LIBERACION DE LAS AUTOESCUELAS

Marc Rodríguez Soto

España

El alienígena desplegó el vórtice tempo-existencial, desgajó en dos la realidad, atravesó el umbral de la autoescuela y respiró con acritud. No olía del todo mal para tratarse de la Tierra.

Frente a él, una secretaria mascaba chicle y buscaba minas ocultas en la pantalla de un rudimentario dispositivo de almacenamiento y desorganización de datos.

—Señorita —llamó el alienígena.

—¿Sí?... ¿Deseaba?... —respondió ella, sin alzar la vista.

—Bien, me preguntaba si... en fin, de hecho, quería matricularme.

—Ya veo —mintió la secretaria, que aún no había apartado la mirada de la pantalla—. Tome uno de esos impresos del casillero de su derecha y vaya rellenándomelo, por favor.

El alienígena extendió uno de sus tres tentáculos filiformes y extrajo un formulario. Una vez debidamente cumplimentado, lo dejó sobre el mostrador y carraspeó para llamar la atención de la secretaria.

—Ahí lo tiene —dijo con una hermosa voz de contralto.

—Muy bien, caballero, ahora mismo lo...

Pero en ese momento, al recoger el formulario, levantó la vista y vio al alienígena: verdiazulado, triocular, cornipico, trimembre y plastipastoso.

La secretaria infló un globo mientras le contemplaba. Luego lo hizo estallar. Tras retirar los restos de chicle de su rostro, gritó:

—¡Jefe! ¡Venga un momento! —y, tras volverse de nuevo hacia el alienígena, continuó con voz suave—. No se preocupe usted, ¿eh? En un momento tramitamos lo suyo.

—No me preocupo —repuso él, entornando el pico en una cordial sonrisa y trenzándose de tentáculos—. Espero.

Al poco salió el jefe de su despacho al fondo del pasillo.

—Florinda, ¿qué gritos son ésos?

—Es que ése quiere apuntarse —repuso Florinda. Ése era, obviamente, el alienígena.

El jefe lo examinó meticulosamente, de arriba abajo. Contó extremidades. Parpadeó, volvió a contar una segunda vez, y una tercera asegurándose con los dedos.

—No cabe duda, caballero —dijo por fin—. Usted no puede matricularse.

—Pues, ¿cómo así? No veo la razón.

—Y sin embargo es obvia. Para empezar su nacionalidad. Apuesto a que no es usted español. Tal vez... ¿Arturiano? O Quizás... ¿de Betelgeuse?

Florinda, tras el mostrador, asentía con la cabeza y mascaba el chicle. De tanto en tanto, inflaba un globo hasta hacerlo estallar: chafff... Luego lo recogía con la lengua (rissss....) y lo devolvía de nuevo a su boca (cloc).

—Bueno, en realidad, señor, sí, soy de Betelgeuse, ha acertado, pero también español. Tengo la doble nacionalidad. Mi madre era española, ¿sabe? De ahí que sólo tenga tres brazos.

—Ajá —le interrumpió el director de la autoescuela—. Pero veo que tiene usted también tres piernas, y esto es claramente anticonstitucional, ¿no le parece? Usted partiría con ventaja en el examen práctico, ya que podría poner un tentáculo en cada pedal. ¿En que posición dejaría eso al resto? ¿Es consciente de lo absurdo que sería que un ser condujera un coche con tres pies? Los coches se diseñaron para dos pies, no para tres. Es una aberración...

Chafff... rissssss, ¡cloc!

—... que alguien con tres extremidades motrices pretenda conducir un automóvil. Por otro lado, ¿para qué lo necesita usted? Con su capacidad de abrir vórtices tempo-existenciales...

—Para San Valentín... Se ha puesto de moda en Betelgeuse 4, ¿sabe usted? Lo retro está pegando fuerte otra vez, ya me entiende: una velada romántica, una cena junto a un géiser de metano-amonio con vistas al mar de lava, más tarde un rústico paseo en automóvil y luego... —el alienígena curvó aún más su pico y guiño su ojo central. Dobló por la mitad uno de sus tentáculos superiores formando un ángulo recto y golpeó con el vértice así creado el costado del director—. Ya se imaginará...

—Ya me imagino, ya —contestó con una sonrisa de comprensión el director—. Me imagino y me hago cargo, pero le ruego que se haga cargo también usted de mi situación. ¿Cómo me enfrento yo al resto de mis alumnos, con a lo sumo dos extremidades y media, que estarán furiosos y exigirán una rebaja en la dificultad del examen? Y luego, claro está, se propagarán los rumores. Pronto se sabrá todo. ¡Manifestaciones! ¡Pancartas! Exigirán que se rebaje la dificultad en todas las autoescuelas. Después llegará a la academia no ya un betelgeusitano, sino tal vez alguien de Sirio, o de Rigel, más y más extremidades cada vez: una en cada pedal, en cada retrovisor, en cada palanca del salpicadero... y habrá que rebajar aún más la dificultad del examen. No tardará en llegar el momento en que será tan fácil obtener el carné de conducir que ninguna autoescuela será necesaria, y entonces, ¿con qué pan alimentaré yo a mis hijos? ¿De qué vivirá Florinda?

Chafff... rissssss, ¡cloc!

—Dígame usted, ¿de qué vivirán Florinda y todos los otros honrados trabajadores de las más de tres mil autoescuelas distribuidas a lo largo y ancho de la geografía española, los que redactan los tests, los que los imprimen, los que los distribuyen, los que los corrigen? Por no hablar de los periódicos: sin los ingresos obtenidos por la inclusión de anuncios publicitario de autoescuelas entre sus páginas, se verán obligados bien a subir el precio del ejemplar, manteniendo constante el importe de la publicidad, bien a subir el de la publicidad manteniendo constante el del ejemplar. El delicado equilibrio del mercado se verá trastocado, y después... ¡el caos! Cuando cierren los periódicos, numerosas empresas que se anunciaban entre sus páginas irán a la quiebra, entre ellas las casas de relax, lo que conllevará un aumento considerable del stress de la clase dirigente, en unos momentos en los que la política internacional requiere más que nunca tranquilidad. Concluyendo —dijo el director con un suspiro, tras una breve pausa— si yo le admitiera a usted, cosa que me siento inclinado a hacer, estaría en realidad provocando la Tercera Guerra Mundial, el Armagedón. Y, por si esto fuera poco, hay otro motivo.

—Ah, ¿sí?

—Oh, sí. Verá, es... en fin, su piel. Verá su piel rezuma un sudor de propiedades ciertamente cáusticas. En estos momentos nos está usted dejando para el arrastre la moqueta del recibidor. No quiero ni pensar en los automóviles, precisamente ahora que hemos cambiado las tapicerías.

Al oír aquello, el alienígena estalló:

—Así que se trataba de eso, ¿no es cierto? Todo el discurso sobre el caos económico, el fin del mundo, la Tercera Guerra Mundial... y sólo se trataba de eso. ¡De mi piel! ¿Qué le ocurre? ¿No me encuentra lo suficientemente liso? ¿No soy lo suficientemente sonrosado? ¿No estoy lo bastante seco para que se encuentre a gusto a mi lado? ¿Está mi planeta demasiado al sur de su eclíptica? ¿Se trata de eso? Pues le voy a decir una cosa —dijo, apuntándolo con el tentáculo central, los exteriores en jarras—: No sabe con quién se las está viendo...

Chafff... rissssss, ¡cloc!

—... no sabe con quién se las está viendo, le digo. Sepa usted que tengo amistades, amistades influyentes. En la prensa. En la embajada. Y esto se va a saber. Y se le va a caer el pelo. Y... ¿qué demonios pasa en este planeta?

—Bien, bien... —repuso el director de la autoescuela, claudicando ante el alienígena (nadie que haya visto en alguna ocasión a betelgeusitano con los alvéolos lumbeodorsales extendidos en su máxima expresión de enfado dejaría de hacerlo)—. Por nada del mundo quisiera yo tener un problema con la prensa. Le diré lo que vamos a hacer. Vamos a tramitar su solicitud, aunque con algunos... eh... cambios. Veamos. ¿Florinda?

—¿Sí, jefe? —Chafff... rissssss, ¡cloc!

—Tome usted el formulario de este señor e introduzca los datos en el ordenador, pero en el casillero C12, donde dice «número de extremidades motrices y/o prensiles» de momento me pone usted un cuatro como una catedral, y luego ya haremos cuentas con el inspector, ¿está claro?

Chafff...

—Lo que usted diga, jefe —respondió Florinda, retirándose el chicle de la mejilla con la mano zurda mientras con la diestra colocaba el formulario junto a la pantalla.

¡Cloc!

—Le estoy muy agradecido, señor director —dijo el alienígena, con los tentáculos abiertos separados en un ángulo de ciento veinte grados el uno del otro del otro—. Es un gesto que le honra y...

—Nada, nada. A mandar.

—... si hay algo que pueda yo hacer por usted, quiero que sepa que...

—Pues, ahora que lo menciona...

—¿Sí?

—Verá, cuando venga a la autoescuela a prepararse para el teórico, ¿podría venir sudado de casa? O quizá utilizar polvos de talco. Y, por otra parte, procure no mencionar su condición de alienígena al resto de los alumnos.

—Eso está hecho.

—Es para no evitar susceptibilidades, ¿entiende? Y tampoco diga nada en Betelgeuse 4. Por nada del mundo quisiera ver mi autoescuela llena de más seres como usted, dicho sea sin ánimo de ofender. La cosa está muy mala últimamente en Oriente Medio y...

—La Tercera Guerra Mundial, no me diga más. No hay problema. ¿Cuándo empiezo entonces?

—¿El lunes le viene bien?

—El lunes.

—¿A las cuatro?

—Aquí estaré.


Ilustración: Fraga

—Muy bien. Entonces... hasta el lunes que viene —se despidió el director con una sonrisa.

El alienígena sonrió a su vez, abrió un vórtice tempo-existencial de regreso a casa, y desapareció por él. Una vez lo hubo hecho, el director se volvió con enfado hacia la secretaria.

—Y ahora, Florinda, haga el favor de decirme una cosa —gruñó—: ¿Para qué hemos comprado un intercomunicador? ¿Qué eso de gritar delante de un cliente?

Florinda se encogió en su asiento.

—Verá, jefe, yo...

Chafff... rissssss, ¡cloc!



Marc Rodríguez Soto

Marc Rodríguez Soto nació en Santander, España, en 1976 y desde hace algún tiempo ha venido apareciendo en revistas y antologías con frecuencia. Su relato "Sueño de nieve y barro" fue finalista del premio Max Aub y publicado en la antología Paura, del colectivo Xatafi (Bibliópolis). Actualmente combina sus estudios de Ingeniería Química con un compromiso creciente con la literatura. Esta es su primera aparición en Axxón.


Axxón 148 - Marzo de 2005
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Fantasía: Ciencia Ficción: Humor: España: Español).

            

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