TIEMPO, MALDITA DAGA

Ricardo Castrilli

Argentina

La Almería que vio nacer a don Joaquín ben Elí, cuyo paso por la historia queda apenas registrado en un escueto "Cabalista y nigromante del siglo XV" en algún lugar de la Enciclopedia Espasa Calpe, era sustancialmente diferente a la que hoy en día puede verse. Ciudad de grandes contrastes, de ricos mercaderes y de esclavos, de marinos y bandidos, de tabernas y palacios, era abundante en todos los extremos y centro de convergencia de las tres culturas que se disputaban la España de aquella época: morisca, judía y cristiana. Nacido en el seno de una familia acomodada, Don Joaquín era hijo de un próspero comerciante en telas del cercano Oriente. Su primera juventud había transcurrido signada por la disputa constante entre dos fuerzas poderosas: por un lado, las obsesivas clases de sus mentores, a uno de los cuales debemos la mayor parte de los datos que poseemos acerca de esta etapa de su vida; por el otro, una nada objetable fascinación por los apenas entrevistos placeres, más mundanos, que se abrían como abanico a su paso por las calles de la ciudad. Su padre, hombre de origen humilde que había labrado fortuna a fuerza de viajes, sacrificios y peligros, deseaba que su hijo contara con todas las ventajas que a él le habían sido negadas: una posición sólida desde la cual iniciarse en el mundo de los negocios, una vida sin sobresaltos y, por encima de todo, una instrucción superior. Había contratado, para este último fin, a los tres cabalistas de mayor renombre en la zona, sabios graves y barbados que abrumaban al muchacho intentando, en completa disonancia con los naturales impulsos de la juventud, introducirlo en los arcanos de sus artes ocultas, o, al menos, aparentar lo suficiente como para justificar sus elevados estipendios y la cómoda estadía en palacio. Al parecer, el joven Joaquín no estaba del todo en acuerdo con las ideas paternas acerca de la educación, pero era lo bastante avispado como para lograr una solución de compromiso: cubría lo mejor posible la cuota diaria de inevitables sesiones cabalísticas con sus mentores, y reservaba para las sagradas horas del descanso que seguían a la puesta del sol las escapadas al apasionante mundo real de fuera de palacio. Se encerraba en sus aposentos, con anunciadas intenciones de meditar sobre las enseñanzas del día, para, acto seguido, descolgarse por una ventana que daba al exterior.

No son muchas las certezas que nos han llegado acerca de estas escapadas, ya que, obviamente, estaba muy en el interés de los tres sabios el que no trascendiesen. Bástenos el saber que, de esta manera, el joven se fue formando en un crisol nada común, en el que los signos cabalísticos alternaban con las más variadas diversiones que un primogénito de familia acomodada y su dinero podían conseguir en aquel tiempo y lugar. Fue, sin embargo, en el transcurso de una de estas excursiones nocturnas donde Joaquín ben Elí, futuro rico comerciante, halló el punto de inflexión que torció su destino hasta llevarlo a ser, años más tarde, Joaquín ben Elí, Cabalista de máximo renombre y Nigromante. Fue un episodio confuso, producto de una borrachera y discusiones de taberna, con una muerte de por medio. La única salvación era el exilio, y un exilio rápido, habida cuenta de que a las iras del padre habría que sumarle la severidad de las leyes vigentes. Aprovechando las últimas nieblas del alcohol a modo de anestesia, se embarcó, junto con uno de sus compañeros de juerga, en una nave mercante que partía al alba. Para cuando se dio cuenta de lo que había sucedido, ya era tarde.

Y él era, además, libre, aunque de eso sólo se dio cuenta más tarde aún.

Poco se refiere ben Elí, en sus escritos, a ese largo interregno en el que, se sabe, deambuló por todo el mundo conocido. Intuimos, sí, la naturaleza global de sus vivencias, la amalgama surgida de ese crisol en el que, poco a poco, las experiencias mundanas han de haber dado paso a captaciones más profundas, invisibles para el hombre común pero evidentes a sus ojos, abiertos a la Cábala desde la más tierna infancia. La precipitada huida de un juerguista irresponsable acabó por convertirse, con el correr de los años, en una búsqueda mística casi sin parangón. El Joaquín ben Elí que desembarcó en Almería, cuarenta años más tarde, era otro hombre.

Muerto el padre y la mayoría de los notables de su época, no tuvo mayores inconvenientes para establecerse. Merced a su ascendiente natural logró inmediato reconocimiento entre los iniciados en la Cábala, círculo hermético como pocos. No mucho tiempo después, le eran rendidos los máximos honores y ejercía un merecido liderazgo. Su reputación de sabio comenzó a trascender las fronteras, por aquel entonces ya agitadas de revueltas organizadas por la cristiandad en detrimento de moros y judíos. Eran tiempos duros, pero don Joaquín supo rodearse de un muro impenetrable de adeptos que le permitió plantear los trabajos de investigación que le obsesionaban desde antes de su vuelta al terruño. La naturaleza de sus estudios era específica: solo una cosa podía preocupar a un sabio de su talla, al punto de hacerle dedicar todos sus recursos al logro perentorio de una solución: el problema del transcurso del tiempo.

Temía, don Joaquín, que una muerte súbita e inoportuna viniese a impedirle terminar con sus estudios antes de haber llegado a un progreso aceptable. Demasiados años le había llevado el convertirse en lo que era, y su natural autoexigencia le hacía verse como un esbozo apenas aceptable de aquello que aspiraba llegar a ser. Demasiados años desperdiciados en sus locuras de juventud. En un pasado reciente y en una isla lejana, había hecho uso de sus dotes en la Cábala para consultar acerca de su propia muerte, cosa en la que pocos iniciados se atreven a hurgar. Había obtenido un resultado, una cifra, por supuesto: mil cuatrocientos treinta y siete.

A la sazón, corría el año 1430, y don Joaquín ben Elí juzgó, con razonable acierto y comprensible angustia, que de ninguna manera podrían bastarle siete años para concluir con sus trabajos. Necesitaba más.

Fue entonces cuando decidió volver y asentarse en Almería. Le eran imprescindibles la paz de una residencia fija y la asistencia de sus colegas. Habría un sin fin de asuntos secundarios, rituales y ceremonias menores pero ineludibles, que le harían perder un tiempo precioso si los abordaba en forma individual. Con un adecuado número de colaboradores y un trabajo ordenado, podría agotar las posibilidades y llegar a una solución antes de que el fatídico plazo expirase. Queda para la historia la interesante circunstancia de que, con toda seguridad, es éste el primer trabajo científico encarado en equipo y en forma sistemática del que se tenga noticias. Precisamente, gracias a las notas y apuntes que se han podido rescatar, es que conocemos algunos de los rumbos tomados en la investigación. Hay, por ejemplo, constancias de que los primeros intentos fueron dedicados a la obtención de un Golem, de acuerdo a métodos que le habrían sido comunicados a don Joaquín en el transcurso de uno de sus viajes. Los resultados no constan en ninguna de las notas conservadas, pero no deja de llamar la atención la sugestiva merma que se produce en el número de los adeptos. No se informan las causas, pero tampoco es desatinado sospechar algún tipo de desastre.

Al Golem siguió, según la cronología extraída de las notas, un extenso período dedicado a la investigación cabalística pura, del que hemos recibido un considerable legado consistente en decenas de pergaminos colmados de cifras, que ulteriores estudiosos de todos los tiempos han tratado y tratan aún de descifrar: los famosos Rollos de Almería. No aventajaban en ellos, por cierto, ni siquiera los mismísimos autores, que, a las órdenes de un cada vez más ansioso ben Elí, se quemaban las cejas a la luz de los candiles. Hay indicios de que la resolución del conjunto de cifras de los pergaminos implicaría la del problema general del transcurso del Tiempo en los limitados aspectos en que los humanos somos capaces de captarlo. Sin embargo, el simple enunciado de las cifras no tendría mayores efectos ya que, de por sí, no constituyen más que una mera recopilación de piezas inconexas. Según se desprende de las notas, ya confusas y febriles en estas etapas de la investigación, sólo cobrarían su sentido definitivo y esclarecedor a la luz de una llave cabalística: la Cifra Maestra. La conjugación singular e insustituible de la clave del Verbo era la única herramienta capaz de convertir esa montaña de vidrios de colores en el Vitral ansiado.


Ilustración: M.J. Schwarz

Los iniciados se dedican, entonces, de lleno a la obtención de la misma, con resultados desalentadores. El misterio resiste cualquier embate. Transcurre todo un año, (lapso que debe haber puesto realmente fuera de sus cabales a don Joaquín) sin ningún tipo de resultados. Hay, sí, más deserciones. Cuando el número total de los adeptos amenaza con descender por debajo de siete, que es el mínimo necesario para las grandes invocaciones de la Cábala Mayor, don Joaquín ben Elí decide jugarse el todo por el todo. Están en la primavera del año 1436. Queda, realmente, muy poco por perder y es mucho lo que hay por ganar, si todo sale bien.

Una noche en que las cifras le son propicias, don Joaquín trabaja a puerta cerrada con su grupo. Forma los Signos en tierra sagrada, asistido por los siete, repite cuidadosamente cifras que sólo él conoce e invoca una Presencia. Tenso, atravesado por fuerzas que apenas domina, formula su pregunta. Escucha, como luego se verá, la respuesta, pero solamente él lo sabe. Los demás sólo ven que cae, como fulminado por el rayo.

Seis meses tarda don Joaquín en reponerse. Seis largos meses de temblores y balbuceos incontrolables. El conocimiento profundo tiene su costo, y las invocaciones, su precio; él lo sabe. Pero debe sobreponerse. Con una parte de su cerebro dañado, asiste al paso implacable de las estaciones. Cuenta los días, y ejercita lo que queda de su poderosa voluntad, tratando de recuperar sus facultades. Sólo al cabo de ese tiempo lo logra. El otoño ya casi ha completado su tarea de desnudar los árboles de los montes cuando, por fin, el sabio reúne las energías suficientes para volver al trabajo. Los pocos adeptos que le quedan asisten, asombrados, al resurgir del Fénix: a medida que traza los círculos y estrellas en el piso, al tiempo que coloca las velas, aceites y cenizas en sus lugares, la llama del fervor parece insuflarle nueva vida. Intentan ayudarlo, y él los aparta. Se instala en el centro del Círculo, y recita, una a una, las cifras consignadas en los pergaminos. Al concluir, pronuncia una única palabra, terrible en su sonoridad y, a la vez, rigurosamente opaca para todos los demás.

Y desaparece.

O así, al menos, lo consignan las notas, que en este punto se interrumpen. El escriba del grupo, hombre muy allegado a ben Elí, hace entrega de toda la documentación y parte con rumbo desconocido.

Durante mucho tiempo la historia de don Joaquín ben Elí fue considerada, en los círculos de la Cábala, como un caso apasionante pero definitivamente cerrado, ya que la pista del sabio se pierde en forma absoluta a partir del momento de su enigmática desaparición. Los pocos iniciados que, en esos días, aún pertenecían al grupo de sus adeptos protagonizan una discreta diáspora, un poco a raíz de los acontecimientos aquí narrados, un poco en respuesta a la creciente escalada cristiana que acabaría con la expulsión en masa, hacia fines de siglo. Sin embargo, inesperadamente y a raíz de un hecho fortuito, el hilo se reanuda en pleno siglo XX, a mediados de la década del setenta. Un cazador de nazis descubre, entre los papeles incautados a un criminal de guerra desenmascarado en el Brasil, una riquísima colección de crónicas proto-antisemitas, compuesta por documentación hurtada de las principales ciudades de Europa por las cuadrillas de limpieza de la SS, y entre las cuales ocupa un lugar de honor el desarrollo, esplendor y caída de la rama sefaradí, con su secular batalla contra la Inquisición en la antigua España. Los eruditos que, en Jerusalén, reciben el honroso encargo de desovillar y ubicar en su contexto la maraña de datos resultante, encuentran, alborozados, una relación completa de los Magistrados de Almería acerca de los hechos que condujeron al autoexilio del joven Joaquín ben Elí, incluida una copia de las cartas que el mismo redactara apresuradamente antes de partir, destinadas una al padre y la otra a sus mentores, un paquete de cuero con las pocas pertenencias de la víctima, (un anciano sin hogar ni familiares que las reclamasen) el arma homicida, un grueso atado de pergaminos cubiertos con escritura críptica, y algunos otros objetos abandonados por el joven en su huída. Los estudiosos se abalanzan, por supuesto, con el mayor de los deleites sobre los pergaminos, seguros de hallar un sin fin de valiosos datos de primera mano acerca del joven. Sorprendidos, constatan que la complejidad del encriptado es absolutamente irrelevante para la época, y delata, en el autor, un dominio de los grados mayores de la Cábala que no concuerda en modo alguno con su supuesta condición de aprendiz. Es necesario hacer llamar a un Iniciado Mayor para que los manuscritos puedan, por fin, ser descifrados. El sabio, envuelto en el habitual halo de hermetismo que es de norma en estos asuntos, trabaja en silencio. Sin embargo, al cabo de un cierto tiempo, se transfigura. Se lo ve empalidecer. Murmura, las hojas manchadas por los años temblándole en las manos. Exclama: "¡Lo logró! ¡Al fin y al cabo, lo logró!"

Una vez aquietados los ánimos entre los presentes, que piden a los gritos mayores precisiones, trasciende el contenido de los pergaminos: Se inician con una descripción pormenorizada de los ritos que concluyeran en la desaparición de don Joaquín, tal cual los consignara el escriba del grupo, ¡pero narrados, esta vez, en primera persona, y por el mismo ben Elí, a posteriori de los hechos!

Las implicancias del descubrimiento son, por supuesto, imponderables. Una vez verificada la autenticidad de los manuscritos, se convoca a un Concilio de Iniciados que las analiza, y hay casi tantas interpretaciones como asistentes.

De acuerdo con los pergaminos, ben Elí habría logrado, al conjuro poderoso de la tan buscada Cifra Maestra, sustraerse en cuerpo y espíritu de su época, tan peligrosamente cercana a la fatídica fecha anunciada (1437), para encarnar en el pasado, su propio pasado. Lo dicho se desprende claramente de varias circunstancias: la data de los manuscritos, a fe de los Registros de los Magistrados, los vívidos testimonios asentados allí por don Joaquín acerca de las emociones que experimentaba al verse rodeado por el mundo en el que transcurriese su niñez y primera juventud, y las luces que el sabio mismo arrojaba acerca de episodios inciertos de su historia, vistos, ahora, a través de los ojos de la sabiduría. Pocos son los que dudan, al cabo de un sesudo análisis, de la veracidad de lo allí escrito. Pero muchos son, en cambio, los que se rasgan las vestiduras ante el flagrante pecado, el único pecado que la Cábala no admite, no contempla y no perdona: la Paradoja.

De hecho, y a esta altura de las deliberaciones, la paradoja es ineludible: el retorno cíclico de ben Elí hacia su propio pasado, el regreso a su yo joven con plena conciencia, ese círculo infinito implícito en un diámetro de poco menos de medio siglo, es por completo inadmisible. Infinito sólo puede haber Uno. El Concilio se disuelve, desestimando el estudio de los pergaminos restantes. Muchos de los que han debido volverse con el enigma insatisfecho ya no se recuperan, y abandonan las investigaciones puras para dedicarse al campo menos trascendente y riesgoso de la enseñanza. La facultad de provocar la diáspora se suma a las virtudes cíclicas de ben Elí, que repite su dispersión de iniciados "in absentia".

Sólo meses después el velo se corre, y no es en este caso merced a los esfuerzos de las grandes mentes de la Cábala, sino gracias a la observación casual de un simple redactor encargado de recopilar los hechos para su ulterior registro sistemático. Los sucesos resultan, a partir de esto, redimidos de su estigma paradojal. El círculo deviene en un lazo de bordes engañosos.

Don Joaquín ben Elí retorna, sí, a las doradas épocas de su juventud. Y no en vano, en el fragor místico de la ceremonia, elige, casi sin darse cuenta, el año mismo de su partida de Almería. ¿Tal vez un intento inconsciente de torcer el rumbo de los hechos? Si es así, no se explicita en el manuscrito. Sí se observa, en cambio, un ansia desenfrenada por volver a experimentar las viejas sensaciones, un impulso que llega a enceguecer sus grandes luces con la euforia de la resonancia con el único ente que le es por completo afín en ese universo que ha recuperado: él mismo, pero no merced a una paradojal fusión con su yo joven, sino por la acción homeopática de los vestigios, levísimos rastros que perduran en su mente: los olores, los sonidos, las facciones entrevistas una vez y, luego, jamás olvidadas por completo.

Ben Elí se lanza, de lleno, a la aventura de su vida. Pasmado, aún, por la maravilla recuperada, se refugia en una gruta durante el día y aprovecha para describir exhaustivamente sus vivencias en los pergaminos. Por las noches se siente libre, y explora las calles en la misma actitud en que un pescador recorre el espinel.

Ha triunfado sobre el tiempo. Sus artes le han apartado de la fecha fatal, y se sabe capaz de repetir los ritos y volver a apartarse cuantas veces lo crea necesario. Busca los bocados exquisitos de sensaciones que sabe que conoce pero ha olvidado. Sin saberlo, en esa búsqueda se prepara; adiestra su paladar para el más sublime de los manjares. Un día, de pronto, lo comprende. La consumación. Asienta todo en los pergaminos, y anuncia allí sus intenciones de proceder esa misma noche a experimentar lo que llama la Vivencia de las Vivencias. Esas son las últimas anotaciones que realiza. A partir de allí, mucho hay de conjetura; sin embargo, su construcción es tan rigurosa como las fuentes lo permiten.

Don Joaquín toma su escaso equipaje y abandona la gruta, dirigiéndose sin vacilaciones hacia un lugar en especial, una taberna. Gana una mesa en un rincón, y bebe. Espera, y bebe. Varias jarras después lo ve llegar. Observa cómo se sienta, con un par de amigos y las huellas evidentes de un anterior paso por algún otro local similar, en una mesa cercana. Beben y ríen, chocan los jarros, pellizcan a la mesera. Todo es necedad y frívolas vacuidades. Al cabo de un rato don Joaquín comienza a sentir la furia creciendo en su interior. ¡Tanto desperdicio de energías y potencialidades! ¡Tiempo, tanto tiempo malgastado! Tambaleándose, se acerca a la mesa vecina e increpa duramente a los jóvenes. La sensación especular es poderosa, avasallante. Le responden con risas y más libaciones a su salud. La ira lo enceguece. No han de burlarse de él, que ha vencido al tiempo y a la muerte. Se les va encima. Los jóvenes no van a menos, y brilla una daga que encuentra, como al azar, el corazón de don Joaquín, que se desploma sin una queja.

El joven, involuntario asesino, cae en el sopor de la incredulidad. Lo sacuden los amigos: hay que huir, y pronto. En medio de las brumas del alcohol, escoge, sin pensar, un destino medianamente seguro: el exilio. Escribe un par de notas apresuradas: una, para su padre, que firma "Joaquín, tu hijo bienamado"; al pie de la otra, destinada a sus mentores, asienta la cifra cabalística que, según las enseñanzas que le han venido impartiendo, responde, a modo de firma, a su identidad única e irrepetible de ese día, a esa hora en particular: mil cuatrocientos treinta y siete.

Luego, se hace a la mar y a su destino.



Ricardo Castrilli

Ricardo Castrilli nació en Buenos Aires en 1951. Está radicado con su familia en El Bolsón desde 1981. Fue en ese lugar que afloraron sus inquietudes literaria, gracias a lo cual ha obtenido algunas distinciones a nivel local y regional. (Certamen Municipal de Cuento y Poesía, El Bolsón, Concurso de Cuento Breve Fundación Cooperar, El Bolsón, Premio Isidro Quiroga, Comodoro Rivadavia, Concurso de Cuentos Banco Provincia de Neuquén). Axxon ha publicado sus cuentos "Cronoplasma" (N° 139), "Propiedad horizontal" (N° 140) y su relato "Mate en tres" apareció en la antología Ficciones en los 64 cuadros publicada por Ediciones Desde la Gente.


Axxón 145 - Diciembre de 2004
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Fantasía/Ciencia Ficción: Argentina: Argentino).

            

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