LA MUERTE INTERIOR

Claudio A. Amodeo

Argentina

Las ráfagas cruzaban letales en todas direcciones mientras mi batallón se abría paso a la fuerza, devolviendo el ataque de los aeríes. Las botas se afirmaban en la atmósfera exótica como si se tratara de tierra firme y nos impulsaban en saltos descomunales al tiempo que descargábamos nuestras armas sobre todo lo que se moviera. Los rayos de corto alcance nos otorgaban gran ventaja en la lucha cuerpo a cuerpo, y aún así nos era bastante difícil acertar en el blanco ya que los aeríes se movían con mucha agilidad y precisión. No nos podíamos permitir el menor descuido pues un salto en falso hubiera significado quedar expuestos a alguna de sus técnicas de ataque, nunca repetidas.

Unas decenas de aeríes se agruparon en 103 y 14 sur y se lanzaron sobre nosotros buscando sorprendernos. Una señal en mi brazo cibernético dio aviso del ataque instantes antes de percibir la vibración aguda y sibilante que producían las patas traseras al rozar el aire. Giré el rostro y vi las sombras avanzando, moviendo sus colas como látigos. Para el ojo humano eran tan sólo un borrón negro sobre el fondo azulado del cielo de Florencia II, una mancha fugaz y mortífera. Por esto, los visores de nuestros cascos se encargaban de resaltar la figura del enemigo sobre el fondo y remarcar todo indicio de concentración de energía, proveniente de la boca de algún cañón, y toda posible debilidad en el cuerpo fibroso del rival. Indiqué a mi batallón el nuevo objetivo manipulando los sensores en mi tórax. Viramos a 105 y 25, por encima de ellos, y nos lanzamos al frente.

El fuego cruzado hacía estallar los campos de energía y las corazas protectoras de ambos bandos. Cuatro o cinco descargas efectivas más sirvieron para aclarar la zona frente a nuestras narices. Los cuerpos enemigos mutilados por los chorros energéticos se desplomaban pesadamente sobre la superficie planetaria. Miré a mi alrededor y consulté el indicador de los otros batallones, los del este y del norte, y le envié a mi grupo la estimulante señal de la victoria inminente con otro suave toque al sensor. En todos los frentes los aeríes se replegaban sobrepasados por el número y la destreza de las tropas humanas. Los expulsaríamos de Florencia II casi con la misma facilidad que los habíamos exterminado en Ganha y con un mínimo de pérdidas. La victoria parecía al alcance de la mano.

Y entonces, vi la eclosión roja.

La apertura del portal que les permitiría huir hacia sus nidos fue tan repentina que nos tomó completamente por sorpresa. Los restantes soldados enemigos aprovecharon para saltar por encima de nosotros, en un último contraataque sobre la línea externa de nuestras fuerzas. Vi alzarse la monstruosa figura, como una sombra, como una exhalación, y sólo atiné a elevar el rostro al cielo. El contacto fue efímero pero fatal. El aguijón silbó en el aire y se hincó en mi cuello perforando la malla de acero del traje, para invadirme internamente con una sustancia viscosa. Luego, en el tiempo que consume un pestañeo, se replegó y se alejó hacia el portal rojo que había surgido de manera súbita cuando nuestra victoria parecía definitiva. Los aeríes retrocedieron sobre la superficie etérea dando brincos con sus patas traseras, haciendo vibrar el aire con una melodía nueva, agónica. Seguí a mi atacante con la mirada, aturdido. Vi su silueta una última vez antes de traspasar el portal y, a pesar de su semejanza con una langosta gigante y de todo el odio que los humanos habíamos sentido por los de su especie durante la guerra, yo estaba cambiando de idea. Sus movimientos me parecían graciosos e incitantes. Sentí el influjo del líquido ponzoñoso obligándome a ir tras la criatura que me atacara y corrí arañando el aire con mi traje guerrero sin detenerme a pensar que moriría al atravesar el portal. Debía alcanzarla porque la necesitaba. Sentía un sofocante y devorador calor interno que sólo se aplacaría cuando nuestros cuerpos se unieran allá, del otro lado del universo, el rincón del que proceden los aeríes, donde el fuego abrasador de los mil soles te envuelven y te transforman en energía, liberándote de la esclavitud de la carne.

La vi una última vez cuando el portal se la tragaba y vi sus ojos, pendiendo de dos antenas sutiles. La vi y corrí. Y descubrí que no corría sólo, sino que muchos de mis compañeros corrían en la misma dirección, con idénticos anhelos. Habíamos dejado caer nuestras armas y nuestros cascos para desarrollar mayor velocidad. Ya no podíamos recordar que unos instantes atrás disparábamos rayos de energía, aniquilando sin miramientos a cuanto enemigo se nos cruzara en el camino. Algunos compañeros de batallón alcanzaron el portal y sus figuras fueron tragadas por el rojizo fulgor de luz. La muerte, del otro lado, era instantánea, indolora; nuestros cuerpos no estaban preparados para esa clase de viaje. La hubiera vivido en carne propia de no mediar la acción del sargento Melquíades, quien, al verme poseído por el efluvio hormonal, me persiguió y me alcanzó, arrojándose pesadamente sobre mí.

—¡No capitán! —me gritaba mientras caíamos hacia la superficie planetaria—. No se deje vencer por esos malditos.

—Dejame ir. La necesito —gemía yo esforzándome por mantener mi vista fija en el portal.

—¡No, no los necesita! Es un engaño.

Y no me soltó en todo el trayecto que nos separaba del terreno blando de Florencia II. Los campos energéticos contuvieron el impacto de nuestros cuerpos y, tras varios rebotes, nos depositaron sobre el suelo húmedo y maloliente. Cuando pude reaccionar alcé la vista al cielo y mi corazón pareció quebrarse. El portal estaba involucionando y desaparecía. Lo contemplé sabiendo la futilidad de todo esfuerzo y caí de rodillas con mi rostro bañado en lágrimas. Jamás la alcanzaría. Ya se encontraba a miles de años luz de mí, danzando bajo los rayos luminosos de otros soles. Casi podía imaginarla, esperándome por siempre, en vano. Lancé un grito de dolor y me desvanecí.


Cuando desperté fue como si continuara durmiendo. Una nube de vapor cubría todo a mi alrededor y un pesar indescriptible me aprisionaba el pecho. Los únicos sentimientos que albergaba eran tristeza y desgano. Divisé entre la bruma y el mareo las caras borrosas de varios médicos que me examinaban curiosos. Hablaban en un lenguaje desconocido y se movían agitados. Noté una camilla fría y dura bajo mi cuerpo entumecido y un incesante rumor, como el del motor de una nave estelar. También creí oír gritos de desesperación y algunas corridas. De alguna manera supe que no estaba solo allí, dónde fuera que me encontraba. Cerré los ojos ansiando soñarla nuevamente. Como no sabía su nombre, la bauticé Danahel, que era el nombre de una mujer que había amado tiempo atrás, cuando era cien por ciento humano.

Danahel. Pronunciar su nombre me erizaba la piel. Sentada, sola, de espaldas a la locura de la civilización, me esperaba. Ahora, su cuerpo era el de una mujer humana, sin exageraciones, sutil. El banco y el jardín aparecieron después y en sus manos una margarita perfecta que brillaba bajo la luz blanquecina de los mil soles.

—Me da pena deshojarla —me dijo, y me la entregó. La recibí, y luego de un instante mágico donde nuestros dedos se rozaron fugazmente, la flor se marchitó en la palma de mi mano y se desgranó como si fuera de arena. Miré a mi amada y extendí un brazo. Acaricié su rostro y sentí el calor de su piel. Ella tomó mi mano entre las suyas y se llevó mi índice a la boca. La humedad de los labios y la caricia de la lengua en la yema del dedo me excitaron. Me aproximé para besarla, pero entonces ella pareció incomodada por mi actitud y me apartó con un gesto de rechazo. Cuando extendí los brazos para rodearle el talle su cuerpo empezó a alejarse a gran velocidad, inmovilizado, imperturbable, como si se tratara de un cuadro.

Los ojos me ardían del cansancio. El contacto con el líquido me devolvió a la realidad de las brumas y las figuras fantasmales. Tras un largo período de desorientación identifiqué a los médicos de campaña. Algunos recuerdos de batallas llegaron a mí. Uno de ellos conectó varios tubos a mi brazo cibernético y comenzó a extraer líquidos de colores fosforescentes. Otro meneaba la cabeza y no se quedaba quieto.

—... su nombre...

Algo me preguntaban pero yo no alcanzaba a comprender. ¿Mi nombre, mi rango? ¿Cuál era mi nombre? No lo sabía. ¿Qué era un rango? Quería hablar pero mi lengua estaba hinchada contra el paladar y era pesada como una roca.


Ilustración: Marian

Entre las figuras fantasmales la distinguí, inquieta, huidiza. Danahel sonreía y se asomaba por detrás de los médicos. Alzaba mi mano para alcanzarla pero ella se alejaba cada vez. Me agité en la camilla y gemí su nombre. El primer médico se acercó y me observó con una mirada borrosa. Alguien más apareció frente a mí. El color de sus ropas me evocó algo lejano y ya perdido. Miró al otro y dijo en voz alta algunas palabras que pude entender.

—Catatonia. Ejército diezmado. Muerte interior. Irrecuperable.

Entre la bruma de ideas borrosas y figuras delirantes hubo un instante de lucidez plena dónde recordé mi nombre, mi rango, mi batallón y la guerra. Recordé la huida de Danahel y su aguijón y comprendí que aquello que me hacía desear su presencia era el producto del líquido viscoso que ella me inyectara en el fragor de la batalla. Afectaba el centro nervioso y lo modificaba. No era amor entonces, sino un arma tan letal como nuestros propios rayos de energía. No mataban al enemigo, sólo lo diezmaban plagándolo de heridos de muerte interior. Era una estrategia tan antigua como la propia guerra. Un soldado muerto no genera más pérdidas que la propia baja. Uno herido retrasa y produce gastos. Millares de muertos en vida podrían hacernos perder la guerra. Lo supe en aquel instante y también supe que luego no lo recordaría, ya nunca lo recordaría.

Danahel surgió nuevamente detrás de los médicos y se acercó a mí, seductora. Su cuerpo desnudo se contoneaba, haciendo vibrar con cada paso unos senos redondos y firmes. Intenté luchar contra ella, contra aquel sentimiento adormecedor que me anulaba y me imposibilitaba reaccionar, pero sus caricias en las partes más sensibles de mi cuerpo me hacían arder por dentro y borraban todo rastro de identidad. Me aferré a un último recuerdo, al instante preciso de su ataque, cuando el aguijón penetraba mi piel y me inyectaba el líquido culpable de mi muerte en vida. El recuerdo permaneció allí unos segundos, proyectado frente a mis ojos como si se tratara de una película erótica, una pareja ligada en un acto sexual extravagante. El cuerpo arqueado del soldado humano y el aguijón latente que eyaculaba su veneno pasional. Luego fui perdiendo sus contornos de a poco, se esfumaron como bruma, hasta que sólo quedó su rostro insinuante y su cuerpo, encaramado sobre mi cuerpo, moviéndose con frenesí para hacer desaparecer el último vestigio de mi pasado. Ya no podría evitarla, el placer era enloquecedor. Me perdería por siempre en aquel sueño engañoso, fatídico y sublime a la vez.

Por eso, cuando el otro médico dijo "eutanasia" recibí la noticia con alivio. Por eso cuando la aguja brilló en el aire y trazó una parábola hasta alcanzar mi brazo, atravesando la figura fantasmal de mi amada enemiga, me sentí agradecido.

Danahel se detuvo de pronto y me miró sin comprender, como si me reprochara aquel desplante. Luego se alejó de mí angustiada y mientras el veneno recorría mi sangre, se despidió para ya no volver.



Claudio Alejandro Amodeo nació el 6 de noviembre de 1977 en la ciudad de Buenos Aires. Produjo sus primeras señales literarias en una pesada y semidestartalada Olivetti que heredó casualmente. Con el apoyo de su padre, a los catorce años, se animó a presentar relatos en una editorial, los que fueron recibidos pero jamás leídos. Su segunda afición, el ajedrez, ganó preponderancia y disputó varios torneos juveniles con mejores resultados. Luego se impuso el estudio y se recibió de Técnico en Electrónica y Analista de Sistemas de Información. Por este tiempo conoció a su actual compañera, Blanca Silva, quien lo aguanta y acompaña en sus desvelos literarios, cebándole mate mientras escribe. Es un activo animador del Taller 7 de CCF y este cuento el producto de su trabajo en él.


Axxón 150 - Mayo de 2005
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Guerras interestelares: Argentina: Argentino).

            

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