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F i c c i o n e s

RECUERDOS DE MI HERMANA
Santiago Eximeno

España

Dijo que le hubiera gustado enseñarle sus álbumes repletos
con bellos fragmentos de papel, pero estaban arriba,
en su habitación.

Edward Gorey

Cuando el revisor del tren llamó mi atención tocando levemente mi hombro, me sobresalté y me volví, incómodo. El hombre solicitó mi billete con gesto adusto, y durante varios segundos no comprendí a qué se refería. Me disculpé con un gesto y rebusqué en mi bolsa de viaje, azorado. Al fin encontré el maldito resguardo dentro de una pequeña cartera que acostumbro a utilizar para llevar mis notas y apuntes. Me lo devolvió tras realizarle tres perfectos círculos en la esquina superior derecha con una máquina para perforar, y se dirigió a la señora que se sentaba en el asiento contiguo al mío. Molesto sin una razón concreta, guardé el billete de nuevo en la cartera y saqué un par de folios en blanco y un bolígrafo. Todavía faltaban unas dos horas para que el tren llegara a Madrid y me apetecía escribir. Me dejé llevar —lo que algunos afirmarían que es mi técnica como escritor—, apuntando detalles acerca de la que esperaba sería mi próxima novela, ambientada de nuevo en aquel universo fantástico que tan buenos resultados me había dado en el pasado. Seis novelas publicadas y el reconocimiento del público, que las devoraba con avidez. "No es más que un absurdo pastiche de los mitos de Lovecraft y los mundos de Vance", había escrito uno de esos adolescentes sin formación reseñando mi última novela en Sephiroth; quizá mi último intento fallido por alejarme de Booker Doods y sus aventuras en Mundo Waheri. Al parecer, estaba condenado a mantener con vida a aquel despreciable personaje en aquel horrible mundo para continuar escribiendo profesionalmente. Si aquellos malditos idiotas presuntuosos supieran cómo odiaba yo mi saga de Mundo Waheri, con toda probabilidad no me invitarían a asistir a sus patéticos eventos.
      Entró en el vagón un hombre empujando un carro con bebidas, bocadillos fríos y patatas fritas, y le acompañó el estruendo del exterior. Le detuve con un gesto y cogí una botella de agua pequeña (sólo Dios sabe por qué motivo no llevaba cerveza en ese carro) y un sándwich de jamón y queso. Todavía no sabía lo que tardaría en encontrar el hotel en Madrid, ni si bajaría a cenar o me acostaría nada más llegar. Me preocupaba la gran ciudad. Durante toda mi vida había residido en Santander, y siempre la había considerado una gran ciudad. Sin embargo sabía que Madrid me resultaría apabullante, inmensa, sobrecogedora. Había acudido el año anterior a la HispaCon celebrada en Barcelona y apenas había salido del hotel si no era para acudir al edificio de la convención. Tantos vehículos circulando por las grandes avenidas, conductores gritando en cada semáforo, una cacofonía de cláxones martilleando mis tímpanos. Tantas personas caminando por las calles, tropezando, comprando, mirando escaparates, ajenos a los demás y al mismo tiempo pendientes de todos tus defectos. Doods hubiese declarado aquella ciudad inhabitable para los seres humanos sin dudarlo un instante.
      —¿Tiene usted hora? —me preguntó la mujer a mi lado.
      Le mostré la brillante esfera de mi reloj de bolsillo, un regalo inesperado de mi hermana en el día de mi cumpleaños. Aquel año ya no proliferaban las sonrisas en mi familia. Recordaba que apenas nos reunimos los más allegados; ni siquiera mis tíos se habían pasado por mi casa a tomar una cerveza, y ellos acostumbraban a no faltar nunca a una fiesta. Todo había empezado bien, como siempre. Después la cantinela de siempre. El monólogo de una madre preocupada, abandonada a su soledad tras la muerte de mi padre y el ausentismo de unos hijos que apenas tienen conversaciones que compartir con ella. Mi propia introversión que me alejaba día tras día de mi familia mientras las ventas de mis libros se multiplicaban. Los gritos de mi hermana, intentando superar sus problemas sin ayuda alguna. A mis cuarenta y tres años me costó mucho no llorar.
      Nos cruzamos con otro tren, y sentí el traqueteo del vagón aderezado con las migas de mi sándwich haciendo cabriolas sobre mis pantalones. Me sacudí los restos de la merienda de las perneras y me dirigí al cuarto de baño con paso impreciso, envuelto en aquella danza errática que el vagón me obligaba a interpretar. Varios asientos estaban ocupados: una joven pareja acaramelada, un hombre y un niño de mirada taciturna, dos ancianas cuchicheando, un joven resolviendo crucigramas. Ninguno de ellos parecía a priori un prototipo de los aficionados que me encontraría en Madrid; quizá aquel joven enfrascado en la revista de pasatiempos. Con el tiempo me había acostumbrado a mis lectores —no me refiero a aquella gran masa invisible que compraba mis libros sin ni siquiera saber mi nombre, sino a aquéllos que intentaban acercarse hasta mí de una forma u otra— pero en un principio conocerlos en persona me había decepcionado. Podía dividirlos en dos grupos bien diferenciados: los jóvenes fanáticos y los pretendidos eruditos. Los primeros representaban una molestia menor, con su necesidad de autógrafos, con sus preguntas reiterativas acerca de Booker Doods y Mundo Waheri. Revoloteaban a mi alrededor con sus bolígrafos y sus camisetas estampadas, otra fuente de ingresos nada despreciable, ya que casi siempre el merchandising generado por mi obra reportaba más beneficios que la venta misma de las novelas. En ocasiones trataban de mantener una fingida dignidad en mi presencia, la mayoría de las veces me acosaban como buitres a la carroña, buscando información privilegiada, mostrándome sus invenciones y sus descubrimientos acerca del pasado de Doods, atosigándome con sus preguntas. Firmaba, respondía a una pregunta, firmaba, rechazaba cortésmente un borrador de un relato basado en Mundo Waheri, sonreía, firmaba, me fotografiaba con un grupo de jóvenes impúdicamente disfrazadas de Nah-A-Lharg, la bailarina esclava de Nunthani...
      Sin embargo, a pesar de todos los inconvenientes, podía sentir la admiración en sus miradas, en sus gestos. Con el otro grupo, los presuntos estudiosos y críticos de mi trabajo, las cosas eran muy distintas. Proliferaban en igual medida admiradores y detractores, y la mayoría de ellos parecían movidos por motivaciones muy distintas al valor intrínseco de la obra. Algunos, desde mi primera novela, venían apuñalándome una y otra vez con los comentarios que vertían en distintas revistuchas de torpe maquetación, baja tirada y con mínima distribución en el panorama editorial, lo que ellos denominaban con absurdo orgullo fanzines. Otros no cesaban de repartir halagos sobre Mundo Waheri, mientras denostaban el resto de mi obra con un plumazo. En cualquier caso, lo que peor llevaban ambos grupos era mi prácticamente nulo apoyo a ese submundo que ellos reclamaban como propio, el fandom. Pero, ¿qué estupidez es eso del fandom? Cuando alguien lo mencionaba en mi presencia, y me señalaban con el dedo acusándome de haberles abandonado, no podía menos que responderles con agresividad, a veces perdiendo incluso el control. ¿Acaso era un pecado vender libros y poder vivir de ello? ¿Debía haberme quedado con un grupo minoritario de seguidores para ser mejor escritor? ¿Quién, en su sano juicio, querría permanecer en ese mundillo de intelectuales venidos a menos y jóvenes fanáticos descerebrados?
      Cuando terminaban las sesiones de firmas y las presentaciones, solía buscar un bar alejado de la multitud y refugiarme tras una cerveza. En esos momentos pensaba en todo aquello, en todas aquellas personas, y comprendía como mi obra llenaba sus vidas vacías y aborregadas, lo importante que yo era para ellas. Y, sobre todo, lo importante que eran ellas para mí. Si tenían miedo a abandonar aquel recinto seguro que era su mundo, ¿quién era yo para decirles lo que debían hacer? ¿Acaso estaba yo en la posesión de la verdad absoluta? ¿Acaso estaba por encima de ellos moralmente? No, cada uno tomaba su opción, su camino. El mío, sin embargo, lo habían escogido las listas de ventas, y me sentía muy cómodo allí.
       Noté como el tren disminuía la velocidad y busqué a través de las ventanillas detalles a recordar en un paisaje que me era desconocido. Las fachadas de edificios blancos y grises, maltratados por el tiempo, y la suciedad acumulada, cercaban la entrada a la estación de Atocha. El colorido de la ropa tendida en las cuerdas y las pintadas en las paredes se extendía por doquier. Avanzamos junto a viejos vagones de carga abandonados, cubiertos por una herrumbre que devoraba su estructura; junto a improvisadas viviendas de tejados de aluminio y paredes de cartón; junto a hombres y mujeres cubiertos por harapos, alrededor de un fuego improvisado con papeles de periódico y maderas combadas. Con un último coletazo el vagón se detuvo y la máquina exhaló un suspiro, probablemente tan agotada del viaje como yo mismo. Recogí mi bolso de mano entre la algarabía de pasajeros que invadían los pasillos y caminé hacia la puerta más cercana. Un hombre se disculpó tras arrollarme con su maleta, dos mujeres discutían en voz alta junto a la salida del vagón. Avancé entre ellas, esquivando a un joven militar, pelo cortado al cero y uniforme impoluto, que arrastraba su saco por el suelo con notable esfuerzo. Bajé los escalones hasta la estación en volandas, llevado por la marabunta de viajeros que pugnaba por abandonar las entrañas de aquella criatura segmentada, detenida agonizante sobre las vías.
      Una vez allí me vi rodeado por cientos de personas que parecían no advertir mi presencia. Algunas sonreían y saludaban con la mano a invisibles recién llegados, otras miraban sus relojes de pulsera y maldecían en silencio. La mayoría avanzaban en procesión arrastrando sus maletas, abrazando a sus seres queridos, charlando de trivialidades, en dirección a las escaleras mecánicas. Perdido, indeciso sobre qué decisión tomar, dejé que todos ellos me acompañaran y me sirvieran de guía. Una niña correteó delante de mí, mostrándome una y otra vez su muñeca como si yo fuera un amiguito suyo. Sonreía, no dejaba de sonreír. Su madre, una mujer obesa envuelta en un vestido de flores, la alcanzó algunos metros más allá, jadeando. Me crucé con dos hombres vestidos con chaqueta y corbata que realizaban gestos efusivos entre ellos. Volví la cabeza hacia atrás, buscando aire entre tanto bullicio, y vi a un joven con una camiseta negra en la que aparecía Booker Doods junto a su nave, Britthania. Me sonrió y agitó la mano, llamando mi atención. Intenté detenerme, pero mis pies ya estaban sobre la escalera mecánica. Mientras ascendía hacia la planta superior de la estación, el chico me mostró un cartel con mi nombre y me hizo señas para que le esperara arriba. No supe si sonreírle y asentir o salir corriendo de allí. Habían mandado a un maldito fan para recogerme.

—¿Cómo ha ido el viaje, señor Eldritch? —me preguntó el joven sin apartar la vista de la carretera.
      Se llamaba Julio, o al menos eso creí entender cuando se presentó. Llevaba una perilla del mismo estilo que la de Booker Doods, tal y como yo la describía en Réplicas en Paraíso, mi primera novela de la saga. Ocultaba sus ojos tras unas gafas de cristales azul claro y cuando llegó a mi altura sonrió, mostrándome un piercing en la lengua. Debía estarle agradecido por su presencia, porque sin él no habría podido salir indemne de la estación. Abriéndose paso a empellones, o con frases corteses cuando el paso quedaba obstruido por mujeres jóvenes, me condujo a través de una zona ajardinada hasta una de las puertas de salida, que daba a la calle Atocha. Ya había anochecido, y las luces de la ciudad refulgían a mi alrededor como fuegos artificiales. Caminamos en silencio hasta llegar al coche, un Seat Ibiza blanco aparcado en doble fila con las luces de posición encendidas. Julio guardó mi bolsa en el maletero, junto a una caja de cartón llena de revistas y una pila de libros, y me indicó que me sentara en el asiento delantero. Después arrancó y nos perdimos en un atasco de luces rojas y una sinfonía de claxon.
      —Como todos los viajes, supongo —dije, mirando por la ventanilla.
      Detenidos en un semáforo, rodeado de coches y personas y edificios, me sentía empequeñecido, acobardado. Las grandes ciudades siempre me acobardaban. Tardaba algunos días en acostumbrarme a tanta gente, a tanta prisa. Yo, que disfrutaba paseando en soledad por parques y jardines, sentía la opresión de aquellas construcciones titánicas, que me negaban el cielo y ocultaban la ciudad a mis ojos curiosos. La luz del semáforo saltó al verde y nos internamos en un laberinto de callejuelas, deteniéndonos cada pocos metros en un atasco o en nuevo semáforo. Sabía que cerca de allí se encontraba la Gran Vía, y que mi hotel quedaba junto a ella, apenas a unos metros. Quería pasear por aquella avenida, recorrerla de punta a punta deleitándome con los carteles de los estrenos cinematográficos. Me habían comentado que aquí, en la capital, en algunos cines todavía se realizaban a mano aquellos carteles, y tener la oportunidad de verlos me causaba gran satisfacción. Llevaba conmigo mi vieja reflex, para no perder detalle de todo lo que viera. En realidad yo era como un turista allí. No me sentía como un invitado de alto nivel, o un conferenciante. Yo era como esos ancianos que realizan un viaje relámpago de fin de semana a Toledo o a Talavera de la Reina para disfrutar de una capea, y luego tienen que escuchar durante dos horas una presentación comercial de una vajilla y una colección de videos, con la que te regalan una enciclopedia. En mi caso, la presentación se llamaba HispaCon.
      —Aquí es, señor Eldritch —me indicó Julio, deteniendo el vehículo junto a la entrada del hotel Mayorazgo—. Le recogeré mañana a las nueve en la cafetería, si no tiene inconveniente.
      —Claro, perfecto. Muchas gracias.
      —No se preocupe. Compartir con usted el viaje ha sido un placer.
       Salimos del coche, Julio me entregó mi bolsa de mano con una sonrisa, y se marchó con un pitido y un gesto de despedida con la mano. Solo de nuevo, subí las escaleras que conducían a la recepción del hotel no sin antes echar un vistazo a aquella diminuta plaza en la que estaba emplazado el hotel, ciertamente acogedora.
      Al ascender por las escaleras y entrar en el edificio advertí un suave aroma a incienso. Observé que todo estaba muy cuidado, con un toque moderno sobre un cierto aire clásico. Los tonos ocres y rojos abundaban, junto con los dorados y el color gris de la piedra y el mármol. Caminé hasta el mostrador de recepción, donde un hombre de mediana edad esbozaba una sonrisa en mi dirección.
      —Buenas noches —dijo el recepcionista.
      —Buenas noches. Tengo una reserva a nombre de Fernando Moreno.
      —Un momento, por favor —respondió el hombre, volviéndose y buscando los datos en un terminal de ordenador.
      En aquel momento fui consciente de cómo me había llamado el joven que me había recogido en la estación. Señor Eldritch. No supe si llorar o echarme a reír. Tod Eldritch era el seudónimo que yo utilizaba en mis novelas. Reconozcámoslo, Fernando Moreno no tenía demasiado gancho comercial. Además, nos encontrábamos en una época editorial confusa, en la que pocas editoriales nacionales se atrevían a lanzar al mercado colecciones de fantasía o ciencia-ficción con nombres hispanos. Había algunos consagrados antes de mi llegada, claro, pero se movían dentro de pequeñas editoriales adscritas al género, sin grandes presupuestos ni grandes tiradas. Cuando T-Moon, una pequeña editorial de literatura fantástica, apostó por mí tras leer la primera novela de la saga, Réplicas en Paraíso, decidimos que lo mejor sería presentar la colección bajo un seudónimo inglés, que no provocase un rechazo en los lectores habituales. Lo curioso fue que, para resultar más verosímil, mi nombre real aparecía como traductor de la obra. Y ahora, aquel chico me llamaba Eldritch. ¿Qué sería lo próximo?
      —¿Señor Moreno? Esta es la llave de su habitación, la ciento cincuenta y siete —dijo el recepcionista, interrumpiendo el hilo de mis pensamientos—. Encontrará los ascensores al final del pasillo. Si desea que alguien le ayude con el equipaje...
      —No, no será necesario, muchas gracias —respondí, y me encaminé hacia los ascensores.
      Entonces aquel hombre me hizo una pregunta, y sentí como mi estómago se revolvía, y una punzada de hielo frío atravesaba mis pulmones. Me detuve, las piernas como gelatina. Inspiré aire, y me volví hacia él, con una mezcla de odio y temor en mi interior.
      —¿Qué... qué ha dicho? —balbuceé, intentando controlar las palabras.
      El recepcionista me observaba con rostro preocupado, sin duda confundido por el efecto que sus palabras habían tenido en mí.
      —Le he preguntado —dijo lentamente, deletreando cada palabra— si sabe cuándo llegará su hermana. La esperábamos esta tarde, y todavía no ha aparecido. Ocupa la habitación contigua a la suya.
      —¿Se trata... de una broma o algo así? —le increpé.
      —¿Una broma? No. Hablé con la señorita Moreno ayer por la noche y me dijo que llegaría esta tarde. ¿He dicho algo que no debiera?
      Le miré, intentando adivinar tras su rostro alguna señal que me dijera que estaba mintiendo, que se burlaba de mí. Nada. Parecía tan sincero, tan convencido de lo que estaba diciendo, que no supe qué responder. Me volví y fui hasta los ascensores. Una vez dentro, pulsé el botón de la primera planta.
      Mi hermana.
      ¿Quién podía haber urdido semejante broma macabra? ¿Quién?
      Salí del ascensor y me interné en un pasillo de moqueta roja y paredes empapeladas de tonos claros. Cuando llegué a la puerta de mi habitación me detuve, escuchando en silencio, temeroso. Las puertas del ascensor se cerraron, y una luz roja se iluminó, indicando que ascendía de piso. Oí unas risas procedentes de la calle, el sonido de un claxon, el rumor de los vehículos deslizándose por lo que supuse sería la Gran Vía. Permanecí varios minutos allí, inmóvil frente a la puerta, sintiendo miedo de abrirla, de encontrar en su interior algo que creía haber perdido hace mucho tiempo. Algo horrible. Finalmente, introduje la llave y entré.
      Dentro no había nadie. Sólo se trataba de otra habitación de hotel, con su cama, su cuarto de baño y su televisor. Dejé la tarjeta que hacía las veces de llave sobre la mesilla y encendí la luz. Me sentía cansado, muy cansado. Apenas terminé de desvestirme y sacar mi pijama de la bolsa, me acosté. Ya me preocuparía mañana de todo, hoy debía dormir. Dormir, y olvidar.

Amaneció tarde, envuelto en nubes oscuras que presagiaban tormenta. Desde la terraza de mi habitación observé la calle, repleta de gente ya desde la mañana. Un nutrido grupo de niños y niñas guiados por dos adultos vestidos con camisa beis y pantalón corto amarillo avanzaba por la Gran Vía en dirección a la Plaza de Callao. Correteaban, saltaban, reían. Algunos de ellos llevaban cámaras y fotografiaban todo lo que veían. Pasaron junto a un enorme cartel que ocupaba toda la fachada de un edificio, anunciando la nueva película de David Fincher, Perdido Street Station. Una extraña criatura con cabeza de pájaro parecía flotar sobre un enorme esqueleto de dinosaurio, mientras las siluetas de unos escarabajos se recortaban sobre el cartel. Recordé haber visto el tráiler en televisión días atrás. Parecía prometedora la idea, aunque no había leído la novela en la que presuntamente estaba basada.
      Hojeé de nuevo el plano que me habían dejado en el hotel y localicé algunas de las emblemáticas calles que cruzaban la Gran Vía, como Montera, Fuencarral u Hortaleza. Me prometí visitarlas si mis obligaciones me lo permitían, y decidí bajar a desayunar. Cuando salí de la habitación comprobé la hora: apenas las ocho y media. Tendría tiempo de disfrutar del desayuno. Con un maletín en la mano y la llave en la otra bajé por las escaleras en dirección a la cafetería. Sentado ante una taza de café caliente, leyendo el periódico del día, disfruté de mi identidad anodina. Allí, en aquel hotel de Madrid, yo era un absoluto desconocido. Quizá algún camarero había leído alguno de mis libros, quizá alguno de los clientes. En cualquier caso, nadie me relacionaría jamás con Tod Eldritch. Terminé el café, le pedí al camarero que lo anotara a mi habitación y aproveché que todavía disponía de unos minutos para pasear por la tienda del hotel. Encontré desde pequeñas reproducciones en metal de la Puerta de Alcalá hasta abanicos con motivos taurinos. Siguiendo una costumbre que con el paso de los años no sólo no he perdido sino que he reforzado, me acerqué a un expositor de libros de bolsillo y elegí uno al azar. Desde muy pequeño, cuando viajaba con mis padres y nos deteníamos en una gasolinera para descansar de camino al lugar de vacaciones, mi padre acostumbraba a buscar un libro, comprarlo y regalármelo. Luego lo firmábamos todos y pasaba a formar parte de mi cada vez más amplia biblioteca personal. Ahora, con más de cuarenta años, yo no había formado una familia, pero seguía comprando un libro en cada uno de mis viajes y firmándolo. Escogí en esta ocasión uno de Mo Hayder, autor que desconocía por completo pero que prometía en la contraportada sensaciones intensas. Cuando pagaba a la joven que atendía el mostrador apareció Julio, con una camiseta que mostraba un corte transversal de las minas subterráneas de las ciudades-gusano de Mundo Waheri. ¿Cuántas camisetas distintas tendrá este bufón?, pensé mientras le tendía la mano y le acompañaba de nuevo al coche.
      Mientras circulábamos por la M-30 en dirección al recinto ferial Juan Carlos I de Madrid tuvimos la oportunidad de mantener una larga charla sobre mi obra, mi vida, y tantas otras cosas relacionadas con mi persona que fetichistas como aquel adoran. Sin embargo, no lo hicimos, cosa que agradecí en silencio. Nuestra conversación derivó acerca de trivialidades y terminó con referencias a la propia HispaCon y a mi esperada participación en ella. He de reconocer que llegué a sentirme cómodo con aquel joven, y ello me sorprendió gratamente. Tomamos el desvío del recinto ferial mientras yo dejaba volar mi mirada sobre los carteles y los edificios. Los primeros me confundían, con continuas referencias a salidas que desconocía y a carreteras nacionales. Lo único que permanecía fijo en todos ellos era el pequeño icono de un avión, que imaginé que representaba el aeropuerto de Barajas. Los segundos me sorprendían, tan altos y tan distintos unos de otros, con multitud de carteles publicitarios en sus fachadas y en sus azoteas.
      Detuvimos el coche en uno de los parkings cercanos al lugar donde se celebraba la feria, tras pasar frente a una plaza donde habían levantado una estatua de Don Juan de Borbón. Los edificios, vistos desde la distancia, me recordaron a grandes contenedores abandonados junto a una estación de tren. Ayudé a Julio a descargar varios ejemplares de Sephiroth apilados en una caja de cartón y luego cerré el coche mientras él los cargaba y me precedía en el camino. Me pregunté cuál sería su relación con aquella revista de aficionados, pero en realidad creo que no quería saberlo.
      —Pretendíamos celebrar la convención en el Palacio Municipal de Exposiciones y Congresos, ese que hemos dejado junto a la estatua de la entrada, pero al final, viendo como iba creciendo el evento, nos decantamos por los pabellones. Aunque no todos, claro. Compartimos el congreso con unas jornadas de gastronomía. Hemos llegado pronto, esto empezará a funcionar sobre las diez y media —me dijo Julio al llegar a la entrada.
      Unos pocos aficionados hacían cola para recoger sus entradas, sin prestar demasiada atención a nuestra presencia. Aquello tenía que durar tres días, así que no era sorprendente que todavía no hubiera demasiada gente. Avanzamos entre varios chicos de peinados estrafalarios y un par de adultos que llevaban gafas, la última moda para aparentar intelectualidad. Desde que las operaciones de miopía se habían convertido en algo corriente aquellos tipos que no habían abandonado sus lentes por motivos meramente estéticos no me eran simpáticos. Al advertir que nosotros no esperábamos la cola para recoger nuestra acreditación algunas cabezas se volvieron en nuestra dirección. Los murmullos crecieron cuando una joven me señaló con la mano y le susurró algo al oído al chico que la acompañaba. Intuyendo que se trataría de un día largo intenté no prestarles demasiada atención, suplicando en silencio que no reunieran el valor necesario para acercarse hasta mí. Julio llamó mi atención apoyando su mano sobre mi hombro y me condujo hasta una mesa alargada, alejada unos metros de la entrada.
      —Luis, aquí te traigo al señor Eldritch —dijo Julio y, dejando la caja sobre la mesa, se despidió con un gesto y se marchó hacia el interior del edificio.
      El joven llamado Luis estrechó mi mano con fuerza y me mostró una sonrisa irregular, de colmillos afilados. A punto estuve de reírme en su cara, pero me contuve y le devolví la sonrisa recordando que con toda probabilidad aquel payaso vampírico era uno de los organizadores. No convenía empezar con mal pie, ya que al día siguiente tenía la presentación del libro. Todavía no podía comprender el repentino interés de la editorial por presentar el nuevo libro en esta convención de segunda fila, pero mi contrato me obligaba a estar presente en estas maniobras publicitarias, así que no le di más vueltas. Disculpándose un instante, el joven se dedicó a buscar en una carpeta de cartón negro mi tarjeta identificativa y mi acreditación como invitado. Miré a mi alrededor mientras el joven se enfrascaba en la búsqueda. Algunos de los presentes ya habían reparado en mi presencia y empezaban a mostrar en sus manos ejemplares de los primeros libros de la saga. Una exuberante joven dio un paso hacia donde me encontraba justo cuando el organizador me tendía la tarjeta.
      —Bueno, aquí esta su tarjeta, señor Moreno —me dijo Luis, entregándome la acreditación—. Disfrute de la estancia.
      Me escabullí apresuradamente entre dos grandes figuras de cartón de Mazinger Z y un bruto mecánico. La nueva apuesta de la industria cinematográfica americana no me terminaba de convencer. Después de haber visto Godzilla no sentía muchas esperanzas con esta nueva adaptación al amanerado cine americano de un clásico japonés por excelencia. Salí al exterior, entré en otro de aquellos bloques y llegué a una sala de exposiciones dedicada a Star Wars, uno de los mitos arquetípicos de aquellos fanáticos conformistas. Resultaba difícil creer que alguien siguiera interesado en la serie tras ver la nueva trilogía, en especial la tercera entrega. Caminé al lado de una réplica del Halcón Milenario junto a la que habían colocado una enorme criatura que no me resultaba familiar. Aquello estaba desierto, así que aproveché para consultar los papeles que me habían dado junto con la tarjeta. Se anunciaban diferentes eventos con poco o nulo interés: dos conferencias a cargo de nombres que yo desconocía, una mesa redonda de escritores y editores, la presentación de una nueva película de ciencia-ficción de producción española y una demostración de juegos de tablero relacionados con la muerte. Además la HispaCon ofrecía varias exposiciones permanentes, una de ellas en la que me encontraba. Decidí dar un paseo por zonas poco transitadas y luego asistir a un par de eventos.
      La jornada transcurrió con pereza. Me detuve varios minutos en el bloque que la organización había asignado para las editoriales y los puestos de venta directa. Hablé con algunos conocidos y saludé a los representantes de T-Moon, que me llevaron a tomar un café a una máquina cercana. Allí me confirmaron que la presentación del libro tendría lugar al día siguiente a las doce de la mañana. Intercambiamos un par de anécdotas y nos despedimos para continuar cada uno con su trabajo. El mío era dejarme ver y firmar autógrafos. Varias personas me reconocieron y me ofrecieron ejemplares de mis libros para que los autografiara. Algunos de ellos llevaban camisetas con motivos de Mundo Waheri, lo que sin duda era una alegría para mis cuentas bancarias. No perdí la sonrisa en ningún momento, e incluso estuve amable cuando me realizaron algunas de aquellas estúpidas preguntas que pretendían descubrir el mensaje filosófico que presuntamente yo incluía en mi obra. Antes de abandonar el bloque me detuve en uno de los puestos y compré una revista dedicada a la literatura pulp americana. Desconocía su existencia, pero su portada llamativa, anunciando contenidos de Ray Cummings y otros autores españoles desconocidos de apellidos impronunciables, llamó mi atención. El hombre que estaba a cargo de la sección me reconoció y me saludó efusivamente antes de entregarme el ejemplar. Después realizó un comentario elogioso sobre mi última novela ajena a las andanzas de Booker Doods, por lo que me dirigí al siguiente bloque a ver la presentación de la película con una sonrisa de complicidad en el rostro.
      Dos hombres de mediana edad y una mujer con el pelo teñido de múltiples colores lanzaban sus disertaciones a una audiencia expectante pero poco receptiva, que parecía creer a pies juntillas en aquel dicho que dice que más vale una imagen que mil palabras. Tras una fútil petición de posibles preguntas al auditorio, apagaron las luces y proyectaron el tráiler de la película. Me sorprendió gratamente a parte de la presencia de Eduardo Noriega y Paz Vega sobre todo la calidad de los efectos especiales y la asombrosa idea de mezclar un futuro militarizado y caótico con entidades míticas de clara influencia lovecraftiana. Mientras los aplausos iban floreciendo me levanté y me dirigí al último bloque, dedicado a los juegos de rol y de tablero. Allí se acumulaban los adolescentes con problemas y los adultos que se niegan a aceptar que la vida les ha hecho envejecer. Recorrí las mesas repletas de miniaturas, dados poliédricos y mazos de cartas. Por mucho que lo intenté no conseguí localizar los juegos con temática de muerte, como anunciaba el papel que me había dado el organizador. Pensando que quizá me había confundido, volví a consultarlo y confirmé que en alguna parte de aquel edificio debían estar realizando la demostración.
      —Perdone, se le ha caído esto —me dijo una joven, tendiéndome la tarjeta identificativa.
      —Gracias —respondí, sonriente.
      Hasta ese momento apenas había prestado atención a aquel trozo de plástico. La sostuve entre mis manos para mirarla con detalle. Bajo el logotipo de la organización habían dibujado un platillo volante rodeado de una franja de color rojo. Junto al platillo, en letras mayúsculas, se encontraba mi nombre.
      Pero no era mi nombre.
      Los dedos me temblaron y a punto estuve de dejar caer de nuevo la tarjeta al suelo. El nombre que aparecía allí era el de mi hermana, Mónica Moreno.

Cuando regresé a la habitación del hotel todavía estaba aterrado. Los organizadores se habían deshecho en disculpas, indicándome que se trataba de un absurdo error. Pero la explicación posterior no me había tranquilizado en absoluto. Al parecer, mi hermana se había inscrito en la convención y le habían entregado mi tarjeta cuando la había recogido la mañana anterior. Estuve a punto de perder los nervios, de gritarles a todos que aquello era imposible, que mi hermana había muerto un mes antes de una sobredosis de heroína, en la soledad de una habitación olvidada en una sórdida pensión de Zaragoza. Pero no lo hubieran entendido, así que no lo hice. Alguien estaba organizando una broma pesada a mi alrededor, una broma que ya había llegado demasiado lejos.
      El hotel permanecía en completo silencio. Ya había anochecido y me encontraba demasiado cansado para seguir pensando en ello. Me acosté y pronto me quedé dormido. Sin embargo, horas después me despertó el sonido del ascensor al detenerse en mi planta. Escuché en silencio las pisadas que avanzaban por el pasillo. Sentía en mi cuerpo desnudo una extraña sensación de frío que me ponía los pelos de punta. Los pasos se detuvieron y tuve la impresión de que fuera quien fuese estaba de pie frente a mi puerta. Pude oír su respiración jadeante, el susurro de su voz. No podía moverme, tal era mi pánico. Entonces alguien dejó caer algo al suelo y dos voces conversaron en voz baja. La puerta de la habitación contigua se abrió con un chasquido y después se cerró de un fuerte golpe. Advertí entonces que había estado conteniendo la respiración, esperando que algo terrible ocurriese. Las risas contenidas en la habitación de al lado no hicieron más que aumentar mi inquietud. Habían encendido la televisión y debían estar viendo un programa cómico. O quizá se reían de mí, de mi miedo.
      —No se puede volver, no se puede volver —murmuré, recordando una oscura película que había visto en televisión algunos meses atrás, y poco a poco volví al mundo de los sueños.

Decidí acudir a la mañana siguiente en taxi a la convención. Julio tenía que aparecer por allí a primera hora para presentar un nuevo número de su fanzine Sephiroth, como me había comentado por la tarde, y a mí no me apetecía demasiado madrugar. Además, dispondría de un poco de tiempo para pasear por la ciudad y realizar unas fotografías.
      Hablé con el recepcionista del hotel y me confirmó que tendría un taxi en la puerta del hotel a las once y media de la mañana. Dado que me había levantado a las diez y había desayunado con rapidez, disponía de algo menos de una hora para perder el tiempo por la Gran Vía. Salí a la calle y encaminé mis pasos hacia la plaza de Callao. Desde allí, según me había indicado el recepcionista, podría bajar por la calle Preciados hasta la Puerta del Sol.
      —No tiene pérdida —había dicho mientras señalaba con un bolígrafo en mi plano del centro de Madrid—. Dejará la FNAC a la izquierda y a los pocos metros ya verá el reloj de la plaza.
      Mientras subía por la Gran Vía pasé frente a varios cines repartidos a ambos lados de la calle, pero el que llamó mi atención fue el cine Capitol, con aquellos grandes carteles dibujados a mano a ambos lados de la marquesina. Me detuve frente a la entrada y realicé varias fotos, intentando captar el rostro apenas reconocible de George Clooney sonriendo a una joven actriz pelirroja, impresos sobre un fondo de estrellas por el que se deslizaba una gran nave espacial de estructura alargada. Con toda probabilidad otro bodrio americano repleto de efectos especiales, de esos que fascinaban a esos presuntos intelectuales de la ciencia-ficción cinematográfica.
      Al llegar a la plaza de Callao lo primero que me sorprendió fue la multitud que surgía de la boca de metro como si de una manifestación se tratara. Avanzaban formando una masa compacta que se iba disgregando según se reflejaba la luz del sol en sus rostros. Algunos se encaminaban hacia la Gran Vía, otros se perdían entre las calles que debían dirigirse hacia mi destino. En cualquier caso, todos parecían caminar solos o en reducidos grupos —parejas, tres personas a lo sumo—, pero tan cerca unos de otros que me resultaba incómoda la idea de cruzar la calle y acercarme a ellos. Atravesé la plaza cuando apenas quedaba una veintena de personas repartidas por los bancos y esperando junto a la entrada del metro. Me detuve junto al quiosco y compré un periódico más por gastar algo de dinero en la capital que por otro motivo. Con el periódico bajo el brazo me dirigí a la FNAC y comencé a bajar por la calle Preciados hacia la Puerta del Sol. La calle rebosaba vida, repleta de gente que avanzaba en ambos sentidos. Pasé junto a un restaurante de comida rápida especializado en sándwichs donde una cola de personas esperaba que les atendiera una jovencita de pelo rojo, y junto a una tienda de zapatos con más carteles de oferta que un supermercado. Me detuve frente a una juguetería que ofrecía servicios de reparación de juguetes antiguos, observando una peculiar muñeca de porcelana de grandes ojos que parecía seguirme con la mirada. Sonreí mientras seguía andando en dirección a la Puerta del Sol, que ya era visible desde donde me encontraba.
      Tras sortear varias sábanas en las que inmigrantes vendían diferentes compactos de música —de eso que la gran masa denomina música, algo más que discutible— e ignorar a dos mujeres orientales que se empeñaban en venderme unos horribles bichos amarillos luminosos, llegué hasta la plaza. A mi izquierda, parcialmente oculto tras una multitud de jóvenes, descubrí la estatua del Oso y el Madroño, tan característica de Madrid. En mi opinión, decepcionante. Di una vuelta por la Puerta del Sol, tomé un par de fotos y luego decidí consultar mi plano para volver al hotel por otro camino. Comprobé que si no quería perderme en un mar de callejuelas lo mejor era volver sobre mis pasos, así que lo hice, subiendo en esta ocasión por la calle del Carmen, y retorné hasta el hotel a esperar mi transporte.

—Buenos días, señor Moreno —me dijo Luis al verme llegar, ofreciéndome la mano.
      La estreché y dejé que me acompañara hasta el lugar donde debería acompañar a mi editor para presentar el libro. Pocos minutos antes, sentado en el taxi, había descubierto en la sección cultural del periódico una noticia que desconocía: Planeta estaba interesado en la compra de T-Moon. Mientras caminábamos entre los aficionados —esquivándolos con cierta habilidad— Luis me habló acerca de la HispaCon del próximo año, que casi con toda seguridad se celebraría en Tenerife.
      —La verdad, yo mismo estoy sorprendido —me dijo, sonriente—. No me imagino un congreso como éste celebrado allí. De hecho, lo que más me preocupa es la asistencia. Si apenas hemos reunido tres mil personas en Madrid, ¿cuántas se desplazarán hasta las islas? Al menos han sido bastante inteligentes y lo celebrarán en Semana Santa, coincidiendo con las fiestas.
      Pasamos junto a dos expositores en los que se exhibían copias de mi último libro. Me detuve para charlar un momento con los encargados, sólo para conocer la ubicación de las tiendas. Una de ellas era de Madrid. La otra, una tienda virtual que sólo vendía a través de Internet, con un almacén situado en Córdoba. Estos últimos me comentaron la posibilidad de pasarme después de la presentación por allí y tomarnos algo juntos. Curioso, cuanto menos, ya que debían conocer mi fama de huraño y arisco.
      —Sabe, señor Moreno, hay una cosa que quería comentarle —continuó Luis mientras nos acercábamos a una de aquellas moles de cemento—, aunque no sé si es buena idea después de lo que ocurrió ayer.
      Le dediqué una mirada fría, pero le animé a continuar con un gesto. No quería volver a oír hablar de mi hermana, al menos no en aquella ciudad, pero le debía una explicación a aquel joven por mi comportamiento. Esbocé una falsa sonrisa, preparando mi réplica a sus palabras. Le explicaría que la muerte de mi hermana me hacía muy sensible a todo aquello y que no me resultaba cómodo hablar de ello en público. Quizá le diría lo del hotel, por si podía tener alguna idea de quién podría haber maquinado algo como aquello. Sin embargo, cuando Luis habló, sentí como se me helaba la sangre.
      —Me refiero a su hermana, claro. Ha estado esta mañana aquí, preguntando por usted. Le he dicho que presentaría su último libro en el pabellón cinco a las doce del mediodía, así que supongo que...
      —¿Qué? —balbuceé, interrumpiéndole— ¿Qué estás diciendo?
      Luis se detuvo y me miró. Se sentía incómodo, de aquello no había duda.
      —Su hermana, señor Moreno. La he visto esta mañana y... —comenzó de nuevo, intranquilo.
      —¿Cómo era? Descríbamela.
      El chico retrocedió un paso, como si temiera que yo fuera a agredirle. Intenté tranquilizarme, controlar mis nervios. Los ojos me dolían como si alguien estuviera intentando extraérmelos con unas pinzas. Supuse que se trataba del comienzo de una migraña, una de las peores, una de aquellas que tendría que sumergir en alcohol de alta graduación para que no se me saltaran las lágrimas.
      —Usted la conocerá mejor que yo, sin duda. Morena, delgada, alta, muy bonita. No paraba de sonreír a todo el mundo. No quisiera molestarle pero, ¿prefiere que no le permitamos la entrada a su hermana al lugar de la presentación?
      —Por el amor de dios —susurré, sintiendo como Luis me observaba como si temiera contagiarse de alguna enfermedad terminal que yo padeciera.
      Me alejé de él, incapaz de comprender qué pretendían todos ellos, todos aquellos mentirosos. ¿Acaso la envidia de mi éxito estaba corrompiéndoles desde el interior? Malditos, malditos todos. Avancé por un lateral del pabellón en dirección a los servicios. Las lágrimas se deslizaban por mis mejillas, y no iba a permitir que nadie me viera en ese estado. Aún quedaban unos minutos para que comenzara la presentación. Ellos no iban a estropearme aquel momento. Malditos mentirosos. Mi hermana no estaba allí, porque apenas un mes antes la habíamos enterrado. Fragmentos del funeral acudieron a mi mente, formando un caleidoscopio de imágenes en las que predominaba el negro. ¿Por qué se empeñaban en hacerme creer que ella estaba allí? ¿Creían que yo no recordaba su terrible muerte, consumida por las drogas en una habitación de hotel? ¿Creían que yo no recordaba su llamada? Malditos, malditos por siempre.
      Entré en los servicios con manos temblorosas. Advertí que estaba sollozando, aunque nadie parecía haber reparado en ello. Desesperado, me encerré en un cubículo y me senté sobre la taza, intentado recuperar el control. Tardé varios minutos en conseguirlo, minutos eternos que transcurrieron entre recuerdos y maldiciones. Cuando salí de allí tras lavarme la cara y secarme con varias toallitas de papel, mi editor y dos personas de la organización realizaron gestos de apremio para que me acercara a la mesa que habían preparado. Nervioso, recorrí con la mirada a la multitud que aguardaba, expectante, la presentación de mi nuevo libro de Mundo Waheri. Abundaban los jóvenes apasionados por el merchandising y algunos de aquellos críticos de baja estofa. El acto podría ser un éxito rotundo o un enfrentamiento verbal absurdo, todo dependería de la ronda de preguntas.
      No pude llegar a ella.
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Ilustración: Valeria Uccelli
      —¿Por qué... me dejaste... morir? —balbuceó con voz pastosa.
      Grité, caí al suelo. Ella permaneció allí de pie, señalándome, mirándome con aquellos ojos vacíos. Grité su nombre, lloré. Luis y Julio corrieron hacia mí, intentaron ayudarme. Yo me deshice de ellos y corrí tras mi hermana, que se dirigía hacia la puerta. La seguí entre bocetos y reproducciones a escala, entre juegos de mesa y aficionados imberbes. Me golpeé con algo, oí un grito. Seguí corriendo tras ella, que se perdía más allá de las puertas de la entrada de la feria. Cuando alcancé la salida la vi varios metros más allá, en una cabina. La miré marcar un número con aquellos dedos de uñas rotas. Llevaba un vestido largo blanco, casi un camisón. O una mortaja. Entonces mi teléfono móvil vibró en mi pecho y caí de rodillas al suelo. No quería responder a aquella llamada, otra vez no. Pero ella esperaba pacientemente, mientras su cuerpo se convulsionaba como si plomo hirviendo circulara por sus venas. Alguien me zarandeó, alguien pronunció mi nombre. Saqué el móvil del bolsillo sin apartar la vista de mi hermana. Descolgué.
      —¿Fernando? —dijo, y sentí como si su boca estuviera llena de arena— ¡Ayúdame, por el amor de Dios!
      Dejé caer el móvil y comencé a llorar de nuevo. Varias personas me rodearon, preguntándome, empujándome, acosándome. Intenté apartarles, pero no pude. Más allá de ellos, mi hermana colgó el teléfono y se dio media vuelta, sin mirarme otra vez.
      —Lo siento, lo siento, lo siento, lo siento... —murmuré, una cantinela entrecortada por los sollozos, y unos instantes después me desmayé.

Sentado en el vagón, miré a través de la ventanilla a la estación de Atocha. Decenas de personas se agolpaban junto a las vías para despedir a sus familiares y amigos. Nadie había acudido a despedirme a mí. En realidad, no debía esperar a nadie. Ella no estaba allí, se había marchado mucho tiempo atrás, perdida en un laberinto de dolor y autocompasión que culminó con su sobredosis. No pudimos hacer nada por ella. No pude hacer nada.
      Me hubiera gustado verla realmente allí, compartiendo conmigo ese momento, enseñarle mi nuevo libro ilustrado. Pero aquello era sólo un sueño imposible. La presentación había sido un desastre y mi comportamiento probablemente haría que descendieran las ventas de mi libro. En realidad no me importaba demasiado. Ya nada me importaba desde aquel día que ella decidió suicidarse y me llamó por teléfono.
      —¿Fernando? —dijo entre sollozos—. ¿Fernando? He decidido dejarlo, ¿sabes? Terminar con todo esto. Fin. He esperado mucho de la vida, Fernando, pero sólo recibo golpes. Y soledad. Cómo duele la soledad, Fernando. Cómo duele.
      No la dejé terminar. Colgué sin dejarla terminar su perorata absurda. La había oído tantas veces antes, tantas veces. Y nunca había ocurrido nada. Nunca. Nunca.
      Señor, cuánto la echo de menos.


Santiago Eximeno

Santiago Eximeno, nació en Madrid, el 23 de Mayo de 1973 (lo que lo convierte en un treintañero). Lo último que ha publicado han sido varios relatos: "El instante más triste" en Solaris 22 de La Factoría de Ideas (relato ganador del I Premio Pasadizo de Literatura de Ciencia Ficción), "Origami" en Antología 10 de Ediciones Minotauro (originalmente publicado en Gigamesh 33, ganador del Premio Ignotus 2003 Mejor Relato) y "Te he visto" en El Parnaso 1, de Ediciones El Parnaso. Por lo demás, en Mayo con el Grupo AJEC le publicará una novela: Asura.


Axxón 138 - Mayo de 2004
Ilustró: Valeria Uccelli

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