FICCION BREVE (tres)

Varios

FABULA (CON AMOR)

Carlos Daniel Joaquín Vázquez


Se despertó bajo la luz de la luna llena y por un momento se sintió confundida. Luego recordó y comprendió. Entonces se sintió feliz.

Él aún la protegía con su abrazo, cubriéndola desde atrás, calentándola con la tibieza de su cuerpo. Ella se mantuvo así, quieta, tratando de percibir el mundo tal como él lo veía y sentía en una noche como ésta: el suave y mullido suelo cubierto de musgo, el ruido de los insectos, el murmullo de las hojas mecidas por el viento que silbaba suavemente al colarse entre las ramas. Más cerca —mucho más cerca— percibió el cuerpo de su amante y el salvajismo de sus olores.

El enorme ojo de la noche teñía todo, creando un fuerte contraste de luces y sombras que le cambiaba el color a las cosas. Vio los restos desgarrados de su ropa, aunque no pudo percibir los colores. Así desparramadas, las prendas parecían los oscuros charcos residuales de una orgía sangrienta.

Pero no había pasado exactamente eso. Pensó en lo sucedido, a lo que habían llegado en esa relación que nadie aprobaría. —¿Y si quedo embarazada? —se preguntó con un dejo de angustia—. Si tenemos hijos, ¿serán como él?

—Ninguno de mis seis hermanos mayores es como yo.

Ella se libró del abrazo y se volvió para poder mirarlo a la cara. No recordaba haber hablado. ¿Él le había leído el pensamiento? ¿Cuántas cosas más ignoraba de él? ¿Cuántas veces más la sorprendería?

—Discúlpame —le dijo—. No sabía que estabas despierto.

—Sí, siempre —respondió él. La joven ya sabía que sus secas respuestas se debían a que a él le costaba hablar. Él hizo un extraño movimiento con su enorme boca y prosiguió—. No quiero perderme nada de esta noche.

Ella confundió el mensaje y estiró un brazo para acariciarle la pelambre del vientre.

—No. Basta —se quejó él.

Ella insistió, intentando acariciarle el cálido lado interno de sus patas traseras. Él, bruscamente, la apartó con el simple peso de una pata, se levantó con poderosa agilidad y comenzó a alejarse. Luego lo pensó, se detuvo, retrocedió sobre sus pasos.

—Tengo que irme.

Volvió hasta la mujer, todavía acostada sobre el musgo, e instintivamente le olió la entrepierna. Siguió caminando y se paró sobre ella, encerrándola entre sus cuatro patas. La joven parecía brillar bajo el influjo del plenilunio. Él le lamió los labios.

Ella volvió a percibir algo que antes había encontrado en su propia boca. —Hmmm... ese sabor...

—Un venado.

Como sin interés, él rozó los pezones de su hembra con el filo de sus poderosos caninos. —Me voy.

—¿Te veré pronto, leñador?

—Eso espero —le respondió mientras se alejaba. Sus agudos sentidos habían llegado a percibir un dejo de angustia en la pregunta de la joven.

Y se perdió entre los árboles del bosque.

—¿Y qué le voy a decir a mi abuela? —gritó ella.

Desde la espesura del bosque le llegó la respuesta:

—Ya pensaremos algo, Caperucita. Ya pensaremos algo.


Carlos Daniel Joaquín Vázquez (también conocido como Tut y Axxonita, porteño, nacido en abril de 1968). Casado y padre de tres varones, es desarrollador de software y docente. Lector de CFyF desde siempre, vuelve a la escritura después de varios años, mientras sigue con su historieta "El Encarrilador" e impulsa el Museo de las Artes de Urbys a través de "Arte Fantástico". Ha publicado cuentos en diversas revistas y ganó el premio Más Allá por su cuento "Cruzado" (Axxón N° 57). También pueden leer "Su amor del tren" (Axxón N° 25) en ../../c-CuentoSuAmor.htm




EL INOCENTE Y ABEL

Raquel Froilán García


El bebé jugaba en su cuna. Quería agarrarse un pie con esos dedos regordetes pero se le escapaba. Y volvía a intentarlo entre ruiditos que parecían trinos, que salían de su boca junto a pequeñas pompas de saliva. Realmente parecía un muñeco, tan pequeño. O un bebé de anuncio, de pelo rubio y mofletes sonrosados, con una boca pequeña que parecía a punto de soplar un beso.

Abel extendió su dedo índice y el niño lo agarró con una mano diminuta y perfecta, como probando su fuerza. Abel sonrió. El bebé también. A veces los niños te sorprenden. Su diseño es tan perfecto, crean fuentes inagotables de ternura en los adultos, los ablandan y los moldean. Abel estiró la manta y arropó al niño que no quería dejarse arropar. Sus pies, al moverse, formaban bultos revoltosos en el dibujo blanco sobre blanco de la manta.

Habían estado jugando. Abel tenía una manzana. Grande, roja, daban ganas de morderla y dejarse envenenar. El bebé estaba sobre la parte acolchada de la mesa, boca abajo, babando la toquilla de punto de la que se había librado enseguida. Ya tenía mucha fuerza en los brazos y la demostraba a cada momento, apoyándolos en la mesa para alzarse un poco y levantar la gran cabeza, desproporcionada, como la de todos los bebés. No podía sostenerse así mucho tiempo, pero lo aprovechaba bien, mirando a todos lados, a las asépticas y vacías paredes blancas y uniformes, rotas únicamente por los cristales espejados que creaban un universo cerrado y autorreferente: la imagen de la habitación quería escapar, pero rebotaba eternamente de un espejo al otro. Pero la atención del bebé se centró en la manzana, el único toque de color en la habitación en la que todo, incluso las ropas de Abel y las del bebé, era blanco. Abel sostenía la manzana en una mano y la mano se movía en el aire y el bebito la seguía atentamente con la mirada. La fruta pasaba incitante entre las manos de Abel, hasta ser un fugaz borrón rojo. Abel frenó un poco, la cara del niño amenazaba tormenta. Se había enfadado al no poder seguir todos aquellos movimientos y parecía a punto de empezar a llorar. Abel dejó la manzana en la mesa y le alzó en brazos hasta que se tranquilizó. Luego estiró la toquilla de lana aromatizada —que olía a tranquilidad y la madre que el niño nunca tuvo y de la que no había nacido— y acomodó al bebé en uno de los extremos, con la manzana bien visible frente a él, al final de la toquilla. Primero, el niño intentó alcanzarla con la mano pero estaba demasiado lejos. Luego intentó gatear hasta ella, pero aún no sabía. Se quedó un rato quieto, como frustrado, estirando los brazos sin éxito y por un momento pareció que iba a volver a llorar. Pero no lloró, se puso a tirar de la toquilla hacia a él y acercó la manzana que iba encima, la agarró con aquellas manitas perfectas y se la llevó inmediatamente a la boca desdentada pero curiosa.

Abel, que había estado mirando todo el rato, entre decepcionado y divertido, tomó en brazos al niño y le acostó, pero el crío parecía más interesado en cazarse un pie. El niño había resuelto bien el problema pero había tardado demasiado. Se quedó a su lado hasta que se durmió, con la manzana en una mano y la otra arrimada a la cara. Se estaba chupando el pulgar. Abel meneó la cabeza y se lo sacó de la boca. El niño ni se enteró. La mano del hombre se movió en una caricia y rozó la cara del niño con suavidad, justo al lado de la marca de nacimiento. Luego activó la cubierta de la cuna, se aseguró de que quedase bien cerrada, y procedió a inyectar el anestesiante. Era como ahogar gatitos, pero no había necesidad de que sufrieran. Luego sacó el aire.

Mientras el bebé se moría, Abel se rascaba inconscientemente la marca de su cara, idéntica en todo, salvo en el tamaño, a la del niño. Luego, pasó a la siguiente habitación.


Raquel Froilán García (León, España, 1981). Axxón le publicó "Jezabel" en el N° 142, pronto la tendremos en Bem on Line inaugurando la sección ENTRE USHUAIA E IRUN y se ha metido entre los seleccionados del Visiones 2005. Nadie parece capaz de parar a esta chica.




EN EL VALLE

Leonardo Killian


Los ejércitos estaban inmóviles, sentados, desplomados casi los guerreros; a la sombra de lo que fuera, o simplemente haciendo visera con sus manos, se disponían a ver el combate.

Una lonja de terreno bastante escasa dividía los bandos y el sol los abrazaba a todos.

Dos cosas mejoraban el ánimo: la promesa de una buena pelea y, sobre todo, la posibilidad de un descanso, tan largo como lo permitiese el singular enfrentamiento. Además, quien sabe, tal vez hubiese una victoria sin necesidad de batalla.

Goliat, el paladín filisteo, era un verdadero gigante de seis codos y un palmo, pesaba lo que un buey. Sus armas, que difícilmente hubiera blandido un hombre común: espada, jabalina y lanza de seiscientos siclos de hierro, escudo y cota de bronce, como de bronce era el yelmo que lo hacía aún más imponente.

David, el hondero entusiasta, como lo llamaba su tribu, no mostraba gran cosa; tres codos y un palmo de altura, no pesaba lo que una oveja gorda.

Dado que no era soldado sino pastor, no llevaba más armas que su honda y, en el zurrón, cinco piedras redondeadas que había recogido en el río. Su corazón era valiente y Yahve no lo abandonaría.

A medida que ambos caminaban al encuentro el aliento de los bandos crecía, primero con un rítmico palmoteo y luego con gritos e insultos que se apagaron cuando el hebreo y el filisteo quedaron frente a frente.

Se miraron fieramente y Goliat no pudo contener una sonrisa despectiva pero, fue David el que dio comienzo a la lucha. Cargó su honda y tras un breve movimiento la pedrada cortó el aire rozando apenas el yelmo del grandote quien, con asombrosos reflejos evitó lo que era sin duda un disparo certero.

Detrás de David se levantó una expresión de fastidio seguida por el silencio. Por el contrario la gritería ronca de la brutal soldadesca adoradora de Moloch fue continuada con un redoblar de tambores y alaridos de aliento hacia Goliat. Este, clavando sus armas en tierra alzó sus ropas y, tomándose con ambas manos su incircuncisa aunque descomunal virilidad asombró a todos (amigos y enemigos) con unos pasos de ridícula pantomima acompañada por una infernal pedorrea ampliamente festejada por los suyos.

Asombrado por lo que veía, apenas si tuvo tiempo David de retroceder un palmo y así evitar la lanza arrojada por el filisteo quien, en un abrir y cerrar de ojos y sin anunciarlo lanzó, ésta con tal fuerza y precisión que se enterró casi hasta su mitad entre las piernas abiertas a tiempo por el judío.

La violencia del golpe levantó una nube de polvo y gritos horrorizados de los soldados de Israel que, sin embargo y luego del impacto inicial, volvieron a contagiarse el entusiasmo. Al principio simplemente con una gritería gutural e inconexa pero luego con un nítido y unísono ¡Adonai! ¡Adonai! que estremeció el valle.

La ira contenida y el silencio cargado de rencor acompañaban los enmudecidos ejércitos de Baal. La ira de quien ve fallar a su campeón tan descomunal golpe por apenas una pulgada.

Fue en ese instante, en el que David volteaba sonriendo hacia sus filas y se unía a las miles de gargantas en el canto fanático cuando, interrumpiendo la secuencia previamente pactada por los jefes de las milicias, se produjo lo que yo, Eleazar, hijo de Aarón, presencié desde el cerro. Lo que vi fue al enorme filisteo avanzar a gran velocidad, sorprendente para alguien tan fornido y del peso de un buey, pero decidido y con una expresión de furia que heló la sangre de los hombres. Había soltado su escudo y sólo llevaba su espada con la que cercenó la cabeza de David de un solo tajo. El cuerpo tardó unos segundos en caer y, al hacerlo, todos, jinetes y hombres de a pie, jefes y soldados huyeron despavoridos por el valle del Ela.

Goliat, vuelto hacia los suyos alzó los brazos y, en esa actitud, fue rodeado por la multitud idólatra, que, dando rienda suelta a un feroz entusiasmo, pisoteaba los restos del yacente enemigo. Veinte guerreros alzaron a Goliat y lo pasearon en andas, borrachos de victoria. Luego, formada ya una alegre caravana, se dirigieron hacia sus campamentos de Gat y Ecron. Ya sin ferocidad, sus rostros distendidos coreaban el incesante ¡Dagón! ¡Dagón! Hasta perderse en el Soco tras el horizonte.

Con la luna ya alta, abatido y aún impresionado por lo visto y oído, volví con los míos.

Al llegar me recibió mi madre quien, entre reproches y suspiros de alivio, me hizo señas de que guardara silencio. Me llevó junto al fuego donde bebí leche caliente, y mientras devoraba mi pan con queso me uní con callada presencia a los demás.

Éstos escuchaban, sin parpadear siquiera, la profunda voz de mi abuelo que narraba con detalles asombrosos, con pausas que acentuaban mi atención, como sólo él sabía hacerlo.

Nos contaba la gran hazaña del pequeño David.


Leonardo Killian (Buenos Aires, 1952). Es profesor de historia, trabaja en el CONICET y además de dar clases como docente colabora en programas de radio y TV, donde hizo una historia del siglo ligada al cine. Tiene predilección por la metaficciones y una prueba de ello es "Ilsa Lund", una nostálgica evocación de un tiempo y lugar perdidos que apareció en Axxón N° 147.




ERIKA

Michel Encinosa Fú


Llego a Ofidia en un vuelo cuarta clase de María Meteoros, la Ulzer bajo el cinto, dos cigarrillos en la pitillera y el crédito justo para dos viajes en sub. En la Ulzer, una bala. Una sola.

Pido lumbre al bajar del sub, y tirito. Es enero. No llevo ropa interior. Ni siquiera medias. Localizo el edificio. Chupo el cigarrillo hasta quemarme los dedos y subo las escaleras.

Dudo ante la puerta. ¿Seguirás viviendo aquí? Las piernas se me aflojan. Tienes que seguir aquí. Por favor.

Llamo con los nudillos.

—¡Voy! —respondes. Como si fuera ayer.

Respiro hondo. Saco la Ulzer. Bala en el directo.

Abres.

Tres segundos después, los pelitos de la alfombra me hacen cosquillas en la nariz. Tu pie en mi nuca, mi Ulzer en tus manos.

—Eso fue torpe —dices, y retiras el pie.

Logro escalar una silla.

Extraes la bala del directo y la colocas junto al arma, con cuidado, sobre la mesa.

—Los años —digo, a modo de disculpa.

—No jodas.

Das un paso atrás, te inclinas, alzas las piernas al techo. Recorres la habitación. Tres vueltas completas. Ríes. Luego, al recobrar la postura normal, toses, como si te avergonzaras:

—Voy a traer café.

Miro por un instante la Ulzer, antes de llevar la silla hasta la ventana y congelarme, bien derecho, cruzado de brazos y piernas.

Reapareces.

Hace mucho que dejé el café. Pero acepto la taza. De todos modos, hasta mi seguro médico está cancelado.

Te apoyas en el marco de la ventana. Aún podrías partirle el cuello a un bucanero. Me pregunto si seguirás trabajando. Sólo tu rostro es galería de arrugas. Risa, asombro, dolor... Pensamientos.

—He pensado mucho —afirmas.

Apoyo la taza en mi panza de Buda y bajo la cabeza. Esto es lo que soy; panza y traumas. Alguna vez, hace tanto, la gente solía tomarnos por hermanos. Envidia. Tristeza. Chasqueo los dedos:

—El barrio no ha cambiado. Y tú, hasta has pintado el apartamento.

—Los mismos graffitis durante cuarenta años. Uno se aburre. Y crece.

—Carajo, yo también metí el spray ahí.

—Puedes raspar la pintura, si quieres. No es tan buena como aparenta.

Suelto un bufido:

—¿Sigues golpeando?

—De algo se vive. ¿Y tú?

Sacudo la cabeza. Sólo un imbécil me contrataría, a estas alturas. Tú eres otra cosa. Lo llevas en la sangre de verdad. Desde siempre.

—¿Entonces? —insistes—. ¿Integrado a la sociedad?

Eso quisieras ver. Eso quisiera yo. Es una lástima.

—Toledo, Bangladesh, Montreal —enumero sin ganas—. Correrías de nootrópicos adulterados. Cinco años guardado.

—No por gusto has perdido la práctica.

Me encojo de hombros. Imagino que empiezo a sobrar en este mundo. En tu mundo. Llevo medio siglo con ese presentimiento. Me limpio el sudor de las manos en el pantalón y pregunto:

—¿En qué has pensado?

—En Erika. Y en ti.

Me miras de reojo. Haces bien. Mis manos se han crispado, mi respiración es otra.

—¿De verdad me hubieses matado?

Qué puedo responder. Me limito a preguntar:

—¿Ella sigue contigo?

Me enfrentas, con rostro de piedra:

—Creí que estaba contigo. Todos estos años...

—Cuarenta años —puntualizo, innecesariamente.

No hay mucho más que decir. Siento ganas de romper algo contra la pared. Pero sin tener que moverme. Desear que las cosas salieran volando y se estrellasen, usar un poder sobrenatural para hacerlo, así de fácil. No tengo ganas de mover ni un dedo.

Tú pareces tan cansado como yo.

Vuelvo a mirar afuera. De verdad, este barrio nunca cambia. Así es Pueblo Medio. Los transeúntes parecen los mismos de hace medio siglo. El aire huele igual; a nada. Desde un balcón alguien canta. Conozco esa canción. Yo mismo solía tararearla. Algunas canciones nunca pasan de moda. ¿O es la gente?

—Hoy es su cumpleaños —comentas, y siento que tu piel se eriza. La mía también.

Siempre supimos que el mundo era grande. Ahora suponemos que lo es demasiado.

—Me voy —anuncio al fin.

—Si la ves, llévale mis recuerdos... No, espera —te estrujas la cara con las manos, y veo brillar tus ojos—. Mejor no le digas nada.

Asiento, recojo el arma y salgo al pasillo.

Cierras a mis espaldas.

De nuevo la calle, Ulzer bajo el cinto, pitillera vacía y crédito justo para un viaje en sub. En la Ulzer, una bala. Una sola.


Michel Encinosa Fu (La Habana, 1974). Uno de los principales creadores de género fantástico en Cuba. Ha publicado Sol Negro y Niños de neón (2001) y participó en varias antologías, entre ellas Polvo en el viento (1999), Horizontes probables (1999) Cosmos Latinos (2003). En Axxón publicó "Cuenta conmigo" (N° 102) "Laura y Paula" (N° 144) y "Placebo express" (N°147).




HAY QUE SER REALISTAS

Jorge Korzan


Hay que ser realistas, decía mi papá. Sabias palabras.

Cuando los estúpidos de mis amigos perdían el tiempo tomando cerveza y pateando la pelota, yo buscaba aprender cómo hacían, allá en el Norte. Películas, revistas, series, música, me devoré todo lo que podía. Mierda, ellos sí saben hacer las cosas bien.

Hay que ser realistas, si tienen tanto éxito, como ellos hay que ser.


Mi vieja fue la única que me acompañó al aeropuerto.

Nadie me despidió bien, ni una sonrisa. "Nos abandonás", me dijo Toto, "al menos tratá de darnos una mano desde allá". Siempre lo supe, todos envidiosos de mierda. Qué culpa tengo yo de que no tengan talento, que no sepan organizarse, que no sepan ahorrar el mango como hice yo, que comí salteado para pagarme el pasaje. ¿Ven? Lo conseguí, el futuro es mío: universidad, ciudadanía, trabajo, progreso, orden. Acá no vuelvo más.

Hay que ser realistas: el futuro está allá. Esta siempre será una nación de perdedores.


Mala suerte: en medio de mi vuelo, una bomba atómica palestina desintegra Tel Aviv. Cuando piso Miami todos mis planes al diablo, EEUU en alerta uno. Dos días en retención por Inmigración. Muy claros, ellos: si quiero la ciudadanía tengo que ganarla sacrificándome por su Nación.

No me iba a volver. Hace cuatro meses que entreno con los Marines, XXV pelotón de Okenechobee, Nebraska. Duro, pero vale la pena. Hay que ser realistas: si para ser uno de ellos tengo que pagar derecho de piso, lo voy a pagar.


Yo siempre supe que no hay que confiar en ningún árabe, ni mujer ni viejo ni chico. Todos iguales que los villeros allá en Casa, nunca tenés que sacarles la vista de encima. Yo no entiendo cómo el teniente Smith pensó que nos estaban ayudando, a la vuelta de ese callejón nos emboscaron mal... Apenas mis compañeros empezaron a caer disparé todas las bombas aire-combustible que llevaba en mi armadura y los quemé vivos a todos ellos. Tuvo que aparecer el pibe ése, que con la granada me voló el pie.

Salí en la CNN y tengo una copia de la foto que me publicaron en la Internet 2, Página de Héroes de Guerra del Imperio. Una medalla, ciudadanía honoraria, pensión de veterano de guerra. Nada mal. Era lo que quería... sin quemarme las pestañas cuatro años en una Universidad.

Qué bronca la rubia esa, que en la conferencia de prensa preguntó si no me sentía mal por haber incinerado mujeres y chicos. Hay que ser realistas... ¿Qué importaba lo que fueran si dispararon primero? Era matar o morir. Qué fácil hablar cuando no estás allá, ¿verdad?


¿Quién hubiera dicho que las prótesis ortopédicas eran tan buenas? Yo me imaginaba que mi pie robótico haría ruido a lata cada vez que pisara, pero nada: ningún ruido, cómodo, suave como un sueño... Si por mí fuera, me corto el otro pie. Con ese siento como que me muevo más lento.

Mañana firmo y soy un accionista más de Implants Limited. Es una oportunidad de oro... Ahora que terminó la guerra, hasta nuestros viejos enemigos necesitan implantes, ojos, oídos, piernas, manos, brazos, lo que sea. La proyección en las ganancias es fenomenal.

Hay que ser realistas: en el futuro, implante es dinero.


Yo ya aprendí. Nunca más me relaciono con nadie. Menos mal que con Pamela no me casé, que se quede con el piso de Park Avenue, que se quede con el SpeakDriven, mis intereses aumentan en dos meses, compro todo eso de nuevo y encima mejor.

Mis viejos compañeros de milicia se echaron a perder. Con familia, chicos, una vida mediocre... cómo podés ser feliz con esa mierda.

Hay que ser realistas: ¿para qué comprometerse y complicarse?

Mírenme a mí. Viajes, vacaciones submarinas en Polinesia, quizá el año que viene un paseo orbital (sí o sí acompañado, Philip me dijo que la Sala del Amor G-cero en Multi es insuperable). Sin trabajar, sólo conectándome cada dos horas a ver finanzas. Esto es vida, hermano.


Casi costó toda mi fortuna, pero es mi mejor inversión. Seis meses internado... pero tengo treinta años menos. Y al menos sesenta de sobrevida, si no cambio los implantes...

No más de tres horas de sueño diarias, sentidos más finos, más memoria, rapidez mental, fuerza, velocidad... todo actualizable. Toda la tecnología dedicada a volverme alguien superior, lo que me merezco ser. Me lo gané.

Sí, el tratamiento entre otras cosas hace que no pueda tener hijos. No pensaba tenerlos, de todas maneras... Hay que ser realistas: cualquier sacrificio es válido con tal de obtener la inmortalidad.


Chinos de mierda, siempre fueron amenaza, nos hartaron y tienen lo que se merecen.

Todos los senadores votamos: Guerra relámpago. Adiós Pekín, Hong Kong, Shangai, Tokio, veinte ciudades más. Bombas H, K, C, les tiramos con todo lo que teníamos. No tuvieron tiempo ni de levantar un dedo. Qué sé yo cuántas bajas de ellos... no quedó nadie.

Nuestras, ninguna.

No tocamos su colonia de la Luna. ¿Para qué? En medio de la nada, nada pueden hacer. Que se pudran allá arriba.

El mundo es nuestro... digan lo que digan los manifestantes, con sus carteles y pancartas. ¡Genocidio! Vamos... Hay que ser realistas: con nuestro poder ¿para qué tener competencia?


Nadie previó un invierno nuclear tan severo. Tuvimos que ir a los refugios antes de que se terminaran, en el mío no instalaron todavía el sauna, una molestia. En fin, será cosa de acostumbrarse: cinco años para salir, según última estimación.

No entiendo por qué los pobres se resisten a morir. En las pantallas, nunca paran de querer destruir los robots de combate, hasta que revientan con sus villas de mierda. Hay que ser realistas: ellos o nosotros, en esta crisis no hay recursos para todos. Si alguien debe sobrevivir en este mundo, es la gente superior.


Quedé solo. Bowie no aguantó: se cortó las venas. Maldito cobarde.

Por el vidrio de la cúpula veo el desierto fuera del refugio. Hoy hay cielo azul.

No se ven los venenos del aire.

Esta tos de mierda no me deja escribir.

Parecía que estaba todo listo. Nos costó, pero los habíamos acabado. Por fin ibamos a disfrutar pero no, hijos de puta, murieron sonriendo, con ese virus que nos inyectaron qué sé yo cómo... Ni antibióticos pudimos crear contra esta enfermedad de mierda que nos estuvo rematando uno por uno.

¡Eramos los mejores, carajo!

Y ahora... Tengo mi 44 a mano. Basta una bala.

Hay que ser realistas...


Jorge Korzan, argentino (35), es docente, consultor informático y casi ingeniero aeronáutico. Sueña con llegar a ser escritor. Su mente levantó vuelo cuando leyó, a los 10 años, la colección completa de "Más Allá" heredada de su padre. Se declara fan de Arthur C. Clarke, Olaf Stapledon, Ursula K. LeGuin y Axxón. Además del relato que acaban de leer, tiene centenares de ideas que esperan ser plasmadas en palabras, y decenas de cuentos y novelas inconclusos.




CONTROL DE DRACUMENTOS

Rami Shalhevet


Buenos días, señor. ¿Hizo solo sus valijas? ¿Lleva armas? ¿Ha recibido algo para ser entregado a una tercera persona? ¿Podría abrir su valija, por favor? ¿Cómo? ¿Cómo que no? ¿Se está riendo de mí? ¿Qué es eso de "dragón de bolsillo"? Ah, comprendo. ...Aha... ¿Qué? ¿Hasta tiene un certificado? ¡No me diga! ¿Del Ministerio de Salud Pública? No, lo siento. No puede pasar. Tengo que consultar el reglamento.


Bien. Veo que tenemos un pequeño problemita aquí. ¿Qué edad tiene? Disculpe señor. Me incumbe mucho. La ley dice que los dragones son considerados un riesgo para la seguridad a partir del momento en que se les desarrollan las glándulas de fuego. Eso ocurre entre los 5,5 y 7 meses de edad. ¿Un año y algo? En ese caso, lo siento mucho, pero no va a poder subir con usted al avión. ¿Qué? No, la ley no menciona ningún bozal reglamentario. Aha, es cierto. Bueno, en ese caso, supongo que está en orden. Y ahora, ¿qué pasa con los demás documentos? ¿Cómo qué otros documentos? Aquí está escrito que hay que presentar un permiso municipal especial para animales domésticos, el permiso de vuelo para animales domésticos, otro permiso de aviación para animales feroces, certificado de seguridad anti-combustión, visa, impuesto a las alas, documento de honestidad, cinco polillas grandes y... Disculpe, señora, ¿no ve que hay cola aquí? Espere con paciencia, como todos. Sí, todos están esperando pacientemente. Espere usted también. Ahora. ¿Dónde estábamos? ¿Polillas? Sí, es el nuevo estatuto, que fue impuesto después del lamentable caso del vuelo de Air France. No queremos tener a bordo un dragón hambriento, ¿no? Muy bien. Pero llévese la valija consigo. Cuando termine, pase la cola de largo y venga directamente.


Buenos días, señora. ¿Ve que no tuvo que esperar mucho?


¡Bienvenido de nuevo! Enseguida estoy con usted. Veo que trajo las polillas. Je, je... dos polillas y tres zancudos. ¡Qué humor tiene usted, señor! Está bien, pase, nomás! Mientras tanto, vaya preparando los documentos. ¿Y? ¿Ya tiene todos los papeles? Ya veo: dos certificados de vuelo firmados, seguridad anti-combustión, visa para una persona y un animal. Ya vi las polillas. ¿Y qué es este papelito? No..., no creo que necesite permiso de armas para el dragón. Bien. ¿Y que hay con el permiso municipal? ¿Morón? ¿Y eso qué tiene que ver? ¿Dice que ahí no necesita permiso? A ver..., espere un momentito... Tiene razón, disculpe. Pase, nomás y que tenga un buen viaje.


Buenos días, señor. ¿Hizo solo sus valijas? ¿Tiene armas? ¿Un duende? A ver, un momentito, por favor. Tengo que consultar...


(Traducido del Hebreo por Irene Auerbach)


Rami Shalhevet tiene 33 años, vive en Jerusalén y trabaja en su tesis de doctorado en comunicaciones en la Hebrew University. Es editor de una revista electrónica llamada Bli-Panika (Don't panic). Además de ser miembro de la Israeli Society for Science Fiction and Fantasy, trabaja como editor en varias revistas del género (The Tenth Dimension y Dreams in Aspamia), y es traductor profesional. "Control de dracumentos" obtuvo el premio nacional de Israel de cf, el Geffen, como el mejor relato corto del 2004.




AQUÍ Y EN EL MÁS ALLÁ

Gerardo Horacio Porcayo


Levanta la vista con algo más que cansancio. Sus movimientos son discordantes, erráticos. Por el rabillo del ojo alcanza a distinguir una silueta conocida.

—Te hacía en Milton —comenta Jack Rompesoles, sin sorpresa, arrastrando las palabras. Su lengua torpe. Luego vuelve a hundir la mirada en el vaso de láudano.

—Mmm... Lo mismo me dijeron los otros... Seguro que algo les pasó durante la transición por el hiperespacio. Tienen la mente torcida.

—Como si eso fuera novedad —barbota Jack, aburrido—. Es casi una exigencia tener el coco volado, mi querido Ruperto, para entrar en este maldito cuerpo de exploración.

—Un Infierno Verde doble —pide Ruperto al cantinero— y un Jim Beam de Chaser...

—El mismo Ruperto de siempre... La misma mierda de siempre... estoy harto de viajar en esas malditas teteras voladoras, de las pinches estaciones de tránsito, de sus alcoholes adulterados, de que jamás pase nada.

—Estás loco...

—Eso ya lo sabemos...

—Obtuvimos lo que queríamos. Viajar. Siempre en constante mudanza. Saltar soles, explorar mundos, enfrentar alienígenas monstruosos. Nuestra vida es puro cambio...

—Sí, sí. Por supuesto. Oh maravilla de maravillas.

—Mírate a ti mismo —dice Ruperto, obligándolo a enfrentar el azogue—. Estás lleno de cicatrices y condecoraciones. Tu traje raído. ¿Qué ya no recuerdas cuánto odiabas aquel uniforme inmaculado, de insignias brillantes? Tu traje es testigo del cambio y la transformación. Tu pelo largo, la barba, como te admiran los cadetes...

—Mierda, todo es mierda.

—Mira a tu alrededor. ¿Acaso imaginaste alguna vez un paisaje como éste? —dice Ruperto, suspirando, girando trescientos sesenta grados y señalando el horizonte que se extiende tras la esfera transparente que es el bar—. Es como estar en un mal viaje de LSD, caos de colores, volcanes ardientes, montañas que gravitan, se desplazan por el aire y derriban cohetes y platos voladores...

—Una mierda...

—Acuérdate de tus sueños infantiles, de...

—¿No te cansas de repetir el mismo casete? Don Ruperto el Empático. Alivio de los pobres y los deprimidos. Me das asco.

—Mírame Jack —dice Ruperto, concentrándose en su tono de voz.

—Guau. Viva. Hurra. Te cortaste el cabello, gran cambio.

—No dejes de mirarme —ordena Ruperto y su voz ya troca.

—Magnífico. Al fin conseguiste el deformador holográfico... También debiste conseguir un software de imágenes, para suplirte el cerebro. Tu sueño hecho realidad y lo único que se te ocurre es transformarte en demonio estilo Doré...

—Imbécil —dice Ruperto, y su voz cimbra la cristalería, la misma estructura del bar—, no me vas a aguar mi fiesta. A mí, lacayos —vocifera.

De todos los rincones, de cada una de las mesas, surgen figuras contrahechas, reptantes.

—Me has convencido, cantinero, sírveme otra —pide Jack con un atisbo de sonrisa.

—No es el láudano, mi querido Jack Rompesoles...

—De todos modos sírvelo, cantinero...

—Tampoco es un proyector holográfico. Estás en el infierno...

—Que suenen las fanfarrias —dice Jack y bebe con lentitud, mientras explora sus alrededores. El horizonte ya no es cristal, visión caótica, sólo cuerpos deformes cerrando formación.

—Deberías estar asustado —comenta Ruperto.

—Esto no es mejor ni peor que la superficie del cuarto planeta de Algol.

—A él, lacayos.

Las figuras se ciernen sobre Jack. Múltiples manos lo apresan y elevan sobre cabezas cornadas.

—Ahora, ya sin más preámbulos, sufrirás la peor de las torturas. Entiéndelo de una vez Jack, esto es el infierno. Moriste durante el salto hiperespacial y te espera el tormento eterno...

Jack mira una vez más a Ruperto-Demonio. Y una lágrima escapa de su ojo derecho.

—¡Ah, al fin te ablandas!

—¡Dioses y demonios —clama Jack—, hasta en el más allá tenían que ser tan poco originales!


Gerardo Horacio Porcayo (Cuernavaca, Morelos, México, 1966). En 1992 recibió el premio Axxón Electrónico Primordial. Junto con José Luis Zárate Herrera han llevado adelante por años el Círculo Puebla de Ciencia Ficción. También es editor de las revistas La Langosta se ha Posado y Cuerpo a Tierra. En 1993 publicó la novela La primera calle de la soledad. Sus relatos han sido incluidos en varias antologías. En Axxón podrán encontrar uno de sus textos más celebrados: Los motivos de Medusa.




Axxón 148 - Marzo de 2005
Cuentos de autores de habla hispana (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Fantasía: Varios países).

            

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