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F i c c i o n e s

ROJO FEDERAL
Alejandro Alonso

Argentina

Diciembre de 1840 - Memorias y episodios referentes al pacto

Hubo un pacto. Es preciso aclararlo porque todo cuanto se diga está signado por ese acuerdo, que vinculaba a los de mi sangre con la familia del gobernador don Juan Manuel de Rosas.
      Si por mis camaradas fuera, ese pacto nunca se habría firmado. Rosas ponía nervioso a cualquiera. Le gustaba tensar la cuerda de sus relaciones políticas hasta el límite. Entonces aflojaba y volvía a tirar, como si remontara una cometa. Siempre tuvo buena muñeca para ese juego.
      Todavía recuerdo la vez que habló sobre nuestra naturaleza en público, poco después del asesinato del caudillo Facundo Quiroga. Ésa fue la primera señal de fisura en la relación que los de mi clase tenían con Rosas. El Restaurador llegaba por segunda vez al Gobierno de Buenos Aires y todos estaban pendientes de su discurso de asunción. En abril del 35 dijo:

Ninguno ignora que una facción de hombres corrompidos, haciendo alarde de su impiedad y poniéndose en guerra con la religión, la honestidad y la buena fe, ha introducido por todas partes el desorden y la inmoralidad, ha desvirtuado las leyes, generalizando los crímenes, garantizando la alevosía y la perfidia. El remedio a estos males no puede sujetarse a formas y su aplicación debe ser pronta y expedita. Que de esta raza de monstruos no quede uno entre nosotros y que su persecución sea tan tenaz y vigorosa que sirva de terror y espanto.

      No estuve presente. Bien se sabe que los de mi condición tenemos muchos problemas para andar a la luz del día. Pero un escribiente del British Packer tenía instrucciones de pasarme una transcripción del discurso y contarme su parecer.
      El mensaje admitía una doble lectura. Para el pueblo, esta «raza de monstruos» eran los unitarios. Para los iniciados, la verdad era muy otra.
      En aquel momento, mis camaradas escribieron desde Londres instándome a partir. Pero yo decidí perdonar la afrenta. Nos han llamado de muchas formas, y «raza de monstruos» no es la más ofensiva. El mensaje era parte de ese juego de tira y afloje: una bravata velada que sólo pretendía recordarnos cuál era nuestro lugar.
      Les informé que no había por qué preocuparse. Los negros y la Mazorca eran todavía permeables a mis sugerencias, yo tenía una excelente relación con la esposa del Restaurador y, además, en Buenos Aires no había quien se atreviera a poner las manos sobre un ciudadano de la Corona. Long live the Santa Federación!


Apareció por una de las avenidas que llevaban al sur de la ciudad y sin darse cuenta se internó en el barro, precisamente cuando la tormenta arreciaba. Le decían el Bantú. Poco y nada se sabía de su pasado, salvo el hecho evidente de que era negro, longevo y sabio. Lo demás corría por cuenta de las viejas.
      Una versión decía que había llegado al Río de la Plata en un barco negrero inglés, poco antes de las invasiones, y que ya entonces era viejo y veía poco. Nadie sabía quiénes habían sido sus amos, ni dónde había vivido todo ese tiempo.
      Hubo quien lo vio por Entre Ríos, en épocas de la guerra con el Brasil. O muy al norte, en el Tucumán, en los tiempos en que Belgrano dirigía el Ejército del Norte. No puede ser cierto. No tratándose de este hombre, que ya era viejo hace treinta y cuatro años.
      En el 32 pasó al servicio de sir Roger Wall, un militar inglés retirado prematuramente del servicio a causa de una rara enfermedad de la piel que no le permitía pasearse a la luz del sol. El inglés había emigrado al sur —se decía que con la esperanza de curarse, pero ningún médico de la ciudad llegó a examinarlo— y terminó haciéndose amigo personal del general Rosas. Ambos compartían el gusto por la violencia y el terror bien escanciados. Si uno ejercía el poder, el otro bien podía ser la herramienta.
      Fue por sugerencia de Wall que el Bantú se trasformó en el ladero de doña Encarnación Ezcurra, la esposa de Su Excelencia, en las visitas que ella y su hija hacían a las fiestas tribales. A la muerte de Misia Encarnación, a fines del 38, el viejo ocupó un lugar de importancia entre los negros de la ciudad. Sobre todo entre los que prestaban servicio a la clase privilegiada.
      A pesar de la lluvia, el Bantú no estaba solo. A medida que se alejaba de la ciudad, los perros se fueron acercando hasta formar un séquito bastante numeroso. Los animales marcaban el camino y el viejo seguía ese sendero a paso firme, tanteando el piso con una larga vara de duraznero increíblemente recta.
      Esa noche llovía a cántaros, pero en Buenos Aires la lluvia no era infrecuente. Y menos aún las inundaciones, y todo lo que se dice cuando la vida pende de un capricho de la naturaleza y la angustia del iletrado se transforma en misticismo. En esas noches malditas, hubo quien vio al Bantú atravesar la esquina de Las Cañas, flotando sobre el lodazal como un Cristo negro y casi ciego. Y también hubo quienes juraron que, a su paso, las osamentas vacías de las reses y de los equinos que allí habían muerto se levantaban para que sus pies descalzos no se hundieran en el barro. Bastaba ver lo que afloraba del suelo una vez que la tormenta había menguado.
      Se decían muchas cosas a espaldas del Bantú. Pero muchas más se decían en su presencia, en voz baja y al oído, mientras el candombe distraía la atención de la mayoría.
      Cuando el Bantú llegó a la barraca donde estaban reunidos los negros, un séquito de humanos reemplazó a los perros. Los negros metieron al viejo en las barracas y lo abrigaron con una piel de oveja. Lo sentaron en una esquina cálida y bien iluminada, y le pasaron un mate.
      En el centro de la barraca, que apestaba a cigarro de chala, el piano repiqueteaba furiosamente, compitiendo en intensidad con la tormenta.
      —Padre mío, ¿dónde se me había metido?
      Beba era una de las «anfitrionas». La mujer le pasó una bandeja de pasteles dulces y salados, gentileza de la patrona. El viejo tomó uno cubierto de miel y sonrió. Rara vez un negro tenía la oportunidad de probar semejante manjar. A lo sumo podía aspirar a venderlo en las plazas los domingos.
      El Bantú probó y aprobó. Frente a él, los negros habían formado una larga fila. Algunos buscaban consejo, otros venían en tren de delación, otros necesitaban consuelo. El viejo aceptó un vaso de vino y empezó a hablar. Sus palabras eran como golpes de percusión que marcaban el ritmo de la tormenta y la cadencia del candombe.
      Yo no puedo ver el día de mañana o el siguiente, pero esta guerra no es nuestra guerra. No es un problema de conciencia. No dijo «conciencia», sino una palabra de su idioma natal que vagamente recordaba ese concepto. El que te da de rebencazos es tan malo como el que pasa de noche en banda y te degüella. No hay otro camino que elegir la generosidad del vencedor, seguir sus caprichos y no traicionar su confianza. Nadie espera otra cosa de nosotros, que somos como animales indefensos. Ni siquiera los unitarios.
      —Es mi amo, padrecito —dijo Tomás cuando le tocó el turno—. El francés planea un viaje largo. No me dice adónde. Y a veces organiza reuniones, bien de madrugada. ¡Si viera las cosas que dijo de Misia Encarnación cuando pasó a mejor vida!
      Si ellos quisieran, podrían mandarnos a la guerra como carne de cañón. Y no tengan dudas de que iremos al muere si les conviene. ¿De qué sirve arriesgarse por uno o el otro? ¿Qué significa «amo», «patrón», «capataz»? Yo les diré qué significa. El viejo tose una, dos, tres veces hasta que el vaso se llena otra vez. Significa: «el que te va a traicionar cuando le convenga».
      —El francés Millau, padrecito. Anda por la casa vestido de blanco y celeste, como los unitarios. Le da vergüenza llevar la cinta roja. Se pone la divisa nada más que para salir, pero tiene doble cara, no lo siente. Y tampoco se lo impone a su hija...
      Amanecía. El candombe agonizaba, pero sus ecos aún vibraban en la voz del viejo.
      Este tiempo no es nuestro tiempo. Pero llegará un día en que no haya cintas punzó, ni celestes, ni verdes. Un tiempo sin colores, donde el negro sea igual al pardo, al blanco, al colorado, al amarillo.
      
La batalla estaba decidida. La tormenta, avergonzada, se había batido en retirada.


—A prueba —propuso el farmer—. Si gusta, amigo Wall, elija y aliste dos grupos de mazorqueros. Inícielos en lo suyo, entrénelos como le parezca. Palermo está muy concurrido, así que búsquese alguna finca apartada en el Norte y llévelos ahí. Dos reglas: no pueden ser más de trece y no los quiero en la ciudad, salvo para las tareas que le iré encomendando.
      —Trece no es un buen número, Excelencia —contesté yo—. ¿Por qué no doce o veinte?
      —No me venga con pavadas, Wall. No me diga que es supersticioso.
      —No, Excelencia. No soy.
      —Venga. Pruebe esta carne que es de mi hacienda. Está a punto.
      —Es una pena. A mí me gusta más sangrienta.
      Recuerdo la charla como si fuera hoy, aunque ya pasaron diez o doce años. Los pálidos se encargaron de buscarme un sitio en las afueras y yo fui reclutando voluntades entre los gauchos, mestizos y negros. La mayoría eran negros. Pero una vez iniciados, todos se transformaron en pálidos. No existe otra palabra en castellano para definir ese estado de gracia.
      El Restaurador vino un par de veces a visitarnos. Tal vez quería ver con sus propios ojos cómo serían su futuro y el de su familia una vez que yo cumpliera con mi parte del pacto.
      Curiosamente, en todo el territorio de Buenos Aires yo era el único de mi estirpe. Cada vez que Rosas preguntaba, yo le respondía: «Todo a su debido tiempo». Así que tenía que conformarse con imaginar la vida que le esperaba después de la iniciación. Y su imaginación era febril.
      Huelga aclarar que el general era ambicioso en sus proyectos y estaba atado al poder que ejercía. Pero también era consciente de que no puede haber poder definitivo cuando el fantasma del tiempo hace estragos en el cuerpo y la mente.
      —¿Cómo se destierra el tiempo, Wall? Usted lo sabe...
      —Con sangre, general. Con sangre.
      En el fondo, no estoy seguro de que quisiera vivir para siempre, pero temía la muerte y su propia vejez.
      La alianza que teníamos también significaba nuestro completo apoyo al régimen, y esta última parte de la promesa fue ratificada por mis colegas de allende el mar en una carta personal. A cambio, Rosas nos facilitaría el desembarco y nos permitiría saciar nuestras necesidades —algo excéntricas, lo admito—, siempre y cuando no estallara un escándalo.
      Lo de la Mazorca fue idea mía: me permitía zanjar ambas cuestiones en el mismo acto. Formé dos grupos, tal como me había sugerido Rosas. El primero estaba a mi cargo. Puse el segundo al mando de un gaucho que pronto se ganó el apodo de «Carnicero». Carnicero Martínez.
      Con el tiempo le cedí cada vez más poder, hasta transformarlo en mi segundo para todo servicio. Claro está, antes de ponerle tanto dulce en las manos, tuve que desembrutecerlo. En dos años aprendió a la fuerza a leer —nunca lo vi llorar, ni siquiera en la estaca, excepto por la frustración que le provocaban esos símbolos caprichosos: las letras—, le enseñé algo de política, de estrategia y de etiqueta para que pudiera ir a los lugares donde el sol no me permitía llegar. Tanto esfuerzo invertido y tanto poder delegado hizo necesario que hiciéramos un primer compromiso permanente. Un compromiso de sangre conmigo y con los míos. Esto no lo convertía en un miembro plenario de nuestra camarilla, pero le daba algunos privilegios. Y obligaciones.
      De todas formas, yo no tenía la menor intención de convertirlo en uno de los nuestros. No mientras necesitara sus ojos y oídos criollos.
      Al principio, el mismo Rosas nos asignaba misiones nocturnas tres o cuatro veces por semana. Con el tiempo pude organizar mi propia fuerza de inteligencia y era yo quien tomaba la iniciativa para luego informar al gobernador de mis progresos.
      No estaba previsto aumentar la estirpe en Buenos Aires: formaba parte del acuerdo con el Restaurador. Iniciados, sí. Pálidos, también. Vástagos, no. Había que esperar. Además, había una promesa.
      Doña Encarnación pudo haber sido la primera en saborear los beneficios de mi linaje. Es curioso que una mujer de su fortaleza, tan católica y tan entera, no pudiera aceptar la muerte como algo natural y necesario. Tal vez pensaba que su maternal influencia tenía que perdurar más tiempo, hasta que los asuntos de la nación se enderezaran.
      La recuerdo de rodillas, en una de las misas vespertinas que la familia celebraba en Palermo, durante el invierno. El cura estaba de espaldas, apenas visible entre el humo de los calentadores y del incienso, y en ese momento levantaba el copón rebosante de vino rojo.
      —Hic est enim calix sanguinis mei... novi et æterni testamenti...
      
Ella me miró sorprendida, con los ojos muy abiertos, como si me viera por primera vez. Comenzó a traducir:
      —Éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la nueva y eterna alianza. —Sonrió—. Es eso, ¿no? De eso se trata, en definitiva.
      No le respondí, me limité a devolverle la sonrisa.
      Una vez leí en La Gaceta un recordatorio de su muerte que la pintaba de cuerpo entero:

Distante de su querido esposo, el gran ciudadano, vedla rodeada de los valientes federales, del pueblo todo, dispuesta a escarmentar a unos perjuros, aliados escandalosamente con el impío feroz bando unitario, vedla al frente de un pueblo libre y belicoso cómo difunde el ardoroso entusiasmo federal en todos los pechos argentinos. Ella triunfó, hizo triunfar otra vez el victorioso estandarte de la Federación. Este triunfo reanimó los pueblos todos amenazados terriblemente por la traición y el despotismo unitario. La Confederación Argentina restauró de nuevo las leyes y libertades de que hoy goza, bajo auspicios de la Providencia protectora de la justicia y de la libertad.

La Providencia hizo que ella triunfara sobre los unitarios, incluso sobre el olvido, pero le negó el triunfo sobre la muerte que era y es mi prerrogativa.
      Supe por terceros que su agonía fue larga y dolorosa. No debió ser así. No había razón para que el bloqueo naval de la alianza franco-riverista se realizara en esas fechas, salvo la jodida Providencia. Londres me recomendó que abandonara Buenos Aires sin demora. Carnicero y los pálidos hicieron los arreglos para trasladarme sin riesgo a la mansión de un compatriota en Montevideo, a la espera de que las relaciones mejoraran. Pero las cosas no fueron bien hasta que los míos comenzaron a tejer su benéfica influencia.
      Deus ex machina.
      
Yo también participé veladamente en las negociaciones entre los dos países. Los mensajes entre Buenos Aires, Montevideo, París y Londres eran un hervidero de consideraciones, posibilidades, resoluciones, órdenes de alineamiento, informes estratégicos y hasta sugerencias de Carnicero, que comenzaba a desentrañar con absoluta agudeza los costados más sabrosos de la diplomacia. Si piensan que el correo de hoy en día es rápido, tendrían que conocer las otras vías de comunicación que tienen los de mi estirpe.
      Los reclamos franceses parecían bastante razonables: ellos querían igualdad de derechos respecto de los residentes británicos. El mayor reclamo, que ya iba para una década, era la exención del servicio militar. El gobernador me dijo que él no tenía inconvenientes en aceptar estas demandas. Pero el problema había derivado hacia lo que podría llamarse «la intervención francesa en la guerra civil». Y esta intervención —franceses y unitarios— amenazaba la integridad de la Confederación. Yo mismo lo planteé en estos términos a Londres, y los míos sugirieron resistir pasivamente hasta que el Foreign Office se decidiera a actuar como contrapeso en el conflicto. O bien hasta que determinara una salida elegante para las partes. Desde Montevideo, sin embargo, preparé una lista de gestos que acelerarían esa salida. El más importante: el gobierno de Rosas firmó el compromiso contra la trata de esclavos.
      Como se ve, siempre hay una oportunidad de llevar agua al propio molino... Pero no quiero adelantarme. Baste saber que, en ese momento, ni el régimen ni mis compatriotas llegaron a comprender mis razones.
      Rosas fue más allá de mis indicaciones. Le aseguró al ministro británico Mandeville y al comodoro Sullivan, el jefe naval inglés, que si el peso de la soberanía se hacía demasiado gravoso para esta joven nación, a nada aspiraba más sinceramente que a depositarlo a los pies del trono británico. No creo que las generaciones futuras reconozcan la ironía que esta declaración encerraba, al menos no sin conocer a los de mi estirpe y su papel en estas negociaciones.
      A pesar de los logros diplomáticos, fueron tiempos de zozobra. La mujer del general murió antes de que yo pudiera regresar, y así se rompió la promesa que habíamos firmado con Rosas y la finada. No fue nuestra culpa —el régimen había tambaleado—, pero es probable que el general nunca terminara de perdonarme esta ausencia.


—¿A dónde vas con tanto apuro? Es al ñudo, franchute: tus amigos de la barcaza te delataron. Ya van de regreso a la Banda Oriental, por si te interesa. Bajá el arma si no querés que tu familia pase por ésta.
      Carnicero Martínez le mostró un sable bien balanceado.
      La Mazorca tenía apostados cuatro caballos en el frente de la casa y tres más rodeándola. Salvo el gaucho, que se mantenía moreno y rozagante, el resto del grupo parecía salido del infierno. De noche, los pálidos lucían un brillo macilento, una aura que era invisible de día.
      Philippe Milleaux estaba paralizado por el terror. Miraba a los pálidos, a Carnicero y de vuelta a los pálidos. No se sabía a qué le tenía más miedo: si al filo terrenal del sable de Carnicero o a los jinetes de sal que lo vigilaban desde sus monturas.
      Se decidió y disparó la única carga de su pistolón.
      El brazo de un pálido voló diez metros adentro de las tinieblas y el cuerpo cayó del caballo sin que se oyera un solo gemido. Al tocar la piedra, el tipo estaba muerto.
      Otros dos pálidos apresaron al francés y lo ataron a una silla. Así lo trasladaron al patio de la casa para que fuera testigo del desfile de sangre.
      La primera en comparecer fue Consuelo, la mujer del francés. Los pálidos la obligaron a ponerse en paños menores, no porque hubiera alguna perversión sexual en aquel circo, sino porque el vestido estaba destinado al botín del inglés. Le ordenaron gritar que amaba con alma y vida la persona de Juan Manuel de Rosas. Consuelo gritó y juró hasta que el tajo en su garganta hizo incomprensible cualquier otra muestra de devoción. Aun en el suelo, su cuerpo sangraba y se estremecía, reclamando una bocanada de aire que no llegaría a sus pulmones.
      Tardó varios minutos en morir y, en ese trámite, el francés se desmayó.
      Los pálidos consiguieron agua y sales aromáticas para volverlo en sí. No podía perderse la confesión de su hija.
      Margarita tenía quince y su muerte fue mucho más expeditiva. No la obligaron a decir nada: el terror de ver a su madre muerta la volvió inmanejable. Fue un corte rápido y casi piadoso.
      —¡Viva la Federación! —gritó Carnicero al oído del francés—. Répètez... Vamos. ¡Grite, carajo!
      El tipo no dijo nada. Y todavía quedaba lo peor para el final: un bebé de siete meses. El pálido lo traía de una pierna.
      —Está muerto, Carnicero —dijo el pálido—. Alguien lo ahogó antes... La negra, creo.
      —A la negra dejála para después. Tirá el cuerpo a los perros.
      —¿A los perros?
      —Ya me oíste, Guzmán. A los perros.
      Los pálidos se fueron. Milleaux y Carnicero Martínez quedaron solos en el patio.
      —Bueno, ahora vos, franchute —susurró Carnicero—. Decí... decí conmigo. Viva la Federación. Mueran los salvajes...
      —Mueran los salvajes federales.
      —Es al ñudo, preparáte para morir.
      Carnicero levantó el sable.
      —Merci à Dieu...
      
Concluida la faena, Carnicero dio la voz de agruparse. La jornada no había terminado, todavía quedaba un rebelde por ajusticiar. Martínez y otros tres se dirigieron al sur. El resto se quedó en la escena del escarmiento, disponiendo de los cadáveres propios y ajenos.
      El francés y su mujer fueron exhibidos hasta la tarde del día siguiente. Nunca se supo qué pasó con el chico o la adolescente. Acaso esa incertidumbre corroyera más que cualquier otra certeza.
      Todavía era noche cerrada cuando vieron dos negros avanzando por una de las avenidas. Algo en las tripas de Carnicero clamaba por salir. Estaba relacionado con la negra que le había robado la oportunidad de humillar al francés valiéndose de su primogénito. En su fuero íntimo de moderno inquisidor, sabía que podría haber logrado un arrepentimiento del traidor.
      O tal vez era simple y pura hambre de sangre en la forma de un rencor sordo pero poderoso.
      Antes de saber quiénes eran, decidió descargarse con los negros.
      —¡Alto! ¿Quién vive?
      —No somos nadies, dos sirvientes nomás. Venimos del candombe.
      Era una negra joven, no tendría más de quince años. Al lado, un viejo miraba con desprecio.
      —A ver, viejo. Diga conmigo: ¡Viva la Federación!
      —¡Viva la Feerazión! —dijo el viejo con un hilo de voz, que era todo lo que le permitía su garganta.
      —Más fuerte, viejo. No oigo nada.
      El viejo no respondió, bufó y se apoyó precariamente en su vara de duraznero.
      —Dejeló, señor —rogó la muchacha—. Está viejo y casi no ve.
      —Pero no está sordo. Grite viejo, para que podamos oírlo.
      Entonces la voz del viejo cambió.
      —Vuelva por donde vino, si no quiere que se entere su amo.
      —Yo no tengo amo.
      El Bantú levantó la vara y las monturas de los pálidos huyeron, con sus jinetes en la silla o a la rastra.
      Carnicero Martínez levantó el sable, pero no llegó a descargarlo: su propio caballo se desplomó muerto, aplastándole las piernas.
      El Bantú se levantó tres palmos del piso y flotó hasta él.
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      —Sí que tenés amo. ¿Estás tan ciego de sangre, que ya no reconocés la que te da vida? ¡Cerdo!
      El gaucho empezó a rezongar y a roncar, como hacen los cerdos que van al matadero.
      El Bantú se volvió a la joven.
      —Vos... —La llamó por su nombre indígena, el único nombre al que la mujer respondería en cuerpo y alma—. Vos no viste nada.
      La muchacha comenzó a recular y finalmente salió corriendo hacia la casa de su ama. El Bantú descendió sobre el jinete en desgracia al tiempo que una niebla espesa se elevaba del suelo.
      Los pálidos volvieron media hora después, a pie. El barro se había solidificado alrededor del caballo muerto y su jinete. Al principio, los hombres de Martínez pensaron que el gaucho había corrido la misma suerte que su montura. Estaba pálido, como quien pierde mucha sangre. Tal vez una fractura expuesta bajo el animal. Pero el hombre respiraba débilmente. Trajeron palas y picas y lo sacaron, todavía inconsciente.
      Lo llevaron a lo del inglés.


Marzo de 1844 - Notas sobre el francés y el «interrogador infalible»
      
Shit happens.
      
No recuerdo bien el año, pero fue antes del 40, estoy seguro. Se llamaba Lucien Milleaux y se decía discípulo de Daguerre, el artista francés que inventaría el daguerrotipo algunos años después. Milleaux llegó al Río de la Plata —primero a Montevideo, después en barcaza a Buenos Aires— con decenas de apuntes sobre las experiencias de Daguerre, un ejemplar de Notice sur l’héliographie que todavía conservo, y una obsesión: retratar las almas. En particular, el alma del señor Restaurador de las leyes, enemigo de la República Francesa.
      No la pasó bien, aunque llevaba atada a la manga la divisa roja que decía: «F. ó M. Viva la Confederación. Mueran los salvages unitarios».
      Estuvo varios meses en la cárcel de Luján, acusado de espía, pero no se desanimó. Durante su reclusión retrató el ambiente carcelario y las almas de un par de condenados a la horca. He visto esas placas: no sé si son almas, pero estoy seguro de que lo que muestran no estaba ahí durante la ejecución. Le pregunté a mi contacto en el British Packer, testigo presencial de los hechos, y no tengo por qué dudar de su palabra.
      Lucien Milleaux complicó las cosas. En parte porque también animaba su viaje un propósito de venganza. La Mazorca había pasado por el cuchillo a su hermano, su cuñada y sus sobrinos. En realidad, Lucien sólo sabía que Philippe Milleaux y la mujer de éste, Consuelo, habían sido exhibidos —la garganta cercenada, las ropas llenas de sangre y una consigna que los tildaba de traidores— en el frente de la casa que habitaban. Nada se supo de los hijos y nada más pudo averiguar el retratista antes de ir preso por espía.
      La otra complicación tuvo que ver con una filosofía que ni yo ni los míos propiciamos. Esa corriente destacaba la trascendencia del individuo y de sus actos, sin importar cuán fútiles resultaran en el corto plazo. Reconozco en esto la influencia de cierto romanticismo de cabotaje, propiciado por Esteban Echeverría y los suyos. En este contexto, una prueba concreta de la existencia del alma era fundamental. Para los iniciados en esta corriente, Milleaux se transformó en referencia obligada.
      Es gracioso que, después de cuatro o cinco años, esos mismos románticos olvidaran el nombre de Milleaux y sus ideas. Una trascendencia intrascendente.
      Supe por mi camarada Miguel Wilson, que estaba parcialmente retirado y era guardiacárcel del presidio de Luján, que durante los primeros meses de su estadía Milleaux había inventado una suerte de «interrogador infalible». El ingenio era capaz de retratar el halo vital del interrogado, y por la apariencia de ese halo se podía saber cuánto de verdad o mentira tenía la respuesta.
      Dicen que la curiosidad mata al gato, pero en este caso la curiosidad de uno pudo haber acabado con todos. Wilson me confesó que, a escondidas de su padre, una de las visitantes del francés era Manuelita, la hija de Rosas.


El Bantú acercó el calentador a sus pies mojados. Ya era de noche y el frío comenzaba a morder. La lluvia había pasado. No quiso preguntar de dónde habían sacado ese calentador, pero estaba seguro de que estaría de regreso en su lugar antes de que los patrones se dieran cuenta.
      Había más de veinte negros en aquel refugio para animales. Uno se adelantó. Era Josué, un muchacho que bien podría haber pasado por el Bantú cuando era joven. Ése no era su nombre: se lo habían puesto sus amos antes de tomarlo a su servicio.
      —Padrecito —dijo Josué—, ¿es cierto lo que se dice del hombre que retrata las almas?
      —Sí.
      —¿Y las almas no se enojan cuando las retratan?
      —Sí, a lo mejor se enojan.
      —¿Y qué pasa cuando un alma se enoja?
      —Se va. Si se enoja mucho, se va. Y ya no hay silencio para el muerto, ni descanso, lo invade la noche. El muerto se convierte una vasija vacía y, donde antes había alma, que es «yo sé quién soy» en el silencio de las cosas, ahora hay noche y la voz de las bestias que no te dejan acordarte de quién sos. Y la vasija se llena de noche y de esas voces hasta que se rompe y te convertís en una bestia de la noche.
      —¿Y eso es malo?
      —No sé. Nunca fui bestia. Pero hay algo peor.
      —¿Qué hay peor, padre?
      —Que tus amos sepan lo que estás pensando. Eso es peor.
      —No entiendo, padrecito.
      —Si pueden retratar tu alma, pueden saber lo que hay en tu cabeza. Ya hay un ingenio con espejos que...
      —¿Pueden saber lo que pienso de mis amos? —interrumpió Josué, consternado.
      —Sí. ¿Te tratan bien tus amos?
      —No, pero si saben la idea que tengo de ellos, me van a tratar peor.
      —¿Qué pensás de tus amos?
      —A veces quisiera pegarles, golpe por golpe que me dieron. Golpe por golpe que le dieron a Guadalupe y a nuestra hija María.
      —¿Qué vas a hacer? ¿Qué van a hacer todos ustedes? —dijo el Bantú levantando la voz—. ¿Saben lo que les espera?
      Los negros no contestaron. El Bantú los dejó solos, deliberando.


No, no soy inglés. Mejor dicho, sólo lo fui en estas últimas décadas. Pero está en mi naturaleza: los predadores tenemos que estar trepados a los árboles, las presas en el llano. Ser inglés es como estar trepado al árbol desde donde se ve mejor a la humanidad. Aunque ignora mi verdadera procedencia, Rosas comparte esta idea. Simpatiza con las Islas, pero en su interior se mezclan las ansias de predador con una suerte de reivindicación del derecho de los corderos. Él lo llama «sentido de pertenencia», «nacionalismo».
      —Y mientras esta puta que es Buenos Aires me sea fiel —decía Rosas una noche del verano de 1842—, yo voy a serle fiel a ella.
      —¿Tuvo muchas putas, general? —le pregunté.
      —No se ría tan fuerte. Mi hija nos puede escuchar y seguramente nos va a malinterpretar.
      —Si me lo permite, es precisamente sobre su hija que quería hablarle. Sobre ese capricho que tiene.
      —No me joda, Wall. Déjela tranquila. Ese tipo, Milleaux, es inofensivo.
      —Es hermano de un traidor.
      —La verdad es que yo también siento curiosidad. Ya no me fío de mi olfato de farmer para saber cuál vaca está sana y cuál está enferma. Hay que revolver mucha mierda para darse cuenta.
      —Exímame de esa obligación, se lo ruego.
      —¿Y qué les digo a los otros? No, es imposible. —Rosas me miró con suspicacia—. ¿A qué le tiene miedo?
      —No es miedo, pero mi naturaleza...
      —No me diga que cree lo que dicen las viejas. Que un retrato le puede robar el alma.
      —Yo no tengo alma.
      —Ya lo ve, asunto arreglado.
      Esa charla fue en febrero de 1842, o bien marzo o abril.
      Tengo que asentar las fechas con mayor detalle, son demasiados años de existencia y todo se comprime en una madeja imposible de hilvanar. En esto admiro a Rosas, que lleva precisa cuenta de todo cuanto hace, de cada carta que recibe, de cada documento oficial que firma. Y destruye metódicamente todo cuanto podría incriminarlo. Es un artista.
      Durante los siguientes tres o cuatro meses, Rosas fue reuniendo a todos sus allegados en Palermo. Los hizo retratar uno por uno o en grupos. Era su prueba definitiva de fidelidad. Es gracioso: varios se excusaron de participar del retrato. Rosas los mandó traer por la fuerza, pero algunos lograron huir hacia el Brasil o el Paraguay.
      Yo pude retrasar mi compromiso hasta una tarde nublada y muy fría de mediados de julio en que el general me emplazó a cumplir.
      Pero había tomado mis precauciones.
      Lucien Milleaux dispuso de una sala sin calentadores ni nada que destruyera la reacción química de la exposición. El lugar, eso sí, estaba escandalosamente iluminado por las lámparas y habían traído dos o tres espejos de gran tamaño para que la luz fuera pareja.
      —Ne fumez pas —dijo el retratista—. S’il vous plaît.
      
—Nada de tabaco, amigos —dijo Rosas—. El humo arruina el retrato y creo que algo de la química que usa es inflamable.
      Dos mestizos nos acomodaron delante de una pared blanca y movieron un poco los espejos, de acuerdo con las indicaciones del francés. Nos preguntaron si queríamos sentarnos. El tiempo de exposición no bajaba de media hora.
      —Pruebas como ésta, los caballeros las asumen de pie, con dignidad —declaró estúpidamente Carnicero.
      Nos quedamos de pie.
      Yo estaba a la derecha. Carnicero Martínez me flanqueaba y a su izquierda había dos militares de alto rango.
      —Relájense —dijo Rosas jovialmente—. No es un pelotón de fusilamiento.
      El cuestionario era simple: una única pregunta, repetida diez o doce veces a lo largo de la exposición. Ora por Rosas en tono perentorio, ora por el francés en defectuoso castellano.
      —¿Juran fidelidad a Rosas y a la Confederación?
      —Sí, juro.
      —¿Juran fidelidad a Rosas y a la Confederación?
      —Sí, juro.
      Y entre sijuro y sijuro, el francés hacía que reemplazaran las lámparas o agregaran nuevas para compensar la luz cambiante. Durante ese tiempo mantuvimos la posición lo mejor que pudimos. No fue fácil.
      Al final, Milleaux cerró la boca de su caja negra y nos dio las gracias.
      En compensación por las molestias, Rosas decidió agasajarnos y el francés no pudo eludir ese compromiso.
      Para cuando Milleaux logró salir de la casona de Palermo, ya era de noche. Se dirigió directamente hacia una casilla de revelado que estaba a media hora de la casa del gobernador. No quiso que lo acompañara la guardia. Al parecer, alguien le había sugerido que, después de este último retrato, el dictador prescindiría de sus servicios para siempre.
      Tal vez por esa misma razón dio pocas explicaciones del proceso de revelado o de revelación, como él decía. Llegó a la casilla, cerró la puerta y estuvo más de tres horas jugando con la química.
      Después entraron los negros. No eran más que veinte. Forzaron la puerta, tomaron las placas y vaciaron los jugos que el francés tenía en las bateas. Antes que pudiera reaccionar, lo apalearon hasta dejarlo inconsciente, lo rociaron con aceite y le prendieron fuego.
      Una vez terminada la ejecución, me trajeron los retratos. Al brillo de aquel fuego infalible que habían iniciado los negros, las placas mostraban —opaco sobre metal— un esbozo bastante difuso de nuestras figuras. Correcto en cuanto a las proporciones, pero pobre en el detalle. En torno a los cuerpos, el retrato insinuaba un halo dorado, que en mi caso era negro.
      Quisiera decirles que salí apuesto en la placa, pero no puedo. Desde mi lugar en el retrato, la vieja figura del Bantú —ridículamente ataviada con el uniforme del Imperio— me miraba complacida.


—Les mentí —dijo el Bantú la noche del incendio en la casa del retratista—. Les dije que no sabía cómo era ser una bestia de la noche. La verdad es que yo sé... Yo mismo soy una bestia de la noche.
      Había veinte negros en aquel descampado y los pálidos habían rodeado el sitio por si alguno se arrepentía. Hacía tiempo que Carnicero sabía de la doble naturaleza de su amo, así que contribuyó tanto como pudo en aquella iniciación.
      Los primeros veinte vástagos serían negros. Salvo las concesiones a la familia de Rosas, ése había sido el plan desde el principio. Para Rosas y para los ingleses de la camarilla, seguiría siendo sir Roger Wall: una piel convenientemente refinada y una posición de privilegio por encima del resto del mundo. Para cuando ellos se enteraran y comprendieran el alcance de su decisión, América sería suya.
      —Somos como leones disfrazados de ciervos. Tenemos el poder de escondernos, de transformarnos y esperar. El mayor poder de una pantera es que sabe esperar.
      —La noche, padrecito —dijo Josué, que se retorcía en el piso—. La noche duele...
      —La noche es nuestra amiga. El silencio es nuestro enemigo. Ustedes serán mucho más de lo que fueron, pero para eso hay que aceptar este nuevo cuerpo y dejar atrás el cuerpo que tuvieron.
      —Padrecito, duele. Quema en todos lados...
      —Sí, ahora podés llamarme padre. Yo te di la vida.
      A la mañana siguiente, veinte negros fueron acusados por la muerte del francés. Pero habían huido y nadie volvió a saber de ellos.


Noviembre de 1899 - Apuntes sobre una nueva estirpe
      Volví al Reino en julio de 1844. Los federales insistían en seguir hostigando unitarios en la otra margen del Río de la Plata y esa postura fue censurada por el Foreign Office. Yo no podía darme el lujo de hacer un mutis apresurado. No quería correr riesgos innecesarios.
      Desde entonces, sólo he vuelto una vez más a Buenos Aires, a finales del 51, para planificar la salida de Rosas del país. Estuve apenas un mes, pero dejé todo listo. En mi baúl diplomático transporté a las Islas gran parte de la documentación que el Restaurador usaría durante los tiempos venideros, ya fuera para deslindar acusaciones, o para descubrir alianzas, o bien para perpetuarse en el poder que le estaba predestinado una vez que decidiera su regreso.
      Mi plan era acompañarlo en ese regreso. Buscar a los míos y compartir el poder de Rosas desde las sombras. Después de todo, sería mi hijo en la sangre. Me debía cierta pleitesía.
      A su llegada a Southampton, todo estaba listo para transformarlo en un vástago, pero él pidió un tiempo para adaptarse.
      Sé que en ese ínterin leyó cuanto texto le acercamos a fin de prepararse para el gran momento. Antes de que terminara el mes los devolvió todos, dijo que no le hacía falta saber más. Sé también que mantuvo una fluida correspondencia con otros argentinos exiliados en Inglaterra, Francia y España. Sé que realizó un par de asados para agasajar a algunos ingleses que había conocido durante su gobierno. Pero no advertí que con el correr de los días se estaba apagando. Algo había cambiado en Rosas. Como si la fuente de su energía hubiera quedado en Buenos Aires, en su casona de Palermo.
      Ya no era el mismo.
      Algunos meses después me mandó una carta bastante extensa, que todavía conservo. En los últimos párrafos dice:

Verá, amigo Wall, estuve pensando mucho en eso de vivir algunos años más de los que están en mi cuenta. Estoy cansado, y ya estoy grande. Además, me cuesta creer en ese Cristo que usted me refiere. Un dios hecho hombre que en su última cena inició una estirpe de inmortales al hacerles beber su propia sangre. Me gusta demasiado el vino de misa. Vino rojo federal. Llámelo romanticismo si quiere, pero hasta los leones estamos destinados a morir. No es una imposición: es el derecho de todo ser a un estado último y definitivo.
      También me he preguntado para qué sirve el poder. Y he llegado a la conclusión de que sólo sirve para retener y dominar aquello que uno quiere. Llámelo deseo, amor, ambición. El poder ayuda a satisfacer todas esas necesidades. Pero yo no amo, ni deseo. No necesito nada más. Esa puta (usted sabe a quién me refiero) se vendió barato al nuevo orden y ya me olvidó. Eso duele. Si tuve algún proyecto que tuviera que ver con ella, ya es cosa del pasado.
      Lo libero de cualquier deuda conmigo. Vuelva usted a Buenos Aires, si puede. Escríbame para saber cómo le fue. Si la pudo conquistar. Tiene con qué.
      Y asegure a los suyos que de mí no saldrá palabra, salvo éstas que son mi despedida.

      No puedo decir que me haya alegrado esa decisión, siquiera que simpatice con ella. Mis colegas lo dejaron en paz y Rosas cumplió: se llevó el secreto a la tumba.
      Con el cambio de siglo, se acercan tiempos interesantes. Me pregunto qué habría dicho Rosas de todo esto. A veces me sorprendo haciéndole comentarios en voz alta, como si todavía pudiera escucharme. Han pasado veintidós años desde su muerte.
      Yo tampoco tengo necesidades.
      En Buenos Aires me esperan con los brazos abiertos. Mis negros han sobrevivido a la Guerra con el Brasil y ya deambulan en las pieles de los hombres de bien, llenos de ideas progresistas. Ellos son la cima de la evolución. Los nuevos predadores que verán un nuevo siglo. Yo les prestaré mi territorio. Crecerán a mi sombra hasta ese día en que decida ver por última vez la luz del sol.
      Hasta los leones estamos destinados a morir.


Alejandro Alonso

Alejandro Alonso nació en 1970 en San Martín, provincia de Buenos Aires, Argentina. En la actualidad se desempeña como periodista de tecnología y negocios. Publicó sus primeros relatos en Axxón a partir del número 33 (cuento "Demasiado tiempo"). Desde entonces ha continuado su carrera de escritor con gran empuje, publicando en la Argentina, México y España, y avanzando en calidad, contenido, imaginación y maestría de una manera avasalladora. Ha logrado juntar una producción muy potente por lo original de sus temas y por lo interesantes y bien escritas que están las historias. En Axxón además se pueden leer sus relatos "El decimocuarto día" número 46, "Procesos" número 47, "Postales desde Oniris" número 61, "Sociedad anónima" número 63, "La letra número 54" número 65, "...y tu firma al pie..." número 91, "Póstumo" número 100, "Disneylandia" número 109, "1807" número 112, "La duna del 40o aniversario" número 117 y Hombres y piedras número 125. En España resultó finalista en dos de las convocatorias a concursos de relatos (Pablo Rido y Domingo Santos) y últimamente han aparecido relatos suyos en Artifex Segunda Epoca. Como justo reconocimiento a su tenacidad y enorme capacidad de trabajo, tiene hoy un sólido panorama en posibilidades de publicación y de seguir cosechando galardones.
     En el número 112 de esta revista apareció el relato "1807", que forma parte de una serie de cuentos de índole "fantástica" con ambientación histórica. En ese mismo estilo, se ubica "De memorias ajenas", que puede ser leído en la sección El Cuento Elegido, además de "Demasiado tiempo" y "Las cinco direcciones de su brújula".
     Alejandro Alonso ganó el Premio Axxón 2001 en la categoría Cuento de CF con el cuento "La duna del 40° aniversario", publicado en el Axxón # 117.
     Más recientemente, fue el ganador del prestigioso premio UPC del año 2002 por la novela corta El camino a Trascendencia, compartido con Pablo Villaseñor.



Axxón 134 - enero de 2004
Ilustró: Aradano

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