CAMBIO

Hernán Dominguez Nimo

Argentina

Cuando sentí la mano de Alejandra en mi bragueta, no hice más que separar un poco las piernas y levantar el cinturón de seguridad, para que pudiera abrirla más fácil. Un segundo después, todo mi miembro —a medio despertar—estaba dentro de la boca de mi novia.

Afuera llovía a cántaros. Por eso las ruedas patinaron sobre el empedrado cuando clavé los frenos por puro instinto, pues ni siquiera llegué a ver el color de la camioneta que en algún momento se había cruzado en el medio de la Avenida Triunvirato.

El auto nunca frenó, claro. La explosión del golpe se mezcló con la del dolor negro y rojo que me inundó el cuerpo de abajo hacia arriba.


Hubo destellos de luz en la negrura del dolor, pequeños retazos rescatados del olvido en el tejido de la memoria, que aparecieron mucho después, resistiéndose al terrible esfuerzo por recordar pero doblegándose a la simple mención de una palabra casual, como una pequeña boya sumergida, atada a un pedazo de memoria naufragado, que repentinamente asciende desde las negras profundidades abisales. Esos restos los ordeno aquí, en mi relato, para que ustedes conozcan mi historia tal como ocurrió, no confusamente, como la fui recordando.

Sobre todo hubo gritos. Muchos gritos.

Gritos de Ale, gritos de alguien más —el otro conductor, supongo—, gritos míos, creo.

Sacudidas. Luces repentinas. Negros cegadores.

Y el dolor por encima de todo eso, presente como los segundos de un reloj de péndulo a lo largo de una noche de insomnio, opacando la existencia de todo lo demás.


Cuando el tiempo volvió a ser lineal, sin saltos, estaba en el hospital. Era el lugar más lógico para despertarse —si uno no tiene alas y un arpa en la mano— pero tardé un rato en darme cuenta de que lo era. Ale me llamó por mi nombre y me agarró la mano y esa imagen mental, tan jodidamente estereotipada, me ubicó de golpe.

—Guido. ¿Cómo te sentís? —dijo entredientes.

—Raro... adormecido y dolorido a la vez... —traté de moverme y casi salto de la cama del miedo, estrangulando el colchón para mantener el tronco erguido—: ¡No puedo mover las piernas!

—¡Tranquilo, tranquilo! Es la peridural... —susurró Ale—. Te anestesiaron para la operación.

—¿Operación? ¿Qué operación?

Y antes de que me lo dijera lo sabía. Por los destellos de memoria que sus palabras habían despertado. Y por los destellos que despedía el acero quirúrgico que ataba sus dientes entre sí.


—No debería preocuparse en lo más mínimo: la operación fue un éxito —el doctor se acercó y agregó en un tono de confidencia—: Y le puedo asegurar que salió ganando.

Alejandra no me había querido explicar. Por la vergüenza supongo. Por la culpa tal vez. El Doctor Raposo, en cambio, me lo contó con lujo de detalles... demasiados quizá.

El impacto del choque le había cerrado los dientes de golpe a Alejandra, fracturándole la mandíbula a ella y cercenándome el pene a mí. Mi desmayo y delirio habían sido consecuencia del dolor y la enorme pérdida de sangre.

—¡Y menos mal que no estaba erecta del todo! —dijo Raposo con una risita—. La presión de la sangre hubiera generado una hemorragia mucho mayor...

Ignoré su comentario. No podía quitar los ojos de mi pene. Mi nuevo pene.

No podía ver mucho, claro. Un manojo de gasas levemente manchadas de yodo y de rojo. Pero debajo estaba el pene del otro conductor, que había muerto instantáneamente, con la cabeza —la otra— cercenada.

Hice la pregunta obvia, con una lágrima asomando:

—¿Qué pasó con el mío? ¿No podían insertármelo otra vez? La operación era la misma, ¿no?

—Claro. Pero nunca lo encontraron. Mi opinión es que... ejem... su novia se lo tragó en el sobresalto del golpe.

"Es mi culpa —me descubrí pensando como un idiota— ...tanto insistirle con que se la tragara toda...". Apenas reprimí una risa idiota e histérica que luchaba por salir como tos convulsa.

—Igualmente —dijo el doctor—, como ya le dije, cuando le quitemos las vendas y los puntos va a ver que salió ganando con el cambio.


En los días que siguieron mi mayor prueba fue el momento en que la enfermera de día me cambiaba los vendajes y me lavaba con pervinox. La de noche era bastante fea la pobre, pero la de día... Encima, aunque no pude ver nada porque ella me tapaba con la sábana, pude sentir que me habían afeitado por completo. Y no podía dejar de imaginarme a Marcela —así se llamaba la enfermera de día— poniéndome crema de afeitar con una prestobarba en la mano...

Gracias a mi gran poder de concentración, nada pasó. Me retiré del hospital cinco días después. Y volví a la semana para que el doctor me sacara los puntos.

El pene era más grande, por cierto. Y más oscuro. Era extraño ver esa unión de dos pieles distintas, como la piel de una espalda bronceada rivalizando con el blanco de la cola.

—¿Cuando puedo empezar...? —pregunté sin terminar la pregunta.

—Cuando quiera. Trátela con cariño pero sin miedo. Y aprovéchela: Dios le dio una segunda oportunidad.

Esa noche, solo en casa, me toqueteé un poco hasta que se amorcilló. No era más grande. Era mucho más grande. La piel estaba un poco insensible pero el doctor me había dicho que era normal. Se pasaría con el tiempo. Y el pelo crecería hasta tapar la cicatriz y la unión de las dos pieles.

Me encontré preguntándome quién habría sido el dueño anterior. Su nombre, su profesión. Su novia. O su mujer. ¿El pene la extrañaría?

El doctor y la administración del hospital se habían negado a darme los datos del donante. Y como el accidente había sido claramente culpa del muerto, la policía apenas había corroborado la versión de otros testigos que estuvieran en Triunvirato esa noche.


Con Ale fijamos una fecha: dos meses después del accidente.

Faltamos a nuestros trabajos y nos encontramos para ir juntos a un hotel del Acceso Oeste.

Ella se puso un conjunto especial, que me volvía loco. Yo me bañé y me perfumé con el Carolina Herrera que le gustaba a ella.

Nos abrazamos y besamos apasionadamente, nos buscamos, nos tocamos...

Y nada.

—No te preocupes —dijo ella—, es lógico... tanta expectativa... era como rendir un examen... y encima después de una experiencia tan traumática...

Todo eso se me había ocurrido a mí. Pero en el momento de oírselo a ella perdía fuerza.

Lo intentamos una vez más esa tarde —yo insistí—, con idéntico resultado. Probamos con diferentes poses, con cremas, en la ducha, en el sillón. Todo en todos lados. Todo menos lo único que ninguno quería intentar y ni siquiera mencionamos.


Ilustración: Ferrán Clavero

Pasó una semana, otra más. Mi amigo seguía inactivo. El doctor me revisó varias veces y aseguró que todo estaba bien, que el problema no era físico, dando a entender, claro, que era mi cabeza. Me recomendó un psicólogo sexual.

Mi primera reacción fue tirar la tarjeta. Sopesé la idea de pedirle finalmente la fellatio a Alejandra. El escalofrío me obligó a levantar la tarjeta del piso y pedí un turno.

Fui sin convicción. Me imaginaba el discurso psicologista del tipo, diciéndome que para superar el trauma había que enfrentarlo. Es decir que iba a terminar pidiendo la fellatio nomás y la visita era al pedo.

Pero el psicólogo —que tenía una pinta de trolo que se caía— pareció muy interesado en el relato del accidente, como si pudiera encontrar otra cosa en él. Me preguntó acerca del lugar del accidente, la camioneta de la otra víctima y otros detalles que yo creía haber olvidado.

Hablándolo con un hombre —no le había contado todo el asunto a ninguno de mis amigos— empecé a sentirme más relajado, casi como en una charla de café. Cuando le pedí permiso para ir al baño, ya casi había empezado a confiar en el hijo de puta.

Por eso no me esperaba que la puerta del baño se abriera de golpe. Me di vuelta con el pene goteando entre mis dedos y la sorpresa dibujada en la cara.

—¡Claro que sí! ¡Yo sabía! —gritó el maldito gay—.¡ A ese muchacho lo conozco!

Miraba mi pene, obviamente, que en ese momento también pareció reconocerlo pues se irguió, ansioso, en todo su esplendor.



Ya todos saben que Hernán Domínguez Nimo es redactor publicitario y las razones por las cuales nunca se tomó lo literario como una profesión. Lo que puede resultar novedoso es que las decenas de cuentos que tenía en los cajones de su escritorio empiezan a pasar a los de los editores y algunos de ellos empiezan a saltar de allí a las revistas y antologías. O sea que ya puede decir que, además del cuento finalista en el Terra Ignota de México y posteriormente publicado en la revista 2001, de España, el relato ganador del Concurso Fobos 2003, el que Axxón publicó en el N° 141 ("No, gracias", una curiosa bifurcación en la vida de Diego Maradona) y "En punto" (Axxón N° 143), pronto veremos sus textos en otros sitios, como por ejemplo... (censurado, ¡maldición, lo sé y no lo puedo decir!)


Axxón 148 - Marzo de 2005

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Realismo conjetural: Humor: Argentina: Argentino).

            

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