BACH HA MUERTO

Saurio

Argentina

Aquí vienen nuevamente, como todos los años, bajando de las montañas, marchando arrítmicas y tarareando una melodía bastante fúnebre.

La primera vez que aparecieron mucha bola no les dimos. En realidad, nunca le damos mucha bola a nada. Es que suceden tan pocas cosas por estos parajes que cuando algo sucede mucha cuenta no nos damos. Como cuando las ovejas del Cholo se volvieron salvajes, por ejemplo. Esa sí que no nos la veíamos venir, y eso que el viejo Venancio siempre nos repetía: "Debajo de la piel del cordero se esconde un lobo". Claro que cuando decía esto nos imaginábamos a un lobo disfrazado con una piel de cordero y no que las malditas ovejas se volverían carnívoras, se juntarían en manadas y no dejarían gallina ni chancho por devorar. Esto nos pasa por dejarlas tanto tiempo con los perros. Lástima que la influencia no fue recíproca, que si no ya habríamos solucionado la falta de pulóveres y no nos cagaríamos de frío en el invierno.

Tampoco al segundo año nos dimos cuenta, ni al tercero, ni al cuarto. Bah, en el cuarto el Bubi dijo algo como "Uh, ahí están las viejas de nuevo" pero como estábamos trepados arriba de un árbol esperando que seis ovejas hambrientas se aburrieran y nos dejasen en paz el comentario nos entró por una oreja y nos salió por la otra. Así que fue recién al quinto año que empezamos a prestarles atención.

Era un grupo de diecisiete viejas, bah, mujeres, porque algunas no eran tan viejas, al menos no tan viejas como el viejo Venancio ni como el viejo Gutiérrez ni como el viejo Squalidozzi, que es menos viejo que el viejo Venancio y el viejo Gutiérrez, ni siquiera tan viejas como el tío del Cholo, que no es viejo pero tampoco es joven, o el Policarpo, que tampoco es ni viejo ni joven. En realidad, las mujeres no eran tan viejas, pero parecían viejas, así que para nosotros eran viejas.

Las viejas venían de noche, desde las montañas, vestidas de encaje y con un par extra de medias en la mano, marchando arrítmicamente y tarareando una melodía bastante fúnebre. Cuando llegaban al valle abrían mesitas y sillas plegables, sacaban telescopios de sus mochilas y miraban la cruz del sur mientras tomaban té. Al amanecer recogían todo y volvían a las montañas.

Esto lo hicieron el quinto año, y el sexto y el séptimo y el octavo. Para el noveno las ovejas habían maleducado a las cabras y nos vimos obligados a permanecer atrincherados en nuestras casas, así que no sabemos con certeza si las mujeres vinieron o no, pero como al año siguiente volvieron, suponemos que sí.

Fue ese año cuando el gordo César se acercó a las viejas. Bah, a las mujeres, porque ya dije que no todas eran viejas. Pero parecían viejas. Así que eran viejas. Dice el gordo César que las mujeres decían "Baja muerto, baja muerto" en sus canciones fúnebres.

—Estarán pidiéndole a un muerto que baje —aventuró el Tuerto Suárez, que es el más inteligente de todos. O al menos, el que más libros leyó de todos, y hay que ser inteligente para leer tres libros sin que te duela la cabeza. Así que sí, el Tuerto es el más inteligente de todos. Aunque el viejo Venancio es más sabio, porque una cosa es la inteligencia y otra la sabiduría, a pesar que mucha gente las confunde.

—Los muertos no bajan —dijo el Bubi, que es bastante descreído el pobre—. Los muertos suben. Están enterrados bajo tierra, así que la única manera de salir es hacia arriba.

—A menos que se entierren más y terminen saliendo del otro lado del mundo. Allí estarían bajando —aportó Policarpo, siempre ingenioso.

—No, no —le discutió el Bubi—, estarían subiendo. Después del centro de la Tierra el abajo se convierte en arriba.

—¿Y vos cómo sabés eso?

—Me lo contó Doña Encarnación.

—¿Y vos le creés a esa bruja?

—A veces. A veces no. Depende. Uno debe mantener una mente abierta, pese a ser un escéptico.

—Los muertos pueden bajar del cielo —interrumpió el gordo César—. Cuando mi abuelo murió se fue al cielo y después bajó.

—No, gordo, tu abuelo se fue al cielo y por eso se murió. Y eso que le avisamos que no era buena idea querer ser catapultado por los aires pero no, el viejo cabezadura se emperró en tocar el cielo y ahí lo tenés.

—Como sea. La cuestión es que bajó muerto, porque Doña Encarnación dice que al pobrecito el corazón le falló en el aire y ya estaba finado cuando se estroló contra el piso. Así que es posible que las viejas les estén pidiendo a sus abuelos que bajen muertos del cielo.

—¡No seas estúpido, gordo!

—¿Y si vamos a preguntarles a las viejas por qué quieren que los muertos bajen? —dije yo, que hasta ahora había permanecido callado.

Pero ya era el mediodía y las viejas no estaban, así que tuvimos que esperar hasta el año siguiente.

Ni bien se instalaron nos acercamos y comprobamos que el gordo César decía la verdad, las viejas canturreaban "Baja muerto, baja muerto" mientras contemplaban el cielo nocturno y tomaban té.

—Disculpen, señoras, pero ¿qué muerto quieren que baje?

Las viejas nos miraron sorprendidas e irritadas. Después volvieron a lo suyo.

—Señoras, señoras, ¿por qué piden al muerto que baje?

Otra mirada irritada de las viejas y nuevamente a lo suyo.

—Psss, señoras, ¿por qué cantan "Baja muerto"?

Una tercera mirada irritada y nuevamente nos ignoraron. Parecía que muy simpáticos no les caíamos. Pero no nos dimos cuenta en ese momento. No somos lo que se dice muy rápidos para captar indirectas, aunque nos las arreglamos bastante bien con otras cosas y mal que mal sobrevivimos. O sea, está el problema de las ovejas, sí, también lo de los rabanitos de Doña Urraca, que al parecer han dado un salto evolutivo y atacan a quienes invaden su territorio, y los ocasionales piquetes que hacen las liebres, que no tienen ninguna razón por más que corten las rutas y quemen gomas, porque son plaga protesten o no, a mí no me vengan con semántica ni con dialéctica ni con dianética ni con nada que ya no estoy para esos trotes, bah, en realidad estoy para esos trotes, no soy tan viejo, es más, estoy para esos galopes y hasta para unos cuantos saltos de vallas o un partidito de polo y otras cosas así que se hacían cuando había caballos y gente rica para montarlos. Pero fuera de eso, sobrevivimos. Qué sé yo, el último invierno fue bravo, y el anterior peor, y el anterior al anterior, mucho peor, y los veranos ni les cuento. Los otoños y las primaveras también son jodidos, ahora que lo pienso. Pasa que como andan con perfil bajo uno no se da cuenta y uno dice "¿Viste? Se murió el Octavio" y el otro contesta "¡Pobrecito! ¿Qué fue?" y uno responde "No sé, el cuore, quizás. O el páncreas. El páncreas es una glándula ladina, hace como que no está y de repente, zas, te mata como al pobre Octavio" , en vez de echarle la culpa al clima, como en verano o en invierno, en los que uno contesta "Y..., qué querés, con este" y ahí dice "frío" o "calor", según la estación correspondiente. O sea, el otoño y la primavera son una mierda, y encima me dan alergia los árboles esos que tiran pelusitas amarillas y se me meten en la nariz y en los ojos y termino con una cara como la que tenía el pavo de Don Terencio cuando el Bubi y el gordo César se lo culearon. ¡También, hay cada uno con cada idea! No te digo que te cojas a una oveja porque casi seguro que la hija de puta te lo rebana, pero, qué sé yo, una chancha o una mula tienen el agujero del tamaño correcto y no como el pobre pavo, que terminó con los ojos fuera de órbita y el moco colgando para cualquier lado.

En fin, la cosa es que insistimos una vez más:

—¡Porfi, señoras! ¿Por qué cantan "Baja muerto"?

Una, con cara de fastidio terrible, se levantó y nos dijo, abriendo bien la boca y modulando cada sílaba, como si fuéramos tarados. Bah, algo tarados somos, o así dice que somos el viejo Venancio, que es sabio y por eso tiene razón, pero una cosa es ser algo tarado y otra tarado del todo. Creo que es algo que tiene que ver con la matemática, pero no estoy muy seguro.

—BAJ-A-MU-ER-TO —dijo la vieja, que no era tan vieja, pero como parece vieja entonces era vieja—. BAJ-A-MU-ER-TO.

—Sí, es lo que nosotros decimos, "Baja muerto"...

La vieja, que no era tan vieja, se calentó y se fue. Después volvió con un cartón y un lápiz y escribió:

BACH HA MUERTO

Y después, resaltando cada palabra con el lápiz, gritó:

—¡BACH! —lápiz lápiz lápiz— ¡HA! —lápiz lápiz lápiz—¡MUERTO! —lápiz lápiz lápiz— ¡BACH HA MUERTO!

—Aaaaaaaaah —dijimos todos.

—¿Y qué es "bach"? —preguntó el Cholo y el Tuerto, que es el más inteligente, pero no el más sabio, le dijo:

—Es como un pozo en un camino que no tendría que tener pozos.

—Todos los caminos tienen pozos —dijo el Cholo.

—Algunos no. Por eso cuando tienen pozos los llaman "bach", porque no deberían estar allí.

—¿Porque no deberían estar allí los llaman "bach"? ¿No sería mejor que los llamen "pozos desubicados"?

—Sí, pero es muy largo. Uno no puede andar por ahí protestando por que hay muchos "pozos desubicados", por eso la gente los llama "bach", que en latín significa "pozo desubicado" .

—Aaaaaaaaah —dijimos todos y nos dimos cuenta de que la vieja ya se había ido con las otras.

—¿Y puede morirse un pozo desubicado... digo, un bach? Porque hasta donde yo sé, los pozos no están vivos —porfió el Cholo.

—Más bien, un pozo es la ausencia de algo —lo secundó el Bubi, que hacía años que aspiraba a ser el más inteligente—. Como que es la falta lo que define al pozo y no lo contrario. Es más, te diría que la esencia del pozo es el borde que lo rodea.

—¡Callate! —dije yo—. No te hagás el intelectual que no te sale. ¿No te das cuenta de que te estás confundiendo "pozo" con "agujero"?

—Ya que lo mencionás: ¿Por qué a los agujeros los llaman "agujeros"? —preguntó el gordo César—. Porque los agujeros no tienen agujas.

—Pero las agujas sí tienen agujeros. Quizás de allí venga el nombre.

—¡No, no, no! ¡Si el limonero se llama limonero porque tiene limones y el duraznero se llama duraznero porque tiene duraznos, entonces un agujero se debería llamar agujero porque tiene agujas y no lo contrario!

—Bueno —intervino el Mono, que hasta ese entonces había estado callado—. Con ese criterio el panadero tiene panados, el barrendero tiene barrendos y el heredero tiene heredos.

—¡Shhhhh! —chistamos todos—. ¡Si vas a decir estupideces, mejor seguí callado!

Se calló el Mono, pero también nos callamos todos. Es que eso de que un pozo se muera no tenía sentido. Se lo dijimos a las viejas. Que no eran tan viejas, ustedes ya saben, pero le decíamos viejas porque parecían viejas.

—¡Ey, oiga doña, vea! ¡Eso de que un pozo se muera no tiene sentido! ¡Entendemos menos que cuando le pedían al muerto que baje!

Pero las viejas nada, ni mu, ni nada. Nos ignoraban olímpicamente, tomaron su té, cantaron "Bach ha muerto", miraron por última vez la cruz del sur, se ajustaron los cordones de sus botines, verificaron tener su par de medias extra y se fueron, dejándonos allí, con la intriga.

Pasado el mediodía el Tuerto dijo:

—Che, ¿y si el Bach ese es un tipo?

—Sí, claro, un tipo que se llama "Agujero Desubicado", cómo no.

—¿Por qué no? Si los nombres significan cosas. ¿No lo sabías? Por ejemplo, el nombre del gordo, César, significa "El que nació por cesárea", o Laura, que significa "El halo de luz azul que rodea nuestras almas" o Ricardo, que significa "Exquisita planta anual, compuesta, de hojas grandes y espinosas y flores azules en cabezuelas, cuyas pencas se comen después de haber aporcado la planta para que resulten más blancas y sabrosas".

—Aaaaay, mirenlón al señorito que se las sabe todas —se burló el Bubi—. A ver, vos que te la das de inteligente y leído, decinos quién fue el tal Bach.

—¡Ah, qué sé yo! ¡Algún conocido de las viejas! ¡Tal vez un amante!

—Quizás el viejo Venancio sepa —dije yo—. Al fin y al cabo es el más sabio.

Así que le fuimos a preguntar al viejo Venancio. Lo encontramos como siempre, sentado en la puerta de su casa. Creo que casi nunca se ha movido de allí. Dice que cuanto más lejos va uno menos aprende y que el hombre sabio se entera sin dar un paso, nombra las cosas sin haberlas visto y ejecuta las cosas sin hacer nada. No estamos muy seguros a qué se refiere cuando dice esto, pero sí que es un hombre sabio, porque sólo los sabios dicen cosas como esta.

—¿Bach? Es un escritor, si no me equivoco —nos respondió—. Escribió un libro sobre una gaviota que quería volar y otro que se llamaba "El clavo bien enterrado", que era de música. ¿Qué pasa con él?

—Se murió.

—Ooooh, pobre. Y bue, tenía muchos años este Bach, ya era hora de que descansase en paz. ¿De qué murió?

—No sabemos, las viejas no nos lo dijeron.

—¿Qué viejas? —preguntó el viejo Venancio.

—Bueno, no son viejas, pero parecen viejas, así que son viejas. Vienen todos los años, desde las montañas, toman el té, observan la cruz del sur y cantan que Bach ha muerto.

—No entiendo —interrumpió el Bubi—, ¿cómo alguien puede escribir un libro acerca de una gaviota que quería volar? ¡Si todas las gaviotas vuelan! ¡Y no creo que vuelen porque quieran sino porque eso es lo único que saben hacer!

—También saben comer pescados —lo corrigió el Tuerto.

—Sí, ya sé, y también cagar y coger y poner huevos, vos me entendiste lo que quería decir, no te hagás el quisquilloso porque te surto. Un libro sobre una gaviota ha de ser un libro muy pelotudo.

—Bueno —dije yo —uno de música llamado "El clavo bien enterrado" tampoco ha de ser una maravilla. No sé qué opinará el viejo Venancio, pero con ese título para mí que era un libro de canciones verdes.

—Mmmm —dijo el viejo— ...sí, creo que me acuerdo una de las canciones... era algo así... "Tengo un clavito, Martita, tengo un clavito pa' vos, así que no te hagás la concha estrecha, abrite de gambas y dejame que te dé pa' que tengas y aúlles de dolor y placer, perra estúpida". Bueno, algo así, quizás la melodía no era exactamente esa y tal vez la rima no esté muy ajustada, pero la idea general de la canción era así. Había otra que decía "Tu corazón, mamá, tu corazón, es un órgano interno de vital importancia que realiza funciones de bombeo de la sangre, oxigenando todas las células del cuerpo y capturando el dióxido de carbono de ellas en la parte hemo de la hemoglobina, pues bien, como te decía, tu corazón, mamá, tu corazón, late acelerado cuando me bajo el pantalón y te muestro mi poronga tiesa, así que no te hagás la concha estrecha, abrite de gambas y dejame que te dé pa' que tengas y aúlles de dolor y placer, perra estúpida". Ah, y esa tan famosa "Pican, pican los insectos dípteros hematófagos, realizando su operación con mucho disimulo, picando unos en la cara y otros en el culo, que es por donde te voy a dar masita ni bien acabe de trabajarte la argolla, así que no te hagás la concha estrecha, abrite de gambas y dejame que te dé pa' que tengas y aúlles de dolor y placer, perra estúpida".

—Como que este Bach tenía una obsesión poética recurrente, ¿no? —comentó el Tuerto, que no quería perder oportunidad de recordarnos que, si bien el viejo Venancio era el más sabio, él era del más inteligente de todos.

—Sí, y sus buenos problemas le acarreó —contestó el viejo, tampoco queriendo perder terreno en este duelo intelectual—. Es por eso que se dio a la fuga el tal Bach.

—Entonces, es bastante probable que se haya muerto en el exilio y la clandestinidad —metió la cuchara el Bubi, que se esforzaba por salir de su eterno segundo puesto.

—Quizás hasta haya fundado un culto y las viejas sean sus seguidoras, sus vírgenes vestales que vienen a rendirle homenaje en el valle donde su Mesías falleció, luego de un aquelarre fuera de control, en el que las relaciones carnales entre humanos y demonios pusieron en duda todo lo que es bueno y santo en este mundo —acotó el gordo César, que no era inteligente ni quería serlo.

—¡Naaaaah! —dijimos todos.

—Se me ocurre un plan —dijo el Bubi—. Lo disfrazamos al Tuerto de vieja y lo infiltramos. Y después venís, Tuerto, y nos contás.

Al Tuerto mucho la idea no le gustó. No sabemos si porque tenía que vestirse de mujer o porque no se le había ocurrido a él, pero no le gustó. De cualquier manera, nos importó un rábano su opinión, y finalmente lo convencimos. Tres meses adentro del aljibe del viejo Gutiérrez convencen a cualquiera, claro, y el tratamiento de cachiporrazos que el Bubi y yo le aplicamos por otros dos meses ayudó bastante a ablandar el carácter arisco del Tuerto. Y al año siguiente, cuando las mujeres llegaron, lo infiltramos entre ellas. Doña Filomena le había hecho un vestido igualito a los de las viejas y Doña Encarnación lo había maquillado que era un primor. Si no fuera porque uno no es uno de esos, el Tuerto estaba para darle masita. En serio.

El Tuerto se mezcló rápidamente entre el grupo de viejas y, desde donde estábamos escondidos, ni se notaba la diferencia. De más cerca tampoco, porque las viejas no le hicieron nada, así que aparentemente todo estaba bien. Bah, digo "aparentemente" y uno puede pensar que, en realidad, después no estaba todo bien, pero no, todo estaba bien y así siguió toda la noche, con el Tuerto cantando "Bach ha muerto" y tomado el té y mirando la Cruz del Sur y todo eso. La verdad, no sé por qué dije "aparentemente". Es que digo tantas cosas que no sé por qué las digo que si llevase la cuenta, no sé, sería una cuenta larga. Por eso no llevo la cuenta, para no llevar una cuenta larga. Es muy incómodo y prefiero llevar otras cosas más útiles, como una cantimplora, o aguja e hilo, o un sacacorchos. Alguien debería escribir un libro sobre el sacacorchos, es un invento muy útil que ha sido injustamente olvidado por los escritores de libros, que prefieren, no sé, dedicarse a hablar de submarinos o de cohetes a la Luna o de tantas otras cosas que, porque son espectaculares parecen más importantes, pero no, son sólo espectaculares. Ya los quiero ver con una botella de vino cerrada y con un submarino o un cohete a la Luna en la mano, a ver si les parecen tan lindos ahora como cuando escribían sus libritos, eh.


Ilustración: Saurio

Y cuando amaneció, las viejas se fueron y el Tuerto se fue con ellas. Subió las montañas y se fue.

Lo esperamos un día, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, lo esperamos otra semana, otro mes, y otro mes, y otro mes. Pero el Tuerto no volvía.

Las que volvieron, al año, fueron las viejas, bajando de las montañas, marchando arrítmicas y tarareando una melodía bastante fúnebre, con sus medias en la mano y sus telescopios, con sus mesitas y sus juegos de té. Claro, eran dieciocho y no diecisiete.

—Una ha de ser el Tuerto. —dijo Policarpo —Vamos a buscarlo.

Así que nos acercamos, buscándolo entre las mujeres. Pero no lo encontramos. Había una que se le parecía pero en cuanto nos vio nos tiró con una piedra. Además, era una mujer y no un tipo disfrazado de mujer. Hasta nosotros nos dábamos cuenta de la diferencia y eso que no nos damos cuenta de nada.

Ninguna de las otras mujeres tampoco era el Tuerto. Eran las mismas que siempre, sólo que había una de más, pero no sabíamos cuál.

—¿Y ahora qué? —preguntó el Cholo y el Bubi, que es el más inteligente, pero no el más sabio, le dijo:

—Y ahora nada.

—¿Nada? —dijimos todos.

—Nada.

Tenía razón. Bach se había muerto y nosotros nada podíamos hacer. Miramos un rato más a las viejas y después nos fuimos.


Y aquí vienen nuevamente, como todos los años, bajando de las montañas, marchando arrítmicas y tarareando una melodía bastante fúnebre. Pero ya no les damos mucha bola. En realidad, nunca le damos mucha bola a nada. Es que suceden tan pocas cosas por estos parajes que cuando algo sucede mucha cuenta no nos damos.



Saurio (ya lo dijimos) nació en Buenos Aires en 1965. También dijimos que le preocupa su futura muerte, lo que lo estimula a aprovechar el poco tiempo que le queda sobre la tierra dedicándose a cuanta arte, ciencia o religión se le cruza en el camino. Ese es el motivo principal de sus frecuentes apariciones en Axxón: escribe mucho. Publicamos "Las fronteras se han hecho para ser cruzadas" (149) y "No me pidas un milagro" en FICCION BREVE dos (147). Este mes, además de este relato irreverente, lo volverán a encontrar cuando publiquemos un artículo en el que analiza algunos espinosos temas ideológicos en Star Trek.


Axxón 151 - Junio de 2005
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Humor: Realismo conjetural: Literatura experimental: Argentina: Argentino).

            

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