DIVULGACIÓN: No se enteraron de que la guerra había terminado

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SAN-RYU-SCHA
por Marcelo Dos Santos (especial para Axxón)
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Segunda Guerra Mundial.

Los japoneses avanzaron por el Pacífico como un viento: en sólo cinco meses, entre el 7 de diciembre de 1941 y el 7 de mayo de 1942, capturaron todo el sudeste asiático, las Indias Orientales, la Melanesia, parte de Filipinas y las islas de Wake, Guam y Singapur.


La isla de Guam, en el Pacífico, es el escenario de una de las historias más increíbles de la lucha humana por la supervivencia.


Las líneas rojas indican los ataques japoneses sobre Guam

Parte del archipiélago de las Marianas, Guam es pequeña y selvática: mide apenas 51 kilómetros de largo por 16 en la parte más ancha y 8 en la parte más angosta. Su superficie total es de 522 km2, apenas dos veces y media la de la Ciudad de Buenos Aires.

El bosque tropical del interior de Guam es tan salvaje y tupido, completamente virgen, que incluso hoy en día los guameses pueden perderse en él. El clima de la isla es tropical templado: la temperatura de la isla rara vez baja de los 32°C y su extremo inferior es de 22. Como todo lugar tropical, Guam no tiene estaciones propiamente dichas, sino tan sólo una temporada seca y otra lluviosa. En Guam es verano todo el año.


Los marines norteamericanos tomaron la isla de Guam el 21 de julio de 1944. La devastación fue enorme y los japoneses perdieron en aquella batalla a la mayoría de sus soldados, totalizando más de 22.000 muertos. Pero no todos habían muerto. Ateniéndose al bushido (el código guerrero japonés), un grupo de aproximadamente 100 combatientes nipones tomaron la determinación de huir a la selva para escapar al deshonor de ser hechos prisioneros, o incluso para intentar seguir luchando por cuenta propia. Preferían la muerte antes que la derrota y sus cuerpos y sus mentes, sometidos a una rígida disciplina y a inimaginables privaciones en los tres años y medio que llevaban allí, los convertía en seres duros, poco compasivos y completamente decididos a sobrevivir.


La muerte antes que la deshonra: prisioneros capturados en Guam

Dos de ellos, los cabos Masashi Ito y Bunzo Minagawa, son los protagonistas de nuestra historia.

Ambos se parecían mucho: tenían 24 años, eran simples hijos de labriegos y prácticamente analfabetos. Pero la férrea determinación, la inteligencia y el sentido del honor de su raza los convirtieron en una especie de superhombres cuya resistencia resulta difícil de creer. A pesar de que ambos habían crecido en el campo, no habían recibido ningún entrenamiento específico en supervivencia.



¿Era preferible esto...?

Durante los primeros meses en la jungla, Minagawa e Ito no estuvieron juntos más que unos pocos días: se separaban una y otra vez para vivir con distintos grupos de fugitivos. Sin embargo, estos otros hombres eran, a juicio de nuestros héroes, demasiado descuidados. Hacían fuego en cualquier parte, eran ruidosos y los ponían permanentemente en riesgo de ser capturados.

Finalmente, Ito y Minagawa se reunieron de nuevo y decidieron vivir juntos, separados del resto de sus compañeros, todo el tiempo que fuese necesario.

Sentados en silencio, en un claro de la selva, hicieron inventario de sus posesiones. Ambos tenían sus katanas (sus sables japoneses de combate) y sus gorras de reglamento. Minagawa era más afortunado que su compañero: él había logrado conservar, además, un pequeño espejo y su par de guantes. Con estos tristes elementos, Ito y Minagawa se decidieron a emprender un extraordinario combate contra la naturaleza.

El hambre se presentó poco después. La selva de Guam no parecía ofrecer demasiadas oportunidades de alimentación a estos dos hombres jóvenes e inexpertos. Para colmo, los soldados norteamericanos pululaban por doquier. "Las primeras noches nos acercamos a un poblado", cuenta Ito, "y robamos algunos pollos. Nos daba miedo encender fuego, así que los devoramos crudos adentro mismo del gallinero". Tiempo después, los dos cabos consiguieron capturar un ternero, y de nuevo acometieron la sobrehumana tarea de faenarlo con sus sables y comerlo crudo. "Lo que quedaba lo envolvimos en hojas de palmera y nos lo llevamos. Estábamos obligados a comerlo lo más pronto posible. Sabíamos que en ese calor, la descomposición de la carne era cuestión de horas".



¿... o esto?

Pero no era suficiente. Ocultos en la selva, comprendieron que pronto morirían de inanición si no complementaban esa dieta de proteínas y grasa cruda con vitaminas y minerales. Así, atrapaban serpientes, lagartijas, langostas y cangrejos cocoteros, y se alimentaban también, durante esas primeras semanas, con cocos, frutos del árbol del pan y brotes de bambú. Comían todo crudo, como animales salvajes.


A los pocos meses, ya el Japón había hecho el recuento de sus bajas en gran parte de las islas del Pacífico y había comprobado que en casi todas las batallas faltaban cadáveres. Conocedor del bushido, el Alto Mando japonés se resistía a contabilizar a los desaparecidos en acción como "muertos en combate". Si el cadáver no aparecía, para los viejos samurais se trataba entonces de un hombre oculto en la selva que aún trataba de ganar la guerra en soledad o de reintegrarse a la unidad amiga más cercana. Un cadáver: un muerto. Un desaparecido no era un cadáver, ni siquiera un prisionero del enemigo (concepto que aún hoy no cabe en la cabeza de ningún japonés tradicionalista). Un desaparecido era simplemente alguien que aún no había conseguido regresar con los suyos, un hombre que simplemente se había retrasado. Un "rezagado". En idioma japonés, un San-ryu-scha. Ito y Minagawa caían de lleno dentro de esta categoría.



Impresionante vista del hogar de Ito y Minagawa

Y, en efecto, los dos muchachos no estaban muertos: "Vivíamos como animales selváticos", apunta Masashi Ito. "Nuestros órganos sensitivos se habían adaptado a ese tipo de vida. Ambos habían fumado en el pasado, y el síndrome de la abstinencia del tabaco los hacía sufrir como a cualquier fumador. Como frecuentaban las sendas que también usaban los norteamericanos, no les hubiese costado nada recoger alguna de las colillas que aquellos desaprensivamente arrojaban a un lado, pero nunca lo hicieron: "Temíamos que nuestro propio humo nos embotara el olfato, y que después no pudiésemos oler el tabaco de ellos. Olíamos a los soldados norteamericanos mucho antes de poder verlos u oírlos". Descubrir a otro ser humano antes de que éste los descubriera a ellos pasó a ser lo más importante de las vidas de Masashi y Bunzo. En este aspecto, eran verdaderos animales silvestres: "Nuestro olfato se volvió tan agudo que sabíamos cuando venían los enemigos, desde cientos de metros de distancia, por el olor de su brillantina y de sus lociones para afeitarse. Nuestro olfato era extraordinariamente sensible".

A veces, los dos cabos se encontraban con otros grupos de san-ryu-scha y emprendían incursiones conjuntas contra las aldeas guamesas a efectos de procurarse alimentos. Cuando esto sucedía, caminaban por la selva exclusivamente de noche y en fila india. El primer hombre tanteaba el suelo con el pie antes de apoyarlo, y el último tenía la obligación de borrar todas las huellas con una escoba hecha de hojas. A la mañana siguiente, un rezagado volvía a recorrer todo el trayecto, verificando que el grupo no hubiese arrancado ninguna hierba ni roto una ramita a una altura a la que no hubiese podido hacerlo ningún animal de la isla. Cuando robaban fruta de algún árbol, sólo podían sacar cuatro de él, para que el propietario no notara los faltantes. Si encendían fuego, sólo lo hacían a la orilla del mar. Luego, uno de los san-ryu-scha enterraba las cenizas en lo profundo de la selva, o se metía en el mar hasta más allá de la línea de rompientas y las esparcía por el agua.

Era una existencia agotadora de cuidados permanentes y tensión insoportable. Estaban determinados a no dejar prueba alguna de su existencia: si Ito y Minagawa perdían una prenda de ropa o un utensilio, la buscaban incansablemente tanto tiempo como fuese necesario hasta encontrarla. Sabían que un extravío fortuito los delataría de inmediato. Casi no hablaban: las pocas palabras que intercambiaron en el tiempo que pasaron en la isla fueron solamente susurros murmurados al oído.


Así pasaron cinco largos años de pesadilla para Ito y Minagawa. En 1949, decidieron abandonar definitivamente a los demás rezagados y establecerse juntos en una caverna aislada que habían descubierto. Allí llevaron todas sus posesiones. Además de las dos katanas, las dos gorras, el par de guantes y el espejo, su patrimonio se había acrecentado con cosas útiles, recuperadas en su totalidad de lo que dejaba abandonado el enemigo. Así, los san-ryu-scha poseían ahora puñales y hachas hechas con ballestas de las suspensiones viejas de camiones abandonados, dos pistolas americanas, algunas municiones, cacerolas y sartenes cortadas de viejos tambores de combustible, agujas de coser que habían fabricado a partir de pequeños resortes que los yanquis tiraban, y dedales y anzuelos recortados de las vainas de munición servida enemiga.



La espesura del interior de Guam

Escuchemos a Masashi Ito: "Con las agujas cosíamos nuestros uniformes, que se desgarraban con las ramas en la selva. Cuando encontrábamos un trozo de tela lo destejíamos hebra por hebra y utilizábamos la fibra resultante como hilo para coser. Habíamos afilado los sables para poder afeitarnos con ellos, y también, al principio, nos rasurábamos el cráneo mutuamente según la costumbre japonesa. Pero pronto descubrimos que era una mala idea. Desistimos porque comprobamos que el pelo es la única protección contra las moscas y los mosquitos de la selva, que son lo que más cerca nos puso de enloquecer. La mayor parte del tiempo parecíamos unos monstruos. Sufríamos tal cantidad de picaduras que nuestros rostros y cabezas estaban permanentemente hinchados. Cada vez que nos dábamos una palmada en la frente aplastábamos los mosquitos de a 20, pero al instante el sitio libre se cubría de otros nuevos. Nos sangraban las manos todo el tiempo". Por este motivo, los san-ryu-scha abandonaron la costa para siempre y se introdujeron lo más posible en la selva, donde los mosquitos no eran tan abundantes. "Sabíamos que nuestra dieta no era buena. Eso, sumado a la constante pérdida de sangre por las hemorragias provocadas por los mosquitos, nos hizo temer que nos debilitásemos y muriésemos. Hubiese sido gracioso: tanto esfuerzo para no ser asesinados por el enemigo, sólo para morir por la sangre que nos quitaban los insectos".


La historia de nuestros san-ryu-scha no carecía de precedentes: en marzo de 1944 un grupo de 15 soldados japoneses a las órdenes del teniente Yamamoto habían escapado al interior selvático de la isla de Mindoro, Filipinas, escapando de la persecución de las tropas estadounidenses. Pronto llegaron a la ladera de una montaña y allí se separaron en dos. El primer grupo se quedó en el lugar, sólo para ser asesinados por los salvajes: sólo sobrevivió un hombre de los ocho que lo componían. El segundo confió en la sabiduría de su teniente, al que admiraban por haber sido maestro en su vida civil. Así, Yamamoto y sus seis compañeros escalaron la montaña hasta la cima y otearon los alrededores. Yamamoto estaba convencido de que el Tenno (el emperador Hirohito) enviaría por ellos en cualquier momento y los rescataría, por lo que sólo se trataba de sobrevivir hasta que ese momento llegase. Provisto de una sola hacha, los uniformes de los siete y sus siete katanas, el emprendedor Yamamoto decidió dedicarse a la agricultura y la ganadería hasta que la Armada Imperial expulsase de la isla a los inoportunos visitantes.

El principio de la labor fue durísima: desmontar 2.000 m2 de selva y ararla con un hacha y ocho sables no es tarea fácil, y exige una fuerza y unas energías desmedidas. ¿Cómo conseguirlo sin alimentos? Decididos a lograrlo, Yamamoto y los suyos comieron larvas, ratas, serpientes, lagartijas, ranas y caracoles mientras se deslomaban preparando sus cuadros para la siembra. Mas ¿qué sembrarían?

A una distancia de sólo un día a pie por la jungla, los san-ryu-scha descubrieron el poblado de los nativos que habían asesinado a sus ocho compañeros, miembros de una etnia primitiva con un desarrollo tecnológico de la Edad de Piedra. En vez de guerrear contra ellos en clara inferioridad numérica, los san-ryu-scha intentó comerciar con ellos. Los salvajes se mostraron fascinados por los relojes de pulsera que tenían tres de los japoneses, y Yamamoto se los entregó. A cambio de aquellos relojes obtuvo una bolsa de semillas, dos pollos y dos cerdos. El maestro se aseguró que los animales fuesen de distintos sexos y, saludando a los nativos, emprendió el regreso hasta el pie de su montaña. Nunca más necesitó relacionarse con los indios de Mindoro.

Yamamoto plantó maíz y batatas, y ya la primera cosecha llenó sus graneros con más alimentos de los que los siete hombres habrían podido consumir. Visto el éxito de sus esfuerzos, el grupo de Yamamoto (al que se había unido el sobreviviente de la matanza perpetrada por los nativos) comenzó a expandir su sembrado en otros 2.000 m2 al año. Al finalizar el segundo año, por lo tanto, poseían ya 4.000 m2 de cultivos, 70 gallinas y 20 cerdos, que sobrepasaban todas sus expectativas de alimentación. Hacían trampas para los numerosos monos de la isla y se los comían asados. Con los cueros hacían mantas y vestidos. Yamamoto diseñó una enorme casa de troncos para que todos vivieran. Los dormitorios estaban cubiertos de esterillas trenzadas, y el baño poseía una gran bañera de piedra donde higienizarse y descansar. Habían construido varias habitaciones, y una galería con sillones para mirar los atardeceres. El agua corriente era traída por conducciones de bambú desde una fuente surgente, y la cocina tenía un gran horno de arcilla para cocer el pan. La harina se obtenía de un gran molino y, por simple capricho, construyeron también una planta trituradora de papas y batatas para hacer puré y un alambique en el que uno de los japoneses destilaba un aguardiente de bananas de altísima graduación alcohólica.



Soldado japonés capturado

Las grandes instalaciones de Yamamoto, bien ocultas bajo la ladera de la montaña, nunca fueron descubiertas por los aviones norteamericanos.

Luego comenzaron los problemas: como bien habían descubierto Masashi Ito y Bunzo Minagawa, es erróneo el temor que la gente civilizada tiene con respecto a las umbrías junglas tropicales. El hombre de ciudad teme a las fieras. En realidad, lo que puede matarnos en la selva es un animal mucho menos conspicuo pero más letal: el insecto. Así como a los dos san-ryu-scha solitarios de Guam los atormentaron y casi desangraron los mosquitos, a los sobrevivientes campesinos de Mindoro los diezmó la malaria o paludismo, producida por el protozoo Trypanosoma gambiensis y también transmitida por un género de mosquito, el Anopheles.

A los doce años de su trabajo agrícola en medio de la selva, cinco de los nueve hombres enfermaron y murieron de malaria. Los cuatro restantes consideraron que ya habían estado aislados el tiempo suficiente. La guerra había de haber terminado ya, y era tiempo de volver a la civilización. Corría, según sus cálculos, el año 1956. No habían pasado ni hambre ni privaciones, pero el hecho de ver sucumbir a sus hombres a las enfermedades tropicales (y la gran curiosidad por volver a ver el mundo de la civilización) impulsó a Yamamoto a enviar a uno de los suyos como mensajero hasta la costa, donde él sabía que se habían asentado los norteamericanos.

En efecto; el japonés se encontró con un estadounidense que estaba relevando el terreno para establecer una plantación, y le contó su historia y la de sus compañeros. Con los ojos abiertos como platos, el "enemigo" le prometió que les enviaría ayuda.

Irónicamente, lo que enviaron los norteamericanos fue una patrulla de soldados filipinos, milenarios enemigos de los japoneses. Cuál no sería la sorpresa de estos "rescatistas" cuando las "víctimas" los recibieron con una gran cena de asado de cerdo y los invitaron a bañarse en la gran piscina de agua tibia. La fiesta que los japoneses ofrecieron a los filipinos duró tres días completos, generosamente regada con el fuerte licor de bananas y compuesta de pan recién horneado, pollo al horno y papas y batatas hervidas.

Así, luego de doce años de duro trabajo, Yamamoto y sus san-ryu-scha lograron regresar al Japón en mejor estado físico que cuando habían partido.


Extraordinariamente, la idea de practicar la agricultura y la ganadería se le ocurrió a Yamamoto, un docente urbano, pero no a Minagawa e Ito, campesinos nacidos y criados en granjas y campos de cultivo. La razón es que los san-ryu-scha de Guam temían ser descubiertos y creyeron que era imposible ocultar un sembradío o los corrales de animales. Estaban parcialmente en lo cierto: en Guam había muchísimos más soldados norteamericanos que en la isla de Mindoro. Por lo tanto, jamás araron un metro de terreno ni se propusieron criar animales, ni mucho menos almacenar provisiones no perecederas.

Verdaderos náufragos de tierra firme, Ito y Minagawa vivían los tormentos del hambre y los padecimientos de aquel que debe vivir al día, día por día, con lo del día y nada más.

Nuestros sobrevivientes disponían de armas de fuego, pero pronto descubrieron que no podían utilizarlas: el ruido del disparo siempre estaría al alcance de los oídos enemigos en una isla tan pequeña y tan fuertemente patrullada.

Prefirieron dedicarse a construir trampas. "Nuestras trampas de alambre eran sencillas pero efectivas", recuerda Ito. "Otras veces trepábamos a un árbol con un cuchillo y esperábamos. En Guam abundan mucho los corzos, y nosotros habíamos identificado los senderos que ellos utilizaban para ir a beber. Simplemente esperábamos a que un ciervo pasara por debajo, nos dejábamos caer sobre él y lo apuñalábamos en silencio".

Al poco tiempo de su ostracismo, los dos jóvenes japoneses descubrieron puntos "seguros", áreas a donde los norteamericanos nunca se acercaban. Tristemente, esas áreas no ofrecían posibilidades de alimentación. Entonces tenían que trasladar los alimentos hasta ellas, porque eran los únicos sitios en donde se sentían lo suficientemente tranquilos como para encender un fuego y así ahorrarse el suplicio de tener que comer la carne cruda. Dice Ito: "Aunque no teníamos fósforos, conseguíamos encender un fuego casi cada día. El culo de una botella de Coca Cola abandonada por los enemigos nos servía de lupa para concentrar la luz del sol y encender unas briznas secas; si llovía, entonces sacrificábamos una de nuestras balas. La abríamos, mezclábamos la pólvora con algunas virutas y uno de nosotros frotaba un alambre contra un trozo de madera dura hasta que el metal estaba casi al rojo vivo. Entonces lo aplicábamos a nuestra yesca, y la pólvora se inflamaba de inmediato".

Al igual que a Yamamoto en sus últimos meses de exilio, Ito y Minagawa vivían obsesionados por la enfermedad. ¿Qué hacer si uno de ellos enfermaba gravemente? En los años que estuvieron solos en su selva, los san-ryu-scha tuvieron tiempo de observar la naturaleza, de identificar los remedios naturales que esta les ofrecía y, en algunas ocasiones, de utilizarlos con éxito. Al matar un venado, le extraían el jugo gástrico y lo ponían a secar al sol. Resultaba un polvillo blanco muy efectivo como digestivo. Como a menudo sufrían de diarrea, reemplazaban nuestras conocidas pastillas de carbón quemando, carbonizando y triturando los huesos de sus presas. Como dice el viejo adagio: "la necesidad es la madre del ingenio".


Para el año 1952, cuando los dos cabos japoneses llevaban ya ocho años de privaciones, en diversas islas del Pacífico los pobladores o los ocupantes norteamericanos comenzaron a encontrar indicios (huellas, utensilios, marcas en los árboles) que indicaban que aún existían soldados japoneses escapados, sobreviviendo en la selva en condiciones infrahumanas. Además, los sobrevivientes de un grupo de treinta y un soldados que habían escapado a la selva en la isla de Anatahan se había entregado a las autoridades navales norteamericanas en 1949, cuatro años después del armisticio. Los rescatistas descubrieron con horror que sólo quedaban unos pocos. Los sobrevivientes declararon que, poco después de internarse en la jungla, se les había unido una mujer japonesa. Apenas algunos meses después, ya los soldados se habían aniquilado entre sí por el derecho de mantener relaciones sexuales con ella.

En el mismo 1952, mientras por todo el Pacífico se encontraban huellas de los san-ryu-scha, otro grupo de rezagados se entregó a los estadounidenses en las Marianas.

De tal modo, los norteamericanos debieron notificar al gobierno japonés de que estaban comenzando a rescatar rezagados de las profundidades de la selva.

Quien recibió el encargo de coordinar las operaciones y hacer lo posible para que los japoneses fueran rescatados con vida y reintegrados a Japón fue el teniente coronel Touru Itagaki, a quien nombraron director del Departamento de Repatriación del Ministerio de Salud japonés.

Itagaki se enteró de que los norteamericanos llevaban ya varios meses bombardeando las junglas de las islas en las que se sospechaba habitaban san-ryu-scha con folletos instándolos a deponer su actitud y regresar a la civilización. Pronto el militar consiguió que el gobierno japonés se uniera a esos esfuerzos. El Japón imprimió millones de panfletos y comenzó a arrojarlos sobre todas las islas. Quince mil de ellos fueron en efecto arrojados sobre Guam en 1953. El texto de las hojas de papel decía:


A los San-ryu-scha de Guam:

Vuestra larga y lamentable espera ha culminado. Tenéis a vuestro alcance la alegría y la felicidad. No se trata de un truco enemigo, no se trata de un sueño: os transmito la más pura y auténtica verdad. Os doy un ejemplo: ocho de vosotros, que se habían arreglado para mantenerse escondidos en Guam, se entregaron en septiembre de 1951 a las autoridades norteamericanas. Fueron bien tratados y los ocho regresaron al Japón, donde hoy se los ve animosos y felices, rodeados de sus seres queridos. Si no me creéis, escribid una carta utilizando el papel y el sobre adjuntos. La Armada japonesa la enviará a casa, a vuestros familiares, les rogaremos una respuesta, y esa respuesta será depositada en el mismo sitio en el que encontremos vuestra carta.


Masashi Ito en verdad encontró uno de aquellos folletos algunos días después, pero los largos años de miedo y desconfianza lo hicieron sospechar.

En lugar de escribir la carta, regresó a su campamento.


El fantasma del hambre acechaba en forma permanente sobre los atormentados cerebros de Ito y Minagawa. Necesitaban disparar sus armas de fuego, pero decidieron hacerlo sólo bajo lluvias torrenciales, con truenos y relámpagos que enmascaran la detonación. Como sólo disponían de ocho cartuchos, no podían desperdiciar ni uno solo. Ito, el mejor tirador de los dos, efectuó solamente siete disparos en siete noches de tormenta, en todos los años que duró su cautiverio.


Panfleto norteamericano arrojado sobre las islas del Pacífico. El titular que el soldado japonés lee en el periódico dice: "La guerra ha terminado"

¿Si apuntó con precisión? Véalo por usted mismo: con esos siete disparos abatió seis terneros y un cerdo. No erró ni un solo tiro.


Pero la carta de Itagaki había penetrado ya en las mentes de los dos cabos, y la mera posibilidad de que lo que decía fuese cierto los roía por dentro como una rata atrapada en una caja.

Luego de mucho vacilar y meditar, finalmente tomaron una decisión y la pusieron en práctica a la mañana siguiente. Tenían que tener la certeza de que la nota en efecto provenía de Japón y no del invasor americano.

Ito se separó de su amigo y llegó hasta un sector del bosque que se hallaba junto a un sendero muy transitado por los enemigos. Allí, con su cuchillo de ballestas de camión, grabó en cuatro árboles su signo patronímico japonés y los ideogramas de familia de tres de sus amigos, muertos en la defensa de la isla tantos años antes. Luego, volvió a su caverna al encuentro de Minagawa.

Los ideogramas familiares fueron descubiertos por los yanquis en el curso del mismo día, copiados y enviados por avión al Ministerio del Interior japonés. Se buscaron las familias a las que pertenecían, y una de las personas contactadas fue el padre de Masashi Ito. El anciano escribió una desesperada carta a su hijo, que los norteamericanos pensaron clavar al mismo árbol donde él había tallado su nombre. En la carta, el padre le rogaba que volviese a él, y le explicaba que la guerra había terminado hacía muchos años.

Lamentablemente, Ito y Minagawa nunca tuvieron la oportunidad de leerla.


Junto con los folletos de Itagaki, los equipos de búsqueda habían arrojado también toneladas de diarios y periódicos japoneses para que los san-ryu-scha los descubriesen. Ito encontró un ejemplar de un diario de Tokyo al día siguiente de grabar el signo.
Los dos rezagados lo leyeron ávidamente, buscando con todo cuidado señales de que se tratase en realidad de propaganda enemiga destinada a capturarlos. Sin embargo, nada hacía sospechar eso. El diario estaba escrito en el japonés que ellos recordaban, y todo tenía el aspecto y el estilo de ser completamente normal. Hasta que Ito descubrió una pequeña noticia al pie de una página: allí se informaba que el precio de las tortas de habas se había fijado en 10 yenes.

El mundo se derrumbó para los dos san-ryu-scha. ¡Sólo podía tratarse de un torpe error norteamericano! Sus sueldos de cabo ascendían a 20 yenes por mes. ¿Cómo diantres era posible que deseasen hacerles creer que una simple torta de habas costaba 10? Ito y Minagawa no podían saber de la enorme inflación japonesa de posguerra, y no eran capaces de creer que el artículo fuese cierto.

Así, sin esperar la respuesta de sus familiares, recogieron sus cosas, vaciaron la cueva y se introdujeron aún más profundamente en la jungla. Su vida se volvió más dura aún.


"Me sentía como un bicho, como un caracol con barba", recuerda Bunzo Minagawa. "Nuestra vida era un infierno... pero por lo menos estábamos vivos". Ito agrega: "Nuestra raza está predestinada a la lucha existencial en la jungla. Un norteamericano jamás lo hubiese conseguido".

La vida en la jungla de Guam, es cierto, era muy dura pero no imposible. El caso contrario al de los san-ryu-scha, que Ito consideraba imposible, en realidad ya había sucedido, y el protagonista, norteamericano en este caso, también había sobrevivido para contarlo, al igual que los ocho rezagados recuperados por Itagaki, los campesinos de Yamamoto y los sobrevivientes del grupo que se había matado por los favores amorosos de una mujer.

Se trataba del técnico en información George R. Tweed, miembro de la dotación norteamericana de la isla de Guam, 500 hombres que habían sido aplastados por una fuerza japonesa 10 veces superior el 10 de diciembre de 1941. Tweed, al igual que Ito y Minagawa, prefirió huir a la selva para no ser capturado, y allí vivió dos años y medio en unas condiciones iguales a las de los san-ryu-scha hasta que los Estados Unidos reconquistaron la isla en 1944. Rescatado por fin, regresó a su país como un héroe y allí escribió un libro donde relata su experiencia: "Robinson Crusoe, U.S. Navy". Al revés que Ito, la conclusión de Tweed es muy clara: "Cualquier otro hubiese podido hacerlo también".


Pero no todos los san-ryu-scha estaban tan ansiosos de ser rescatados como Tweed, los japoneses de Yamamoto o los que se entregaron al teniente coronel Itagaki. En verdad, su mayor miedo no residía en el hambre, las enfermedades, los accidentes o los animales salvajes, sino al deshonor y la tortura que creían les esperaban si el enemigo conseguía capturarlos.

Aparte de las muertes por accidentes, peleas o enfermedades, muchos san-ryu-scha encontraron la muerte mediante el suicidio ritual a través del hara-kiri, pretendiendo escapar de esta forma última a los odiados enemigos. Otros muchos fueron muertos a tiros por los encargados de rescatarlos. Sólo en el primer año y medio posterior a la reconquista de Guam por los aliados, 117 soldados japoneses fueron muertos por la Guam Combat Patrol (Patrulla de Combate de Guam). Se trataba de una fuerza de tropas guamesas vestida y equipada por los norteamericanos, que debió luchar a tiros con los san-ryu-scha que pretendieron evitar por la fuerza de las armas ser "rescatados".


Folleto norteamericano. Texto: "Salve al Japón salvándose usted"

En 1959, y en vista de que muchos de los rezagados continuaban sin entregarse, el teniente coronel Itagaki decidió intentar una nueva estrategia, cuya experiencia piloto fue la isla filipina de Lubang. Allí constaba a los japoneses que desde hacía años vivía escondido el teniente Hiroo Onoda, derribado sobre Lubang durante los combates por la recaptura norteamericana de la isla.

Itagaki comisionó a un experto en comunicaciones, Yuzo Miura, para que fletara dos barcos y se dirigiera a Lubang con un sofisticado equipo de comunicaciones.

Los japoneses desembarcaron en la isla el 24 de mayo, transportando a Miura, cuatro técnicos y 14 obreros. Arrastraron dos gruesos postes telefónicos y un gigantesco altavoz hasta la colina conocida durante la guerra como "Cota 600", instalaron el cableado y se prepararon para comunicarse con Onoda.

Las condiciones en Lubang eran similares a las de las demás islas: uno de los japoneses fue atacado por un enjambre de abejas, perdió el conocimiento y por poco no muere. Otro fue víctima de miles de hormigas, que lo mordieron en todo el cuerpo hasta hacerlo sangrar.

A pesar de los contratiempos, al atardecer los postes y el parlante estaban ya correctamente instalados en la cima de la Cota 600. Miura tomó el micrófono y comenzó a hablar:


¡Teniente Onoda! ¡Teniente Onoda! Esperamos que nos esté escuchando... Tengo un importante mensaje para usted: la guerra terminó hace 14 años. El Japón y los Estados Unidos ahora son aliados. Es una locura que siga usted resistiendo aquí. Salga y entréguese, se lo pedimos por favor. Todos los japoneses lo comprenderemos. No sufrirá oprobio ni su honor quedará menoscabado...


Miura soltó el botón del micrófono y esperó, pero sólo le respondieron los chillidos asustados de los pájaros de la selva. Luego... silencio.

Esta extraña búsqueda prosiguió durante varias semanas. A la mañana, al mediodía y por la tarde, Yuzo Miura seguía gritando su desesperado ruego a los árboles y las colinas. Nunca obtuvo respuesta.

Finalmente, en noviembre de 1959 se suspendió la operación.

El Ministerio de Salud de Tokio por fin declaró muerto a Hiroo Onoda, teniente del Ejército Imperial del Aire japonés.


Mientras tanto, Ito y Minagawa habían pasado ya otros siete años de privaciones en la espesura de la isla de Guam.

En la madrugada del 21 de mayo de 1960, 14 años, 9 meses y 12 días después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, dos pescadores de Guam se levantaron temprano y se dirigieron a la playa. Iban a revisar las trampas para cangrejos que habían dejado preparadas la noche anterior.


Prisioneros japoneses: un campo de concentración norteamericano en Guam

Mientras avanzaban por la playa a la primera claridad del nuevo día, vieron con sorpresa a un hombre que caminaba, solo, a la distancia. Se desplazaba con sumo cuidado por el preciso límite entre las olas y la arena, de modo que sus pisadas eran borradas por el agua en un momento. Los pescadores lo siguieron. El hombre estaba vestido sólo con un taparrabos y llevaba los cabellos largos y enmarañados.

El extraño vagabundo llegó al pie de una palma cocotera y subió con agilidad inaudita, arrancando varios cocos. Cuando se inclinaba para dejarlos caer a la arena, vio a los dos pescadores observándolo, los rostros levantados hacia él, al pie del árbol. Saltó de la palmera por el lado opuesto y echó a correr como un desesperado. Los pescadores, jóvenes y fuertes, lo hicieron caer y se arrojaron sobre él. El hombre sacó un cuchillo y se defendió salvajemente, pero los guameses consiguieron reducirlo, atarlo como a un animal y conducirlo al cuartel de policía.

Las autoridades de inmediato comprendieron que se trataba de un san-ryu-scha japonés, y le preguntaron cómo se llamaba y si estaba solo.


El texto dice: "Los soldados que se han entregado a nosotros en Guam y Saipán recibieron comida, agua, ropa y tratamiento médico. Ahora están sanos y felices. Si se rinde, haremos lo mismo por usted"

No obtuvieron respuesta durante las primeras 48 horas. En esos dos días, el japonés no sólo no pronunció palabra, sino que se negó a alimentarse y a beber.


Era Bunzo Minagawa. El rezagado afirma: "Cuando fui capturado, recordé mi entrenamiento, en el que me decían que los norteamericanos siempre interrogaban a los prisioneros durante dos o tres días antes de ejecutarlos. Si yo conseguía callarme durante ese tiempo, acaso Masashi tuviese tiempo de abandonar el sector donde me habían atrapado".

Los norteamericanos bañaron y afeitaron a Minagawa: "Pensé que era una ceremonia de ejecución. Luego me pincharon para extraerme sangre, pero yo creí que intentaban narcotizarme para arrojarme al mar desde un avión".

Los policías avisaron al ejército y éstos, en el convencimiento de que era muy improbable que Minagawa hubiese sobrevivido tantos años estando solo, comenzaron a batir toda el área en busca de sus posibles compañeros. Algunos días más tarde, Ito se presentó ante ellos voluntariamente: "Al ver que Bunzo no regresaba, comprendí que me resultaría del todo imposible seguir viviendo solo, que no resistiría el aislamiento total. Preferí la tortura y el fusilamiento antes que quedarme solo en esa selva".

Pero no fue maltratado ni fusilado. Ambos san-ryu-scha fueron revisados por médicos estadounidenses para comprobar su estado de salud, y se comprobó que, increíblemente, no habían perdido peso, que no presentaban deficiencias vitamínicas, estaban fuertes y que sus dientes y cabellos se encontraban en buen estado.

Sin embargo, convencerlos de lo que se les decía era un asunto muy distinto. Los dos japoneses no creían que la guerra había terminado y seguían temiendo al tormento que estaban seguros les esperaba. Así, la primera noche en que se los alojó juntos fueron detenidos por los guardias justo a tiempo para evitar que se cortaran las venas con los muelles de las camas. Se negaban a creer las noticias que se publicaban en los diarios japoneses de la fecha, y mucho menos a aceptar que sus antiguos enemigos yanquis eran ahora los amigos, los aliados y los protectores del Japón. Cuando se les mostró la foto de una joven japonesa besando la mejilla barbuda de un soldado norteamericano, Ito exclamó: "¡Es una asquerosa mentira! ¡Nuestras mujeres no se comportan como sus p...!".

Desesperados por convencerlos, los norteamericanos llamaron al Japón y dieron el número de la estación de policía a las autoridades niponas. Al poco rato, sonó el teléfono. Era la hermana de Minagawa, que llamaba desde el Japón. El san-ryu-scha estaba tan alterado que no reconoció su voz, arrojando con violencia el teléfono.

La mujer insistió, y en esa segunda llamada Minagawa sí la reconoció, pero pensó que hablaba bajo coacción u obligada por sus captores. En consecuencia, comenzó un minucioso interrogatorio hacia su hermana, en el que le preguntaba detalles menudos, cosas íntimas de la familia y detalles que sólo ella podía conocer. Ella, muy nerviosa también y emocionada, contestó mal a la pregunta de cuánta tierra había poseído su padre. Ito y Minagawa, entonces, se aferraron todavía más a su amarga teoría del montaje de toda la escena.

Los americanos comprendieron, entonces, que nunca convencerían a esos dos mientras estuviesen allí en Guam. La única solución era meterlos en un avión y enviarlos a Japón.

Tuvieron que atarlos. Los san-ryu-scha estaban convencidos de que en cualquier momento la escotilla se abriría y que sus captores los arrojarían al Océano Pacífico.

Por fin el aparato tocó tierra en un aeródromo militar de Tokio. Sólo entonces, mientras sus familiares los abrazaron llorando por el reencuentro, los san-ryu-scha creyeron por fin lo que durante días se les había estado tratando de explicar.

Habían pasado solos en la jungla exactamente 15 años y 10 meses.


¿Cuántos san-ryu-scha escaparon a la selva y nunca creyeron que la guerra había terminado? Nadie lo sabe.

¿Cuántos murieron en forma lamentable entre la jungla, víctimas de las hormigas, los mosquitos y las enfermedades tropicales? Nadie lo sabe.

¿Queda todavía alguno, oculto en su triste vida de san-ryu-scha? Es improbable.

Han pasado ya casi 60 años desde la finalización de la Guerra, de modo que no es imposible, pero un rezagado que hubiese huido a los 18 años tendría ahora casi ochenta. Los expertos no saben si es posible que un hombre solo viva tantas décadas en un aislamiento total.

Sin embargo, los informes continuaron durante muchos años. En Lubang, la isla en que Miura gritó sus consignas durante más de seis semanas para hacer salir de la selva al teniente Onoda, tres nativos filipinos se presentaron, en fecha tan tardía como diciembre de 1962, ante las autoridades.

Declararon que el día anterior habían visto, caminando por la playa, "a un hombre pálido, de largos cabellos enmarañados y vistiendo un uniforme japonés".


En 1972, Guam volvió a ser escenario de un episodio con san-ryu-scha. Un soldado japonés fue encontrado pescando tranquilamente en el Río Talofofo. Capturado de inmediato, se comprobó que poseía aún su uniforme japonés y su rifle reglamentario, aunque había dejado de combatir muchos años atrás. Su nombre era Shoichi Yokoi.

Hasta donde sabemos, sin embargo, el récord de supervivencia en la jungla lo tiene nuestro viejo conocido, el teniente Hiroo Onoda.


Teniente Hiroo Onoda: el último de los san-ryu-scha

Hicieron falta muchos hombres para capturarlo. Incluso en esa situación extrema, consiguió escapar a sus captores para quedar acorralado en un sitio de donde no podía huir, mientras el desesperado japonés se defendía a los tiros. El gobierno filipino hizo traer de Japón a uno de los oficiales que habían sido superiores de Onoda durante la guerra. El anciano jefe ya estaba retirado, pero accedió a hacer el viaje de 1500 millas hasta Lubang para rescatar a su antiguo subordinado. Onoda recibió de este modo, por primera vez, la orden formal de deponer las armas y rendirse, de uno de sus antiguos jefes. Sólo así entregó sus armas y se rindió definitivamente. Una vez a salvo, confesó que en efecto había escuchado los reclamos de Miura tantos años antes, pero que había pensado que se trataba de una estratagema. Preguntado por el destino de dos compañeros que las autoridades suponían se habían escapado a la selva con él, Onoda dijo que habían muerto en combate con las fuerzas locales filipinas, uno en 1954 y el otro en 1972.

Así rindió sus armas y regresó a su país con felicidad Hiroo Onoda, en el año 1974, casi 30 años después de la finalización de la Segunda Guerra Mundial.

Merece ser llamado, pues, con justicia, "el último de los san-ryu-scha".

NOTA DEL 30 DE MAYO DE 2005:

Con increíble asombro veo la noticia de que en la pasada semana se entregaron dos San-ryu-scha. Los soldados Yoshio Yamakawa, de 87 años de edad, nacido en Osaka y Tsuzuki Nakauchi, 83, de Kochi, rindieron finalmente sus armas (o, mejor dicho, lo que quedaba de ellas) a las autoridades militares filipinas. Los dos ancianos han pasado los últimos sesenta años escondidos en la selva de las colinas al sur de la isla filipina de Mindanao, adonde huyeron luego de que su división, la 30 del Ejército Imperial Japonés, fuera barrida por las divisiones norteamericanas 24 y 31.

Yamakawa y Nakauchi, de tal modo, superan con creces los tristes récords de Ito y Minagawa y del teniente Hiroo Onoda, retratados en este artículo. Ambos se ajustaron estrictamente al código del shogun, que prohíbe en forma expresa a los soldados japonese quitarse la vida en tanto no estén en inminente peligro de ser capturados.

Sólo podemos imaginar la espantosa experiencia de estos dos viajeros del tiempo al regresar a su país natal y comprobar que ha desperdiciado los últimos 60 años de sus vidas intentando luchar una guerra que había terminado en 1945.

Actualmente, los psicólogos están tratando de ayudarlos a adaptarse a esta —para ellos— extraña época que no vivieron pero en la cual les tocará morir.

La experiencia de Yamakawa y Nakauchi, como las de Ito, Onoda, Minagawa y tantos y tantos otros "rezagados" es, simplemente, una muestra más de la increíble locura humana que significa la guerra.

Marcelo Dos Santos



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