LA VOZ DEL HÉROE

Eduardo Gallego & Guillem Sānchez

España

Flotar en la ingravidez es, sin duda, un pasatiempo divertido, aunque resulta un incordio cuando te estás muriendo. No es serio; yo incluso lo calificaría de indigno.

Ahora mismo no siento nada. Probablemente me he fracturado las cervicales, o algo parecido, porque soy incapaz de mover un músculo. Qué le vamos a hacer...

Dadas las circunstancias, creo que lo estoy sobrellevando bastante bien. Dicen que cuando uno va a dejar este mundo, toda tu vida desfila ante tus ojos. No será verdad, pero percibo lo que me rodea de forma diferente. Puedo pensar en lo sucedido durante los últimos días sin emoción, como si lo viera desde fuera. No sé si me explico.

Todo empezó en el restaurante rigeliano que hay enfrente del Hospital Militar de... Bah, qué más da el nombre del planeta. Está a poca distancia de la Base, y la comida es barata y no muy indigesta. Además, las enfermeras acuden en masa. Y tras ellas la dotación al completo del 304° Destacamento de la Marina de Su Gloriosa Majestad Imperial, en misión de pesca. La competencia era dura, pero alguna caía de vez en cuando. No es por presumir, pero el uniforme de piloto de cazabombardero me sienta muy bien. Ello, unido a mi aplomo, don de gentes y amena conversación, constituyen la clave del éxito.

Y Martina estaba buenísima. Perdón, lo sigue estando, pero no creo que duremos mucho. Mírala: presa de la histeria, sin parar de llorar y de pedirme que resuelva el problema. Je, como si yo estuviera en condiciones de hacerlo. Eh, muchacha, cálmate; no tengo la culpa de que... ¡Ay! ¡Menuda bofetada me acaba de arrear! ¡Y sigue! ¡Joder, para ya, que no estoy muerto!

Uf, menos mal que se ha calmado, y ahora sólo llora en silencio. Parece que, aunque no pueda moverme, sí soy sensible al dolor; qué cosas. Vaya una rabieta; en vez de lamentarse por la pérdida de su compañero, sólo alcanza a decir: "¡Sácame de aquí, maldito gilipollas!". En el fondo es una ordinaria, carente de sentido de lo dramático.

A lo que iba. Martina destacaba sobre todas sus compañeras: alta, morena, guapa y con unas curvas dignas de alabanza. Claro, como todas las de su especie tiene un defecto: cada vez que abre la boca dice una tontería, pero yo no la quería para discutir de temas filosóficos. En cuanto la vi, supe que sería mía. Adopté una estrategia infalible: ese aire seguro y paternal que tan bien se me da. Al poco de sentarme a su lado, escuchaba embelesada la narración de mis hazañas en combate contra los rebeldes sirtanos. Y cada vez que le contaba uno de nuestros chistes cuarteleros, se reía a mandíbula batiente. En resumen: llevármela al catre fue coser y cantar.

Fue un idilio corto, aunque intenso. Martina no puede tener queja de mí; modestia aparte, soy la mar de apañado. Y dada su excelente disposición, decidí satisfacer un capricho que vengo arrastrando desde hace años: practicar un poco de sexo en gravedad cero. Algunos colegas cuentan maravillas al respecto, así que me dije: ¡ahora o nunca, Walter!

El problema consistía en hallar el sitio idóneo, pero la suerte sonríe a los audaces. Los cazabombarderos son naves biplazas amplias, confortables, cuya cabina se puede compartimentar mediante paneles. No me costó convencer a mi artillero de que se tomara unas vacaciones a mi costa, y que dejara un sitio libre para que Martina me acompañara durante una misión de rutina. A ella le encantó. Recuerdo que palmoteaba de alegría, como una criatura. En el fondo, las mujeres nunca maduran y son caprichosas. Basta un poco de psicología, y las llevas por donde quieres.

Prosigo. Teóricamente sería un viaje de lo más normal. Teníamos que escoltar un cargamento de metales pesados a través de un sector vecino. La ruta era segura, muy lejos de zonas conflictivas, y este rincón del cosmos ofrece vistas espectaculares. Martina estaba entusiasmada. No paraba de hacer preguntas sobre todo lo que veía, y eso me dio ocasión de impresionarla con mi vasta cultura. Cuando pasamos junto a... ¡Eh, cuidado, que voy directo al techo! Uf, menos mal que se ha dado cuenta y me ha agarrado por un pie. Tendría que haberle enseñado cómo conectar la gravedad artificial, pero en esos momentos estábamos pensando en otras cosas.

Volvamos al verdadero objetivo del viaje. Hacer el amor en gravedad cero resulta una experiencia interesante, deliciosa. Los cuerpos se entrelazan sin esfuerzo y se mueven acompasadamente, sin trabas. Lo más bonito era el cabello de Martina, ondeando en libertad como una mariposa de alas de ébano; su cuerpo desnudo, iluminado por los tres soles de este sistema, semejaba el de una diosa (caramba, qué bonito me ha quedado). El placer alcanza cotas sublimes, aunque debo decir que ella tiene aún mucho que aprender sobre cómo conducirse en ausencia de peso. Menos mal que estaba yo para guiarla, y lograr que gozáramos juntos.

Me pregunto cómo demonios lograron atacarnos los rebeldes sirtanos. Se supone que no tienen interceptores de espacio profundo, pero se cargaron todos nuestros cazas de escolta sin darnos tiempo a reaccionar. Yo hice todo lo que pude, pero aquello era un caos: explosiones por doquier, peticiones de auxilio, gritos de dolor... Los rebeldes eran demasiados, y mi experiencia en combate no bastó para salvarnos. Algún tipo de proyectil debió de alcanzarnos, porque sentí un golpe terrible, y me vi reducido a tan lastimoso estado, incapaz de moverme y aguardando una muerte que se hace esperar.

Lo siento por Martina, pobrecilla. Está sola, y es incapaz de distinguir entre una tobera y la tapa del inodoro. De acuerdo, tengo la culpa de haberla arrastrado a este destino fatal, pero a todos nos llega la hora tarde o temprano. Al menos, podía aceptar su propia muerte con dignidad. Ay, sería mucho pedir que compartiera mi estoicismo ante el inevitable fin. Me gustaría verla en mi pellejo, dando tumbos como un globo cautivo.

Qué lento pasa el tiempo. Yo floto y Martina llora. Los rebeldes no nos han rematado, cosa rara. Por las pantallas veo que vamos derechitos hacia un planeta. A juzgar por su color, posee atmósfera. Si no reventamos antes, nos achicharraremos por la fricción. Así que esto es el final... Tiene su lado poético, arder gloriosamente como una estrella fugaz.

Eh, ¿qué le pasa a Martina? Parece como si un negro espanto se hubiera abatido sobre ella. Grita y me aporrea las piernas, echándome la culpa de todo. Hija, si ya no tiene remedio. Un momento, ¿no irás a...? ¡¡Aaaaaayyyy!!

¡...!

¡Joder, vaya fiera! Menuda patada me ha dado en los... Eh, un momento. ¡Me ha soltado! ¡Voy derechito de cabeza hacia esa taquilla! ¡Martina, por tu padre, agárrame! ¡Socorro...!


¿Qué ha sido eso? Parecía un gong... Ah, fue ese idiota de Walter. Se lo merece, por todo lo que me ha hecho. En fin, como está muerto o comatoso, no le dolerá. En cambio, yo...

¡No quiero morir! ¡No quiero morir! No no no...

¿Quién me mandaría a mí juntarme con semejante besugo? Todos los pilotos imperiales son iguales: pomposos, fatuos y con menos cerebro que un mosquito. Nos lo pasábamos muy bien en el restaurante riéndonos de sus patéticos intentos de aparentar ser conquistadores irresistibles. Y Walter era el más ridículo de todos, con ese uniforme suyo que debió de sacar del último carnaval, y que le sentaba como un tiro...

El alcohol tuvo la culpa. A varias de nosotras nos gusta jugarnos a los chinos quién paga el café, pero aquel día decidimos apostar cosas absurdas. El precio de la derrota era terrible: dejarse seducir por el cretino de Walter y convertirse en su novia durante un mes, fingiendo ser una tonta que caía rendida por sus encantos. Y yo tuve que decir: "Cuatro con las que saques". A mi contrincante se le iluminó la cara cuando vio que había ganado; me imagino la que se me debió quedar a mí, a juzgar por la rechifla de mis amigas. Pero las deudas de juego son sagradas, así que hice de tripas corazón y cumplí la sentencia con todo el valor que pude reunir.

Walter era más tonto aún de lo que parecía de lejos, si es que eso puede concebirse. Su sensibilidad era similar a la de un pedrusco, y durante mis estudios de medicina en la universidad conocí a cadáveres cuya compañía resultaba más amena que la suya. Y lo peor de todo, se creía gracioso. Para que la cosa fuera más llevadera, decidí seguirle el juego. Tal vez podría sacar algo de la experiencia, pensé (ilusa de mí), aunque sólo fuera para incrementar mis conocimientos en Zoología Comparada.

¿Y sus invenciones sobre las batallas ganadas? Escuchándolo, daba la impresión de que él solito había salvado al Imperio de las acechanzas de los rebeldes y la perfidia de la República. Para comprobarlo, me introduje en la red de correo electrónico y a través de ella violé los sistemas de seguridad de los archivos imperiales, lo que no resulta demasiado difícil; en el hospital lo hacemos como pasatiempo para matar el aburrimiento en las horas de guardia. Así, pude comprobar que el oponente más fiero que Walter había encontrado era un simulador de vuelo. Menudo fantasma estás hecho, hijo; si la seguridad del Imperio dependiera de sus pilotos, hace tiempo que todos seríamos republicanos o corporativos.

Pero claro, la carne es débil. Cuando me propuso una escapada en una nave para nosotros dos solitos, decidí acompañarle. Me apetecía; nunca había salido del planeta, pero me hice un poco de rogar, para ver cuánto era capaz de ofrecer a cambio. Y cuando me juró que me invitaría a comer un plato de mollejas de gandulfo en el restaurante de un amigo, acepté sin rechistar. Por unas mollejas sería capaz de regalar a mis padres a una fábrica de hamburguesas. Lo malo era tener que aguantar al pelmazo de Walter pero, insisto, unas mollejas son unas mollejas. Caramba, si una ración cuesta el sueldo de medio mes...

Y bueno, nos metimos en esta nave, muy bonita aunque algo estrecha. El panorama era espléndido, aunque lo arruinaban las explicaciones de Walter, que estaba pez en Astronomía y no acertaba ni una constelación. A pesar de eso, seguí haciéndome la tonta y dándole la razón; malditas deudas de juego...

Lo peor fue cuando se empeñó en que nos diéramos un achuchón en gravedad cero. Si ya de por sí es un auténtico petardo en una cama normal, imagínate flotando... Creo que nos pegamos cabezazos contra todas las paredes de la cabina, y no me rompí una pierna de milagro. Y todo el rato, teniendo que escuchar sus instrucciones acerca de cómo debía moverme. Tiene narices la cosa; si no fuera por mí, ese inútil no sabría por dónde meterla. En mi vida he visto ser más torpe, palabra; es una de las pocas personas que logra hacerme dormir en semejantes circunstancias. Bah, luego te despiertas, finges un orgasmo, y él se cree que es el amante perfecto. En fin, todo sea por las mollejas.

El ataque de los rebeldes... En cuanto empezó el jaleo, Walter perdió los nervios. Se vistió a toda prisa, chillando como un cerdo en el matadero, corriendo de un sitio a otro desesperado y murmurando no sé qué sobre el módulo de salvamento. Justo entonces ocurrió aquella explosión cercana, a la que siguió una tremenda sacudida. Me quedé aturdida unos instantes, y en cuanto me recuperé vi que íbamos a la deriva, con el zote de Walter más tieso que un ajo y revoloteando a mi alrededor.

Míralo, maldito Don Juan de pacotilla... Voy a tomarle el pulso. Muy débil, pero aún lo capto. Seguramente ha entrado en coma irreversible. Te merecías una muerte lenta, cabrón, en vez de quedarte fuera de combate de un golpe. Recuerdo cuando me decías: "¡Los pilotos imperiales tenemos más cojones que nadie!". ¿Cojones? ¡Te los tendría que estrujar así, así y así, hasta reducirlos a pulpa! Calma, Martina, relájate; no está bien ensañarse con un cadáver, o casi. Qué curioso; juraría que se ha puesto verde. Figuraciones mías; éste ya no se entera de nada.

Todo esto me pasa por pendón. Si ya me lo decía mamá: "Hija, no seas tonta y búscate un funcionario, un profesor de secundaria o cualquier otra persona formal que cobre un sueldo fijo, cásate y vive una vida ordenada". Si salgo de ésta, mamá, te juro que haré caso a todo lo que me digas. Ni una aventura, ni un sobresalto más. ¡Quiero salir de aquí! ¡Soy muy joven para morir! —¡Que alguien me ayude! —grito, sin poder evitarlo.

Trato de calmarme. Si supiera cómo conducir esta nave... Pero nada; yo miro los controles, a su vez ellos me miran, y así estamos. Probaría a pulsar algo, pero ¿y si abro por accidente una escotilla y salimos disparados al espacio? Vi en un documental lo que pasa con un cuerpo liberado en el vacío, y es una muerte asquerosa, de las que revuelven las tripas. ¡No quiero acabar así! ¡Ni de ninguna otra forma, a ser posible! Pero si no hago nada, estoy condenada a vagar por el cosmos acompañada de un cadáver, que más tarde o más temprano comenzará a pudrirse y apestar. ¿Es que no hay nadie? ¡Por favor...!

Calma, Martina, no te pongas histérica. Trata de pensar. Lo peor es el silencio. Nadie habla. No se oye un ruido, salvo cuando Walter rebota contra una pared. No hay explosiones, ni voces de auxilio; sólo este lento deslizar hacia aquel planeta. Vamos derechitos contra él.

Tengo hambre. Estoy sola. No sé qué hacer. El planeta se acerca.

—Por favor, ¿nadie va a venir a por nosotros?

Soy incapaz de seguir, y rompo a llorar. No sé si la radio está conectada o no, ni cómo averiguarlo. Ante mí hay un panel repleto de lucecitas de colores parpadeantes. Si supiera cómo funciona... Pero ¿qué puedo hacer, Señor?

De repente, un ruido surge de un altavoz, como si alguien tosiera. Doy un respingo, y el corazón parece haberse parado en mi pecho. Antes de que pueda reaccionar, escucho un grito ahogado, inhumano. ¡Hay alguien vivo ahí afuera! Pero suena como si estuviera muy enfermo, en graves dificultades.

—¿Quién es? —La voz casi no me sale de la garganta, por culpa de la emoción. Estoy temblando.

—¿Hola? ¿Qué hay? Hola —responde una voz masculina, pero al final se entrecorta y suelta otro de esos terribles gritos.

—¡Ayúdeme, por favor! —Trato de serenarme; si me dejo llevar por el pánico, nunca lograré salir de ésta; además, parece estar sufriendo—. Me hallo en la nave del piloto Walter Spencer. Él está fuera de combate. Le prometo que luego explicaré qué hago aquí, pero el caso es que no sé cómo manejarla. ¿Quién es usted?

Pasan unos instantes interminables. No se habrá desmayado, ¿verdad?

—¿Sigue ahí?

—¿Hola? Comandante Kirk. ¿Qué hay? —Vuelve a toser.

¡El comandante! Recuerdo que Walter me habló de él; es el responsable del convoy. ¡Parece que ha sobrevivido! Pero vuelve a toser, y se queja.

—¡No haga esfuerzos innecesarios, señor! Se pondrá bien, le doy mi palabra. Soy enfermera y estudiante de medicina, y sé lo que digo.

—¿Sí? Vale. —Otra tos.

—Mire, señor, lo mejor será que hable lo menos posible, para que no se agote. Yo le describiré el panel de mandos que tengo ante mí, y usted sólo dígame lo que he de hacer. Estoy muy cerca del planeta y la nave comienza a vibrar ligeramente. A lo mejor soy algo aprensiva, pero empiezo a notar cómo sube la temperatura. Usted indíqueme cómo entrar en la atmósfera sin peligro y tomar tierra, y luego probaremos a usar la radio para pedir ayuda. ¿Le parece bien?

Se hace el silencio. Al cabo de un minuto es roto por otro de esos gritos, seguido de un estertor sibilante. Superada la crisis, el comandante logra articular una palabra:

—Vale.

—¡Muchas gracias señor! ¡Aguante un poco, sólo hasta que aterrice, y luego le devolveré el favor, palabra! —Echo un vistazo al panel. —Delante de mí hay un tablero con luces amarillas, cada una con su correspondiente botón. Cuento siete filas y seis columnas. Además, veo un cuadrado grande, blanco, que parpadea, y una palanca negra. ¿Es importante el cuadrado?

—¡No! ¡Deja eso, mamarracho!

La orden ha sido cortante, perentoria. Doy un bote del susto. Estoy a punto de replicar, pero debo hacerme cargo de que ese hombre está muy mal, tal vez muriéndose, y que trata de mantenerse consciente para ayudarme.

—Lo que usted diga, comandante Kirk. ¿La palanca, tal vez?

—Coge eso. Vale. —Otro grito.

—Ya la tengo, señor. ¿Qué hago ahora?

Otra pausa desquiciante. Aguardo, rezando para que no haya abandonado el mundo de los vivos precisamente ahora.

—¡Baja de ahí! ¡Abajo, te digo!

—S... sí, señor. Pero dígame cómo se hace. ¿La empujo hacia adelante?

—¡Venga! ¡Así! ¡Sal de ahí! —Otra tos.

Obedezco ciegamente y empujo la palanca a tope. El interior de la nave deja de estar ingrávido. La brutal aceleración casi me corta la respiración; menos mal que desde el principio me abroché los cinturones de seguridad. El pobre Walter no tiene tanta suerte, y se estampa contra un armario. Espero que no rompa ninguna pieza útil del vehículo.

La vibración es espantosa. Por las pantallas sólo se ve una neblina rojiza, que pasa a velocidad de vértigo. La temperatura sube sin cesar; debemos andar cerca de 50C en la cabina. Como no tomemos tierra pronto, vamos a achicharrarnos.

—¿Hola? —me pregunta el comandante. Su voz me suena rara, y me preocupa.

—Señor, ¿se encuentra bien?

—Malo. Muy malo. —Otro grito.

—¡Aguante, Kirk, por favor! ¡Sé que puede usted hacerlo! No irá a dejarme ahora, cuando estamos tan cerca de lograrlo, ¿verdad? ¡Continúe un poco más, comandante!

Las lágrimas se deslizan por mis mejillas. Me imagino al pobre Kirk sentado al mando de su nave, mirando fijamente la radio mientras con la mano trata inútilmente de restañar la sangre que se le escapa por una espantosa herida. Y a pesar de eso, está intentando salvarme, sobreponiéndose al dolor. ¡Qué diferencia con el cobarde de Walter! No puedo fallarle a alguien así. Aunque muera en la aventura, habrá merecido la pena. Por fin he encontrado a alguien admirable, capaz de devolverme la fe en la naturaleza humana.

Súbitamente, la voz del héroe, porque para mí lo es, grita:

—¡No! ¡No! ¡Suelta eso, joder!

Dejo la palanca, como si se tratara de una serpiente venenosa. La nave comienza a dar unos tumbos increíbles, pero se estabiliza. Walter se ha estrellado contra la puerta del retrete, tan fuerte que la ha abierto y se ha quedado encajado entre el lavabo y el inodoro. Al menos, así no molestará.

—Vale —y vuelve a sufrir un ataque de tos, tan fuerte que temo por su vida. Le digo que respire hondo y le sugiero unos cuantos ejercicios respiratorios. Parece que se ha calmado.

—Muy bien, Kirk. Ya estás mejor, ¿ves? Te digo que todo se arreglará, y pronto estaremos todos en un hospital, sanos y salvos. —Debo hablarle, animarle, evitar que se duerma; en ese caso, me parece que nunca más despertaría. —Por aquí las cosas han cambiado. Las pantallas se han apagado, y se ha conectado la iluminación de emergencia. Al menos, la temperatura sigue estable, y puedo soportarla. Eh, un momento... Las luces del panel se han vuelto todas rojas, y parpadean. También se escucha un pitido intermitente. ¿Qué ocurre, señor? La nave vibra cada vez más. ¿Qué hago?

—Ven aquí. ¡Sube!

—¿Que suba? ¿Cómo...? Ah, ya sé. Debo hacer lo contrario que antes, ¿verdad, señor? Tiro de la palanca hacia atrás.

La nave parece haberse vuelto loca, como un caballo desbocado. Gira y trepida; si no fuera porque estoy bien sujeta, me haría papilla. Escucho a la cabeza de Walter golpear alternativamente el lavabo y el inodoro. La situación parece insostenible, pero confío ciegamente en el comandante. Sé que él me sacará de aquí con vida.

—¡Eso no! ¡Deja eso, idiota! —me chilla, de repente, y lo acompaña de un grito más terrible que los demás, agónico.

Hago lo que me dice, y la nave cesa de dar vueltas. Parece haberse parado, y cae como una piedra. El golpe es terrible. La cabeza se me va.

—Gracias, señor. Al menos, lo intentamos —logro murmurar—. Quiero que sepa que es usted el más noble...

La oscuridad cae sobre mí, y ya no sé más.


Entro sigilosamente en la enfermería, para comprobar el estado de nuestra paciente. Vaya, está despierta, aunque en su cara se refleja la confusión. Me acerco a ella, sonrío para tranquilizarla y le pongo la mano en el hombro.

—Hola. Soy Laura Gelmírez, comandante de las Fuerzas Espaciales Corporativas. Calma. —Trata de incorporarse, pero la empujo suavemente contra la almohada—; aún estás débil. Debes descansar. Estás fuera de peligro. Te hallas en una nave de guerra de la Corporación, la Atlantis. Pasábamos relativamente cerca del lugar de la batalla, y recibimos un montón de mensajes de socorro por vía cuántica, que pronto cesaron. Nos acercamos a investigar y rescatar supervivientes, y menos mal que os encontramos. Descuida; no corres peligro alguno. Somos neutrales en este conflicto, y nadie en su sano juicio se atrevería a atacar a un crucero pesado corporativo.

La mujer cierra los ojos. Creo que se ha dormido, pero no, los vuelve a abrir. Aunque no habla, su expresión es entre asombrada e interrogativa. Trato de explicarle lo acaecido.

—Aunque sea hurgar en la herida, tengo que decirte algo. Los imperiales no tenéis ni idea de cómo actuar en una guerra de guerrillas. Confiáis tanto en vuestra superioridad militar, que menospreciáis al adversario y cometéis errores pueriles. ¿A quién se le ocurre viajar en misión de escolta en automático, sin vigilancia extrema? Y pasando tanto tiempo a velocidad sublumínica, en formación cerrada... Estabais pidiendo a gritos que os machacaran. Los sirtanos son pobres, casi sin medios, pero saben pelear. Compraron de contrabando unos cuantos cazas obsoletos a la República, y os emboscaron en el cinturón de asteroides. Robaron el cargamento que escoltabais, no dejaron una nave sana y se largaron tan alegremente. Os lo merecéis, por chulos. Siento hablarte así, pero...

—¿Qué quieres que te diga? —responde, y se encoge de hombros.

—Ya sé que tú no tienes la culpa. De hecho, permíteme que te felicite por tu heroico comportamiento. Ah, sí, antes de que se me olvide: tu copiloto está vivo. Según los médicos, sufrió una parálisis total provocada por el pánico, pero se recuperará. Está un tanto magullado, con la cabeza llena de chichones, y debió de recibir un golpe muy serio que le aplastó los testículos. Pero no hay problema: una prótesis, y como nuevo. Supongo que era un cadete novato, en su primera misión de verdad. Menos mal que en vuestra nave había alguien con la cabeza fría. Chica, he analizado tus maniobras y nunca antes vi a nadie tan audaz. Hiciste lo único posible, pero se necesita valor para ello. Uno de los motores estaba a punto de estallar; sólo os quedaban unos cuantos minutos de vida. Si no llegas a realizar ese escalofriante picado a través de la atmósfera, alzando el morro justo antes de estrellarte... Caramba, hay que tener sangre fría para soltar los controles justo entonces, entrar en pérdida y caer como una piedra en el fango de aquella ciénaga. El agua apagó los motores y los enfrió lo suficiente para evitar la catástrofe. Increíble. Fantástica, tía. Y yo que creía que todos los pilotos imperiales erais unos incompetentes... Me has hecho tragarme mis palabras, y mucho que me alegro. Enhorabuena.

La pobre debe de estar aún algo confusa, porque se la ve muy excitada. Da la impresión de que no sabe si reír o llorar. Después de todo lo que ha pasado, no me extraña.

—Pero si yo no... Bah, olvídalo —dice, dejándose caer sobre la almohada. De repente se incorpora y me mira fijamente—. ¿El comandante Kirk? ¿Sabes dónde...?

Me lo pienso antes de darle la noticia. Es duro, pero estos militares curtidos y profesionales saben encajar las desgracias.

—Lo siento, pero vosotros sois los únicos supervivientes. El comandante murió, como todos los demás miembros del convoy.

Vaya, ha roto a llorar desconsoladamente. Debía de apreciar mucho a su superior. La abrazo y trato de consolarla. Su dolor es sincero; hasta el más insensible se daría cuenta.

—Al menos, queda el consuelo de que su muerte fue rápida. Nada más empezar la refriega, el impacto de un torpedo de plasma hizo estallar diversos aparatos en el interior de la cabina. Las esquirlas le acribillaron el cráneo. Nuestros médicos dicen que no sufrió, créeme.

Parece que todavía está aturdida. Me mira con cara de incredulidad y los ojos muy abiertos.

—¡Imposible! Pero si fue quien me...

Se está excitando demasiado. La comprendo; yo, en su lugar, me lo tomaría mucho peor. Trataré de distraerla con algo, para que se olvide un poco de las desgracias. ¡Ah, ya sé!

—Aguarda. En realidad te mentí cuando dije que tu copiloto y tú fuisteis los únicos supervivientes. La mascota de Kirk también salvó el pellejo. Aprovechando que las enfermeras andan lejos, te la traeré. Ya verás; es un bicho de lo más salado.

Regreso en menos de un minuto con la jaula en brazos. Se la pongo junto a la cabecera.

—Una monada, ¿verdad? Es un papagayo gris africano, de la Vieja Tierra. A juzgar por el tamaño, parece un macho. Lo sé porque en el kibbutz tenemos otro, una hembra. Mira qué bien; creo que lo adoptaremos para formar la parejita.

—¡Groac! ¡Dame la patita, mamarracho! Hola. ¿Qué hay?

—¡Huy! ¿Has visto qué bien habla? ¿Será tunante? No ha tardado nada en coger confianza.

—¿Quieres pipas? Hola. Tururú. ¡Groac! Cof, cof, cof...

—Esa voz... El grito... La tos... —dice la chica, con ojos como platos.

Ahora que lo pienso, en muchos planetas no conocen la fauna de la Vieja Tierra. Mejor será que se lo explique.

—Los loros imitan perfectamente la voz humana, ¿sabes? Y no sólo eso, sino cualquier ruido que les llama la atención. ¿Te has dado cuenta cómo tosía? En mi kibbutz, Gertrudis (se llama así, ¿eh?) ha aprendido a imitar los ronquidos de un colega, y los demás nos tronchamos de risa. Y en cuanto a los gritos... Tendrías que oírla. Es capaz de emitir chillidos tan agudos que vuelven locos a los perros. Creo que lo hace aposta; en el fondo, estos animales son malévolos por naturaleza. Eh, mira cómo se acerca para que lo acaricie. ¡Qué mono! ¿Cómo te llamas, bribón?

—Hola. Ven que te rasque, Yaco. Loro malo, muy malo.

—¡Ja, ja, ja! ¿Será posible? ¡Si hasta agacha la cabeza para que le pase la mano! Pero no te fíes, hay que tener cuidado con ellos. Basta que te descuides un segundo, para que te taladren el dedo de un picotazo. Así que te llamas Yaco, ¿no? Tendrás hambre, seguro. Casualmente llevo una galleta que me sobró del desayuno en el bolsillo.

—Toma, Yaco. Groac. ¡No! ¿Quieres comer? Cof, cof. Vale.

—¿Ves? Es alucinante cómo son capaces de guardar el equilibrio sobre una pata, mientras con la otra sostienen la comida. ¡Anda, qué gracioso! Sabe mojar la galleta en el bebedero antes de comérsela, para que esté más blandita. Eres un truhán, ¿eh, Yaco?


Ilustración: Marian

—¿Un loro? ¡Un loro! Un loro... —exclama la mujer; me parece que aún no ha asimilado que exista un bicho parlante.

—¡Groac! Ven aquí. Sube, ¿qué hay? Soy un loro chulo. Hola. Dame la patita. Suelta eso, joder. Cof, cof, cof. Deja eso, idiota. Dame pipas, mamá. El comandante Kirk es guapo. Groac.

—Qué chocante... Me recuerda a Gertrudis. Cuando les da la vena, empiezan a empalmar todas las tonterías aprendidas y parece como si pronunciaran un discurso. En ocasiones, por casualidad, hasta tiene sentido, y todo.

—¿Quiere decir que fue un loro el que me...?

—A veces son un poco pesados, pero los animales hacen mucha compañía. También requieren atención y mimos, aunque te aseguro que compensa. Tengo en mi habitación una carpa que se llama Maruja. Le construí yo misma el acuario con unas cuantas planchas de metacrilato, unas piedras y unas algas de plástico. Pero te lo agradecen con creces. Ya sé que la expresión facial de un pez es un tanto, digamos, fría, pero a Maruja le brillan los ojitos cada vez que me ve, y mueve la cola con... Eh, chica, ¿te pasa algo? Estás más blanca que la tiza. Oye, ¿no irás a...?

—Dame la patita. ¡Sube, Yaco! Hola, ¿qué hay? Groac.

El loro detiene su cháchara y se pone a silbar con brío el himno imperial. No lo hace mal, pero podría haber elegido otro momento menos inoportuno, caray.

—¡Cállate, Yaco! ¡Eh! ¡Ayuda! ¿Puede venir alguien? ¡Esta tía se acaba de desmayar! —Le doy palmaditas en la cara pero nada, no se espabila.



Eduardo Gallego Arjona y Guillem Sánchez i Gómez

Eduardo Gallego Arjona (Cartagena, 1962) y Guillem Sánchez i Gómez (Mataró, 1963) forman uno de los dúos de trabajo más activos en el campo de la ciencia ficción. Publican juntos relatos de ciencia ficción desde 1994, cuando aparecieron sus novelas cortas "Dario" y "Nina". Sus historias se enmarcan en un universo ficticio, el UniCorp o Universo Corporativo. La bibliografía completa puede consultarse en Unicorp.

Entre su producción literaria destacan "Nāufrags en la nit", ganadora del premio Juli Verne 1997, "Dar de comer al sediento", finalista del premio UPC 1996 y ganador del Ignotus 1998, "Fortaleza de invicta castidad", ganador del Ignotus 2002, y las novelas largas La embajada, Asedroy "Pacificadores" , publicadas por Ediciones Silente. "Me pareció ver un lindo gatito", ganador del Premio Alberto Magno 1997, se puede leer en Bem on Line.


Axxón 148 - Marzo de 2005
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Fantasía: Ciencia Ficción: Space Opera: Humor: España: Español).

            

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