LA CUMBRE DE LA RESPUESTA

Yoss

Cuba

Yo iba a un Simposium de Teletransporte en Lyonesse y, como me sobraba el tiempo, había decidido no viajar directamente, sino dando una vueltecita por el mundo del Sueño, cuyos paisajes tenían fama de relajantes y agrestes en todo el Multiverso.

Bien merecida, por cierto. Era de veras una hermosa comarca, la senda una buena carretera de piedra, tan ancha y plana como el mejor camino romano, y para las ruedas bien amortiguadas de mis patines lineales ni siquiera las junturas entre losa y losa constituían gran incomodidad. Así que me iba deslizando muy contento, abstraído en la contemplación de las colinas y los valles y reflexionando sobre cómo afectaba la existencia de los huecos negros a la Teoría Especial de la Relatividad, cuando el tronar de aquel vozarrón casi me hizo caer de la impresión:

—¡Deténte, caminante! Zeas realidad o ezpectro, nadie paza por ezte puente zin rendirnoz pleitezía... ¡a mí y a mi clava!

Lo detallé de un vistazo cuando terminé de doblar el recodo. Todo él era un tópico.

Estaba erguido en medio del puente, con las piernas bien abiertas. Medía bastante más de dos metros de estatura (me prometí dedicar un poco de tiempo a investigar si la acromegalia era frecuente por aquellos parajes... o averiguar al menos qué clase de papilla fertilizante le había dado de comer su madre cuando era pequeño) y sus desnudos brazotes morenos eran tan gruesos como mis propios muslos. No habrían desentonado en un campeonato mundial de bodybuilding... siempre que se acordara primero de afeitarse todo aquel vello osuno.

Las mejillas hirsutas y los ojillos hundidos eran bastante típicos, pero aquel colmillo inferior saliente que lo hacía zetear y el cráneo rapado ya resultaban sencillamente grotescos... Quise decirle que se vería mejor con una cresta erizada a lo mohawk, pero lo pensé mejor: probablemente nunca en su vida había oído hablar de los mohicanos o los iroqueses, ni mucho menos supiera de qué iba la onda punk.

La clava era un pequeño arbolito ostentosamente arrancado de raíz, al que en sus ratos libres se había divertido en llenar de clavos tan gruesos como mi dedo. En fin, un primitivismo vergonzoso. Aunque probablemente si le hubiera propuesto cambiarlo por un flamante AK-47 habría rechazado la propuesta muy ofendido.

Y el montón de pieles con las que se cubría; no sé cómo no me llegó el hedor media milla antes... probablemente estaba a punto de caerme un buen catarro. Debía acordarme de tomar mis vitaminas...

El discursito de bienvenida no estaba nada mal, en verdad... pero ningún ilustrador de los hermanos Grimm podía haberlo caracterizado mejor.

—¿Un ogro, no? —le dije, conteniendo la risa.

Él se puso a describir círculos por encima de la cabeza con su ramita, como sin saber muy bien qué actitud tomar... Pero al final decidió seguir con su guión:

—Mi nombre ez Ug —gruñendo y mostrando bien el colmillo saliente—. Ug el Amazahuezoz, me llaman, y zoy temido en toda la región. Loz campezinos me entregan parte de zu cozecha y loz ganaderoz parte de zuz rebañoz. —Verdaderamente admirable su caracterización... pero le quedaba mucho que aprender en cuanto a expresión oral, a pesar del zeteo—. Y tú, zeaz quien zeaz, también tendráz que darme algo si quierez pazar por ezte puente... vivo —concluyó, subrayando su parrafada con un histriónico gruñido.

Pero ya para entonces yo había recuperado toda mi presencia de ánimo habitual y decidí impresionarlo. Impulsándome suavemente, describí a su alrededor un círculo con las mismas limpieza y elegancia con que lo habría hecho un patinador olímpico

Él abrió los ojos y la boca en tan perfecta expresión de asombro que renuncié a mi plan original de colármele por entre aquel par de columnas que tenía por piernas y seguir mi camino sólo para volver a girarle en torno. El pobre miraba mis patines lineales con la cara de alguien que ni siquiera conoce la rueda.

—¿Zon zapatos mágicoz? —preguntó, señalándolos con el mismo brillo en los ojos que un niño ante un juguete nuevo.

—Nuevos no, pero son Nike. —Le mostré el logo, orgulloso, y aproveché para echarle una miradita a las riberas del río debajo del puente. Como imaginaba: ni esqueletos de reses ni sacos de grano vacíos. El tributo de campesinos y pastores y lo de que era temido en toda la comarca sólo era cierto en su fantasía. ¿Estaría loco... una versión especular del Quijote, y además talla XXL? Tal vez fuera sólo una vulgar insolación... En el mundo del Sueño en verano hace demasiado calor para estar jugando al ogro a pleno sol en medio de un puente.

En todo caso, el pobre merecía que le dedicaran un poco de tiempo, y a mí me sobraba todavía. Podría anotármela como buena acción y después de todo, ya empezaban a sudarme los pies dentro de los patines.

—Escucha, Ugcito, vamos a hablar claro —le dije, mientras me sentaba cómodamente en la hierba para quitármelos—. Dime: ¿cuánto hace que dejaste el castillo de tu padre?

A él no se le ocurrió decir nada más inteligente que: —¿Eh? —y retroceder un paso, apoyando su arbolito en tierra y poniendo una cara de estúpido digna de una portada de Time. Pero enseguida debió comprender que no podía dejarse arrebatar la iniciativa, y volvió a alzar la maza, preguntándome agresivo—. ¿Y qué zabez tú? —Tras lo que finalmente se dio el lujo de utilizar el cerebro—. ¿No zerás tú un mago de ezoz de laz leyendaz?

—Ya, me imagino que has leído muchas... —Terminé de sacarme el patín derecho y me rasqué a todo gusto entre los dedos de los pies. Pocas cosas tan deliciosas como ésa, en todo el Multiverso—. Pero Ug, si no hay que ser mago para darse cuenta de lo que te pasa... —Le eché una miradita de rayos X, puro efecto, porque ya lo había calado desde el principio—: Tu padre es un conde o más probablemente barón, en todo caso un pequeño caballero de provincias, con algunas tierras... Se ve que no te faltó comida de chico, estás bien desarrolladito, y además conservas todos tus dientes, aunque tu colmillito asomado me dice que por el castillo no iba muy a menudo el ortodoncista. Eres segundón o hasta hijo tercero, como sea sin derecho a la herencia, y después de leerte Amadís de Gaula, Tirante El Blanco, El Señor de los Anillos, Lluvia en la ciudad de sal, Añoranzas y pesares y otras cositas por el estilo, como la esgrima nunca fue tu especialidad, y es obvio que cara de personaje positivo no tienes... pues, ya está: te rapaste al cero, te echaste encima unas cuantas pieles, cogiste un garrotico y viniste a establecerte en el primer puente que te tropezaste ¿Tengo o no tengo razón? —concluí, esperando los aplausos. Sherlock Holmes no lo hubiera hecho mejor.

—¿Erez un mago? —insistió él. Por lo visto, que le hubiera recitado toda su biografía no le bastaba para convencerlo.

Adoptando mi expresión Número 1 de Tío Benevolente, yo también insistí: —Ugcito, hijo... ¿cuántos días llevas en este puente olvidado? ¿Y cuántos años tienes?

Dudó un poco todavía, pero al final las ganas de sincerarse fueron más fuertes que su orgullo, y confesó suspirando: —Hace una zemana... y tú erez el zegundo que paza por aquí en todo ezte tiempo. —Sí, ya me sospechaba que aquel puente no era precisamente la Quinta Avenida de New York—. El otro fue un campezino que llevaba quezo al mercado... huyó aterrorizado al verme. —Sonrió con cierta satisfacción antes de agriar el gesto—. En cinco díaz no he comido máz que quezo... y la zemana que viene cumplo 19...

—Felicidadez —le dije, satisfecho de que hubiésemos comunicado.

Fue un error; evidentemente, no le gustaba que se burlaran de su zeteo.

—¡Tú no erez ningún mago! —aulló, enarbolando de nuevo su varita erizada de alfileres—. ¡Los magoz no se vizten azí! —Y volvió a hacerla girar sobre su preciosa cabecita... y peor aún, también sobre la mía.

Qué genio.

Debí tratar de explicarle que había tenido que afeitarme tres días antes, tras semanas de sufrir una plaga de piojos tan resistentes a la magia como al insecticida. Y que para viajar son mucho más cómodos un jean, un t-shirt y una gorra que la túnica bordada con signos cabalísticos, el báculo incrustado de plata y el sombrero alón de copa alta y puntiaguda.

Pero Ug dió un paso adelante, aparentemente dispuesto a reivindicar su título de Amazahuezoz a costa de una anatomía muy importante: la de un servidor. Y el impacto de cincuenta kilos de madera erizada de clavos no es cosa que uno pueda tomarse a la ligera, sobre todo si quiere llegar a la edad de la jubilación sin tener que recurrir a su seguro médico.

Si no me hubiera quitado ya un patín, esquivarlo habría sido un juego de niños, pero sentado en el suelo estaba tan a su merced que no me quedó sino recurrir a la magia. Ug nunca debía haber oído hablar de una varita mágica modelo de bolsillo, porque dudó otra vez cuando la vio desplegar sus segmentos en mi mano. Por un momento hasta pensé que sería suficiente, que se avendría a razones y bajaría su propia varita.

Y lo hizo, en efecto. Pero sobre mí.

Tuve que lanzarle el primer conjuro que se me ocurrió:

—¡El ángulo de incidencia es igual al ángulo de refracción! —y un relámpago magenta lo borró de mi vista, entre nubes de humo anaranjado.

—Todavía no entiendo muy bien a dónde vamos... ni por qué —volvió a decir el transformado Ug con aquella vocecita de bajo que marchitaba a los árboles. Pero al menos ya no zeteaba—. ¿La Cumbre de la Respuesta? ¿La respuesta a qué?

Le acaricié la escamosa cerviz tratando de acomodarme, mientras maldecía mi propia precipitación: al menos podía haber elegido en una bestia más cómoda. Y desde que a mi tío Merlín lo mordió la serpiente Ourobouros, los reptiles siempre me han dado mala espina... casi podría decirse que alergia.

Pero, ya se sabe, al que no quiere caldo, lo ahogan en el caldero.

—Mira, Ug... todos tenemos preguntas ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? ¿Con qué rellenan las empanadas? Y cosas así. Pero siempre hay una pregunta que es La Pregunta. La última, la definitiva, la que significaría el fin de todas nuestras dudas existenciales si conociéramos su respuesta... y ésa es la respuesta que nos espera en la cumbre.

—Ah, sí, claro —dijo él, con cara de haberlo entendido perfectamente, y se pasó la lengua trífica por ambos costados de la cara o del hocico, para luego aletear tan fuerte que casi me arranca la gorra con el golpe de viento—. Pero, eso de los obstáculos me parece un poco... peligroso. Además... ¿por qué tres?

—Lo que cuesta vale, Ug. Nada es tan sencillo como coser y cantar... —Me arrepentí de haber usado aquel símil cuando recordé que ni siquiera en su estado humano debía él haber sido muy hábil en ninguno de los dos menesteres, Y ahora, como dragón... bueno, con aquella tesitura solo podría interpretar spirituals... o el Boris Godunov, en todo caso. —Bueno, mira, es que los cuentos son así, no se le pueden poner las cosas demasiado fáciles al héroe ¿entiendes? Y en cuanto a que sean tres los obstáculos... ¿sabes? mejor no te quejes. La costumbre es que sea un número cabalísticamente significativo... así que alégrate de que no son 666. Podríamos pasarnos toda la vida en eso, y tal vez tú no tengas prisa, pero a mí me esperan mañana en Lyonesse...

—Como quiera que sea, es una aventura auténtica ¿no, mago? —Yo asentí, y él alzó su enorme testa erizada de cuernos y espinas para mirar a lo lejos con un aire muy parecido al que debió tener Cristóbal Colón al embarcarse en Palos de Moguer. —Por cierto ¿no crees que llegaríamos antes si fuera volando? El primer intento no estuvo tan mal, a lo mejor esta vez ya lo consigo... —Giró la cabezota y se me quedó mirando con su mejor cara de carnero degollado.

      Solo que tal expresión no suele resultar muy convincente cuando la cabeza de uno es tan grande como diez carneros, degollados o no. Solo el ojo, de iris anaranjado y pupila verdosa, ya tenía el tamaño de una bandeja de las grandes.

      Volar, sí, claro. Ug había sido terco como ogro y como dragón no mostraba signos de mejorar. Bastante trabajo que me había costado convencerlo de que yo era un mago verdadero, incluso después de que se encontrara convertido en aquel reptil talla extra.

—Mira, hijito, ya te expliqué que en la Academia Draconiana, Vuelo es una asignatura del tercer semestre, y algunos lo llevan de arrastre y no lo aprueban hasta quinto año. Así que figúrate tú, que no llevas ni dos horas en el oficio. ¿O ya se te ha olvidado lo que pasó hace un rato? —Puse mi mejor cara de Maestro de Primaria y el monstruo bajó sus orejas, compungido. —Del granero de aquel pobre labriego no quedó nada... y menos mal que yo, prudente que soy, no iba montándote, o de mi delicada persona habría quedado todavía menos...

—Ah, tampoco estuvo tan mal, para ser la primera vez —se defendió Ug, azotando la larga cola escamosa contra sus flancos magenta—. Y eso fue hace rato... ahora ya tengo más experiencia con este cuerpo. Además —sus ojos anaranjados brillaron— ¿por qué no me ayudas tú con un conjuro de esos?

—El único conjuro que podría ayudarte a volar sería un B-52 debajo de cada ala —le contesté, algo exasperado—. ¿Cuántas veces tengo que explicarte que los dragones son por naturaleza refractarios a toda magia que no sea la suya? ¡Maldita sea la hora en que se me ocurrió usar ese hechizo! ¿Por qué no pude, por ejemplo, convertirte en un comodísimo hipogrifo? ¡Al menos esos saben volar desde que nacen!

—Bueno, bueno... no hay que ponerse así, era solo una idea. —Ug me miró casi divertido. Empezaba a cogerle el gusto a la onda del dúo. Aunque entre nosotros dos no estuviera tan claro quién era el Quijote y quién Sancho. —Y no te quejes tanto, mago... de los dos, yo soy el que salí peor. Y no me negarás que, si la cosa es ver el paisaje, es mucho más cómodo ir montado en mi lomo que... pata... pate...¿patemando?

—Patinando —lo corregí, y aunque dudé un poco, se lo confesé: —Mira, Ug... no se trata solo de mirar el paisaje. El problema es que estoy un poco fuera de forma... ya sabes, el colesterol, la celulitis, los radicales libres... y como en nuestra profesión no hay muchas oportunidades para hacer ejercicio ni están muy bien mirados los fanáticos a la gimnasia, pensé que un viajecito a pie me ayudaría a recuperar algo de forma sin tener que preocuparme de dietas, calorías y esas cosas...

—Ah —dijo nuevamente Ug, y a los tres segundos volvió a insistir con el tema prohibido—. ¿Puedo probar a volar? Sólo un momentico, un vuelito corto... quizás si invoco a los dioses...

—Sí; a los hermanos Wright —suspiré, encasquetándome la gorra con una mano mientras me sujetaba lo mejor que podía con la otra, ya resignado a lo inevitable.

Al menos podía haber elegido un dragón sin alas... en fin, nadie es perfecto, y la magia a veces parece tener voluntad propia.

Tampoco estaría mal un color más normal... rojo, negro o verde. Pero no, tenía que salirme magenta y con los ojos anaranjados.

Por lo menos no era fluorescente. Eso, y que el pobre Ug no se diera cuenta de lo tremendamente kitsch que resultaba su coloración (ya bastante era que lo sufriese yo), constituían mi único consuelo.

—Tomaré impulso corriendo hasta aquel roble —anunció el reptil King Size señalando con la lengua a uno que estaba a casi doscientos metros—. Creo que bastará.

Me abstuve de comentarios, demasiado ocupado en agarrarme y rezar. Pero ¡vaya si bastó! Correr no es asunto fácil para animales tan pesados como suelen ser los dragones, ni siquiera ayudándose con un frenético aleteo. Cuando llegamos al roble ya al pobre bicho tenía como dos metros de lengua colgándole fuera de la boca.... Y casi nos clavamos en el tronco... la verdad es que le pasamos tan cerca que derribamos varios nidos de pájaros y me entraron tres bellotas en un bajo del pantalón .

Pero estábamos volando.

—¡Lo logré, lo logré, estamos en el aire! —aullaba Ug, derrochando decibeles. Por lo visto, nunca había oído hablar de la contaminación sonora.

—Endereza el curso, piloto, y atento al horizonte artificial —le advertí, porque tanta euforia nos estaba haciendo perder la poca altura que milagrosamente habíamos ganado—. Trata de buscar elevación para que puedas planear... ese aleteo te cansará enseguida.

No sé si me entendió o se dejó guiar por su propio instinto. El caso es que al cabo de un par de minutos ya estábamos a unos seiscientos metros del suelo; por pura suerte atrapó una corriente térmica ascendente que nos impulsaba, ¡suertudo que es uno! justo hacia la Cumbre de la Respuesta, que cada vez se veía más cercana... y más amenazadora.

—¿Cómo hacemos, me poso en la cima? —me preguntó cuando casi la sobrevolábamos, a unos tres kilómetros de altura.

—¡Baja y describe un par de círculos! ¡Vamos a echarle una mirada al aeropuerto! —tuve que gritar para que me escuchara —¡Me extrañaría que todo fuera tan fácil!

Bajamos. No lo era.

En la mismísima cima había una construcción cónica de piedra, con una única entrada y tan puntiaguda que no necesitaría pararrayos. Los árboles crecían justo al lado de sus muros; en millas a la redonda solo había bosques, sin espacio suficiente no ya para que se posase un dragón, sino ni siquiera un helicóptero pilotado por un kamikaze. El único sitio más o menos plano estaba a cerca de trescientos metros por debajo del pico, y aún así, era un aterrizaje de alta escuela y se lo comenté a Ug.

Gran error.

Nos faltaron dos metros para salirnos de la pista, es decir, le faltaron a Ug, que frenó su exceso de velocidad con la nariz y las garras, abriendo en la tierra un surco en el que habrían perfectamente podido plantarse baobabs... o quizás algo más grande aún.

Yo, para quedar bien con Newton y su ley de la inercia, salí disparado por encima de la cabezota draconiana. Menos mal que que alcancé a activar un conjuro; caí sobre un colchón de agua que no podía haberse materializado en mejor sitio.

—¿Y ahora? —Ug se me acercó escupiendo tierra, lo que le confería más aspecto de cerdo con gigantismo que de dragón decente. Yo terminé de comprobar que todos mis huesos seguían enteros y en su sitio, recuperé la gorra y traté sin mucho éxito de recuperar la compostura.

—Ahora será mejor que borres esas huellas del descenso, o dentro de seis o siete siglos esto será un hervidero de fanáticos a los OVNIs que tratarán de convencer al mundo de que tú eras un platillo volante y yo un astronauta de Alfa del Centauro.
—¿Y luego?— resopló aún, mientras trataba de de tapar los surcos, cierto que sin mucho éxito.

—Sospecho que el luego no demorará mucho— me encogí de hombros —Es lo usual en este tipo de lugares y aventuras... pero entretanto, aprovecharé para ponerme más a tono con lo que nos espera. La magia sale mejor si uno va... elegante.

Cuando Ug terminó de borrar la evidencia, ya yo estaba transfigurado. Adiós jean, t-shirt, gorra y varita mágica plegable. Un traje de Giorgio Armani auténtico, en pura seda, un borsalino de ala ancha, un palo de golf del número 7 como cayado mágico, y en los pies (uno tiene sus debilidades) un par de botas tejanas de piel de serpiente.

El dragón se me quedó mirando, moviendo la cabeza primero a un lado, luego al otro... supongo que pensó que, de cualquier forma, yo seguía sin parecer demasiado mago, y tomé nota mental de que debía actualizar sus nociones sobre el importante asunto del vestuario.

De pronto la gran cabeza se alzó, alerta:

—Alguien viene, y el paso mantiene. Huelo metal... y lo veo brillar —la rima no sería perfecta, pero la noticia sí que era cierta. Ni siquiera un sabueso de pedigree puede competir con el olfato de un dragón. Todo el gran cuerpo magenta y escamoso se tensó, contrayendo las garras y humeando abundantemente por narices y boca. Al menos en lo de lanzar llamaradas no tendría ningún problema. —Deben ser guerreros gigantescos, forrados de acero, con espadas refulgentes, montando corceles de nieve —supuso, relamiéndose—. Será un honor batirse con semejantes adversarios.

Cuando la cerrada formación de enanos apareció tras el borde de los árboles, todos con sus hachas y martillos al hombro, Ug me miró decepcionado, como si yo fuese el culpable de que debiera luchar contra tan lamentables enemigos. Y yo me di cuenta de que, aunque se hubiera leído diez veces El Señor de los Anillos, a la biblioteca del castillo de su padre no debía haber llegado todavía El Silmarillion...o si no sabría que una columna de enanos puede ser más peligrosa que un tanque de guerra... especialmente si uno es un dragón.

Pero fue divertido observar el combate.

Ug, muy seguro de sí mismo, ni se molestó en volar, sino que corrió hacia ellos lanzando bocanadas de fuego. Me imagino que esperaba que huyeran dando alaridos, con las ropas y las barbas incendiadas. Pero, para su sorpresa, los enanos aguantaron a pie firme la descarga del lanzallamas escamoso, sin siquiera chamuscarse, como lo que eran; tipos acostumbrados a trabajar en sus fraguas subterráneas sin usar guantes ni trajes antiincendios (el pelo de los enanos tiene fibras de amianto, así que no arde jamás)

Y cuando pusieron manos a la obra con hachas y martillos... no pude menos que acordarme del cuento del león en el hormiguero. Ug lucía casi igual. La Fontaine habría disfrutado mucho la imagen.

Los enanos eran fuertes, hábiles y tercos, y a pesar de los frenéticos coletazos, zarpazos, mordiscos y aletazos del dragón, parecían estar llevando la mejor parte... si la cosa seguía así, pronto reducirían a Ug a pedacitos lo bastante pequeños como para poder llevárselos a casa de souvenir en el bolsillo. Pero mi escamoso discípulo también era terco, y ni siquiera pensó en pedir ayuda, empeñado en morirse él solito.

Su negra e hirviente sangre ya chorreaba sobre los barbudos pero formidables guerreros, cuando un ojo anaranjado (el único que todavía podía abrir) me echó una miradita implorante. Era demasiado orgulloso para más, pero yo no tengo el corazón de titanio, y me compadecí.

Ya lucía como un boxeador novato después de diez asaltos con Jack Dempsey cuando, apuntando con el palo de golf, lancé uno de mis encantamientos preferidos: —¡El orden de los factores no altera el producto! —y una luz verde chartreuse iluminó la confusión de enanos, patas, hachas, cola, martillos y fauces, que luego se cubrió de humo rosado.

Decididamente mi día para la pirotecnia.

Fue un éxito total. Cuando la humareda se dispersó, varios grupos de tipejos de muy corta estatura se daban a la fuga desordenamente. Distinguí a una docena que usaban túnicas con capuchas dentro de las que brillaban unos ojos rojos y brillantes... y con ellos iban tres copias perfectas, aunque algo abolladas, de R2D2. Siete más, vestidos con gorros de pico, calzas de malla y chalecos de vivos colores, corrían torpemente con sus picos al hombro, supongo que buscando a Blancanieves.

También quedaron, inmóviles en sus graciosas maceticas japonesas, ocho diminutos bonsais...

—¡Mago tonto, qué has hecho! —resonaron al unísono siete vozarrones a mis espaldas. Me di la vuelta, con un pésimo presentimiento: abstraído en la contemplación de los efectos de mi hechizo, fue solo entonces que me percaté de que, tal vez, no debía haber usado un conjuro tan fuerte. Teóricamente los dragones son inmunes, sí, pero como Ug no era un dragón auténtico, sino por obra y causa de mi magia... pues había sufrido algunos ligeros cambios.

—Lo siento, pero... son gajes del oficio. No se hace una tortilla sin romper algunos huevos —lo consolé, divertido y espantado ante las siete cabezas y el insólito color verde chartreuse salpicado de tréboles rosados que exhibía ahora —además, podía ser peor...imagínate, por ejemplo, con corazones.

El refunfuñó algo incomprensible, porque acababa de chocar contra el problema tradicional de los suarios multicéfalos: sus siete cerebros, sin previo acuerdo, trataban de hablar todos a la vez. Menos mal que la coordinación motora por debajo del cuello dependía de una única médula espinal.

Lo dejé atrás, muy ocupado en tratar de conseguir que funcionara la democracia pluripartidista consigo mismo, y empecé a subir la cuesta calculando mentalmente: si ya habían aparecido los guerreros, la segunda prueba debía ser...

—¡En nombre del unicornio y el anagrama, conjuro tu metamorfosis en rana! ¡Hágase mi voluntad por el poder de la nueve llamas, de los tres arcanos secretos y...!

El hechizo casi me agarra desprevenido. Por suerte, para casos de mergencia como ese tengo un contrahechizo rápido que me salvó de ponerme a croar y dar saltos de charca en charca. No lo dejé terminar:

—¡Café, café, todo lo que dices es al revés!

Como mago no podía ser más clásico: alto y flaco, pero con una pancita que le daba el aire de una lombriz que se hubiera tragado un guisante... o de un presidente del Círculo de Jubilados. Cejas necesitadas de una buena poda, sombrero de cucurucho, batilongo negro con tantas inscripciones bordadas en hilo plateado que habrían vuelto loco a un perito calígrafo... no le faltaba ni siquiera la vara con la cabeza de carnero tallada en plata, copiada de la que usó mi tío Merlín en el film Excalibur.

Pero debió ser el primer expediente de su año en la Academia de Nigromantes, porque logró contraatacar, evitando convertirse él mismo en batracio por mi rebote de su sortilegio:

—¡Pulverízame y elévame, vuélveme polvo en el viento, tornado que al firmamento se eleve buscando fiebre, y haz que si mi sangre hierve la suya se haga cristal! —con lo que empezó a disolverse en una nube arremolinada de burbujeante polvo rojinegro, y yo sentí que mi líquido vital corría más lento en mis venas. Por suerte logré hacerle perder la concentración descubriendo el punto débil de su conjuro:

—¡Tramposo! ¡Eso era rima asonante! —con lo que retornó a su forma humana de muy mal humor, listo para ser blanco de mi más potente encantamiento: —Newton, Newton, fuerza es igual a masa por aceleración, y tú tienes una panza que parece un melón... ¡piérdete de aquí a millón!— lo que normalmente habría bastado para convertirle en el primer satélite artificial del mundo del Sueño.

Pero él se cubrió con no menos talento.

—¡Soy escudo, soy un muro, soy bastión invulnerable, y aún en rimas asonantes mi magia es insuperable!

Y volvió a lanzar un conjuro, que yo paré para lanzarle un sortilegio, que él paró para...

Solo después de un buen rato de badminton mágico, cuando todos los alrededores relucián de pura fuerza mágica concentrada, los dos sudábamos como maratonistas, ya él debía andar por el Anexo XXIII del Manual de Alta Magia y yo había tenido que echar mano del Pequeño Larousse, de Historia del Tiempo de Stephen Hawking y hasta de la Guía Telefónica de Londres, fue que reapareció Ug.

Había resuelto su pequeño problema de divergencia de opiniones cefálicas como siempre hacen los de la especie draconiana en tales casos: dos a dos, seis de sus siete cabezas se contaban chistes verdes mientras la séptima cuidaba de que no tropezaran. No sé cómo se las arreglarán los pobres reptiles con un número par de cabezas. Supongo que se habrán extinguido hace mucho; Darwin sabía de qué hablaba con eso de la selección natural.

Mi hechicero rival también se dio cuenta de la presencia de Ug y frunció el ceño, porque no podía hacer más: si le dedicaba un conjuro que, por otro lado, no estaba muy claro qué efecto podría causarle a aquel dragón, entretanto yo ya lo haría convertido en un sacapuntas con barba (uno de mis más secretos y temidos sortilegios).

El mago de la túnica negra se puso a sudar frío.

Ug no era muy brillante; tardó tanto en darse cuenta de que esta vez le tocaba a él echarme una mano a mí, que ya me estaba quedando afónico cuando por fin se decidió a actuar.

Pero esta vez jugó al seguro: no se arriesgó a morder o dar coletazos, ni siquiera a lanzar llamaradas. Simplemente, se le sentó encima a mi oponente.

Sería poco elegante, pero que resultó eficaz, quién puede dudarlo. El nigromante quedó enterrado hasta la cintura... y con la cabeza hundida en su propio torso. Pensé que era una manera algo desagradable de morir, esa de comprobar que el cuerpo humano no es un objeto plegable. Y lamenté un poco la gran pérdida que para el mundo del Sueño representaba la muerte de tan excelente hechicero... pero era él o yo ¿no? así que mejor que fuera él.

Puede decirse que obtuvimos nuestra segunda victoria por el peso de la mayoría... de cabezas.

—¡Tu magia y mi fuerza nos hacen invencibles! —aullaron las siete al mismo tiempo (y vaya si metía ruido el corito).

Yo asentí y le palmeé uno de los tréboles rosados de la cola, algo preocupado. Si el primero habían sido los guerreros enanos, y el segundo el supernigromante, ni siquiera me atrevía a pensar en qué consistiría la última prueba.

Algo muy feo, eso de seguro.

Y acordarme justo en aquel momento de que tenía tres meses de atraso en el pago de mi póliza de seguro de vida no me ayudó a sentirme mejor.

Proseguí la ascensión, ahora con el aliento de las siete cabezas de Ug pisándome los talones. Ambos mirábamos en todas direcciones, preparados para ver... no sé, cualquier cosa.

Pero logramos llegar casi hasta la puntiaguda construcción cónica de piedra que habíamos visto desde el aire antes de tropezarnos con Aquello... o más bien con uno sus pies. Y con solo alzar la vista supimos que esta vez la pelea iba a ser de león a mono, el mono amarrado... y encima, hasta con el árbitro en contra.

Ya en su Teogonía, Hesíodo le había dedicado un par de versos a los Hecatónquiros, que ayudaron a los Dioses Olímpicos a derrotar a los Titanes rebeldes. Aunque siempre pensé que mi viejo amigo griego había olvidado rebajar su vino con agua el día que escribió aquello.

Pero por lo visto, se había quedado corto, y bastante. O sería más bien que este coloso era una versión aumentada y corregida de aquellos tres gigantes de cincuenta cabezas y cien brazos de los que él hablara... tan aumentada y corregida como un Lamborghini último modelo respecto al clásico Ford Modelo T del viejo Henry.

En cuanto alzó la vista y lo vio enterito, Ug escondió seis de sus siete cabezas, tres debajo de cada ala, y con la séptima dijo, muy bajito, pero yo lo oí, algo así como que quería irse a su casa y que dónde estaba su mamacita...

Y no era para menos.

Si los de los griegos eran los Hecatónquiros, este debía ser su abuelo... el Megáquiro, o algo así.

Era tan grande como un obelisco al final de un desierto... por lo menos tendría un par de kilómetros de alto. Pero no era aquel detallito lo más impresionante, sino sus brazos: no perdí tiempo en contarlos, pero seguro que muchos más de un centenar... Era una verdadera bola de brazos, habría hecho acomplejarse a un pulpo: tenía mil, diez mil, tal vez cien mil... en todo caso más que suficientes para hacernos puré a manotazos con la cuarta parte de ellos, al mismo tiempo que nos cavaba la tumba con otra cuarta parte, se peinaba con otra porción y espantaba las moscas de todo el mundo del Sueño con el último cuarto.

Bueno, lo de peinarse con la cuarta parte de sus manos era un decir: estaba tan pelado como lo había estado Ug antes de que lo convirtiera en dragón... quiero decir, su única cabeza. Para más INRI, como si no bastara con el tamañote y todos aquellos brazos, ni siquiera tendría los problemas de precedencia y coordinación que mi reptiliano acompañante enfrentaba.

Y hablando de enfrentar... la reacción de Ug me sorprendió. Porque, por una vez, hizo algo verdaderamente inteligente: huir.

Pero sobre todo porque, antes de poner pies, digo, alas en polvorosa, tuvo el bello gesto de aferrarme por el cuello de la chaqueta. Eso estuvo bien, de veras. Abandonar a los compañeros en peligro no es precisamente lo que se espera de un héroe... por muy dragón que sea.

El caso es que ambos dos inclusive salimos a escape, sin siquiera esperar a que Megáquiro nos impresionara recitando su línea de diálogo de tipo duro. Por otro lado, su cara (del tamaño de un buen campo de tenis, por lo menos) decía claramente que era muy capaz de hacernos talco primero y luego preguntarnos si teníamos autorización para estar dentro del perímetro del santuario.

Por un momento pareció que escaparíamos... es sorprendente la velocidad que puede alcanzar en vuelo un dragón novato. Ya me estaba despidiendo mentalmente de la famosa Cumbre de la Respuesta (¿quién necesita respuestas, después de todo?) cuando se me ocurrió mirar hacia atrás.

Resulta que el monstruote no estaba dispuesto a renunciar así como así a la que tal vez fuese su única oportunidad en milenios de demostrar lo duro que era.

Agitando todos sus muchos miles de brazos a la vez, Megáquiro simplemente... echó a volar.

La mandíbula inferior casi me llegó al ombligo.

Aquello era físicamente imposible. Pero a veces la física baja la vista y se pone a silbar, desentendiéndose de los imposibles... sobre todo cuando alguien con mucha fe y muchos brazos la mira fijo a los ojos con cara de malo.

También tomé nota de que las nociones de aerodinámica de Megáquiro debían haberse quedado en Leonardo Da Vinci. Pero aquello era un detallito secundario... el primario era que, por absurdo que fuera, aquel caótico helicóptero viviente volaba más rápido que Ug ... y nos estaba alcanzando

Tratamos de burlarlo con una maniobra evasiva, acrobacia de alta escuela... pero él debía haber sido instructor de esa misma escuela, porque un manotazo (¡solo uno! ¡los dioses existían y nos amaban!) nos tocó de refilón y nos hizo caer con tanta fortuna que abrimos un bello cráter en la ladera de la montaña.

¿Nos hicimos daño? Bueno, sí, un poquito, y eso a pesar de que el paraguas gigante que conjuré funcionó bastante bien como paracaídas... Pero lo peor no fue el hombro que se me dislocó ni toda la tierra que me entró en los oídos, ni siquiera que las siete cabezas se le hicieran a Ug un nudo. Lo verdaderamente malo fue que quedamos lo bastante conscientes como para darnos cuenta de que Megáquiro se estaba posando justo enfrente de nosotros.

Qué pies... Menos mal que solo tenía dos... pero, qué olor. El azufre de los infiernos era delicado perfume en comparación. Y para hacérnoslo sentir mejor, como habría necesitado por lo menos un par de portaaviones para poder calzarse, iba descalzo.

Aunque el ataque químico tampoco nos mató, Ug y yo nos preparamos a morir como cucarachas... aplastados. No nos quedaba nada más por hacer: tratando de desanudar sus siete cuellos, el torpe Ug acababa de enredarse también las alas. Y yo acababa de lanzarle al gigantón de los n tendiente a infinito brazos uno de mis hechizos más potentes (E=mc2) sin que ni siquiera le hiciese cosquillas.

Pensé llamar por teléfono al Comité Olímpico Internacional, reclamando un antagonista de nuestro peso, pero dudo que ni siquiera aquello habría funcionado: ya se sabe que los jueces siempre favorecen al que más manotea...

Y vaya si manoteaba: sin cesar, y chocando unas manos contra otras, como si su plan fuera darnos la misma muerte que se les reserva a los mosquitos molestos. Pero que además hablara en rima, ya me pareció demasiado

Los voy a hacer papilla y todos verán

La forma en que aplastados ustedes quedarán

Planitos por arriba por delante y por detrás

Hundiditos en el suelo, nadie los podrá salvar

Porque yo soy Eliodoro, el más duro del lugar

Conmigo no se juega, yo peleo de verdad

de mis manos nadie escapa y ahora lo comprobarán

Fue solo a mitad de la parrafada que caí en la cuenta: aquellos versos... y aquel manoteo... no eran simple intimidación. Estaba marcando el ritmo a palmadas, y cantando.

Sí, can-tan-do.

Como si no fuera ya bastante incongruencia el nombrecito (¡Eliodoro!)

Cosas vederes, Sancho...

Se me ocurrió una idea. No sería muy original, ni muy heroica, pero, con un poco de suerte, podría funcionar.

Le hice una seña a Ug, que por una vez, me captó al vuelo.

Tragué saliva, invoqué a las Musas, a Tupac Shakun, a Ice Cube y a Eminen. Y el dúo Magic Dragon Rap dió su primera función en vivo.

Ug marcaba el ritmo golpeando con la cola, y además me hacía el contrapunto con un corito (no muy afinado, es verdad, pero lo que vale es la intención ¿no?) a siete voces.

Porque yo era el solista, claro.

Eres un acelerado no te mandes a correr

Tú te crees que ya has ganado pero aún puedes caer

Tienes un montón de manos pero no puedes hacer

El ritmo que yo he cantado, por eso vas a perder

La moral en este encuentro y todos van a saber

Que aunque seas grande y tremendo no te puedes tú mover

Al compás que estoy haciendo a mi garganta tejer

Bueno, para ser la primera vez no estuvo tan mal. Quizás, después de todo, mi verdadera vocación no fuese la magia, sino el rap.

Eliodoro cayó mansito en nuestra trampa, y aceptó el desafío.

Debía llamarse Chacumbele... porque él mismito se mató.

Hay que reconocer que el muchachón no carecía de condiciones, sobre todo como percusionista...pero al final su biotipo le jugó una mala pasada. Miles de brazos y una sola cabeza no pueden competir en filigranas musicales con ocho voces. Ug también hizo milagros con sus siete cabezas: polifonías, fugas, coros antifonales, todo apoyando mi letra... y yo descubrí que la rima no era tan difícil como había creído siempre.

Bueno, también me ayudaron un par de truquitos. El grandote sería refractario a la magia, pero no indiferente a sus espectáculos. Conjuré un círculo de nubes para que giraran en lo alto, descubriendo y mostrando el sol alternativamente. El efecto estroboscópico me lo hubieran envidiado muchas discotecas, y además, me esforcé lo mejor que pude en sazonarlo con lásers, explosiones, llamaradas de todos los colores, en fin, el espectáculo total.

El caso es que, a los pocos minutos, entre el rap y los efectos especiales, el pobre Megáquiro Eliodoro ya se había enajenado por completo. Me fui callando poquito a poco, pero él siguió cantando, dando palmadas y pateando el suelo como un loco, así que lo dejamos atrás y reemprendimos la marcha hacia la cumbre, muy tranquilitos... no fuera a ser que cambiara de idea de pronto.

Esta vez no tuvimos más tropiezos.


Ilustración: Fraga

—¿Crees que además de la respuesta habrá algún tesoro... oro, diamantes, en fin, esas cosas? —Los ojos de Ug (los catorce) brillaban codiciosos, mientras trataba de derrumbar el santuario (o tal vez de entrar en él, no me quedó muy claro) al intentar que todas sus cabezas pasaran al mismo tiempo por la única entrada del puntiagudo y cónico edificio.

El espectáculo era tan interesante que preferí disfrutarlo y posponer un poco la dura tarea de explicarle lo que significaba una respuesta filosófica, una Weltanschaung y todo eso. Pero al cabo de un minuto entero de inútil forcejeo de los siete pescuezos, no pude resistir más la tentación de deslizarme por debajo de Ug... así que entré yo primero en el sanctasantórum, y el escamoso corpachón me siguió al cabo de dos segundos... no vale la pena aclarar cómo.

—¡¿Un espejo?! —aullaron las siete gargantas al unísono, decepcionado su dueño ante la gran luna de cristal sin ninguna clase de aberraciones ópticas o cromáticas que era todo el contenido de la única sala interior del edificio—. ¿Qué clase de respuesta es un espejo?

—Muchas— le dije, mientras contemplábamos nuestras imágenes especulares, boquiabiertos (y de las siete del dragón empezó a escapar una baba corrosiva que amenazaba con arruinar el pulido suelo, así que le aconsejé que las cerrara, y él me obedeció)—: para empezar, podría significar Nosce te ipsum, o sea conócete a ti mismo. Que en ti mismo están tu victoria y tu derrota, tu fortuna o tu desgracia. Que tú eres el que realmente importa, en última instancia... —y quedé en silencio por un instante, en respeto a la inmensa sabiduría del santuario—. Probablemente sus constructores también sabían algo de budismo zen... y si no sabes lo que es, te lo explico, pero eso sí, otro día... ¿ya te dije que me esperaban en Lyonesse, no?

—Zen, mierda— bufó el dragón por septuplicado, acercándose hasta casi tocar su propio reflejo en el vidrio—. No, mago. No puedo creerlo, no quiero creer que casi hayamos dejado la piel con los enanos, el mago y el mil manos ese... todos estos esfuerzos solo por un espejo. Aquí tiene que haber algo más...

—¡Espera, Ug, no lo ha...!— traté de detenerlo.

Pero él, terco como siempre, dio un paso adelante... y atravesó limpiamente el espejo.

      Claro que había algo más..

      Suspiré. Fin del show... con lo lindo que me estaba quedando, y tan cerca del final místico y aleccionador. En fin, hasta lo bueno tiene que acabarse. Apagué...


Ug se quitó el casco de realidad virtual, y parpadeando deslumbrado por la luz, se puso a examinarlo, nuevamente boquiabierto, mientras se tocaba el pecho, las manos, las asquerosas pieles. Al fin alzó la vista y mirándome acusador, preguntó: —Mago ¿qué mierda ez todo ezto? ¿Loz enanoz, el nigromante, el grandote lleno de brazoz, el ezpejo...? — Zeteaba de nuevo, nervioso, y un grueso lagrimón asomó de su ojo derecho—. Me haz engañado, no zé cómo, pero me haz engañado. Nunca fui un dragón. Y yo que penzé que al fin había zido un héroe de verdad, y que tú eraz mi amigo...

—Eh... yo soy tu amigo, Ugcito, y puedo explicarlo todo —dije, recuperando el casco (en el Gremio de Hechiceros me habrían multado por chapucería si se enteraban de que iba dejando los elementos de mis trucos tirados por todas partes) de sus manazas y desapareciéndolo junto con el mío, mientras retrocedía con agilidad un par de metros; lágrimas o no, había vuelto a coger su ramita, y aquello no auguraba nada bueno. Al menos ya me había calzado el otro patín. —Mira ¿no has oído hablar nunca de simulaciones? —La tremenda clava empezó a girar sobre su cabeza y reculé tres metros más, acelerando el ritmo de mi perorata: —¿Ni de juegos de rol? Ilusiones, Ug, puro juego de ilusiones. Has vivido una aventura ¿no eras eso lo que querías? Ahora, yo en tu lugar iría pensando en regresar al castillo de tu padre... probablemente ya se le haya pasado la rabieta por tu fuga, y te reciba con los brazos abiertos. Imagínate, volver a comer algo que no sea queso... Y no te preocupes, el pelo volverá a crecerte, y yo mismo puedo recomendarte un buen odontólogo para que te arregle ese colmillo ¿Sabes? no te favorece el zeteo, y el look de ogro tampoco está ya muy de moda que digamos...

—¿Y cuál zería la moraleja de esta hiztoria? —insistió él, rugiendo y con relámpagos en los ojos.

Exprimí mis meninges y eché mano de todas mis reservas de elocuencia para contestarle, siempre patinando hacia atrás: —Nunca ataques a un tipo en patines. O no te creas todo lo que te parece real. O, todavía mejor: no te dediques a hacer de ogro si no estás dispuesto a alimentarte solo de queso... o tal vez que todo no es tan simple como en los cuentos... en fin. —Había empezado a sudar, y él no dejaba de blandir aquel arbolito inofensivo, así que intenté lo último: —En fin ¿qué sé yo? ¿Por qué toda historia tiene que tener una moraleja?

Quizás habría logrado hasta convencerlo de que todo había sido por su propio bien si me hubiera dejado hablar solo otro minuto, pero él prefirió tomárselo a la tremenda, y cargó contra mí rugiendo: —¡Mago, yo te matooo!

Así que me di a la fuga. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Hay que decir en su favor que intentó en serio perseguirme. Pero para ningún hombre a pie es cosa fácil alcanzar a otro en patines lineales, y menos en una buena y lisa carretera estilo romano. Y menos para alguien con la complexión y tamaño de Ug, que serían ideales para el wrestling, pero resultaban más bien inadecuadas para el atletismo de pista.

Al final comprendió que, aunque había hasta dejado el garrote para correr mejor, nunca me atraparía. Y con medio palmo de lengua afuera se detuvo para vociferarme con su último aliento:

—¡Maaago! ¿Cómo... debo decir... que te llamabaz?

Y yo, educada pero prudentemente lejos, se lo grité. ¿Por qué no? No llevo mi nombre pegado en la frente, ni todo el mundo tiene que saber que soy el gran, el único, el poderoso mago Post Mod Erni Smo, el que todo lo puede...


La Habana, 11 de febrero de 1995 - Roma, 21 de noviembre de 2002



Yoss es el escritor cubano más importante de nuestros días, y por fortuna un visitante tan asiduo de nuestras páginas que cualquier cosa que escriba será redundante. Algunos de sus trabajos publicados en Axxón: "El arma" (106), "La performance de la muerte" (110), "Las chimeneas" (113), "Ese día" (128), "Kaishaku" (142)...


Axxón 150 - Mayo de 2005
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia ficción: Cuba: Cubano).

            

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