos Dinornis maximus creyeron conveniente molestar a los monos. Éstos, tan beligerantes que habían sido cuando en la sala reinaba la paz, se comportaron con suma cobardía ahora que las poderosas aves los agredían. Uno de ellos sacó de un bolso un collar con cuentas de colores brillantes y lo puso delante del Dinornis maximus más grande, con la idea de que éste se quedara embelesado. El ave dio muchos picotazos en las cercanías del collar, pero no dio ni una vez en el blanco —si es que quería picar las cuentas—. En otra sala, mucho más grande que las M1 y M2, unos activistas abrían las jaulas de varios Godzillius y Vampyroteuthis infernalis. Willem Tages fue presa de un Crossoptilon crossoptilon crossoptilon, y su estridente pedido de ayuda sólo sirvió para que un Ussolzewiechinogammarus y un Lgonmus tomaran parte en la carnicería. Había gente que luchaba por contener a un feroz Gollum, mientras un babeante macho Borogovia perseguía a Victoria Trevi. En los patios del museo un Ajaia ajaja y un Zyzzyva trataron de comerse a un Mithrandir. No pudieron, puesto que un Dziwneono etcetera, un Horridonia horrida y un Provocator arrasaron con todo a su paso. Muchas personas huyeron, pero otras se quedaron a contemplar cómo el Mithrandir moría en las mandíbulas y bajo las patas de seis hirsutos ejemplares de Wakiewakie. Uno de estos animales luego copuló con una hembra Leia. El Borogovia, por su parte, había arrinconado a una de las X-Teen Gals, aunque creo que ya no tenía hambre. Unas ecofeministas la salvaron: lo enfrentaron a un Nessiteras rhombopteryx, y el Borogovia escapó hacia el parque. Tuve miedo: un Hyla stingi y un Pachygnatha zappa me miraban con hostilidad. La mantícora se reía y cantaba sin parar: "Uno, dos, tres; A, B, C; uno, dos, tres; A, B, C... ".
      Galintzer había dado en la tecla: el XXXIII Simposio Internacional de Ecología había fracasado.

Al día siguiente, 10 de diciembre, se organizó una conferencia de prensa, en un aula de la Universidad de Stuttgart, para dar por terminado de modo oficial el simposio. Como muchos de los disertantes estaban malheridos —o fallecidos— luego de la infernal batahola, y como ningún directivo quería reconocer culpas, la ominosa tarea de encarar a los periodistas le tocó a Gwen. Por boca de Nikkelborg me enteré de que las cosas fueron de mal en peor.
      —Hizo usted bien en irse a tiempo —dijo—. ¿Vio cuando los del ballet soltaron al Pimoa cthulhu?
      —No. ¿Qué es?
      —No le gustaría saberlo. A propósito, ¿es verdad que se fue de la mano de Gwen Mansillas?
      No le contesté, ya que no era un asunto de su incumbencia, y le devolví la intromisión:
      —¿Y usted qué hizo?
      Mörten Nikkelborg me detestó mucho durante unos segundos, dijo: "Espero que publiquen la entrevista", y desapareció entre unos jóvenes con remeras de Mother Roach y un desorientado periodista inglés que los había enredado sin querer con el cable de su micrófono. No lo volví a ver. Como Gwen estaba ocupada con la RAI, fui a dar una vuelta por los jardines de la Universidad. A mi regreso al aula, invité a Gwen a tomar unas cervezas. Nos sentamos en una mesa del primer bar que cruzamos. Estuve un rato preocupándome sobre mi artículo: hasta ese día, no había hecho ninguna anotación sobre los eventos del simposio; cuando esto pasa, mi escritura se torna narrativa en demasía, y los editores y correctores me retan. "Salvo que se publique en una revista literaria", pensé. Esa idea no era la mejor —desde ya—, porque venía adjunta a la idea de ser despedido de mi trabajo. Como si no hubiese existido intervalo entre el fin de la conversación anterior y el principio de ésta, Gwen dijo:
      —Esos monos son una mutación de nuestra especie. Los casos mejor documentados ocurrieron hacia fines del siglo pasado, en sectores de la clase social dominante de mi país.
      —Creo haber leído algo sobre eso —pausa de sorbo de cerveza—. ¿Un caso de regresión?
      La cerveza estaba rica.
      —Exacto.
      Una "regresión evolutiva", fenómeno extrañísimo pero no imposible, es el equivalente biológico para lo que la física denomina "milagro termodinámico". Según Gwen, es una regla general para la historia de la evolución de la vida en la Tierra que los cambios —las mutaciones— en los genotipos de las especies originen fenotipos nuevos, que nunca antes han existido. Entran en esta norma razones de tipo matemático, de estadística y combinatoria. Dijo Gwen:
      —Un milagro termodinámico —por ejemplo, que las piezas de un jarrón roto vuelvan a formar un jarrón entero— es muy poco probable, mas no imposible. El mismo grado de probabilidad se da en las regresiones evolutivas. Nunca se ha observado que un jarrón se construyera desde sus añicos. Hasta la década de 1990, tampoco se había tenido noticia de ninguna regresión evolutiva.
      —Me recordaron a Homo neanderthalensis —dije.
      —No lo son —dijo Gwen—. El hombre de Neanderthal tenía una capacidad craneana superior a la del Homo sapiens. No es el caso de estos monos, que apenas llegan a los 600 cc; vale decir, un volumen algo menor que el del Homo habilis. Desde 1990, las regresiones evolutivas han aumentado su expansión geográfica, pero siempre, dentro de las clases sociales altas y medias-altas. (Estados Unidos es en la actualidad el país con más mutaciones). Se sospecha que el aislamiento propio de la clase alta, reacia a mezclarse con la baja, dio lugar a esta alteración.
      —¿Holyfield es un mutante? —dije, y aguardé una sonrisa por parte de Gwen. Nada de eso:
      —El Paul Holyfield que estuvo en el museo el 9 de diciembre no es un humano común y corriente.
      —¿Qué es?
      —Un hijo de clones.
      Según Gwen, las Nefertitis son seres humanos, aunque nada tengan que ver con la Nefertiti original. Se trata —como yo suponía— de un engaño comercial, algo que a los consumidores no les importa, y en lo que radica el indigno éxito de Noosphere. Lo que yo no sabía es que también se han hecho clones de otros personajes históricos, si bien nunca se lanzaron al mercado, porque nunca lograron pasar la etapa de pruebas: uno de estos prototipos, una copia —falsa— de Alejandro Magno, tuvo hace muchos años un hijo con una Nefertiti. El desenlace no fue el esperado: se dieron cuenta de ello cuando este individuo, a la edad de tres años, resultó ser una imitación de un Carl Sagan adulto (exactamente, de la época en que se publicó Cosmos). Sagan ya había muerto, lo cual agregaba escollos para estudiar estos asuntos.
      —Los hijos de Nefertiti y Alejandro adquirían, en poco tiempo, características físicas de científicos famosos adultos, del pasado o del presente.
      —¿Eran clones de científicos? —pregunté, ya sin temor a la pavada.
      —¡No! —dijo Gwen con entusiasmo—. Eran hijos auténticos, reales, de dos personas clonadas. ¡Pero recuerde que ni Nefertiti ni Alejandro eran Nefertiti y Alejandro! Todas las Nefertitis son clones de una mujer ucraniana, Antonishka Danilova —de rostro similar a esa escultura de la cabeza de Nefertiti que todos hemos visto alguna vez, y que está bajo siete llaves en el Museo Egipcio, en El Cairo—. Los Alejandros son clones de un uruguayo, un tal Waldemar Loverre. Le cuento, pero no le diga a nadie, que estos clones sabían perfectamente que no eran copias de Alejandro ni de Nefertiti, por más que los científicos quisieron convencerlos con todo tipo de artimañas. Tuvieron hijos porque se les dio la gana. Una historia de amor que merece un libro. En fin: Lo maravilloso, lo sublime, lo irracional, es que todo esto no es tan maravilloso, ni sublime, ni irracional.
      En biología, el "mimetismo batesiano" es una forma de imitación superficial de un organismo (pernicioso, venenoso), por parte de otro, que no posee dichas características. Un organismo calca, así, el aspecto de otro, para que los predadores —al confundirlo con un animal peligroso de veras—, lo dejen en paz.
      —Una especie de mariposa inofensiva, por ejemplo —dijo Gwen—, puede copiar la figura y los colores de otra especie, una mariposa venenosa.
      —Entonces —dije—, los sapos y las arañas no la atacarán, porque temerán envenenarse.
      Recordé al Hyla stingi y al Pachygnatha zappa.
      —Eso mismo.
      Pensé que Mörten Nikkelborg no había estado muy alejado de la verdad, y dije a Gwen:
      —Eso significa que el Holyfield que hemos visto el 9 de diciembre en este simposio no es el Holyfield original, sino uno de los hijos de los clones de Danilova y Loverre. Así se explica su errático comportamiento.
      La ciencia, la temible, poderosa ciencia humana, es ya tan poderosa y tan temible que un grupo de individuos —los hijos de los clones— de una especie —la humana— reproduce, para asegurarse la persistencia sobre la faz de la Tierra, el aspecto físico de un grupo peligroso y dañino: los científicos. Una inquietud, no obstante, ganaba un lugar destacado en los insondables espacios de mi incomprensión: ¿Por qué tomar como modelo a Carl Sagan, un sujeto que no podía haberse calificado de peligroso? ¿O por qué a Paul Holyfield?
      —Probablemente sea —dijo Gwen— que no todos los mimetismos batesianos son exitosos. La naturaleza no siempre acierta. Esos mimetismos anormales, por cierto, fueron causados por errores en el proceso de gestación de los clones de Danilova y Loverre. Algo hace pensar, también, que sus hijos, al nacer, accedieron a un tipo de archivo morfogenético, persistente en el tiempo y el espacio a pesar de la muerte de algunos de los científicos copiados...
      "Bah, la teoría de los campos morfogenéticos", pensé.
      —¿Y qué sucedió con el Paul Holyfield auténtico?
      Gwen no sabía. Una Blatta orientalis sapiens nos preguntó si queríamos almorzar. Le dije que queríamos.
      —La ciencia es una porquería —dije, a modo de conclusión.
      —Estoy más o menos de acuerdo. Más, cuando veo que Victoria Trevi vende un perro a la medida de los habitantes de Buenos Aires. No porque me guste pisar excrementos, sino porque la des-ecología —que no es ciencia, sino una filosofía, y más precisamente una ética— favorece la destrucción del concepto de "ecología".
      —Es decir, ustedes están con el bando de Pawloska.
      —¡No! —gritó Gwen—. Antes que nada: Pawloska es vicepresidenta de una asociación fundada por uno de sus ex esposos —Gwen hizo un gesto de desdén—. Así que no es el bando de Pawloska. La AEOEI quiere eliminar al 98% de las especies (reinos Animalia y Plantae, pero también Fungi, Monera y Protista) de la Tierra. La FDE cree que eso es una imbecilidad. Mokai —empresa que se define como ecológica— vende, además de equinos esclavos como el yobbo (Equus yobbo yahoo) y hámsters y cacatúas variopintos, polimorfos y políglotas, una serie de "mascotas ecológicas", diseñadas para disminuir el olor nauseabundo y la basura de las grandes ciudades. Está bien, pero es absurdo que quieran "contribuir al mantenimiento del estado del ecosistema global".
      —No veo por qué.
      —Vea: para admitir a una mascota ecológica, hay que acordar que la ecología tiene sentido —en la realidad, no en el mundo etéreo de los ángeles—. La ecología, sobre todo y en la práctica, es la ciencia, o la fe, que se esfuerza en poner límites a la Civilización para que no devaste a la Naturaleza.
      —Si Haeckel la oyera... —dije, y me pregunté cómo es que nadie había hecho todavía un clon del fundador de la ecología.
      —Haeckel inventó el término "ecología"; aparte de eso, no hizo mucho más por esa ciencia. Pero si un ecologista del siglo XX me oyera, me contestaría que en teoría, la ecología es (o era, o debe ser) un estudio de campo mucho más amplio. (Más que nada, diría que es una ciencia, y no una pragmática del conservacionismo ambiental, o de los sentimientos humanos hacia la belleza de las flores y los trinos de los canarios). Rebobino. Civilización vs. Naturaleza: ¿cuál es la diferencia entre una y otra?
      —La naturaleza existe desde antes del hombre, la civilización no.
      —Si así es, desde que nació el primer ser humano, todo el planeta es civilización.
      —No quise decir eso. Civilización es lo que el hombre hace en la naturaleza... Con la naturaleza... Desde de la naturaleza.
      —Le ahorro preposiciones: Pensar a la civilización fuera de la naturaleza es un error. No hay tal separación. Si la hubiera, ¿por qué no hablar de la civilización de las hormigas, o de las abejas? (No hablo necesariamente de innovaciones genéticas actuales). Las hormigas, desde hace millones de años, poseen tecnología, están altamente organizadas, se comunican con un lenguaje. Lo mismo puede decirse de las abejas.
      —No todos piensan así.
      —De acuerdo, dejemos el lenguaje a un costado. Si civilización es modificación del entorno ambiental según las ventajas que ésta da a una especie, no puede negarme que los insectos son seres civilizados.
      No se podía.
      —¿Por qué es tecnología un hacha empuñada por un Homo sapiens, y no una vara usada por un mono para extraer gusanos desde dentro de un tronco? ¿Por qué no es técnica arquitectónica un túnel cavado por un topo? La verdad es que nada que fabrique un ser humano puede estar fuera de la naturaleza. Todo lo hecho por el hombre (la cultura en su sentido vasto) es parte de la naturaleza. Por eso, procurar salvar al sistema ecológico planetario de las impías garras de la civilización es querer salvar a la naturaleza de sus propias impías garras. ¿Acaso no hay especies que se extinguen, desde siempre? ¿Por qué cuidar a los pingüinos, si nunca, ninguna especie cuidó a otra —hasta que surgió el hombre con su bendita ecología—? (Y no me venga con que una simbiosis entre dos organismos es una proto-ecología). ¿Acaso no hay insectos que sobreviven contra todo insecticida?
      Eso me pareció tan acertado que sentí admiración por Gwen.
      —¿Y por qué —dije— es una imbecilidad lo de Paw..., digo, lo de la AEOEI?
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      —Si bien la conservación de las especies es un error, no hay que creer que su contrario —la eliminación— no lo es. Ecologistas y anti-ecologistas son dos caras de la misma moneda; dos opuestos irreconciliables. Y equivocados. La FDE quiere acabar con la ecología, entendida como el corpus de preceptos, de una encubierta moralidad, que es en la actualidad. También con la anti-ecología, rama biológica del capitalismo —ni más ni menos—. El capitalismo, como doctrina ideológica, y por ende parcial y útil al sector dominante de la sociedad, no puede venir a aconsejarnos sobre nada. Es falso que la ecología sea cara para la humanidad: sí lo es para las empresas multinacionales que gobiernan el mundo a su antojo. No salvemos a los pingüinos, ¡pero tampoco los aniquilemos, por favor! No hagamos nada. La des-ecología es una ética.
      —¿Una ética budista de la anti-bioética?
      —No —dijo Gwen, y agregó en tono de burla—: ¿Las Blatta orientalis sapiens son budistas?
      —No lo sé. Le cuento, pero no le diga a nadie: no soy un orientalis.
      —Ah, perdón. A los occidentales, los orientales nos parecen todos iguales.
      Los dos reímos.
      Gwen no dijo mucho más, pero no hizo falta. Supongo que hablar conmigo la hizo sentirse mejor, luego de la cancelación de su exposición en el simposio. Pobrecita Gwen. Minutos después, yo la acariciaba con mis antenas enruladas en un departamento en la central de operaciones de Mother Roach.


Pablo Contursi

Nació en 1974 en San Miguel (Pcia. de Bs. As., Argentina). Cuando tenía siete años leyó Robotobor, de Marco Denevi. Poco después, conoció la Editorial Minotauro, la revistas Más Allá (la de c-f, no la de ocultismo) y Minotauro (la de los ´60), y —en febrero de 1987— las Fábulas de robots, de Stanislav Lem. Es lo que hemos podido rastrear acerca de los comienzos de su gusto por la c-f.
Ha publicado textos en revistas electrónicas españolas (Adamar, núm. 1; Casi Nada, núm. 32) y argentinas (Axxón, núm. 90; La Mala Palabra, núm. 10), y antes, en e-zines que se distribuían por redes amateurs (en la época de los BBSs).
Es baterista de la banda de rock Panza, con la que ha grabado los discos Sonrisas de plastilina y El marajá de San Telmo, y recientemente uno nuevo, que se editaría en julio del 2003.
Por todo lo dicho, se puede suponer que la palabra under no le es extraña, aunque no sabemos si le molesta. Le falta poco para completar una carrera que nada tiene que ver con la música ni la literatura. (Tenemos una pista: P.C. es administrador del sitio web de su banda). Si le preguntan si es pariente de Pascual Contursi, responderá: "Sí, soy el tío". No le crean. Se trata de una artimaña que desemboca en lo siguiente: "Después de Futurama" —dice—, "la tentación de incluir humor en la c-f ha sido irresistible". Si es una justificación de "Simposio de ecología", no hacía falta: esa serie no existía cuando Denevi y Lem escribían sus libros.



Axxón 124 - marzo de 2003
Ilustrado por Valeria Uccelli.


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