EL CONGRESO

Víctor Coviello

Argentina

Mientras iba en el taxi, miraba la hora. No sé qué haría si no tuviera reloj. Es importante para mí estar totalmente consciente del paso del tiempo, poder sentir su presencia, cómo fluye entre mis dedos. Es una necesidad pero, a veces, también una condena... Y tiene que ser un reloj de agujas porque en los digitales no se puede palpar ese fluir, es más una representación virtual.

Bueno, cada loco con su tema.

Lo que no parecía virtual era lo que me estaba saliendo el taxi. Esos números rojos simbolizaban muy bien lo que estaba gastando.

Miré la hora: seis menos cuarto.

Bien.

Me relajé un poco y repasé mentalmente todo lo que podía preguntar ese día en el Congreso. Aunque la palabra Congreso quedaba mal, era un gesto ostentoso.

Ese día de las "jornadas", término más apropiado que Congreso, se iba a tratar un tema, mejor dicho una obsesión que siempre me interesó: el tiempo, qué más. El tiempo, sus variaciones y sus paradojas.

La noticia de esa charla la había escuchado en la radio y no presté mucha atención acerca de quién o quiénes la darían. El tema era irresistible para mi y ahí tenía que estar.

Bajé del cab, un poco desorientado por el calor —el vehículo tenía aire acondicionado— y caminé en el sentido contrario al que tenía que ir. Encima de que el viaje me había salido una pequeña fortuna, debía caminar.

No esperaba gran cosa del lugar del "Congreso". La organización de eventos no era una especialidad de los admiradores del género. Había estado en sótanos, altillos, bares, hasta en una Iglesia Evangelista. En esas épocas participaba activamente, pero la vida me fue apartando. Ahora, sólo quería escuchar y tal vez hacer preguntas.

Me sorprendí cuando llegué al pintoresco edificio antiguo con clara influencia inglesa, producto de la segunda invasión. A veces me pregunto qué habría pasado si los británicos se hubieran quedado más tiempo...

Por un momento pensé que era un verdadero Congreso de Science Fiction porque además de ver las caras de siempre, también había nuevas. En una cartelera aparecían nombres y países. Gente de la Banda Oriental y del Peruguay, al menos.

Como llegué bastante temprano pude elegir lugar y opté por sentarme atrás. Esperaría a ver qué pasaba. No tenía ganas de saludar a nadie. Cuando me parecía ver alguien conocido miraba al piso o simplemente me agachaba como buscando algo que se me había perdido.

Miré la hora. Veinte minutos pasadas las seis. El evento estaba previsto para las seis en punto. Si al menos los ingleses nos hubieran contagiado con su puntualidad...

Aproveché para revisar el programa que me dieron en la entrada. Eran tan confuso que confirmé que la palabra Congreso definitivamente quedaba grande. Busqué los disertantes del día pero simplemente no estaban. Supongo que no habían llegado a ponerlos en la lista. Las improvisaciones de siempre. Eso no cambiaba fácilmente por más edificio elegante que se alquilara para la ocasión. Por lo menos me sirvió para usarlo de abanico. La sala era bastante chica, no había aire acondicionado y se estaba llenando.

Alguien se acercó al lugar donde se suponía iban estar los disertantes y probó el micrófono.

Siempre me pregunté por qué tienen que decir las mismas cosas: Hola, hola, bis, bis. ¿De dónde viene esa costumbre?

Cuando el técnico terminó con sus pruebas aparecieron en escena los disertantes. Dos eran próceres de la Science Fiction local: Dardoni y Borón. Sin duda íbamos a tener un problemita en puerta. ¿Quién había sido el cerebro al que se le ocurrió juntarlos? Al otro, un señor bastante mayor, no lo tenía.

Al principio, la cosa se encaminó más o menos bien: Dardoni presentó a Borón y viceversa. Dardoni retomó la posta y presentó al otro señor como Diego Collins Vázquez, físico de la Universidad de Princeton, argentino, pero qué trabajaba allí. Bueno, una grata sorpresa.

La paz duró poco entre Dardoni y Borón porque al definir el marco de la charla, se empezaron a cuestionar el uno al otro y se trenzaron en una batalla dialéctica que no viene al caso citar. Lo peor es que el físico no podía meter ni siquiera un bocado.

Alguien del público tuvo la iniciativa y pidió que dejaran hablar al científico que miraba a los otros dos y cada tanto sonreía.

Hubo un momento de silencio incómodo y uno de los dos contrincantes —no vi bien cuál— le cedió el micrófono.

El hombre saludó respetuosamente y tomó un sorbo de agua.

—¿Podemos "modelar" el tiempo? —disparó sin preámbulos.

Otro silencio molesto. Sólo se escuchaba el ruido del equipo de sonido.

—Es una buena pregunta ¿no? Bien, yo puedo afirmar que sí. Mi team y yo, obviamente, estamos en condiciones de cambiar fragmentos del tiempo. Vale la aclaración que lo hacemos a nivel molecular, microscópico.

—¿Cómo es eso? —preguntó Darnoni gesticulando con sus tentáculos alargados.

—Miren, señores, el tiempo no es una dimensión rígida, es maleable. Hay que pensar en el tiempo como un gum.

—¿Un qué? intervino Borón moviendo sus pseudópodos cortitos.

—Goma de mascar, chicle —dijo el físico y acentuó la e con su doble fila de dientes.

En ese momento, quise levantarme para intervenir pero se me enredaron las dos colas en la silla. Tendría que ser más tarde.

—Así es, y si bien estamos experimentando, creemos que las fronteras de la ciencia se expandirán enormemente.

Alguien del público levantó la mano y Borón le aclaró que las preguntas se harían después de la disertación. El físico lo desautorizó diciendo al interesado que preguntara. Borón se puso más verde que nunca.

—Gracias. Lo que esta diciendo me sorprende. Usted afirma que ahora mismo están experimentando esta posibilidad. ¿Ya tienen resultados?

—Es una pregunta difícil de contestar. Le puedo decir que en este mismo momento estamos manipulándolo —dijo el físico moviendo su manos dándole forma a ese hipotético chicle.

—Discúlpeme —dijo Borón todavía ofendido—, pero lo que usted plantea es un tanto delirante y si quiere hasta irresponsable.

—¿Por qué?

—Porque habla de moldear el tiempo sin medir las consecuencias.


Ilustración: Ferran Clavero

Borón estaba alterado, hasta yo veía como se le hinchaba la vena del cuello.

Dardoni no se quedó atrás.

—No seas imbécil, Borón ¿vos te crees que no se toman las precauciones pertinentes?

Levanté la mano. Me transpiraban. Estaba nervioso, porque intuía que me encontraba ante algo importante. Un tipo me estaba diciendo que podían cambiar el tiempo, el sueño de mi vida.

—¿Cómo es el procedimiento? —pregunté.

—Mire, no voy a entrar en detalles para no ser aburrido. Además, nuestra investigación es todavía... digamos confidencial. De todas maneras, voy a intentar darles una explicación sencilla. Adaptamos un acelerador de partículas y por intermedio de un procedimiento que llamaremos Trip enviamos a una dimension temporal (por ahora lo que llamaríamos pasado) flujos de materia. Esta materia, es algo así como una boya, un faro. Lo hacemos en un mínimo espacio supercontrolado. Orientamos esa materia para que modifique su entorno (recuerden que hablamos de escalas atómicas). Por otro lado, tenemos un "modelo" terminado en lo que llamaríamos presente y... por sus caras veo que no me entienden.

El físico cerró sus membranas oculares y abrió sus llagas al máximo. Todo el mundo estaba a la expectativa. Continuó:

—Lo cierto es que mandamos con éxito al pasado, primero partículas y ahora objetos en un entorno seguro. Las posibilidades son ilimitadas y estamos ante un acontecimiento histórico.

—¿Pero no es como abrir la caja de Pandura? —pregunté tímidamente y después de haber escuchado semejante declaración.

Boriux y Darnueux ya no tenían empacho y fuera de micrófono seguían discutiendo. Poco faltaba para que se envolvieran con sus telarañas sincrónicas.

El físico miró a todo el mundo y telepáticamente nos contestó.

"En la ciencia todo es ensayo y error, siempre puede haber efectos no deseados pero pueden estar tranquilos que tenemos todo bajo control".

Todas las mentes se desordenaron y nos fuimos de la armonía habitual, de las pistas adecuadas y mis pensamientos se contaminaron con otros. Para peor, nuestros dos moderadores no paraban de agredirse —mentalmente claro— con reproches increíblemente antiguos. Lo peor era que otras voces se sumaron a esa desarmonía.

Entonces, el físico hizo levitar el vaso de agua a unos parcs y lo estrelló en la mesa para llamar la atención.

Lo logró.

Se tomó un largo tiempo en intentar convencernos de que no había riesgos.

Boro acusó al mago de la ciencia de irresponsable.

Todos los presentes empezamos a volar dentro de la estrecha caverna mientras el pobre de Dado pedía que volviéramos a colgar del techo y nos quedáramos tranquilos en nuestros lugares.

Emití un silbido de alerta que me salió un poco exagerado pero me dejaron preguntar qué precauciones tomaban para que la experimentación no produjera distorsiones hasta alcanzar magnitudes críticas.

El silbido del mago de la ciencia sonaba firme: no había posibilidad alguna de desvío que no pudiera ser detectado.

Ninguna.



Víctor Coviello

Víctor Coviello nació en Buenos Aires, Argentina, en 1967. Su debut literario fue con "Luz Negra" en Axxón, 1992, nominado al Premio Más Allá. Ganó el Más Allá para cuentos publicados con "El chip Verde" en 1997. Tiene una novela inédita, de ciencia ficción, llamada "Carne de Dios" y dos volúmenes de cuentos, también inéditos. Colabora en revistas como "LEA". En Axxon N° 139 se publicó "El secreto de Morfeo" y es coautor, con Guillermo Barrantes, del libro Buenos Aires es leyenda (Planeta) un recorrido por los mitos de la gran ciudad, desde los más populares hasta los más misteriosos o excéntricos.


Axxón 147 - Febrero de 2005
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ucronía: Ciencia Ficción: Argentina: Argentino).

            

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