LA ENTREVISTA

Carlos Abraham

Argentina

Hay tantos hoteles en Nueva Orleans, y tuve que terminar en el peor. Encendí la lámpara de veinte watts y el piso de madera hirvió con cucarachas asustadas. Me senté en la cama, resignado, una vez que la última se hubo escondido. Nunca más dejaría que eligiese el gerente del periódico; la próxima vez pagaría el alojamiento con mi bolsillo. Abrí la maleta y saqué sólo un block de notas y unos cigarrillos. No pensaba quedarme mucho tiempo.

El Evening News me había encargado un artículo sobre la brujería. Decidí entrevistar a los miembros más ancianos de la comunidad negra para recabar información acerca de las curiosas misas afroamericanas celebradas hacia el siglo XIX en esta sucia, hermosa y pululante ciudad.

Al cabo de unos días fui a un asilo situado en un suburbio, a ver a Molly Lee. La casona era de color rosa ceniza, un tanto descolorido por los años y el descuido. Era un paso cantado: la anciana, apodada Tía Carroña por la gente del barrio, en su juventud había sido esclava. Todos los datos la hacían aparecer como el informante ideal sobre el folklore de la zona. Debía conocer bien la vieja Nueva Orleans, tierra de esclavos venidos de África o Jamaica, cargados con grilletes en cuello, manos y tobillos, emborrachados con alcohol de quemar, en rechinantes barcos, pereciendo como carneros a manos del escorbuto y el tifus, engendrando oscuras generaciones de las que soy un eslabón. El algodón y el tabaco eran buen negocio para los blancos. Los negros, entretanto, vivían en galpones, amurados como reses, hablando a sus criaturas del más allá.

Molly llevaba sus noventa años con la dignidad totémica de los negros obesos. Me recibió en su breve habitación, a la hora acordada de antemano con el director del lugar. La cama, un ropero y la mesa con dos sillas eran el único mobiliario.

—Es un placer conocerla, madame.

Tosió una risa.

—Me han llamado de muchas formas, pero nunca madame.

No aparentaba enojo. Los rasgos eran indescifrables, como una máscara carcomida por el sol y las hormigas. Sólo sus palabras traslucían el interior.

La primera media hora fue rutinaria, el consabido cuestionario biográfico y sociohistórico. Cada tanto, intentaba alguna broma o ironía, con el fin de que se sintiera más cómoda. Pero la mujer era reticente. Contestaba con monosílabos o con frases breves y lapidarias, que vacilé en atribuir a su propia cosecha o a una oculta tradición oral de proverbios. Arribé al fin al tema que me había traído.

—¿Sabe que está jugando con la muerte? —preguntó de improviso.

—No creo en el Vudú.

—No me extraña. Usted es un negro vestido con traje. Sin duda protestante o ateo. Dígame, ¿qué hace aquí?

Me justifiqué como Adán:

—Me mandaron, señora.

—Sí, sí, un diario vespertino. Ahora dígame la verdad, muchacho.

En voz baja, declaré que el artículo era el único motivo que me hacía estar en esa ciudad infestada de calor e insectos. Hice ademán de levantarme.

Me detuvo con un gesto casi imperceptible.

—No se vaya. Una vez, un hombre llegó con otros fines. Yo fui el último eslabón de su larga busca. Pero a usted le creo. ¿Sabe que me cae bien? Quizá se deba a sus idiotas intentos de crear una situación distendida. No tengo nada contra usted.

La máscara reseca permaneció silenciosa un momento.

—Júreme que nada dirá de él. Hace un siglo que está muerto. Déjelo tranquilo. Sólo volvió hace cincuenta años.

—¿De quién habla usted? —dije con interés. Olía a una historia de valor antropológico. La anciana musitó con unción unas palabras que rehusó traducir, y luego dijo:

—Del jamaiquino. ¡Maldición eterna a quien pronuncie su nombre! Créame, no había nadie más cargado de odio. Servíamos a los Lemaire, hombres blancos con corazones negros. Como el ajedrez.

»Yo tenía catorce años y dos hijas. No conocí a mis padres. Los franceses eran unos perros, peores aún que esos españoles a quienes tanto critican. Abusaban de todos. Pero le temían.

»Cuando llegamos a tierra, en un barco con olor a sangre seca, él me asustaba porque tenía algo raro en la cara. Después me di cuenta: sonreía. Pero era una sonrisa que mostraba los dientes: negros y aguzados en punta con una piedra de limar, como los caníbales del Dahomey. Ya no le tuvimos miedo, porque ahora el enemigo era otro. Sí veneración: cuando quería podía ser víbora, caballo, halcón, iguana, araña...

»Pero no pasar desapercibido es la perdición para un esclavo. El padre Lemaire estaba seguro que el jamaiquino había vuelto de la muerte, pues una lívida cicatriz le rodeaba el cuello. Su voz era un tormento, pero para mí era hermoso. En la zafra entonaba cantos en lenguas que apenas recordábamos y aseguraba que Cristo y Mahoma eran negros. Todos lo escuchábamos, reunidos por cientos. Todos, en nuestras noches de sueño y de piel.

»Lo prendieron una noche de lluvia. Doce caballeros con sus caballos. Levantaron la cruz. Días después vimos una iguana negra cerca del árbol y supimos que era él, burlándose".

Cesó de hablar, moviendo la cabeza de atrás para adelante mientras entonaba una casi inaudible melopea.

—Sus jefes no escucharán nada.

—No la entiendo.

—Para eso está el tiempo —dijo.


La historia me hizo pensar en el sincretismo, en John Coltrane, en las leyendas de antiguas civilizaciones sepultadas en lo más oscuro de las selvas. En los barrios miserables de negros. Imágenes ensangrentadas y sensuales acariciaron mi memoria hasta el amanecer.


Ilustración: Fernus

Al despertar, estaba cubierto con sudor; tenía la boca pastosa, pese a haberme cepillado los dientes. Revisé mi block de notas, abierto sobre la mesa de luz. Lo había usado durante la entrevista, anotando detalles con mi diminuta letra. Las primeras páginas eran ordenadas; las últimas, caóticas e ilegibles. Eran las que correspondían a la parte más interesante del largo diálogo. "El dios tramposo: ver mitos amerindios", decía una de las líneas descifrables. Luego más páginas esperpénticas, y finalmente algo así como "Hyeronimus Bosch y los bestiarios medievales".

Dejé el block donde lo había hallado y decidí que el único desayuno que necesitaba era un buen whisky. Si me había hecho soportar mi reclutamiento en la Segunda Guerra Mundial, el año pasado, haría lo mismo con el calor de Nueva Orleáns.

Mientras bajaba los grasientos escalones del hotel, me llegó una racha de jazz, aún llena de noche. Louisiana. Territorio Francés de Ultramar vendido a los Estados Unidos de América, en gentil hermandad de verdugos. Los tres pilares de la esclavitud: oro, documentos y látigo.


Llegué a la hora de las vitaminas de madame Molly. No me quiso recibir. Recuerdo su mano a través de la puerta entornada, entregándome un tosco anillo de barro, y luego el ruido de la llave.

—¿Cómo durmió? —pregunté a través del cristal y de la cortina naranja.

—Mis días serán pocos. Cáncer.

—Lo siento. —Hubo un incómodo silencio.

—Oiga. Antes pensé que él podía matarlo, pero su odio es sólo para los blancos. No se quite el anillo. Esto no es su Bronx, es el infierno.

No se oyó nada más tras la puerta. Volví despacio, silbando, preguntándome qué habría hecho que la anciana cambiara tanto de un día para otro.


El temporal mordía la ventana de mi cuartucho de hotel. Pasé el tiempo documentándome en fuentes menos sinuosas que la Tía Carroña. El jamaiquino se aprovechó de las fiestas paganas. Mató a todo el clan Lemaire, de formas muy artísticas.

Guardé el anillo en una bolsita. En mi vejez sería un curioso recuerdo.

Al darme vuelta vi lo que parecía ser un buitre o un caimán o un toro despellejado. Algo así como una canción de cuna llenó mis oídos. Una mano sin uñas surgió del aire y me aferró por la muñeca. Pude oír mis huesos quebrarse como madera seca. Me sacudí entre convulsiones, tratando de liberarme. Unas palabras guturales y sonrientes lamieron la habitación, pero no las entendí. Recuerdo que estaba en el piso cuando todo cesó.

Viví la llegada de los médicos, de la policía y del dueño del hotel como si formas de un sueño me rodearan.

Logré oír retazos de voces:

—Si era de color, ¿por qué lo atacó?

—¡Porque trabajaba para blancos, Harry!


NOTA DEL AUTOR: El presente texto constituye un ejercicio de estilo, y determinados aspectos de su concepciòn general, así como algunas frases, provienen del relato "Tambores de Haitì" (La Plata, Edición del autor, 1999) de Alejandro Zaccardi.
NOTA DEL EDITOR: La nota anterior fue aportada por el autor tiempo después de la fecha en que fue editado este cuento.



Hace cuatro meses, en Axxón N° 149, publicamos "La guardia noctura" , de Carlos Abraham. Este licenciado en letras y profesor de la Universidad Nacional de La Plata parece tener predilección por tratar en sus ficciones temas folclóricos en clave fantástica. No es casual: Carlos se ha especializado en proto-ciencia ficción y fantasía y su interés se centra en la investigación del material de géneros oculto en las revistas del pasado, lo que lo ha llevado a fundar y dirigir la revista Nautilus, un loable proyecto dedicado a la investigación de esos temas.


Axxón 153 - Agosto de 2005
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Folclore: Mitos: Argentina: Argentino).

            

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