FICCION BREVE (siete)

Varios

TIEMPO DE PROFECIAS

José Manuel Sala Díaz


Los cimientos de la casa crujen otra vez. El niño para de contar, aparta la mirada del inmenso ventanal. La sala de estar está oscura, oscura como la boca del lobo, oscura como las nubes que se concentran sobre la colina ante la inmediata tormenta. Sus ojos son dos perlas que brillan en una fosa abismal, apenas percibe los muebles, acaso alcanza a distinguir levemente los contrastes del sofá, los trozos del jarrón esparcidos por la habitación en un completo caos. Parpadea dos veces.

Un relámpago ilumina fugazmente su rostro. Y de repente el niño se da cuenta de que la luz ha menguado en la habitación. La noche continúa, perenne, pero algo ha cambiado en la escasa luz que entraba del exterior, el niño lo sabe, lo presiente al instante. No ha apagado ninguna luz de la habitación porque desde hace horas la electricidad dejó de existir en la mansión, ninguna nube ha ocultado a la luna, ninguna nube de la tempestad que comienza a lanzar sus relámpagos iluminando a fogonazos repentinos la sala de estar. Pero algo ha cambiado cuando el destello desaparece, el propio aire que circula entre las paredes parece haber oscurecido, la luz de las estrellas no alcanza la tierra con la misma intensidad. El niño, extrañado, vuelve a parpadear, mientras las sombras de la habitación parecen alargarse y crecer. La atmósfera se ha envuelto en tinieblas, la materia oscura del cosmos comienza a diluirse. Pero el niño no sabe nada de esto. Rápidamente vuelve la vista hacia el ventanal, pequeñas gotas de lluvia comienzan a deslizarse por el cristal. El terreno que rodea la mansión también está oscuro, también parece haber perdido algo de luminiscencia. Pero al niño no le molesta demasiado.

Desde que anocheció, todo el exterior yace bañado en sombras.

De repente una mano le empuja, enloquecida su madre le grita algo que no entiende pero que le hace mantenerse lejos del ventanal. Observa desde un par de pasos por detrás las rodillas temblorosas de su progenitora, sus ojos enrojecidos por la histeria. Contempla en silencio sus manos nerviosas, situando los tablones de madera sobre la ventana, el martillo colisionando con los clavos, el sonido mecánico de dicha operación. Mientras termina de cubrir con tablas el ventanal le dice a su hijo que todo saldrá bien, que no hay nada por lo que preocuparse. Ensimismado, el niño asiente con la cabeza, a la vez que continúa vislumbrando por poco tiempo el exterior de la colina tras el resquicio sin todavía cubrir de la ventana, la colina ensombrecida por la noche por cuyo suelo brotan nuevas y deformadas sombras. Al mismo tiempo que su madre termina de asegurar la última zona de la mansión su voz carraspea de forma infantil, antes de continuar la interminable cuenta:

—Treinta y cinco, treinta y seis...

Los muertos nacían en torno a la colina con demasiada rapidez.


José Manuel Sala Díaz nació en Murcia, pero vive en Torrevieja, Alicante, España. Su predilección parece ser la fantasía oscura ambientada en lugares reconocibles.



EL FIN DEL MUNDO

José Carlos Canalda


El fin del mundo llegó cuando menos se esperaba, y lo hizo de la manera más discreta que nadie hubiera imaginado jamás: Simplemente, el Sol se apagó. No fue una extinción gloriosa en forma de nova o supernova tal como predecían las teorías astrofísicas, ni tampoco colapsó sobre sí mismo para formar una de esas extrañas estrellas enanas que tanto intrigaban a los astrónomos... Simplemente se apagó, como se apaga una lámpara al apretar el interruptor. Seguramente esta insólita muerte estelar hubiera hecho correr ríos de tinta (o megabytes de información) en los círculos científicos, pero ya nadie quedaba vivo para certificar su defunción.

La extinción de la vida en la Tierra fue rápida y relativamente tranquila, y duró los escasos días que ésta tardó en enfriarse. Cuando el moribundo planeta terminó de radiar al espacio los últimos restos de la postrer energía recibida del Sol, quedó convertido en un astro inerte en el que había desaparecido todo atisbo de seres vivos. Tan sólo su calor interno, insuficiente a todas luces para alentar vida, impedía que su enfriamiento fuera total, pero eso ya no importaba puesto que la Tierra había muerto para siempre.


Los ecologistas (en realidad este término no es correcto, pero de alguna manera había que denominarlos) del Séptimo Sector Galáctico estaban realmente indignados. El Gobierno Sectorial, desoyendo todas las protestas y todas las recomendaciones, finalmente había llevado a cabo el controvertido proyecto de construcción de la nueva y a todas luces desmesurada estación de tránsito intergaláctico.

Es sabido que las estaciones de tránsito son unos enormes vórtices energéticos que distorsionan la estructura pluridimensional del espacio, creando los atajos que permiten cruzar el universo de un extremo a otro sin necesidad de estar sometidos a las restricciones relativistas; tales estaciones de tránsito son imprescindibles para el desarrollo de las civilizaciones galácticas, por lo que nadie, ni tan siquiera los ecologistas más radicales, cuestiona su existencia. Sin embargo, dado que su construcción origina daños irreparables en el medio ambiente al precisar un volumen de muchos parsecs cúbicos completamente libre de estrellas, es conveniente elegir bien el lugar de su emplazamiento buscando que la inevitable destrucción de estrellas sea lo más limitada posible.

Y aquí es donde comenzaron las discrepancias entre el Gobierno Sectorial, que consideraba imprescindible la construcción de la nueva estación de tránsito para potenciar el desarrollo económico de uno de los sectores más deprimidos y olvidados de la galaxia, y unos ecologistas que se oponían frontalmente a la destrucción de uno de los escasos parajes naturales que milagrosamente se había conservado virgen por completo hasta entonces. En las estrellas amenazadas de destrucción, afirmaban estos últimos, existían unos ecosistemas ricos y variados que presentaban una enorme biodiversidad a la que era preciso preservar.

Las estrellas desactivadas —éste era el eufemismo utilizado por los políticos— apenas pasarían de unos cuantos miles, contraatacaba a su vez el consejero de Obras Públicas del Gobierno Sectorial, y en sus sistemas planetarios no había nada digno de ser preservado ya que en ellos tan sólo vivían unas cuantas formas inferiores de vida que ni tan siquiera habían logrado desarrollar la navegación interestelar. Su desaparición, según este alto cargo, no supondría pues ninguna pérdida irreparable. Había que dar paso al progreso, remachaba con énfasis en sus intervenciones públicas, y esto no se podía hacer sin pagar algunos costes.

Era una lucha desesperada de David contra Goliath, pero en esta ocasión era el gigante quien llevaba las de ganar. En un movimiento desesperado los defensores de la región amenazada constituyeron una coordinadora de defensa del patrimonio que se dirigió al Gobierno Central Galáctico denunciando lo que consideraban una actuación ilegal del Gobierno Sectorial, al tiempo que reclamaban la suspensión del controvertido proyecto así como la conversión en parque natural de toda la zona objeto de discusión. Por desgracia para ellos el Gobierno Central hizo oídos sordos a sus reivindicaciones alegando que el Gobierno Sectorial tenía transferidas todas las competencias sobre medio ambiente, por lo que era a él a quien debían dirigirse.

Así pues, la estación de tránsito se construyó finalmente para desesperación de todos aquellos que se habían manifestado contrarios a ella. Por fortuna sus movilizaciones no fueron del todo baldías, ya que a la luz de los escándalos financieros desatados poco después de la inauguración de este centro de comunicaciones (se descubrió que los propietarios de las zonas limítrofes a la estación de tránsito, parientes y amigos todos ellos de varios de los consejeros, habían hecho espléndidos negocios especulando ferozmente con las plusvalías de sus propiedades) el Gobierno Central se apresuró a promulgar una ley intentando cortar de raíz con estos abusos.

Por desgracia la nueva ley, aplaudida unánimemente por la inmensa mayoría de los sectores sociales, no llegó a tiempo para impedir que se destrozara bárbaramente un ecosistema singular en todo el ámbito de la galaxia.


José Carlos Canalda es un "habitual" de Axxón, por lo que nos eximimos de mayores presentaciones. Sólo decir que últimamente lo hemos tenido en los números 138, 142 y 148 y que tenemos más material de este prolífico escritor español.



ROMPIENDO EL SILENCIO

Laura Ponce


En medio de la nada, la nada del principio, abro los ojos y de las tinieblas hago luz; invento el sol, pero también la ventana y las cortinas, soplo el viento que las mueve, como invento la cama, el cuarto entero... Busco música e improviso a un jilguero que canta... Pienso a los otros y ella entra en la alcoba; saluda, me da un beso y sonríe; dice que llevará a los chicos al colegio... Me digo que sería interesante ver qué puedo hacer afuera... Dejo la casa, y camino creando las calles, ensayando semáforos, autos y colectivos... Y así voy haciéndolo todo a lo largo de la mañana... A la hora del almuerzo me siento a comer en la plaza y contemplo el mundo que he creado; escuchando la radio que inventé pienso en cada personaje al que he dado vida, preguntándome si sospecha de su existencia ilusoria, de lo engañosos de su memoria, de lo fútil de sus esfuerzos por engendrarse los unos a los otros y los unos a los otros quitarse la vida... Vuelvo a casa y cenamos juntos; ellos me cuentan lo que han estado haciendo mientras no los miraba y hablan de travesuras y tareas cotidianas... Apago el velador y apoyo la cabeza sobre la almohada seguro de que, en cuanto me duerma, todo este mundo desaparecerá, y crearé otro; quizás con pagodas y cerezos florecidos, o con esfinges reinando sobre la arena hirviente... Y al cerrar los ojos me pregunto si no será la voz de otro que cuenta lo que me sostiene desde la distancia impidiendo que muera.



Laura Ponce tiene 33 años y escribe desde los 13, pero lleva leyendo desde que tiene memoria. Vive en Moreno, Buenos Aires y este relato formó parte de la antología Relatos Andantes publicada por la Editorial Dunken y presentada en la Feria del Libro 2005.



HASTA LA SIGUIENTE

Hernán Domínguez Nimo


Noto su urgencia con una sola mirada.

No es sólo el apuro con el que baja; todos corren al escuchar el ruido. Es algo más. Un cierto pánico en los ojos. Un grito mudo suplicando piedad al verdugo.

Y resignación. La horrible certidumbre de la futilidad de todo esfuerzo, junto con la inexplicable necesidad de intentarlo a pesar de ello. Simplemente porque no puede dejar de hacerlo.

No busco más. Ya lo encontré. Y su rapidez va a decidirlo todo.

No sé cómo los elijo. Tal vez ellos me eligen. Este día, este lugar, este instante.

Lo veo saltar escalones y sufrir, impotente, detrás de dos viejitas que nunca terminan de bajar la escalera.

Sólo por diversión, chiflo. Mira hacia donde yo estoy. Una mueca de angustia le transforma el rostro. Logra por fin esquivar a las dos viejitas y se lanza hacia adelante. Una nueva luz le ilumina los ojos. Piensa que va a llegar.

Lo dejo acercarse hasta un par de metros. Entonces le sonrío. Y él contesta mi sonrisa. Cree que lo estoy esperando.

Es el momento justo: sueno el silbato, giro la llave y cierro las puertas delante de su cara. El subte arranca, dejándolo furioso y amargado, ahí en el andén.

Una vez más soy el dueño del mundo. Por lo menos hasta la siguiente estación.


Hernán Domínguez Nimo es otro frecuente colaborador de Axxón. Pueden ver muestras de su quehacer en los números 141, 143 y 148.



EL MUNDO REAL

Sergio Gaut vel Hartman


—Es el que sale en la tele.

—¿Qué? —El hombre, obnubilado, giró en dirección a la voz. El que hablaba era un anciano sucio y maloliente que blandía un artefacto zumbador con aspecto de batidora eléctrica.

—Es el que sale en la tele —repitió el viejo.

—Le oí —replicó el hombre—; estoy aturdido por los ruidos, no soy sordo. ¿Qué es la tele?

—¿Cómo qué es? La tele, hombre. Este vibrador cromático de baja potencia sirve para remover adherencias, escarbar grumos, licuar coágulos, hurgar potingues y sobar mazacotes. Sale en la tele.

—Sale. —El hombre parecía apesadumbrado, pero se encogió de hombros—. ¿Sale en la tele o de la tele?

—¿No ve tele? —dijo el viejo.

—No. No sé que es. —El hombre giró sobre sí mismo para poner distancia con el vendedor y olvidarse de todo el asunto. Era lo que mejor sabía hacer, olvidarse. Trabajaba de amnésico en el teleteatro de las quince.

—¡Hay cada loco! —dijo el vendedor. El hombre no contestó. Metió las manos en los bolsillos del abrigo y sólo había dado un paso cuando dos jóvenes arreglados y perfumados lo sujetaron delicadamente, uno de cada brazo.

—Lo hizo otra vez, Petersen —dijo uno. No estaba enojado, ni disgustado.

—¿Qué hice? —Tampoco reconocía a los jóvenes. Cada vez olvidaba más cosas.

—Salió por donde no debía —dijo el segundo joven.

—¿Qué le dijo? —preguntó el primer joven.

—¿Yo?

—No. Él.

—Que eso que zumbaba salía en la tele.

—Y usted, ¿qué le contestó?

—Que no sabía qué era.

—¿El artefacto?

—La tele.

—Bien, contestó bien. Usted no es de acá, Petersen; por eso se siente perdido. —El joven empujó suavemente a Petersen hacia una camioneta azul que estaba estacionada junto al bordillo, a sólo tres pasos de distancia.

—Parece que me olvido las cosas. ¿De dónde soy?

El joven que había hablado en primer término le hizo una seña al otro, elevando las cejas y moviendo los ojos hacia un costado. Un tercer joven, que tripulaba la camioneta, accionó un control y la puerta corrediza del vehículo se deslizó suavemente.

—Este es su mundo —dijo el segundo joven. El que manejaba la camioneta reprimió una sonrisa. Una gran pantalla glauca se encendió en el espacio interior y fulguró en tonos perlados, cortando la penumbra en gruesas lonchas. El primer joven empujó a Petersen y lo embutió de cabeza en la superficie levemente cóncava. Petersen desapareció.

—Justo a tiempo —dijo el que manejaba la camioneta—. Suban, ¿qué están esperando? El programa está a punto de comenzar y el tonto aún no está preparado.

—Es increíble como algunos se olvidan de su condición —dijo el segundo joven— y se las ingenian para escaparse a cada rato.

—Es una falla del programa —dijo el primer joven; cabeceó—. Me preocupa.

—¿Qué te preocupa?

—Un día se van a dar cuenta de todo.

El anciano vendedor del vibrador cromático, que se había mantenido a prudente distancia, se atrevió a acercarse a la camioneta con el artefacto en la mano. Parecía un cura a punto de bendecir el inicio de las obras.

—Es el que sale en la tele.

—No sea tonto, hombre; no somos candidatos. ¿No ve que nosotros somos la tele?


Los lectores sabrán disculpar que el seleccionador, una vez cada tanto, se tome el atrevimiento de "seleccionarse". Si lo desean pueden considerarlo una licencia análoga a la del cocinero, que alguna vez se siente con derecho a degustar lo que ha preparado.




Axxón 150 - Mayo de 2005
Cuentos de autores de habla hispana (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Fantasía: Varios países).

            

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