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CRONICAS DEL QUINCUNCE
Federico Schaffler González
México



Presentamos en el número actual de Axxón una nueva ucronía. En ella vamos a volver a los tiempos de la aventura centromericana de Hernán Cortés, pero sumergiéndonos en una realidad diferente a la que los libros nos dictan. ¿Qué punto de la historia habrá cambiado ésta vez? Les anticipamos que la imaginación del autor no sólo abarca éste cuento, sino que la divergencia encontrada dará para más de una historia en el mismo universo. Prepárense para entrar en el mundo de aztecas, incas y conquistadores; un enfrentamiento que cambiará radicalmente el mundo tal y como lo conocemos.

Alfredo Álamo - Sergio Gaut vel Hartman


CRONICAS DEL QUINCUNCE
Federico Schaffler González


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—Acúsome, Padre, de tener que matar a mi hijo.
      Fray Bartolomé de Olmedo escuchó las palabras del anciano caballero maya de blancos cabellos, pronunciada nariz aguileña y facciones europeas. Todavía retumbaban en sus oídos los agónicos gritos de españoles e indios, que seguían librando feroz batalla no muy lejos de allí. Su ropa olía a pólvora. Sus botines estaban manchados de la sangre de las víctimas de ambos ejércitos muertos en el sitio de Tenochtitlan.
      —No puedo absolverle de un crimen que aún no ha cometido, hijo mío. Lo más que puedo hacer es recomendarle que no lo haga —expresó intranquilo al caminar al lado del hombre.
      Un guerrero azteca, fuerte y con la indumentaria de combate casi limpia, abría la marcha, mientras otro que podría pasar por su gemelo cerraba el avance. Además de sus armas, portaban dos atados con alimentos y lo necesario para pasar la noche a la intemperie, de ser necesario. Nadie los había molestado hasta el momento durante su trayecto mientras se alejaban del combate. Olmedo seguía sin saber quién era el hombre que lo había rescatado de la batalla, intrigado tanto por su aspecto como por las palabras pronunciadas en un castellano algo diferente del que él hablaba.
      Los estampidos de las armas hispanas contra los mexicas, que defendían con su vida a Tenochtitlan, se oían todavía a la distancia. Olmedo se reafirmó que lo que hacían era por bien de la corona de Castilla, aún y cuando durante el proceso murieran muchos hombres, mujeres y niños. —Son infieles. No tienen alma. Son poco más que animales —recordó las palabras del Capitán General Hernán Cortés, quien junto con su lugarteniente Pedro de Alvarado seguía intentando la conquista de estos territorios. Lamentaba no estar con ellos para ayudarlos en lo espiritual o blandiendo un arma, si fuese necesario.
      El blanco cabello del señor maya volaba con libertad en el cálido aire del valle, coronando al hombre que como él mismo en alguna ocasión se autodefiniera: "Dios condujo a empellones, para grandes acciones y alterar la historia, en más de una manera y más de una vez". Sus pasos, a pesar de la edad, eran firmes. Sus facciones mostraban determinación y seguridad en sí mismo, en sus acciones y en la estrategia secreta formulada junto con el joven Cuauhtémoc.
      —Explíqueme, hijo, ¿cómo es que habla el castellano y sus facciones no son las típicas de los indios de este lugar? —quiso saber el religioso.
      Hizo lo posible por no perder velocidad ante el firme andar del hombre. Se sentía a salvo de la batalla y estaba presto a cumplir su función confesorial ante un cristiano, aunque vistiese ropas extrañas. Además, lo desconocido acicateaba su curiosidad.
      —Es una larga historia, Padre. Mi vida empezó en otro lugar. En otro tiempo. En otro mundo. Con otra religión que después abandoné. Espero tener tiempo de contársela, parte como confesión de un cristiano arrepentido y parte como un hombre que busca un oído atento —le dijo con voz suave mientras dejaba que el sacerdote emparejara sus pasos a los de él.
      El angosto sendero se alejaba del centro de la monumental ciudad fundada por Tenoch, corazón de un imperio poderoso, con mucho futuro. Habían pasado por amplias calzadas y se dirigían a unos pequeños montes que se veían a la distancia.
      Los cuatro hombres avanzaban con lentitud. La luz de Coyolxauhqui, la luna, iluminaba bien el camino y con cada paso dado, Fray Bartolomé sentía que se acercaba a una gran revelación, aunque desconociera su naturaleza. "Debo averiguar todo lo que sea posible para informárselo a Don Hernán", pensó.
      Aún tenía frescas las emociones vividas durante su secuestro. Iba casi al final de la columna de españoles y aliados indios, enemigos de los mexicas, que buscaban avanzar por las calzadas rescatadas del lago que conducían a la plaza de Tlatelolco, "aquella mayor que la de Sevilla", como había expresado Cortés en su correspondencia dirigida al rey de España.
      Desde ahí planeaban cerrar el sitio y doblegar a Cuauhtémoc, el uei tlatoani de Tenochtitlan, o emperador, como lo calificaban indebidamente los europeos. En los últimos días los pocos aliados indígenas que quedaban habían dado la espalda al barbado hombre blanco, al ver que su empresa corría peligro. Además, la hermandad de la sangre y la raza les hacía reconsiderar su posición. Los mexicas serían en ocasiones crueles, pero eran descendientes, al igual que algunos de ellos, de los mismos hombres originarios de Chicomoztoc. El odio que sentían por ellos debería ser suspendido ante el peligro que representaba el enemigo común. Después habría tiempo de reiniciar los combates y buscar el liderazgo de los pueblos de la región.
      El sitio fue largo y cruel, pero los mexicas estaban bien preparados. Los españoles y los indios que aún persistían en el cerco pensaban que podrían doblegarlos, pero gracias a las recomendaciones del señor maya, Cuauhtémoc acaparó víveres, armas y agua potable procedente de Chapultepec. Envió mensajeros para dialogar con los señores de los reinos vecinos, para que reforzaran su posición y gracias a ello, sus aliados llegaron a tiempo para cerrar por ambos flancos el combate sangriento contra quienes pretendían destruir su señorío. Hubo cruentas batallas intercaladas con victorias temporales de ambos bandos. Los muertos aumentaban día a día y la ferocidad de los nativos asombraba a los invasores, quienes esperaban dominarlos fácilmente gracias a sus armas, caballos y técnica guerrera. Se llevaban grandes decepciones en cada encuentro.
      Olmedo había participado en varios de los enfrentamientos, primero como hombre de confianza de Cortés, incluso como confesor en más de una ocasión, y después en la restitución de la fe de quienes caían heridos y morían poco después. Ya no era tan común, como en los primeros días de la expedición, que el religioso dejara a un lado su vocación para abrazar la inquietud guerrera, pues ahora era necesaria para sobrevivir.
      El sacerdote también recordaba, aún tembloroso, la maza que estaba presta a destruir su cráneo, cuando una férrea voz detuvo su intención. Se sintió izado en vilo tras escuchar palabras extrañas y fue alejado de la masacre. Poniéndose en las manos del Señor, se dejó conducir.
      Ahora contemplaba los pasos del hombre de cabellos canos y cuerpo casi vencido por los años. Temía preguntar hacia dónde era conducido. Sus dedos movían las cuentas de su rosario con la torpeza de la zozobra, la curiosa ansiedad del resucitado y el agradecimiento divino por la vida.
      —Señor, ¿por qué combate a quienes sin duda son sus hermanos de raza y afirma tener que matar a su propio hijo? —se animó al fin a preguntar, sin saber si recibiría respuesta más allá de la confesión solicitada.
      —Mis hermanos de raza son quienes defienden lo suyo, no quienes pretenden destruirnos. Debo seguir ayudando a repeler a los invasores, a costa de mancharme las manos de sangre. Es lo que Dios ha dispuesto que haga y tengo que acatar sus órdenes, como siempre lo he hecho —contestó sin detener su ritmo ni voltear la cabeza para mirar a los ojos a Olmedo.
      Se movía con agilidad, a pesar de sus años y visibles padecimientos físicos. Sus pasos evadían las ramas de los árboles y los troncos caídos. Sus pensamientos recorrían otros caminos y buscaba cómo hacer brotar las palabras adecuadas en castellano para dirigirse a su confesor forzado. Los vocablos en dicha lengua se mezclaban con aquellas voces melodiosas que en los últimos años se habían convertido en su lengua habitual. Su encorvada figura demostraba que había sido de alta estatura y exudaba autoridad y determinación. Su paso era firme. El aspecto venerable no provenía sólo de sus finos lienzos blancos bordados con vivos colores, sino por su porte, ahora apenas afectado por la artritis y el peso de los años. Sus ojos revelaban la inteligencia que con toda seguridad —sospechaba Olmedo— era responsable en buena parte de la despiadada ofensiva nativa en contra de los hombres comandados por Cortés, quien a pesar de las bajas, seguía empecinado en conquistar y doblegar a Cuauhtémoc y su pueblo.
      El sacerdote español observó con cautela a los guardias que los flanqueaban. Distinguía los ropajes y adornos de los guerreros mexicas de los portados por los demás pueblos de la región, e incluso del lejano Mayab, y le extrañaba que ahora protegieran a un caballero que sin duda alguna era europeo, uno de los teúles, pese a su vestimenta y las lenguas que hablaba.
      —¿Quién es usted, señor? —repitió Olmedo el interrogante que le inquietara durante tantos minutos y que requería una explicación, una respuesta. No sabía si sería apropiado hacerlo otra vez o si disgustaría al caballero maya, pero de cualquier forma articuló las palabras y las expresó con seguridad.
      El hombre no contestó.


2

Cuauhtémoc dialogaba en privado con su consejero maya en los aposentos de la casa de su familia. Aún no tenía en sus manos el destino de su pueblo, pero estaba preparándose para cuando llegara el momento en el futuro no muy lejano. Los españoles habían mostrado sus verdaderas intenciones. Moctezuma no había podido comprender nunca que los teúles planeaban conquistarlos.
      La habitación era sencilla. En el fondo un brasero quemaba copal y el aroma invadía el ambiente. Sentados alrededor de una mesa de madera los hombres intercambiaban opiniones, saboreando al mismo tiempo deliciosos trozos de frutas, algunos traídos desde las lejanas costas, como tributo al pueblo del altiplano.
      Desde su llegada al imperio, cuando se entrevistó por primera vez con su tío, el rey Moctezuma, Cuauhtémoc supo que el hombre de blanca piel y cabellos color espuma del mar que tenía frente a sí hablaba con la verdad. Durante los años en que había permanecido cerca de la corte había enseñado a sus mejores guerreros la fabricación de armas nuevas y diferentes —armas de fuego— le explicó en una ocasión, aunque no tuvo oportunidad de verlas funcionar hasta que las vio en las manos de los españoles. Cuauhtémoc se lamentaba que aún no pudieran perfeccionarlas.
      Los conocimientos de medicina, navegación y otras ciencias y artes ignoradas por los mexicas fueron bien recibidas no sólo por los tonalpouhke, los grandes adivinadores que interpretaban el Calendario del Sol, sino también por los hombres sabios que servían al engrandecimiento del imperio.
      El joven señor estaba preparándose para cuando llegara el momento en que tendría que reemplazar a su también tío Cuitláhuac al frente del imperio, ya fuera por muerte natural, en batalla o si llegase a ser prisionero. La inteligencia del teúl maya le sería útil y sabía que el hombre estaba decepcionado cuando no fue escuchado por Moctezuma, pero aún así quería participar para evitar que la guerra se prolongara. Cuitláhuac tampoco había hecho caso de sus recomendaciones para el exterminio total y los invasores pudieron reagruparse después de la derrota en donde se supo que Cortés lloró por sus pérdidas.
      —Uei Tlatoani. Tengo una idea que es posible pueda servirnos a largo plazo. Conozco a esta gente. El deseo de expansión, una vez que terminaron hace años de guerrear con los moros, les aumentó la ambición y ahora hará que insistan en apoderarse de estas tierras, aún después de una derrota que bien pudiera ser total. Su reducido raciocinio sólo piensa en lo que les conviene de momento. En las riquezas y en el poder. En las tierras y en la victoria por las armas. Los conozco muy bien. La mayoría de sus pensamientos y motivaciones fueron míos también hace muchos años —expresó el caballero maya.
      —¿Cuál es tu plan? —quiso saber el futuro rey mexica, haciendo a un lado la desconfianza y el ejemplo de sus tíos al no escuchar las recomendaciones militares del hombre. Le tenía confianza y hasta el momento no lo había defraudado—. ¿Pretendes que establezcamos una alianza con estos 'moros' que dices?
      —No sería mala idea, más adelante, pero primero tenemos que defender estas tierras. Los moros están muy lejos y aún no estamos capacitados para unir nuestras fuerzas —contestó, mientras su mente inconscientemente vagaba por los posibles derroteros de un matrimonio de fuerzas entre los adoradores de Alá y los pueblos de este lado del mundo, con miras a la conquista de Europa. Sería una justa venganza por su soberbia. Después de todo, ambos pueblos eran muy parecidos físicamente y si viviera algunos años más podría servir de intermediario entre ellos. Hizo a un lado esos pensamientos para centrar su atención en Cuauhtémoc.
      —¿Entonces?
      —Sé del fanatismo religioso y de la ignorancia de la mayor parte de quienes se alistan en este tipo de aventuras. Sé que vienen hombres de su religión y soldados que profesan una devoción fanática en sus creencias y las leyendas del cristianismo. Creo conocer de qué familia proviene uno de sus principales hombres y siento que todo esto nos puede ayudar a conseguir una victoria definitiva y a hacerlos pensar dos o más veces si quieren volver a intentar conquistarnos —dijo el maya, sin expresar por el momento el hecho de que ese hombre del que hablaba bien podría ser su hijo. Un hijo bastardo que, afortunadamente desconocía su linaje.
      —Los derrotaremos cuantas veces sea necesario. Estas tierras son nuestras y no permitiremos que nos las roben —expresó enfático Cuauhtémoc.
      —No quisiera contrariarte, joven señor, pero ellos tienen armas que escupen fuego y nosotros aún no. Mis conocimientos al respecto son limitados y los hombres sabios del imperio están intentando desarrollarlas, pero nos faltan muchas lunas para lograrlo. Los criaderos de caballos, partiendo de los que hemos podido quitarles a través de los años, aún no producen el número suficiente de animales para enfrentarnos a los suyos. No. No debemos de soñar. Es necesario darles una lección. Algo que los haga desistir por completo de intentar conquistarnos. Por lo menos hasta que sea ya imposible que lo hagan. Tienen que pensar que alguien superior a sus fuerzas, con mucha mayor experiencia, está aquí para acaudillar a los pueblos de estas tierras —dijo el señor maya al exponer parte de su plan.
      —¿Tú?
      —Sí, en parte, Señor Cuauhtémoc, ésa es la idea, sólo que necesitamos planear bien la estrategia, preparar escenarios falsos, circular leyendas y cuidarme algún tiempo más. No sería prudente que muriera antes de intentar este plan.
      —¿Cuál es esta idea, noble consejero? —quiso saber, analizando la posibilidad de alejar a los hombres blancos y mantener la estabilidad del reino que aún no era el suyo.
      —Necesitamos hacerles creer, cuando llegue el momento apropiado, que un personaje de leyenda de su religión cristiana es quien encabeza y asesora a los señores mexicas y a sus pueblos aliados. Alguien que ha vivido siglos y que conoció en persona a Jesús, el hijo del Dios de los teúles. Alguien a quien podemos relacionar en verdad con el gran Quetzalcóatl, quien prometió volver y no con los españoles que nos invaden, alguien que se parezca a ellos pero que también sea como ustedes.
      —Si no eres tú, ¿quién es este hombre inmortal del que me hablas y cómo podemos poner en práctica nuestra estrategia? —inquirió Cuauhtémoc, levantándose de su asiento para ir a la ventana y deleitarse con el bello paisaje que rodeaba su casa. Siempre que pensaba adoptaba esa actitud absorta. Le ayudaba a serenarse y ver las cosas con mayor claridad, era una de sus mayores virtudes, él lo sabía y sus mayores apreciaban la utilidad que podría tener para un futuro rey.
      El otro hombre también se levantó y respetuosamente fue a colocarse a un lado de él. —Se le conoce por varios nombres: Ashaverus, Cartáfilos o el Judío Errante y para empezar, necesitamos por lo pronto a dos buenos orfebres, tres carpinteros y un pintor, para hacer lo siguiente... —explicó con detenimiento el maya, mientras los dos hombres se adentraban poco a poco en un plan ambicioso que fundamentaba su posible éxito en la superstición y la leyenda.


3

El grupo llegó a un claro encima de una loma, desde donde se dominaba el conflicto. Los dos guerreros se aprestaron a encender una hoguera, más simbólica que útil, ante lo iluminado y cálido de la noche, mientras los otros aguardaban.
      —¿Quién es usted, señor? —preguntó otra vez Olmedo temiendo ser demasiado insistente, pero los últimos minutos de silencio y el mutismo de su acompañante forzado empezaban a desesperarlo.
      El maya detuvo su marcha, se volvió a mirar a los ojos al sacerdote español y su dura expresión en unos instantes pasó de la exasperación ante una pregunta inadecuada a la comprensión por la repetitiva e insaciable curiosidad humana, tan presente en él durante toda su larga vida. Volvió a estudiarlo: Era corto de estatura, algo pasado de peso y su cráneo mostraba más piel que cabello castaño. Era mas blanco que él y se percibía su fuerza y musculatura, a pesar del ropaje de religioso que llevaba debajo de la armadura, que hacía rato decidiera quitarse y cargar a sus espaldas. Sus negros ojos eran perspicaces y denotaban inteligencia. Leyó en ellos que el sacerdote presentía que no necesitaría mas de ese tipo de protección metálica y estaba listo para escucharle.
      —Soy alguien que ha sobrevivido traiciones y malos tratos. Intrigas y motines, desastres naturales y desconfianzas. He sido tildado de traidor, loco, bufón, aventurero, profeta, soñador y pirata. Ahora soy consejero de Cuauhtémoc, el verdadero señor de todas estas tierras. Todo eso y más he sido y seguiré siéndolo hoy y siempre, eso es seguro, ¡en el nombre de la Santísima Trinidad, que me ha puesto en este camino! —enfatizó.
      Cada vez más sorprendido por el uso frecuente y apropiado de invocaciones divinas que utilizaba su captor, y por la intensidad de la última expresión, el religioso decidió callarse por el momento y aceptó la invitación para sentarse frente a la pequeña hoguera. Una sección de la ciudad estaba en llamas e iluminaba parte del cielo mientras que la luna cubría el resto. El fragor de la batalla continuaba y podía percibirse aún a la distancia.
      —Debí morir hace muchos años —continuó—, o por lo menos cuando encallamos en Jamaica y en vez de permanecer con mi tripulación, como era mi deber, decidí mejor embarcarme en una canoa para buscar llegar a La Española y ser rescatados. Dejé a uno de mis hijos ahí y de nuevo me lancé a la aventura, como tantas otras veces en mi vida. Jamás volví a verlos.
      —¿Fue usted un navegante?
      —Hace mucho, entre otras cosas, y de los mejores que ha conocido este o cualquier mundo. Pero dígame, padre, ¿qué fechas son éstas, de acuerdo a su calendario? Hace mucho que dejé de llevar la cuenta.
      —Estamos a finales de junio del Año del Señor de 1521.
      —¡Por Dios! ¿Tanto así? Entonces fue al menos hace 18 años cuando tomé una decisión que cambió para siempre mi vida y es probable que la de los demás. Me parece que sólo ha pasado un día, pero para mí el tiempo siempre ha sido relativo.
      El consejero imperial se acomodó la túnica y alzó la vista para mirar a Olmedo, quien en ese instante se sacudía la tierra de sus propias ropas y se quitaba los pesados botines, envidiando los fuertes pies de los hombres de esta tierra, que con sólo una simple sandalia tenían para no lastimarse. Los guerreros mexicas les habían dado algunos bocados a los dos hombres, tras deshacer los atados, y procedían a levantar el campamento para pasar la noche. Las pequeñas pistas y comentarios que hacía esperaba fueran introduciéndose en la imaginación del español. El temor a lo desconocido, a la leyenda y la natural curiosidad, creía serían suficientes para que el sacerdote se formara una imagen mental que, si todo funcionaba bien, sería la mejor arma de los pueblos de esta parte del mundo en su desigual lucha contra los mejor armados invasores.
      Por su parte, el religioso empezaba a sospechar de quién se trataba. Supo hacía años de un numeroso contingente de marineros que naufragaron y fueron rescatados en Jamaica. Fue muy lamentado que el jefe de la expedición desapareciera en el mar y todos lloraron la muerte del explorador y descubridor.
      —¿Almirante?
      —No más preguntas, padre. Debemos dormir, mañana y los días que vendrán serán pesados y reveladores. Estamos cada vez más cerca de la victoria y usted y yo tenemos que estar listos para cumplir con nuestra misión en esta tierra. Vamos, descanse. Mañana tendrá sus respuestas. Va a conocer algo que con toda seguridad le interesará —le dijo mientras acomodaba un petate de palma y suaves pieles curtidas y procedía a acostarse sobre él, con el sólido refugio de unas rocas a su espalda. Cerró los ojos y fue cubierto por uno de los guerreros con una ligera y fresca manta tejida. El hombre después hizo lo mismo con Olmedo y terminó colocándose de vigía de los dos teúles y su compañero que dormía, hasta que le tocara a éste relevarlo.


4


Amaneció y el fragor de la batalla había disminuido casi por completo. Desde el promontorio donde se encontraban, Olmedo no pudo distinguir movimiento de tropas en la bella ciudad de los mexicas, sólo escuchaba el lúgubre aullido de los atecolli, aquellos caracoles marinos cuyo sonido llamaba a la guerra. Iban acompañados de las sonoras y graves notas de los huehuétl. Supo que pronto reiniciarían las hostilidades. Se retiró tras unos arbustos unos instantes, maldiciendo su estreñimiento crónico. Después volvió al lugar donde uno de los guerreros preparaba algo para la primera comida del día. El anciano dialogaba con el otro miliciano a unos cuantos metros de distancia. El sacerdote no pudo entender sus palabras, sólo vio sus movimientos. El militar partió presuroso, corriendo rumbo a la ciudad. "Supongo que lleva algún informe al señor mexica", pensó Olmedo. El hombre se acercó con lentos pasos hasta llegar junto a él.
      —Desayunemos, padre. Como le dije anoche, éste será un día de sorpresas. Nuestro destino está muy cerca de aquí. Verá algo que estoy seguro lo sorprenderá y yo podré confesar mis pecados anteriores y el grave, pero ineludible, que cometeré al matar a mi propio hijo.
      —¿Quién es usted, noble caballero? —volvió a inquirir Olmedo—. ¿De qué hijo habla? —quiso saber, percibiendo como sin querer había cambiado a un tratamiento de mayor respeto hacia su captor.
      —No es el momento de responder esas preguntas, por lo pronto sólo puedo decirle que el nombre por el cual se me conoce en este momento es Kolom. Soy señor de los mayas y consejero secreto del joven tlatoani Cuauhtémoc.
      —¿Es usted el Almirante de la Mar Océana? ¿Don Cristóbal Colón?
      —Sólo soy Kolom, padre, mi vida va mucho más allá de lo que usted se imagina o puede pensar. Por favor no se desespere, en su momento sabrá mi historia, por lo menos lo que hay por contar y que usted pueda aceptar, pero debe tener un poco de paciencia. ¿No dicen que los hombres de Dios están benditos con el don de la paciencia? ¡Demuéstremelo! Yo he tenido toda la paciencia del mundo y aún no he perdido la fe ni la esperanza de que mi castigo se levante algún día —dijo mientras de nuevo echaban a andar hacia un destino y una revelación que Olmedo no podía siquiera imaginarse y Kolom volvía a perderse en sus pensamientos. Era conveniente hacer que el español empezara a imaginarse cosas y no recibiera respuestas inmediatas. La confusión podría beneficiar al plan mexica.


5

La construcción de la pequeña casa estaba casi lista. Las indicaciones de Kolom a los carpinteros y orfebres facilitados por Cuauhtémoc eran seguidas y adaptadas de acuerdo a la existencia de materiales y a la comprensión de formas artísticas que desconocían. La habitación poco a poco se parecía a aquella donde viviera alguna vez, durante su estancia en Europa.
      El torreón dominaba uno de los lados, mientras que en el interior un enorme crucifijo de madera, con todo y un bello Cristo labrado, cubría la pared del fondo de la segunda habitación. Los adornos realizados por las manos expertas de los artesanos semejaban utensilios y recuerdos de muchas épocas y lugares. Incluso habían sido tratados con humo, minerales y esencias para darles apariencia de antigüedad. Dejó a los artistas trabajando y se encaminó a ver al joven Cuauhtémoc.
      Lo encontró ese día meditando en el patio de su casa, en la orilla del canal. Era una de esas mañanas en que los españoles no combatían, reagrupando sus fuerzas, y curaban a sus heridos mientras seguían en busca del apoyo de los demás pueblos de la región. El que sería futuro rey se veía pensativo, incluso apesadumbrado, como agobiado por una conciencia y una pena que no lo dejaba tranquilo.
      —Yo quería mucho a mi tío Moctezuma, pero tuve que hacerlo —confesó sin levantar la vista del agua que mojaba la punta de una vara con la que movía las plantas acuáticas que se adherían a la orilla del patio.
      Kolom permaneció en silencio ante la no solicitada confesión. Sabía del problema y conflicto interno que padecía el joven por lo que había hecho y prefería no opinar. Sabía que a pesar de lo que constituía el magnicidio, éste había sido necesario. No lamentaba haber insinuado la posibilidad en su momento. El tiempo había hecho que aprendiera a conocer a los hombres y no había duda que Cuitláhuac era guerrero por naturaleza. Bajo su dirección las fuerzas mexicas harían retroceder a los españoles, posiblemente hasta vencerlos. Pero por precaución, cultivaba un plan de emergencia con el joven Cuauhtémoc, quien seguía en la línea al trono.
      —Señor, casi todo está listo. Los hombres que me asignaste han cumplido muy bien con mis encargos y podemos empezar con la segunda parte de nuestro plan —dijo Kolom mientras arrimaba un banquillo y se sentaba a un lado del joven.
      —¿Cómo van quedando la casa y los adornos? —quiso saber Cuauhtémoc.
      —Bien, hasta el momento. La 'casa del Judío Errante' deberá parecer tal. Vamos a tratar de engañar a quien profesa la religión y es probable conozca algo de la historia. Pero yo también recorrí buena parte del mundo y los objetos que he buscado hacer que reproduzcan sus hombres se asemejan mucho a los originales. La idea es convencerlo de que son recuerdos de otros tiempos y lugares —dijo el maya.
      —Si necesitas algo más, dímelo. Mañana salgo a combatir al lado de mi tío y quiero que nuestro plan siga avanzando, sin problema o carencia alguna —le dijo al levantarse para dar por concluida la entrevista.
      —De momento estamos bien. Le deseo la fuerza de Huitzilopochtli en la batalla —le dijo con sinceridad y aprecio, mientras se retiraba, dejando al señor mexica con sus pensamientos.


6

—Quiero empezar mi confesión, padre —dijo Kolom mientras avanzaban por un sendero que se veía muy recorrido y que terminaba a lo lejos en una construcción que Olmedo aún no podía distinguir. Los cientos de hombres y mujeres que Cuauhtémoc había dispuesto allanaran con sus pies el camino durante ocho días y sus noches, hacían ver que por donde ahora avanzaban los cuatro hombres, tras la reincorporación del mensajero con más alimentos. Era una vía por donde muchos más habían transitado. O por lo menos uno, miles de veces, como se pretendía hacerle creer a Olmedo.
      —¿A dónde vamos? —quiso saber Fray Bartolomé, pensando que el ir por más comida auguraba una prolongada estadía. Quizá el maya no estaba tan seguro de la victoria de los indios y los combates y el sitio se extenderían hasta lograr el triunfo español.
      —A mi casa, padre. En este lugar me retiro a descansar y a orar. Desde que me convertí a la religión cristiana he tratado siempre de estar bien con Dios y aquí me encuentro más cerca de él. Siento que mis pecados se atenúan y que es posible que reciba el perdón, después de tanto tiempo.
      —Hable, hijo. Cuénteme sus pecados —pidió Olmedo mientras lo cubría con la señal de la cruz y caminaban en medio de los dos guerreros mexicas, quienes con discreción no prestaron atención a los teúles.

—Hace tanto tiempo que no lo hago. Como usted comprenderá, reconozco que he pecado de soberbia, vanidad, lujuria y gula. He quitado vidas con mi mano y a través de la de otros y he engañado maridos. Por razones que usted comprenderá, no he podido asistir a misa, pero procuro rezar cada vez que tengo oportunidad... —se interrumpió de repente, mientras daba unas indicaciones en náhuatl a uno de los guerreros, quien partió presuroso rumbo a la edificación, adelantándose para verificar que todo estaba bien, dejándole los paquetes a su compañero.
      —Adelante, hijo. Dígame sus pecados y si así lo desea su historia —pidió Olmedo.
      —Por favor perdóneme si confundo las cosas y altero el orden, porque mi memoria no es la de antes. Requiero de su confesión, pero también de sus oídos para escucharme. Interceda ante Dios por lo que considere pecado y guarde el resto para sí —pidió Kolom, contribuyendo a la confusión.
      —Claro, hijo. Eso haré, pero dígame ¿por qué afirma que tiene que matar a su hijo? ¿Él lo sabe acaso? ¿Es algún mestizo?
      —No padre. Es un español. Pero él no sabe que es mi hijo y espero que mientras no llegue el momento no se entere. Sería mucho más difícil para mí. Deberé entregarlo al Señor como Abraham entregó a su hijo. Sólo que yo sí tendré que matarlo para salvar estas tierras y estos hombres. Está decidido. En el nombre del Señor. Pero por favor, padre, escuche mi confesión.
      —Sí, discúlpeme. Siga adelante.

—Mis amoríos secretos de marinero y aventurero joven con la bella dama Catalina Pizarro, de quien se decía fue honesta, religiosa y recia, me hacían viajar seguido de Portugal a Medellín, en la Extremadura española, donde nos veíamos a escondidas de su marido don Martín. Ella tuvo un hijo, allá por 1485, cuando yo todavía vivía por esa región antes de seguir vagando por Europa, de Corte en Corte. El buen caballero extremeño nunca sospechó de la infidelidad de la mujer, a quien confieso yo seduje, y por mi parte nunca pude ver ni reclamar a mi vástago.
      "Siempre anhelé saber de él y poder tenerlo entre mis brazos. Algunos años después me casé y a uno de mis hijos puse el mismo nombre, como recuerdo silencioso a mi hijo perdido.
      "Pasó algún tiempo y tuve que huir de Portugal, por asuntos que no vienen al caso mencionar. Seguía buscando apoyo para encontrar la ruta de las especies y al fin la encontré en 1492, cuando regresé a estos lares...
      —¿Cómo? ¿Ya había descubierto estas tierras?
      —No había nada que descubrir, padre, más allá de una ruta que cruza el océano y que nos permite volver y que yo mismo he recorrido en alguna ocasión anterior, por accidente. Pero ésa es otra historia.
      Llegaron a la casa y Olmedo pudo contemplarla con detenimiento. Era de piedra y parecía un pequeño castillo. De un lado tenía un torreón con almenas y del otro dos habitaciones no muy pequeñas. Desencajaba con la arquitectura local.
      Entraron y Olmedo vio asombrado una repisa con muchas cosas de artesanía que no eran de estas tierras y que reconocía como de pueblos africanos y europeos, incluso algunos provenientes del lejano oriente, de Catay y Cipango.
      —Póngase cómodo, padre —le dijo Kolom mientras le acercaba una silla y un plato con trozos de salada carne seca y una vasija con agua que le había entregado uno de los guerreros—. En unos momentos más continuaremos. Por lo pronto permítame atender algunas cosas. No tardo —dijo Kolom mientras salía de la casa para dirigirse a un cuarto pequeño ubicado a algunos metros de distancia y los guerreros salían también de la habitación. Esperaba que Olmedo aprovechara el momento para revisar el lugar a donde fue llevado.
      Se acercó a los artefactos extranjeros y sólo reconoció algunos de ellos por su tipo. Nunca había salido de Europa, hasta que embarcó a las tierras nuevas, pero pudo identificar una vasija egipcia, una figura de hueso tallado que parecía mostrar copulando a los inmorales dioses de la India, una estatua de madera negra que representaba una obesa mujer desnuda y un largo y viejo bastón con caracteres hebreos, de los cuales a pesar de su preparación teológica, sólo reconoció la primera letra.
      Se asomó por una ventana, buscando no ser descubierto, y al ver que Kolom no regresaba, levantó la cortinilla que separaba ambos cuartos y recibió lo que en ese momento pensó era la sorpresa de su vida.
      Al fondo de la habitación había un enorme Cristo de madera tallada y pintada. Tenía velas apagadas a los lados y un reclinatorio al frente. Era sencillo, y su serena belleza llenó de curiosidad a Olmedo. Se arrodilló y rezó unas cuantas oraciones, sin importarle que lo encontraran ahí. Desde su salida de España, no había visto un Cristo de ese tamaño y belleza.


7

Kolom regresó un rato después y encontró a Olmedo todavía arrodillado rezando ante el Cristo.
      —Es bello, ¿verdad?
      —Sí, señor. Muy bello.
      —Tardé muchísimos años en terminarlo. Yo mismo lo tallé cuando llegué a estos lugares y encontré un árbol de buen tamaño. Él ha sido mi consuelo y mi orientación. Tarde comprendí que había errado hacía mucho y que quizá nunca alcanzaría su perdón. Lo que le hice fue muy grave y he pagado por ello como no tiene idea. Pero por favor acompáñeme a la otra habitación. Deseo continuar.
      —Sí, hijo —contestó perplejo por las palabras que no entendía pero relacionaba con las leyendas que las "voces" indias habían hecho llegar al Capitán General, diciéndole que los mexicas eran asesorados por un hombre inmortal. Desechó el pensamiento. Cristóbal Colón era de sobra conocido, a pesar de lo misterioso de su vida y aunque hoy se hiciese llamar Kolom.
      Se acomodaron a ambos lados de una mesa, mientras los guerreros aguardaban afuera.
      —Me decía que ya había estado aquí antes y que después de mucho tiempo retornó.
      —Qué insistente es, padre. Ya le había dicho que esa era otra historia, no es parte de mi confesión —le contestó con una sonrisa que mostró una hilera incompleta de dientes—. Para satisfacer su curiosidad, déjeme decirle que sí, sí había estado por aquí antes, pero fue un viaje fortuito del que prefiero no acordarme. Pero lo demás debe saberlo y si no me equivoco, debe ser ya muy conocido. Los Reyes de Castilla se encargaron de propagarla por toda Europa. Usted sabe que realicé varios viajes, fui honrado y vituperado. Cuando contra mi voluntad me obligaron a realizar una cuarta travesía oficial, mi historia y la de este lugar cambió para siempre, por obra y gracia del Señor.
      "La canoa en que iba acompañando a don Diego Méndez, diez indios y cuatro cristianos más, se desvió de nuestra ruta hacia La Española, donde buscaríamos ayuda. Los vientos y las corrientes nos condujeron varios días después hasta las costas de lo que después supe eran los restos de un gran imperio, el maya, algunos de cuyos súbditos había encontrado antes al tocar tierra en esa misma expedición, más hacia el sur.
      "Llegué a la costa desfallecido y deshidratado. Todos los demás habían muerto y con remordimiento y cargos de conciencia tuve que lanzarlos de la pequeña piragua hacia el mar al no poder darles cristiana sepultura. Guardé sus cosas y los pocos alimentos que transportábamos. No sé ni cómo pude avanzar unos cuantos pasos por la arena y desplomarme bajo una palmera, lejos del avance de las mareas.
      El sacerdote prestaba atención a la confesión de Colón, mientras percibía afuera la voz de los dos soldados, sin entenderles nada.
      —Después supe que fui rescatado y salvado por una familia maya. Mi aspecto extraño les hizo confundirme con su dios Kukulkán. Algunos de ellos me llamaron KukulKolom cuando les dije mi nombre. Estaban seguros que había vuelto su dios, pero los convencí de lo contrario, se dieron cuenta que tan sólo era un hombre que necesitaba compañía, tenía necesidades y enfermaba como todos.
      "Me curaron y atendieron durante una larga convalecencia. Poco a poco fui reponiéndome y aprendí algunas de sus palabras. Decían que ellos venían de más allá del mar, del lugar mítico de donde alguna vez partieron sus antepasados y que desapareció bajo las aguas por la voluntad divina. Dijeron que algún día me mostrarían el camino subterráneo para llegar al lugar de su origen, a través de uno de sus cenotes sagrados. Dijeron que la ruta estaba señalada en una lápida escondida en la ciudad de Chichén Itzá, no muy lejos de Xelhá, donde naufragué.
      "No creía muchas de las cosas que me decían y otras no las entendía. Los días se convirtieron en semanas, éstas en meses, y al cabo de dos años era parte de su sociedad. Hablaba muy bien su idioma y otros de la región y entendía sus costumbres, teología y cosmografía.
      "Durante los primeros meses en que no podía hablar con nadie porque no me entendían, sufrí una transformación. A pesar de la compañía estaba solo, como nunca lo había estado durante mi larga vida. Tuve tiempo de pensar, de arrepentirme de mis errores. Pude observar las cosas desde otra perspectiva. Me di cuenta de lo equivocado que estaba. Me propuse ser otro.
      "Durante toda mi vida he contado con el don de la adaptabilidad y una vez que dominé su lengua, logré comprender que esa gente pertenecía a una increíble civilización, casi desaparecida, heredera de otra aún mayor y más grande, la que ellos me decían, con influencia en todo el mundo. De inmediato pensé en los atlantes y en los libros de los sabios griegos de la antigüedad. Como pude empecé a recopilar información y conocimientos. Los conminé a evitar la desintegración y logré establecer contactos sólidos y no serviles con el pueblo mexica, a quien esos territorios pertenecían en alianza o por imposición, aún no he podido determinarlo a plenitud y en realidad no es tan importante como pueda parecer.
      "Mi sed de saber me llevó a explorar el lugar y a enseñarles a los pueblos guerreros secretos de estrategia militar que les eran desconocidos. A los pacíficos les enseñé artes, medicina y labores. Me encontré que algunos mayas aún poseían conocimientos marítimos de importancia y siempre procuré que evitaran navegar hasta las islas donde estaban mis antiguos compañeros y aquellos que con toda seguridad Castilla había enviado para apoderarse de estas tierras. Después de una ardua y larga capacitación, estaban listos para dicha navegación, pero necesitaba prepararlos mejor ante lo inevitable. Tiempo y oportunidad habría para realizar dicha travesía y quizá alguna más importante, hasta Europa, en las naves que empezamos a construir con la ayuda de los mexicas, parte de una flota secreta como jamás se ha visto en este mundo —exageró un poco, siempre en función a su plan, aunque en este caso sólo exponía parte de la verdad, pues las naves sí existían, aunque nunca habían sido probadas a satisfacción plena del navegante.
      —¿Y dónde está dicha flota, señor? Nosotros no hemos encontrado nada mientras costeábamos los litorales después de salir de Cuba —inquirió Olmedo, buscando alguna pista al respecto, que de regresar vivo para informar a Cortés, le permitiría tener alguna ventaja en su guerra de dominio.
      —Están muy bien escondidas. Despreocúpese, no le diré dónde están; cuando lleguen a saberlo, será demasiado tarde para ustedes —le dijo con una risa sonora que provocó una frustrante mueca de nerviosismo en Olmedo.
      —Siga con su confesión, hijo. Siga.
      —Gracias, padre. Pues bien, esta gente siempre ocultó mi presencia y mis enseñanzas. Cuando llegaban exploradores españoles a las tierras del Mayab guardaban las armas nuevas que les estaba enseñado a fabricar y decían que su dios Kukulkán los había visitado para prevenirlos del malvado hombre blanco que quería sus riquezas, su tierra y sus mujeres.
      Los dos guardias mexicas daban la espalda a la construcción. Olmedo los vio por una ventana que estaban sentados en cuclillas, con la mirada dirigida rumbo hacia la ciudad, donde con toda seguridad ansiaban estar, luchando por salvarla, pero las indicaciones de su señor Cuauhtémoc eran claras. Debían estar prestos a morir protegiendo al Señor Kolom y a su prisionero.
      —Discúlpeme, señor —intervino el fraile—, pero yo tenía referencias de que en algún momento de su vida fue vendedor de esclavos y que el amor por el oro fue lo que lo motivó a buscar tierras y rutas nuevas. ¿Por qué ese cambio?
      —Una de las cosas que aprendí es que el oro y el dinero sólo sirven para tener más posesiones materiales que los demás y en ocasiones para hacer daños irreparables. Más dinero significa por lo general más poder, pero no siempre poder más. Su valor es intangible y nos hace luchar en contra de nuestros hermanos y engañarnos a nosotros mismos y en ocasiones traicionar lo más sagrado. No lo niego. La ambición conducía mis primeros pasos, pero la voluntad divina de traerme hasta esos paradisíacos lugares y la atención de la gente que salvó mi vida hizo que recapacitara y entendiera la realidad. Ya no concibo que un hombre sea propietario del alma y cuerpo de otro, y sigo tratando de explicarlo a quien aún no lo comprende, incluyendo algunos de los pueblos de los cuales soy consejero. No necesito el oro porque tengo todo lo que requiero y esto no es más que la paz de mi espíritu y la seguridad de que de hoy en adelante será imposible que cualquier pueblo extranjero conquiste a los legítimos pobladores y dueños de estas tierras.
      "Los mayas sobrevivientes pudieron volver a organizarse, ya no como nación, pues continuaron dispersos y débiles, pero sí como parte importante del señorío mexica.
      "Conocí al gran señor Moctezuma Xocoyotzin, un hombre sabio, humilde, religioso y creyente, con deseos de engrandecer su reino, aunque muy débil. Su propia familia lo llamó "mujer de los españoles" por haberse entregado a Cortés.
      "Me convertí en su amigo y asesor, siempre invisible ante los demás. En ocasiones me hizo caso, como cuando le sugerí no imponer a Cacama como cacique de Texcoco, pues con esa medida podía desintegrar la alianza existente entre los tres reyes. De haberlo hecho, el imperio sería presa fácil de los invasores, que yo estaba seguro llegarían algún día no muy lejano. Cuando en efecto lo hicieron, otros habían llenado de ideas equivocadas y contradictorias su cabeza. No supo mostrar una actitud uniforme y digna ante Cortés. Lo mismo lo trató de engañar como lo colmó de regalos. Entonces no me hacía caso. Dolido ante la indiferencia, decidí mejor separarme, hacerme a un lado.
      "Pero mucho antes de eso, años antes, cuando aún era escuchada mi voz por Moctezuma, argüí con fuerza contra los malos vaticinios. Sus profetas y sacerdotes estaban convencidos que todas las señales emanadas o llegadas del cielo indicaban la próxima destrucción del imperio, cosa de la que estoy seguro nunca sucederá. —Lo dijo con firme convicción.
      —Lamento decirle que es muy probable que usted haya sido quien se equivocó. La fuerza de Cortés y la corte de Castilla es tal que arrasará con todo —dijo orgulloso el sacerdote, dejando a un lado su papel de confesor, molesto ante la certidumbre de Kolom.
      —No lo crea, padre, no lo crea —respondió sereno Kolom.


8

Kolom estaba preocupado por la audiencia que tenía con el poderoso Moctezuma. Sabía que los indicios recientes parecían tener implícito un mensaje divino que los sacerdotes mexicas se empeñaban en relacionar con la destrucción de Tenochtitlan, pero deseaba convencer al señor mexica que tal cosa, de llegar a ser posible en el futuro, podía evitarse con la debida planificación y la alianza con los pueblos que eran sojuzgados y tributados sin misericordia. Aún conservaba algo de preferencia en la corte y la aprovecharía. Los españoles seguían incursionando en el Mayab, como lo constataban los mensajeros, aunque aún no se adentraban en el territorio, pero Kolom estaba seguro de que ese día no estaría muy lejano.
      Moctezuma permanecía en su palacio imperial, acompañado de sus principales, comiendo viandas de conejo, venado y faisán. Recibió con atención a su asesor maya, a quien en el último año desde su llegada del Mayab había llegado a apreciar y atender en más de una ocasión por sus sabias y experimentadas palabras, a pesar de ir contra la costumbre mexica de no tener asesores externos a la familia inmediata del rey en turno o los reyes vecinos.
      —Señor Moctezuma —empezó el maya lo que esperaba fuera un intercambio verbal que le permitiría saciar sus ímpetus de exploración, fortalecer al imperio que lo había aceptado como parte de sí y preparar un encuentro futuro con los invasores de Europa—, es necesario que piense en expandir los límites del reino y suavizar su actuación con los pueblos hermanos. Tenochtitlan necesita crecer y nutrirse de los conocimientos y sabiduría de los demás pueblos del Quincunce.
      —Nuestros límites y contactos son grandes. Al norte con la Huaxteca y al sur con tu propia gente, los mayas, y con el Xoconuxto. Nuestra ciudad recibe tributo de los dos grandes mares y de todos los pueblos que se encuentran en el camino entre uno y otro. ¿Qué más podemos necesitar? —preguntó Moctezuma desde su trono recubierto de oro y piedras preciosas.
      —Necesita estar prevenido para la llegada de más hombres blancos. También debe conocer más de los pueblos del norte y aquellos que se encuentran al sur. Sé que en esta última dirección hay otro gran imperio como el suyo, con conocimientos, fuerza e historia...
      —Sí, sé de que imperio me hablas, del Tihuantisuyo. Tenemos referencias de él —interrumpió mientras saboreaba un trozo de pierna de venado.
      —Entonces permítame organizar una expedición para establecer contacto con ellos y con los demás pueblos que en un momento dado pueden ayudarnos si corremos peligro o bien puedan llegar a formar parte del imperio —solicitó, dejando entrever una posibilidad de expansión que era posible Moctezuma o sus antecesores no hubieran pensado fuera factible.
      —Bien, Señor Kolom. Estás autorizado a organizar dos expediciones. Cuenta con todo lo que necesites, pero primero quiero que partas hacia el norte, para encontrar Aztlán. Si lo descubres tendrás todo mi reconocimiento y el de mi pueblo.
      —¿Y si no lo encuentro? —dijo demostrándose inseguro por un momento, aunque prefería no correr el riesgo de fracasar y perder la gracia real.
      —Entonces tendrás una última oportunidad al avanzar hacia el sur y buscar a ese pueblo del que sólo tenemos información incompleta para establecer una alianza que nos beneficie a ambos. De presentarse así tu futuro, puedes contar con los recursos y los hombres sabios y artesanos que consideres necesarios para tu travesía. Sólo espero que no me falles y que tus nuevos viajes sean para bien del imperio. En cuanto a la llegada de más hombres blancos, sólo deseo que todos sean como tú, que tanto has aportado a nuestro reino. Adelante, puedes retirarte —dijo el soberano, reforzando la acción con una ligera señal de la mano, para dar por terminada la entrevista.
      Kolom se retiró con lentitud, como marcaba el protocolo, satisfecho de lo conseguido, mientras Moctezuma llamaba a su lado a uno de los sacerdotes del Sol, para que le explicara el significado de la última señal divina que le inquietaba.
      —Dime, Totecuxtli, qué significa la piedra que cayó hace días del cielo junto al Templo Mayor y la enorme águila que pareció brotar de la misma para dirigirse en ascenso hasta el Sol. ¿Tiene algo que ver con nuestro futuro? ¿Con el regreso de Quetzalcóatl?
      El anciano y decrépito hombre llegó junto al sobrio Moctezuma con un humeante brasero entre las manos y un pesado collar de caracoles y amuletos alrededor del cuello. Se hincó frente a él, aspiró hondo las aromáticas esencias del copal y expresó una breve y lacónica profecía.
      —Significa tu muerte, Señor, la salvación del imperio de su posible destrucción y su posterior engrandecimiento, todo a manos del águila que desciende —escuchó Kolon antes de salir de la habitación.


9


—Malditos adivinadores. Si Moctezuma no les hubiera hecho tanto caso, la situación no habría llegado a este extremo —pensó Kolom, al recordar una de sus últimas entrevistas con el entonces rey.
      Decidió seguir contándole hechos y pecados a Olmedo, entremezclándolos, como si fueran parte de un gran tejido en el que la vida, la muerte, el saber y la decisión divina estuvieran enlazados de manera íntima e inseparable.
      —Organicé muchas expediciones. Avancé hacia el norte más allá de lo que considero la latitud de las Canarias. Mucho más allá encontré pueblos belicosos, hombres de piel morena, casi roja, que viven aislados entre sí y mantienen guerra constante entre hermanos. No pude hacer mucho y mejor opté por volver.
      "Después de algunos meses emprendimos otro viaje, con un numeroso contingente expedicionario compuesto de hombres que al mismo tiempo eran sabios y artistas, guerreros y danzantes, sembradores y cazadores. Hicimos una larga travesía hacia los límites inferiores del imperio, siguiendo indicaciones del gran Moctezuma. Muchos meses después llegamos otra vez al río Belén, donde los descendientes del cacique Quibián nos trataron bien. No recordaban mi visita anterior, cuando anclamos en su costa y por mi culpa su rey se quitó la vida. Ese es otro remordimiento que tengo.
      "Como ése no era nuestro destino, seguimos avanzando más hacia el sur y encontramos el mar a nuestra diestra. Aún continuaba con la idea de que era ese el camino a las verdaderas indias y que debería haber un estrecho por ahí. No lo encontré en ese viaje y ahora sé que no existe, pero a pesar de ello no cejo en mi idea de navegar hacia el poniente, hasta hallar nuevas tierras o comprobar que en efecto en esa dirección está el Oriente.
      "Continuamos la exploración hasta llegar a los linderos del Tihuantisuyo, de donde fuimos escoltados ante la presencia del gran señor Huayna Cápac, a quien tuve la oportunidad de prevenir de una posible invasión futura y entregarle los presentes y respetos del Señor Moctezuma.
      "Después de un largo tiempo de aprendizaje y enseñanzas mutuas y tras establecer relaciones de paz y comercio entre nuestros dos pueblos, emprendimos el regreso a nuestros hogares.
      "La relación que logramos nos hará fuertes en el futuro. De eso estoy seguro. Los pueblos quechuas y mexicas son los verdaderos dueños del Quincunce, todo lo que abarcan los cuatro puntos cardinales, o sea toda esta tierra que ustedes pretenden conquistar y robar.
      "Tras varias semanas de caminata, al fin divisamos naciendo sobre el horizonte, hacia el norte, a Citlaxonecuilli, la estrella polar, que nosotros conocemos como parte de la Osa Mayor. La seguimos hasta llegar a Tenochtitlan. El buen señor Moctezuma recibió con aliento a nuestra diezmada comitiva, pues muchos de nuestros mejores hombres optaron por permanecer allá, mientras que los embajadores y hombres sabios incaicos nos trajeron muestras de su civilización y ellos se asimilaron a la nuestra.
      "Andando los años nos llegaban noticias de que los hombres barbados, quienes algunos consideraban como el regreso del dios Quetzalcóatl, estaban cada vez más cerca, tal y como me lo temía. A pesar de mis recomendaciones, el buen Moctezuma creyó en ellos y en las palabras de sus consejeros principales. Yo opté por hacerme a un lado, al ver que los propagadores de la supuesta profecía tenían más éxito que yo, quien en verdad conocía a la que fue mi gente.
      "Una vez más me tildaron de loco, profeta equivocado y poco faltó para que me desterraran. El señor Cuitláhuac se convirtió en mi protector desde antes de la lamentable muerte de su hermano, el gran Moctezuma, y gracias a mis sugerencias pudo propinarles una dolorosa derrota a los españoles hace un año, en una triste noche para ellos.
      "Intenté persuadir al Señor mexica que era el momento de acabar con ellos, al estar diezmados y maltrechos. Consultó con sus jefes militares, pero el código miliciano mexica permitía a los enemigos la recuperación antes de reiniciar el combate. Esto fue lo que hizo que llegáramos hasta la situación que hoy vivimos: el prolongado sitio de Tenochtitlan.
      "Me esforcé por convencerlo de que era el momento de desobedecer ese precepto para salir victoriosos y arrasarlos por completo. Nuestros informantes nos hacían saber que Cortés no era bien mirado por sus propios compatriotas y que el mando español en Cuba deseaba reemplazarlo por desobedecer órdenes y apresar a Pánfilo de Narváez.
      "Como es obvio, fracasé. Los mexicas permitieron a los españoles reagruparse y replegarse. Cuando la viruela acabó muy pronto con el gran guerrero, su sobrino Cuauhtémoc, señor de noble linaje y descendiente de Nezahualcoyotl, tomó en sus manos la empresa de acabar con el invasor y dirigir al imperio que un día será grande, mucho más grande de lo que hoy se imagina cualquiera.
      "Ha sido fácil tratar con él. Es inteligente, sagaz y buen estratega. Su descendencia hará fuerte a este pueblo. No dudó en tender una trampa a las fuerzas españolas y en ceder tributos, condonar deudas y negociar con los pueblos súbditos del imperio para lograr hacernos más fuertes. Fue sencillo convencerlo de la necesidad de acabar hasta con el último español que viene en la expedición. En ese entonces aún no sabía que mi hijo era parte de ella, pero cuando lo supe, no dudé en tomar la determinación que me hace hoy pedirle perdón a Dios por conducto suyo. Aún cuando no es mi deseo, tengo que matar a mi propio hijo. Es la única manera en que lograremos vencerlos.
      "Ése es mi máximo pecado, padre, recomendar la muerte de mi hijo, de ser posible con mi propia mano. Van a intentar capturarlo vivo y yo mismo deberé tomar el puñal de obsidiana en mi mano y le abriré el pecho para ofrecer su corazón a los dioses mexicas, ofendiendo así al mío, a quien ya en una ocasión insulté de tal manera que desde entonces no he dejado de vagar y pagar mi osadía".
      —Señor, ¿por qué tiene que hacerlo usted? —se preguntó intrigado ante las últimas palabras del maya—. No derrame la sangre que trajo al mundo, aunque nunca pudo velar por ella. ¿Por qué esa obsesión por matar lo que fue creado por usted, aunque haya sido ofendiendo el sagrado vínculo del matrimonio? Así no expía su pecado. Sólo lo multiplica. No lo haga —trataba de convencer con su suave palabra y tenue voz el religioso, sin alejar la machacante idea de que su solicitud sería inútil.
      Colón recordó que cuando los embajadores llegaron con presentes y los nombres de los principales visitantes, escuchó con ansiedad las noticias y urdió algo que nunca imaginó fuera posible, aunque constituía un magnífico remate para lo que se proponía hacer. Era un factor que no estaba contemplado en el plan original, pero al pensar en la cercanía sanguínea, supo que serviría al propósito de la mejor forma, y ante los ojos de los demás sería un acto de extremo renunciamiento.
      Kolom volvió en sí al escuchar las palabras agitadas de los guerreros, se levantó, abrió la puerta en silencio y se acercó a los hombres que montaban guardia. Alguien venía corriendo en dirección a la construcción. Intercambió con los militares algunas palabras, deseando que el mensajero trajera buenas noticias.
      Sus anhelos se cumplieron al escuchar el fuerte sonar del huéhuetl, que ahora con su alegre percusión recorría el Valle de Anáhuac, indicando con voz grave la victoria, versión confirmada por el corredor, cuando llegó ante ellos.
      Con una amplia sonrisa que mostraba su dentadura incompleta, el señor Kolom se volvió con toda la rapidez que le permitía su anciano cuerpo y regresó con Olmedo, que se encontraba de pie a un lado de la puerta, sumido en sus pensamientos, con toda seguridad haciendo análisis que debido a la falsa información, arrojaría resultados falsos, pero acordes a las necesidades y a lo planeado.
      —Volvamos, padre. Lamento que no hayamos podido descansar más tiempo o que usted haya podido escuchar completa mi confesión y mi historia, pero la noticia es buena. ¡Hemos triunfado! Los españoles y los indios traidores están todos muertos o prisioneros. ¡Es nuestra gran victoria! ¡Es hora de festejar nuestra grandeza! ¡Es hora de alabar al Señor!


10

Retornaron a la ciudad y la tristeza, cansancio y frustración de Fray Bartolomé por la derrota de su gente no le permitían avanzar a la par del señor maya y su escolta. Una vez en la capital, en más de una ocasión tuvieron que aguardar mientras Olmedo practicaba los últimos ritos con algún cristiano que estaba al borde de la muerte o se detenía para recuperar el aliento. Kolom y los soldados esperaron con respeto. Uno de los moribundos asió con fuerza la mano y la ropa del sacerdote y al ver al barbado maya atrás de él, entre borbotones de sangre le dijo unas cuantas palabras apenas entendibles antes de morir: —Aléjese, padre, la leyenda que hemos escuchado es cierta, lo acompaña un hombre maldito.
       Kolom soportó la mirada inquisitiva de Olmedo y en silencio lo conminó a seguir adelante.
      Las noticias que recibían en distintos lugares les permitieron saber que Cuauhtémoc, su familia y principales asesores militares estaban vivos y que había un buen número de españoles prisioneros, algunos de ellos de alto rango, que con toda seguridad serían ejecutados de inmediato. Versiones contradictorias decían que Cortés y Alvarado se encontraban heridos y a buen resguardo o bien que ya habían muerto. Kolom deseó que no fuera así, pues de lo contrario el plan sería más difícil de llevar a cabo.
      Apretando el paso, Fray Bartolomé de Olmedo se acercó al maya, emparejó su velocidad y le suplicó con extrema humildad su atención y acción.
      —Señor, detenga la carnicería. Permítales que vivan y regresen a España a contar su derrota. Estoy seguro que entenderán y no volverán a intentar sojuzgarlos. Piedad por sus hermanos. Piedad por esos hombres que aún viven. Piedad por su hijo, quienquiera que sea —suplicó Olmedo, resignándose ya a no poder arrancarle a Colón el nombre de su hijo.
      —No, padre, no habrá piedad. Ellos no la hubieran tenido si las cosas hubieran sido distintas. Todos morirán, salvo usted. Usted sí volverá, cuando esto se haya decidido, y usted portará el mensaje que Cuauhtémoc hará llegar a quienes se hacen llamar sus "majestades" en Castilla. Por el momento considérese afortunado si no cambio de opinión antes de recibir su absolución —repuso enérgico y decidido, sin detenerse ni esperar una respuesta, en un tono y una actitud que Olmedo no había visto en los días y horas que pasaron juntos.


11

Hernán Cortés vivía. Después de capturarlo, le hicieron presenciar la muerte de todos sus hombres que fueron capturados y al día siguiente lo condujeron preso ante la presencia del tlatoani mexica, en la nueva residencia de gobierno que reemplazaba a la que había sido incendiada por los teúles tan sólo un par de semanas atrás. La juventud del monarca mostraba en su rostro moreno claros rasgos de fuerza, determinación y nobleza, así como una decisión irrevocable.
      —Malinche. Vas a morir. Partirás pronto a Mictlán, al inframundo, y tu yollotl dejará de latir en tu pecho para terminar en el cuauxicalli sagrado. Es la voluntad del pueblo y la voluntad de su Señor —se dirigió el gobernante a Malintzin, la "lengua", a quien también le habían respetado la vida para que siguiera traduciendo.
      Cortés yacía amarrado en el suelo, sin armadura y con la ropa reducida a jirones que apenas cubrían su desnudez. Las heridas visibles ya no sangraban tras ser curadas. A su lado se encontraba Pedro de Alvarado, casi en iguales condiciones. Semioculto entre los guerreros, Kolom se mostraba atento al interrogatorio, juicio e inminente ejecución. A su lado estaba Olmedo.
      Las calzadas que convergían en el templo mayor mostraban todas lúgubres tzompantlis, largas hileras de cabezas de las víctimas inmoladas. Las más cercanas, las verticales, eran todas de españoles y algunas de los caballos que no fueron capturados vivos, mientras que las alejadas, a lo largo de la calzada, eran las de los indios que unieron sus fuerzas al invasor.
      Fray Bartolomé estaba abrumado por los acontecimientos, pero a pesar de ello, su vocación y la necesidad de consuelo espiritual para el Capitán General y su lugarteniente le hacían permanecer de pie, flanqueado con todo respeto por fuertes y elegantes caballeros águila y jaguar.
      Cuauhtémoc necesitaba saber sobre las restantes fuerzas españolas en tierra firme. Sus informantes indicaban que habían concentrado todo su poderío en un último y suicida intento por tomar Tenochtitlan y que no había más hombres blancos que los presentes en el juicio y un pequeño destacamento en el lugar que ellos llamaban Villa Rica de la Vera Cruz, pero quería estar seguro de eso. Previendo que dicha versión fuera cierta, había dispuesto un numeroso grupo guerrero de tlaxcaltecas, que a pesar de su animadversión por los mexicas no creyeron las seductoras palabras de Cortés, para ir a exterminar por completo a cuanto teúl encontraran en dicho lugar, respetando y protegiendo las embarcaciones que encontraran y las órdenes de los caballeros águila y jaguar que encabezaban la expedición guerrera.
      Con el cuerpo tenso, lleno de furia, el orgulloso Capitán General se rehusaba a contestar. Los azotes no arrancaron quejido alguno ni información valiosa. Malintzin, dolida por el sufrimiento de su señor, trataba de convencer con falsas palabras al emperador mexica de que no había más españoles vivos que Cortés, Alvarado y Fray Bartolomé.
      —Padre —se dirigió Cortés con voz entrecortada al religioso entre latigazo y latigazo—, ¿quién es el anciano blanco? ¿qué hace aquí? ¿por qué no interviene?
      —Es Don Cristóbal Colón, capitán, aunque ahora se hace llamar Kolom. En realidad no murió hace años como todos pensamos, sino que logró salvarse. Quizá él vaya a matarles. Aún no lo sé. Lamento no poder decirle más ni poder intervenir. Es secreto de confesión —sollozó Fray Bartolomé mientras hundía la barbilla en el pecho y seguía con sus oraciones hacia su Dios, buscando su intervención para salvar a los españoles, de tal manera que no se llevara a cabo la decisión del consejero blanco de matar a su hijo, al ofrecer de esa manera la mejor prueba de hermandad que podían esperar los pueblos indígenas.
      —¡Almirante! ¡Requerimos de vuestra ayuda! ¡Por piedad haga algo! —gritó el conquistador fallido, sin recibir respuesta. Pedro de Alvarado rezaba fervorosamente, encomendando su alma al creador, seguro de su próxima muerte, sobre todo tomando en cuenta que él había ordenado la matanza del Templo Mayor, lugar donde ahora se encontraban y donde había masacrado a casi todos los principales y nobles de la gran ciudad. Esa era razón más que suficiente para morir como habían muerto todos sus hombres, y él lo sabía.
      Los ojos de Kolom mostraban la frialdad de la eterna nieve del Popocatépetl y el fuego de sus emanaciones ocasionales. Su rostro no se inmutó ante la inquisidora mirada de Cuauhtémoc por la petición de Cortés de que interviniera en su favor.
      El interrogatorio continuó y Cortés se negaba a revelar si había destacamentos de soldados españoles aguardando órdenes suyas de incorporarse al ataque o de partir rumbo a la Villa Rica de la Vera Cruz, para de ahí navegar a Cuba e informar a su enemigo, Don Diego de Velázquez, sobre el resultado de la misión de conquista.
      Tetlepanquetzal, señor de Tacuba, caballero muy cercano al monarca mexica se dirigió a él.
      —Gran Señor Cuauhtémoc. Solicito su autorización para torturar a los prisioneros hasta hacerlos confesar la verdad. Es menester saber hacia dónde enfocar nuestras fuerzas. La ventaja que hoy tenemos no debemos desaprovecharla, como lo hizo el venerado Cuitláhuac hace un año.
      Cuauhtémoc lo escuchó y buscó la mirada de Kolom, quien con un muy leve movimiento de cabeza, y el entendimiento que la confianza y amistad producen, le sugirió aceptar la propuesta del impetuoso Tetlepanquetzal.
      —Así sea, Señor de Tacuba. Los prisioneros son tuyos —ordenó.


12

El pueblo se arremolinaba a los pies del templo mayor. Escupían, tiraban piedras y picaban las cabezas de los vencidos con varas y lanzas hasta el cansancio. Otros empezaban con la ardua tarea de reconstrucción, limpiando las calzadas y los canales y dando sepultura a sus muertos. La algarabía de la victoria había dado paso al luto y dolor por los muertos, por la destrucción, por la sangre derramada, por los sacrificios y las privaciones del sitio.
      Arriba del Templo Mayor, en el corazón de la ciudad, Tetlepanquetzal preparaba todo para el tormento. Afilados cuchillos de pedernal y obsidiana, sales y espinas, arena y braseros estaban listos. El Señor Cuauhtémoc, sus generales, los reyes vecinos y Kolom se encontraban sentados a un lado de los prisioneros, los que habían sido amarrados a una loza de piedra, con los pies y las cabezas al aire. Malintzin y Fray Bartolomé estaban parados del otro lado, flanqueados por seis guerreros. Los prisioneros habían sido bañados y untados con esencias. Los sacerdotes oraban al dios de la guerra, mientras circulaban entre los milicianos, los prisioneros y las autoridades, envolviéndolos en el humo ceremonial. Un huehuétl sonó, produciendo un largo silencio.
      —Señor Cuauhtémoc. Con su venia procederé a obtener la información que requerimos —indicó Tetlepanquetzal, mientras tomaba en su mano uno de los cuchillos y ordenaba a dos de los guerreros detuvieran con fuerza las piernas de los españoles.
      Con deliberada lentitud empezó a cortar la piel alrededor de la planta del pie derecho de Cortés, iniciando bajo los dedos y siguiendo hacia la derecha por todo el contorno, hasta terminar donde brotó la primera sangre. El extremeño soportó el dolor sin lanzar un quejido mientras Tetlepanquetzal iniciaba el mismo proceso en el otro pie. Uno de sus guerreros hacía lo mismo en las plantas de Alvarado, tras recibir indicaciones de su señor. El lugarteniente de Cortés no resistió menos que su superior y amigo.
      Los cuchillos se manchaban de rojo y los españoles sudaban a raudales. La sangre caía gota a gota al suelo de piedra. Cuatro precisos cortes más profundos desprendieron la parte superior de la planta del pie. Fue entonces cuando Alvarado lanzó un grito y Cortés cerró los ojos, asimilando aún la horrible sensación.
      El mandatario de Tacuba tomó entre sus fuertes manos uno de los colgajos del pie de Cortés y de un sólido tirón desprendió toda la planta. El dolor al fin venció al pundonor y los labios del español se abrieron en un alarido. Aún no terminaba de gritar cuando se repitió la acción en su otro pie. Alvarado lloraba pidiendo clemencia, mientras sus pies sufrían igual tormento.
      Las suelas fueron colocadas encima de la cabeza de los torturados, humillándolos con su propia sangre. Después fueron lanzados a un brasero, donde empezaron a consumirse entre chasquidos. El olor de piel quemada se mezclaba con los aromas de las hierbas del incienso ceremonial.
      El silencio sólo era roto por los quejidos y lamentaciones de dolor de los españoles. Tetlepanquetzal tomó asiento a un lado de Cuauhtémoc y esperó.
      Cuando al fin el dolor había sido superado y el amor propio volvió a colocarse al frente de la dignidad de los españoles, el jerarca de Tacuba dejó su asiento y continuó con la segunda parte del plan. Tomó gruesas espinas de maguey y una por una empezó a ensartarlas bajo las uñas de los pies de los dos hombres, quienes volvieron a gritar sin cesar, hasta que sus cuerpos se insensibilizaron a la tortura, perdiendo el conocimiento.


13

Minutos después les dieron de beber un poco de agua con aceite caliente. Secaron sus rostros del sudor y sangre y esperaron a que recuperaran la conciencia.
      Kolom observaba en silencio la tortura, sin reacción alguna ante el dolor que sufrían los hombres. En ese momento sólo existía el deber de resguardar al pueblo mexica y garantizar la eliminación total del peligro. Por lo menos en el presente. Además, había que seguir el plan trazado, hasta sus últimas consecuencias.
      Una vez mas la calma y fortaleza volvió a los españoles. Alvarado pedía permiso a su capitán para hablar con la verdad, pero Cortés se lo negó con la fuerza y determinación que demostraban su entereza y el propósito de no facilitarles el trabajo. Si morían sin decir que en realidad no había más soldados españoles que la pequeña guarnición en la Villa Rica, sería una victoria póstuma que nadie podría arrancarles.
      Tetlepanquetzal tomó entre sus manos la fina sal proveniente de la costa y con certero y diestro movimiento cubrió las heridas vivas en los pies de los dos hombres, cuya voz atormentada arrancó gritos de alegría de la muchedumbre que se arremolinaba al pie de la alta y bella construcción, muchos de ellos descendientes de los nobles exterminados.
      Olmedo volvió la cabeza hacia el suelo. Lo habían sentado al fondo de la pequeña explanada superior, donde estaban las torres gemelas que coronaban el templo mayor de Tenochtitlan. A menos de tres metros de él se encontraba Kolom. Uno de los guerreros, parado a su espalda, tomó por atrás con sus manos la cabeza del sacerdote y con suave fuerza la volvió para que viera el tormento, sin perder detalle.
      Molesto, Olmedo se dirigió a Kolom. —Señor. No comprendo tal salvajismo. ¿Por qué permite que hagan esto? ¿Acaso no es uno de estos hombres su hijo? ¡Contésteme!
      —Sí, padre, uno de ellos es mi hijo, pero no puedo intervenir, aunque el corazón se me parta entre el pesar de padre y la seguridad de que este tormento es para el bien de estos pueblos. —Cortés y Alvarado escucharon extrañados y entre el dolor y las lágrimas cruzaron sus miradas, preguntándose quien de ellos sería el hijo del descubridor, si la afirmación de Colón era cierta.
      Cuauhtémoc escuchó el intercambio de voces y al no haber más respuesta del maya, se levantó y se dirigió a los españoles, a través de la Malintzín.
      —¿Dónde y cuántas tropas tienen todavía?
      Retorciéndose de dolor, Cortés no contestó. Alvarado empezaba a balbucear incoherencias y parecía estar a punto de perder la razón.
      —Por última vez, ¿dónde y cuántas tropas tienen todavía?
      Con un rictus de dolor que surcaba su cara, y tensando el pecho y fláccida barriga, el barbado capitán de los españoles giró la cabeza y lanzó un escupitajo de sangre al emperador mexica, quien lo recibió inmutable en pleno rostro.
      Con similar lentitud, Cuauhtémoc acercó un brasero a los pies de Cortés mientras se limpiaba la cara. Las llamas hacían crepitar la sal y fue hasta que el español olió su piel quemada cuando se doblegó y empezó a lanzar alaridos de dolor e impotencia.
      Tomando la propia espada ensangrentada de Cortés en sus manos, el señor de los mexicas colocó la punta bajo la garganta de su dueño, donde de inmediato empezó a manar un hilo carmesí.
      —Hombre barbado. Ahora ya no me interesa saber si todavía tienes o no tropas. Yo solo voy a encontrarlas —dijo mientras hacía un poco mas de presión y realizaba un corte que no profundizó mucho. Levantó la espada y tras rodear el brasero, dejó caer el acero con toda su fuerza sobre las espinillas del incoherente Alvarado, quien recibió segundos después otro tajo en el cuello que le cercenó la cabeza.
      —¡Mis parientes y los nobles mexicas están vengados, maldito teúl! —gritó Cuauhtémoc, quien haciendo a un lado su nobleza y sin preocuparse por manchar sus manos y la alba túnica con la sangre del asesino, levantó los pies y la cabeza del suelo y los colocó sobre el cuerpo de Cortés.
      —Escúchame, maldito. Tú no gozarás de tanta suerte —dijo el emperador por encima de los cada vez mas suaves gritos del español, el horrible olor a carne quemada, el sonido tronante de las llamas y la bendición de la próxima inconsciencia o de la muerte. Cualquiera sería bienvenida en ese momento para Cortés, quien a la distancia seguía intentando escuchar palabras cada vez más lejanas e inaudibles en náhuatl y en el castellano enjugado en lágrimas de Malintzin—. Otro será el que te mate. ¡Tu padre! —dijo al fin Cuauhtémoc, sin que sus palabras fueran captadas o comprendidas en toda su magnitud por los oídos de Cortés, quien sin embargo volvió los ojos ante el barbado maya blanco, suplicándole clemencia.
      Fue entonces cuando Kolom se levantó de su asiento y con excesiva lentitud se acercó al cuerpo del torturado, quien sufría espasmos producto del dolor que recibía y la incapacidad de hacerlo estallar debido a la semiinconsciencia.
      La mirada del otrora Almirante de la Mar Océana no mostraba la dureza de unas horas antes. Un dejo de sufrimiento y dolor nublaban los garzos ojos y sus labios temblaban. Su deforme mano artrítica sacó el puñal de su cinto y lo levantó sobre el pecho de su hijo, tras tirar con un movimiento violento y asqueado los pies y la cabeza de Alvarado a un lado. Uno de los guerreros pateó con fuerza la cabeza, que rodó por las amplias escalinatas para caer entre la gente, quien desbordó su ansia y sed de venganza contra el rubio asesino.
      Cuauhtémoc retornó a su trono. El compromiso y el plan estaban a punto de consumarse. Después sólo quedarían los cabos sueltos y la propagación de la noticia al país de los invasores a través de Fray Bartolomé y la Malintzin.
      —Escuche, padre. Oye Doña Mariana. Atiende pueblo mexica, —habló Kolom otra vez con seguridad—. Con este puñal corto la vida de mi propio hijo y sus afanes de conquista y me comprometo a defender por siempre esta valerosa y gran nación, que me ha aceptado tal y como soy...
      Fray Bartolomé de Olmedo estaba absorto ante la energía que parecía brotar del hombre que tan sólo unos minutos antes se veía como un anciano padre que en silencio sufría por el dolor que padecía su hijo y ahora emanaba una potencia sobrenatural, como nunca había visto antes. La idea que tanto rondó su cerebro cobró forma. Siempre quiso pensar que Kolom era Colón, pero nunca pensó que podía ser alguien más.
      Cuauhtémoc, los demás señores mexicas, Malintzin y los guerreros escuchaban atentos, mientras el silencio cubrió poco a poco con su manto las calzadas y a los hombres y mujeres que se reunían alrededor del templo. Kolom aspiró hondo y continuó su estudiada invocación, que más que para el grupo, parecía ser hecha para la historia.
      —Una vez vendí a mi Señor y desde entonces he vagado sin rumbo, sin encontrar jamás la paz o un hogar. Hoy esto ha terminado. Hoy con esta puñalada rompo con mi pasado y espero con ansia los próximos mil quinientos años para defender este pueblo que me ha acogido. ¡Por Dios nuestro Señor! —gritó con fuerza mientras Olmedo confirmaba la mentira que se le había hecho creer.
      "¡Dios mío! ¡Es el Judío Errante!", pensó mientras se llevaba la mano izquierda al crucifijo y pretendía cubrirse con la señal de la cruz.
      El puñal hendió el aire y rasgó el pecho de Cortés. El grito agónico fue breve pero profundo. El corazón brotó por uno de los costados y de la mano alzada al cielo de Kolom cayó al recipiente especial para depositar los corazones de los sacrificados.
      Recuperándose un poco, Fray Bartolomé comprendió al fin todas las indicaciones, insinuaciones y comentarios de Kolom, en el sentido de que nada tenían que ver con su rol de navegante, sino con un peso moral tan grande que era imposible expresarlo en voz alta. Lo compadeció al comprender quien era, ya sin duda alguna, aunque jamás sabría que estaba equivocado en su conclusión. Supo que con su presencia al lado de los mexicas sería muy difícil conquistarlos y subyugarlos. Olmedo sintió la bendición de un desvanecimiento mientras murmuraba —Ashaverus... Ashaverus... Ashaverus...
      Kolom dejó caer el cuchillo y se desplomó sobre el piso, a un lado de Olmedo. La emoción y la tensión habían sido demasiadas. Su anciano cuerpo no estaba en forma y el dolor de matar a Cortés, fuera o no su propio hijo, al fin pudo más que su frialdad y permitió que las lágrimas brotaran.
      Cuauhtémoc comprendió su dolor. El había tenido que matar a su tío, pero el consejero teúl había pagado un precio aún mayor: Matar al hijo que apenas conocía. El águila que desciende soltó al fin la respiración y la tensión de sus músculos y se alegró en su interior. La noticia correría rápido por sus dominios y por las lejanas tierras de Castilla, una vez que el sacerdote blanco fuera depositado en la isla de Cuba, con el macabro cargamento de cabezas y la certidumbre que el Quincunce indio tenía ya su defensor.
      Estaba seguro que la estrategia tendría resultados.
      La historia sería diferente a la que esperaban los teúles.


Federico Schaffler

Federico Schaffler nació en Nuevo Laredo, Tamaulipas, México, en 1959; es Licenciado en Ciencias de la Comunicación y escritor. Ha publicado cuentos en innumerables revistas, libros colectivos y antologías y ganó el premio Kalpa de Cuento de Ciencia Ficción (1997) y en dos ocasiones el Premio Estatal de Literatura "Juan B. Tijerina" (1988 y 1990).

En Axxón publicamos sus cuentos "El delito" (41), "El lado oscuro de la Luna" (104) y "Secreto de confesión" (104).


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