ESPECIAL CUENTOS
"MI PROPIA MUERTE"

Hace menos de un mes planteamos una consigna tan provocativa como morbosa: describir la propia muerte en un relato breve. Hasta ahora una treintena de escritores han respondido a la convocatoria y ya hemos seleccionado suficientes textos como para dar inicio a este Especial.

Encontrarán a escritores expertos junto a perfectos desconocidos, muchos de ellos debutantes en estas lides, por lo que a diferencia de lo habitual las presentaciones irán antes de los cuentos.

Antonio Cebrián ya apareció un par de veces en Axxón, en los nros. 147 y 152. Su relato "La ciudad de los muertos" acaba de ganar el I Premio Vórtice de Ciencia Ficción y ha dado nombre al volumen que reúne a los diez cuentos finalistas. También fue finalista del Pablo Rido, y su relato "Como perros en la ciudad" apareció en Visiones 2004.

Carlos Chiarelli, en cambio, hasta donde sé, nunca publicó un cuento en sus 52 años de vida; si hay alguien en la sala que quiera y pueda desmentirme que hable ahora o calle para siempre. De lo que estamos seguros es que fue uno de los puntales de la etapa fundacional del Círculo Argentino de Ciencia Ficción y Fantasía, en los años ochenta y algunos sostienen que fue uno de los padres de Axxón, o por lo menos su tío más cercano.

Christian Lisboa nació en Chile, vive en Santiago, tiene cincuenta y un años y es ingeniero electrónico. Trabaja en instrumentación química, instalando y reparando equipos que controlan la calidad de lo que comemos, bebemos y respiramos. En su escaso tiempo libre, escribe lo que ve, lo que siente y lo que imagina, costumbre que mantiene desde el tiempo de la secundaria. Sólo un texto de su autoría ha sido publicado: un cuento llamado "Imágenes", finalista en un concurso organizado por el desaparecido diario chileno "La Epoca", en 1990.

Carlos Raymundo Flores Gutiérrez nació 22 de enero de 1972 en el puerto veracruzano de Coatzacoalcos, México. Ha sido toda su vida un gran lector, especialmente de novela histórica, fantasía, terror y ciencia ficción; escribió su primer cuento hace casi 20 años, y como le agradó la experiencia de escribir no ha dejado de hacerlo. En Axxón N° 143, en la sección Uficción, apareció su cuento "¡Qué gran pérdida para México!"

Aquí van, entonces, cuatro enfoques diferentes del "gran tránsito", cada uno de ellos definido, motivado y esculpido por el miedo o la arrogancia, por el espíritu o la materia. Oportunamente nos enteraremos si estaban en lo cierto, aunque claro, no estaremos en condiciones de contárselo a nadie...


Ilustración de Fernus

DÉJŔ VU

Antonio Cebrián - España


Llegado el final de mi vida —un día como otro cualquiera—, me encontré en el umbral de lo desconocido, a punto de enfrentarme al mayor misterio de todos los tiempos. Pero, traspasada la línea, no había allí túneles de luz, ángeles ni demonios. Tan sólo un hombre con traje gris que se acercó y se detuvo junto a mí.

—¿Eres Dios? —le dije.

—Jamás pretendería tal cosa —respondió—. Sólo soy la forma que tú das a una pregunta... o tal vez el delirio de un moribundo.

—¿Y cuál es esa pregunta?

—Ha llegado el momento de inyectar de nuevo tu esencia al principio de los tiempos, y ahora debes elegir el lugar y el momento en que se manifestará. Puedes recorrer la vida de alguna de las personas que ya vivieron o puedes recorrer la tuya de nuevo.

—¿Quieres decir exactamente la misma vida? ¿No podré cambiar nada?

—Por supuesto que sí. El futuro estará en tus manos, podrás cambiarlo todo, y lo harás. Y el resultado de todos tus cambios volverá a ser el mismo. Tu vida será exactamente igual a la que ya fue.

Volver a vivir la misma vida... Volver a sentir la cálida luz del Sol en mi piel infantil, las gruesas y heladas gotas de la tormenta de verano que comienza, el olor a juguete nuevo, a tela limpia y lapicero... Sólo por eso ya valdría la pena retornar. Pero además, volver a verlos... A todos ellos, otra vez; y charlar, y escuchar sus voces... Y descubrirlo todo de nuevo, saborear la infinita capacidad de asombro del que ve y siente por primera vez... Y pasear al borde del abismo nuevamente sin saberlo...

—Sí, volvería una y mil veces.

—Doy fe de ello —dijo la pregunta.

—¿Quieres decir que ya lo he hecho otras veces?

—No puedo responderte, sólo estoy aquí para plantearte la pregunta. Ahora, puedes irte.

Y marché hacia la luz. No la luz de la muerte ni del final eterno, sino la luz del comienzo, una vez más.

Ahora soy un niño. Vuelvo a ser yo. Me dejo vivir sin prisas y sin miedo a nada ya, perpetuando sin saberlo el mito del eterno retorno. Sin recordar nada del futuro que ya fue, me deleito con el aroma de la hierba y la explosión de luz y color que se abre ante mis ojos y disfruto corriendo como no lo podré hacer algún día. Tan solo en algún leve momento me detengo y digo: "esto ya lo he vivido antes"... Pero es sólo una sensación fugaz y pasajera, un recuerdo de alguien que no soy yo... todavía.

Ahora me marcho; tengo toda una vida que vivir y la persona que comenzó este relato no está aquí ya. Lo estará algún día —sin duda—, y volverá a contar esta historia a los que comparezcan aquí de nuevo, manifestando su esencia a través de los presentes, una vez más; como siempre ha sido desde que el Universo permitió que el tiempo recorriera reiteradamente su orografía infinita, conformada por un mosaico inacabable de instantes sólidos esculpidos en la trama de lo absoluto, allí donde no existe pasado ni futuro y el tiempo es sólo una circunstancia ocasional. Y así seguirá siendo por siempre, o al menos, así nos lo parecerá a los minúsculos habitantes de la cresta de la ola del tiempo, cuya esencia sólo puede manifestarse en el filo de esa línea intangible donde converge el fluir del tiempo con la historia inalterable.


EN EL SEXTO PLANETA

Carlos Chiarelli - Argentina


Créanme, el morir no estaba en mis planes. Pero tampoco era algo que no debía tenerse en cuenta. Al fin y al cabo uno comienza a morir cuando nace (¿alguien conoce frase más estúpida que ésta, aunque sea expresada por un muerto?)

El asunto es que cuando decidimos contactarnos físicamente con los de abajo sabíamos los riesgos que se corría. O peor, no sabíamos lo que iba a pasar.

Los de abajo son los habitantes de Saturno, el planeta gaseoso más bello de nuestro sistema. Sí, no hubo que irse muy lejos de la madre Tierra para encontrar vida. Vida inteligente, porque la otra ya había aparecido como esporas en la Luna y bacterias en Marte, debajo de la superficie, en los depósitos de agua. Pero inteligente hasta ahora sólo acá.

Nos pusimos en una órbita polar que se completaba cada treinta y seis horas, lo que nos daba la oportunidad de pasar por el mismo punto cada cinco días y fracción, permitiendo analizar al planeta en toda su extensión.

Así tuvimos en pocas semanas una idea bastante precisa de los movimientos de las masas gaseosas de distinta densidad y altura. Y fue en ese análisis que comenzamos a descubrir ciertas particularidades: Había grupos de gases que efectuaban movimientos organizados, siguiendo pautas muy complejas pero precisas. Le adjudicamos en nuestros ordenadores un color diferente a cada uno para distinguirlos; luego tratamos de comprender esas pautas y descubrimos que a cada movimiento o cambio de característica definida correspondía una única reacción, lo que nos llevó a pensar que esas masas estaban estableciendo una forma de relación consciente, dado que no existían reacciones físicas o químicas que justificaran ese comportamiento.

Como habíamos enviado sondas para evaluar distintas propiedades de la atmósfera, modificamos algunos sensores y comenzamos a recibir sonidos. Al principio los catalogamos como de tormenta, pero luego de asociarlos a los movimientos descubrimos que había una correlación entre ambos, lo que nos llevó finalmente a entender que esas masas se comunicaban.

Con la ayuda de Houston, y después de casi dos años de estudios, pudimos contactarnos. Bueno, eso creímos.

Comenzamos enviando por medio de las sondas la notación binaria en forma sonora (no me pregunten cómo, soy médico), luego la estructura atómica de los primeros tres elementos; todo esto en forma repetitiva durante algunos días. Por fin creímos que nos habían contestado. En el planeta se generaron pautas sonoras y de movimiento hasta ese momento desconocidas y creímos entender en ellas una respuesta a nuestros envíos. Pero cuando enviamos información más compleja (el número PI, el teorema de Pitágoras), no hubo reacción alguna.

En esos momentos las sondas dejaron de funcionar. Como no podíamos rescatarlas, dado que estaban preparadas para que flotaran en forma automática, no hubo manera de saber la causa del repentino enmudecimiento.

Decidimos bajar con la cápsula preparada para tal fin, con posibilidad de movernos y regresar a la nave nodriza sin inconvenientes.

Como estaba estipulado, iba a descender el astrofísico, dado que era el más experimentado en salidas espaciales: con éste era el quinto viaje que realizaba fuera del planeta y el decimosexto paseo.

Se estaba colocando el traje para ingresar a la cápsula cuando sucedió lo que en la Tierra se conoce como Ley de Murphy: Si algo tiene que funcionar mal, funcionará mal. Ataque de apendicitis. Por suerte no hizo falta operar, pero se frustró la salida. Como no queríamos perder un grupo gaseoso particularmente interesante que estaba en posición para el contacto, decidimos no esperar, y como yo era el segundo con más experiencia, me vestí e ingresé a la cápsula. Y comencé a bajar.

El vehículo estaba preparado para los fuertes vientos y se estabilizaba en forma automática, así que el descenso fue suave y sencillo. La idea era llegar hasta cierta altura, donde se había establecido ese grupo gaseoso objeto de nuestras inquietudes. Al tiempo que me acercaba se incrementaba el sonido y el movimiento se hacía cada vez más vertiginoso. Comenzaron los problemas en el momento en que me estaba sumergiendo. Los sensores se apagaron sin razón aparente, se produjo la primera fuga de la cabina, mi traje hermético comenzó a tener microfisuras. Y fallecí.

Claro, uno no se da cuenta rápidamente por falta de experiencia: nunca se murió antes, por lo que no sabe cuándo es el cambio y, en este caso, no hubo ni largo túnel con luz brillante al final ni voces que me llamaban, como indica la tradición popular. Solamente tomé conciencia de lo sucedido cuando en un momento estaba tratando de comunicarme con la nave nodriza y al siguiente me vi con la mano en el conmutador, pero desde afuera de la cápsula. No tuve miedo, la sensación fue más bien de indiferencia. Como buen científico mis preocupaciones pasaban por lo que había sucedido y no por la consecuencia del suceso.

Poco a poco comprendí que estaba rodeado por mí mismo. Es difícil de describir pero no tengo otra forma de expresarlo. Según me explicaron en ese momento, pasé a integrar el cuerpo colectivo de esa masa de gas en particular. Cada grupo es un ser con mente conformada por infinidad de partículas y trabaja como un todo. Cuando me asimilaron comprendí que desde siempre saben que hay vida gaseosa en otros lugares por la llegada de cometas y meteoros que penetran su estructura y van dejando información. También saben que existen otras formas de vida pero no conocían a los humanos particularmente y comprenden que es una buena oportunidad para contactarse con otros planetas.

Cuando subieron la cápsula con el cuerpo que dejé, arrastraron una infinidad de partículas nuestras, lo que nos permitirá contactarnos con los grupos gaseosos del tercer planeta. Creo que gané con el cambio, aunque no tuve opción. Ahora me toca explicar nuestra existencia a los nuevos hermanos, aquellos que el antiguo envase utilizaba para vivir. Creo que en poco tiempo y gracias a los transportes humanos seremos dueños del Sistema. Interesante perspectiva.



Ilustración de Valeria Uccelli

EL MUNDO SE DETUVO

Christian Lisboa - Chile


El mundo se detuvo en el preciso instante en que la llave giró en tu mano, en la cerradura oxidada.

¿Cómo el movimiento de una llave puede cambiar toda una vida?

¿Cómo puede el mundo detenerse con un movimiento tan imperceptible?

Sin embargo, parecía ser que todo seguía igual, cada cosa en su sitio. Los niños caminando hacia la escuela, los comerciantes instalando sus productos en la vereda de enfrente.

Nadie notaba que yo estaba muriendo lentamente.

La puerta se cerró despacio, en un movimiento que duró muchas horas, quizá días.

No lo sé. No lo recuerdo. Yo me quedaba con los recuerdos, con las vivencias atrapadas.

Te escuché llamar un taxi desde tu celular, muchas horas o días después escuché el ruido del motor, y el sonido de las puertas del vehículo al cerrarse.

En mi mente había un solo deseo: detenerte. Pero algo me decía que era imposible.

Seguramente los sonidos tejían una trama con los movimientos.

Y todo encajaba perfectamente, todo era como tenía que ser.

Mañana todos comentarían que esto era lo mejor, opinarían como si comprendieran, y tú estarías protegida.

No tendrías que pensar, no tendrías que volver.

Mientras tanto, en este rincón quedaba tu aroma. Viví mucho tiempo alimentándome tan sólo de eso. Pensaba que si me movía, el aire se disiparía, y perdería tu aroma para siempre.

Cuando pasó el tiempo, cuando me encontraron, me di cuenta de que todo había cambiado.

Otra vez la lluvia barría las calles, limpiándolas de pasado.

Otra vez los diarios hablaban de guerra y del programa de televisión de la noche anterior.

Pero tu aroma ya no estaba.

Salí a la calle, y la humedad se metió en mis pulmones, con fragancia de pasto recién cortado, con restos de vapor y olor a tierra mojada.

Pero tu aroma ya no estaba.

Las personas pasaban por la vereda caminando a toda velocidad, con la mirada perdida en el vacío. Cada uno hacia su objetivo, como si nadie más existiera.

El reloj marcaba la misma hora. Sonó un teléfono, en alguna parte, muchas veces.

De pronto, me di cuenta de que era mi teléfono. Regresé a la casa y tomé el auricular.

Era un mensaje grabado, con mi voz. Repetía siempre lo mismo, interminablemente.

Volví a la calle e intenté detener a un transeúnte. Pero él pasó por mi lado, sin verme ni escucharme. Una señora de rostro amable se acercaba y le pregunté la fecha. Pero ella cruzó mi camino y continuó, sin detenerse. Me quedé pasmado. Ella se encontró de frente conmigo, y sin embargo no sentí ningún golpe, tal como si hubiera pasado a través de mí.

Comencé a sentir temor.

En ese momento, un niño de unos diez años se acercaba, caminando entretenido con un diábolo en su mano derecha. Le grité. Él se dio vuelta y pareció verme, pero luego miró extrañado alrededor, como buscando una imagen perdida, y continuó su camino.

Regresé a casa. Tú estabas allí, como si nada hubiera pasado. Recuerdo que estabas ordenando los libreros. Tenías libros en las manos y muchos ejemplares se encontraban en el suelo. En todas partes había mucho polvo. Me miraste tranquilamente, y me dijiste:
—Debes arreglarte un poco.

—Pero... —alcancé a replicar.

—Bueno, como quieras. Pero no te retrases, tienes que hacer tus trámites ahora.

—Pero..., la dirección.

—La encontrarás fácilmente. Muchas personas van hacia allá. Puedes ir caminando.

Me diste un beso en la mejilla, que sentí como un soplo de aliento frío en mi rostro. Luego, salí de nuevo a la calle y caminé en línea recta hacia el sector céntrico, donde se encuentran los antiguos edificios públicos, con sus altos techos y pequeños ventanales. Aunque el sol estaba ya alto en el cielo, yo no sentía calor, más bien algo de frío, como en los días soleados de invierno. En la vereda, junto al antiguo edificio del registro civil, ése que ya no se usa desde que se crearon los registros computacionales, encontré una larga fila con gente de todas las edades, en su mayoría ancianos. Me ubiqué tras de una señora de mirada ausente, luego de preguntarle si ella también esperaba para hacer los trámites. Como ella asintió con un movimiento de cabeza, me quedé allí por muchas horas. La fila avanzaba muy lentamente. Pasó la hora del almuerzo, pero yo no tenía hambre.

Al parecer todos los que estaban en la fila tenían como único objetivo continuar allí estoicamente, hasta terminar con la diligencia. Por fin, cuando ya la luz del sol se perdió sobre los techos de los rascacielos, yo y cinco personas más entramos en la sala principal. Allí, debimos pasar frente a distintos escritorios, llenando formularios de declaración de estado físico y mental. Pregunté por la necesidad de tal formulismo, en circunstancias que mi estado de salud estaba debidamente acreditado en cada examen y tratamiento médico, en mis fichas.

—Señor —me respondieron—. Aquí se trata de que usted declare con la mayor exactitud su estado real. Todo lo que usted escriba en el formulario será tomado como verdadero.

Así, llené formulario tras formulario, consignando con gran detalle cada molestiamuscular, cada mancha en la piel, dejando constancia de los dolores de garganta frecuentes, de las jaquecas que me aquejaban por las tardes y de la acidez estomacal que experimentaba cada vez que bebía más de tres tazas de café al día. Al terminar con esto, llegué a un largo pasillo sin puertas, al final del cual podía ver la calle, iluminada por faros artificiales. Antes de entrar en el corredor, pregunté a un funcionario:

—¿Esto es todo? ¿Cuándo debo volver?

—No es necesario —me dijo—. Pero puede volver cuando quiera. Está claro que su cuerpo no fue bien cuidado, pero aún así, no presenta grandes daños. Deberá pagar por las reparaciones.

—¿Pagar? Pero si yo mismo sufrí esos daños.

—Señor, creo que no ha comprendido bien. Usted es el responsable de los daños. Usted tuvo siempre la posibilidad de cambiar su programa. Ahora, el resultado es un cuerpo con algunas funciones disminuidas.

—Pero, ese cuerpo nadie podrá usarlo después de mí —repliqué.

—El cuerpo en sí, no, pero el programa de funcionamiento, con sus capacidades, mejoramientos, y disfunciones generadas durante una vida, servirá de base para otro proyecto. El programa fue modificado. Los daños deberán ser pagados. Si hay mejoras, éstas se restarán de su deuda. Mientras tanto, puede deambular todo lo que quiera.

No encontré una respuesta a esta lógica irrebatible. Atravesé el largo pasillo mal iluminado y salí a la calle. Allí aspiré profundamente el aire frío, feliz por alejarme del olor a cemento húmedo y moho que reinaba dentro del edificio.


EL INTERROGATORIO

Carlos R. Flores Gutiérrez - México


¿Qué pasó?, no me debería preguntar a mí, sólo recuerdo que hoy en la mañana todo estaba bien, perfecto podría decir, la máquina estaba al punto; lo angustioso de la espera terminó a las diez de la mañana, cuando apareció Roy por el portal, en perfecto estado de salud. Me lo había mandado, a mí mismo, a una semana en el futuro, sólo por quince minutos. El resultado: no tuve a Roy durante quince minutos el martes pasado, hoy tuve a dos Roy durante quince minutos. Fue fantástico.

Sabía que debía hacer docenas de pruebas con Roy antes de dar un paso más allá, incluso la biopsia era recomendable para examinar cuidadosamente todos sus órganos, sin mencionar las semanas que tomaría analizar los datos del equipo de sondeo que Roy llevó atado al cuello al pasar por el portal, pero la adrenalina me hizo actuar estúpidamente. ¿Por qué dejar que Roy, un simple chimpancé acaparara la atención, los reflectores?

Además, pensé despreocupado, ¿para qué investigar? Yo mismo podría darme los resultados del salto de Roy, si iba a buscarme a mí mismo un par de semanas en el futuro.

Sonaba increíble, yo me estaría esperando, con un resumen preparado, archivos electrónicos... ¿de qué manera cambiaría mi futuro si aún no sucedía? Mientras preparaba la máquina, pensaba que al regresar, traería conmigo mi propia investigación adelantada catorce días, con esa información la adelantaría aún más para entregármela a mí mismo durante mi propia visita, la llevaría al pasado y volvería a adelantarla otros catorce días... ¡Sólo de imaginar ése efecto multiplicado al infinito en mi investigación, mi cabeza daba vueltas!

Eufórico atravesé el portal, programando mi salto a catorce días en el futuro, configuré los controles para mi propio regreso, dos horas después. Me parecía que sería tiempo más que suficiente, ¡y tenía prisa por volver!

Salí del portal a mi propio laboratorio. Mejor dicho, a lo que quedaba de él.

Pisos relucientes ocupados por el más sofisticado equipo de cómputo, miles de kilómetros de cables, pantallas luminosas... todo había sido reemplazado por montones de escombros ennegrecidos por el hollín, pilas de chatarra carbonizada ocupaba el lugar donde antes estaban las computadoras, aún se sentía el calor que irradiaban, el vapor tibio en el aire.

No había nadie que escuchara mis gritos.

Abandoné los laboratorios. Todo el complejo presentaba el mismo aspecto, nadie recorría los pasillos como hacía sólo minutos lo hacían, minutos para mí, claro. Las puertas estaban abiertas, algunos laboratorios aún humeaban. Pude encontrar la pesada puerta de acceso, la abrí manualmente, me quemé las manos en el proceso. Había transcurrido casi una hora cuando pude ver al fin la luz del sol.

Antes de que pudiera acostumbrar mis ojos a la luz del día, tres de sus soldados me rodeaban, apuntándome con sus armas, ordenándome que me arrojara al suelo. Ellos me trajeron aquí.

Ya pudo constatar mi identidad, ya comprobó que mi cuerpo carbonizado fue encontrado entre estos mismos escombros y que fui sepultado hace tres días apenas, ¿por qué tanta tardanza? Me imagino qué pruebas habrán hecho con mis restos, nada agradable, pero claro, ya no me importaba, ¿cierto?

Usted me dice que la investigación indica que el incendió comenzó en el laboratorio dos, unos veinte minutos después de mi salida. Las cámaras de seguridad filmaron el chisporroteo de unos cables mal instalados en una cámara de atmósfera de oxígeno puro y la primera explosión que anuló todos los sistemas antiincendios, después no hubo mucho que hacer, en cuestión de minutos se extendió el fuego y murieron sesenta y cuatro personas... incluyéndome, por supuesto. ¡Claro que lo lamento!, me duele saberlo, pero lo peor es que no lo siento, todavía.

No puede hacer nada por mí, oficial, para usted, el incendio está extinguido, yo me encuentro seguro en este hermético cuarto de interrogatorios, rodeado por sus soldados, pero yo he de irme, mi reloj me dice que en unos instantes más. No puede hacer nada por impedirlo, yo mismo no sé cómo hacerlo, y tengo miedo.

Debería estar en el laboratorio para regresar, mi esperanza es que regrese y me encuentre en este mismo cuarto mientras el incendio devora mi trabajo, pero no estoy cierto de que así suceda. Siempre usamos la máquina en el laboratorio, todo regresaba al laboratorio, nunca sacamos nada que haya dado el salto. Los objetos no podían moverse de ahí, claro, sólo Roy pudo haberlo hecho, pero yo lo mantuve en una jaula, cerca de otra donde él mismo estaba, para ver qué ocurría... ¡Un momento!, ¿huelen el humo?, ¿sienten el calor?...

¡Duele!, ¡quema...!


Axxón 153 - Agosto de 2005
Cuentos de autores de habla hispana (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Fantasía: Varios países).

            

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