FICCION BREVE (dos)

Varios

NO ME PIDAS UN MILAGRO

Saurio


Un tipo se muere. Es un tipo joven y su muerte fue absurda, más absurda que cualquier otra muerte. La familia lo llora desconsolada. Los amigos lo lloran desconsolados. El pueblo entero lo llora desconsolado.

Un amigo del muerto había estado demasiado ocupado con otros asuntos y no puede llegar al velorio ni al entierro. Un poco por culpa y otro poco porque, en verdad esta muerte fue más absurda que otras muertes, hace uso de sus poderes milagrosos y lo resucita.

Fiesta, regocijo, joda al por mayor. Pero los días bajo tierra habían hecho lo suyo y, cuando la alegría inicial pasó, todos se dan cuenta de que el pibe tiene un tremendo olor a muerto que no se le va con nada. Así que van a buscarlo al milagrero para que haga algo. Claro, el milagrero tiene sus propios problemas: por andar metido en política y ser sospechado de encabezar una célula revolucionaria las autoridades lo acaban de ejecutar y apenas tiene poder para hacerse cargo de su propia muerte.

El resucitado visita a diferentes curanderos, brujos, necromantes y milagreros, pero éstos nada pueden hacer, algo tan complejo como una resurrección deja al receptor inmunizado contra los poderes mágicos de cualquiera excepto de aquel quien le diera este don. Así que el resucitado se retira a las montañas, lejos de la gente, a ocultar su olor y su carne pálida y putrefacta.

Al principio su familia lo visita pero luego lo abandona, no por el continuo olor a muerto, sino porque van envejeciendo y muriendo mientras que el resucitado sigue igual, inmortal, libre del influjo del paso del tiempo pero atrapado en su condición de cadáver reciente.

Trescientos cuarenta y nueve años más tarde decide poner fin a su vida y se hace devorar por una bandada de buitres, lo que resulta un serio error, pues su consciencia (o su alma, como quieran) no sólo queda adherida a los huesos que se blanquean en el desierto sino que se va en cada uno de los buitres, se hace parte de sus procesos digestivos y forma parte de sus códigos genéticos y sus excrementos, los cuales a su vez alimentan a los peldaños más bajos de la pirámide alimenticia, y así va su consciencia, desperdigándose por toda la Naturaleza, observando el mundo a través de miles de ojos, hojas, antenas, tentáculos y pistilos, siempre alerta

Después de esto pasan más de mil años, muchos más, por lo que es probable que, a esta altura del partido y gracias al proceso de comer y ser comidos, todos compartamos la consciencia del resucitado, todos tengamos parte de él dando vueltas por nuestros cuerpos y nuestras mentes.

Eso explicaría muchas cosas.


Saurio dice que nació en el barrio de Palermo el 4 de abril de 1965. Dirige LA IDEA FIJA con Leonardo Longhi y EL MARAVILLOSO MUNDO DE SAURIO (sin socios esta vez). Este es su debut en Axxón.




TANGO COSMICO

José Altamirano


La púa se deslizó a lo largo del recorrido espiralado friccionando los bordes del surco. Modificó de esa manera una fracción mínima de la inagotable energía disponible virgen y maleable en el Universo, transformándola en una onda modular que se resolvió en sonidos sincopados que, ampliados por una membrana mecánica y vibrátil, expandió música audible a escala determinada.

La onda de energía transfigurada en música perdió la cualidad auditiva propuesta por la membrana al momento casi de trasponer las fronteras de la bocina, pero su cualidad intrínseca de energía permaneció inalterable, parida a su destino de recorrer los dominios de la Vastedad por el tiempo que dure la eternidad. De necesitar una etiqueta, aquella delgada serpiente de energía transformada llevaría como notación dos palabras: "La Cumparsita".

En la Vastedad, la dimensión no tiene límites ni formas ni tiempo. Y la energía modificada la surca marchando por caminos sin trazas, principios ni finales. Mas no es un lugar solitario y los encuentros entre módulos de energía afines no son extraños aunque siempre sean aleatorios. Es entonces cuando la Vastedad puede adquirir formas y proporciones, bien que virtuales y siempre sujetas al arbitrio de la energía consciente.

Así, los módulos que en un tiempo supieron ser Rosa Fernández y Anastasio Montoya, fueron liberados juntos a la Vastedad y la causa de ello no viene a cuento. Sí el hecho que, cuando la energía de ambos animaba materia, la pasión por el tango anudó una relación indisoluble que en la Vastedad no encontró motivos para deshacerse. La afinidad por aquella danza sensual y canyengue era el imán que impedía a los módulos encontrar razones por las cuales tomar rumbos diferentes y la aleatoriedad era una meta en si misma a la que, sabían, llegarían sin que para ello importaran los eones transcurridos.

Como tenía que suceder más temprano o más tarde, ya que en la Vastedad la única constante a tener en cuenta es el azar, los módulos de energía modificada que fueron Rosa y Anastasio se cruzaron con el remanente de la tenue vibración musical del tango. Por supuesto, se lanzaron tras el rastro evanescente y sutil, adelantándolo.


Anastasio Montoya tironeó las mangas de su saco para alisar una imaginaria arruga y requintó el chambergo sobre su perfil izquierdo. "Es La Cumparsita, Rosa" dijo. Y como su voz no alcanzara a despertar eco alguno en aquella dimensión sin horizontes, se sintió molesto. Hizo un ruido con la boca, reprobando y chasqueó los dedos. Bajo sus zapatos de puntas afiladas, negros y bien lustrados, nació un piso de adoquines abrillantado por el rocío de una madrugada recién estrenada. Cortó la inmensidad adoquinada con un baldío y una esquina a la que dotó con un edificio alto, de paredes descascaradas y en cuyo frente pintó la palabra "BAR" con rojas letras irregulares. Miró de soslayo a su compañera, como buscando aprobación.

—Usted siempre poco detallista, Montoya —dijo la mujer con voz que sí encontró eco en la escenografía recién creada. Y tras ahuecar la corta melena castaña y dar un último vistazo a su falda adherida a los muslos como un guante ajustado, creó un farolito de hierro forjado que regaló al paisaje su luz amarilla y trasnochada.

La onda de energía modificada que era La Cumparsita rozó a la pareja y alteró su rumbo por exigencias que la energía consciente podía imponer a la no-consciente. Se expandió en forma de tirabuzón, rodeando a la cósmica estructura a la vez que rebotaba en el diapasón de la galaxia, resolviéndose en un mistongo compás de dos por cuatro a cuyo conjuro vibraron las esferas celestiales. Montoya rodeó el talle etéreo de la Fernández y los chapeados metálicos de sus zapatos ensayaron sobre el adoquinado de la calle un taconeo invitador. Palma y dedos expertos seleccionaron la figura que el cuerpo femenino aceptó, maleable arcilla de curvas sinuosas lanzada en la propuesta cadenciosa y feroz de la danza. Cortes, quebradas y floreos se sucedieron en un vertiginoso torbellino atemporal creado por el desplazamiento de la negra pollera de la Rosa, arrastrando a su vórtice al Universo en lazos, giros y sentadas.

En su final, la música se elevó en un crescendo que llevó al punto crítico el equilibrio de los mundos cercanos y cuando los compases de cierre cayeron como martillazos en el yunque sideral, dos estrellas se derrumbaron sobre sus núcleos floreciendo en novas de sugestiva belleza nuclear.

La onda de energía modificada del tango, deshecho el nudo secular y arcano que la anclara por un momento a la cósmica estructura de los danzarines continuó, sin otra conciencia que el imperativo de la marcha, su rumbo vertiginoso y errático dejando tras de sí el remanente nostálgico que generó la súbita ausencia.

Anastasio Montoya rebuscó en los bolsillos hasta encontrar un arrugado paquete de "Particulares", negros y sin filtro. Encendió el cigarrillo arrimando la punta a la nova más cercana y aspiró con renacida satisfacción. A través de la nube de humo que difuminaba su rostro angular y severo, se volvió hacia la compañera que esperaba.

"Shalú", Rosa —dijo llevándose un dedo a la negra ala del sombrero.

—Hasta otro vernos, Montoya —contestó la mujer un instante antes de disolver su figura en energía.

La onda modificada que era Anastasio Montoya conservó la forma un momento más. Con un suspiro, paseó la mirada por el paisaje ciudadano por él creado. Terminó el cigarrillo y arrojó la colilla, rojo cometa que originó fantásticas auroras a lo largo de cien mundos habitados.

Y con otro taconeo, esta vez desafiante y compadrito que resonó como pistoletazos sobre el porteño adoquinado, se lanzó en pos de la compañera que lo esperaba en un recodo virtual del paisaje, un nanosegundo antes que la Vastedad recuperara su dimensión sin formas, trazas ni horizontes.


Cuentos de José Altamirano en Axxón: Número 88, Número 106, Número 107, Número 110.




AUTOESTOP

Fabio Ferreras


La lluvia comenzó a caer con renovada furia. Tamborileó ruidosamente sobre el techo del auto, ocultando la ruta tras una cortina gris agitada por el viento. Los limpiaparabrisas no servían para nada, como si se limitaran a trasladar el agua de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, incansablemente, dificultando aún más la escasa visión.

La luna debía estar allí arriba, en alguna parte, su brillo de invierno apagado tras toneladas de agua en suspensión, pero aquí abajo sólo se veían las luces del auto, un par de conos temblorosos que se extinguían entre la lluvia. Disminuí la velocidad. El simple hecho de conducir se había vuelto bastante peligroso como para que lo arriesgara todo apretando el acelerador, exponiéndome a una colisión frontal contra un árbol, contra otro auto, contra cualquier cosa... El problema era que estaba muy apurado; llevaba retraso y no podía perder el vuelo, no podía ni imaginar la posibilidad de perderlo porque el siguiente no saldría hasta la mañana, y la idea de pasar la noche entera en la terminal, durmiendo en un asiento de la sala de embarque con las valijas como almohada...; no, impensable. A regañadientes, me resistí a pisar el acelerador y rogué llegar a tiempo.

A la derecha apareció el centelleo verdoso de un cartel indicador. Llegando a su altura reduje aún más la velocidad y me incliné hacia la derecha para poder leerlo. Calculaba que debían quedar unos cinco kilómetros, pero mis nervios necesitaban la tranquilidad de la confirmación. Ahora avanzaba casi a paso de hombre. La lluvia se había transformado en un torrente descontrolado, una pared líquida que me impedía ver el cartel. Detuve el auto y bajé la ventanilla del acompañante, me recliné hacia fuera. Las gotas me salpicaron la cara, contentas por poder colarse dentro del auto después de haberlo intentado durante tanto rato.

Entonces lo vi, surgiendo de los árboles al costado del camino, justo a la derecha del cartel (y sí, tenía razón: quedaban cinco kilómetros). Vestía algo similar a una túnica larga y oscura, con la capucha echada sobre la cabeza. Imposible distinguir el color con tanta lluvia interponiéndose entre nosotros. Era muy alto y caminaba con decisión, con paso elástico, como si estuviera paseando por un prado soleado y no chapoteando en el barro de la banquina.

Me quedé inmóvil, sabiendo lo que iba a suceder.

Sucedió. La aparición se detuvo a un metro del auto, alzó una mano huesuda que casi se perdía en la manga de su túnica, y echó la capucha atrás. Comenzó a inclinarse hacia la ventanilla para poder hablarme, para que yo pudiera escuchar su voz por encima de la lluvia y el estallido de los truenos.

Abrió su nauseabunda boca vertical, la lengua doble ya comenzaba a menearse mientras también su rostro se empapaba, las gotas de agua deslizándose como aceite sobre la piel azul y escamosa.

—¡Ni lo pienses! —grité, subiendo la ventanilla con frenesí. No creo que haya llegado a escucharme; tampoco yo pude oír su súplica llorosa, que entonó a manera de cántico ululante, abriendo y cerrando los tres ojos—. ¡Nunca dejo subir a extraños!

Y arranqué, exigiendo el motor a fondo, dejándolo de pie bajo la lluvia, junto al cartel donde decía que sólo quedaban cinco kilómetros para llegar al astropuerto.


Cuentos de Fabio Ferreras en Axxón: Número 124, Número 133, Número 140, Número 145.




LA NEVADA MORTAL

Jorge Claudio Morhain


Marián fue la primera en darse cuenta.

Acaso porque Marián debía levantarse antes que los demás para preparar la leche.

Lo cierto es que, bostezando, se puso las pantuflas y salió hacia la cocina. Hoy estaba calentito en el Hogar, gracias a los rollos de papel que habían metido en las ventanas, y que impidieron los chifletes de los días anteriores.

Fue cuando tironeaba de la puerta trasera, la que tenía la cerradura permanentemente atascada, cuando vio a Papá Domingo. Y a Mamá Elisa. Estaban tirados en el patio, y la leche que él había recogido se había caído, y se derramaba, lentamente, de la botella.

Pero no fue eso lo que más le llamó la atención.

Lo que detuvo su impulso para ir a ayudarlos fue el gato, Mistú. Y los dos perros molestos, Nano y el Lobo. Y hasta las gallinas que por las noches subían a dormir a los árboles. Estaban todos en el suelo. Inmóviles. Y la tierra estaba cubierta como por una nieve brillante, como mica. Una nieve que seguía cayendo...

«¡Hay algo en el aire! ¡Algo que mata! », pensó Marián.

A cualquier otra chica lo de la muerte la hubiese puesto mal. Pero para ella, que venía de la calle, del barrio Fuerte Apache, eso era lo de menos.

Lo demás eran los chicos, encerrados en el dormitorio, al que no había entrado la nieve precisamente por los rollitos de papel...

Allá, del otro lado de Papá y Mamá, los encargados del Hogar, estaba la Despensa. Todas las provisiones. Adentro, en el dormitorio, cinco chicos y cuatro nenas: Marián era la mayor.

«Tenemos que salir de acá. Como sea...».

Más profundo en su cabeza quedaron las explicaciones.

Podía ser un arma. Un nuevo tipo de gases de la policía.

Podían ser extraterrestres...

Más adentro aún, recordó la fiesta. La fiesta de disfraces que papá Domingo y Mamá Elena preparaban para los chicos del Hogar, para la reunión de Hogares de la semana que viene.

Un ruido vino del dormitorio.

¡Los chicos empezaban a despertar!

No podría controlarlos a todos. Alguno abriría una ventana...

Tropezó con los disfraces. Con el disfraz, mejor dicho...


Juan Salvo, al que un día todos conocerían por El Eternauta, estaba tan ignorante como los chicos.

También se había salvado por un pelo.

Y, con telas plásticas, había preparado ese ridículo traje rosado, y la escafandra.

Y ahora, con un arma, iba a buscar comida para su casa.

No quería pensar. Mejor no darse cuenta del horror de las calles. Quizás fuera un sueño. Quizás fuera una prueba. Quizás fueran, realmente, marcianos...

Entonces lo vio.

Enorme, múltiple, tambaleándose en su inmensidad, el largo cuerpo redondo, como formado por bolas unidas una a otra.

Las muchas patas.

Dos, seis, diez pares de patas.

¡De modo que esos eran los invasores!

¡Esa especie de oruga gigante y sonriente...!

Y sonriente...

¡¿Sonriente?!

¿Cómo puede un invasor del espacio exterior tener una cara redonda y sonriente como un disfraz de oruga.

Con el arma lista, El Eternauta se aproximó al monstruo, usando una chata reventada contra un poste de luz para parapetarse.

Y oyó la vocesita.

La de Marián: —¡Señor, ayúdenos!

Y enseguida los otros. Llorando a moco tendido.

Juan Salvo consiguió conducir a la "oruga" (que era un disfraz hecho de papel maché, hermético ahora, a fuerza de Plasticola y papeles) hasta un lugar seguro.

La invasión extraterrestre seguía adelante. Pero los chicos del Hogar estaban a salvo... Si es que alguien podía estar a salvo, claro...


Hace medio siglo un señor llamado

Héctor Germán Oesterheld escribió la más hermosa

de las aventuras en historieta, "El Eternauta".

Para que los chicos del siglo XXI la vayan conociendo,

y en homenaje a Héctor, he contado esta historia.

Porque, una vez, él me llamó "colega".


Cuento de Jorge Claudio Morhain en Axxón 137: "Combustión externa"




BRECHA EN EL MERCADO

Juan Pablo Noroña


Decenas de ígneos dardos se clavaron en la negra piel, hambrientos de las jugosas estructuras interiores, y con rabia se abrieron camino adentro. Les guiaba un solo objetivo, el único que permitía su feroz simplicidad: corromper, convirtiendo lo que había sido parte de la víctima en veneno para ella. Como no hay mejor defensa que el ataque, contra ellos Semso generó lo más rápido en respuesta de sus arsenales, sus hijuelos asesinos, y los desató en el espacio circundante. Emboscaron en pleno vuelo a los que aún no habían irrumpido por las grietas de la vulnerada envoltura, plagándolos de tantos errores que llegaban a él como informes masas de códigos no funcionales, y después persiguieron a los que dejaron otros mecanismos antiintrusores. Pronto no quedaron más que piltrafas, y todos los protectores se acercaron a la superficie, bajo el duro hielo emergente de las mismas rupturas, listos para repeler cualquier otro asalto, de seguro no menos salvaje. También dejaban campo libre a la recuperación.

Mas Semso se preguntaba si con tales medidas bastaría. Tuvo algún tiempo para restañar los efectos de la plaga antes de recibir la respuesta; la segunda oleada vino cuando ya la reescritura había concluido. Luchando con las extensiones externas de Semso llegó a causarle distorsiones en la percepción de la matriz. Y en el momento más fuerte del costoso combate ocurrió una voraz explosión interna de fragmentos del primer asalto reconstituyendo unidades activas que se multiplicaban exponencialmente a costa de sus entrañas, corrompiendo terabytes de valioso material. Los antiintrusores, generados desde puntos más externos, tuvieron que crearse paso haciendo casi esos mismos destrozos para conseguir atajar el cáncer a las puertas del configurador.

Si tan sólo no estuviese en este desconocido espacio ciego y cerrado. Si pudiese volver a su Isla del CiberMar en su familiar y seguro entorno de puertos e interfases protegidas. Si no tuviese que pelear solo contra enemigos invisibles, si pudiese escapar, si encontrase alguna salida...

Un inmenso portador abrió un boquete en la piel de hielo negro y arrancó todo un bloque constitutivo, además de incrustarse casi en su insoportable totalidad. Semso se defendió usando las rutinas antiirrupción contra la ponzoñosa carga que contra sus códigos se liberó al abrirse el masivo módulo de asalto, y resistió. Y mientras lo hacía, con el cien por cien de sus recursos dedicados a no morir convertido en una incoherencia de estructuras no funcionales, no dejaba de evaluar. ¿Porqué la sospechosa gradación del ataque? ¿Por qué la demora entre golpe y golpe? ¿Ahorraban medios? ¿Estudiaban sus debilidades con prudencia? ¿O algo peor...?

Aún le llevó un tiempo desesperantemente largo recobrar la parte separada. Mas cuando la refusionó esta le proporcionó la valiosa información de que durante su corta autonomía había encontrado en una esquina del ciego espacio cerrado algo más que la lisura usual en la matriz: un sospechoso flujo bidireccional pulsaba en ese lugar. Semso se dirigió hacia allí vertiginosamente veloz. Y entonces se desató un asalto factorial de los anteriores por su envergadura. El avance se mezcló con un desesperado contraataque que no pudo evitar un rastro de lastimosos pedazos arrebatados más allá de toda recuperación.

—¡Mierda! —gritó Brull, desconectando su interfase de un manotazo. En cualquier momento de su vida en que volviese a recordar la visión de Semso desangrándose hacia él, temblaría.

—Jode, ¿verdad? —preguntó Gastello—. Vende, ¿verdad?

—Y que lo digas...

—Semso aguantó mucho más todavía, y mató casi todo lo que le enviaron. Y el público esta cansado de infelices que caen en shock al más mínimo daño serio. Ellos quieren a alguien capaz de volver de las puertas de la muerte; quieran agonía, no sólo dolor, y destrozos que se vean espectaculares, y alguien que pueda luchar...

—Puerco...

—¡Sí! —exultó Gastello—. Esto es nuestra brecha en el mercado, algo totalmente nuevo. Nadie más tiene esta mercancía. Lo veo: "Directamente desde el Cibermar, secuestrada para morir ante sus ojos"; snuff de I.A. ¡Ah!

Los ojos de Brull brillaron febrilmente.


Cuentos de Juan Pablo Noroña en Axxón: Número 136, Número 140, Número 142, Número 144.




Axxón 147 - Febrero de 2005
Cuentos de autores de habla hispana (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Fantasía: Varios países).

            

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