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IN VINO VERITAS
Alfredo Álamo



La mesa estaba llena de jarras de vino vacías, la posada rebosaba humanidad vociferante y un hombre solitario hacía recuento de sus monedas mientras llamaba a gritos al posadero.
      —¡Más vino! —dijo el hombre recostándose en la silla al tiempo que apartaba un morral de cuero.
      De entre el humo espeso de las antorchas emergió un calvo posadero con otro litro de buen vino tinto riojano, extendió la mano frente al hombre y no la retiró hasta que éste, con gesto desganado, premió su insistencia con algunas monedas, quedando su bolsa aún medio llena.
      —Buen brebaje el que servís, posadero —vocalizó con las dificultades del que ha besado demasiado al espíritu del vino—, calienta el cuerpo y el corazón, hace alejar las penas; sois sin duda un enviado del cielo, que conforta mi desdicha.
      El posadero se limpió las manos en un sucio delantal y volvió a desaparecer entre las nieblas de su establecimiento.
      —Sabed, buen hombre —dijo una voz que venía de la nada—, que éste es un lugar decente y, por tanto, a los poetas les cobran el doble la primera vez que vienen, por si a la segunda no pagan.
      El hombre se giró para ver a un joven bien vestido, que le hacía una reverencia con el sombrero.
      —No soy poeta —contestó haciendo un gesto con la cabeza, devolviendo así el saludo—, sino marino. Antes era un hombre con un sueño, hoy, sólo un hombre.
      —Un hombre con vino —replicó el joven—, ¿os importa que me siente con vos?
      >—En absoluto —dijo el hombre, haciendo un amplio gesto con el brazo a modo de invitación—, sentaos y escanciad conmigo el néctar rojo de los dioses.
      El joven se sentó y retiró su capa y sombrero a un lado. Tenía rasgos finos y la mirada brillante, alcanzó un cuenco vacío de la mesa contigua y sirvió un par de tragos mientras seguía hablando.
      —Mi nombre es Santiago Lope —se presentó—, vengo como juglar y trovador siguiendo a la corte de los Reyes Católicos. ¿Y vos os llamáis?
      —Nombres y nombres. Cristóbal Colón me llaman aquí, en Castilla, pero otras voces he recibido a lo largo de mi vida. Dejémoslo en Cristóbal.
      —Cristóbal el navegante —murmuró entre tragos Santiago—, me suena el nombre. ¿De dónde sois?
      —De muchos sitios, de todos los sitios, tal vez —suspiró—¿Genovés? Sí, supongo que genovés sería cierto. Genovés pues, no le deis más vueltas.
      Santiago apuró la copa y los dos rieron de buen grado.
      —¿Y qué os ha traído, genovés, a tierras castellanas? —preguntó Santiago, volviendo a rellenar de vino su cuenco.
      —La verdad, amigo, un sueño —dijo melancólico—, un sueño que he perseguido durante años y que me trajo ante vuestros reyes en busca de ayuda.
      —Gran sueño tenía que ser —dijo serio Santiago—, si necesitaba de reyes para hacerse realidad.
      Colón miró el morral de cuero que descansaba en el suelo, calló unos segundos y, de nuevo, levantó su copa hasta los labios.
      —Hace diez años —dijo después de limpiarse con la manga—, un fraile eremita me confió un mapa. El hombre en cuestión no estaba muy cuerdo, creía que era mi tío, mi abuelo, o algo así. Cuando el señor lo llamó a su seno, él, a su vez, me hizo llamar a mí.
      —Ya veo —dijo Santiago haciendo un gesto calculado al posadero, indicándole que querían otra jarra.
      —En su lecho de muerte —continuó—, me contó una historia de su juventud, cuando fue al norte para evangelizar a ciertos bárbaros. No tuvo demasiado éxito, según parece, pues él era hombre de códices y allí no había más que nieve y noches eternas. El caso es que volvió años después trayendo varias cosas de esas tierras heladas —dijo agarrando el morral de cuero y abriéndolo—, entre ellas este mapa.
      Santiago no había visto muchos mapas en su vida, pero lo que tenía seguro es que no eran tan malos como el que ahora le enseñaban. Todo el mundo sabía que Iberia no era así, como tampoco el resto de Europa, ni las tierras de África. Era como si hubieran deformado costas y geografías sin mucho tino.
      —¿Es un poco raro vuestro mapa, no? —preguntó con extrañeza.
      —Es muy antiguo. Parece que lo dibujó algún pirata pelirrojo hace más de cien años. La mayor parte de lo que muestra está deformado, pero eso no es lo que me llamó la atención. Fijaos en ésta parte del mapa, ¿qué es lo que veis?
      —¿Una isla? —aventuró Santiago.
      —En efecto. Pero aquí no hay ninguna isla en realidad.
      —O sea que es un mapa feo y equivocado —comentó Santiago tras un profundo trago.
      —Eso pensé yo al principio, pero el asunto me intrigó. Soy un tipo curioso, así que, de viaje en viaje, fui preguntando a otros marineros, a los viejos y a los más osados. Incluso pisé algún convento en busca de información.
      — ¿Y entonces?
      —Me tomareis por loco y os burlareis de mí, lo presiento.
      —No, hombre, no. Jamás me río del que me paga el vino —sonrió Santiago
      Colón extrajo del morral otros mapas, unos rollos y un par de libros de aspecto vetusto.
      —Conseguí material, Santiago. Rollos de la lejana China, transcripciones de los infieles. Todos parecían decir lo mismo: que eso no era una isla sino un continente. Todo un continente al que nadie ha llegado. Un mundo nuevo esperando que alguien navegue por sus costas y descubra sus misterios.
      Santiago tragó con lentitud y su cerebro pareció mascar las palabras de Colón.
      —Y por eso necesitabais a sus majestades, para que os dieran los medios y llegar hasta ese "mundo nuevo" —dijo finalmente.
      —Bueno, eso ya lo intenté en Portugal, pero no me hicieron mucho caso. Al llegar a la corte inventé una bonita historia en la que la tierra era redonda y que, navegando hacia el oeste, llegaríamos a las Indias. Y allí que voy yo delante de Doña Isabel la Católica y, como demostración práctica de la redondez, trato de plantar un huevo de pie, de tal suerte que lo reviento y lleno a la reina de un intento de tortilla.
      —¡Así que fuisteis vos! —exclamó jocoso Santiago.
      —Aún recuerdo su cara, enfurecida. Por un momento temí por mi vida, creo que tuve suerte de que al rey Don Fernando le hiciera gracia la cosa.
      Los dos hombres siguieron bebiendo y compartiendo algún secreto ocasional. Colón, obsesionado, planeaba absurdas artimañas para lograr su objetivo. Poco a poco la conversación se desvió a los fantasmas que suele crear el vino, Santiago no hizo más mención a todo el asunto de los mapas y los libros. Cuando los sueños se agotan, hay que dejarlos dormir profundo.
      —Bueno —dijo con dificultades Santiago pasadas las horas—, parece que el calvo del posadero nos quiere desalojar.
      —No le debe gustar el amanecer —bostezó un borrachísimo Colón—, ¿alguna idea?
      —Conozco un burdel cercano donde nos abrirán las puertas —comentó Santiago—, si mostráis algo de buena moneda, claro.
      —Que rufián sois, Santiago —rió Colón al contar sus últimas monedas—. Vayamos, pues, antes de que el gallo cante y las ilusiones desaparezcan.
      Apoyados el uno en el otro, se bambolearon por la posada. La puerta abierta dejaba entrar el aire frío del amanecer y les invitaba a desaparecer por la noche estrellada. Al rato, cuando ya el gallo se agitaba inquieto en su sueño, el posadero se acercó a la mesa que habían ocupado.
      —Ya se han dejado más trastos —dijo algo enfadado—. ¿Qué será esto? —se intrigó frente a los caracteres chinos—Todo manchado de vino, esto ya no sirve para nada. Al fuego con él.
      Luego inspeccionó el morral, era de cuero bueno. Tendrá alguna utilidad, pensó al vaciarlo. De su interior cayó el mapa vikingo. El posadero lo miró atentamente y luego rió con ganas antes de echarlo a la chimenea.
      —¡Menudo disparate! —refunfuñó apurando una media sonrisa.
      El gallo cantó anunciando a la mañana. El mapa desapareció entre las llamas como se pierden los sueños al llegar el alba, con suavidad y escapando a la memoria. El posadero cerró su local y todo quedó en un apacible silencio. Al otro lado del océano, en lo alto de las montañas, un puñado de dioses suspiraron aliviados.

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