CASSANDRA Y EL ARQUITECTO

Alfredo Álamo

España

Hacía diez días que no dormía.

Los tubos fluorescentes zumbaban con un tono que sólo Ángel, de entre todos los parroquianos del bar, parecía encontrar profundamente irritante. Levantó la mano y le indicó a la camarera, Linda, según la chapa que colgaba torcida sobre su pecho izquierdo, que le llenara la taza de café. ¿La cuarta? Ya no recordaba cuántas había tomado, pero el sueño se acercaba y tenía que evitarlo, mantenerse ocupado.

—¿Otro café? —masculló Linda, mostrando el chicle que desgastaba con ganas.

Linda, recordó, iría sola esta noche hasta casa, donde, como todas las noches, tomaría un baño largo y caliente, agarraría la esponja y se frotaría una y otra vez con toda la fuerza que tenía, tratando de limpiarse, de huir, de desaparecer. Ángel era capaz de ver eso incluso con los ojos abiertos.

—Sí, gracias.

La cafetera estaba llena de café aguado y caliente, Linda sirvió la taza sin mucha gracia antes de volver tras la larga barra de madera que flanqueaba el local. Ángel se revolvió en su asiento y contempló los huevos fritos de su plato, apenas mordisqueados, y las lonchas de bacon que le habían resultado imposibles de tragar. Sabía que debía alimentarse, pero todo lo que probaba tenía un gusto gastado y arenoso, como a tierra seca. Acercó la taza a sus labios y tomó un sorbo, luego, con un gesto cansado, la volvió a dejar en la mesa metálica. Pasó una mano por la frente, notando el calor de la fiebre; trató de relajar los ojos, que notaba hinchados y secos, sin mucho éxito.

—Linda —dijo el hombre que estaba sentado en la mesa de enfrente—, ¿mucho trabajo esta noche?

—No demasiado —contestó la camarera, pasando el trapo sobre la barra—, los mismos chalados de siempre con caras nuevas.

El hombre se llamaba Dick. Conducía un camión cargado con ruedas de tractor y hacía la ruta por la setenta y siete hacia el norte. Terminaría su café en un rato y conduciría hasta Bellsgate, a unos cinco kilómetros, donde engañaba a su esposa con una chica morena y rolliza llamada Fanny. Ángel sintió una aguda punzada de dolor que le atravesó la frente. La información, fresca y nueva, siguió violando su mente. Dick quería a su mujer, pero Fanny le hacía cosas que él nunca se atrevería a nombrar en voz alta cerca de su esposa. Ella le pediría de nuevo que abandonara a su mujer, pero él se negaría. Luego discutirían y él le pegaría una bofetada. Y otra. Y otra más.

—¡Basta! —sollozó Ángel, apretando el puño junto a la frente. Las imágenes del futuro, los sentimientos, las voces. El dolor. Las luces zumbaron con más fuerza, volviéndose insoportables, en un simple parpadeo, antes de volver a la normalidad borrando de golpe las visiones.

Ángel hizo caso omiso de las miradas inquisitivas que ahora recibía y se escondió tras la taza de café. Estaba acostumbrado a aquel tipo de situaciones. Ya nada podía avergonzarle.

Contempló su mano derecha al levantar la taza, temblorosa, mostrando el pulso acelerado. El corazón le iba demasiado deprisa. Supuso que sería cosa de las anfetaminas o de las pastillas de cafeína. Sabía que no podría abusar mucho más, pero se resistía a volver a soñar. Al menos, mientras se mantuviera despierto, sólo tenía que combatir vidas tristes, sueños de camareras y sentimientos de culpa. En los sueños, cuando las visiones llegaban, podía ver cientos de personas, ciudades, países, miles de delirios atrapados en un sumidero embozado. Y cada vez con más fuerza, con más intensidad. Rompiéndole.

Volvió a tomar un sorbo de aquel café. Se estaba enfriando. Trató de evadirse mirando por el amplio ventanal que mostraba el aparcamiento y el desvío de la autopista. Decenas de coches ocupaban un espacio que podía albergar a, por lo menos, una centena. A un lado se levantaba una deprimente fila de bungalows prefabricados que hacían la función de motel barato. La vejiga le mandó un pinchazo de aviso, tenía que hacerle sitio a más café. Los servicios estaban al final de la barra, ocultos tras un biombo de publicidad bastante desgastado. Ángel se levantó camino del urinario, tratando de no prestar atención al resto de personas en el local.

La taza parecía necesitar más de una buena limpieza, el olor era capaz de penetrar unos centímetros en el interior del cerebro y quedarse allí para siempre. El suelo estaba encharcado, con docenas de huellas negras confusas y revueltas. Como sus sueños.

Reunió algo de agua en la pila y trató de refrescarse. El espejo, desconchado y lleno de gotas secas, le devolvió una imagen borrosa, desdibujada y sucia. Intentó poner en orden el pelo que ahora le crecía alborotado y recompuso, en cierta medida, la posición de la camisa y la chaqueta de cuero. Sin embargo con los ojos, enrojecidos y abultados, no pudo hacer nada. Utilizó un enorme rollo de papel para secarse las manos y salió del servicio, de nuevo tratando de no mirar a nadie en concreto.

Linda estaba retirando el plato de la mesa y la llegada de Ángel la sobresaltó ligeramente; sus mejillas se azoraron.

—Suponía —tartamudeó— que ya había terminado su plato, como ya hace rato que no lo toca y se ha enfriado...

—Sí, claro —dijo Ángel, sentándose—. Lléveselo, por favor. ¿Podría traerme más café? Me temo que el de la taza también se habrá enfriado.

—No se preocupe, ahora le traigo todo el café que quiera.

—Gracias —contestó Ángel, sinceramente.

La puerta del local crujió unos segundos al abrirse. Una corriente de aire frío motivó la queja de varios clientes.

—¡Ya va, ya va! —dijo el hombre que había abierto la puerta, mientras la cerraba todo lo deprisa que podía. Vestía abrigo gris, bajo el que se adivinaba un traje azul de dos piezas. Realizó un saludo general inclinando unos grados el enorme sombrero de vaquero, del mismo color azul que el traje, y se ajustó una corbata de lazo que le llegaba hasta la mitad del pecho. Ángel se fijó, sobre todo, en sus botas; piel de serpiente marrón y terminadas en una brillante punta metálica.

—Vaya una noche de perros —añadió en voz alta, frotando las manos envueltas en guantes de cuero—. ¿Existe la posibilidad de tomar un poco de güisqui?

—Por supuesto, vaquero —dijo Linda, cafetera en mano—. Termino con el caballero y enseguida le sirvo.

Ángel descubrió entonces que él era el caballero en cuestión. Miró a Linda y trató de sonreír, descubriendo que le faltaba bastante práctica.

—Termine, señorita —dijo el vaquero mientras agarraba un taburete de la barra—, no tenga usted prisa.

Ángel volvió a mirar a aquel hombre, de manera involuntaria. Tenía los ojos grises, grandes, cubiertos por unas cejas espesas y arqueadas; pero lo que le llamó la atención fue su boca. Tenía, o al menos eso le parecía a Ángel, una boca enorme que abarcaba su rostro de oreja a oreja. Cuando hablaba parecía que todo su rostro desaparecía para dejar sito a la boca.

—Qué pasa amigo —dijo el vaquero, sonriendo con sus increíbles labios— ¿Ve algo que le interese?

Ésta vez fue Ángel quién se ruborizó. La voz de aquel hombre le había hecho temblar durante un segundo. Pero lo más increíble de todo es que no tenía ni idea de quién era o de dónde iba. Estaba allí, a dos metros escasos, apoyado en la barra y con su sombrero inclinado, golpeando el suelo con su bota derecha, tacón, punta, tacón; esperando un trago o, simplemente, esperando algo. Y seguía siendo un desconocido, lejos del alcance de Ángel. El primero en años.

Linda le sirvió un pequeño vaso y se apoyó en la barra, sonriente. El vaquero le devolvió la sonrisa y apuró el trago de golpe. Dejó un billete sobre la barra y le susurró algo a la camarera que la hizo reír en voz baja. Ángel no podía dejar de mirar aquella enorme boca moviéndose junto a la cabeza de Linda, capaz incluso de arrancarla de un solo bocado.

—Bien, señores —dijo el vaquero, ahora camino de la salida—. Ha sido un placer conocerles, espero volver a verles en otra ocasión. Caballeros —se despidió finalmente, abriendo la puerta.

Nada más desaparecer, Ángel se levantó como un resorte, dejó caer un par de billetes arrugados en la mesa y abrió la puerta sin decir palabra. El vaquero caminaba por el aparcamiento, bajo la escasa luz que proporcionaban un par de farolas. Hacía frío, mucho más frío del que hacía cuando Ángel había llegado, pero el aire fresco ayudó a despejarle. Apretó el paso y pronto alcanzó al vaquero, que se había parado junto a un enorme mustang azul cielo, decorado grotescamente con una enorme cornamenta de buey colgada en la rejilla delantera. El vaquero apoyó una bota en el parachoques y se giró hacia Ángel mostrando una sonrisa gigantesca y vagamente amenazadora.


Ilustración: Endriago

—Bueno, hijo —dijo, con una voz mucho más grave que la que había utilizado en el local—, espero que tengas una buena razón para seguirme hasta el coche en la oscuridad.

En realidad Ángel no lo sabía, así que metió las manos en los bolsillos de la chaqueta de cuero y trató de pensar en algo que decir.

—Estoy esperando —volvió a decir el vaquero, más con burla que con impaciencia.

—Le seré sincero, no lo sé. Pero necesito hablar con usted, es... Es complicado.

La boca se movió arriba y abajo, como en una risa sorda.

—Lo noté desde el momento en que entré en el bar. Yo sé cuál es la pregunta que le corroe... ¿Mi nombre? No, ¿quién soy? En realidad lo que quiere saber es qué demonios es usted. ¿Me equivoco?

Ángel tragó saliva. El dolor de cabeza volvió con fuerza y los ojos resecos le molestaban con cada parpadeo.

—Creo que hacía mucho tiempo que no veía a uno de los tuyos —dijo la boca, de forma familiar—, al menos no a uno que se atreviera a hablarme. ¿Cuál es tu condena? ¿Visiones? ¿Voces? ¿Sueños?

—Todo... —murmuró Ángel, aterido ahora por el frío.

—Vaya. Un vidente de verdad, un profeta. Dime, hace tiempo que no duermes, ¿verdad? Es uno de los primeros síntomas. Nunca he conocido un profeta que durmiera bien. Fíjate en esos ojos que tienes. Una vez me encontré con un tipo que se los arrancó antes de seguir con las visiones. Seguro que lo has pensado. Tienes pinta de ser de los que piensan.

—¿Cómo sabe esas cosas? ¿Quién es...?

—Siempre igual. Preguntas, preguntas y más preguntas. Yo lo sé casi todo, hijo. Cuento la mayoría de las historias desde la primera mañana. Quién crees que hace que Linda llore a oscuras, que un borracho coja el coche cuando no debe o que el dueño del motel se compre una escopeta. Son mis historias las que ves cuando cierras los ojos, mi trabajo cuando sueñas. Contemplas mi obra maestra de engranajes y piezas.

Ángel se sentó sobre el coche.

—¿Por qué? —preguntó.

—Porque es así como funciona el mundo. ¿No le encuentras sentido? No tiene por qué tenerlo. La mayor parte de los tipos como tú acaba loco, muerto o maldito. Y si me vuelves a preguntar por qué, la respuesta será la misma. Yo no escribo tu historia, desconozco quién lo hace. Quizá nadie lo haga.

La boca volvió a sonreír. Los dientes del vaquero eran amarillos y malformados.

—Deberías aceptarlo —continuó—, a fin de cuentas es un privilegio observar mi obra.

—¿Privilegio? Es una pesadilla. ¿Tienes idea del dolor? ¿Del caos?

—Por supuesto. Y a partir del caos, de la coincidencia, el círculo perfecto que cierra la historia; a partir del detalle, lo universal. ¿Nunca has pensado en cambiar las historias que ves cada noche? No es tan difícil, a la gente le gusta que le digan lo que tiene que hacer.

Una de las farolas tembló antes de apagarse en un último fogonazo. La boca se humedeció los labios con una lengua verdosa.

—Me gustaría quedarme a charlar contigo —dijo—, pero no puedo retrasar más el viaje. Todo tiene que coincidir. ¿Te importaría bajar del capó?

El vaquero entró en el coche sin quitarse siquiera el sombrero. Dio las luces, iluminando la encorvada figura de Ángel. El vehículo avanzó lentamente y, al pasar junto a él, la boca se abrió en un adiós silencioso. Pronto alcanzó el desvió de la autopista y se perdió en el horizonte. Sin prisa.

La recepción del motel parecía sacada de los años cincuenta. Cuando Ángel entró, un montón de fotos en blanco y negro pareció rodearle. Eran imágenes del pasado, pensó, las únicas imágenes que no era capaz de ver. Futuro, se dijo. Escribir el futuro. Ahora, por lo menos, todo parecía cuadrar.

—Son del antiguo dueño —sonó de repente la voz del recepcionista—, sacaba fotos de todo el que pasaba por aquí. Aún no me he decidido a quitarlas.

El hombre estaba apoyado tras un mostrador de madera sucia, tenía los dientes prominentes y le daban aspecto de rata. Ángel miró aquel rostro animalesco unos segundos antes de acercarse.

—¿Le queda alguna habitación? —preguntó.

—Claro, señor. ¿Alguna preferencia?

—No, me da lo mismo. ¿Cuánto cuesta la noche?

—Quince. Veinte si quiere desayuno.

Ángel rebuscó en sus bolsillos y dejó frente al hombre dos billetes de diez.

—Con desayuno me vale.

Las llaves estaban unidas a un enorme llavero de madera con el número cuatro grabado a fuego. El hombre dejó las llaves en el mostrador.

—Bonita escopeta —dijo Ángel, señalando una Remington de dos cañones que descansaba tras el hombre rata.

—Me gusta cazar —contestó el recepcionista.

—¿Tiene usted hijos? —volvió a preguntar Ángel.

—Sí, dos. Vivo con mi mujer en el número uno.

Ángel se acercó al hombre rata, le susurró unas palabras y sonrió. El hombre sonrió también. El llavero era pesado e incómodo, Ángel salió por la puerta sin perder la sonrisa. Caminó hasta el número cuatro, introdujo la llave en la cerradura y entró en el bungalow. La cama parecía ancha y olía a rancio. Una televisión a monedas estaba sobre una pequeña mesa. Ángel entró en el cuarto de baño y se miró al espejo. Los ojos habían dejado de molestarle. Sonrió de nuevo. Su boca era más grande. Sonó un disparo. Volvió a sonreír, realizando una mueca increíble. Sonaron dos disparos más. La boca ocupó el rostro de Ángel.

El hombre rata se voló la cabeza tras asesinar a su familia. Ángel entró de nuevo en el bar de la carretera. Miró a Linda, asustada por los disparos. El resto de clientes ya se había levantado, mirando extrañados por el ventanal. Pero él sólo la veía a ella, volviendo a su apartamento, tratando de hundirse en el olvido, odiando su propia vida. Hoy más que nunca. La historia que el vaquero había escrito para ella no le gustaba en absoluto. Se preguntó cuántas vidas anodinas y sucias habría que cambiar para que la obra fuese perfecta. Tendría que hacer ajustes. Tendría que mejorarla.

Se acercó a la camarera. La tranquilizó con su abrazo. Abrió su enorme boca.

Y susurró.



Como nos gusta la simetría, aquí va otro "autor de la casa". Alfredo Álamo, una de las voces más fecundas e interesantes de la nueva camada de escritores españoles, ha publicado mucho y bueno en Axxón. Pasen y vean: "De nuevo, el principio" (N° 133), "Dios del ácido" e "In vino Veritas" (N° 135), "Átomo Jack y el mercader de sueños" (N° 138), "Deseos" (N° 143), "Vuelta al hogar" (N° 145), "Vivir del cuento" (N° 148). Además solemos hacernos compañía en cuanta antología no nos echa a patadas y somos "socios" en Uficción, el espacio de ucronías y metaficciones de Axxón. ¿Qué puedo decir de Alfredo Álamo?


Axxón 152 - Julio de 2005
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Ciencia ficción. Dones paranormales: España: Español).

            

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