DESDE LA JAULA

Fabio Ferreras

Argentina

1

Un domingo por la tarde, Viviana y Matías me ayudaron a cargar en el auto un par de gaseosas y un montón de tortas fritas, y salimos hacia el parque de la ciudad. Era un agradable día de mediados de otoño; ninguno de nosotros podía sospechar lo que estaba a punto de suceder.

Cuando hablo de «nosotros» no me estoy refiriendo sólo a mi familia y a mí, sino a todos ustedes en general, a los que creían, al igual que yo, que no iban a verse afectados por los fatales alcances de la decadencia...; y es que el sistema por fin había encontrado la manera de obligarnos a arrojarnos contra nosotros mismos. A veces, acurrucado al fondo de la jaula, sin poder dormir, cubierto por estas tiras de papel de diario mojado y con el hambre instalado en las tripas como un parásito insaciable, he llegado a preguntarme por qué tardaron tanto tiempo en implementar este método. Me lo sigo preguntando ahora, mientras contemplo las caras inexpresivas de los demás..., me lo pregunto incluso cuando sospecho que el mismo pensamiento ronda por la mente de todos. No encuentro respuesta. Y si la hay, no me importa.

Porque estoy aquí y no puedo salir. Con eso me basta.

Con estar en esta jaula.


2

El parque no queda muy lejos. Desde casa se llega en no más de cinco minutos. Viviana puso en el estéreo del auto un cassette de clásicos infantiles, el preferido de Matías. Cantamos los tres juntos durante gran parte del recorrido. Matías no dejaba de saltar sobre el asiento trasero al compás de la música, y su sonrisa de dientes de leche parecía adherida al espejo retrovisor.

Al detenernos en un semáforo, a sólo dos cuadras de la avenida, un adolescente de anteojos oscuros que cruzaba la senda peatonal extrajo un enorme y manoseado revólver de la campera y nos contempló desde la profundidad de las lentes, como decidiendo si valíamos el esfuerzo. A veces pienso que ni siquiera nos reconoció.

No fuimos merecedores de su atención. El chico siguió caminando como si nada y apoyó el revólver sobre la cabeza del motociclista que había frenado a mi izquierda. Aunque no llevaba casco, de nada le hubiera servido tenerlo. A tan escasa distancia, el disparo resultó catastrófico y ensordecedor.

Tanto Viviana como yo observamos la escena de reojo, intentando dar el aspecto de no parecer ni interesados ni conmovidos. Pero infinidad de pensamientos me cruzaron por la mente:

¿Por qué habré respetado el semáforo, si ya casi nadie lo hace?

¡Me dijeron mil veces que es peligroso frenar en los cruces!

¡No lo mires, Viviana, por favor que no note que lo estamos mirando!

Sólo comencé a inquietarme de verdad cuando percibí por el espejo retrovisor que Matías observaba, fascinado, cómo el de los anteojos hacía a un lado al cadáver decapitado y se trepaba a la moto.

Vos tampoco lo mires, Matías, ahí no hay nada que te interese.

Mejor no enterarse de algunas cosas y ya tendrías que saberlo porque sos lo bastante grandecito.

¿Por qué seguís mirándolo?

¡Ya vas a ver cuando lleguemos a casa! ¡Vamos a hablar muy seriamente!

Pensé algo parecido a aquello, entremezclado, mientras el semáforo se ponía en verde y la moto salía escarbando. El olor a caucho quemado inundó mi nariz. Yo también apreté el acelerador y dejé atrás el cuerpo que se desangraba lentamente sobre el pavimento. Pero no fue el hedor del caucho quemado ni el de la sangre caliente lo que nos arruinó la tarde, sino la implementación del régimen de la jaula.


3

Permanecimos callados hasta llegar al parque. Temí que fuese demasiado para Viviana, que decidiese terminar de golpe con nuestra tarde de picnic y me pidiera volver a casa pero, increíblemente (por primera vez pensé en lo poco que conocía a mi mujer), la horrible escena de violencia la afectó de manera opuesta. De pronto sus ojos comenzaron a brillar, como esperanzados. Se dio vuelta en el asiento, desajustó el cinturón de Matías y, con cierta dificultad, lo alzó hasta su asiento y acomodó al chico en su falda. Lo abrazó muy fuerte. Apretaba los dientes y susurraba en voz baja, quizá al oído de Mati, aunque éste no parecía escuchar sus palabras. Ignoro qué le decía. No me atreví a volver a preguntarle si se sentía bien. La respuesta parecía obvia y, al mismo tiempo, no lo era.

Llegamos al parque en silencio. Ni siquiera recuerdo quién de nosotros fue el que apagó el estéreo.


4

Una vez allí, rodeados por los árboles desnudos y por el aire frío de otoño, nuestro ánimo cambió y recuperamos parte de la alegría. No mucha, pero al menos una parte apreciable. El recuerdo del motociclista muerto ya había quedado atrás. O eso esperaba. El semblante de Viviana era un absoluto misterio.

Bajamos del auto. Nuestras pisadas sonaban como chasquidos al caminar sobre las hojas secas y amarillentas que se mezclaban con la tierra y el pasto. Elegimos un árbol alejado de los otros, porque necesitábamos estar solos, disfrutar de nosotros mismos, recuperar nuestra noción de ser tres, y no un trío de personas. Nos acomodamos sobre el mantel que desplegó Matías con gestos aparatosos (Viviana lo dejó hacer, con una semi sonrisa en la cara) y destapamos el termo lleno de gaseosa y la bolsa con tortas fritas. Empezamos a comer y beber, siempre en silencio. De vez en cuando nos reíamos, pero eran risas forzadas, artificiales. Hasta las de Mati parecían diferentes, como si fuera un costado oscuro de sí mismo el que reía.

El parque estaba muy concurrido. Al parecer no habíamos sido los únicos que habían decidido salir para disfrutar de la tarde. Había gran cantidad de familias desparramadas entre la arboleda, sentadas sobre manteles o frente a mesas de picnic, o simplemente en el césped marchito; había hombres gordos de gorra y camiseta musculosa que apagaban las últimas brasas de un asado ya consumido; había padres e hijos que jugaban al fútbol con pelotas multicolores; chicos que perseguían a sus perros entre gritos, carcajadas y ladridos y, alejados del grupo central y en dirección al extremo oeste del parque, podían divisarse los barriletes que se remontaban con suma dificultad por encima de los pinos y los robles. El aire estaba muy quieto y condensado, como a la expectativa, y las cruces de papel no conseguían elevarse demasiado. Desde abajo, los chicos seguían soltándoles hilo. La atmósfera parecía contener la respiración.

La calma concluyó con la aparición de la policía. Llegaron repartidos entre dos autos patrulleros —con la sirena y las luces azules aparatosamente encendidas—, un camión penitenciario y una camioneta sin distintivos, de aspecto poco oficial. Ésta última llevaba en su parte trasera un bamboleante amontonamiento de caños oxidados. Estacionaron en medio del claro, esquivando a duras penas los fogones, los perros y las pelotas de fútbol que se les atravesaban por el camino.


5

Fue todo tan inesperado que muy pocos pensaron en subir a sus coches para escapar. Algunos lo hicieron, pero fueron los menos. Nosotros nos quedamos inmóviles, sentados bajo la reducida sombra del árbol y sin tener ni idea de lo que estaba sucediendo.

Viviana me miró fijamente sin decir palabra, como esperando una aclaración, pero lo único que fui capaz de hacer fue atraer a Matías bien fuerte contra mí, confiando en que no podía pasar nada demasiado grave.

—¿Están buscando al de los anteojos negros, papá? —me dijo Matías. Su voz sonó seca, estridente, aflautada.

Tardé un momento en entender a quién se refería. Me pregunté si Matías sabía quién estaba tras esos anteojos negros.

Los oficiales descendieron de los patrulleros y comenzaron a dispersarse por el claro, a unos diez metros de distancia. Desenfundaron sus armas. La gente sólo se miraba entre sí, desorientada.

—Me parece que no, Mati —respondí, con la voz ahogada—. Están buscando otra cosa.

Viviana me tomó bien fuerte de mi mano libre, la que no aferraba a Matías.

—¿Y qué puede ser? —me preguntó, con sus ojos verdes agrandados por el temor. Temí que la intensidad de su mirada me traspasara la cabeza de lado a lado, como un balazo certero, como el balazo que mató al motociclista.

Dos de los oficiales se separaron del grupo y caminaron hacia nosotros. Varios más descendieron del camión penitenciario: llevaban escopetas recortadas.

—No lo sé; juro que no lo sé —mentí. Por alguna razón empezaba a sospecharlo. Percibí que sólo podía haber una víctima, y que esa víctima tenía que ser yo.


6

Los policías se detuvieron a nuestro lado. Ambos vestían los uniformes azules reglamentarios y llevaban las pistolas apuntando al suelo. El más alto de los dos lucía un tupido bigote negro que se sacudió como un cepillo en cuanto comenzó a hablar.

—Usted —dictaminó, señalándome a mí—. Va a tener que acompañarnos.

—Escuche un momento, yo... —balbuceé.

—¡Mi marido no tiene nada que ver! —gritó Viviana—. ¡Y ni siquiera le vimos los ojos; tenía puestos unos anteojos polarizados que le ocultaban la mitad de la cara!

Decidí tranquilizarla. Se veía muy alterada y no quería que Mati se asustara más de lo que ya estaba. Nunca olvidaré su carita blanca, despavorida, con esa expresión de horror que yo nunca le había conocido, ni siquiera ante la vista del asesinato del motociclista.

—Vivi, querida, calmate; debe haber un malentendido. Cuando sepan que no tenemos na...

—No es ningún malentendido, señor —me interrumpió el oficial, alzando un poco la pistola. Sentí que el movimiento oscilante de su bigote me hipnotizaba—. Acompáñenos hasta el claro ahora mismo, si me hace el favor. Le agradecería que no nos obligue a llevarlo por la fuerza. —Se volvió hacia su compañero—. Cabo, conduzca a la mujer y al niño al camión.

—Enseguida, señor.

El segundo hombre se adelantó un paso hacia Viviana. Hasta ese momento estuve sujetando a mi mujer y a mi hijo, los abrazaba animosamente por los hombros pero, en cuanto el oficial avanzó, fue como si la energía me abandonara y se escurriera por entre las hierbas secas del suelo. Los desasí bruscamente, como si acabaran de aplicarme una descarga eléctrica, y me incorporé para enfrentarme con el oficial al mando. Me acerqué a él.

—Lléveme. A donde sea —exigí—. Terminemos rápido.

Escuché a mis espaldas el llanto furioso de Viviana. Matías estaba silencioso. Me resultó imposible mirar atrás, y no sólo porque el policía me esposaba las muñecas y me obligaba a avanzar hacia el grupo que se estaba reuniendo en el claro, sino porque tuve miedo de haberme resignado demasiado dócilmente. Viviana gritó dos veces mi nombre, y eso fue todo.

De la camioneta habían bajado un par de hombres flacos y anodinos, de aspecto mugriento, que fueron hasta la parte trasera y empezaron a descargar los caños oxidados. Un policía se acercó a ayudarlos, equipado con una pala y una maza de considerable tamaño, mientras yo me unía al creciente grupo de detenidos. Nos miramos entre nosotros, luego bajamos la vista, avergonzados.

Tardaron aproximadamente media hora en montar la jaula.


7

A todos los demás (me refiero a los familiares y amigos que no fueron a parar a la jaula) los forzaron a subir al camión penitenciario. Entre la multitud divisé a Viviana y a Matías. Subieron sin quejarse, en absoluto silencio, como si intuyeran que era inútil protestar. La violencia de los empujones era del todo innecesaria. Cinco minutos después el camión se marchó del claro a paso de tortuga, ya que no tenía razones para apresurarse: había cumplido con su misión. Algunos perros lo persiguieron ladrando, repentinamente privados de sus dueños. Al igual que los perros, también los barriletes se beneficiaron de una libertad que en realidad nunca habían pretendido; cuando el sol ya rozaba las copas de los árboles se levantó una potente ráfaga de viento que los remontó hasta el cielo del atardecer, haciéndolos perder de vista.


8

Nuestra jaula no era muy amplia, apenas un círculo de unos cinco metros de diámetro delimitado por unos caños clavados al suelo de manera apresurada. No obstante, cuando intenté moverlos no logré desplazarlos ni un centímetro. Estaban profundamente hundidos.

Éramos alrededor de veinte personas, repartidos entre hombres y mujeres en partes más o menos iguales. También había un par de chicos, un nene y una nena (ésta parecía tener la misma edad que Matías: cinco años recién cumplidos), y fue al tomar conciencia de su desamparo —la nena lloraba desconsoladamente— cuando me obligué a avanzar hasta la entrada de la jaula y llamé al oficial de guardia.

—¡Oiga, usted! ¡Tengo que hacerle una pregunta! —le grité, aferrándome con fuerza a los barrotes. Los policías nos habían sacado las esposas al meternos en la jaula, para luego retirarse sin darnos mayores explicaciones. Fumaban sin conversar al borde del prado, apoyados en los capós de los patrulleros. Tenían todo el aspecto de estar esperando algo, nuevas instrucciones tal vez.

El oficial se acercó a la jaula; era joven y lampiño y no existía ninguna posibilidad de que alguna vez llegara a lucir el bigote tembloroso del que me había colocado las esposas.

—¿Qué quiere? —dijo—. Por si no se dio cuenta, le aviso que aquí estamos llevando a cabo un importante procedimiento policial. Sus preguntas serán respondidas cuando el comisario lo considere pertinente. Llegará en unos minutos.

Empezaba a oscurecer y la única iluminación era la luz azul que destellaba en el techo de los patrulleros.

—¿Adónde llevaron a la gente del camión?

—Pregúnteselo al comisario cuando...

—Oh, vamos, déjese de estupideces —interrumpí, hastiado—; respóndame esta pregunta, es lo único que le pido. Al menos podré decirle algo a los chicos que están llorando allí atrás. Yo podría ir y tranquilizarlos; ni usted ni yo tenemos necesidad de escuchar sus lloriqueos, ¿no le parece?

El oficial quedó un segundo en silencio, considerando mi propuesta, y luego dijo:

—Tanto los elementos masculinos como femeninos fueron devueltos a sus hogares en perfectas condiciones. No estoy autorizado a agregar nada más al respecto, al menos hasta que llegue el comi...

Se interrumpió al advertir que un nuevo vehículo estacionaba junto a la jaula. Se trataba de la furgoneta del canal de televisión local. El policía no continuó la frase; corrió a reunirse con sus compañeros, quienes ya se dirigían hacia la furgoneta.

Los demás ocupantes de la jaula se agolparon a mi lado, junto a los barrotes oxidados. Alguien me preguntó qué era lo que había estado hablando con el guardia, pero decidí ignorarlo. Lo que hice fue acercarme a los dos chicos, sentarme entre ellos, y pasarles un brazo sobre el hombro a cada uno, atrayéndolos hacia mí como lo había hecho con mi esposa y mi hijo menor esa misma tarde.

—No lloren chicos, no lloren; sus papis están bien y pronto los van a venir a buscar. En cuanto a nosotros... —observé a los técnicos del canal que descendían de la furgoneta y comenzaban a instalar el equipo de transmisión. Los dos chicos habían dejado de llorar y se concentraron en mis palabras, con atención infinita—... bueno, a nosotros no nos va a pasar nada malo. Estamos adentro de la jaula ¿no? —Y señalando a los policías con un dedo no demasiado firme, agregué—: son ellos los que se quedaron afuera.


9

Varias cámaras de televisión fueron dispuestas de forma perimetral para que el espectador, desde la comodidad de su hogar, pudiera apreciar diferentes tomas del interior de la jaula. Sobre elevados soportes, deslumbrantes focos de iluminación difundían en el prado un resplandor lechoso y eléctrico. Como no tenía reloj, calculé que serían cerca de las diez de la noche. El viento que se había llevado los barriletes se colaba entre los barrotes y nos adhería la ropa al cuerpo. Hacía mucho frío.

Enfrentado al ojo ciego de la lente, el presentador del programa se acomodó la corbata, puso el micrófono en posición y esperó la señal del asistente. A su lado se encontraba el comisario, un hombre inmensamente gordo cuya papada le colgaba desde las orejas como una bolsa de grasa que parecía a punto de desprenderse en cualquier momento.

«Quizá se le caiga en pleno reportaje», pensé, y la idea me pareció graciosa y horrible al mismo tiempo. Sonreí. También lo hizo la niña, ahora sentada en mi regazo. Su hermanito dormía con la cabeza apoyada sobre mi antebrazo derecho.

El comisario acababa de llegar al parque; pidió disculpas por su retraso. Sendas gotas de transpiración le nacían en la línea del cuero cabelludo, justo por debajo de la gorra. Me pregunté cómo podía transpirar con ese frío. Se alisó el uniforme con una mano rechoncha y rosada, y carraspeó impaciente.

El asistente de transmisión levantó una mano con tres dedos extendidos.

—¡Estamos en directo con el estudio...! —exclamó.

Cerró el pulgar y dejó los otros dos en el aire, como anunciando una victoria personal. El periodista también carraspeó y se puso en posición de firmes. Parecía mucho más autoritario que el gordo que tenía parado junto a él.

Un dedo.

Ninguno.

—¡En el aire!


10

—Gracias, estudios centrales —pronunció el periodista—. Transmitimos esta edición especial directamente desde el parque de la ciudad, sitio elegido por las fuerzas policiales para implementar un innovador sistema de seguridad. Pero dejemos que sean las propias autoridades quienes las expliquen. A mi lado se encuentra el comisario... eh... ¿su nombre, por favor?

—Soy el Comisario Ezequiel Damasco, de la tercera jurisdicción —dijo el gordo, solemne, mientras la papada se bamboleaba a sólo dos centímetros del micrófono.

—¿Podría explicarnos exactamente en qué consisten estas nuevas medidas?

—Afirmativo.

Se hizo un silencio. La gente de la jaula se removió inquieta, pendiente de la conversación.

—¿Y bien —continuó el periodista—, podría explicarlas?

—Le dije que sí.

—Entonces hágalo. Estamos en directo —dijo el periodista, sonriendo a la cámara.

—¿Quiere decir que nos están viendo en este momento? ¿No lo están grabando?

—Estamos transmitiendo en directo con la cadena nacional, comisario Damasco. La cámara está a su disposición y puede dar comienzo a su discurso; la gente está aguardando.

—De acuerdo. —El comisario le arrebató el micrófono al periodista y dio un paso al frente, en dirección a la cámara. Sacó un papel arrugado y lleno de tachones del bolsillo de la camisa; imaginé que sería el discurso.

En miles de hogares, a todo lo largo del país, el rostro hinchado de Damasco invadió las pantallas de miles de televisores. Pude imaginar a Viviana y Matías sentados en el sofá de uno de aquellos hogares, en el mío, contemplando la imagen del policía. Me pregunté qué estarían sintiendo exactamente. ¿Experimentarían miedo por lo que pudiera llegar a pasarme, o miedo por lo que pudiese sucederle a ellos?


11

—Nuestro país está atravesando un lamentable período de guerra civil —recitó el comisario—. Que esta guerra no esté declarada no significa que no exista. El crimen se pasea libremente por cada una de las calles de nuestra patria, impune, abusando de los derechos de nuestros ciudadanos, ultrajando sin miramientos a una clase trabajadora que ya bastante sufrimientos tiene que soportar. Estos oportunistas, la lacra completa de nuestra sociedad, los asesinos, los ladrones y los violadores, han sido asimilados por una cultura popular en decadencia. Primero fueron venerados como víctimas de un sistema corrupto y luego se los hizo a un lado, descartándolos como si fueran una rareza que había dejado de ser pintoresca. Se instaló la práctica del «no te metás». Empezó a ser preferible no mirar al vecino mientras le volaban la cabeza de un disparo.

El recuerdo del motociclista me cruzó la mente en un parpadeo, dejándome con un amargo sentimiento de culpa. Abracé más fuerte a los chicos, y su calor me reconfortó.

—Las fuerzas policiales fueron diezmadas —continuó leyendo el comisario—. En lo más profundo de los barrios suburbanos, las cabezas de los oficiales, cobardemente asesinados, comenzaron a ser exhibidas como trofeos de guerra junto a sus galones, armas y chalecos antibalas. Nuestra institución fue aniquilada. Lo que ustedes están viendo en este momento —señaló con un gesto a los policías que rodeaban el prado y éstos saludaron a la cámara cuando fueron enfocados— constituye el último resto de un organismo que ya no posee las facultades necesarias para defender y preservar la ley. Ya no podemos combatir el crimen, en ninguna de sus formas. El, ehh...

El comisario dio vuelta la hoja y siguió leyendo.

—Decía que ya no podemos combatir el crimen, en ninguna de sus formas. Por esa razón, el Gobierno, respaldado por las más altas entidades internacionales, ha decidido implementar una novedosa técnica. Dieron en llamarla «El método de la jaula». Nosotros, como institución policial, somos una parte importantísima del esquema recientemente establecido.

Aspiró aire un segundo y continuó la lectura:

—Ya no podemos atrapar criminales, es verdad, pero lo que sí podemos hacer es apresar ciudadanos honrados, sobre todo si están distraídos y pertenecen a la clase media trabajadora. Su desprotección es absoluta. Y esta tarde apresamos a los primeros; los encerramos en esta jaula, debidamente montada para la ocasión.

La cámara giró y nos enfocó para que los televidentes se hicieran una idea de la situación.

—Claro que esta jaula no es la única, por supuesto —continuó—. En el día de la fecha, esta acción ha sido llevada a cabo en las ciudades más importantes del país. Mañana continuaremos abriendo nuevas sucursales de las jaulas en un número que hasta el momento no ha sido estipulado. Tantas como sea necesario, imagino. Esto último no forma parte del discurso; se entiende que se trata de una apreciación personal.

Por el tamaño del papel, era obvio que el discurso estaba llegando a su fin.

—De manera que, ciudadanos y vecinos, habitantes de nuestra querida república, ya no pueden seguir permaneciendo al margen de nuestra lucha diaria. El sistema policial necesita nuevos aliados, requiere de toda la ayuda que se le pueda prestar.

Miró fijamente a cámara y pestañeó.

—Por cada criminal muerto que sea traído aquí, junto a esta jaula, será liberado uno, y sólo uno, de los ciudadanos alojados en su interior. Con este discurso me dirijo en especial a los amigos y familiares directos de estas personas injustamente enjauladas, a quienes les pido que presten el suficiente interés a mis palabras, en el caso de que deseen que sus seres queridos recuperen la libertad. ¿Acaso merecen permanecer así habiendo tantos asesinos y delincuentes sueltos por ahí? Por supuesto que no, y todos lo sabemos. Por lo tanto, y gracias a la presente, la sociedad toda ha sido notificada del nuevo procedimiento. Su correcta implementación dependerá de ustedes, de su capacidad para permanecer alertas a los crímenes que se cometan a su alrededor, y de su habilidad para apresar a estos delincuentes y traerlos hasta aquí, previamente ajusticiados. Recuerden a sus familiares y amigos; son ellos quienes más confían en ustedes. De hecho, es la única posibilidad que les queda.

Se giró hacia al periodista como para dar por terminada la entrevista, pero recordó algo más y volvió a enfrentar la cámara. Los pliegues de su papada parecieron volverse locos.

—¡Ah, lo olvidaba! El canal estatal transmitirá en directo, las veinticuatro horas del día, lo que suceda en cada una de las jaulas, en un programa rotativo que le dedicará quince minutos de tiempo a cada una. Así que si hay comerciantes interesados en aprovechar los espacios publicitarios...


12

Nos dispusimos a pasar la primera noche. Tomé a los dos chicos de la mano y los conduje al extremo de la jaula más alejado de las luces y las cámaras. Se dejaron llevar, dóciles como cachorritos perdidos..., en definitiva eso es lo que eran. Los demás deambulaban entre el reducido espacio libre como zombis: caminaban de acá para allá, sin hablar, tratando de no rozarse entre sí, la mirada perdida más allá de los barrotes oxidados. Nadie intentó sentarse, al menos no todavía. Los oficiales habían instalado la jaula en una zona libre de césped y plantas, así que el suelo frío y terroso no ofrecía ninguna comodidad.

Algunos me dirigieron una mirada interrogante cuando pasé entre ellos con los chicos, pero nadie preguntó nada. Quizá suponían que yo era su padre, que había sido el único en ser encerrado con sus hijos. Sus miradas de odio me lo dijeron. Que piensen lo que quieran, me dije, instalándome contra los barrotes helados. Mi espalda se entumeció de inmediato.

—Vengan, siéntense aquí —les dije. Los chicos, obedientes, se sentaron cada uno a mi lado. Me desprendí la campera (era fina y abrigaba poco, pero aquella tarde, al ponérmela, no había pensado en pasar la noche enjaulado) y los arropé con ella como pude.

Casi enseguida se encendió un nuevo reflector y un camarógrafo llegó corriendo al otro lado de la jaula, cámara al hombro. Nos empezó a filmar de inmediato.

«Hola Viviana, hola Mati», pensé, atontado. «Papi los saluda. Papi está bien así que no se preocupen por él. Ya vamos a ver cómo salimos de ésta.»

Agité la mano hacia la lente a manera de saludo, cerré los ojos, hundí el mentón en mi pecho y me dormí de golpe. Así de fácil. No me importó que miles de televidentes me estuvieran mirando; no me importó que fuera mi rostro el que les hiciera tomar conciencia del horror que representaba el régimen de la jaula. Me conformé con que mi mujer y mi hijo supieran que estaba bien, al menos de momento.

Dormí tranquilo y sin sueños. Ignoro cómo habrán pasado los demás aquella primera noche.


13

El día siguiente amaneció tan gris y cerrado que los barrotes de la jaula parecían clavarse en las nubes bajas.

Desperté descansado, alerta, todavía abrazado a los chicos. Abrieron los ojos y bostezaron en cuanto traté de incorporarme. Sonrieron tristemente al escuchar el crujido de mis articulaciones; me dolían un poco la espalda y el cuello por la posición forzada, pero el dolor pasó rápido.

Los otros cautivos también comenzaron a despertar, uno a uno y en silencio. Miraron a su alrededor con la misma mirada ausente del día anterior: quizá habían guardado la esperanza de que todo fuese un sueño, o una pesadilla, quizá esperaban despertar en sus propias camas y junto a sus mujeres o esposos.

Pasamos la mañana sin hablar. Los oficiales daban vueltas en el prado, alrededor de la jaula. Rondaban y cuchicheaban entre ellos, nerviosos, como si fueran ellos los enjaulados y no nosotros. Las cámaras de televisión y sus respectivos operarios seguían en sus sitios, filmando cada uno de nuestros gestos y movimientos.

A media mañana no lo pude soportar más. Era un milagro que hubiese podido aguantar hasta entonces. Caminé hasta el borde la jaula y me desabroché el cinturón y el botón del pantalón; estaba a punto de bajar el cierre cuando llegó trotando el camarógrafo, dispuesto a no perder la ocasión de registrarme orinando. El miembro se me encogió instintivamente, como si quisiera meterse dentro de mi cuerpo en busca de intimidad.

—¡Rajá de acá, degenerado! —grité, comprendiendo que era un error, que lo único que lograba era que los televidentes se revolcaran morbosamente en los sillones de sus casas.

Apreté los párpados y los dientes. Mi vejiga era un globo lleno de tibieza que explotaría de un momento a otro, sin obedecer a mi voluntad. Caí de rodillas, dolorido.

De pronto, el cámara dejó de enfocarme y se desplazó unos pasos a mi izquierda. Miré hacia allí y descubrí que el menor de los dos chicos orinaba alegremente la base de los barrotes. El arco dorado pegaba contra el hierro y se desmenuzaba en un millón de gotas, como chispas que caían y se apagaban contra el suelo. Me miró y compuso una mirada pícara, de nene feliz. El camarógrafo no le sacaba la lente de encima.

Aproveché para aliviarme. Cuando el cámara llegó corriendo a mi lado yo ya me había subido la bragueta, arrodillado en mi propio charco de orina.

—Andá a cagar —le dije.

—Descuidá, que el que se va a ir a cagar sos vos. —Una sonrisa—. Y yo te voy a estar filmando.


14

Al mediodía nos dieron de comer: nuestra primera comida en cautiverio. El policía lampiño con el que había hablado antes nos acercó unos sándwichs de mortadela rancia. No la habrían aceptado ni los perros que todavía deambulaban por allí.

—Que les aproveche —nos advirtió—, ya que no van a tener más en todo el día. Hasta que el canal no consiga esos famosos anunciantes...

Después trajeron cuatro o cinco botellas de vino, las mismas que los oficiales habían tomado la noche anterior sentados dentro de los patrulleros, probablemente con la calefacción encendida. Las habían vaciado y vuelto a llenar con agua de red, utilizando una canilla solitaria que se asomaba al borde del prado, entre unos yuyos secos y de sucio color amarronado. El agua sabía dura, metálica; era casi tan espesa como un jarabe. Pero la tomamos igual porque no teníamos otra opción.

Compartí mi sándwich con los dos chicos. Resultó que eran hermanos y se llamaban Esteban y Carla. Me costó que me dijeran sus nombres. Por supuesto, no quería imponerles mi presencia o afecto; prefería que ellos solos decidieran confiar en mí. Al principio pensé que los había adoptado, pero más tarde comprendí que fueron ellos los que me habían adoptado a mí. No entablé ningún tipo de relación con los demás ocupantes de la jaula, quizás porque ellos eran tan culpables como yo de nuestra situación. Con los chicos era diferente: al menos para mí, representaban la inocencia que habíamos perdido mucho tiempo atrás.

La lluvia empezó a media tarde y no remitió hasta bien entrada la noche. Terminamos calados hasta los huesos. Para lo único que sirvió fue para que varios de los enjaulados (aquellos que tenían problema de intimidad) pudieran orinar sin ser molestados por los camarógrafos, quienes se habían guarecido dentro de la furgoneta del canal. Incluso hubo dos o tres que aprovecharon para descargar el vientre. Tomé nota mental del rincón de la jaula así no me acercaba más por allí.

Fue cerca de medianoche cuando empezaron a llegar los autos de los curiosos, de aquellos a quienes no les alcanzaba con encender sus televisores y contemplarnos cómodamente instalados en sus cocinas y salas de estar. Y mucho después, luego de medianoche, fueron los otros los que desfilaron por el prado: los ladrones, los delincuentes, los asesinos. Conducían sus coches robados, se burlaban de nosotros y de nuestras precarias condiciones, tomando vino y cerveza directamente de las botellas; se burlaban también de los policías que montaban guardia alrededor de la jaula, agrupados entre los autos patrulleros como niños asustados. Nos gritaron obscenidades. Sus risas no me dejaron pegar un ojo por un buen rato, aunque finalmente logré dormirme.

Tampoco esa segunda noche tuve sueños, lo cual significó un alivio: no habría soportado tener una pesadilla en aquel lugar. Despertarse de ella hubiera significado caer en otra mucho peor, la pesadilla de la jaula.


15

Los días fueron pasando, confundiéndose en mi memoria como amargos terrones de azúcar arrojados a un café denso y oscuro.

Algunos de nosotros lograron salir, y aunque me alegro por ellos, me pregunto si habrán podido retomar su vida habitual. Es que la jaula te transforma. Hay un antes y un después de la jaula, y nadie podría negar la verdad de mis palabras.

Estuvo el caso de aquel señor mayor, un jubilado, que llegó una mañana con el cadáver de un arrebatador dentro de una bolsa de plástico negro. La arrastraba con cuidado, dolorosamente, dejando un surco oscuro sobre el césped amarillo del claro. El hombre era calvo, enjuto; llevaba unos lentes de armazón enorme torcidos sobre una nariz más grande todavía. Tras los cristales, los ojos extraviados mostraban un brillo de locura. Más tarde supe que el ladrón había intentado asaltarlo a la salida del banco, y que el anciano lo había matado de un navajazo.

Los oficiales de guardia tomaron los datos pertinentes, redactaron la denuncia y la declaración del viejo, y por último abrieron la jaula. Una ancianita encorvada salió corriendo para abrazarse con su marido y se retiró de nuestra vida para siempre. No alcancé a ver qué hicieron con el contenido de la bolsa de plástico negro, pero creo que la arrojaron cerca de la canilla, al borde del prado.


16

También estuvo el caso de la señora de ruleros, cincuentona, que llegó con dos ladrones muertos en el baúl del auto. Los había descubierto entrando por la ventana de su dormitorio justo cuando volvía de hacer las compras. Los acribilló a tiros allí mismo, entre la cómoda y la mesita de luz; desde el día de la implementación del método llevaba siempre su arma encima. Los oficiales dejaron en libertad a su hija (una adolescente un poco alocada que no pareció muy conforme con la idea de abandonar la jaula), no sin antes concederle a la señora un vale por un rescate extra, ya que recuperaba a un solo familiar y había liquidado a dos criminales. Tenía un punto a su favor. La hija le propuso regresar a la jaula y quedarse un par de semanas más, pero su madre fue terminante: no pensaba malgastar el vale extra de manera tan tonta.

—Además, quizá encierren al estúpido de tu padre. Será un estúpido, pero es el que trae el dinero a casa, ¿entendés? —explicó la señora.

A los dos ladrones los enterraron entre los árboles. Un par de fosas apresuradas y santo remedio.


17

Habrá sido una semana después cuando apareció una atractiva mujer de mediana edad, rubia y delgada, que fue directamente a hablar con los guardias. No miró en nuestra dirección. Escuché un chasquido en la garganta del hombre sentado a mi lado, al fondo de la jaula. Advertí que transpiraba profusamente, que abría y cerraba los puños, con los ojos cerrados. Supuse que se trataba del marido. O el amante. O lo que fuera; al tipo se lo veía muy angustiado.

La mujer había venido para pedir consejo: tenía un familiar alojado en una de las jaulas de la ciudad —aunque no especificó en cuál—, y no sabía cómo recuperarlo.

El comisario Damasco (solía venir de vez en cuando para pavonearse frente a las cámaras) le echó una mirada apreciativa, pareció gustarle bastante lo que vio, y se rascó pensativo la papada.

—Bueno, señora... —empezó.

—Señorita.

El tipo sentado a mi derecha se sobresaltó, y un leve gemido escapó de entre sus labios. Entonces supe que era el marido.

—Señorita, disculpe usted —continuó el comisario—. Dadas las circunstancias que me describe, no me queda otra opción que comunicarle que nosotros, como oficiales de este vapuleado organismo policial, no estamos aquí para orientar a los ciudadanos en busca de consejo. Nuestra misión es la de cuidar la seguridad de los detenidos. Pero, considerando que el suyo es un caso excepcional, podría aconsejarle que se busque alguna forma sutil e ingeniosa de atrapar a un delincuente por cuenta propia.

La mujer torció el gesto.

—¿Por ejemplo? —preguntó.

—Usted podría, ya que estamos, salir a recorrer el barrio como Dios la trajo al mundo..., desnuda quiero decir, a altas horas de la noche, con un arma blanca escondida en algún sitio a su elección, aguardando la llegada del violador quien, presumo, no dejará pasar semejante oportunidad —y el comisario le echó otro buena repasada—. Luego del altercado nos trae el cuerpo, o en su defecto el miembro que haya logrado amputar, y nosotros registramos la autenticidad del acto y liberamos a su familiar. Por supuesto, esto que le digo no es más que una sugerencia; nadie la obliga a usted a hacer nada, y en eso consiste la justicia del método de la jaula. ¿Me entendió, señorita? ¿Alguna pregunta?

La mujer se fue sin decir palabra, perdida en sus pensamientos. Mientras caminaba se iba desabotonando la blusa.

Su marido no abrió los ojos durante la conversación, aunque era obvio que lo había escuchado todo. Me pareció oír que murmuraba algo así como: «rápido, rápido, que ya no soporto más estar aquí...», pero no puedo asegurarlo. La mujer todavía no volvió.


18

Ayer aparecieron los padres de Esteban y Carla. Traían consigo un hombre amordazado. Tenía las manos atadas a la espalda con cinta de embalar, y un chichón de feo aspecto en la cabeza. Estaba vivo.

—El detenido tiene que ser entregado en condición de cadáver —objetaron los policías.

La pareja se miró entre sí, angustiada. Fue el marido el que dijo, en un susurro casi inaudible:

—Pero es que nosotros no... no podemos matarlo.

—¿Cargos?

—¿Perdón?

—Que cuáles son los cargos —dijo el oficial—. ¿Se trata de un ladrón, un chantajista, o un corruptor de menores?

—Es un infractor de tránsito —dijo la mujer. Sus ojos no se separaban de Esteban y Carla, que dormían entre mis brazos. Estábamos sentados muy cerca de la puerta.

—De acuerdo. Aquí tienen un arma. —El policía extrajo la pistola de la funda y la ofreció, diligente—. ¿Quién de ustedes va a hacerlo?

—¿Hacerlo? —preguntó el hombre, blanco como la tiza—. ¿Se refiere a quién de nosotros va a matarlo?

—Afirmativo.

Los ojos del infractor de tránsito iban de un lado para el otro, como si siguieran un partido de tenis transmitido en cámara rápida. Mascullaba algo tras la mordaza.

El marido aceptó el arma, pero se la pasó a su mujer. Ésta la tomó, la sopesó, intentó alzarla con cierta dificultad, y la dejó caer al suelo. La pistola se disparó con el golpe y la bala, milagrosamente, fue a dar entre las cejas del infractor de tránsito. Cayó muerto en el acto.

—Perfecto —dijo el oficial—. ¿Podrían señalarme al ser querido que han venido a liberar?

El marido avanzó hacia la jaula (su esposa no se movió; parecía incapaz de reaccionar), se detuvo junto a los barrotes, y nos señaló a nosotros tres.

—Esos son mis hijos. El señor no; me refiero a los dos chicos —dijo.

—¿Dos? —el oficial parecía confundido—. Ustedes acaban de colaborar con un único criminal. Me temo que sólo pueden retirar a un chico.

—¡Eso es una locura! ¡No puedo hacer distinciones entre mis hijos!

—Lo siento mucho, pero son las reglas. Tráigame dos criminales y yo le hago entrega de sus dos hijos.

El marido empezó a decir algo más, pero de golpe se contuvo. Miró a su alrededor, notó que él y el oficial estaban relativamente solos (los demás policías comían una pizza de aspecto grasiento dentro del patrullero), y entonces introdujo la mano en un bolsillo. Sacó la cartera.

—Escúcheme —dijo en voz baja. Pude escucharlo porque estábamos muy cerca—. ¿No podríamos arreglarlo de alguna forma? —Empezó a separar un par de billetes del resto. Habló sin mirar al policía a la cara—. Aquí tengo algo de dinero que no necesito; a lo mejor a usted le viene bien.

—¿Me está sobornando? —se escandalizó el oficial mientras estiraba una mano hacia los billetes que le ofrecían—. ¿Realmente cree que puedo dejarme corromper tan fácilmente? La institución policial está considerada como una de las más honradas entre... —comenzó a decir mientras tomaba el dinero y se lo guardaba en un bolsillo... pero nunca pudo terminar la frase. Se escuchó un fuerte estampido y la gorra azul le voló de la cabeza, al igual que gran parte del cuero cabelludo y caja craneana. Para cuando llegó al piso estaba tan muerto como el infractor de tránsito amordazado.

La mujer se acercó a su marido con la pistola humeante colgando de una mano. Se abrazaron. De repente comprendí lo que iba a suceder, así que sacudí a los chicos para que despertaran.

—Vamos, Carla, Esteban —dije—; papá y mamá vivieron a buscarlos. Se vuelven a casa.

Ambos chicos me contemplaron pestañeando, sin entender lo que pasaba.

Los policías salieron apresurados de los coches patrulla, a los gritos, desenfundando sus armas mientras corrían. En el interior de la jaula el silencio era absoluto; todos contenían la respiración. Imaginé que algo muy parecido le estaría sucediendo a los que presenciaban el desarrollo del altercado por televisión.

—Aquí les entrego a otro criminal. Delito de corrupción —anunció la mujer cuando llegaron los policías. Señaló el cadáver del oficial con el cañón del arma, indiferente a las pistolas que le apuntaban—. Lo descubrí en el momento justo en que aceptaba un soborno por parte de mi marido. Si le revisan el bolsillo de la camisa podrán encontrar la prueba. Además, estoy segura de que alguna de las cámaras que hay por acá tiene que haber captado la escena. —Se enfrentó a la jaula—. Y mis hijos son esos dos chicos que están allí.

No hubo demoras. Un par de guardias abrieron la puerta, tomaron a Carla y Esteban de la mano y se los llevaron de mi lado, como si nunca hubieran estado.

Antes de irse con sus padres, los chicos dieron media vuelta y me miraron a través de los barrotes.

—Chau, tío —se despidieron al unísono. Y luego, cada uno por separado—: Cuando salgas de la jaula vení a visitarnos.


19

Eso fue ayer. Hoy llegó una nueva remesa de prisioneros. Al principio éramos un grupo de veinte, podíamos movernos con cierta soltura. Ahora debemos ser más de cincuenta, lo que habla a las claras del progresivo aumento del índice de criminalidad. No sé si creerle a los rumores, pero hay quien afirma que ya se han construido centenares de jaulas a todo lo largo del país; que las fuerzas policiales ya no alcanzan ni para atrapar a viejitas reumáticas que ni se quejan mientras las arrastran a su nuevo alojamiento. La situación está fuera de control, dicen. No sé si creerles... pero lo cierto es que les creo.

Ni Viviana ni Matías vinieron a visitarme; jamás. Hubo veces en que deseé tener noticias suyas, saber si estaban planeando algo para sacarme de aquí, o si sencillamente me habían olvidado y habían decidido borrarme de sus vidas. Tarde o temprano lo sabré, y no logro decidir si quiero o no quiero averiguarlo.

Cada tanto pienso en el adolescente de los anteojos negros. Creo que incluso soñé algunas veces con él. El rostro que me observa tras esas gafas es muy parecido al mío, como tiene que ser.

Bueno, veo que aquí llega otra vez el comisario Damasco, con su papada oscilante y su uniforme pulcro y prolijo, con la raya de los pantalones tan marcada como la del cuero cabelludo. Lo acompaña el periodista televisivo, un camarógrafo y un ejército de técnicos que empiezan los preparativos de una nueva transmisión.

Parece que hay novedades: el comisario se acomoda frente a la cámara y vuelve a sacar el papelito del bolsillo. Sigo sentado al fondo de la jaula, con la espalda apoyada contra los barrotes, y sus palabras llegan nítidas hasta mí.


20


Ilustración: FRAGA

—Me ha sido encomendada la difícil tarea de informar a la ciudadanía de los lamentables resultados del procedimiento. Ya han transcurrido tres meses desde que se inauguró el método de la jaula y, sin embargo, lamento reconocer que no ha obtenido la trascendencia esperada por nuestras autoridades.

«¿Tres meses? ¿Ha dicho tres meses?», pienso, y noto que las mismas preguntas se multiplican en los rostros de los enjaulados más antiguos.

—Evidentemente, el ciudadano común no ha sabido captar la intencionalidad básica del presente método —continúa el comisario—. La delincuencia no sólo ha seguido impune, sino que además se ha incrementado de forma casi exponencial. Las personas allegadas a los detenidos no han tenido la valentía suficiente de salir a las calles para luchar contra el vicio y la corrupción. Hay quienes lo hicieron, es verdad, y los honro por su actitud y arrojo, pero han sido minoría. El vecino promedio decidió quedarse en su casa y rehusarse a prestar ayuda; el vecino promedio se olvidó de los familiares y amigos que permanecen encerrados en las jaulas, optando por seguir con sus asuntos cotidianos. Optaron por el olvido, por esconderse detrás de sus rejas y alarmas electrónicas. Una vergüenza.

Damasco hace un gesto hacia el grupo de oficiales, y uno de ellos se separa del resto. Lo reconozco enseguida: se trata del policía del bigote negro y tembloroso, el que me separó de Viviana y Matías. Lleva algún tipo de artilugio en sus manos, de aspecto levemente perturbador. Damasco vuelve a enfrentar la cámara y dice:

—De manera que, luego de largas y reñidas deliberaciones, se ha resuelto persuadir a la sociedad con estímulos novedosos y categóricos, que la inciten a salir a la calle, enfrentarse a los criminales y recuperar a sus seres queridos. —Dio media vuelta—. ¿Todo listo, cabo?

—Todo listo, señor comisario.

—Abran la puerta.

Un guardia saca una llave, retira el candado. La puerta rechina al moverse sobre sus bisagras. El oficial del bigote negro entra al recinto y todos los ocupantes se desplazan hacia el extremo más alejado, atemorizados. Ahora que lo tengo más cerca advierto qué es el objeto que lleva, y me sorprendo al descubrir que me parece lo más natural del mundo.

—Usted —dictamina el oficial, señalándome a mí—. Póngase de pie.

Me incorporo trabajosamente. Por lo que me cuesta hacerlo, podría haber estado meses contra los barrotes, pero tan sólo ha pasado un día desde que se llevaron a Esteban y Carla. No me he movido desde entonces, ni siquiera para orinar o comer.

Vuelvo a experimentar la extraña percepción de que sólo puede haber una víctima, y que esa víctima tengo que ser yo.

—Adelante —digo—. Comencemos.

El oficial se acerca. Pone en funcionamiento el artilugio. Un leve aroma a azono inunda el ambiente. Ignoro si proviene de las cámaras, de las luces, o del objeto negro que se acerca a mi piel.

Imagino mi silueta en la pantalla, transmitida a cientos, a miles de pantallas en todo el país. Imagino a Viviana sentada frente al televisor, abrazada a Matías, mientras la electricidad recorre mi cuerpo.

Imagino a mi hijo mayor, Fabián, encerrado en su habitación, mirándome fijamente mientras mi cuerpo se sacude en el piso. Lleva puestos los anteojos negros, como siempre. Incluso los lleva cuando mira la televisión, como en este instante.

Sé que en el garaje de casa hay una moto nueva que nadie compró. Casi puedo ver la mancha de sangre seca que mancha un costado, por donde cayó el cadáver del conductor.

Aspiro una bocanada de aire y alcanzo a decir, entre estertores:

—Andá a buscar a Fabián, Viviana. Con uno de los cuchillos de la cocina, si es necesario... —Y un momento después, mientras me recupero de mi primer grito—: ¡Andá a buscarlo, ahora! ¡Por favor! ¡Y QUE NO SE ESCAPE! ¡QUE NO SE ESCAPE DE SU HABITACIÓN, POR FAVOR!



Fabio Ferreras nació en Bahía Blanca, Argentina, en 1972. Es Ingeniero Industrial de profesión, se declara fanático de la literatura fantástica en general y del género de terror en particular. Sus relatos han aparecido en Púlsar, Revista 800 y en las antologías Fabricantes de Sueños y Mañanas en Sombras. En Axxón publicamos "Vivir a diario" (124), "Cierto tufo a podrido" (139), "Espora" (con Graciela Inés Lorenzo Tillard) (140), "La búsqueda de la verdad" (145).


Axxón 151 - Junio de 2005
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Fantasía: Realismo conjetural: Argentina: Argentino).

            

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