MUCHACHA EN PABELLÓN CON FONDO DE VOLCANES

Ricardo Castrilli

Argentina

De pronto, recordé que a esa hora yo no debía estar allí sino en Yakarta, con Pamela. Tenía que deshacerme de esa estela de acólitos que arrastraba. Estábamos en procesión por el aniversario de la muerte de no sé qué personaje, y yo portaba una cosa pendulante que colgaba de tres delgadas cadenas de plata y echaba humos para todos lados y me hacía lagrimear. Era mi primera vez en ese sitio, y no acababa de encontrarle la gracia. Los idiotas no me perdían pisada, entre salmos y plegarias; les hacía dar vueltas y vueltas entre las columnas de mármol, desviándome sorpresivamente a uno u otro costado cada vez que estábamos a punto de llegar a donde evidentemente se suponía debíamos llegar, una especie de monolito de piedra acostado y con un mantelito arriba. Cortaba por alguna de las alas laterales con toda la banda detrás, cantando, la mirada perdida en lo alto, y reiniciaba por una ruta alternativa, bajo la mirada colérica de las ajadas imágenes de los altares secundarios. Un buen detalle. La chusma seguía cualquier rumbo que yo tomase, sin sombra de cuestionamiento. Sin embargo, ya no me resultaba divertido, y los detalles no eran tan exclusivos~como me los habían pintado. Unos molestos letreros rojos aparecían destellando cada tanto en las paredes, como queriendo atraer mi atención, en absoluta discordancia con la adusta superficie pétrea. Yo no les daba el gusto. La publicidad estaba invadiendo los ámbitos más privados a un ritmo ofensivo. Mi categoría, supuestamente, me inmunizaba contra ese tipo de intromisiones. Para eso pagaba. Presentaría una queja a la Empresa, pero luego de mi cita con Pamela.

Le pasé la fumarola al tipo que me seguía, crucé a los saltos por entre varias hileras de bancos de madera y me metí en la cabina de teleportación que estaba afuera, al lado de la entrada de la catedral. Marqué las coordenadas de casa, porque se imponía un cambio de indumentaria. El transporte era tan instantáneo como puede serlo un guiño, pero estaba tan urgido por la hora que, de alguna manera, cuando aparecí en la cabina de mi hall de entrada me las había ingeniado para estar ya a medio desvestir. El encargado del sitio había insistido en echarme encima varias capas de túnicas blancas que me hacían ver como una especie de querubín sin alas, y el de ángel era el último avatar que yo hubiese elegido encarnar frente a Pamela. Esa chica no era broma. Era una mujer de verdad, y yo no quería hacer el ridículo.

Me puse una camisa suelta de colores vivos, unos pantalones cortos y anchos y unas sandalias de cuero, y entré a la cabina, papel en mano. No tenía tiempo para despistes, así que ingresé las coordenadas muy cuidadosamente. No sería la primera vez que desayunaba en un sitio convencido de estar en otro, y no quería darme cuenta, después de media hora de búsqueda infructuosa, de que estaba en Vietnam en lugar de Yakarta. Salté.

Era como ella me había contado. Las coordenadas daban a una cabina que se abría a un parque amplio, de vegetación exuberante pero bien cuidada. Hacia la izquierda nacía una larga balaustrada que delimitaba la zona parquizada. Detrás de ésta, más allá de una franja de arenas blancas, se veía el mar. De las aguas emergían, a lo lejos, un par de humeantes hermanos menores del Krakatoa. Había salidas con escalinatas anchas que daban a la playa y pabellones típicos sembrados aquí y allá. A la derecha, un camino tapizado de pedregullo y flanqueado de palmeras ascendía hasta una construcción majestuosa de estilo más occidental. Pamela estaba, tal como lo había prometido, esperándome en uno de los pabellones de techos de paja. Los únicos signos visibles de la espera eran una ceja apenas alzada y un par de copas, vacía una y a medio vaciar la otra. El resto era poesía: un fresco contemplado a la distancia, una pintura de ésas que había visto en El Prado o en algún otro de esos museos de vejestorios; un Gauguin, quizás, algo como: "Muchacha en Pabellón con Fondo de Volcanes" . Me acerqué despacio, tratando de no quebrar el hechizo.

Bebió apenas un sorbo más y me pasó la copa superviviente. Una de las cosas buenas que tiene el compartir con otro el universo: no podría decir de qué bebida se trataba, pero sí que era deliciosa, imprevisible. Algo que no habría elegido yo.

Ascendimos, camino al edificio grande; lo rodeamos y nos sumergimos en las estribaciones menores de la fiesta. Entiéndase, una verdadera fiesta, no esas insignificancias acartonadas que uno está habituado a asociar con la sola mención de Fiesta Nacional. Era el 17 de Agosto, y estábamos en Indonesia.

Había de todo: grupos de acróbatas dando volteretas imposibles, músicos ambulantes arrancando maravillas de unos instrumentos primitivos, magos, animales amaestrados, mendigos sonrientes y adivinos y teatros de sombras a la luz del sol. Un hombre pequeño me tiraba de la manga de la camisa; le di unas monedas y me alejé. Entre unos y otros, la gente se demoraba en los puestos que servían bebidas y alimentos a discreción.

Y estaba Pamela, por supuesto, que eclipsaba todo lo demás, con esa forma deliciosa de tomarme de la mano mientras me guiaba de aquí para allá por entre la marea, absolutamente diferente de las otras, de cualquiera de las otras que acostumbraba invocar en mis correrías. El solo roce de su mano me estremecía de una manera que ya consideraba extinguida para siempre. Ella estaba viva, maravillosamente viva, y me felicité por haberme atrevido a concertar la cita. La multitud crecía. Un hombre se me cruzó en el camino tan sorpresivamente que casi me separa de la mano adorada. —Señor —me dijo, pero yo ya me alejaba en pos de Pamela—. ¡Señor! —De alguna manera me recordaba al mendigo, un poco más alto y mejor vestido. Yo no necesitaba sus disculpas, así que seguí mi trayectoria entre la gente y lo dejé atrás. Por fin, llegamos al sitio que ella buscaba: un parque de diversiones, un Laberinto de Espejos. Uno realmente grande. Me desafió a que la alcanzase y entró, dejando como únicos rastros su risa luminosa y una estela de reflejos múltiples cada vez más difusos. La hubiese seguido de inmediato, pero algo me lo impidió: un calco gigantesco del mendigo y el otro hombre, un tipo enorme que se me interpuso en el camino, vestido, esta vez, con levita y sombrero de copa. Aparentemente, en RV se estaban quedando escasos de rostros. Otro punto para incluir en mi reclamo. Intenté sortear el escollo, pero no hubo caso. El hombre la tenía conmigo.

—Señor —me decía, bloqueando uno a uno mis intentos—. Insisto. Necesito imperiosamente hablar con usted.

—...Sí, sí. Seguro —le decía yo—. Pero a la salida, ¿quiere? Espéreme a la salida. Estoy con alguien más.

—Precisamente, señor. ¿Le caerá bien a la señorita enterarse de que usted está en mora?

—¿Cómo dice? ...¿Quién es usted?

—La Empresa, señor. Realidad Virtual. Hace horas que tratamos de avisarle de que su cuenta expiró. Necesita renovarla si desea continuar. Pero usted nos ignora.


Ilustración: Valeria Uccelli

—¿Ignorar, qué? ...Ah, ya entiendo: ¡el mendigo, los letreros rojos, en la catedral!

—Sí. Los letreros rojos. Y allí no estaba la señorita, ni nadie de existencia real; nadie más que usted; todo sintético, lo habitual. Podría haber prestado algo de atención.

—Lo siento. Tiene razón. Apenas termine este viaje le hago la transferencia. Simplemente, me olvidé. Ahora, déjeme pasar, por favor.

—No. No es posible. Yo estoy aquí sólo por consideración a la señorita, tratando de avisarle a usted discretamente. No es habitual que dos seres reales compartan una misma Realidad Virtual. El trámite normal hubiese sido cortar su conexión, pero eso le hubiese afectado también a ella. Y ella sí está al día.

—Bueno, está bien. Tome nota de mi número de tarjeta, pero apúrese, por favor. ¡La voy a perder de vista!

—No, señor. Recuerde que las transacciones realizadas en espacios virtuales no son de curso legal, por lo que usted debe salir de aquí y efectuar el pago. Y pronto, si quiere regresar y encontrar a su acompañante. Hasta aquí llega mi comisión. Adiós.

Y desapareció. Yo hice un poderoso esfuerzo de voluntad, con una última mirada al laberinto, e interrumpí el contacto. Tenía que apurarme, desenchufarme físicamente de la terminal, conectar la unidad de transacciones y efectuar la estúpida transferencia de fondos. Luego, y en tiempo récord, tendría que volver a conectarme los electrodos al cuerpo y engancharme a la red. Ya estaba harto de mujeres virtuales. Tenía que seguir intimando con Pamela. Tal vez aún estuviese allí, y accediese a que nos viésemos en persona, alguna vez. Carne sobre carne. Algo chocante, pero necesario. Después de todo, alguien tenía que ser la madre de mis hijos.

Era un servicio que la Red aún no cubría.



Ricardo Castrilli es un "escritor de la casa". Y sus frecuentes apariciones en Axxón se justifican, creemos, porque en todos los cuentos que le publicamos se unen tramas interesantes y una forma tersa y pulida de exponerlas. Pruebas al canto, para aquellos que aún dudan. "Cronoplasma" (N° 139), "Propiedad horizontal" (N° 140), "Tiempo, maldita daga" (N° 145), "Iniciación" (N° 147), Resplandores (N° 151).


Axxón 152 - Julio de 2005
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Realidad Virtual: Argentina: Argentino).

            

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