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DIVULGACIÓN: Los dinosaurios bajo el árbol de mi casa
Abuelito
por Marcelo Dos Santos (especial para Axxón)
http://www.marcelodossantos.com.ar

Ist es ein lebendig Wesen,
Das sich in sich selbst getrennt?
Sind es zwei, die sich erlesen,
Dasz man sie als Eines kennt?

Göethe

En 1505, los portugueses descubrieron la isla Mauricio, en el Océano Índico. La isla, al este de Madagascar, era completamente virgen, sin actividad humana anterior conocida. Con sorpresa encontraron en la isla una gran ave, de más de 23 kilos de peso (es decir, mucho más grande que un pavo), incapaz de volar y absolutamente desprovista de miedo al ser humano (claro, pobre, porque no lo conocía). Lo llamaron "dodo".
      Los marinos portugueses comenzaron a utilizar la isla como parada en sus viajes comerciales, y ¿a que no adivinan qué animal se convirtió en el principal proveedor de carne para los hambrientos marineros, hartos de la carne seca y las cebollas crudas?
      Adivinaron.
      En 1598 los holandeses establecieron una prisión en la isla. Con ellos llevaron (aparte de los presos) monos, cerdos y ratas. Las tres especies adoran los huevos (especialmente aquellos de aves que no los defienden) así que, entre el hambre del hombre y el hambre de los mejores amigos del hombre (o no tanto), ya imaginarán a dónde fue a parar el pobre dodo.

 


El dodo según el pintor británico Edwards

      En 1681, apenas 176 años después del descubrimiento de Mauricio, el último dodo murió, y la especie se extinguió completamente.
      Para conocerlo, hoy sólo poseemos los dibujos de los viajeros, una cabeza disecada y los huesos de una pata.
      Así pasa la gloria por el mundo.
      Casi como si el dodo nunca hubiese existido.

 

En 1989 me mudé a Florida, en el partido de Vicente López. Lo primero que me llamó la atención, aparte de la paz y la belleza del lugar, fueron los extraños árboles que estaban plantados en muchas de las veredas de la zona. Nadie, al principio, me supo decir su nombre.
      Son árboles altos y bellos, elegantes a su propio modo, con las ramas curvadas hacia arriba como una escoba invertida, que en verano dan una fruta que, al caer, explota liberando un nauseabundo olor —y éste es su único defecto—.
      Muchos meses después, investigando en los libros de árboles, descubrí que por toda Florida teníamos plantados cientos de ejemplares de Ginkgo biloba.
      Extraña cosa. No me pregunten por qué la Municipalidad de Vicente López eligió este extraordinario árbol para dar sombra a sus calles, pero allí están los ginkgos.
      Hablemos de ellos.

 

Las primeras referencias históricas al ginkgo provienen —¿cuándo no?— de los antiguos chinos, quienes criaron artificialmente a nuestro amigos desde el año 2800 antes de Cristo por lo menos. Tal extremo está confirmado por el libro de medicina "Pen-Tsao Ching". Es decir que el ginkgo ha sido compañero inseparable del ser humano desde hace más de 4800 años. Las pirámides de Gizeh ni siquiera estaban en proyecto.
      Los científicos sabían que múltiples especies de la familia a la que pertenece el gingko habían existido en el pasado (concretamente en el Pérmico), pero que un gran cataclismo u otro avatar las había extinguido. Se había identificado una especie del Período Terciario (Ginkgo adamantoides), pero nadie esperaba ver una planta viva, ya que a fin de cuentas, el Pérmico terminó con el Paleozoico, hace 245 millones de años.
      Sin embargo, hay más cosas en el cielo y en la tierra...

 


Rama y las características hojas bilobuladas de ginkgo.
El nombre de "biloba" está bien puesto.

 
      En 1691, el botánico alemán Engelbert Kaempfer casi sufre un infarto al descubrir en Japón... ¡un ginkgo vivo! Y luego, otro, y más... ¡miles de ellos!
      Lo que había sucedido es que, por un azar del destino, el ginkgo había sobrevivido en China. Los monjes conocían sus múltiples propiedades fitoterápicas, por lo que primero lo protegieron, después lo comenzaron a criar en forma artificial y luego lo sacralizaron en sus monasterios. En 1192 d.C. los budistas lo llevaron al Japón, y allí comenzó a extenderse más. En 1700 el Hombre lo llevó a Francia y Alemania, y su extracto es, hoy en día, el fármaco de origen vegetal más recetado del mundo, ya que sirve para mejorar los síntomas del Mal de Alzheimer, la vida sexual, el estado de claridad mental, la circulación sanguínea, entre otros muchos usos clínicamente probados. Sus principios activos son los ginkgoflavonglicósidos. Y toda la planta está llena de ellos.

 
      Los ginkgos son increíblemente longevos. Los de la puerta de mi casa (machos y hembras, ya que se trata de un árbol dioico) posiblemente estén todavía allí cuando Homo sapiens se haya autodestruido. Los míos —ya que los considero míos porque pago mis impuestos— tienen unos 50 años de edad, y hoy sabemos que en China hay individuos de más de 3000 años... Así que en el año 4953 ni usted ni yo estaremos aquí, pero los ginkgos de Florida sí.
      No por nada la mitología china lo entiende como símbolo de la estabilidad, de la resistencia al cambio, de la salud, de la esperanza, del amor entre los sexos y de... la longevidad. Sirve para el Alzheimer. Vive 3000 años. Adecuado, ¿no?

 


Detalle de una hoja

      En la literatura china del siglo XI, los escritores de la dinastía Sung lo nombran repetidamente. Se dice que el emperador Li Wen-Ho vio un ejemplar una vez, se enamoró de su belleza y lo hizo plantar en el jardín real, haciéndolo famoso para toda la cosecha. Más tarde, el también emperador Shen-Nung se percató de que sus cortesanos más ancianos, algunos de ellos un poquito seniles, mejoraban notablemente cuando se les suministraban ciertas dosis de ginkgoflavonglicósidos (claro que él lo expresaba de otra forma. Escribió: "El árbol que estás mirando recuperará las mentes de tus familiares y amigos. También es bueno para el corazón y los pulmones").
      Hay múltiples poemas chinos referentes al ginkgo, y se lo ve en innumerables pinturas desde los Sung hacia adelante.
      Pero lo importante del ginkgo es que representa un eslabón etéreo entre el presente y el remoto, remotísimo pasado de la Tierra. Si usted visita el Museo de Ciencias Naturales de La Plata, verá que las hojas del ginkgo actual y las de los ejemplares que hace 2 millones de años poblaban la pampa argentina son exactamente iguales. Ya que va, mire el resto del museo. Su colección es la quinta más importante del mundo en ciencias naturales.

 
Aparte de longevo, el abuelito ginkgo es increíblemente resistente. Aguanta las plagas de insectos, se ríe de los hongos que matan a los demás árboles y hace caso omiso de nuestros contaminantes industriales. Para dar un ejemplo más espectacular, el ginkgo plantado en pleno centro de Hiroshima sobrevivió, algo quemado pero incólume, a la explosión nuclear que devastó la ciudad. Estaba en pie, tranquilamente, en 1946, y comenzó a florecer de nuevo al año siguiente.

 

La familia de las ginkgoáceas, a la que pertenece abuelito, contaba en eras remotas con miles de especies. Sólo una sobrevive hasta el día de hoy.
      Si bien es cierto que las glaciaciones los destruyeron (excepto, por supuesto, en China), ya mucho tiempo antes los miles de especies se habían reducido a una o dos.
      Por contraste, las ginkgoáceas cubrían el mundo en grandes, interminables bosques durante el Jurásico y el Cretácico.
      Hoy están formalmente extintas (es decir, que sólo están con nosotros porque el hombre las protege).
      ¿Por qué?
      ¿Por qué?
      ¿Por qué?

 

En la isla Mauricio, entretanto, los turistas se maravillan porque hay (o había, antes de que el hombre comenzara su instintivo trabajo de destrucción) enorme e impresionantes bosques de un árbol extraño, una especie de acacia que no crece en ningún otro sitio.
      El problema es que los bosques de acacia sobrevivientes sólo están formados por ejemplares viejos. No hay retoños. No hay brotes. Los más jóvenes de entre ellos tienen todos más de 300 años de edad.
      Preocupados, los científicos comenzaron a estudiar el tema, y descubrieron que las acacias de Mauricio no son capaces de reproducirse.
      Como lo leen. No se reproducen. Ni en estado silvestre, ni en invernadero, ni en cautividad, ni siquiera pidiéndoles por favor. Son una especie de osos panda vegetales.
      Claro, me imagino lo que piensa usted. Si hay bosques de acacia, es porque la acacia de Mauricio se reproduce.
      Le responderé que no. NO. La acacia de Mauricio, digo, seguramente se reproducía en el pasado (más precisamente hace 300 años o así), pero ya no se reproduce. Dejó de reproducirse más o menos por la época en que Luis XIV de Francia comenzó con sus problemas de próstata.
      La pregunta es ¿por qué?
      Sabemos que la reproducción de muchas especies vegetales (de casi todas, en rigor) está condicionada por la acción de diferentes especies animales. Los insectos y ciertas aves son determinantes en la polinización, algunos mamíferos dispersan las semillas...
      Ninguna de estas circunstancias estaba alterada en las acacias de Mauricio.
      La polinización de estos grandes árboles se cumplía normalmente, las semillas se formaban bien, podían dispersarse como corresponde... Pero los arbolitos no nacen. Nunca nacen. Mueren dentro de la dura cáscara de la semilla. Mueren... Y si no se hace algo, la acacia de Mauricio se extinguirá.

 

Revisando los documentos antiguos, los franceses descubrieron una curiosa observación de los primeros marinos que llegaron a Mauricio. Ya sé que usted lo ha adivinado, pero lo voy a escribir igual: los dodos de Mauricio se alimentaban de semillas de acacia de Mauricio.
      Y nada decían portugueses y holandeses acerca de problemas reproductivos de la soberbia acacia.
      La acacia no se reproduce desde 1700. El dodo se extinguió en 1681. ¿Casualidad? Por supuesto, la respuesta en no.

 

Si usted toma una semilla de acacia y la escarifica (es decir, le pasa una lima, o un rallador de queso, o papel de lija) para adelgazar y ablandar su dura corteza y luego la pone a germinar, el embrión nace tranquilamente y la mínima acacia comienza a crecer.
      La relación entre acacia y dodo, por supuesto, es que el tracto digestivo del pájaro ablandaba y desgastaba el acorazado tegumento de la semilla. Cuando ésta abandonaba el intestino, la plantita estaba en condiciones de reproducirse. De esta manera, a lo largo de los millones de años en que Mauricio ha estado completamente aislada, la acacia se convirtió en dependiente para su reproducción de los hábitos alimentarios del infortunado pajarote.
      Luego, claro, llegaron mis ancestros portugueses, tenían hambre, una cosa llevó a la otra, el dodo se fue al cielo y condenaron, entre todos, a la pobre acacia a una abstinencia forzosa, perpetua y mortífera.
      La pequeña anécdota del dodo no hace más que graficar el penoso y devastador impacto del ser humano sobre la naturaleza, y confirma las palabras del humorista uruguayo Wimpi. El simpático escritor hacía decir, en un cuento, a un perrito a quien el dueño le había amputado la cola: "¿Por qué me cortaste la colita? ¿Acaso creés saber más que el que me hizo el molde? ¿No te das cuenta de que un perro sin cola termina antes?".
      Gracias a Dios, la historia de la acacia tiene posibilidades de terminar bien.
      En la isla Mauricio, hoy en día, se crían grandes cantidades de pavos y se los alimenta por la fuerza (¿cómo decirlo? Se les obliga a abrir el pico y se les introducen semillas de acacia hasta el fondo del gañote) para que su sistema digestivo haga con ellas lo que hacía el del dodo. Y funciona. Luego de haber sido digeridas las semillas y expulsadas, se las cría en viveros de acacia, con la piadosa intención de reforestar los bosques que una vez cubrieron la isla de punta a punta.
      El único que no está de acuerdo con el proceso es el pavo, que ya se sabe que prefiere las almendras.

 

¿A qué viene toda esta historia y qué relación tiene con el ginkgo biloba de la puerta de mi casa?
      Tiene que ver, tiene que ver, no sea apurado.
      Durante algunos siglos, los paleobotánicos se preguntaron por qué, si los bosques de ginkgo cubrían todo el mundo, de repente comenzaron a retroceder.
      En el Cretácico tapaban el sol, en el Terciario eran poquitos, en el Cuaternario se enfrentaban a la extinción, y para la época del nacimiento de Cristo sólo eran criados por el hombre.

 


Un bello ejemplar de ginkgo

 
      Teniendo en cuenta el antecedente del dodo, y considerando que el principio del fin para el ginkgo biloba en estado natural es la división K-T (así llaman los geólogos al límite entre el Cretácico y la Era Terciaria), algunos hombres inteligentes se pusieron a pensar. Si la sentencia de la acacia fue la extinción del dodo, acaso al ginkgo le hubiese sucedido algo similar...

 

La reproducción del ginkgo biloba es complicada y muy extraña por lo primitiva. En realidad, todo el árbol es primitivo. En los hechos, es un fósil viviente. Sus vasos leñosos se dividen dicotómicamente (se bifurcan una y otra vez) y cualquier botánico puede certificar que este es un diseño primitivo e ineficiente, que la Madre Naturaleza descartó hace 200 millones de años.
      La reproducción también es rara: el ginkgo es una gimnosperma (las semillas cubiertas todavía no habían sido inventadas). Sus flores femeninas llevan dos óvulos cada una. Cuando el viento poliniza la flor, introduce en ella dos anterozoides (la versión vegetal de los espermatozoides) que se quedan allí sin hacer nada. El fruto cae antes de que los anterozoides fertilicen los óvulos, lo cual significa que lo que nosotros llamamos "frutas" (esas especies de aceitunas verdes que caen en la vereda y ya les conté que tienen olor a bosta de rinoceronte diarreico) no son frutas, sino simples óvulos sin fecundar. Como chiste botánico, sería correcto afirmar, entonces, que el ginkgo es "un árbol ovíparo"...
      Mucho tiempo después, ya descompuesta la carne del óvulo, los anterozoides nadan ayudándose con sus cilias hasta la cámara polínica de la oosfera y fertilizan uno de los dos óvulos, produciendo la semilla. Sólo el ginkgo y las cicadáceas tienen esperma móvil, capaz de alcanzar la cámara desplazándose por sus propios medios. En la época de los dinosaurios eran muy comunes. Fósiles vivos. Maravillas.

 

La extrañeza del ginkgo siempre ha llamado a confusión a los botánicos: por empezar, casi todas las gimnospermas son monoicas, es decir que ambos sexos conviven en la misma planta. El ginkgo no: tiene árboles machos y árboles hembras.
      Antes se lo clasificaba entre las coníferas (¿de dónde, si no tiene conos?) pero ahora, sabiendo que se parece mucho más a las cicadáceas que a las coníferas, y que es el único eslabón entre los helechos y las plantas superiores, decidieron clasificarlo de la siguiente manera: Reino Plantae (plantas); Subreino Tracheobionta (plantas vasculares); Subdivisión Spermatophyta (plantas con semillas); División Ginkgophyta (ginkgos); Clase Ginkgoopsida (ginkgópsidos); Orden Ginkgoales (ginkgales); Familia Ginkgoaceae (ginkgáceas); Género Ginkgo (ginkgo); Especie biloba (el árbol de la cuadra de mi casa. Mentira. Le pusieron así por la característica forma bilobulada de sus hojas).
      Como el lector inteligente comprenderá de inmediato, Ginkgo biloba es la única especie viviente del género Ginkgo, que es el único sobreviviente de la familia de las Ginkgáceas, que a su vez es la única que existe del orden de los Ginkgales, que no es más que el último existente en la clase de los ginkópsidos, que a su vez es el solo representante sobre la Tierra de la división de las ginkgófitas.
      Un árbol extraordinario, ¿no creen?

 

Volvamos a su sexualidad: una vez formada por tan complicado método (que incluye capacidad de natación) la semilla, se pueden distinguir en ella tres capas: el embrión, formado por la endotesta, el tejido nutritivo y su vaina, la esclerotesta, dura como madera, y la sarcotesta, que es la parte carnosa. Esta última contiene ácido butírico, que, como su nombre lo indica, se encuentra también en la manteca podrida y por ello tiene tan desagradable olor.
      Ahora viene lo interesante: si usted quiere producir un árbol a partir de la semilla (lo cual es un grave error, ya que no tiene manera de saber si le va a salir un macho inodoro o una hembra que le apeste el lugar cuando madure), verá con desilusión que la plantita nunca nace. En apariencia, el ginkgo, así librado a la germinación, no puede germinar sus semillas.

 


Frutas (u óvulos) del ginkgo

 
      Como la acacia de Mauricio, no es capaz de reproducirse por sí mismo.
      Ahora, si usted escarifica las semillas, haciéndoles cortes con un cuchillo o lijándolas con papel, el embrión nacerá y usted será el orgulloso papá de un nuevo ginkgo. ¡Albricias!

 

¿Cómo es posible tal cosa? ¿Cómo puede ser que en la época de los dinosaurios el ginkgo se reprodujese sin problemas y de ahí en más, no?
      Hoy en día, sabemos que muchos animales se alimentan de las semillas del ginkgo, produciendo sobre ellas los benéficos efectos que el dodo producía sobre las de la acacia: la ardilla de vientre rojo (Callosciurus flavimanus), la civeta de máscara (Paguma larvata), el gato leopardo (Felis bengalensis) y el nictereutes (Nyctereutes procyonides) en China; la ardilla gris (Sciurus carolinensis) en América del Norte y la zarigüeya en Australia. Todos ellos devoran la semilla entera y luego eliminan las semillas ya convenientemente ablandadas y escarificadas. Y las comen gracias a que el horrible olor del ácido butírico (el mismo compuesto que le da su olor a la carne podrida) los atrae. Pavada de ingeniero la Madre Naturaleza, ¿no?
      Sin embargo, todas estas especies son mamíferos modernos, que no estaban ni siquiera en el tablero de diseño en el Jurásico...
      ¿Quién escarificaba y dispersaba las semillas del abuelito ginkgo en aquellos tiempos?

 

Nos vamos acercando a la respuesta: sabemos que los mamíferos multituberculados evolucionaron a fines del Jurásico y se extinguieron por completo a principios del Oligoceno. Tienen la particularidad de que son la única rama de los mamíferos que desapareció en serio, es decir, que no tienen descendientes vivos al día de hoy. Sabemos que una especie, concretamente Multituberculate ptidolus se alimentaba de semillas de ginkgo. Multituberculate era una simpática ardilla con cola espiralada como la zarigüeya, que vivía sobre árboles altos (el ginkgo es un árbol alto, mide 40 metros) y sus dientes estaban adaptados a partir nueces y alimentos duros.

 


Multituberculate ptidolus

      Pero Multituberculate desapareció hace 33,7 millones de años, luego de haber aparecido hace 140 millones de años.
      Los ginkgos están aquí desde hace más de 210 millones de años. No había mamíferos a principios del Jurásico ¿Quién vivía junto a ellos para hacer el trabajo?

 

¿Cómo sabe uno lo que comió una lechuza? Las lechuzas devoran un ratón entero (de hecho, lo devoran vivo), digieren la carne y luego eliminan los huesos y la piel en una bola compacta llamada "egagrópila". Estudiando la egagrópila conocemos la dieta de la lechuza.
      ¿Cómo sabe uno lo que comió un dinosaurio? El dinosaurio devoraba lo que fuese que comía, y luego defecaba. La materia fecal se fosilizaba y se convertía en lo que llamamos "coprolito" (piedra de caca, traducción literal).
      Partiendo con paciencia los coprolitos y mirando en su interior, conocemos lo que comía cada especie de dinosaurio.
      ¡Bingo! ¡Adivinó otra vez! El mundo está lleno de coprolitos jurásicos que contienen...
      ¡Semillas de Ginkgo biloba!

 

Los dinosaurios fueron, desde el principio de la era Jurásica, los responsables de escarificar las semillas de los ginkgos.
      Luego, un gigantesco asteroide de iridio cayó sobre la costa de Yucatán, y los dinosaurios se fueron, como el dodo, al cielo de las aves (o reptiles) buenos.
      Y el ginkgo se vio en problemas.
      Durante millones y millones de años amenazó con extinguirse, pero, gracias a la Madre de todos nosotros, los amigos mamíferos (usted y yo, empezando por nuestra versión ávida de ginkgo, Multituberculate) ya estábamos en camino.
      Entre la muerte de los dinosaurios y el dominio de la verdad láctea el ginkgo sufrió un grave retroceso que casi lo llevó a la inexistencia. Luego, Multitub tomó sobre sus hombros la tarea, y desde fines del Oligoceno y en adelante se ocuparon de ellos los mamíferos más evolucionados.
      Aunque parezca mentira, bajo el árbol de la puerta de mi casa dormían los dinosaurios.
      ¿Que suena increíble? Acaso a usted. A mí no.
      A mí, que he visto, en una excavación de una empresa de servicios en la esquina de Cabildo y Juramento los restos de una barbacoa de Tigre Dientes de Sable (Smylodon bonaerensis: tome su gato, hágalo crecer hasta el tamaño de una vaca Shorthorn, póngale dos colmillos de 90 centímetros y sabrá de lo que le hablo) realizada por el primitivo habitante del barrio porteño de Belgrano; a mí, que me he extasiado ante el gliptodonte desenterrado en la estación Congreso por los obreros que abrían el túnel del subterráneo (un armadillo del volumen de una camioneta de buen porte), a mí, que he acariciado la espalda de un Eoraptor lunensis (el ladrón del amanecer, qué nombre poético) aflorando entre las rocas... A mí no me cuesta nada imaginarlo.

 


Soberbio ginkgo en otoño

      Imagino a los Notosuchus (cocodrilos jurásicos gigantes) arrastrándose trabajosamente a través de lo que hoy es Avenida San Martín en Florida y cruzando las vías del tren para pararse frente a mi casa, las bocotas abiertas esperando que cayeran las nutritivas semillas.
      Puedo ver a las Miolanias (especie de titánicas tortugas) devorando las semillas por la calle O´Higgins, mientras los Sarmientichnus scagliai, muy pesados después del banquete de hojas y semillas de ginkgo, eran acechados por sus depredadores.
      Todo ello ocurrió.
      En todo el mundo, en la Argentina y en Buenos Aires.
      En la puerta de mi casa.
      Y de la suya.

 

Un poco de arte entre tanta ciencia:

"Esta hoja de un árbol oriental
ha llegado a mi jardín.
Revela un cierto secreto,
que me complace a mí y a los que piensan.
¿Representa Una criatura viviente
que ha decidido dividirse?
¿O eran Dos que han decidido
que debían unirse y ser Uno?
Para responder a esta cuestión
yo he encontrado la respuesta:
¿Te das cuenta, leyendo mis palabras
que soy Uno y Dos al mismo tiempo?"

 
      En 1815, un alemán de 66 años escribió este poema a su ex amante. Ella se llamaba Marianne von Willemer y se habían amado mucho.
      Un árbol plantado en Heidelberg inspiró al hombre esta bella pieza cuyo tema es la Unidad y la División: en definitiva, una metáfora de la pareja.
      El poeta se llamaba Johann Wolfgang von Göethe.
      El árbol y el poema se llaman "Ginkgo biloba".

 


Manuscrito de "Ginkgo Biloba", de Göethe,
con dos hojas de ginkgo cruzadas

 
      El ginkgo siempre ha fascinado a los artistas y a la gente sensible de todos los tiempos, desde los chinos dinásticos hasta Göethe, por su naturaleza de sobreviviente nato, de fósil viviente, por su belleza y sus extraordinarias propiedades curativas.
      Yoko Ono plantó en Detroit hace tres años un ginkgo al que llamó "Árbol de los deseos de Detroit". El cartel que puso junto al árbol dice: "Pide un deseo al oído del árbol". Dicen que quien lo hace ve cumplida su ilusión.
      En 1955, los escolares de Nueva Inglaterra plantaron un árbol en la ciudad de Bedford, Massachussets. Lo llamaron "El Árbol de la Paz", y simboliza la esperanza de los niños por el fin de la guerra y la injusticia. El ejemplar, por cierto, es otro gingko.
      Y así por todas partes.

 

El ginkgo tiene muchos nombres: el verdadero, y oficial, le fue dado por Linneo en 1771, pero ya había sido llamado así por Kaempfer (¿recuerda? el que descubrió el primer ejemplar vivo) en 1712.

 


Linneo nos observa desde la ventana
de El Huerto, en Hardewijk, Holanda.
El árbol del fondo es, por supuesto, un ginkgo.
El propio Linneo lo plantó en 1735,
o sea que tiene 268 años de edad.
Vivirá diez veces más.

 
      La palabra "Ginkgo" viene del japonés "Gin-kyo" (que a su vez proviene del chino) que significa "damasco plateado", porque eso parecen las frutas del ginkgo cuando maduran (y apestan).
      Los ingleses lo llaman "Maidenhair tree", es decir, "Árbol Cabello de Doncella", porque sus hojas recuerdan las del Maidenhair o Adiantum, un hermoso helecho.
      El botánico inglés Smith quiso rebautizarlo, en 1797, Salisburia adiantifolia. Salisburia en honor del también botánico Richard A. Salisbury y adiantifolia por lo del helecho. No prosperó. "Salisburia" es hoy un nombre ilegal para la taxonomía.
      Nelson (otro botánico molesto) quiso ponerle Pterophyllus salisburiensis en 1866. Sus hojas pueden parecer alas (si el observador está lo suficientemente intoxicado). No prosperó. Los taxónomos ponen también la palabra "ilegal" junto a "Pterophyllus".
      Los chinos de la dinastía Sung lo llamaban "Ya chio", es decir, "pie de pato". Viendo las hojas, el nombre es más que adecuado. El pato, además, es para los orientales el símbolo del amor.
      En la ciudad de Kaifeng se lo conocía, hacia el año 1000 d.C., como "Yin Hsing" ("damasco de plata". La paternidad fonética de "Yin Hsing" hacia "ginkgo" es evidente).
      La dinastía Yuan lo conoció como "Jen Hsing" (nuez de damasco), "Pei Kuo" ("frutas blancas"), "Pei Yen" ("ojito blanco") o "Ling Yen" ("ojo enérgico o vigoroso", evidentemente apreciaban sus facultades reconstituyentes).

 


"Ginkgo" se escribe igual, tanto en japonés como en chino.
De esta manera.

 
      Los holandeses le dicen "Waaierboom", los alemanes "Göethebaum" (¿se imagina por quién?), y los franceses "Arbre aux quarante écus" ("árbol de los cuarenta escudos", una verdadera fortuna, lo que costaba el tónico a base de gingko en el siglo XVIII).
      En Singapur lo llaman "Pakgor Su", en Suecia "Tempelträd", en Sudáfrica "Vrekboom", en Islandia "Musteritré", en Polonia "Milorzab dwukaplowy" y en Finlandia "Neidunhiuspuu".
      Pero el nombre que yo prefiero es el que le daban los chinos del siglo XVII: "Kung Sun-Shu": "el árbol del abuelo y el nieto".
      Abuelo de todos los árboles modernos, nieto de los helechos gigantes de la prehistoria, puedo afirmar que es el que más me gusta.
      Por eso lo llamo, simplemente, "Abuelito".

 

(Traducción del poema de Göethe: Marcelo Dos Santos © 2003)

Axxón 124, marzo de 2003

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