NUNCA ES DEMASIADO TARDE PARA UN NUEVO PROBLEMA

Khristo Poshtakov

Bulgaria

Cuando George Gartfield excavó en el espacio vacío ubicado detrás del viejo granero, construyó los cimientos y comenzó a edificar la pirámide, su vecino, el granjero Robert Hawkins, decidió que George se había vuelto loco. Poco antes se extendió el rumor de que había ganado una suma abultada en la Gran Lotería de los Granjeros, pero gastársela de semejante manera parecía una locura. A pesar de la opinión predominante, la construcción de la pirámide continuó viento en popa. Los obreros contratados montaron la estructuras rápidamente, las mezcladoras de cemento siguieron llegando sin demora, la sibilante bomba chupó el cemento y lo volcó en los moldes cúbicos dispuestos con anticipación. En apenas tres semanas, la pirámide comenzó a tomar forma. Robert Hawkins ya no pudo resistir la curiosidad y decidió averiguar algo más.

George Gartfield era un viejo amigo suyo, pero no se habían visto mucho últimamente. Esta era la ocasión perfecta para conducir el vetusto Ford hasta la casa de George. Para su gran sorpresa, Robert no oyó el familiar y ofensivo ladrido del maldito perro, famoso por su increíble perversidad. "Debe de haberle ocurrido algo", pensó y tocó bocina. Esperó un rato; George apareció desde detrás de un recodo de la pulcra zona en construcción; tenía puesto un mameluco y botas de goma. El sonriente rostro cuadrado apenas podía asociarse con el de un viudo o el de un hombre abandonado por sus hijos que no quería deshacerse de su granja. Pero esa era la verdad. Su andar rígido delataba la avanzada edad y las doloridas articulaciones. Era una señal casi obscena de que George ya no era el niño que corría por los campos junto a Bobby.

—Hola, Bob —dijo—. Hace siglos que no nos vemos. Es una vergüenza, somos vecinos.

—Es por los riñones, Georgie. Súmale también la colitis, la úlcera, la TV y una esposa regañona. Todas las enfermedades que vienen con la edad y la civilización. Tengo entendido que has comenzado a hacer algo y decidí venir a visitarte. Todos hablan de una especie de pirámide.

—Ah, los chismosos nunca descansan. No es "una especie de pirámide"; es una réplica exacta de la Gran Pirámide de Kheops, más pequeña pero bastante impresionante.

—¿Para qué diablos la necesitas?

—Decidí hacerle honores a mi granja y rendirle tributo a Dudsey. Pobre Dudsey, embalsamado en el freezer de la cocina desde hace ya dos meses...

—¿Quién es Dudsey? —preguntó Robert, confundido.

—Mi perro, claro. Murió de viejo y todavía lamento que no haya podido morder a todos esos... George hizo un gesto airado con la mano, indicando a los demás vecinos. Luego empujó a Robert para que dejara pasar la mezcladora de cemento a través del portón abierto. —Estaciona el coche lejos de aquí, por si acaso —dijo—. Y ven a ver la construcción.

Su amigo obedeció y ambos caminaron hacia el viejo granero.

—Esto debe haberte costado una montaña de dinero —comentó Bob cuando iban rumbo al edificio.

—Seguro que supiste lo de la lotería. Los chismosos te habrán comentado que la gané. Pero te prometo que mis hijos no verán un solo centavo; la pirámide lo absorberá todo.

Se detuvieron delante de la estructura de hormigón que alcanzaba casi veinte metros de altura. Robert Hawkins no pudo menos que sentir admiración por la celeridad con que se estaba construyendo el proyecto de George.

—Será por lo menos dos veces más alta —dijo con orgullo—. Ahora está fraguando la cámara funeraria, si es que sabes algo de pirámides. Mañana vamos a quitar el andamio para poner allí el cuerpo del pobre Dudsey, con una ceremonia especial. He mandado hacer un sarcófago especial, de mármol genuino. Inicialmente pensé en revestir toda la pirámide con mármol, pero el precio era exorbitante. Tendré que arreglármelas con piedra caliza común, cortada en planchas más gruesas, desde luego. Así que dentro de dos meses estará lista; es el plazo del contrato.

—Sabes, Georgie... detesto decírtelo, pero algunos creen que estás loco.

—¿Me hablas de esas basuras? ¿De esos coyotes inmundos que están tratando de arrebatarme mis tierras constantemente? Tengo una sorpresita para ellos y, te cuento un secreto, la próxima vez será mejor que me llames por teléfono antes de venir. Acabo de comprar dos perros; están especialmente entrenados y su maldad está garantizada por la prestigiosa compañía que los provee. Y nunca estarán encadenados, ¿comprendes? No atacarán a los obreros ni a ti; se los instruirá apropiadamente. Oh, estoy seguro de que nunca serán tan buenos como Dudsey, ¿pero qué puedo hacer? Un hombre como yo debe conformarse con lo que tenga a su alcance. Y en cuanto a la locura, quizás el séquito del faraón Kheops también creía que él estaba loco, pero su pirámide sobrevivió a través de los siglos. No pretendo su misma gloria, pero Dudsey y yo podemos compartirla al menos en parte. Te lo aseguro, Bob. Vendrán los periodistas y los móviles de TV; mis hijos tampoco se lo perderán. Se les cortará el aliento al ver los miles de dólares convertidos en hormigón y tendrán ganas de llorar de envidia y de furia. Es cierto que si la pirámide se hubiese construido completamente de piedra habría parecido más auténtica, pero eso tiene un costo. Aunque el hormigón, si está hecho con cemento de alta calidad, también es una buena opción a considerar. Si los antiguos egipcios lo hubieran inventado, habrían construido estructuras mucho más portentosas; mientras tanto, ahora los turistas de la actualidad se ven obligados a soportar los resultados de su pericia.

Robert Hawkins lo escuchaba con admiración. Ahora empezaba a considerar a George Garfield como un hombre magnífico, no como un demente.

—¡Vuelve a visitarme, Bob! —dijo George cuando se despedían—. Eres mi único amigo entre toda la basura que me rodea. Pero recuerda llamarme por teléfono primero.

Pasaron unas semanas; luego un mes. Robert retomó el hábito de visitar a George, como lo hacía en los buenos tiempos, lo que generó los celos algo tardíos de su esposa Sarah. Después de cada visita, la relación salía más fortalecida. Gradualmente, Bob fue aceptando el grandioso emprendimiento como si fuera propio y hacía lo mejor que podía para contrarrestar los chismes maliciosos. Los nuevos perros de George ya lo reconocían y respetaban.

A finales del segundo mes comenzaron a llegar los periodistas, pero George no se inmutó; no les permitiría ver la estructura hasta que estuviera terminada. Sus declaraciones sólo lograban alimentar la insolencia innata de esa tribu, porque un par de días después de la primera visita, un camarógrafo de TV resultó malherido por las mordidas de los perros y dos periodistas debieron marcharse con los pantalones en tal estado que apenas podían describirse con ese nombre.

El impresionante cuerpo de la pirámide se elevaba sobre sus firmes cimientos y su poderosa estructura se veía a varios kilómetros de distancia. Se veía desde la autopista, como surgiendo de la tierra; la parte superior ya estaba montada y los camiones seguían descargando losas de piedra caliza.

Al comenzar el tercer mes, unos días antes de la finalización del plazo contractual, el impresionante edificio estaba terminado.

La inauguración siguió todas las reglas de una ceremonia solemne. George había decidido ser generoso con sus vecinos y con los periodistas. Los perros no estaban. George, sonriendo, le dio la bienvenida al gentío variopinto que salía de los automóviles estacionados frente a la entrada. Se había puesto un traje nuevo y sudaba. Su rostro estaba radiante, pero su expresión cambió cuando vio a sus hijos.

—¿Lo ves? Te dije que vendrían —le dijo lúgubremente a Bob, que acababa de ser entrevistado por primera vez en su vida—. Ahora serán una verdadera molestia y yo tendré que echarlos de aquí. Ah, los conozco muy bien. ¿Por favor, puedes entretener a los invitados mientras intercambio una o dos palabras con ellos?

Robert se acercó a la multitud, consciente de ser la segunda figura más importante. Los hijos de George se aproximaron, con los rostros perfectamente impasibles. Robert los siguió con el rabillo del ojo, escuchó una breve pero encarnizada disputa y luego los vio caminar hacia la entrada. Los conocía a los tres: Michael, Ben y Jim. Cuando eran muy pequeños, George los llevaba de visita a su casa, pero hasta él se quejaba de su conducta. Cuando regresó donde estaba su amigo, George parecía contento.

—Logré deshacerme de ellos —dijo brevemente—. Es hora de ir a la pirámide y abrir el champaña.

Ya estaba cayendo el sol. George encendió los poderosos reflectores y la enorme estructura se recortó contra la oscuridad. El sonido de la botella que se abría coincidió con un extraño fenómeno que se observó en el cielo, pero que quedó ahogado por los aplausos de entusiasmo. George decidió no dar discursos y circuló entre los invitados para servirles champaña.

—¿Viste el presagio? Era malo —dijo, mientras llenaba la copa de Robert—. No creo que todos lo hayan notado.

—Tonterías. Probablemente era un meteorito. Son bastante comunes a finales de agosto.

—No, Bob, no lo era. La luz fue mucho más intensa. Para ser franco, me asusté: sentí un poco de culpa.

—¡Vamos, basta ya! ¡Este es tu gran día, Georgie!

—Espero que así sea —masculló su amigo, y volvió a los periodistas. Su sonrisa había desaparecido.


Ningún milagro dura para siempre; los comentarios sobre la pirámide continuaron un tiempo, y luego el interés se centró en nuevos acontecimientos. Pero la pirámide se transformó en una atracción turística. Como era un punto de referencia local, ocasionalmente algún auto se salía de la autopista y sus curiosos pasajeros caminaban alrededor de la casa de George, hacían ladrar a los perros y luego se marchaban. A veces se encontraban con los dos amigos jugando al ajedrez en la galería del frente, y entonces sacaban sus cámaras y les tomaban fotos. George y Robert se habían acostumbrado a ser celebridades y prestaban muy poca atención a los visitantes.

Una noche, cuando Bob estaba a punto de irse a casa, aparecieron las mismas luces en el cielo. George las miró fijo e, inconscientemente, se puso una mano en el pecho.

—La misma sensación —dijo—. Es seguro que ocurrirá algo.

—¿Qué puede ocurrir? Creo que te estás poniendo viejo y tonto.

—¡Lo sentí, maldito seas! ¡Algo anda mal y está relacionado conmigo, te lo aseguro! ¿Me prometes que cuando te llame vendrás inmediatamente?

—Bueno, no te entiendo, pero está bien. Puedes confiar en mí. ¿Tienes miedo de algo?

—Es más bien una premonición. Esas luces aparecieron después de que construí la pirámide. No es la primera vez que las veo y siempre siento lo mismo. Algo anda mal, y algo va a suceder.

Robert creía que todavía era fuerte y capaz de pelear. Su débil cuerpo de anciano estaba lejos de confirmar esta percepción, pero repitió con confianza:

—¡Siempre podrás contar conmigo!

El destino eligió la noche siguiente para poner a prueba la fuerza de su promesa, cuando un penetrante ring lo despertó. Robert levantó el teléfono y la voz horrorizada de George hizo desaparecer el sueño.

—¡Ven ahora mismo! Ten cuidado y recuerda apagar las luces y el motor del coche antes de llegar a la casa. Deténte allí y espérame. ¡Si tienes una pistola, tráela!

Robert se las arregló para que Sarah cerrara el pico; se subió al automóvil y encendió el motor. Tardó muy poco en llegar a la granja de George, pero obedeció las instrucciones y permaneció dentro del vehículo. La noche estaba colmada de suspenso y misterio. Finalmente, el delgado haz de luz de una linterna quebró la oscuridad. Era George.

—¿Qué te pasa, por el amor de Dios? —casi gritó Robert—. ¿O piensas que puedes sobresaltar así a la gente a estas horas de la noche?

—¡Cállate, estúpido! —retrucó George—. Ahora verás algo que nunca has visto antes. Entonces me enteraré de cuán valiente eres. Vamos, entremos; ¡ten cuidado con ese alambre!

George apuntó la luz de la linterna hacia delante, levantó un alambre oxidado y ayudó a Robert a pasar por debajo. Bob se quedó sin aliento; obviamente, la vejez y la escasa altura eran un problema, pero finalmente logró pasar y volver a enderezarse.

—¿Trajiste un arma? —le preguntó su amigo después de unos cien pasos cautelosos y en silencio.

—Sí. ¿Pero para qué, si eres tan amable?

—Por si acaso. Yo también traje la mía. Tenemos que defendernos si es que nos atacan. No quería involucrarte en este asunto y todavía tienes oportunidad de negarte a hacerlo. Es bastante peligroso, ¿sabes?

—¿No vas a decirme para qué me llamaste?

—¡Shhh! Mira la pirámide —susurró George—. No sé qué es exactamente, pero se necesita mucho coraje para mirarla.

Tomó las gafas que colgaban de su cuello y se las pasó a Robert. Robert se las colocó, giró la cabeza en la dirección que George estaba señalando y casi se desmaya. El suelo bajo sus pies pareció volverse blando y movedizo.

Vio la pirámide y a unas extrañas criaturas vestidas con mamelucos amarillos caminando de aquí para allá. Sus cabezas se asemejaban a las humanas, pero sus ojos eran enormes y redondos, y tenían picos en vez de narices. Sus rápidos desplazamientos no eran tan frenéticos como él había pensado al principio: se movían como obreros que estuvieran armando una especie de estructura industrial. Cavaban el suelo, colocaban algo en los hoyos, tensaban una especie de soga, transportaban unas cosas raras y las colocaban alrededor de la pirámide. Se veían brillantes chispazos de luz, como de soldadura.

—Ahora mira a la derecha —murmuró George.

El panorama era aún más sorprendente. Era un gigantesco cuerpo ovalado, con una hilera de ventanillas redondas sobre la superficie reluciente.

—Esto es... Ellos son... —Robert se atragantó y tragó saliva dolorosamente.

—Alienígenas, quieres decir —continuó George—. Eso parece. Llegaron muy silenciosamente, como pájaros nocturnos. Casi me los pierdo; los perros no ladraron.

—¿De verdad crees que estas míseras pistolas nos pueden servir de algo si llegan a detectarnos?

—Te advertí que era peligroso. Márchate si tienes miedo, pero creo que por ahora estamos en un lugar seguro. Te llamé para discutir contigo qué pueden estar haciendo alrededor de mi pirámide.

La respuesta llegó en un instante. Las criaturas amarillas se metieron en la nave espacial; luego la pirámide, lentamente, fue separándose del piso y... también desapareció. Las luces se apagaron y la nave extraterrestre se fundió con la oscuridad. Los dos amigos trataron de localizarla, escudriñaron el cielo, pero lo único que titilaba eran las estrellas conocidas y las desconocidas. La pirámide seguía desaparecida.

—¿Lo ves? —sollozó George—. Es increíble: esos ladrones me la robaron. ¡Me la birlaron, junto con el cuerpo muerto de Dudsey, y nosotros aquí, boquiabiertos, paralizados de espanto! ¡Nos comportamos como unos malditos idiotas!

—¿Qué otra cosa podíamos hacer?

—Bueno, podíamos dispararles. Al menos eso nos hubiera servido de consuelo. Y, quién sabe... ¡tal vez se habrían asustado!

—De ninguna manera. Mejor vamos a revisar el lugar. He escuchado de alucinaciones en masa; quizás seamos víctimas de algo así. Se vertieron más de tres mil toneladas de cemento dentro de esa pirámide. ¡No puede desaparecer en un santiamén! Los cimientos que están sobre la capa de arena tenían dos metros de espesor, y también hiciste agregar relleno y estructuras metálicas. Pesaba unas diez mil toneladas. ¡Es demasiado pesada para llevársela así de como así! ¡No es como robarse una pelota de béisbol!

Volvieron a la valla. Robert se quedó otra vez sin aliento, pero el trecho hasta la casa de George le resultó bastante fácil.

Los perros nunca ladraron; el silencio mortal parecía sospechoso. Los dos ancianos seguían excitados por la increíble experiencia. Desenfundaron las armas y lentamente se acercaron al granero. La luz de la linterna iluminó a uno de los perros, que estaba profundamente dormido. Su respiración era tranquila, sus orejas y ojos no reaccionaron. Avanzaron con cautela, pero no sucedió nada extraño. Los amigos se detuvieron, atónitos, ante un gran pozo cuadrado, como cortado a cuchillo.

—Entonces es cierto. ¡Se la robaron! —dijo George tristemente—. ¿Pero por qué lo hicieron? ¿Por qué me han privado de la alegría del hacedor?

Parecía profundamente abatido y a Robert no se le ocurría cómo consolarlo. Finalmente, logró convencer a George de que entrara en la casa. Pasaron el resto de la noche discutiendo y especulando.

La noticia de la desaparición de la pirámide se extendió rápidamente, como una serpiente venenosa lista para morder a cualquiera. George contó toda la verdad, pero con eso sólo logró que el veneno se volviera más vehemente y que todos se rieran de él sin piedad. ¡Cosa extraña, nadie quería creerle! Los rumores aseguraban que la pirámide era una perfecta escenografía teatral que había sido desarmada rápidamente. Una débil intención por descubrir la verdad atrajo a un grupo de pelilargos, famosos por sus ropas sucias y sus textos aún más sucios. "¿Quién se robó la pirámide?" fue el nuevo titular de la columna de chistes del periódico local. George permanecía en la casa, esperando pacientemente que la tormenta amainara. Hurgaba en la biblioteca, leía mucho y sufría. Al décimo día después del suceso, los perros habían recuperado completamente su temperamento y comenzaron a ladrar otra vez y a morder a todos los que estuvieran a su alcance.

Robert Hawkins compartió el mismo destino. Las amargas burlas de todo el vecindario hacían que sólo confiara en unos pocos miembros de la secta Alienígenas para la Salvación. Ellos eran los únicos que habían creído en sus confesiones desde el principio. El problema que compartían hizo que los dos amigos se volvieran aún más íntimos y dividieran el mundo en dos grupos perfectamente aislados: ellos y todos los demás tontos. Siguieron observando los cielos, pero las luces nunca volvieron a aparecer.

Una vez, después de la habitual partida de ajedrez, George dijo:

—¿Sabes, Bob? Creo que conozco la razón. Mira esta imagen. Parece familiar, ¿verdad?

Era un mural coloreado de una tumba, que representaba al dios egipcio Rha.

—Se parece a los alienígenas, pero la cabeza es más de pájaro que de humano, mientras que la cabeza de ellos es al revés. Tampoco tiene el mameluco amarillo.

—Exacto; tienes un ojo muy afilado —dijo George—. Parece que el mameluco amarillo es siempre señal de alguna ocupación, también en diferentes partes del universo. Aquí es la ropa de los constructores de caminos.

—¿A qué te refieres? —Su amigo estrechó los ojos. —Pensé que estabas cuerdo, a pesar de todas las rarezas.

—Trato de explicarte por qué se robaron la pirámide, o la cambiaron de lugar, para ser más preciso.

—¿Cambiaron de lugar?

—Sí, en serio. Debe estar en algún sitio; no puede haberse evaporado. Sencillamente, la mudaron.

—¿Pero por qué? ¿Acaso le obstruía el paso a alguien?

—Por fin haces una buena pregunta. ¡Te felicito, Bob! Ahora, mira este otro libro. Su título es "Peculiaridades de las Estructuras Espaciales", escrito por F. Meinheimer. Este hombre tiene un cerebro excepcional. ¡No olvides su nombre!

—¿Por qué confundes mi mente? Explícate de una vez o déjame en paz.

—No puedo explicártelo como es debido a menos que comprendas cuál fue mi error inicial al copiar las proporciones de la Gran Pirámide. Este libro dice que, si se las coloca a dos tercios de la altura por encima de la base de tal estructura, los cuchillos desafilados se vuelven a afilar y la comida nunca se echa a perder. El material es irrelevante en este caso, lo que importa es la configuración espacial. ¡Es una propiedad de la forma, de la forma!

—Estás loco, George. Lo lamento por ti.

—¿Cuál era tu pregunta? —Su amigo continuó como si no hubiera escuchado el comentario de Bob—. ¿A quién le obstruía el paso la pirámide? ¿Y la siguiente pregunta lógica sería "por qué"? Te lo diré. Porque era una señal de tránsito mal colocada. ¡No me mires así! Si una pirámide puede afilar cuchillos y preservar los alimentos, ¿por qué no puede servir como señal de tránsito? No para nuestras carreteras, sino para las de ellos. Nuestras dimensiones son diferentes de las celestiales. Como ya te dije, el material no es importante; el asunto es que sea lo más duradero posible. La Gran Pirámide ha servido durante miles de años y todavía se puede usar bastante tiempo más. Mi pirámide durará mucho tiempo. La mudaron porque causaba confusión en el tránsito espacial.

—No entiendo una sola palabra —gruñó Bob—. ¡Es demasiado para mí! ¿Qué tiene que ver la Gran Pirámide con el tránsito y las señales de las carreteras?

—Bastante, si te pones a pensarlo. Por ejemplo, se la puede colocar en el inicio de un corredor espacial hacia otra dimensión, para indicar "Vía de Sentido Único". Y entonces yo hago una réplica y la coloco en otro sitio, digamos, por ejemplo, delante de un cartel que diga "Prohibido el Paso". ¿Te imaginas el efecto que produciría si esto fuera una especie de ruta para espacionaves?

—Malísimo, me temo. Accidentes todo el tiempo.

—Exacto. ¿Recuerdas que tuve un ataque al corazón cuando vi las luces? Ahora me doy cuenta de que esas eran señales que indicaban un problema real.


Ilustración: Endriago

—Entonces al parecer hemos tenido suerte y la sacamos barata. Mira si nos achacaban la responsabilidad.

—Es imposible que ellos achaquen la responsabilidad a los representantes de una civilización inferior, capaz únicamente de producir señales de tránsito, pero sin tener la menor idea de dónde colocarlas. ¿Puedes responsabilizar a tu gato por haberse comido al canario del vecino? No obstante, estoy dispuesto a compensar mi error.

—¿Cómo?

—Instalaré luces adicionales en el corredor espacial, o al menos en la porción que seguramente atraviesa mi granja, como lo demuestra la presencia de los cabezas de pájaro.

—¿Qué luces?

—He leído acerca de las propiedades del tetraedro. Cuarenta metros de altura serán suficientes, supongo. Es cierto que no tengo dinero, pero si vendo la mayor parte de mis tierras a los acaparadores de propiedades del barrio y organizo una campaña para reunir fondos...

—¡Estás chiflado, George, absolutamente loco! —lo interrumpió Bob—. Si tratas de hacerlo, seré yo el que venda la granja, no tú, y nuestra amistad llegará a su fin.

—¡Qué pirámide la mía! —masculló George, sumido en una profunda ensoñación—. ¡Enorme y blanca, una verdadera belleza! Pero un tetraedro de tamaño similar no quedará nada mal.

—¡Basta! —gritó Bob, y se marchó enojado.

Durante los días siguientes no visitó a su amigo, para gran placer de Sarah. Pero una mañana sonó el teléfono.

—¿Bob, eres tú? —dijo una voz demasiado familiar.

—¿Qué ocurre? ¿Abandonaste la idea? —preguntó Robert con algo de esperanza.

—No, querido. Pero llegué a la conclusión de que un toroide también servirá. Es más económico, unos veinte metros alcanzarán perfectamente. Saldrá mucho más barato, y además...

Robert Hawkins colgó el teléfono de un golpe y volvió el pálido rostro hacia su esposa, perpleja y de pie a su lado.

—Comienza a hacer las maletas, Sarah —ordenó nerviosamente—. Debemos mudarnos lejos de aquí. ¡Hoy mismo!


Traducido por Claudia De Bella © 2005


Khristo Poshtakov nació en 1944 en Pavlikeni, Bulgaria. Escribe cf desde 1984 y ha publicado desde entonces más de ciento veinte relatos en publicaciones búlgaras. Ha sido traducido al ruso, húngaro, rumano, serbio, francés e inglés. Obtuvo el premio Eurocón de 1994 por Guardia en Titán. Ha publicado además varias colecciones de relatos y tres novelas, una de las cuales, La espada, el poder y la magia, será lanzada en castellano por Bibliópolis en los próximos meses. Se lo ha comparado con Robert Sheckley, y si nos guiamos por este relato, es una buena comparación.


Axxón 148 - Marzo de 2005

Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Ciencia ficción: Humor: Bulgaria: Búlgaro).

            

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