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F i c c i o n e s

LA MÁQUINA
Eduardo J. Carletti

Argentina

No había niebla ese día. Las vías se veían hasta una buena distancia; hasta la curva del monte, concretamente. Marini apoyó el pie con cuidado para dar otro paso. Estaba desnudo. Entre los durmientes del ferrocarril había infinidad de piedras partidas a golpes, de bordes filosos. Si se lastimaba un pie tendría que desistir y el pueblo entero debería esperar a que su herida sanara. La gente lo miraría de otra manera. Sí, quizás sirvas, pero eres un poco tonto.
      Marini era fuerte. Había trabajado tres cuartas partes de su vida cargando carretas en el campo de su tío y había desarrollado una buena contextura. Desde hacía siete años se dedicaba a trabajar sus músculos con ejercicios especiales que se concentraban en el esfuerzo estático y en el fortalecimiento del corazón. En una época muy dura en la que mucha, mucha gente pasaba hambre, el pueblo entero lo había alimentado y protegido, librándolo de pensar en su sustento.
      Además de cargador y peón de campo, había estudiado mecánica y electricidad. Casi todos estudiaban algo así. No eran materias fáciles, ya que no había elementos para hacer práctica. Los libros estaban estructurados en base a un hecho muy simple: para aprender mecánica uno tenía los fierros enfrente, aplicaba las herramientas y solucionaba cosas. Ninguno de los que escribieron esos libros había tenido que encarar la mecánica como un estudio teórico. Pero el Advenimiento había transformado muchas tareas manuales en algo así.
      Por suerte Marini había salido bueno, en lo físico y en el aprendizaje. Y ahora le tocaba demostrar que todo eso servía para algo.
      La locomotora estaba a unos veinte pasos de él, algo herrumbrada pero intacta. Llevaba generaciones ahí. Marini dio un paso más y comenzó a sentir el Tensor. Era parecido al ahogo que se siente cuando uno se duerme boca abajo con un brazo debajo del cuerpo: una presión difusa pero molesta sobre el pecho.
      Dio unos pasos; cada centímetro costaba más esfuerzo. La resistencia al avance tenía dos caras: el ahogo en el pecho que le producía el Tensor, que de a poco se volvía dolor, y el terreno que parecía modificarse, aumentando el esfuerzo de sus músculos porque tenía una pendiente cada vez mayor.
      No era una inclinación real: a la vista seguía llano y el cambio sólo se sentía en la fuerza de la gravedad. Sin embargo, para sus piernas la pendiente parecía haber alcanzado unos treinta grados.
      Marini sudaba copiosamente, aunque recién había amanecido y la temperatura era baja. Dio un paso más. A doce pasos de la máquina parecía que una mano poderosa le tenía agarrado el corazón, estrujándoselo y tirando al mismo tiempo hacia atrás, como para sacárselo por la espalda. El Tensor. Aún lo aguantaba.
      A siete pasos la combinación de las dos barreras —el cambio en la inclinación de la gravedad y el Tensor— lo hacía sentir como si estuviese aferrado a una ladera a sesenta grados, suspendido sobre el abismo con un peso de cien kilos colgado de un gancho en su corazón. Al tirón sobre el corazón la llamaban el Tensor y su función era impedir que los hombres alcanzaran las cosas prohibidas. La fuerza del Tensor aumentaba exponencialmente al avanzar hacia ellas.
      Marini tenía ganas de gritar. Clavaba los dedos entre esas piedras, buscando terreno sólido para aferrarse. Su avance se contaba ahora en centímetros. Ya no trataba de calibrar el dolor en su corazón y en sus músculos. Quizás se detuviera, pero sería porque estaba muerto.
      Descansó a cincuenta centímetros de la locomotora y la observó, tratando de recuperar algo de fuerzas. Sintió que su corazón fallaba por momentos, que se detenía y luego volvía a saltar hacia delante en espasmos, como un animal herido tratando de escapar. Avanzó un centímetro más, dos, tres.
      Dicen que en nuestros genes están grabados los ancestros más lejanos. Marini se volvió reptil, convirtió sus pies en otras garras para aferrarse y empujó.
      La pendiente era de casi noventa grados. El Tensor lo estaba matando.
      Los últimos centímetros fueron pura agonía. En varias ocasiones creyó que ya estaba muerto, pero aún así continuó. Trepó a la locomotora, se deslizó por la baranda lateral, dio un tirón a la portezuela, apartó el esqueleto del conductor y comenzó a revisar los controles.
      Su corazón ahora estaba libre. Dentro de la locomotora la gravedad era normal —no había inclinación en el terreno— y no actuaba el Tensor. La consola de control estaba intacta. Los testigos del Advenimiento habían oído detenerse el motor y así lo habían escrito en el Libro. Los contactos estaban en posición de marcha, pero el Libro decía que la máquina se había detenido después de la muerte del conductor porque éste había caído sobre la palanca de avance. En la época de la normalidad los controles de las locomotoras, luego de varios accidentes ferroviarios desgraciados por culpa de muy humanos infartos, debían mantenerse en una posición muy definida para que la máquina funcionara.
      Marini pensó que si sus textos de mecánica estaban bien —y él tenía el Manual de la Locomotora Diesel bien grabado en la mente— aún tenía que haber combustible en el tanque.
      La locomotora se había detenido un martes a las 12:05 horas, diez minutos después del comienzo del Advenimiento. Era un día de buen tiempo, luminoso, así que difícilmente hubiese una luz eléctrica encendida en la máquina. De modo que sólo quedaba un interrogante: el esfuerzo de Marini sería un gran fracaso si la batería de la locomotora era de ácido, porque se habría degradado, pero si era de las últimas, selladas y de electrolito semisólido, lo más posible es que aún guardara energía.
      A la derecha del conductor había tres valijas de mantenimiento. Cargó una y recorrió los pasillos de la plataforma lateral, abriendo las portezuelas del motor. Aplicó lubricantes, limpió conductos, purgó lo que había que purgar, comprobó engranajes, giró y ajustó manivelas, desarmó algunas partes, las limpió y las lubricó como si fuesen piezas de oro.
      Antes de probar el arranque comprobó cada medidor y cada palanca.
      En la ventanilla delantera, pegados sobre el vidrio, había una estampita de San Cayetano y una foto de Gardel. Las imágenes casi no se veían de tan descoloridas. Tocó la estampita con la yema del índice y ésta se soltó. La acercó reverentemente para besarla.
      Pensó en una mujer, pequeña y hermosa, que lo amaba con fuerzas. Pensó en los hijos que aún no había tenido.
      Colocó las palancas en posición y pulsó el arranque.
      Hubo un instante de silencio. Y luego un agónico grito de engranajes. Nada. Pulsó por segunda vez. Chirrido. Una serie de explosiones. Cada vez más seguidas. Un rugido.
      La cabina vibró agradablemente. El motor estaba vivo. Dejó que recordara sus funciones, que se estabilizara. Esperó con paciencia, con las lágrimas corriendo por sus mejillas. A unas decenas de metros, siguiendo las vías, se veía a la gente del pueblo dando saltos y moviendo banderas.
      La palanca de marcha entró con suavidad. Todas las partes móviles se quejaron, pero la locomotora avanzó. Lentamente.
      El pueblo recibió a su héroe. Música, banderas y las chicas más hermosas bailando con energía sobre un tablado tosco. El Mayor del pueblo lo saludaba con la mano, ridículo en su traje de color negro desvaído.
      Detuvo la máquina frente al tablado. Vítores.
      Marini tenía una bella mujer y ella estaba allí, muy quieta, con los hombros caídos y las manos unidas frente a su regazo.
      Marini creyó que la vería saludando, pero era mucho pedirle.
      Vio que llevaba una leve flor en el pecho y, en un ridículo arranque, porque había estado con su mujer hasta hacía apenas unas horas, deseó con fuerzas acercarse para olerla.
      Todos sabían que ya no podría bajar de la máquina. Por medio de hilos y sogas le pasarían la comida, agua, recipientes para higienizarse, algunas comodidades para que se armara una cama y un conducto para insertar en la entrada de combustible y recargar los tanques cuando fuera necesario.
      Nadie podría acercarse a la máquina más que lo que la propia máquina se les había aproximado. Cuando terminara el festejo se irían retirando y no podrían volver a ponerse tan cerca, a menos que quisieran luchar con el Tensor y soportar lo que Marini había soportado. No había otras personas en el pueblo capaces de hacerlo, y por eso lo habían elegido a él.
      Le arrojaron unas piedras con unos hilos plásticos sujetos a ellas. Tiró de uno y trajo hacia él el extremo de una soga delgada. Los otros eran fuertes hilos de pescador. Los fijó en la cabina y del otro lado los tensaron. Serían su comunicación con el mundo.
      Tiró de la soga hasta que le llegaron, atados a su extremo, los extremos de unos cables eléctricos. Limpió las peladuras de cobre y los terminales con cuidado, como si fueran una herida en el vientre de su madre. Los conectó al panel de electricidad y accionó una llave.
      Vio las luces que se encendían en el andén y oyó vítores. La garganta le estallaba de emoción.
      La locomotora era Diesel eléctrica y a partir de ahora el pueblo tendría electricidad.
      No había fuegos artificiales, pero sí muñecos de cartón. Los extraterrestres eran delgados, altos y con piel de tono azul. Tenían ojos almendrados totalmente blancos, como los de algunos peces. El gesto de los muñecos era adusto y rezumaba aborrecimiento. Estaban representados bastante bien, con la fuerza y la precisión que genera el dolor y el odio del artesano.
      El día del Advenimiento habían llegado con sus naves magnéticas a ejecutar una sentencia. Nadie sabía en nombre de quién. En cuestión de horas habían detenido la tecnología de los hombres y habían dejado a sus tensores como guardianes, para que no pudiesen volver a usarla. Como eran ahorrativos, los tensores estaban calibrados según la importancia de los artefactos. Nadie se podía acercar a un reactor nuclear, porque allí los tensores eran invencibles. Las industrias tecnificadas eran inalcanzables, lo mismo que cualquier central eléctrica.
      Habían dejado a los hombres de regreso en la Edad de Piedra.
      Los extraños se habían ido y los hombres intentaban ahora regresar.
      El Mayor del pueblo se acercó y completó la ceremonia. Quemaron los muñecos azules y la gente vitoreó. Las banderas se agitaron.
      Marini vio que todos se besaban y abrazaban, como si fuera la nochebuena.
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      Vio más lágrimas en la mejilla de ella, su Lucía, quieta ahí, sin que nadie se atreviese a abrazarla ni tocarla.
      El resto de la gente se fue retirando, poco a poco, hasta que la delicada figura de mujer, la figura de su mujer, pequeña, frágil y temblorosa, quedó solitaria en el tablado, una flor más entre las flores que habían engalanado el festejo.
      Mientras el viento secaba sus lágrimas, ella lo miraba. Marini pudo leer todas las cosas que había en esos ojos.
      Luego de mucho tiempo, quizá un siglo, ella levantó la mano, saludó débilmente, y se alejó corriendo.
      Marini se quedó solo, saboreando aquello que, le gustara o no, llamarían triunfo.


Eduardo J. Carletti

Aquellos que deseen saber sobre este autor pueden buscar su registro de datos en la Enciclopedia de la CF Argentina.



Axxón 134 - enero de 2004
Ilustró: Valeria Uccelli

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