ABIERTO LAS 24 HORAS

José Altamirano

Argentina

—¡Esto me gusta cada vez menos...! —Dextris se removió inquieto en su asiento anatómico, muy preocupado par la alarmante vibración que sacudía intermitentemente la pequeña nave lumitrónica.

Era la sexta o séptima vez que Xiprion escuchaba la misma cantilena. Tampoco ahora contestó, limitándose a iniciar la enésima revisión de los detectores. Nada parecía fallar y sin embargo...

—¿No podríamos intentar el retorno a Madre?

Xiprion miro de reojo el visor lateral, donde la imagen de un gigantesco planeta franjeado y turbulento, parecía querer engullirlos con su inmensa masa, y suspiró pacientemente.

—Sabes tan bien como yo que el salto híper dentro de un sistema no es posible. Además, aunque consiguiéramos salir al exterior, cosa que dudo, la nave no resistiría el esfuerzo.

—¿Qué vamos a hacer entonces? ¿Esperar a que los pedazos del impulsor se desparramen por todo el espacio?

—A seis slogs de aquí hay un planeta habitado por humanoides. Tratemos de conseguir ayuda allí.

—¡No te referirás a la Tierra, supongo!

—Justamente, me refería a la Tierra.

—¡Pero si es un mundo que ha sido dejado de lado en la última evaluación comercial debido a lo precario de su tecnología! ¿Y piensas encontrar entre esos campesinos algún entendido en impulsores lumitrónicos? ¡Estás loco!

Xiprion tenía paciencia, mucha paciencia. Pero los lamentos de Dextris eran como para poner de punta las escamas de un santo. Giró un cuarto de vuelta en el asiento y se encaró con su compañero de penurias.

—¡Está bien genio, escucho sugerencias! ¡Es más, soy todo antenas para escucharlas mejor, adelante, los controles son tuyos!

Dextris masculló algo referente al fenomenal lío que se iba a armar de quedar varados en un planeta de rústicos asustadizos y seguramente agresivos cuyo esfuerzo más notable había sido arañar la superficie de su satélite natural, ubicado a una distancia ridículamente corta, quemando para ello toneladas de valioso hidrocarburo, pero se abocó a la delicada tarea de aproximación orbital. En verdad, la vibración era ahora tan intensa que en cualquier momento se encontrarían flotando en el espacio sin nada bajo los pies.


A Luciano Palma lo despertó la luz de intensidad poco común que se filtraba por entre las junturas de la persiana del dormitorio. Y para cuando un par de suaves golpes sonaron sobre la puerta de la vivienda, ya estaba vistiéndose.

Rezongó por lo bajo al mirar la hora y se prometió, como hacía cada vez que lo molestaban de madrugada, quitar el letrero que había puesto al costado de la ruta: TALLER LUCIANO - REPARACIÓN DE TODO TIPO DE VEHÍCULOS - ABIERTO LAS 24 HORAS.


Ilustración: Aradano

Luego pensó en lo magra que había sido la temporada turística y en lo bien que le vendría un ingreso extra. Se alisó los ralos pelos de la cabeza y con mejor ánimo se dispuso a salir. Su mujer abrió un ojo, se removió en la cama y masculló lo que parecía ser una pregunta.

—Clientes —respondió Luciano por las dudas y se dirigió al taller.

Si el mecánico se sorprendió por el aspecto de sus visitantes, no lo hizo notar. Desde prolijos viajantes en vehículos atestados de muestras, hasta chacareros montados en alarmantes cascarones remendados, pasando por plastificados jovencitos jineteando cientos de comprimidos caballos de fuerza, la gama de sus clientes era más que variada.

—Xplkfmgwi —dijo uno de ellos.

—¿Qué? —preguntó Luciano.

—Xplkfmgwi —repitió el más bajo de los hombrecitos mientras se afanaba moviendo diales y botones en una caja que llevaba colgada del cuello. Luciano se encogió de hombros.

—Buenas noches. —La voz que salió de la extraña caja sonaba como una uña raspando vidrio.

—Buenas... —El mecánico trató de no mostrar demasiado interés ante un diccionario bilingüe tan sofisticado. No quería aparecer frente a sus probables clientes como un provinciano desinformado—. ¿Qué se les ofrece?

Luego de cinco o seis minutos de chirriantes intercambios informativos de los que no de entendió ni una palabra, Luciano decidió tomar la iniciativa.

—Bueno, esta bien. Veré qué puedo hacer. Levante el capot y póngalo en marcha, por favor.

Un panel se deslizo a un lado descubriendo tal maraña de cables, tubos y condensadores, que los ojos del mecánico se abrieron como platos. El peculiar silbido de los fotones impulsados a la mínima potencia espantó a una lechuza posada en un tronco de la cerca. Luciano vaciló sólo un instante y luego se sumergió en las entrañas del "motor", apretando un tornillo aquí y separando un cable allá.

—¿Vienen de lejos? —preguntó por decir algo. Los dos visitantes se miraron sin entender la pregunta—. Si son extranjeros, quise decir.

—De Dauxmon IV —contestó Dextris al fin.

—Hubiese jurado que eran japoneses. ¡Jeh...! Olvidaba que los japoneses son amarillos, no verdes.

Los visitantes asintieron enfáticamente con la cabeza, como si conocieran a los japoneses de toda la vida. No querían pasar por provincianos desinformados frente al terráqueo.

—Creo que encontré la falla, ahora vuelvo —dijo Luciano dirigiéndose a un atestado banco de trabajo y regresando al cabo con algunas herramientas en la mano. Al pasar, dio un golpecito a la bruñida carrocería del vehículo—. ¡Hermosa maquina! Pero no reconozco el modelo. ¿Qué marca es?

—¡Es de lo mejorcito que se fabrica en Alfa Escorpión! —contestó orgullosamente Dextris que al fin había dado en la tecla con el omnitraductor.

—Así que un Alfa. La vez pasada tuve uno en el taller; doble carburador, dos árboles de leva a la cabeza. Un chiche...

Xipribn codeó disimuladamente a Dextris.

—¿Qué tal? Parece que tu "rústico" planeta es la escala obligada de cuanto viajante estelar anda con problemas.

Dextris tuvo que reconocer su error de apreciación. ¡Pero quién iba a imaginarlo tratándose de un mundo ubicado en un sistema solar perdido en los suburbios de la galaxia!

—¡Ya está! —Luciano se incorporó limpiándose las manos en un pedazo de trapo. —Son... veamos... noventa pesos, más el IVA, más el impuesto a los insumos importados...

—¿Aceptaría lumers? —interrumpió tímidamente Xipribn mostrando en la palma de la mano unas relucientes monedas cuadradas—. Me avergüenza decirlo, pero no tenemos dinero de la región.

Luciano suspiro con resignación. Dólares, yens, hasta rublos había tenido que aceptar una vez en pago por su trabajo.

—En fin... mañana tengo que bajar a la capital. Me imagino que esto se cotiza en las casas de cambio. ¿no?

—¡El lumer es divisa corriente en casi todo el universo, señor! —respondió Xiprión algo amoscado por el tono del terrestre, mientras lo seguía a la pequeña oficina ubicada en un rincón del taller.

El ruido del agua en el cuarto de baño despertó del todo a la esposa de Luciano. Encendió la luz cuando su marido entraba al dormitorio, desabrochándose el mameluco.

—¿Quiénes eran?

—Ya te lo dije... clientes.

—¿De la zona?

—Turistas. Iban en un auto de lo más raro y vestidos con esas ropas brillantes que usan los chicos de hoy día.

—¿Pudiste arreglarlo?

Luciano frunció los labios. ¡Diez años de casados y su mujer aún le hacía preguntas como ésa! ¿Algún cliente se retiró insatisfecho del taller de Luciano? ¿Alguna vez él no había podido poner en marcha un motor? Por supuesto no le contestó y dos minutos más tarde roncaba el sueño de los justos.


Dextris dejó de teclear en la computadora de ruta para repantigarse cómodamente en su butaca mientras prestaba atención al suave murmullo del impulsor lumitrónico.

Sonrió satisfecho. A su lado, Xiprión silbaba despreocupadamente la tonadita del último éxito de los "Trox Qwills" mientras manipulaba los controles. La computadora eructó un informe ridículamente corto.

—¿No te lo dije, Xiprión? En el ordenador, la Tierra no figura ni siquiera como Estación de Servicio.

—Eso es para que te convenzas de que los comodones de la Oficina de Ordenación Galáctica sólo sirven para calentar sillas con sus culos gordos y paspados —respondió de buen ánimo su compañero mientras preparaba la minúscula nave para un salto híper, visto que el último, pequeño y oscuro planeta del sistema quedaba definitivamente atrás.

—A propósito... ¿qué fallaba en el impulsor?

—Estaba a punto de soltarse el perno que acciona el cañón protoguiónico. Por eso el detector no lo indicaba. Suerte que el mecánico encontró la falla en seguida.

—¡Nuestros buenos lumers nos costó la reparación!

—Lo que cuesta vale. Aprendí mucho viendo trabajar al terráqueo.

—¿Compraste repuestos? Me imagino que sí.

—¡Que te crees! Llevo una buena cantidad para que nuestros técnicos los analicen. Y sería bueno que empieces a redactar un informe para que una misión comercial se llegue hasta la Tierra y acapare lo que pueda. Al menos hasta que lo podamos fabricar en Dauxmon.

Cosa rara en él, Dextris se puso a trabajar en el informe sin protestar mientras la nave se deslizaba al subespacio con la suavidad de la seda.

—En la traducción no se entiende bien el nombre del elemento que utilizó el mecánico, Xiprión.

El piloto chequeó los sistemas, conectó el automático y se echó hacia atrás, cerrando los ojos.

—Es que justo se volvió a trabar esta mierda de omnitraductor —respondió entre dos bostezos—. Pero me parece que el terrestre lo llamó "alambre".



José Altamirano

José Altamirano nació en algún lugar de Córdoba en 1950. Durante la década de 1980 fue un activo e ingenioso animador de los encuentros de los viernes del CACyF y sin lugar a dudas uno de los escritores más interesantes surgidos de aquella ebullición. El mes pasado lo tuvimos en Axxón dentro de FICCIONES BREVES (DOS). Ahora rescatamos su cuento más popular, aparecido originalmente en Sinergia. José apareció, además, en Axxón N° 100, N° 106, N° 107, N° 109. El N° 88 fue especialmente dedicado a sus ficciones.


Axxón 148 - Marzo de 2005
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Humor: Argentina: Argentino).

            

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