UÑAS BLANCAS

Jorge Claudio Morhain

Argentina

Mi monstruo, Uñas Blancas, es el más lindo de todos. De eso no tengo ninguna, pero ninguna duda.

A veces, cuando lo miro moverse de un lado a otro dentro de su casa, agitando sus pelos tornasolados, enredando sus pieles cambiantes con sus patas lampiñas, me produce tanta risa que hasta me olvido de lo feo que es.

Acá en el vecindario todos tienen algún Monstruo. Algunos tienen dos o tres, familias enteras. Uno que ha sido vagabundo sabe que en todos lados es así, que todo el mundo tiene su Monstruo. Por eso hablo con conocimiento de causa, y me gustaría que hubiera un Concurso Mundial de Monstruos: todos verían que, sin lugar a dudas, el mío es el más lindo.

¿Que les cuente cómo conseguí mi Monstruo? No, no voy a hablar de mí. No, les digo. Bueno...


Como les dije, yo era un vagabundo. Me gustaba aspirar el aire rico en olores de los campos y las ciudades, sin compromisos sociales ni obligaciones. Ah, fue una buena época. Hice muchísimos amigos que de vez en cuando me visitan, y entonces extraño aquellos días. Solía acampar en los alrededores de los pueblos, y luego entraba a recorrer las calles a ver qué se conocía por allí, a procurarme un poco de comida, y a meter las narices en la sociedad del lugar. Uno siempre es bien acogido. Si algo tenemos es la hospitalidad, nosotros. Bueno, es cierto que de a ratos hay rencillas, pero son naturales, ganas de divertirse un rato, de bromear.

Sí, claro que con el tiempo me sentía solo. Amigas no me faltaban, siempre había alguien en los pueblos que conocía. Era otra clase de soledad. Es una historia triste...

Me había hecho muy amigo de una joven, hermosa y esbelta, que había perdido a sus Monstruos en medio del camino. La encontré llorando, gimiendo acongojada, y me costó un buen rato conseguir que se calmara. Nunca dejó de extrañar a sus Monstruos, sobre todo por las noches. Y eso me intrigaba mucho, porque yo nunca había tenido un Monstruo privado. En realidad, les tenía, ¿cómo les diré?, un poco de prevención, de... Bueno, de miedo, ¿y qué?

Los monstruos solían custodiar las propiedades de la gente del lugar (ese es uno de los motivos por los que se tiene un Monstruo), y no eran nada amables conmigo. Al contrario.

Por eso me intrigaba mi amiga, lloriqueando por su Monstruo cuando menos lo esperabas. Así que ella me contó: "Un Monstruo trabaja para ti. Te consigue casa y comida, y te cuida. Si alguien viene a atacarte, un ladrón, por ejemplo, tu Monstruo aparece y es capaz de correrlo y enfrentarlo, por ti (de eso yo tenía experiencia). A veces, suelen trasladarse en migraciones estacionales, y puedes viajar con ellos, conociendo nuevos lugares y nueva gente. Es lindo. Uno se encariña con los Monstruos y creo que ellos, en su limitada capacidad, también sienten una especie de cariño por nosotros. No se de dónde salieron (yo era muy curioso y preguntaba y preguntaba), pero dicen que hace siglos que la gente tiene Monstruos, son un hábito muy común. La mayoría los tiene. Tienen muchas crías, y las crías son unos Monstruitos agradables, a los que cuesta poco educar para que sean amables contigo y te cuiden."


Nunca antes me interesaron los Monstruos. Los dejaba pasar, como uno deja pasar a las palomas o a las nubes. De aquellas charlas mirando el crepúsculo me quedó la idea de conseguirme uno. Iba a ser algún trabajo. Pero tendría uno.


¿Dónde se consigue un Monstruo? Si uno no lo ha heredado, es difícil. Creí que la solución sería avisar que uno busca Monstruo, en una ventana, esperando que pase uno agradable para tratar de capturarlo. Pero cuando quise intentarlo sentí los primeros rigores de ir directamente a un Monstruo: recibí varios golpes y bastante humillación. Necesitaba la ayuda de otros Monstruos. O sea, debía tener uno; es un método utilizado para cambiar, no para obtener uno nuevo.

Empecé a rondar los lugares donde se juntan los Monstruos. Ahora bien. ¿Por qué los llaman "Monstruos" , pensaba yo, si nos ayudan a comer, a conseguir techo, a viajar? Pensaba esas cosas cuando llegué al lugar donde gritan. Suelen reunirse en unas casas enormes, sin techo. Se trepan por las paredes, y aúllan, mientras algunos de ellos cumplen un rito sobre un campo chato, sin árboles. Pasaba de largo, cuando un par de Monstruos se fijaron en mí. No me gustaron para nada. Decidí seguir mi camino. Pero ellos me agarraron, con sus garras sucias. ¡Cómo grité, los insulté de arriba abajo! Pero fue inútil. Nunca hubiera creído que los Monstruos tuvieran tanta fuerza. Me introdujeron en la casa y me abandonaron en el campo chato. Entonces, ese día, empecé a comprender por qué los llamamos Monstruos. Sus alaridos eran tan espantosos como nunca había oído a otro ser. Me arrojaban cosas, algunas verdaderamente contundentes. Yo corría como un tonto, tratando de hallar la salida. Fue realmente monstruoso.

No sé cómo salí con vida de la horda de Monstruos, pero decidí que estaba bien sin uno.

Para qué lo habré pensado. Apenas salí de la enorme casa, aparecieron otros Monstruos con uno de sus vehículos y me encarcelaron. ¡A mí, que era más libre que el viento! Me encarcelaron porque no tenía Monstruo, al parecer. Alguien había dictado una ley diciendo que todos debíamos tener Monstruo propio, y yo no la conocía.

No les voy a contar a toda la gente que conocí en la cárcel ni todos los intentos de fuga. Pasaré directamente a mis planes para hacerme de un Monstruo.

Un día aparecieron varios de ellos, de visita, a la cárcel. Entonces lo elegí. Me gustaron sus uñas blancas y olorosas, llenas de historias. Fruncía la boca de esa manera tan desagradable, que siempre me hace acordar cuando hay riña entre los muchachos y ponen esa misma cara. Aún así era bastante lindo, pasable. Le llamé la atención, a los gritos, hasta que bajó su guardia. Le enseñé a acariciarme, y decidí que era el ideal para adoptar. Nos fuimos juntos de la cárcel: ahora tenía un Monstruo y estaba dentro de la ley.

Desde entonces lo tengo conmigo. No me va mal.


Esta mañana se despertó contento, y desayuné con él. Lo dejé que me acariciara, porque eso lo calma mucho, y también le hice algunas caricias. Pobre. Está muy solo, y sin mí no sé qué le pasaría. Los muchachos dicen que hay que mantener a los Monstruos con un nivel constante de caricias, como una terapia, porque si no se ponen como locos, y se vuelven violentos.

Ahora, mi Monstruo Favorito ha cambiado de piel, y salimos al aire libre. Por ahí andan los muchachos, mis vecinos, comentando algo de chicas, de qué iba a ser. Mi Monstruo está en su casa móvil, y corro a su lado dándole recomendaciones. Las escucha y mueve la pata, agradecido, torciendo la boca.

La mayoría de los Monstruos del vecindario salen durante el día, a pastorear. Algunos tienen sus casas móviles, y a otros los amontonamos en casas grandes, a las que hay que darle siempre indicaciones a los gritos, cuando pasan. Otros monstruos pasean por el barrio, y se paran a olisquearse y a gruñirse en su extraño idioma. Casi siempre los sacan a pasear sus dueños, y a veces son tan díscolos que hay que llevarlos con una cadena que nosotros nos atamos en el cuello. Estos Monstruos, casi siempre hembras, van a buscar su comida, y también la nuestra, cuando los tenemos bien adiestrados. En ese aspecto nos son muy útiles.

Bueno, no voy a contar qué hago mientras mi Monstruo sale a pastorear, porque ya hablé mucho de mí. Digamos que, en general, tenemos largas charlas con los vecinos, planeando actividades, comentando singularidades de nuestros Monstruos. Y luego medito. Me gusta mucho meditar, sosteniendo mi cabeza entre las manos.

Cuando vuelve mi Monstruo, entro nuevamente a su casa, compartimos un poco de comida, y luego lo dejo que se recueste, que juegue un rato con sus chiches preferidos: el bloque de papeles, la caja de colores y ruidos cambiantes —que siempre tiene olor a residuos de algas a la orilla del mar—, la otra caja de colores más chica que tiene una placa para masajear sus manos y sus uñas.

Hoy hace frío, y le pedí a mi Monstruo que encienda el fuego, sentándome frente al hogar. Mi Monstruo frunció la boca y pronto hubo unas lindas y calentitas llamas. Me gusta sentarme a meditar frente al fuego, mientras mi Monstruo juguetea por la casa. A veces me pregunto cómo hace algunas cosas, oyendo como oye muchísimo menos que yo, y de oler no les cuento nada: huele cero. Y si le agarra moquillo, cosa recurrente todos los inviernos, peor. Eso me hace acordar de mi chica...

Voy y huelo sus uñas, sus Uñas Blancas. Porque allí tiene guardada toda la historia de lo que hizo durante el día, de la ciudad, de la calle, de los otros Monstruos. Hoy lo que veo ahí me hace sonreír. El Monstruo se contagia y también sonríe, aunque él sonríe cuando tiene sueño, creo, porque al mismo tiempo que sonríe se estira como yo.

¿Por qué sonrío? Ah, ya les dije que mi Monstruo está muy solo.

Y, ustedes saben, los monstruos solos decaen, se enferman, se ponen histéricos y a veces peligrosos. Una de nuestras misiones es tenerlos contentos, consiguiéndoles compañía. Algunos muchachos les traen Monstruos del mismo sexo, con los cuales los Monstruos se enfrascan en largas tenidas de comida y empujones y gritos en su absurdo idioma, hasta altas horas de la noche. Otros intentan hacer lo que yo hice.


¿Por qué insisto en sus ataques de violencia? Porque me acuerdo de mi amiga, la que quería tanto a sus Monstruos que lloriqueaba cuando recordaba cómo los había perdido. Ella amaba tanto a los Monstruos que un día quiso adoptar a unos cachorros que andaban vagabundeando. Pero claro, los cachorros tenían dueño. Cuando el dueño vio a mi amiga llamó a los padres de sus cachorros, y el Monstruo tomó una larga vara, y... Yo intenté defenderla, y también recibí algunos golpes. Lo peor es que ella huyó... y una casa móvil acabó con su hermosa libertad, para siempre.

Recuerdo lo que sentía yo. Recuerdo cómo ella me cambió la vida, y por eso quise hacer algo por mi Monstruo.

Le conseguí una pareja, una hembra de su especie.

Al principio fue difícil, porque no voy a la ciudad de pastoreo de mi Monstruo, y la verdad no lo saco mucho a pasear, porque está muy tranquilo en su casa. Pero hubo un día de buen sol, y estuve molestándolo hasta que entendió que quería sacarlo al parque. El parque es un buen lugar para conseguir parejas Monstruo. Allí suelen reunirse precisamente para eso, unos haciendo como que corren para estirar sus músculos, otros jugando con sus bloques de papeles para parecer Monstruos meditabundos.

Había un Monstruo femenino que se estaba calentando al sol, como dormida. Me acerqué a ella y examiné sus uñas. Me gustaron las cosas que vi. Tenía muchos juguetes de bloques de papel, le gustaba cocinar, quería a las crías de Monstruos. Y estaba sola. Todo eso olí en sus uñas.

Así que la estuve acariciando un rato hasta que mi Monstruo se puso celoso y vino a apartarme. Bueno, la hembra frunció los labios gruñéndole un rato, y él también le gruñó, y estuvieron gruñéndose toda la tarde. ¡Qué forma difícil de comunicarse que tienen los Monstruos!


Ahora acabo de advertir, en las uñas blancas de Uñas Blancas, mi Monstruo, que anduvo rondando a la hembra.


Ilustración: Valeria Uccelli

Me mira y me gruñe. Hum... Ya sé qué pasa, Uñas Blancas... Creo que él no comprende absolutamente nada de lo que digo. Es tan corto de entendederas... Bueno, es un Monstruo, solamente, ¿qué pretendo?

Lo miro, pero él no ha oído nada. No ha oído a la casa móvil detenerse afuera. Lo palmeo un poco para llamarle la atención, pero tampoco comprende. No ha olido la mezcla de flores que se ha puesto en el cuerpo la hembra Monstruo que le acerqué en el parque.

Corro a la puerta, y la rasguño un poco hasta que se abre. Ah, allí está la Monstruo con una piel brillante y ajustada, frunciendo la boca al ver a Uñas Blancas, mi Monstruo Favorito. Entra. Se gruñen. Se huelen, como nosotros con las chicas.

Comprendo. Salgo y me voy a mi casa, que no tendrá fogata pero es mucho más confortable que la del Monstruo. Por hoy no me necesita. Se hace de noche, y habrá luna a la que cantarle y chicas con las que salir a pasear, y buenas peleas entre los muchachos. Oigo, entre los gruñidos incomprensibles de mi Monstruo, que le está hablando a su hembra de mí; utiliza uno de esos nombres estúpidos con los que suelen designarnos. Qué vamos a hacer: son Monstruos...



Jorge Claudio Morhain es guionista de historieta y museólogo. Dirigió el Museo y Archivo Histórico de Cañuelas. Escribió "El Cabo Savino" entre 1971 y 1994. Y también "Martín Toro", y "Pehuén Curá", y "El Chasqui", y "Cuentos de Troperos", y muchas historias de la 2° Guerra Mundial y una historieta sobre los antecedentes históricos de Malvinas y la invasión del 2 de abril que se publicó durante la guerra en La Voz del Interior de Santa Fe y luego en la librería y editorial electrónica El Aleph. También fue el autor de "Kabul de Bengala", que en su proyecto original se iba a convertir en Gautama, el Buda, pero que luego Oesterheld cambió. Y Argón, que iba a ser compañero de Alejandro, pero pasó lo mismo. En el 2001 ganó el tercer premio del Concurso Nacional de Teatro "Enrique Santos Discépolo", organizado por la Dirección Provincial de Bibliotecas (dependiente de la Subsecretaría de Cultura de la Dirección General de Escuelas de la provincia de Buenos Aires). La obra por la que obtuvo este reconocimiento fue "El Viajero de la Eternidad". Se trata de una adaptación al teatro de la historieta de Héctor Germán Oesterheld, cuya primera parte fue publicada en 1957. En Axxón publicamos "El espiante" (Axxón 68), un número dedicado enteramente a su trabajo, el Axxón 96, "Combustión externa" (Axxón 137) y "La nevada mortal", una ficción breve que homenajea a Oesterheld y El Eternauta en Axxón 147.


Axxón 151 - Junio de 2005
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Realismo conjetural: Literatura experimental: Argentina: Argentino).

            

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