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YA NO
Carlos Orsi Martinho



Carlos Orsi Martinho es periodista y, probablemente, el mayor autor del género de terror en lengua portuguesa. Carlos nació en Jundiaí, en el interior del estado de São Paulo, Brasil, el 5 de enero de 1971. Sus primeras historias se publicaron entre 1986 y 1989, en el Diario de Jundiaí y su primer trabajo profesional apareció en 1992, en el N°24 de la edición brasileña de la revista Isaac Asimov. Su primera colección de cuentos fue Medo, Mistério, Morte (1996) y la segunda O Mal de Um Homem (2000), e incluye "A Engrenagem Vulgar", elegido el mejor relato de 1999 por los lectores de la revista Quark. Muchas otras historias de Martinho aparecieron a partir de entonces en distintas antologías y fanzines, tanto nacionales como extranjeros. Su predilección por las ucronías permitirán que vuelva ser huésped de estas páginas muy pronto.

Alfredo Álamo - Sergio Gaut vel Hartman


YA NO
Carlos Orsi Martinho

I.

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Caminando por la calleja oscura, Madeira oyó primero una exhalación, un grito ahogado, no de miedo, sino de anticipación, de entusiasmo. Decidió apretar el paso; la calleja estaba cerca de los arcos del acueducto y si había yanoístas en las cercanías... Una vibración seca, un resplandor azul reflejado por el pozo de agua que estaba más adelante, otro grito, ya no ahogado, ya no de anticipación: ahora, sin duda, era de dolor. Alguien había sido lo bastante estúpido como para intentar saltar la cerca electrificada que aislaba el acueducto, el sistema de torres y los caños que llevaban el fluido verde del Jardín Botánico a las termas imperiales y a los centros de distribución, en el puerto y el aeropuerto. La patrulla llegaría pronto. Una vez más, Madeira se vio obligado a modular correctamente el paso: no tan lento como para ser atrapado en algún sitio sospechoso cuando llegara la patrulla, ni tan rápido como para que un testigo eventual pudiera describirlo como un hombre en fuga.
      Era un juego delicado, con ritmo propio, casi una danza, pero Madeira tenía experiencia.
      A lo lejos, el grito, la frase que daba nombre al movimiento subversivo: "¡Ya No!".
      Durante milenios, eras, la Muerte fue la gran ecualizadora; durante toda la historia, y no importa en qué tierra, bajo qué dios ni en qué familia, nación o tribu, los hombres, a despecho de las advertencias de profetas y filósofos, nunca, jamás, fueron iguales. Pues siempre existieron el bello y el feo, el rico y el pobre, el sabio y el tonto. Sólo en la muerte, en la desesperación, en el polvo, los hombres enfrentaban la Verdad, el hecho, inexorable como la voracidad del gusano, de que todos somos hermanos. Ya no.
      Así comenzaba el panfleto. Madeira conocía el texto de principio a fin. Después de todo, él mismo lo había escrito.


II.

Los yanoístas que habían atacado el acueducto de manera tan desordenada debían de ser poco más que niños... muchachos sin ninguna vinculación concreta con el movimiento, motivados apenas por un impulso romántico, juvenil, de rebeldía. En todo caso, Madeira no tenía conocimiento de ataques programados para esa noche. En realidad, todos los ataques estaban suspendidos desde hacía semanas.
      Sólo unos muchachos, con certeza, apostando contra la suerte.
      No era que el premio valiera la pena. Al menos, aparentemente. El razonamiento, simple y superficial, era el siguiente: si conseguían abrir una brecha en los caños, el fluido verde se desbordaría. Y quien se bañaba en el fluido verde vivía para siempre.
      Pero Madeira sabía que eso no era exactamente cierto. El fluido podía conceder la inmortalidad, sí. El emperador y muchos de sus nobles y generales, vivos desde hacía más de cien años, eran la prueba de eso. Así como los esclavos, negros eternos y sin mente, que se mantenían firmes y fuertes con el fluido, y dóciles gracias al polvo de cartílago de un cierto tipo de pez, al principio importado de Haití y luego desarrollado aquí mismo, por los piscicultores imperiales, en los lagos del Jardín Botánico. Hacía noventa años que en Brasil no entraba, nacía ni moría ningún africano.
      Pero el fluido verde no garantizaba la vida eterna con un único baño; se necesitaban inmersiones periódicas. Mensuales o, a veces, incluso semanales. El Gran Invernadero del Jardín Botánico producía las flores y hojas; la Torre de Bronce, la usina alquímica del Maestro Athanasius, destilaba el fluido.
      Y las bombas, operadas por los músculos de los esclavos sin mente, enviaban el líquido a través del sistema de acueductos.


III.

Mientras se apartaba, Madeira todavía oía el golpeteo de las botas de los patrulleros y, después de eso, más gritos. Le habría gustado aproximarse, interceder por los jóvenes (ya que luchar estaba fuera de la cuestión), pero sabía que sería inútil. Las patrullas eran especialmente violentas e implacables, formadas por pobres diablos y desesperados, personas que aceptaban el trabajo exhaustivo y embrutecedor a cambio de un baño semestral, e incluso anual, en el fluido. Se comentaba que dos inmersiones con un intervalo máximo de trescientos días eran suficientes para alargar la vida de un hombre una década entera.
      Madeira lo dudaba. Pero era con ese tipo de promesa, de rumor, que los aristócratas obtenían la mano de obra necesaria para las tareas que eran demasiado complejas para los esclavos sin mente. Servidumbre a cambio de una brizna de esperanza, ofrecida por el líquido que sólo Athanasius, llamado el Egipcio, sabía preparar.
      El baño de la vida. Algunos nobles, según las habladurías, también bebían la sustancia, un acto inocuo y, al menos aparentemente, desagradable.
      Madeira dobló la esquina, justo a tiempo para oír un estallido seco, seguido por una especie de suspiro, un gorgoteo cansado.
      El sonido de una costilla quebrada, claro. ¡La patrulla estaba muy animada esa noche!


IV.

La discreta música de una campanilla de bronce anunció la entrada de Madeira en la Bodega Minhota. El local no era un bar; no había mesas ni camareros. Se parecía más a una librería en donde, en vez de libros, había vinos en los estantes. Hileras y más hileras de botellas, barrilitos, jarras, copas y toneles venidos de todas partes del imperio. Y del mundo.
      Millani, el italiano que había comprado el establecimiento al dueño anterior —un portugués— tenía, en ese tiempo, el hábito de servir pequeñas muestras de su producto a algunos clientes seleccionados. Las degustaciones tenían lugar junto al mostrador de la caja registradora. Aquella era una noche cálida de una semana cálida y por eso Millani había convencido a los amigos de que probaran un espécimen raro de tinto espumante, servido frío, casi helado.
      Saludaron la llegada de Madeira: Ribeiro, un Oficial de la Marina de rango incierto (el propio nombre, Ribeiro, era de dudosa autenticidad), representante del secreto Círculo Republicano de las Fuerzas Armadas que el Conde de Eu creía haber desbaratado hacía décadas, y los dos Fernandes, el médico y el filólogo. A comienzos de año, ambos se habían comprometido a analizar ciertos microfilms que, según fuentes de Palacio, registraban fragmentos del propio manuscrito. Madeira supuso que estaban allí para presentar un informe; no había nada anormal en eso.
      Pero Millani no estaba junto a la caja. Eso sí era extraño.
      —Ya viene —dijo Ribeiro, presintiendo la pregunta—. Parece que hoy tendremos una sorpresa.
      —¿Y los microfilms?
      —¡Nada! —respondió el Fernandes filólogo—. Parece un idioma de la Polinesia, pero ¿quién sabe? Estoy convencido de que nadie, además de Athanasius y del propio autor, sabe interpretar el código. En cuanto a los dibujos...
      —Nada, tampoco —dijo el Fernandes médico—. Describen algún tipo de planta que debe usarse en la preparación de una especie de baño medicinal, pero sin el texto no hay manera de sacar algo concreto de todo eso.
      —Y nadie sabe quién es el autor del maldito manuscrito —maldijo Madeira, pateando la base del mostrador repetidamente, histéricamente, hasta sentir dolor—. Estamos caminando en círculos. ¡Círculos de mierda!
      Entonces oyeron el susurro de la tela, y vieron que se movía la cortina que ocultaba el pasaje que estaba detrás del mostrador. Por allí apareció Millani.
      El italiano venía seguido por otra figura, poco más que un bulto al principio, pero dotada de un porte que emanaba poder, no poder sobre los demás, sino un tipo de poder más elevado: sobre sí mismo. Autocontrol. Disciplina. Majestad.
      Ribeiro, tal vez movido por un impulso militar, fue el primero en reaccionar ante el nuevo visitante: de inmediato se puso de pie, con el cuerpo rígido y el cuello erguido.
      En la fracción de segundo que siguió, Madeira analizó la reacción de su compañero. No se trataba de una postura de combate, según percibió, sino de respeto: posición de firme. El militar estaba saludando al extraño.
      Entonces un rayo de luz cayó sobre el rostro del hombre que seguía a Millani. Era un rostro arrugado, entrecruzado por miles de pequeñas arrugas y cicatrices; eran tantas las marcas, y tan diminutas, que fácilmente unas se confundían con otras. Sólo que este no era el rostro fláccido de un anciano, mucho menos la faz deformada de un guerrero experimentado; se parecía más a la cara de una estatua, esculpida en granito y dejada durante siglos a merced de la erosión, de los elementos.
      El hombre que la ostentaba no era muy alto ni muy bajo. El cuerpo parecía fuerte, pero con una fuerza tardía, construida no en la juventud, sino forjada durante la madurez.
      El hombre habló, mirando a Madeira:
      —Palabras como "maldito" y "mierda" me parecen poco dignas de alguien que escribió un texto tan bello como el manifiesto yanoísta. La poesía contundente del "Ya No" podría valerle un lugar en la Academia, si no fuese por las implicancias políticas de la inmortalidad... Que lo digan los difuntos Machado de Assis y Euclides da Cunha. —La boca de granito se estira, dibujando una media sonrisa llena de amargura—. Pero comprendo su frustración. Espero que lo que traigo aquí pueda ayudarlos a todos.
      Ahora que oían la voz, no cabían dudas en cuanto a la identidad del extraño.
      ¡Andrada!
      ¡Andrada! El hombre que, hacía casi doscientos años, era como una sombra moviéndose contra el telón de fondo de la historia; el hombre que había hecho de Brasil un verdadero imperio, pero que luego, a la hora de aceptar los laureles, de recibir las honras, había desaparecido. Dado por muerto, pero a quien se le atribuían hechos tales como la articulación del armisticio con Paraguay, la denuncia de los "experimentos" conducidos por Brasil, Inglaterra y Alemania en África, e incluso la victoria brasilera en la Guerra de Panamá, con el dominio del Canal y el subsiguiente aislamiento de los Estados Unidos.
      Andrada. La sombra de la historia. El hombre que había liberado a los esclavos, salvado a los indios, llevado el fluido verde a todos, sin restringirlo a los elegidos y a los aduladores del emperador.
      Andrada. El hombre que siempre había tenido las mejores intenciones, pero que había cometido el peor de todos los pecados: el hombre que había traído a Athanasius a Brasil.
      —Buena parte de la actual situación es responsabilidad mía —dijo súbitamente; su voz ya no recordaba al granito, sino a algo más noble y, al mismo tiempo, incompleto... Para Madeira, era casi como oír las palabras de un oráculo, de la estatua inconclusa de un dios. El sonido del cincel desgastando el mármol—. Una responsabilidad que, realmente, no me agrada. Por lo tanto, creo que llegó la hora de prestar alguna colaboración a quienes luchan contra este estado de cosas. Voy a compartir con ustedes toda la información de que dispongo.
      A continuación hizo una pausa, durante la cual el farol a gas —Millani no tenía dinero para instalar energía eléctrica— vaciló de una manera que habría sido casi imperceptible de no ser por la breve y cómica danza de las sombras contra los toneles de roble. Entonces Andrada continuó:
      —Comenzaré por el principio. La información es vieja para mí, pero la que consta en los libros de historia está tristemente distorsionada. —Sonrió—. Conocí a Athanasius poco después de asumir la cátedra de Metalurgia, en Coimbra. Eso fue, caballeros, hace doscientos años. Él formaba parte del cuerpo docente de la universidad hacía algún tiempo... en esa época nadie tenía idea de cuánto tiempo... y, a pesar de que no estaba vinculado directamente con mi cátedra, acabó por buscarme. Nos hicimos amigos.
      La mirada de la Gran Figura se perdió por unos instantes; Madeira notó que una cierta humedad, como condensada a partir del propio aire, pareció por un momento manchar el borde de las pupilas dilatadas. Pero eso duró menos de un minuto:
      —Hoy, reflexionando sobre aquellos días, creo que el viejo alquimista... porque en aquella época ya era viejo; los primeros registros sobre un tal Athanasius, monje y alquimista, datan de por lo menos 1666... se acercó a mí por solo el hecho de saber que yo era brasilero y él albergaba intereses muy claros en relación con Brasil.
      —¿Qué intereses? —quiso saber el Fernandes filólogo.
      —Geología. Botánica. Más que nada botánica, creo. Conversábamos mucho, al principio sobre metales... Athanasius creía que un ácido, si era lo bastante fuerte, podía quemar todas las impurezas del plomo, transformándolo en oro. Eran diálogos fantasiosos, pero el hombre poseía un talento genuino para los metales, a pesar de que su verdadero campo de interés fuese la botánica, seguida de cerca por la medicina.
      —¿Medicina? ¡Dios, el conocimiento que debe de haber acumulado ese hombre! Incluso sin contar el fluido, cuántas enfermedades habrá...
      Un gesto de Millani hizo que el Fernandes médico se callara. Andrada continuó:
      —En todo caso, lo vi hacer maravillas en el campo de la metalurgia y de la geología. Dissolve et coagula, sí, una de las divisas de la alquimia renacentista... y delante de mis propios ojos, Athanasius llevó a cabo estas dos operaciones en sustancias y formas que jamás imaginé posibles. Cierta vez, en una cripta subterránea de un viejo cementerio, lo ayudé a destilar hierro y otros metales más nobles y tóxicos de un cadáver humano... ¡Un cuerpo de mujer que fue reducido a dos gotas plateadas, incandescentes, frente a mis propios ojos! La luz trémula del candelero sobre la tierra oscura... Después el metal hirvió, se evaporó y salimos de allí con los ojos ardiendo.
      Andrada se mordió el labio inferior y se bebió media copa de vino de un sorbo. Madeira se percató de que le temblaba la mano.
      —Como ya he dicho, su principal área de interés era la botánica y la medicina —continuó Andrada—. No sé si yo y algunos otros compañeros, que resistimos la invasión de Napoleón a Portugal, habríamos sobrevivido sin el auxilio de las pociones de Athanasius. Es probable que no. De cualquier forma, cuando regresé a Brasil él vino conmigo. Cuando me convertí en el próximo Príncipe Regente, Athanasius usó nuestra vinculación para obtener hombres y armas, un barco, víveres, un salvoconducto. Desapareció en el Gran Pará. Y regresó casi veinte años después...
      —Con el secreto del fluido verde —completó el Fernandes médico—. Es historia conocida.
      —No —dijo Andrada—. No exactamente con el secreto. Lo poseía desde 1666, desde que el Manuscrito Indescifrable le fuera enviado por uno de los herederos de Rodolfo de Bohemia, el rey que había transformado Praga en un paraíso para los astrólogos, demonólatras, herejes y alquimistas. Lo que Athanasius no tenía, y obtuvo gracias a mí, eran los medios y las materias primas para producir el fluido a escala industrial. Fue eso lo que cambió la historia.
      —Comprendo...
      —Él resurgió poco después de que me ofrecieran asumir la tutela del infante Pedro de Alcántara. A través de mí, logró tener influencia sobre el joven heredero. Con dos o tres demostraciones más que eficientes, conquistó además el favor de la Regencia. Y, con el beneplácito de la Corona Imperial, inició la implantación del Jardín Botánico de Río de Janeiro. Y allí dentro hizo erigir la Torre de Bronce, y el Gran Invernadero donde se puso a cultivar las plantas encontradas durante su viaje.
      Millani llenó la copa de Andrada. Madeira notó que ese vino no era espumante. ¿Qué estaría bebiendo Andrada? Por la apariencia, algo más fuerte, espeso... ¿un jerez?
      —Al principio —una vez más, la humedad hizo brillar sus opacas pupilas—, parecía que crearíamos el Paraíso en la Tierra. Con el fluido verde, la Voluntad Imperial concedería la vida eterna a los mayores, a los merecedores, a los más elevados entre los hombres; filósofos y científicos, grandes hombres de letras, de Brasil, de Europa, de toda América, se volverían inmortales por sus obras, pero también en la carne. Ningún genio se apagaría jamás; la humanidad nunca volvería a llorar la pérdida de un gran poeta. Surgieron las Grandes Academias de Letras, de Música, de Ciencias. ¡Y quien ingresase en ellas, ya no moriría!
      Ahora la voz de Andrada no era más la del cincel, sino la de un oráculo pleno. Era un dios, profiriendo portentos desde lo alto de su templo.
      —Así fue, al comienzo. ¡Me enorgullece haber participado en eso! Todo lo bueno que hoy tenemos en el mundo, su ciencia, sus maravillas, proviene de aquella época sagrada, de las Décadas de Oro. Pero...
      Vació la copa de una sola vez. Ahora, cada palabra emergía acompañada por un fuerte aliento a alcohol:
      —Las influencias rastreras se abrieron paso hasta llegar al joven Pedro, ya revestido con el manto del Emperador. Las Academias sufrieron purgas. Machado de Assis, Pasteur, Graham Bell, entre otros... muertos. Yo mismo fui exiliado... Solamente Athanasius el Egipcio, el Maldito, crecía en prestigio y poder. Instigando el miedo y la envidia, el viejo alquimista pronto se convirtió en el emperador de facto. Hace cien años, esa fue nuestra pesadilla, señores. Hace cien años que vivo huyendo, usando nombres falsos, disfraces, documentos falsificados y viejos lazos de amistad, cada vez más tenues y espaciados, para obtener baños clandestinos de fluido verde... a veces, apenas uno por año. Apenas lo suficiente para poder trabajar, luchar y mantener vivo el recuerdo, la llama de otra época.
      Lanzó una carcajada hueca, sombría, antes de continuar:
      —Durante todo ese tiempo, sin embargo, guardé copias de los planos originales del Invernadero y de la Torre de Bronce; recientemente, obtuve datos sobre las medidas de seguridad actuales y sobre las modificaciones... bastante pocas, créanme... efectuadas durante el último siglo. A pesar de todo, aún no me sentía capaz de actuar. De buscar a personas como ustedes.
      —¿Y por qué no? —preguntó Madeira—. ¿Con los planos y una descripción de las medidas de seguridad, qué más podemos necesitar?
      —¿Qué haría usted con esa información?—quiso saber Andrada—. ¿Invadiría la Torre? Pues bien. ¿Y para qué? ¿Para matar a Athanasius? ¿Para robar el Manuscrito Indescifrable? Cualquiera de esas acciones resultaría inocua, y hasta deletérea, sin un último dato esencial, que cayó en mis manos apenas hace pocos días, a costa de la vida de muchos agentes fieles.
      —¿Y qué dato es ese?
      —¡La clave del código del Manuscrito!


V.

El sol casi nacía cuando el texto surgió por fin, descifrado. La tarea no había sido simple: primero, los caracteres peculiares del manuscrito debieron ser convertidos; segundo, la clave proporcionada por Andrada estaba en enoquiano, el Idioma de los Ángeles, una lengua que había sido revelada por los Poderes Celestiales al astrólogo inglés John Dee durante el período isabelino. Después, traducir la lengua angelical al inglés, pero no al inglés común, sino a una versión del siglo XVII, llena de abreviaturas peculiares, latinismos, términos bárbaros y esotéricos.
      Finalmente, el texto en portugués.
      El sabio anciano que desea rejuvenecer debe hacerse dividir en muchas partes y cada miembro debe ser hervido separadamente, hasta que se cueza del todo y completamente; es entonces cuando las partes se reunirán y rejuvenecerán con gran potencia.
      —¿Qué diablos es esto? —preguntó el Fernandes filólogo—. Tengo la seguridad de que la traducción es así, pero no tiene el menor sentido.
      —No, es eso mismo —garantizó el médico—. Reconozco el pasaje. Es un fragmento del Splendor solis, un manual de alquimia del siglo XVI, bastante popular en esa época. Estudié muchos de esos textos, intentando llegar al secreto del líquido verde. Sin éxito, claro.
      —Bien, ¿leíste el tal Splendor, entonces? —preguntó Madeira.
      —Sí.
      —¿Y el secreto no estaba allí?
      —No.
      —¿Entonces, qué...?
      —Es posible —sugirió Andrada— que el fragmento microfilmado haya sido extraído de la introducción del Manuscrito. Tal vez sólo existan copias de pasajes así, piénsenlo bien: citas de otros trabajos, frases inocuas. Si conozco a Athanasius, él jamás permitiría que algún fragmento realmente significativo fuese copiado o fotografiado.
      —Siempre imaginamos —dijo Millani— que a Athanasius no le importaba mucho todo eso, pues pensaba que el texto era indescifrable. Que todo el secreto en torno a los microfilms era apenas una formalidad.
      Andrada sacudió la cabeza.
      —Athanasius puede ser muchas cosas, pero no es descuidado. Más que nadie, él sabe que ningún secreto que esté dentro del alcance de la comprensión humana dura para siempre, a no ser que sea preservado activamente. Esa frase, a propósito, es suya. Pero... ¡Esperen! —El rostro de granito se volvió hacia la ventana angosta, casi pegada al techo, por donde ahora pasaba un rayo de luz amarilla, visible gracias al polvo suspendido en el aire—. Caballeros, veo que empieza a salir el sol. Dudo que nuestra causa pueda triunfar si permanezco aquí. Dejo al cuidado del señor Millani copias de todos los mapas y anotaciones que tengo en mi poder. Sugiero que utilicen ese material para obtener las páginas originales del Manuscrito Indescifrable, el primer paso para el restablecimiento de la Era de Oro.
      Madeira admiró la forma rápida y eficiente con que Andrada usó su propio manto para ocultar y disfrazar su cuerpo, formando protuberancias con la tela y creando una leve impresión de deformidad que no coincidía con la realidad.
      —La forma en que esto se hará —dijo el viejo conspirador— la dejo a cargo de ustedes. Me limito a decir que la clave del código exigió mucho de mi red personal de influencias, de mis disfraces y mis recursos. Tal vez me lleve décadas poder volver a actuar de forma tan eficiente. Resumiendo, corrí un gran riesgo al venir aquí personalmente para traerles esto. Hagan buen uso de esa información. No es exagerado decir que el destino del mundo está en sus manos.
      En respuesta a un gesto de cabeza de Andrada, Millani volvió a apartar la cortina detrás del mostrador. La figura atravesó el vano y el sonido de sus pasos pronto se perdió en el fondo de la tienda.
      —No sabía que había una puerta en el fondo —comentó Madeira.
      —Usted ni siquiera sabe cómo se llama mi madre —respondió el italiano—. ¡Ah!
      —Qué hombre grandilocuente, ¿no? —se burló el filólogo—. "El destino del mundo..." ¡Ah!
      Ribeiro lanzó una mirada fría, cortante, en dirección a su amigo:
      —¿No se te ha ocurrido aún el hecho, absolutamente aterrador, de que tiene toda la razón al respecto?


VI.

Dos días después, poco antes de la una de la tarde, Madeira caminaba en dirección al Jardín Botánico, con una cesta de picnic colgada del brazo. No había nada excepcional en eso: apenas un carioca más, yendo a almorzar al Círculo Externo, la parte pública del jardín.
      Conforme andaba, Madeira cavilaba sobre la frase de Andrada referida al "destino del mundo". ¿No sería, de verdad, una exageración? Muy bien, pensaba: lo cierto era que, en los últimos 160 años, la sangre de Orleáns y de Braganza había encontrado espacio en todas las Casa Reales europeas, desde los escandinavos hasta el Zar de Todas las Rusias, pasando por Inglaterra, España, Italia y Alemania, hasta las monarquías no europeas, como la de Irán y Japón.
      Al mismo tiempo, Brasil había crecido hasta alcanzar las proporciones de un verdadero Imperio, extendiéndose desde la provincia de Argentina hasta el virreinato de México. Y todo ello casi sin derramamiento de sangre, al menos de sangre brasilera. Naciones enteras habían sido sublevadas, y algunas realmente compradas, con la promesa del fluido verde.
      ¿Cuántos golpes de estado habían fomentado el Servicio Imperial y la Casa Diplomática? ¿Cuántas pequeñas revoluciones? ¿Cuántas elecciones, plebiscitos, casamientos y muertes habían sido arreglados, al precio de un baño en el precioso líquido? La mera sugerencia de la vida eterna era suficiente para transformar a los líderes en peones, a los patriotas en traidores, a los hombres libres en esclavos.
      Las únicas guerras verdaderas habían sido contra Paraguay primero y, más tarde, la Gran Guerra de Panamá, contra los Estados Unidos, por el control del canal. E incluso ésta última había sido ganada, gracias, una vez más, al soborno y a la sedición. Al poder insidioso, corruptor, de la inmortalidad; incluso entre los fanáticos anglosajones puritanos del Norte que, en público y desde sus púlpitos, clamaban por la destrucción de Río de Janeiro, de Athanasius y del secreto del manuscrito, había algunos para quienes la tentación había sido demasiado fuerte.
      Y, claro, las potencias europeas y asiáticas no habían tolerado el ataque suicida de los dirigibles norteamericanos, enviados para bombardear Río; el mismo mundo que odiaba a Athanasius, que temía a Athanasius, era el que no estaba dispuesto a pagar el precio de perder el secreto que sólo el viejo alquimista poseía. En ese ambiente, había sido fácil para Andrada obtener hombres y recursos para la misión secreta que saboteó a la flota y selló el destino de los EE.UU.
      No obstante, algunos hombres se habían resistido. Los nombres de Alberto Santos Dumont, H.G. Wells, Sigmund Freud y Albert Einstein pasaron rápidamente por la mente de Madeira: hombres que habían escogido la muerte, el curso natural de las cosas, en lugar de la servidumbre. Que habían rechazado, de pronto, la oferta de vida eterna.
      Pero habían sido minoría. , pensó Madeira, el secreto del fluido verde moldeó el destino de este mundo; no es exageración, no es melodrama. Y lo que pretendo hacer, claro, va a cambiar todo de nuevo... Aunque no sea posible borrar un siglo y medio de historia, se dijo, puedo garantizar que el siglo XXI será, como mínimo...
      La última palabra era "diferente" o "interesante". Madeira no tuvo oportunidad de escogerla, pues ya estaba llegando al portón del Círculo Externo y sus pensamientos tomaron un nuevo rumbo, más práctico.
      Allí lo esperaba un automóvil. No uno de los modelos con carrocería de oro y jacarandá, como los proyectados y construidos por los artesanos italianos, ingleses y alemanes que infestaban la Corte, sino una máquina más grosera, de chapa y madera común. Probablemente, una creación de las oficinas del Ejército.
      Parado junto al automóvil, Ribeiro le hacía señas.
      El plan estaba a punto de comenzar.


VII.

—Bueno, entrar fue fácil —dijo Madeira, contemplando las paredes a izquierda y derecha: masas sólidas de espinas y flores amarillas—. Ningún guardia.
      —Entrar en un laberinto siempre es fácil —respondió Ribeiro, con una sonrisa nerviosa—. La dificultad está en salir. O estaba, antes de que Andrada nos entregara los mapas.
      Ahora era el militar quien cargaba la cesta traída por Madeira. Ya habían almorzado. Madeira llevaba un mapa y algunas notas, extraídas de un dossier preparado por Andrada, y algunas cápsulas de gel inerte que contenían, irónicamente, una de las creaciones del propio Athanasius: solvente universal. Un recurso necesario, ya que nadie había sido capaz de informar cuál era la combinación del cofre donde se guardaba el manuscrito.
      Madeira no parecía asustado por la posibilidad de que dicho "solvente universal" corroyera también las cápsulas de gel que guardaba en los bolsillos. Dijo:
      —Ustedes... quiero decir, los republicanos... vienen intentando algo así desde hace décadas, ¿verdad? Descubrir el camino del laberinto.
      —Más o menos... Nuestros mejores estrategas siempre imaginaron que era un laberinto cretense, lo que equivale a decir: un laberinto donde es imposible perderse. Un laberinto que ofrece un camino único, que uno está obligado a seguir, pero que está lleno de circunvoluciones, lo que impide ver qué hay más adelante. El lugar perfecto para que lo resguarde un monstruo, ¿no? Es inevitable encontrar al Minotauro... pero es imposible prever cuándo.
      —Es cierto. Pero los papeles de Andrada decían que es un laberinto trenzado. Los únicos que entendieron eso fueron tú y uno de los Fernandes. ¿Qué quiere decir?
      —Un "laberinto trenzado" está desprovisto de corredores sin salida. En un laberinto así, es posible caminar en círculos durante horas sin darse cuenta. Este es el caso aquí, lo que me hace pensar en las personas que entraron en este laberinto y nunca más fueron vistas: niños, ¿verdad? Hay años en que desaparecen hasta dos o tres. Siempre imaginé que eran capturados por los guardias. Pero en un laberinto trenzado, tal vez apenas sólo estén perdidos... Me pregunto si no encontraremos algún niño vagando por ahí.
      —Si realmente se perdió algún niño en este sitio, ya debe estar muerto. Estas zarzas no son nada comestibles. ¿De qué viviría?
      —¿De los niños menores?
      La voz de Ribeiro no demostraba señal alguna de humor, ningún cambio de inflexión. Los ojos, casi invisibles entre los párpados, semicerrados contra el fuerte brillo del sol, no parecían transmitir la menor emoción. Involuntariamente, Madeira se vio considerando la plausibilidad de tal cosa: un laberinto habitado por pequeños caníbales.
      En los folletos turísticos, el laberinto figuraba como el segundo círculo del Jardín Botánico. Todos los visitantes recibían instrucciones estrictas de no aventurarse más allá de la segunda bifurcación. En la práctica, ésta marcaba el final del área pública del Jardín y el inicio del sector de seguridad.
      En el centro del laberinto había un edificio octogonal, de dos pisos y con paredes de vidrio: el Invernadero. Y en el centro de la Invernadero se erguía, con sus quince pisos, la usina de la inmortalidad, la críptica Torre de Bronce.
      De cada una de las ocho caras de la Torre se proyectaba uno de los troncos principales del acueducto que llevaba el fluido verde hacia la red de distribución imperial. La comparación de la estructura con una gran araña dorada, apoyada sobre una tela de zarzas —el laberinto— ya había sido propuesta por más de un poeta.
      Los folletos turísticos tenían fotos aéreas del Jardín. Muchos ya habían intentado usar esas fotos, en versión ampliada, para develar el secreto del laberinto, pero no habían tenido éxito. Ni siquiera las fotos tomadas clandestinamente desde dirigibles con licencia diplomática habían sido de utilidad.
      Ribeiro lo sabía bien. El movimiento republicano de las Fuerzas Armadas, aunque pequeño, también era muy antiguo y, al contrario de lo que decía la historia oficial, no había sido erradicado por los inmortales del Estado Mayor durante la Gran Purga que siguió al golpe frustrado de 1932. Los republicanos, sencillamente, habían decidido sumergirse en un período de extrema discreción.
      La discreción no les impedía echar mano de algunos recursos del Ministerio de Guerra, principalmente cuando nadie los estaba mirando. Uno de esos recursos era el gran Cerebro Electrónico del Centro de Cartografía y Estrategia. El aparato, que ocupaba dos pisos del subsuelo de la sede del Centro, en las entrañas del Corcovado, había pasado más de una madrugada computando rutas para atravesar el laberinto del Jardín Botánico.
      Se habían usado todos los algoritmos conocidos, incluidos el de Tremaux, el de Prim, el de Kruskal. Ninguno había llegado a producir resultados inteligibles. Un gran matemático británico, uno de los genios que habían optado por envejecer y morir naturalmente, había sido contactado a través de canales clandestinos. Su opinión era que la topografía en que se basaba el laberinto escapaba a la comprensión de las geometrías a pequeña escala; que el terreno había sido preparado como un modelo de continuum macrocósmico; que intentar analizarlo con los instrumentos y técnicas habituales era como tratar de medir una esfera con una regla común.
      Finalmente, sin embargo, la solución ofrecida por Andrada hablaba de pasajes secretos y paredes falsas. También alertaba contra el perfume y el polen de las flores amarillas, emanaciones sutiles al olfato pero que saturaban el aire dentro y sobre la estructura, distorsionando los medios naturales de propagación, refracción y reflexión de la luz.
      En eso pensaba Ribeiro ahora: ninguna entidad cósmica, ninguna brujería. Apenas trucos: prestidigitación, legerdemain, la técnica y el arte de la magia teatral. La capacidad de desviar la atención, resaltar lo irrelevante, ocultar lo esencial.
      ¿Y Athanasius sería apenas eso? ¿Un mago de teatro? Pero la inmortalidad era real.
      ¿Y si el manuscrito no fuese más que un efecto escénico? ¿Si el secreto fuese otra cosa, estuviese en otro lugar?
      Bueno, pronto lo descubriremos, pensó el militar, notando que el sonido de los pasos de Madeira, el suave crujido de las hojas caídas en el sustrato húmedo, había cesado. Llegamos.
      Las paredes de zarza se abrían, en un formato de delta. Pero donde debía estar el vértice del triángulo había un pasadizo, custodiado por dos estatuas de mármol que representaban al dios Jano, de dos rostros: uno mirando al pasado y otro al futuro.
      Había estatuas de Jano en todas las intersecciones del laberinto. Uno de los rostros del dios miraba hacia el corredor que tenía delante; la otra, hacia el que estaba detrás. Rostros idénticos en cuerpos perfectamente simétricos, formando un conjunto que, en verdad, se burlaba de las nociones de tiempo, rumbo y camino. ¿De dónde vine? ¿A dónde voy? Cada estatua decía, con su mirada neutra y su expresión indiferente, que el punto de destino equivalía al punto de partida.
      Pero no exactamente, según sabían Madeira y Ribeiro. Después de estudiar los papeles de Andrada, habían aprendido que algunas de esas estatuas, aparentemente idénticas, eran marcas, señales, pasadizos ocultos. Detalles tan insignificantes como la uña de un pulgar, la curva de una nariz, la sombra del manto, la fracción de grado del ángulo existente entre dos tobillos.
      Todo significaba.
      —Es aquí —dijo Madeira—. El pasadizo está debajo del Jano de la derecha. Para activarlo...
      —Ya recuerdo —respondió Ribeiro, poniendo la cesta en el suelo y agachándose para abrirla y revelar un conjunto de herramientas y armas—. Ahora necesito...
      La frase fue interrumpida por un sonido brusco, como de un objeto pesado golpeando el piso. Ribeiro tuvo tiempo de darse vuelta para enfrentar la mirada indiferente del Jano de la izquierda, que había descendido de su pedestal y sujetaba a Madeira, ya casi inconsciente, por el pescuezo.
      Después, el puño de mármol lo golpeó directamente en el rostro. La última sensación de Ribeiro fue el gusto salado de su propia sangre.


VIII.

Madeira corría, agradeciendo la sensación de adormecimiento en la garganta, lo que le impedía gritar. Mientras corría, su mano izquierda se deshizo, toda piel y carne en dolorosa ebullición, desprendiéndose en medio de una nube de vapor rosado de olor nauseabundo, dulzón.
      Estaba en otro laberinto: bajo la tierra. Ribeiro estaba en algún sitio, allá arriba, en el jardín, muerto o capturado. El mismo Madeira habría muerto si no se le hubiese ocurrido la idea de aplastar algunas cápsulas de gel contra el antebrazo de la estatua que lo estrangulaba.
      Aplastarlas con la palma de su mano.
      Después había corrido, hasta caer, rodando, por una especie de túnel o foso abierto en el sitio donde estaba el pedestal del que había descendido el autómata. Su caída quedó amortiguada por un cuerpo, el de un esclavo sin mente que pasaba por allí. La pobre criatura no reaccionó, no gritó ni hizo ningún gesto de sorpresa o alarma. Simplemente se puso de pie y continuó, cojeando, su camino.
      Estoy seguro de que le quebré una pierna, pensó Madeira, olvidando por unos instantes su propio dolor.
      Ahora sentía los ojos nublados, calientes, llenos de lágrimas. Fue recién al percibir algo tibio y de sabor metálico en la boca que advirtió que se había mordido el labio y la lengua.
      Ambos sangraban.
      Miró hacia atrás: estaba en una especie de tubo; la única luz parecía provenir de la abertura oblicua, redondeada, por donde había caído.
      No obstante, su cuerpo proyectaba dos sombras, una a la derecha y otra a la izquierda. Distorsionadas por el arco cóncavo de la pared del túnel, parecían las alas de un gran pájaro negro.
      Un majestuoso urubu, pensó, sin ganas de reír. Una voz indefinida, proveniente del fondo de su mente, le avisó que el dolor debía de estar comenzando a afectarle la razón.
      Si oyó esa voz, Madeira no le prestó atención.
      Sin nada mejor que hacer, se dedicó a recorrer el tubo.


IX.

—Te dije que mi pequeña estratagema iba a hacerlos salir de su guarida. Sólo tuvimos que ofrecerles una carnada bien sabrosa...
      Athanasius estaba en el atrio de la planta baja de la Torre de Bronce, el corazón industrial de la Gran Usina.
      El lugar preferido.
      La opera prima.
      El hogar.
      Frente a él, un intrincado sistema de ruedas, palancas, engranajes, cilindros y bielas trabajaba en el más absoluto silencio. El aparato ocupaba toda la altura de la torre y atravesaba el piso de mármol rosado, hundiéndose en el subsuelo.
      La planta baja, donde se encontraba el alquimista, era el único nivel que poseía un piso sólido. Encima del mármol, alrededor del hueco central de la torre y a lo largo de toda la altura del edificio, el espacio entre el aparato y las paredes de bronce era interrumpido, aquí y allá, por una espiral simple, hecha de plataformas metálicas, que daba acceso a puntos específicos del Molino... así era como Athanasius llamaba a su silenciosa creación.
      Por la espiral caminaban los esclavos sin mente, trabajando como abejas u hormigas para mantener a la reina alimentada y saludable. Esos esclavos salían de pasadizos tubulares que se abrían en la superficie interna de la torre.
      El grosor del espacio que separaba la cara externa de la Torre de las paredes internas no era nada despreciable. Ese era otro truco, otro legerdemain del alquimista: para un observador casual, un noble visitante, la Torre del Bronce parecería hueca, un simple galpón metálico, construido para albergar al Molino y sustentar el volumen de la gran caja de distribución montada en su pináculo. Pero, en realidad, toda la estructura estaba entrecortada por corredores, cámaras, rampas y escaleras: una colmena secreta habitada por esclavos.
      Todo sumido en el silencio. Como máximo, el sonido de una respiración, de un tenue suspiro, cada hora y media.
      Como máximo.
      El conjunto no dejaba de maravillar a Andrada (o al seudo-Andrada, como Athanasius prefería llamarlo en sus pensamientos). Era, al mismo tiempo, como el mecanismo sofisticado de un reloj suizo, con el equilibrio, tan preciso como primitivo, de una clepsidra, y también era como la maquinaria sucia y pesada de una locomotora a vapor.
      —De todos modos —dijo Andrada—, fue una jugada riesgosa. Entregar la clave del código...
      —La "clave" sólo servía para los fragmentos en microfilm que yo divulgué. —Los ojos de Athanasius, inyectados, con las pupilas de color verde sucio, brillaban—. Fue un proceso lento, lo admito. Más de veinte años, entre el vaciamiento de los films y este resultado... pero tiempo es lo que nos sobra, ¿no? ¡Y mira el resultado!
      El alquimista hizo un gesto aparatoso con la mano izquierda. Los sensores ocultos leyeron el patrón de movimiento y el aire delante de los ojos de ambos amigos comenzó a brillar.
      —A esto lo llamo electrocinematografía —dijo Athanasius, lanzando una mirada de soslayo en dirección a Andrada—. Uno más de los juguetes creados por los jóvenes postulantes a la Academia de Ciencias. Es increíble el tipo de idea que las personas están dispuestas a llevar a la práctica para agradar al emperador... y a mí.
      —El mecenato de Su Majestad viene impulsando las artes y las ciencias hace más de un siglo —dijo Andrada, como quien recita un responso en misa—. Es una pena que el pueblo no pueda disfrutar también eso —agregó.
      —¿El pueblo? ¡Ah! ¿Cuántos campesinos hicieron decorar sus casas por Da Vinci o Miguel Ángel? El arte y la ciencia son privilegio de la nobleza. Siempre lo fueron, siempre lo serán. A los demás les damos pan viejo, burdeles, licencias para construir sus propias máquinas automóviles si lo desean. No sabrían qué hacer si les damos más.
      El volumen de aire convertido en pantalla de proyección mostraba la estatua de Jano, que tenía en brazos el cuerpo ensangrentado de Ribeiro.
      —Espero que, a pesar del desastre que es su mandíbula, la caja craneana todavía esté intacta —dijo Athanasius, pensativo—. Puedo extraer mucha información de un cerebro fresco, siempre que esté razonablemente intacto. Esos payasos del Estado Mayor, garantizando que no había más republicanismo entre los militares... como castigo, los dejaré sin fluido por un mes.
      Andrada cerró los puños con fuerza, hasta sentir que los dedos le estallaban.
      —Oh, es una perspectiva desagradable, ¿no? Apenas oyes hablar de privación y ya tiemblas, gran estadista... ¡Ah! Qué gracioso que nunca nadie haya notado que todas las personas que desistieron voluntariamente del tratamiento con el fluido verde lo hicieron antes de completar quince años de inmersiones regulares. ¿Por qué será? —Rió.
      —¿Dónde está el otro hombre? —preguntó Andrada, esforzándose por no temblar, no gritar, no llorar; intentando cambiar de tema, intentando esconder de sí mismo la vergüenza por lo que había hecho, por lo que el vicio le había obligado a hacer, y aún así desesperado por recibir otro baño, otra dosis.
      —El imbécil usó cápsulas de solvente universal para librarse de mi autómata —respondió Athanasius—. Claro, la sustancia le salpicó la piel, y con toda certeza ya está en su corriente sanguínea. Dentro de poco, uno de mis esclavos tropezará con una pila de huesos corroídos, no te preocupes; solo es preciso tener cuidado para que el residuo final no cause desgaste en los túneles. Ese cretino es más cadáver que su colega, el militar.
      —Siento pena por ellos...
      La carcajada de Athanasius reverberó en la torre, formó ecos, se multiplicó; el sonido era como el de una plancha de hielo quebradizo partiéndose en dos. Cortada por la pala de un sepulturero, pensó Andrada involuntariamente, mientras elevaba la mirada hacia la interminable procesión de esclavos de la plataforma espiral. Por un instante, envidió al Molino y a los sin mente: máquinas descerebradas, inmunes a la culpa, a la repulsión.
      —¿Sientes? ¿Sientes? —La boca del alquimista se contorsionó en una sonrisa—. Oh, qué palabra sublime, qué emoción profunda... ¡Tú no sientes nada! O mejor dicho, sientes, sí: la agonía de la abstinencia: el endurecimiento de las arterias, de los huesos, que tal vez se deshagan por la presión de su propio peso, el gusto a carne podrida en la lengua... cuantos más días pasas sin un baño, más te sientes un cadáver ambulante, ¿verdad? Espinas en la carne, agonía en el espíritu. Es necesario optar, ¿no?
      —Sí. —Andrada comenzó a caminar, cabizbajo, apartándose un poco de Athanasius. El alquimista se volvió para encararlo.
      —Buen muchacho. —La sonrisa de Athanasius ahora revelaba hileras de dientes perfectos. Por alguna razón, Andrada pensó en Maldoror, el poeta loco que había saltado al mar diciendo que pretendía violar a los tiburones. Este hombre tal vez era el resultado de ese coito monstruoso—. Pero, hablando de los dos idiotas que nos visitaron hoy, tengo otro trabajo para ti.
      —No voy a perseguir al resto del grupo. Ya te los traje una vez. No me pidas eso. —Continuó caminando. Por su parte, Athanasius parecía sentir un placer perverso en acompañarlo, en mantenerse cerca y enfrentarlo, sabiéndose, a un tiempo, necesario y repugnante.
      —Voy a respetar esa... sensibilidad tuya. —La palabra sonó como una daga cortando el aire—. Pero el hecho de que ese sujeto poseía cápsulas de solvente es sumamente irregular; el gel del que están hechas, específicamente, es una sustancia muy especial, muy rara. Si lo que quedó de cerebro en ese militar no puede explicármelo, hará falta que investigues la cuestión.
      —"Sumamente irregular"... Sí, define bien la situación. Un bello epitafio.
      —¿De qué estás...?
      Entonces Athanasius oyó un sonido. Un ruido que no era el de sus pasos, ni el de los pasos de Andrada, ni el crujido, casi inaudible, de los esclavos al caminar por las plataformas. Un sonido lento, agonizante, metálico, progresivo. Un gemido que se tornó un grito. Un grito que venía de la máquina.
      Unos minutos depués, los pasajeros de uno de los innumerables dirigibles turísticos que sobrevolaban Río vieron que la estructura de cobre del Jardín Botánico, la gran araña dorada agazapada sobre su tela de zarzas, se desmoronaba.


X.

Mientras Athanasius y Andrada conversaban y la pantalla del electrocinematógrafo mostraba el cuerpo de Ribeiro en los brazos del autómata de dos caras, Madeira avanzaba tambaleándose por el complejo de túneles debajo del laberinto y de los Invernaderos. Los esclavos sin mente se limitaban a chocar contra él y seguir su camino, como olas de un mar de carne golpeándose contra la quilla de un navío. Y, como un navío sin vela ni timón, Madeira acabó por dejarse arrastrar por la corriente.
      Athanasius tenía razón: el solvente había penetrado en la corriente sanguínea del rebelde; ahora ya no era solamente el muñón de la mano corroída el que exhalaba una miasma dulce, nauseabunda, sino todo el cuerpo. Madeira caminaba dentro de una aureola, una niebla caliente, rosada que, lo sabía, estaba hecha de carne y sangre.
      Esa niebla le irritaba los ojos, le hacía hormiguear los labios y la nariz. El dolor lo envolvía por completo, pulsaba a su alrededor, le revolvía las entrañas. No estaba realmente en condiciones de pensar; por eso, se unió al flujo de esclavos.
      Primero, los sin mente lo llevaron a los Invernaderos, donde se cosechaban las flores, hojas y frutos que después el Molino convertiría en el baño de la inmortalidad. En algún punto de su cerebro, Madeira sintió curiosidad, el impulso de anotar los nombres de las variedades, de llevarse polen y semillas, de observar la manera en que eran separados los fardos.
      Pero fue un impulso breve, ni fuerte ni suficiente.
      Entonces, una vez más, se limitó a seguir la corriente.
      Pasó algún tiempo y Madeira se vio ascendiendo por una especie de camino en espiral. Ya no estaba en los tubos, con certeza; la luz era diferente y parecía haber más espacio.
      La niebla dulce entorpecía la visión; peor aún, tornaba resbaladizo el camino, y el rebelde estaba obligado a mantener una total concentración en cada paso para no patinar sobre lo que parecía ser un residuo oleoso de sí mismo. No obstante, oyó algo, una carcajada. No era una risa agradable; en realidad, era la risa de alguien que había desistido de ser agradable hacía tiempo. No: hacía mucho tiempo.
      Instintivamente, el conspirador miró en la dirección de donde provenía el sonido. Vio el perfil del hombrecito que reía, pero no reconoció su fisonomía ni identificó sus ropas.
      Había otro hombre allí. También de perfil... otro que le era familiar. ¿Familiar? Tal vez sea la fiebre...
      ¡Sí! ¡Sí! ¡Lo recordaba! El otro era, innegablemente, alguien conocido. Alguien que le había dado algo unos días antes. ¿Qué? ¿Un regalo? Había mapas y códigos, pero todo eso había quedado atrás. Pero además le había...
      ¡Las cápsulas! ¡El otro le había dado las cápsulas! Madeira aún tenía algunas en el bolsillo. Instintivamente, tomó una, de color ámbar, brillante bajo la luz dorada que emanaba de las paredes, y la levantó por encima de la cabeza. Hizo una seña.
      El otro no dio muestras de notar el movimiento. Pero, poco después, se movió también. El hombre más bajo respondió a ese movimiento, y a los siguientes, hasta quedar de espaldas a Madeira.
      Ahora el flujo de esclavos dejó a Madeira delante de una especie de abertura en la gran máquina que ocupaba todo el centro de la torre. Cada uno de los esclavos que habían llegado hasta allí arrojó algo en el agujero, donde una especie de mandíbula mecánica trituraba las ofrendas. Por un instante, el rebelde se detuvo, intrigado: ¿qué tenía él para arrojar?
      Era difícil pensar, era difícil hacer que la razón levantase el velo del dolor. La niebla no sólo oscurecía la visión, sino que también parecía penetrar en los ojos, propagarse por el nervio, envolver el mismísimo cerebro. La mandíbula metálica, tan precisa, brillante y silenciosa, ejercía una innegable fascinación. ¿O sería la oscuridad del otro lado?
      Bueno, Madeira todavía tenía las cápsulas. Tal vez debía arrojarlas allí, como ofrenda a la máquina.
      Minutos antes de que el dirigible con los turistas decolara del aeropuerto, Madeira avanzó dos pasos más hacia la abertura, listo para hacer su ofrenda de gel color ámbar al dios mecánico. Pero la rampa estaba muy aceitosa, muy resbaladiza; fascinado por el movimiento de la mandíbula, fascinado por el brillo de las cápsulas, el rebelde perdió la concentración absoluta en sus pasos.
      Entonces resbaló, y tropezó, y cayó.


XI.

(Diez años después)

Extracto de la pieza Fin del Imperio, Renacer de la Humanidad, de Francisco Fernandes. Tercer Acto, Escena VII, FINAL:

      (Interior de la Torre de Bronce. El TENIENTE GERALDO RIBEIRO sujeta a ATHANASIUS con firmeza.)
      ATHANASIUS (gritando, a RENATO MADEIRA): ¡No haga eso! ¿Quién es usted? ¿Un loco?
      MADEIRA (de pie, delante de una de las aberturas del Molino): ¿Loco? Locos fuimos todos, yo, usted, nuestros padres y abuelos, al permitir tamaña ignominia. Al permitir que algunos hombres se elevaran por encima de sus hermanos, obtuviesen privilegios que atentan contra la Naturaleza...
      ATHANASIUS: ¡La inmortalidad no es para todos! ¡No puede serlo! No hay materia prima, recursos...
      MADEIRA: ¡Entonces que no sea para nadie! Todo lo que hace que un hombre olvide a sus hermanos... el poder, el dinero... ya es, de por sí, algo nocivo. Y esto... Esto separó a la familia humana al punto de que ya no reconocemos a nuestros semejantes como tales. Durante milenios, eras, la Muerte fue la gran ecualizadora; durante toda la historia, y no importa en qué tierra, bajo qué dios ni en qué familia, nación o tribu, los hombres, a despecho de las advertencias de profetas y filósofos, nunca, jamás, fueron iguales. Pues siempre existieron el bello y el feo, el rico y el pobre, el sabio y el tonto. Sólo en la muerte, en la desesperación, en el polvo, los hombres enfrentaban la Verdad, el hecho, inexorable como la voracidad del gusano, de que todos somos hermanos. ¡Ya no! Ya no es así, pues surgió el fluido verde, que sustituyó a la sangre roja de la mortalidad.
      ANDRADA: Por mi culpa. Ruego que la humanidad me perdone...
      ATHANASIUS: ¡Locos!
      MADEIRA. ¡Ya no! La locura se encuentra frente a mí, y yo la golpeo y ella sucumbe; locura es la que vivimos en este último siglo y que aquí se termina. Ya no, afirmo. Ya no más diferencias, ni barreras, ni segregación. ¡Que, con mi holocausto, la humanidad se reencuentre, se reconcilie consigo misma y con su Creador! ¡Adiós! ¡Oh! ¡Adiós!
      (MADEIRA salta al interior del Molino. Temblores. Luz. Explosiones.)
      ANDRADA: ¡Bendito sea!
      ATHANASIUS (muriendo, balbucea): Ya no...

Título original: "Nao mais"
Traducido del portugués por Claudia De Bella (c) 2004

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