EL DISCÍPULO

Antonio Cebrián

España

Seguimos aquí, sentados frente a frente. Una pequeña mesa de mármol y dos sillas de madera, junto a una casita rústica en lo alto del monte Essey. Es una mañana otoñal, fresca; o más bien fría, pero no tanto como la mirada que intercambio con mi antiguo discípulo. Me mira y sonríe intentando aparentar tranquilidad, dominio, la seguridad del poderoso, de quien tiene todo bajo control y se dedica a perdonar vidas, obsequiando a los seres inferiores con el privilegio de su presencia. Pero es una máscara; lo conozco demasiado bien. Él fue mi discípulo, mi recomendado, mi hombre de confianza. ¿Por qué no fui capaz de ver, o mejor dicho, de interpretar ninguno de los indicios que desfilaron ante mis ojos a lo largo de todo el periodo de entrenamiento?

Me mira sonriente desde detrás de sus oscuras gafas y fuma nerviosamente. No sabe muy bien qué hacer a continuación. Sus dos guardaespaldas —de pie tras él— apenas pueden disimular el miedo en sus rostros.

Ambos tenemos El Poder. La capacidad de provocar destrucción sólo con la fuerza de nuestro pensamiento. La capacidad de introducir unos dedos microscópicos en el entramado más íntimo de la materia y corromper las fuerzas que mantienen unidos los pares de puntos de materia-antimateria de tamaño nulo que subyacen en la estructura fundamental de la energía y todas las formas que ésta adopta, incluyendo la materia. La misma capacidad que llevó al maestro fundador a crear la escuela de Tránsito. Un lugar donde se podía adquirir El Poder, y cuyos miembros velaban por la Paz a lo largo y ancho del planeta. La Paz sin connotaciones políticas, sin bandos ni partidos, la indiscriminada labor de destrucción de cualquier arma que fuera a utilizarse contra otro ser humano, incluso la inutilización de ejércitos enteros dispuestos a entrar en combate. Siempre en el más estricto anonimato, camuflados en el entorno, infiltrados otras veces en las propias estructuras militares y los grupos terroristas, y siempre con la amenaza de los servicios secretos pisándonos los talones.

La selección de los discípulos siempre fue el punto esencial, la piedra angular. Todo funcionaría bien si esto se hacía bien. Debían ser personas cabales, íntegras, pacíficas, sensatas... Podía llevar años el estudio de los aspirantes y sus capacidades.

Un esfuerzo sobrehumano para evitar lo inevitable.

Y ahora, estoy aquí; ante la materialización del más estrepitoso fracaso, la encarnación del mal temido y esperado durante años que, para colmo y para vergüenza mía, germinó de mi propio error, de mi tozudez, de mi insistencia en no ver lo que otros intuyeron.

—Bien, profesor. Será mejor que no me mires tan fijamente —dice él—. Si tratas de hacer algo contra mí, mis gorilas te matarán. Aunque hayas inutilizado ya sus armas, como supongo que habrás hecho, sabes que pueden caer sobre ti y partirte el cuello antes de que puedas pararlos.

Los guardaespaldas intercambian miradas inquietas. Uno de ellos palpa bajo el brazo para comprobar que su arma sigue ahí.

—¿A qué debo el honor de seguir vivo? —le digo.

Tras unos segundos en los que se entretiene arrojando aros y volutas de humo blanco, responde.

—Hemos pasado mucho tiempo juntos; siempre me inspiraste un gran respeto... Al menos al principio. No sé... me sabía mal dejarte ahí, en el mismo paquete que todos los demás. Creo que... me sentía en deuda contigo, al fin y al cabo fuiste tú quién intercedió por mí ante Horn y los otros, gracias a ti, se me otorgó El Poder. Es más, tú me entrenaste para usarlo. Creo que en el fondo soy un sentimental; no pude evitar sacar tu nombre de la lista antes de...

Se interrumpe. Se da cuenta de que está hablando demasiado.

—¿Antes de qué? —le digo— ¿Qué hiciste con la lista? ¿La filtraste a la CIA o usaste tu propia horda de mercenarios?

Él calla.

—No —continúo yo—. No creo que tengas capacidad para hacer esto solo. Dos mil personas son demasiadas en una semana.

—Nada es imposible cuando se tiene El Poder ¿No era eso lo que nos enseñaban?

—Las dos mil personas de la Escuela de Tránsito también lo tenían y no les ha servido de mucho.

—Bueno. Quizá deberíamos añadir algo más: la información. Ellos no sabían quién era su enemigo —responde.

—De manera que los entregaste a todos al verdugo. ¿Por qué? ¿Por dinero?

—Sí, supongo que en parte sí. Pero lo importante era que estaba matando dos pájaros de un tiro... ¿o debería decir dos mil pájaros? —ríe repentinamente—. Perdona, no quería ser especialmente cruel.

—Después de matar a toda esa gente, no creo que eso tenga relevancia.

—Como decía, una jugada doble: vender una valiosa (y cara) información a la vez que ellos eliminaban a todos los poseedores del Poder, de forma que sólo yo lo conservaría.

—¿Y para qué lo quieres? ¿Crees que realmente te va a servir de algo?

—Poseer algo que todos quieren y sólo tú tienes te da una gran ventaja. Así es como funciona la Economía de Mercado, la Ley de la Oferta y la Demanda.

—Sí. La gran ventaja de que te busquen sin descanso, hasta que un día te encuentren y te maten... O te saquen el secreto en el potro de tortura.

—En eso tienes razón, pero se trata de deshacerse cuanto antes del material peligroso. Venderlo a buen precio y desaparecer.

Lo miro y sonrío condescendientemente.

—El poder no se puede vender. Es demasiado... grande. ¿No te das cuenta? En el momento en que lo otorgues a una mala persona, lo usará para matarte, para matar a todos los demás que lo tengan. El villano nunca paga cuando lo que le venden es un arma cargada.

—Encontraremos la forma de hacer que paguen —responde.

—¿No has ganado ya suficiente traicionando a los miembros de la Escuela? ¿Tan barato has vendido sus vidas?

Él calla mientras se frota la barbilla.

—Entiendo. No te han pagado. ¿Verdad?

—¡No. No lo han hecho! —estalla—. ¡Esos hijos de puta me han engañado! Ahora dicen que quieren también El Poder, todo en el mismo lote. Quieren que le ponga un precio y entonces pagarán por todo el paquete. Por eso te necesito; por eso he recurrido a ti. Tú eres más listo que ninguno de ellos. Entre los dos podemos idear un plan. Los engañaremos, haremos que paguen y luego nos largaremos sin darles nada. ¿Sabes la cantidad de dinero de la que estoy hablando?

Se quita las gafas y jadea apoyado sobre la mesa mirándome con ansiedad. En su mirada veo destellos de locura... Definitivamente, la persona que yo conocí y a la que mostré el camino nada tiene que ver ya con este desecho humano que ahora me tiende la mano para que me una a su despropósito demencial y repugnante.

—¿Y para qué quieren ellos El Poder? ¿Qué pueden hacer con él? No se puede formar un ejército de mercenarios. Cualquiera que lo tenga lo usará para su propio beneficio, lo venderá o tratará a su vez de crear un ejército propio.

—No sé lo que quieren hacer. Hablaron de mil barbaridades, alguien incluso mencionó una especie de ejército de retrasados, de individuos intervenidos para privarlos de iniciativa y ambición. Una masa de destructivos y dóciles borregos fáciles de manejar... ¿A quién le importa? ¡No se lo daremos! ¡Los dejaremos con un palmo de narices! ¿Verdad?

Me mira sudoroso. Sonríe pero está atenazado por la angustia. Siente pánico de que yo me niegue. De que lo abandone. ¿También de tener que matarme? No sé... Pero con seguridad tiene miedo a quedarse solo. La soledad del poder...

Me reclino en la silla y miro a lo lejos, a los árboles con las hojas cubiertas de rocío despertando a la luz del nuevo día. Verdaderamente, el Mundo parece más bello cuando se corre el riesgo de perderlo. Qué razón tenía quien dijo que la vida tiene un inmenso valor gracias a la muerte; sin ella no valdría nada. Envidio a los árboles... Ellos no tienen que tomar decisiones en las que les va la vida. Tan sólo se dejan vivir. Jamás se encontrarán en una situación como ésta.

Pero el tiempo se acaba y él espera una respuesta.

Mi decisión está tomada desde hace largo rato. Cierro los ojos e inspiro el aroma de la tierra húmeda. Me despido de mí mismo, no sé si volveré a tener ocasión de compartir mi ser con este cuerpo.

Sin dejar de mirar a los árboles, comienzo a hablar.

—Fijaos en aquella rama.

Todos miran desconcertados.

—Ambos tenemos El Poder —continúo—. La capacidad de fijar nuestra vista sobre ella y sesgarla sin esfuerzo aparente... Yo te enseñé cómo hacerlo igual que otros lo hicieron conmigo... Pero había algo más. Algo que por mutuo acuerdo no fue transmitido. Una cláusula de seguridad. Algo que sólo sería entregado tras mucho tiempo y sólo a aquellos cuya confianza hubiera sido sometida a las más duras pruebas. Pruebas que tú no tuviste ocasión de pasar y que yo sí superé...

Dejo unos segundos de silencio mientras todos miran al árbol expectantes y concluyo:

—La capacidad de aplicar El Poder sin necesidad de dirigir la mirada.

Vuelvo el rostro hacia la mesa. Los guardaespaldas continúan mirando hacia el árbol. El discípulo no mira a ninguna parte. Un ligero estertor agita aún su cadáver.

Al fin, uno de los gorilas se da cuenta de la situación, se quita las gafas y, tras observar el rostro del cadáver se vuelve hacia mí con cara de perplejidad y los ojos muy abiertos.

—Está muerto —digo con calma.

Ambos me miran petrificados. La situación los ha cogido tan de improviso que no saben cómo reaccionar. Si yo hubiera desenfundado un arma o amenazado en cualquier forma a su protegido, hubieran intervenido sin dilación y con la máxima contundencia; pero ser conscientes de todo una vez el daño está consumado les ha roto los esquemas. En realidad, ahora ya no tienen a nadie a quien proteger. Como mucho podrían vengar su muerte, algo que su contrato probablemente no contempla.

—Antes de lanzarse sobre mí —comienzo a decir—, consideren que, aunque uno de ustedes pueda alcanzarme y acabar conmigo, el otro morirá en el intento. Por supuesto, como ya se ha mencionado, sus armas no están operativas desde el comienzo de esta entrevista.

Se miran nuevamente confundidos, aturdidos. La situación les resulta extraña. Esa especial compenetración y sincronía con la que actúan habitualmente, sin necesidad de intercambiar palabra alguna, se ha desvanecido.


Ilustración: Ferran Clavero

—No es fácil jugar al cincuenta por cien —continúo— ¿verdad? Sobre todo si es la vida propia lo que está en juego. Ya no tienen un jefe ante el que rendir cuentas. Ahora pueden acabar esto dejando dos muertos más y un solo superviviente...

ťO pueden girarse y salir de aquí tranquilamente. Nadie les reprochará nada.

Tras unos instantes infinitamente densos, en los que la vida baila la danza del azar cuántico al borde del abismo, un pie dentro y otro fuera... parecen tomar una decisión. Se estiran la chaqueta, miran a un lado y a otro como comprobando que no hay testigos; uno de ellos me amenaza con un dedo en alto... dan media vuelta y empiezan a alejarse. El paso, cada vez más apresurado, termina por convertirse en carrera abierta ante el temor de un ataque por mi parte. Finalmente desaparecen ladera abajo.

Me siento a meditar ante el cadáver —reclinado sobre la silla en una posición extraña— y me pregunto —como ya lo he hecho tantas y tantas veces— "¿Qué es lo que me confiere el derecho a juzgar y a condenar? ¿a mirar a los demás desde una posición moralmente superior? ¿Por qué he matado a este hombre?".

Mucha gente lo aprobaría, "defensa propia", "justicia", "prevención de futuros desastres"...

Pero nada me satisface —como las otras veces—. Algo en mi interior me señala con el dedo acusador: "Tú detentas el Poder y por esa causa, por eso y sólo por eso; tu criterio es Ley".

Camino en dirección a la cabaña en busca de una pala para dar por finalizada definitivamente la instrucción de mi discípulo.



Antonio Cebrián hizo su primera aparición en Axxón 147 con "Los olvidados de Dios". Este promisorio escritor español tiene en su haber algunas distinciones interesantes, ya que fue finalista del Pablo Rido, ganó el I Concurso Vórtice de Ciencia Ficción y su relato "Como perros en la ciudad" apareció en Visiones 2004. Ya lo consideramos "escritor de la casa", por lo que lo volverán a encontrar en Axxón dentro de poco.


Axxón 152 - Julio de 2005
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: España: Español).

            

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