LOS EFECTOS DE LA BATALLA

Mauricio-José Schwarz

México

... porque tan sólo el diminuto banquete de la araña

basta para romper el equilibrio de todo el cielo.

Federico García Lorca

"Paisaje de la multitud que orina"

—Pásame la mostaza —pidió Daniel.

Oscar arrojó el frasco de plástico a su compañero y, al verse, en un rostro se reflejaba el aburrimiento del otro y el calor de ambos, las arrugas dibujadas en ocre con el polvo amasado en sudor, los ojos enrojecidos por la clara luz del desierto. La sombra de la camioneta de Protección Contra Inmigrantes era poca defensa contra el sol.

—¿De veras no sabes arreglar aparatos de aire acondicionado? —preguntó Daniel por sexta vez mientras ponía mostaza al emparedado de carne de dudosa procedencia.

—Ya te dije que no. A ver si logramos que en la noche nos lo arreglen.

—Aunque lo paguemos de nuestro bolsillo —sugirió Daniel con la boca llena.

—¿Con mi salario? Olvídalo. Que lo arregle la oficina.

Oscar se levantó y encendió un cigarrillo, alejándose de la sombra de la camioneta con tal de no escuchar los quejidos de Daniel y sus diatribas contra el vicio que ya casi nadie tenía. Miró hacia el otro lado del río. Era una frontera frágil y allá estaban cientos, miles, millones de hombres y mujeres de colores ajenos, idioma incomprensible, costumbres sospechosas y disposición a trabajar mucho por poco dinero para ganarse el derecho a incorporarse a la modernidad, bañarse en las luces de neón, admirar los automóviles, tocar las máquinas que dan a sus usuarios latas de refresco de cola, bolsas de frituras, información turística y hasta dinero en efectivo.

Algunos, cada vez menos, se aventuraban a cruzar. Pero el mundo al que llegaban era hostil. Los recibían agentes de PCI, dotados con el derecho a disparar basados en las leyes de guerra contra invasión territorial alguna vez aprobadas en un ataque colectivo de patriotismo desfigurado. Casi nunca disparaban. Pero de vez en cuando, si las computadoras indicaban que las estadísticas de flujo de miserables aumentaban, recibían la orden de matar a unos cuantos y publicitarlo ampliamente, con carteles en los vados, con rumores hábilmente diseñados y con fotografías plenas de sangre y silencio.

Aún así, los que pasaban la frontera tenían graves problemas. Había demasiada gente dispuesta a delatarlos, demasiados controles destinados a dejarlos fuera de la jugada, del sueño. A veces no contaban ni con la protección y apoyo de sus compatriotas que sí habían conseguido insertarse en la sociedad que tanto prometía. Pero el atractivo seguía siendo grande: no había escasez de empleadores dispuestos a violar las leyes de su propio país para ahorrar unas monedas, no había escasez de funcionarios corruptos que ofrecían casi abiertamente documentos irregulares. Y por tanto no había escasez de arriesgados o desesperados.

La presencia de los agentes de PCI era el disuasor número uno.

—Somos como espantapájaros —decía Daniel—. No hacemos nada, pero si no estamos aquí, los cuervos se adueñan de la parcela.

Oscar dio la última chupada al cigarrillo y lanzó el humo hacia el horizonte, al bordo del río.

Algo tembló tras el humo. Un punto negro que avanzó hasta revelarse como la figura delgada de un hombre.

—Daniel, tenemos visitas —dijo Oscar.

Detrás de la primera figura se recortaron otras contra el cielo de aire seco y ardiente. Era un truco que a veces daba resultado: veinte o treinta personas se lanzaban en formación, con la esperanza de que alguno pasara. Era la lotería del ilegal.

—Pide refuerzos —recomendó Oscar mientras iba a la parte trasera de la camioneta a sacar el magnavoz y la escopeta.

—Son muchos —dijo Daniel con el micrófono del radiotransmisor en la mano, poniéndose los audífonos.

Oscar se volvió. En efecto, eran muchísimos. Cien. Acaso más.

Regresen. Regresen —empezó a decir Oscar por el magnavoz en el idioma de los invasores. La vanguardia de la columna se acercaba al vado—. Está prohibido cruzar la frontera. Tenemos órdenes de disparar.

Los primeros pies agitaron las aguas del río que avanzaba mansamente.

—No te oyen —advirtió Daniel.

Oscar alzó de nuevo el magnavoz y repitió la advertencia. Mientras tanto, los cien se convirtieron en doscientos o en quinientos, un horizonte líquido de cabezas en movimiento.

—Sí me escucharon. Desde la primera vez —dijo Oscar para sí mismo.

Los agentes de PCI miraron al horizonte durante unos segundos, esperando que simplemente se detuviera el flujo de gente, que ya no se multiplicaran los niños en los brazos de sus madres, que dejara de avanzar el hormiguero de sombreros y gorras de tela barata, los hombros que en abigarrada variedad de bolsas llevaban las contadas pertenencias de sus dueños. Pero cada vez más pies se refrescaban de la caminata en las aguas, se clavaban en el lodo y avanzaban.

—¡Tenemos una invasión! —anunció Daniel al micrófono—. Quinientos, quizá mil. —Escuchó por los audífonos y ordenó a Oscar—: ¡Dispara!

Oscar dejó el magnavoz cuidadosamente en el asiento trasero y levantó la escopeta. La apuntó hacia la vanguardia, pero al ver que ésta no se detenía ni titubeaba siquiera, levantó el cañón al cielo y mandó una perdigonada que retumbó sobre las cabezas de los invasores.

Los pies siguieron su ritmo lento y cuidadoso por el vado. Se levantaba uno con los dedos llenos de lodo, avanzaba por el agua, limpiándose, se posaba suave, tratando de encontrar asiento firme, se clavaba en el lodo y descansaba satisfecho. Entonces el otro pie lo seguía.

"No nos están tomando en serio", pensó Oscar y accionó el cargador de la escopeta. Cuando la primera fila de hombres y mujeres llegaba a lo más hondo del vado, apretó el gatillo y cinco o seis cuerpos se desplomaron en el agua, lanzando al aire una lodosa diamantina de gotas que salpicó a los que venían detrás. Éstos no rompieron el ritmo. Los pasos se alargaron para salvar los súbitos obstáculos en que se había convertido la vanguardia. Oscar disparó otra vez. Cayeron más cuerpos, pero la ola no se detuvo.

—¿Qué mierda? —preguntó a nadie Daniel y luego gritó a la mujer al otro lado del radio—: ¡Necesitamos refuerzos! ¡Es una invasión de verdad!

Sin esperar respuesta, se quitó los audífonos y corrió a la parte posterior del vehículo para ayudar a Oscar a sacar las armas de verdad. Oscar tenía ya entre las manos un M-16 de asalto de aspecto malévolo. Jaló la palanca para cargarlo mientras Daniel sacaba un fusil automático.

Ambos dispararon a la vez y del racimo de invasores-inmigrantes-ilegales se desgranaron algunos cuerpos más, pero el avance no se detuvo.

En la siguiente fila venían algunos adolescentes, casi niños, mezclados con los adultos. Oscar titubeó.

—¡Mira eso! —gritó Daniel y con el caño del fusil señaló el horizonte. Por miles seguían llegando, avanzando con paso cansado y la angustiante indolencia de autómatas.

Oscar y Daniel dispararon dejando los dedos en el gatillo hasta que los cargadores se agotaron. Los cuerpos siguieron cayendo en silencio, sin causar ninguna reacción visible en los que venían atrás.

"Al matadero", pensó Oscar. "Vienen directamente al matadero".

Daniel se volvió buscando más cargadores, consciente de que sus municiones eran pocas. Nadie había pensado en abastecerlos para la guerra.

A la mitad del segundo cargador, Oscar se volvió a Daniel.

—¡Vuelve a pedir refuerzos!

Daniel dejó de disparar y corrió hacia el radiotransmisor. Oscar, apenas consciente de lo que pensaba, empezó a racionar sus disparos, buscando a los más avanzados y a aquéllos que al caer pudieran ser un obstáculo mayor para los que seguían. Los cuerpos formaban una represa sangrienta y el río no tenía fuerza para arrancarlos del vado. Los hombres, las mujeres, los niños y los ancianos esquivaban cuerpos o los pisaban, enterrándolos en el fango, inventando un puente macabro. Algunos resbalaban y sencillamente se alejaban siguiendo la corriente del río, sin siquiera tratar de nadar.

—Un helicóptero viene para acá —anunció Daniel—. Y gente de los otros puntos de vigilancia. No está pasando nada, excepto aquí. ¡Mi puta suerte!

—No desperdicies balas —advirtió Oscar con frialdad desusada en él—. Tira a la cabeza de los que vienen hasta adelante. En especial los gordos.

—No veo muchos gordos —comentó amargamente Daniel llevándose el fusil al rostro. Con el pulgar cambió el selector de fuego continuo a tiro-por-tiro y empezó a intentar hacer blancos precisos, recordando que sólo les quedaba un cargador más a cada uno—. Están completamente locos.

Oscar pensó en un carrusel mortal. Durante largos minutos, lo único que cambió fue la acumulación de cuerpos, que crecía sin cesar. De ahí en fuera, el horizonte seguía poblado de cabezas nuevas, a saber cuántos más se ocultaban detrás de la loma, y Oscar y Daniel disparaban sin que sus víctimas se preocuparan por dejar de ofrecer blanco. El río, interrumpido en su plácido tránsito, de cuando en cuando juntaba fuerza y se llevaba algún cuerpo. Cada minuto, la ola humana avanzaba cansadamente un paso más hacia la orilla que defendían incrédulos los dos agentes.

Se escuchó el sonido del helicóptero, una nave artillada utilizada, principalmente, en lucha contra el narcotráfico. Daniel volvió al radio, cruzó unas palabras con los ocupantes del helicóptero y volvió con Oscar.

—Son miles, varios miles —dijo como si anunciara que un pariente cercano tenía cáncer.

El helicóptero se acercó a la doliente peregrinación y con la ametralladora de alto calibre diseñada para la guerra hizo fuego, abriendo claros entre la multitud que, sin embargo, siguió avanzando.

En una pausa sorprendida del artillero, se escucharon las sirenas de los vehículos con refuerzos.

—Espero que traigan balas —comentó Daniel—. Muchas.

La marcha había ya pasado el punto medio del río. Oscar trató de verlos como zombis de película, pero no pudo silenciar una voz que le recordaba que eran seres humanos, desesperados pero humanos. Vio que una mujer había logrado pasar entre las balas como única sobreviviente de la vanguardia y tocó la orilla al mismo paso acompasado de los miles que la acompañaban. Los hombres dejaron de dispararle preguntándose qué haría.

La mujer pasó junto a ellos caminando hacia la ciudad, distante menos de un kilómetro. Daniel le disparó a la cabeza, casi por la espalda.

De los vehículos bajó una veintena de agentes que de inmediato se unió a Daniel y Oscar, disparando luego de otro intento de lanzar exhortos y amenazas en tres idiomas distintos mientras un segundo helicóptero recién llegado cruzaba al espacio aéreo del país vecino.

Era un río incontenible de carne humana, una marea indolente, una estampida silenciosa que se multiplicaba en sí misma. "No es posible matarlos a todos", pensó Oscar.

Haciéndole eco, Daniel se acercó y le gritó por sobre el tableteo de las armas, que se había convertido en el zumbido de una colmena sorprendida:

—¡Son cada vez más! ¡Dicen del helicóptero que hay decenas de miles, cientos de miles llegando en camiones, a pie! ¡Hablan de un millón!

Un millón, consideró Oscar. Un millón de individuos, de proyectos, de apuestas biológicas buscando el gran premio de la supervivencia. No podían ser un millón. Y si lo fueran... ¿Cómo matarlos a todos? Más allá de consideraciones humanas o de pensar con horror en ser coprotagonista de una matanza sin precedentes, estaban las consideraciones técnicas. Cinco millones de balas, cuando menos, harían falta para acabar con ellos. O diez bombas atómicas como la arrojada sobre Hiroshima. ¿Alguien tendría cinco millones de balas en el país y podría hacerlas llegar pronto, muy pronto, a la frontera convertida en el frente de una batalla lunática?

Oscar no lo creía.


Media hora después de la llegada del helicóptero, los ilegales ya habían tomado la orilla. Cada tres hileras de muertos ganaban un paso, o medio, pero avanzaban como si estuvieran seguros de su triunfo, dándole sentido al sacrificio ya de cientos de ellos. ¿Mil acaso?, se preguntaba Oscar, ¿habría que repetir estas dos horas demenciales mil veces para acabar con ellos o llegaría el momento en que alguno comenzara la retirada, que el miedo germinara con urgencia de las semillas de los cadáveres reunidos desde que la tarde se convirtió en una pesadilla?

Los llamaron a retirada. El ejército estaba en camino. El zumbido de un avión caza avisó que la situación estaba fuera de las manos de los agentes de Protección Contra Inmigrantes.

Los comandantes apresuraron la retirada y dijeron cosas propias de comandantes para movilizar a sus agentes, que retrocedieron sin dejar de disparar mientras otro avión de combate chillaba en el quebradizo aire del desierto. Los invasores ganaban la orilla, pero no se dispersaban, sino que seguían en su formación. Cuando el último de los agentes de PCI estuvo a una distancia prudente, un comandante gritó:

—¡Al suelo! ¡Todos al suelo!

Casi nadie hizo caso. Nadie escuchó un silbido amenazante. El río simplemente se convirtió en un destello de luz, su lecho elevándose por encima de las cabezas de los invasores.

El golpe de la explosión, un empellón brutal más que un estallido audible, alcanzó a los agentes medio segundo después. Oscar cayó al piso y buscó el aire que la onda de choque le había arrebatado de los pulmones. Al fin se puso de pie para ver lo que debía ser un cráter bajo las agitadas aguas del río y un círculo de cuerpos que le hacían la ronda al punto donde estalló el cohete. La explosión había perturbado el polvo del desierto a ambos lados del río. ¿Estaban bombardeando de su lado, o en el otro país?

Los agentes se ocuparon en liquidar sólo a los que habían quedado de este lado de la explosión. Cuando el comandante ordenaba a Oscar y Daniel abrir fuego, empezaron a llegar camiones con soldados bien abastecidos de municiones, disciplinados y más acostumbrados a la muerte que gente como Oscar y Daniel. Los soldados corrieron hacia la orilla disparando.

Unos segundos después, un oscuro hombre de inteligencia militar se acercó al comandante y luego se dirigió a Oscar y Daniel.

—Acompáñenme, por favor —dijo, y sin esperar respuesta echó a andar hacia un camión color arena coronado con antenas variadas.

Adentro del tráiler estaba una central de operaciones completa al frente de la cual se hallaba un general en traje de campaña y con aspecto de profundo asombro. Su nombre estaba bordado en la camisola. El hombre de inteligencia se puso detrás de los dos agentes.

—Ustedes estaban vigilando el punto, ¿verdad? —afirmó el general—. ¿Qué pasó?

—Sin aviso previo —explicó Oscar— empezaron a marchar desde esa loma hacia el río.

—¿A qué hora?

—Como las cuatro de la tarde. Estábamos comiendo —intervino Daniel.

—¿Le molesta que fume? —preguntó Oscar antes de que el general continuara con su interrogatorio—. Desde esa hora no he podido fumar.

Antes de que Daniel pudiera protestar, el general sacó de la camisola un paquete de cigarrillos y le ofreció a los dos hombres. Encendió cigarrillos para él y para Oscar. El hombre de inteligencia militar seguramente seguía allí, pero era como parte del mobiliario.

—¿Los conminaron a desistir? —preguntó el general.

—Dos veces. Luego disparé al aire y finalmente nos ordenaron disparar. Pedimos refuerzos. Luego disparamos y disparamos.

—Era completamente inútil, señor —explicó Daniel—. No les importa que los matemos, deben estar locos. Simplemente siguen marchando como ciegos, pisoteando a sus propias bajas.

Un soldado entró apresuradamente y, sin ver a los agentes, dijo:

—Señor, el mariscal Margules está en camino. Llegará en cinco minutos.

El general hizo una pausa.

—Voy a recibirlo. Que estos dos señores lo acompañen. Ellos conocen el terreno. Y no pueden irse así ahora que saben que Margules viene. Deles algo de comer y que firmen un compromiso de confidencialidad por motivo de seguridad nacional. ¿La demás gente de PCI ya fue evacuada?

El hombre de inteligencia reapareció de entre las sombras con un "Sí" seco. Oscar y Daniel no pudieron escuchar más. Su escolta los llevó hacia una de las tiendas de campaña que se empezaban a multiplicar. Oscar se dio cuenta de que el tiroteo no se había detenido, y se asombró de haberse habituado a él tan rápido. Miró sobre su hombro hacia el atardecer. Los inmigrantes ilegales seguían viniendo.

Menos de una hora después, Oscar y Daniel explicaban a los oficiales de inteligencia que no, no había ninguna razón de terreno por la cual los invasores pudieran haber elegido este punto en particular. Oscar añadió que perdían el tiempo tratándole de encontrar una lógica (peor aún, una lógica militar) a lo que estaba ocurriendo en el río. No, el promedio de inmigrantes que trataban de pasar por aquí usualmente no era distinto del de ningún otro vado similar. No, estaban seguros de que no había habido ningún aviso. El interrogatorio, que por momentos parecía conducido por adversarios, se vio interrumpido por otra explosión a lo lejos, en el río, más fuerte que la primera. La acompañaron tres más en rápida sucesión.

—Ya son muchos los que llegaron a la orilla —explicó sin inflexión el interrogador de inteligencia—. Esperen aquí.

El hombre salió de la tienda de campaña y Oscar se volvió a Daniel.

—¿Crees que los vayan a matar a todos? —preguntó Oscar.

—No veo opción. Son como un hormiguero. No les importa lo que les ocurra a los de adelante.

—Recuerdo una anécdota —dijo Oscar, encendiendo otro cigarrillo ante el gesto de fastidio de su compañero—. La de los chinos en marcha al abismo. Se supone que si pones a todos los chinos en una fila de treinta en fondo y los haces marchar tirándose a un abismo, jamás terminarían. Se supone que los mil millones de chinos se reproducen más rápido que eso.

—Estos no son tantos —comentó Daniel.

—No, no lo digo por eso. Pensé en cómo se vería el abismo con todos esos cuerpos. ¿Se llenaría en algún momento?

Daniel no respondió y Oscar fumó unos segundos antes de preguntar:

—¿Tú estuviste en la guerra?

—Una formal y dos informales en países pequeños con insectos enormes.

—Yo no. Jamás había matado a nadie así —confesó Oscar—. En la policía sí, en balaceras.

—¿Remordimientos?

—No. Acaso me arrepentí de no matar a algún mierda. Pero ahora...

Oscar calló. El hombre de inteligencia apareció en la puerta.

—Síganme —dijo y echó a caminar.


A lo lejos, el vado sangriento y su carnicería estaban iluminados por potentes reflectores. Caminaron de vuelta al camión y pasaron junto a un grupo de soldados que traían detenidos a cinco ilegales. Sus rostros polvorientos, salpicados de la sangre de los suyos, parecían cincelados en piedra volcánica. Sus ojos miraban al horizonte y la apretada línea recta de sus bocas bastaba para saber que no iban a hablar porque no tenían qué decir. Iban hacia allá, hacia la ciudad, eso era todo.

Los tiros seguían, más aislados ahora. Las tres explosiones habían disminuido el avance lo suficiente como para que los soldados pudieran instalar en la orilla una barrera, una reja de acero de más de tres metros de alto apuntalada por sólidas barras. Se veía inútil, sobre todo porque cualquiera de los invasores que caminara veinte metros por la orilla llegaría al final de la barrera. Pero nadie lo hizo. La hilera de gente siguió marchando en línea recta. Los primeros llegaron a la barrera y se apretaron contra la malla metálica, sin dejar de intentar dar un paso más.

Los de atrás tampoco aflojaron el paso. Lentamente, hombres y mujeres empezaron a comprimirse silenciosamente contra el acero. Brotó sangre y se oyó el ruido de huesos rindiéndose. Como en una estampida de aficionados al fútbol, los que estaban contra la barrera de acero empezaron a morir aplastados. Algunos cayeron. Al cabo de varios minutos, había una rampa de cuerpos lo bastante alta como para que la fila de atrás pudiera usarlos para salvar la barrera metálica, saltarla y seguir avanzando.

—Lo sabía. Pero teníamos que intentarlo —dijo la voz del general a espaldas de los dos agentes—. ¿Tienen alguna idea?

—No —respondió Daniel por los dos—. Parece que quieren que los matemos.

—No creo que podamos hacerlo —dijo el general—. De un tiempo acá la historia no es amable con los vencedores. Menos si no se cumplen las reglas. Ya no estamos en tiempos en que sólo los resultados funcionan.

—¿Qué van a hacer entonces? —preguntó Oscar. El general no respondió—. ¿Qué dice el gobierno del otro lado?

—No saben lo que está pasando, no pueden detener a su propia gente, tendrían que dispararles desde allá. —El general miró intensamente el tramo de río iluminado—. Y no parecen estar dispuestos a eso...

Daniel se volvió a ver cómo se acercaba el mariscal Margules rodeado de asesores. Era imponente. Un verdadero héroe de guerra. Tras él, en la carretera que corría a unos cien metros del río, se había ya formado un grupo de periodistas y curiosos apenas contenidos por los soldados. Arriba se escuchó un nuevo helicóptero y al levantar los ojos los presentes vieron un aparato blanco con las enormes siglas negras UN, Naciones Unidas.

—¡Mierda! —dijo Margules. Hizo una seña. El general, el agente de inteligencia, Daniel y Oscar lo siguieron, alejándose del aparato que aterrizaba, y entraron en una enorme tienda de campaña.

—¿Y ellos? —preguntó Margules al general señalando con la cabeza hacia Daniel y Oscar.

—Son los primeros guardias que enfrentaron la invasión. Además, sabían que usted venía, así que quizá algún dato de ellos le sea útil.

Margules los miró y se quitó lentamente la gorra.

—Una sola pregunta —soltó Margules luego de un profundo suspiro—. ¿En algún momento han siquiera titubeado?

—¿En su marcha? No, señor. Desde que los vimos por primera vez no han alterado el ritmo —respondió Daniel.

—Ni la dirección, es lo más extraño —añadió Oscar—. Están haciendo una línea recta entre el vado y la ciudad, sin preocuparse por buscar una opción, otro camino, esquivar siquiera las balas.

Margules asintió. Un ordenanza se dejó ver en la puerta.

—Señor, no hay resultados de los interrogatorios... los oficiales piden permiso para usar... otros métodos.

—Denegado - dijo Margules sin alzar la voz—. Que los mantengan detenidos.

—Sólo van a decir que van hacia allá dijo Oscar señalando en dirección a la ciudad—. No creo que piensen en otra cosa.

Margules miró al general y éste asintió luego de mirar hacia los dos agentes antiinmigrantes, diciéndole en silencio que eran confiables.

—¿Han visto movimientos de tropas del otro lado del río? —preguntó Margules.

—No - respondió Daniel sorprendido.

—Bueno, una vez —corrigió Oscar—, en unos ejercicios militares conjuntos de nuestro ejército y el de ellos... hará unos dos años.

Margules resopló y el general bajó los ojos como si tuviera la culpa.

—Mande reforzar las tropas camino a la ciudad y evacúe a los civiles. Hay demasiados allá afuera, y varios son reporteros —ordenó al general.

Otro oficial entró con un documento membretado que Margules leyó de un vistazo.

—¿Están seguros? —preguntó el mariscal.

—Sí, señor. Dos millones como un cálculo muy conservador. Mucho muy conservador.

Margules se volvió a Oscar y Daniel.

—Están ustedes a punto de atestiguar el inicio de una guerra, muchachos. Abran bien los ojos. En uno o dos días podrán irse a casa, pero recuerden lo que han visto y lo que van a ver aquí.

—¿Guerra? —preguntó Oscar.

—No hay opción —dijo Margules con frialdad—. Si no contrainvadimos no sé qué pueda pasar. Y no quiero saberlo.

Algunos ilegales habían pasado todas las barreras. Un oficial de comunicaciones se volvió a Margules.

—Mariscal... en la ciudad hay gente que los está matando abiertamente... pero hay un grupo que está ofreciéndoles ayuda, grupos humanitarios, miembros de algunas iglesias...

—Es la guerra adentro... por eso tenemos que sacarla de aquí. Y pronto, antes de que nos coma las entrañas —dijo Margules mirando a Oscar. Se volvió al oficial de inteligencia—. Llévelos a un lugar seguro. En cualquier momento contraatacaremos... en cuanto el presidente se decida.



Ilustración: Valeria Uccelli

La noche avanzó sobre la tienda de campaña asignada a los agentes de PCI haciendo más ominoso el ruido de la batalla unilateral. Oscar y Daniel miraban los destellos de luz que anunciaban cohetes, morteros, minas antipersonales sembradas tan rápido como las pisaban los ilegales que en números cada vez mayores alcanzaban a salvar todos los obstáculos.

Cerca del amanecer, el silencio los sobresaltó. Quizá dormitaban, pero no podían haberlo asegurado. Salieron a la grisácea luz en el frío del desierto. Margules pasó junto a ellos, pálido de furia. El oficial de inteligencia apostado fuera de la tienda dejó de comportarse como un autómata y le pidió un cigarrillo a Oscar.

—¿Qué le pasa al mariscal? —aprovechó para preguntar Daniel.

—Me imagino que estará en todos los noticieros matutinos —dijo el oficial como si justificara el comportarse como un ser humano—. El presidente rechazó la contrainvasión y ordenó la retirada. Y dijo la palabra "genocidio". Desilusionó a Margules.

—Ustedes dos —sonó la voz del general—, tomen su camioneta y váyanse. Y recuerden su compromiso de confidencialidad.

Sin hablar, los dos agentes de Protección contra inmigrantes subieron a su vehículo y se alejaron sin ver los cuerpos, los manchones de sangre sobre la arena y los matorrales del desierto. Daniel esquivó a algunos ilegales que marchaban sobre la ciudad con la misma determinación con que lo habían asombrado menos de catorce horas atrás. Era imposible detenerlos.

—¿Quieres escuchar radio? —preguntó Oscar tratando de ahuyentar la pregunta evidente de qué pasaría ahora.

—Sí. Lo que sea. Y dame un cigarrillo —pidió Daniel.

Oscar encendió la radio y mientras sacaba los cigarrillos y el encendedor escuchó con Daniel a un locutor dando las noticias.

Doscientos metros por encima de ellos, en su helicóptero, Margules escuchaba palabras similares diciendo que en otro continente, en otro país, una fila interminable de inmigrantes ilegales había emprendido el camino del sur al norte sin importarles las consecuencias.

—Margules tenía razón —dijo Oscar.

El sol se alzó en el horizonte calentando el desierto.

—¿Al pedir la contrainvasión? —preguntó Daniel.

—Al decir que éramos testigos del inicio de una guerra. Sólo que no sabía de cuál.



Mauricio-José Schwarz

Mauricio-José Schwarz nació en México DF en 1955. Comenzó a publicar poesías en 1973 y después cuentos, que a la fecha suman más de un centenar, en revistas y diarios de México, Francia, España, Argentina y Venezuela. Sus relatos, originalmente escritos en inglés, han aparecido en Ellery Queen Mystery Magazine, Fiction International, The Literary Review y The Alabama Fiction Review. Ganó el primer concurso nacional "Puebla" de cuento de ciencia ficción con "La pequeña guerra", al igual que el premio "Plural", con "Leyenda a las puertas de una sala del Museo de Arte Moderno", publicado en Axxón #56. Es autor de las colecciones de cuentos Escenas de la realidad virtual y Más allá no hay nada. En Axxón hemos conocido varios de sus cuentos, además de los ya mencionados: "De compras", Axxón # 32, "El rostro", Axxón # 63, "Destellos en vidrio azul", Axxón # 83, "Dame", Axxón # 98 y "Arabesco inmóvil", Axxon # 113. Además es un exquisito ilustrador, como puede apreciarse en los trabajos que acompañan cuentos de otros autores.


Axxón 146 - Enero de 2005
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Distopía: México: Mexicano).

            

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