LA OTRA MUERTE DE ARQUÍMEDES

Javier Caballero

España

"La historia de Arquímedes no sucedió exactamente
de la forma en que ha sido escrita...".
La muerte de Arquímedes, Karel Capek


Quinto no esperaba de Siracusa más que un suculento botín de guerra. No luchaba por el engrandecimiento de Roma —como predicaba Marcelo al frente de las legiones—, ni por la propia gloria —como seguramente ansiaba pero se guardaba de decir su general—, sólo luchaba por sobrevivir y adquirir, si era posible, una pequeña fortuna en el saqueo.

Tres años había resistido la ciudad sitiada padeciendo los embates del ejército romano, demasiado tiempo para las ambiciones de un imperio bélico que no acostumbraba a esperar. Mas aquel día, por fin, habían traspasado las hasta ahora inexpugnables defensas de Siracusa sobornando a los centinelas de la ciudad. La maña se impuso a la fuerza poniendo de manifiesto que la debilidad de unos pocos hombres puede hacer caer una ciudad entera.

El porvenir parecía halagüeño pero el asedio había sido largo y costoso. Los helenos no habían sido fáciles de doblegar y poseían, o eso se rumoreaba, el favor de los dioses. ¿Cómo sino explicar que las velas de los navíos romanos se incendiaran sin razón aparente? ¿Cómo sino explicar aquellas lluvias de piedras contra sus ejércitos de tamaños tan descomunales que se dirían a la medida de gigantes?

Marcelo se había ocupado de convencer a las tropas de que no eran dioses sino hombres a lo que se enfrentaban, y que había uno de ellos especialmente peligroso, llamado Arquímedes, capaz de realizar increíbles proezas sirviéndose de la ciencia. Quinto no creía que fuese ni remotamente cierto que un solo hombre pudiese poner en jaque al invencible ejército romano, pero se guardaba bien de mostrar la más mínima duda ante sus superiores. Para él la explicación era sencilla: los dioses se habían negado a ayudar a Roma en el pasado pero ahora les mostraban su mejor sonrisa. Eso era lo único que había que entender.

Y la invasión de Siracusa no había hecho más que comenzar.

Habían transcurrido cinco horas desde el alba y la urbe mostraba su imagen más demacrada. Quedaba poco de la orgullosa y excelsa ciudad que había sido; mucho tiempo era necesario para crear pero muy poco para destruir, y los romanos daban buena muestra de ello. Marcelo aguardaba impaciente el momento de verla claudicar y hacerse con la gloria y su mayor tesoro: las maravillas bélicas de Arquímedes.

Los focos de resistencia se repartían heterogéneamente por la ciudad. Sin embargo, la mayor parte de las tropas romanas fueron destinadas al distrito central, núcleo de representación del poder. Quinto debía estar allí, pero decidió tomar su propio camino. Deseaba ver cumplidas cuanto antes sus ambiciones.

El codicioso soldado se abría paso a golpe de músculo y gladius por las calles de la ciudad. Siracusa estaba en llamas y el terror se apoderaba del corazón de sus defensores y habitantes. Los guerreros helenos se reagrupaban tras las murallas, ya inútiles, luchando con arrojo y desesperada pasión. Las mujeres combatían desde las casas convirtiendo las calles en verdaderos infiernos de aceite hirviendo y piedras para los saqueadores. Pero toda resistencia era en vano, la maquinaria bélica de Roma imponía su ley.

Quinto condujo sus pasos a uno de los barrios más ricos de Siracusa. Las casas daban una buena muestra de opulencia, pero bien se veía que el saqueo había sido consumado en la gran mayoría de ellas por las primeras cohortes en combate. El soldado maldijo entre dientes. Movido por una desesperada codicia corrió calle abajo tan hambriento de riqueza como un lobo de sangre.

Al fin vio una casa sin señales de violencia en la puerta. El fuego había comenzado a propagarse por el tejado y parecía menos suntuosa que sus vecinas pero sus riquezas habían de encontrarse, a buen seguro, intactas.

Sin dudarlo un momento propinó una patada a la puerta que la hizo temblar entre las jambas. Una segunda embestida, cargando con el hombro, derribó la pesada hoja a plomo.

El interior de la casa se encontraba en completo silencio. Quinto estimó que se trataba de un mal augurio: o bien había sido abandonada y por tanto carecía de cualquier objeto de valor; o sus habitantes aguardaban agazapados preparados para una emboscada y por tanto su vida estaba en peligro. Consciente del riesgo al que se exponía avanzó cauteloso blandiendo el gladius, más como un talismán capaz de ahuyentar el miedo que como un arma.

Las estancias de la planta baja se encontraban desiertas, no había señal de mujeres, niños, esclavos u hombres. Las recorrió rápidamente, atravesó el pasillo y llegó hasta el patio trasero. Lejos de estar ocupado por las habituales plantaciones que gustaban de realizar los griegos, se encontró con un terreno de fina arena repleta de dibujos y caracteres ininteligibles. Quinto soltó un suspiro de decepción.

Dispuesto a marcharse levantó la mirada del suelo abarrotado de símbolos y advirtió que no estaba solo. A la sombra del edificio, en una de las esquinas del patio, pudo ver a un hombre de avanzada edad montado a horcajadas sobre un extraño artefacto mecánico con dos ruedas. El anciano parecía cansado y meditabundo, ajeno tanto a las desgracias de la ciudad como a lo que acontecía en su propia casa.

—¡Eh, tú! —gritó Quinto mientras señalaba al viejo con el arma—. ¡Eh!

El hombre no respondió aunque levantó la mirada y plantó sus ojos en la figura del centurión. Su rostro dibujaba una paz envidiable.

—¿Es ésta tu casa? ¡Responde!

El hombre tardó en hablar pero al fin lo hizo expresándose en un desmañado latín:

—No, ya no lo es. Creo que ahora le pertenece a Roma, soldado. Y por tanto, en cierto modo, también a ti —contestó calmadamente el anciano y añadió después de un momento—. Toma de ella cuanto quieras.

—Eso pienso hacer, no lo dudes —replicó Quinto luciendo una sonrisa canina de satisfacción mientras bajaba el arma y se acercaba al hombre—. ¿Dónde escondes tus riquezas?

—Yo no escondo mi riqueza, soldado. La enseño.

—No te burles, viejo, o pronto estarás muerto. Yo no veo nada más que dibujos y arena.

—Y sin embargo ahí está todo —replicó enigmáticamente el anciano mientras empezaba a moverse montado sobre el objeto mecánico con ruedas—. Es sólo cuestión de saber mirar. De comprender lo que se está viendo.

Quinto observó confundido al anciano mientras daba una vuelta por el patio. Avanzaba con rapidez a pesar de su edad ayudado por aquel artilugio mecánico. Jamás había visto algo parecido y estaba ciertamente desconcertado.

—¿Tú eres Arquímedes, el hombre que quiere Marcelo? —se atrevió a sospechar.

—¿Tú qué crees?

—Apostaría a que sí.

—Es cierto que soy Arquímedes pero en lo otro te equivocas, soldado. Tu general no me quiere a mí, quiere mi conocimiento.

—¿No es acaso lo mismo? Si te tiene a ti, tendrá ambas cosas —añadió Quinto satisfecho de haber acertado con su hipótesis.

—¿Tan estúpido es Marcelo como para creer que le ayudaré? —replicó Arquímedes con sorna—. Habré de tener en peor estima la inteligencia de los generales romanos si de verdad esperaba mi fiel adhesión.

—Todo el mundo desea darle gloria a Roma. También lo desearás tú.

—Yo sólo deseo la verdad —contestó Arquímedes sin dejar de dar pedaladas sobre su artefacto—. Y eso no puede dármelo Roma.

Quinto recapacitó un momento, entreteniéndose en mirar al sabio mientras rodeaba el patio una vez más. Al fin dijo:

—En cambio a mí Roma sí puede darme lo que deseo.

—¿Y qué es lo que deseas, soldado? —preguntó el anciano ocultando en la entonación cierto sarcasmo—. Pensé que trabajabas por la gloria del imperio.

—Así es, pero confieso que Roma sólo me interesa como medio de obtener una buena porción de riqueza.

—¿Y la has conseguido?

—Aún no, pero creo que estoy a punto de ser rico —dijo sonriendo—. Al principio tu casa me pareció pobre entre las de su clase, sin embargo, ahora entiendo que no podía haber tenido mejor suerte.

—Es posible —aventuró Arquímedes sin dar muestras de nerviosismo.

—¿Qué es ese artefacto que montas? —inquirió Quinto repentinamente interesado—. Seguro que será del agrado de Marcelo. Apostaría mi mano derecha a que obtendría una buena suma de dinero por él.

—¡Oh! Seguramente. Este artefacto, como tú lo llamas, podría revolucionar el movimiento de tropas en largos desplazamientos. Mucho más barato de mantener que los caballos, es versátil y muy fácil de usar. Una indudable ventaja bélica.

—¿Y por qué no lo habéis empleado vosotros?

—¿Bromeas? ¿Estando bajo sitio? De poco nos hubiera servido. Además, hace poco tiempo que lo he terminado. En realidad nadie conoce su existencia y propósito excepto tú y yo —dijo deteniéndose frente al soldado.

—Me halaga el privilegio, Arquímedes.

—No te vanaglories de los frutos de la casualidad. La fortuna es traicionera y jamás sabes cuando te puede ser adversa.

—Cierto, y yo no debería tentar a la suerte teniendo, como tengo, lo que deseo al alcance de la mano. Entrégate Arquímedes, tú y tu ciencia. Marcelo nos espera.

—Como desee Roma, soldado. Ahora bien, recuerda lo que te dije: Marcelo puede guardarme, como invitado o como cautivo, pero de ninguna manera serviré al imperio.

—Entonces condúceme a donde guardas tus planos y escritos o juro por el Emperador que te daré muerte aquí mismo —amenazó Quinto apoyando la punta de la espada en el pecho del sabio que se había detenido frente a él.

—Como quieras, soldado —respondió Arquímedes levantando las manos—. No opondré resistencia, soy demasiado anciano.

—También me llevaré tu máquina, viejo —dijo señalando al artefacto con ruedas—. Aunque no abras la boca, Roma te arrancará lo que sepas.

—Lo sé, de veras que lo sé —replicó el sabio con mal disimulado tedio, sin dar muestra alguna de temor—. Sígueme, por favor.

Arquímedes echó una rápida mirada al cielo y se adentró en la casa. Quinto le seguía apretando la hoja del gladius contra la espalda. El fuego se había colado en el interior y empezaba a devorarlo todo con la furia de un guerrero embrutecido.

—Aprisa viejo, la casa está ardiendo —instó Quinto con un empellón.

—Voy tan rápido como puedo —clamó el anciano sin perder la compostura—. Los pergaminos están arriba.

—Pues vamos. No hay tiempo que perder.

Los dos hombres subieron las escaleras que ya comenzaban a ser consumidas por las llamas. Luego atravesaron el pasillo haciendo caso omiso del calor, atraídos por el silencio expectante al fondo del pasillo. Cuando alcanzaron la puerta Arquímedes se detuvo.
—Abre —le apremió Quinto hincándole dolorosamente el gladius.

El sabio entreabrió la puerta extremadamente complaciente. Hacía un calor asfixiante. El fuego no parecía haberse cebado en exceso con la habitación pero el techo bramaba, pasto de las llamas. Arquímedes atravesó el cuarto con paso solemne y se detuvo ante un arcón situado bajo la ventana. Hasta el momento se había mantenido a salvo.

—Aquí está —dijo señalando—. Todo cuanto deseáis, tú y tu general.


Ilustración: Mauricio J. Schwartz

—¡Apártate! Déjame comprobarlo.

Quinto se adelantó y abrió el arcón temblándole las manos por la emoción. Nunca había estado tan cerca de ver cumplidos sus sueños, por eso su grito de rabia fue incontenible al ver el interior.

—¿Qué significa esto? —exclamó mientras dejaba escapar entre sus dedos los restos quemados de pergaminos y libros—. ¿Qué es toda esta ceniza?

—Lo que algún día será Roma, soldado —replicó Arquímedes, con una sonrisa, enigmáticamente complacido.

—¡Maldito viejo! —aulló Quinto fuera de sí mientras lo apresaba—. ¡Te has burlado de mí!

Hubo un forcejeo y un grito.


Decir quién resultó vencedor del enfrentamiento es innecesario. Basta con aclarar que una figura reclamó sangre con terrible furia mientras la techumbre cedía a la lujuriosa pasión del fuego y la madera. No se vio a nadie salir de la casa mientras las llamas la cortejaban.

Poco tiempo más tarde, el prometedor y ambicioso centurión Lucius, obedeciendo órdenes del propio Marcelo para negociar con el sabio, llegó al pie de la casa. No alcanzó a ver más que un infierno de llamas que le llevó a maldecir el fracaso de su particular misión: Arquímedes ya estaba muerto y su legado bélico arrasado.

El general conquistó la gloria en aquella batalla pero jamás poseyó la verdad.


Javier Caballero nació en Madrid en el año 1977. Es aficionado a la lectura desde edad temprana, y también a escribir, aunque los relatos que ha escrito se han ido apilando en los cajones durante años... cuando no han desaparecido después de ser releídos, por lo que pocos han visto la luz hasta ahora. Recientemente su relato "Otra oportunidad" resultó ganador del I Certamen de Relato Fantástico Arkadia, organizado por Mundo Mitagos, y en la revista electrónica Necronomicón de la Asociación Venezolana de Ciencia Ficción y Fantasía apareció el cuento breve "El encuentro". Alfa Eridiani publicó "La niña autómata en su número 15 dedicado a la ciencia ficción decimonónica y steampunk.


Axxón 149 - Abril de 2005

Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Ficción Histórica: Realismo conjetural: España: Español).

            

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