FICCION BREVE (catorce)

Varios

HOGUERAS

Juan Pablo Noroña - Cuba


Tragando el aire a mordidas, dejé caer ante el fuego mi cuerpo hecho dolor. Mantuve el torso erguido por unos segundos; después me tendí de espaldas. Las estrellas se veían borrosas y bailaban al ritmo de mis agitados pulmones.

Descansé del mundo y la vida.

Cuando pude, ladeé la cabeza y miré a través de las llamas a la joven sentada al otro lado de la hoguera. Ella me observaba con desconcierto.

—No me lo esperaba así —dijo la muchacha—. Luce usted muy mal.

No conseguí formar una carcajada; sólo dos o tres torsiones jadeantes. Igual fueron irónicas.

—¿Y qué... esperabas? —pregunté.

Ella bajó la mirada.

Al cabo de un rato le señalé mi saco. —Las cosas que me sirvieron. Todas buenas. Lo demás lo boté.

La joven se acercó a registrar. —Sí, algunas me las llevaré —aceptó.

Hice un ademán de cesión.

—¿Usted necesitará algo? —me preguntó.

Negué con la cabeza. —Ya no más.

Ella asintió y comenzó a prepararse. Mientras tanto, yo removía el polvo con una mano. El polvo inmortal.

No le tomó mucho estar lista. Partía con poco, como yo tiempo atrás. Poco tiempo atrás, aunque fuera toda mi vida.

—¡Oye! —le grité cuando ya estaba de espaldas a mí en su décimo paso.

Se volteó. Tenía la misma expresión desconcertada y perdida con que la conocí. Sin embargo, parecía fuerte.

—Habla de mí en la próxima hoguera —le pedí.

Me sonrió. —Por supuesto—. Y fue adelante.

Yo quedé entre las estrellas y la tierra. A cada latido, más lejos de las primeras y más dentro de la segunda. Pero mis ojos duraron hasta ver a la muchacha perderse en el horizonte.


Juan Pablo Noroña ha aparecido frecuentemente en Axxón, por lo que esta vez nos limitaremos a señalar la localización de sus aportes: "Hielo" (N° 136), "Invitación" (N° 140), "Obra maestra" (N° 142), "Todos los boutros versus todos los hedren" (N° 144), "Brecha en el mercado" (Ficción Breve en N° 147), "Proyecto chancha bonita" (N° 148), "Quimera" (Ficción Breve en N° 149), "Náufragos" (N° 152). No se pierdan tampoco su artículo "Temblar es un placer" (N° 150).



ALGÁMENON

Diego Cid - Argentina


La puerta del ascensor se abrió lentamente y entraron dos algámenon, que en el momento tomé por dos ancianos comunes y corrientes. Uno de ellos era alto y delgado, con lentes de culo de botella que hacían que sus ojos parecieran dos toronjas con cataratas. El otro era más bajo, y tan encorvado que sus orejas planeaban paralelas al suelo como gaviotas. Éramos cuatro en total. Los dos ancianos, una chica de unos veinte años y yo. En cuanto la puerta se hubo cerrado, los algámenon se miraron sospechosamente y luego nos estudiaron a nosotros. El más alto hizo un movimiento florido con la mano y el ascensor se detuvo en el misterioso limbo de los entrepisos. Luego, atacaron. El encorvado a la minita y el alto a mí. Sus narices volaron como la lengua de los sapos cazadores y se aferraron a nuestros cuellos como sanguijuelas. La chica intentó gritar, pero al segundo cayó en el trance típico de los ataques algámenon. Sus ojos perdieron todo rastro de vida y se velaron con un resplandor narcótico y lechoso. Los algámenon habían cambiado, adquiriendo su verdadera forma. Parecían insectos gigantes; versiones cadavéricas y tenebrosas de mariposas muertas. Sus rostros eran pálidos y deformes, las manos raquíticas y peludas como patas de araña; unas alas de insecto se les escapaban a través de los trajes, que parecían hechos de humo. Succionaban con desesperación, frunciendo los labios y sudando por el esfuerzo. Entonces lo supe. Los algámenon sorbían Tiempo.

Al cabo de un instante, todo terminó. Sus narices se replegaron como el enchufe de las aspiradoras y volvieron a su lugar. Las alas desaparecieron. Las manos perdieron el pelo y volvieron a aferrar las carpetas y los portafolios. La chica se enderezó y me miró, desconcertada. La puerta del ascensor se abrió lentamente, y salieron los dos ancianos. Yo iba a otro piso.

¿Qué había ocurrido? No sabría decirlo. ¿Acaso alguien se acuerda de lo que ha estado pensando todo el tiempo? Un momento que se fue, nada más. Quizás había estado recordando alguna película, o pensando qué cenaría con Florencia. No lo sé, siempre fui algo distraído, o al menos eso dicen. Bajé del ascensor y entré a mi oficina. Trabajé mis ocho horas mal pagadas, saludé a mi jefe cansadamente y tomé el subte hasta mi casa. Estaba exhausto.

—¿Cómo andas? —me preguntó Flor, zarandeando un repasador que olía a cebollas.

—Muy cansado —le dije. Era verdad.

—¿Mucho trabajo?

—Bastante —respondí.

Aunque no estaba seguro de cuál era la causa de mi agotamiento. Sonreí, intentando ahuyentar de la casa al fantasma de la supervivencia y ayudé a Flor a preparar la mesa. Ella también estaba agotada. Había regresado de su oficina tan solo diez minutos antes que yo. Sonreía tan débilmente como yo mismo, quizás más. La tomé de los hombros mientras lavaba los platos y la besé en el cuello. En el centro, debajo del mentón, tenía una marca circular que me resultó extrañamente familiar. Nos fuimos a dormir. "Mañana será otro día", pensé. Un día más, un día menos.


Diego Cid nació en Morón, Argentina, en el año 1978. Vivió allí hasta los siete años; luego se fue a Basilea (Suiza) por un tiempo, a causa del trabajo de su padre. Volvió a los diez, y desde entonces vive en Palermo, ciudad de Buenos Aires, estudia Derecho en la UBA, y cuando le viene algo a la cabeza, escribe. Publicó un cuento titulado "El Monolito" en el e-zine Alfaeridiani. Es activo participante en el Taller 7 de CCF.



VIAJERA

Iván Olmedo - España


Había visitado ya los interesantes canales venecianos, contemplado esas enormes cabezas vigilantes de la Isla de Pascua, las colinas romanas, los abandonados ranchos de Texas... Hoy llegó a Gijón y se sumergió en la fiesta del verano.

Encontró al chaval entre el bullicio alcohólico de la calle Carlos Marx, eligiendo su cara sobre el resto de caras de los dedicados al botellón. La enorme confianza en sí misma y el abismo vertiginoso de un escote sencillamente insuperable lo hicieron casi todo. Sólo tuvo que invitarle a subir al vehículo de sugerente aspecto metalizado, con esa mirada suya llena de promesas.

Ebrios, turbados por el sudor y el humo de unos porros que aparecieron como por arte de magia, llegaron en pocos minutos a un descampado, desde donde contemplaron fascinados —ella más que él— la alta torre de la universidad iluminada por el fulgor de los fuegos artificiales. El chico salió a vomitar. Cuando volvió, con expresión un poco ausente, ella lo recibió con los brazos y piernas abiertos. Él se acopló a su cuerpo, no del todo convencido. Con una mano experta de finos dedos, la viajera salvó el obstáculo de la cremallera y agarró firmemente el miembro que empezaba a despertar. Su aliento era abrasador cuando posó los labios en la oreja del muchacho.

—¿Vendrás conmigo? —preguntó

—Claro... preciosa... —contestó él con los ojos entrecerrados.

Con un movimiento silencioso de su mano libre, ella hizo que la cabina se iluminara, llenándose de una luz de tonalidad azulada que lo envolvió todo por completo. El vehículo, sin una sola sacudida brusca, se comenzó a elevar en el aire nocturno y, como una carroza celeste de minúsculo tamaño, se dirigió al encuentro de los millones de estrellas que le quedaban por visitar.


Ya dijimos, al publicar "Invasión" en Ficción Breve (trece) que Iván Olmedo nació en Oviedo, Asturias, España, en 1972, aunque nunca ha vivido allí. Ha publicado en Nitecuento, Artifex y Parnaso. Dice preferir el terror y la fantasía oscura, aunque aclara que los géneros no tienen que ser un obstáculo para un verdadero creador.



UN JUEVES

Andrés Diplotti - Argentina


No fumaba. No tomaba. Nunca salía de noche. Cruzaba siempre por la senda peatonal y con luz verde. A cualquiera le habría parecido simplemente un hombre prudente; atípico, sí, pero normal. Pero los que lo conocíamos, los que sabíamos de sus manías, teníamos claro que era otra cosa.

Terror. Le tenía terror a la muerte. Todas las noches, antes de irse a dormir, revisaba diez veces la puerta de calle y veinte las llaves de gas. Ponía tapones en todos los tomacorrientes. Tenía una alfombra de goma dentro de la bañera y otra afuera. Por supuesto que jamás tomaba baños de inmersión. Ni hablar de usar secadores de pelo o afeitadoras eléctricas. Tenía matafuegos por toda la casa; los habíamos visto.

Pero todo esto no era suficiente. No se contentaba con mantenerse alejado de la desgracia; tenía que mantener la desgracia lejos de él. En el coche (a treinta y cinco en calles, a cincuenta y cinco en avenidas) nunca iba solo: siempre lo acompañaban San Cristóbal y la Virgen en el tablero, y una pata de conejo en el retrovisor. No se asomaba a la calle si su horóscopo no le vaticinaba un día favorable. Evitaba escrupulosamente todo gato negro y toda escalera. Evitaba también los pisos altos, llevaran o no el trece nefasto.

Y sin embargo, ni siquiera todas estas precauciones bastaban para hacerlo sentir seguro. Pues siempre quedaba una brecha, un resquicio abierto por la duda. Era esa incertidumbre última lo que no soportaba, lo que le quitaba el sueño. Así fue que un día nos pidió a un par de amigos que lo acompañásemos a consultar a un adivino.

—¿Cuándo voy a morir? —le preguntó, aferrado a su crucifijo.

El augur lanzó sus piedras, hizo algunos gestos teñidos de misterio, y finalmente dio una respuesta, o algo que se parecía a una respuesta.

—Morirás un jueves.


Por supuesto, fue para peor. Desde entonces entró en un círculo emocional que amenazaba con destruirlo. El lunes se lo veía caminando como un zombi, con la cabeza gacha. El martes empeoraba y el miércoles ya no salía de su casa. El fatídico jueves, los amigos lo acompañábamos mientras él no dejaba de temblar y de llorar, hecho un ovillo. El viernes era euforia; un festejo interminable que se extendía todo el sábado e iba muriendo lentamente a lo largo del domingo.

Esto duró varios meses. Ya no soportábamos verlo así, siempre barbudo, desaliñado, ojeroso. Corría el riesgo de perder el trabajo por su ineficiencia.

Una tarde intenté hablar con él. Inútil sería exhortarlo a que no le hiciera caso a un charlatán de feria; lo conocía demasiado bien. Esa vez traté de ser más diplomático.

—Después de todo —argumenté—, ¿qué te dijo? Que te vas a morir un jueves. Eso puede ser mañana o dentro de cincuenta años. No te dijo nada que no supieras ya.

Cuando me fui seguía deprimido, pero un poco más tranquilo.

Volví a encontrarlo unos días después, caminando alegremente por la calle como si no hubiera pasado nada.

—Te debo la vida, hermano —me dijo animado—. Estuve pensando en lo que me dijiste. Si voy a morir un jueves... ¡los otros días puedo hacer lo que se me ocurra! Puedo andar despreocupadamente por ahí, puedo cruzar la calle por mitad de cuadra... ¡sabiendo que no me va a pasar nada!

Tendría que haberle explicado que no era eso lo que yo le había dicho, pero no tenía sentido. Además, me alegré tanto de verlo así después de tanto tiempo, que no me habría atrevido.


La camioneta lo llevó por delante un miércoles. Murió en el hospital al día siguiente.


Andrés Fernando Diplotti es Diseñador Gráfico. Nació el 24 de febrero de 1978 en Rosario, aunque hace mucho que vive en Pergamino. Viene publicando en Axxón los episodios del poema épico-costumbrista "El Gaucho de los Anillos: La Comunidá del Anillo", bajo el seudónimo Otis. En el número 122 de Axxón publicamos su cuento "Cuerpo y Alma", en el número 129 "Algo en el lago" y en el número 137 "Tras la pared de ladrillos".



IDEAS

Judith Shapiro - Argentina


Julio quería y quería, pero ninguna idea se le cruzaba por la cabeza.

Estaba sentado ante el escritorio de pino, con el termo y el mate a su derecha, y la ventana abierta a su izquierda.

Me miraba, un poco preocupado, sin saber qué decirme, qué contarme, y la pluma seguía dando vueltas en su mano, con la tinta esperando en el cartucho.

Tenía una remera azul, bastante vieja y que le quedaba medio grande, y unos pantalones de entrecasa.

Yo lo observaba a mi vez, intentando pensar en algo para ayudarlo, pero como nos suele pasar a todas nosotras, siempre, estaba en blanco.

En un momento, cerró los ojos para concentrarse (o para dejar de mirar por la ventana una paloma que daba vueltas por el árbol de enfrente, es lo mismo), y los volvió a abrir con una idea clarita, que le saltaba por el brazo hasta la mano y de la mano a la pluma.

Comenzó a exponerme esta idea que se le había ocurrido, con movimientos seguros de su mano. Pero no llegó a escribir tres renglones, cuando el teléfono empezó a sonar, obstinado y estridente, para comunicarlo, seguramente, con el editor, su sobrinita o su mamá, desesperados todos para que hiciera alguna cosa o se reunieran en algún lugar (por supuesto, los pedidos de su sobrinita siempre pesaban más que los otros y eran cumplidos con más ganas y cariño).

Habló unos momentos con la voz que le llegaba. Tenía que encontrarse en el parque con su hermano, la mujer de éste y la hijita de ambos, para luego ir a comer los cuatro juntos.

Agarró una campera, las llaves y salió.

Yo me quedé sola, en el escritorio, con algunas locas palabras que fichaban la última idea de Julio.

Afuera, el viento charlaba con los árboles y la paloma de enfrente, y vi pasar a Julio caminando tranquilo, con el pelo un poco revuelto y las manos en los bolsillos del pantalón.

Cuando el viento lo vio irse, se paró en la ventana para saludarme. Contenta por la atención de mi amigo, salí a devolverle el saludo. Y él, siempre tan alegre, me levantó hasta la copa de un árbol y me enredó entre las ramas. Una amiga de la paloma de enfrente, que tenía su nido en la rama sobre la que me doblaba, me saludó con el pico y revisó las notas que tenía. Siguió retocando su nido, después, sin prestarme mayor atención. Yo me tiré al piso balanceándome divertida.

No había mucha gente caminando, aunque casi todos los que salían de las casas de esa cuadra, saludaban (con la mano o un "Buen día" ) a doña Josefa, sentada como todas las mañanas, mediodías y tardes, tomando "calle" en la puerta de su casa.

Un chico que se acababa de bajar de un auto corrió hasta la puerta de doña Josefa. Yo estaba en el camino, y como los chicos no le prestan demasiada atención (o, por lo menos, éste en particular) a lo que llevan en las suelas de las zapatillas cuando están buscando algo que quieren, me quedé pegada a un pedazo de chicle que no parecía muy viejo.

El chico siguió corriendo para saludar a su abuela. Sólo se dio cuenta de que me estaba llevando con él, cuando, antes de entrar, su madre se lo dijo.

Un artístico trozo del chicle quedó adornando mi revés. Pero eso no impidió (porque no había razón para que lo hiciera) que el chico notara las letras del trazo de la pluma. Intrigado, le preguntó a su madre qué decían, y cuando lo supo se le ocurrió, muy brillantemente, doblarme en forma de avión y lanzarme desde la terraza.

Así fue que me volví a encontrar con mi amigazo el señor Viento Otto (como me gusta llamarlo desde que, hace tiempo, escuché a Julio practicando un cuento que tenía que relatar), que me llevó planeando hasta la calle, para alegría y satisfacción del niño.

Pero pasaban algunos autos, y con toda lógica, aplastaron mis pliegues. Enseguida, Otto vino al rescate.

Volé rauda hasta una vidriera, donde un señor leía un libro (que bien podría haber sido un diccionario), sentado entre el mostrador y el vidrio. Estaba quieto, muy concentrado, sin darse cuenta de que los lentes estaban a punto de caérsele. Mientras bajaba otra vez al piso, pude ver fugazmente que se trataba de un local de arreglo de cámaras fotográficas.

Quedé ahí tirada un rato largo, pero tranquila. Miraba el cielo, el sol, los desagües, las manchas de humedad en la parte inferior de los balcones... Yo sabía, con mucha certeza, que la paloma que había visto por la ventana me vigilaba desde el alero de una de las casas de la esquina.

Eventualmente, aburrida de permanecer ahí quieta, voló hasta donde yo estaba, y me llevó con las patas al escritorio de Julio.

Más despierta de lo que hubiera creído, después de apoyarme, buscó en la vereda una piedrita y me la puso encima para que no me fuera otra vez. Luego, se fue a visitar al nieto de doña Josefa y sus miguitas de pan.

Cuando volvió y me vio con mi piedrita, Julio tuvo una nueva idea que le resplandeció en la cabeza. Pero como ya no podía usarme para escribir, sacó rápidamente algunas hojas limpias del cajón y me arrojó despreocupadamente al tacho de basura, en el rincón.


Judith Shapiro nació y vivió siempre en Rosario desde el 16 de enero de 1989. O sea que tiene una edad indecente: dieciséis años. Tiene una hermana mayor y una gemela. Sus papás les leían desde que eran chiquitas, por lo que no debe llamar la atención que le empezara a interesar la literatura, en especial los libros de la colección Minotauro que pertenecían a la mamá. Ese fue su punto de encuentro con la ciencia ficción (aunque no es lo único que lee). Ha sido una participante más que activa en el Taller 7 de CCF y éste el primer cuento que publica.



SI UNA MALA JUGADA DEL TIEMPO

Carlos Suchowolski - Argentina


Se sentó sin salir de la cama, se estiró hasta el papel y el bolígrafo abandonados sobre la silla que se hallaba a su lado y escribió:

"Amor mío:

"Estoy a una distancia imprecisa de ti, y de todos. La comercialización del hibernador personal ha sido uno de los sucesos más escalofriantes de ¿este siglo? Duermo durante el tiempo que me viene en gana sin ninguna sensación de haberlo hecho, sin pesadillas, sin molestias. Apenas aproximándome a la muerte unas décimas de segundo o poco más. Y despertando de nuevo en el mismo sitio, como si no hubiera sucedido nada, aunque más lejos que la última vez de todas las cosas y de todos los demás, de los que ¿viven?, ¿duermen?, ¿han desaparecido? El bullicio que continua fuera, más allá de las persianas bajadas, ¿quiere decir algo? No me animo a comprobarlo. Si me levantara y saliera a la calle ahora mismo creo que no podría reconocer a nadie: sin duda hemos envejecido todos en proporciones diferentes. Tú misma, ¿cómo eres hoy, cómo serás al recibir esta carta, como serás luego, dentro de...? ¡Vaya a saber qué medida del tiempo es la más adecuada para decirlo! Mi mirada interior te rescata joven en la memoria, cruzando el umbral de la habitación hacia la mesa de la sala donde quedaron los cigarrillos, y se detiene en tus muslos, sobre los que se derrama una cálida luz que, creo recordar, era la del atardecer entrando a través de las rendijas de la persiana de enrollar y que les daba un rosado suave bajo ese vello diminuto que prometía, ay, volver a electrizarse... ¿Ya no son así, lo son todavía? Porque... habrás usado, usas, usarás tú también el hibernador, ¿no es cierto...?"


Se interrumpió. ¿Qué sentido tenía continuar escribiendo una carta; escribir en general, cualquier cosa que fuese? El deseo de volver a caer en el letargo parecía la única respuesta. ¿Para qué? Sin duda eso tenía tan poco sentido como todo lo demás. El mundo exterior se había convertido en una pesadilla potencial intolerable. Si volvía a dormirse, y a despertar luego, ¿no volvería a sentir la misma inseguridad, incluso multiplicada? De improviso se imaginó que casi todos dormían; que el mundo entero, salvo... ¿quiénes y para qué?, escapaba una y otra vez, como él, de todo aquello. Fuera, en la calle, continuaba el ajetreo. Había gente, habían vehículos circulando, voces. ¿Habían decidido abandonar las prácticas de hibernación, tal vez para siempre, abandonarse al desgastante paso normal del tiempo? ¿Se trataría de personas que de tanto en tanto se animaban a salir, a ver el mundo, a mostrarse?

Se dejó caer de espaldas. La mano se abrió soltando el papel y el bolígrafo. No pertenecía a la clase de gente capaz de suicidarse, era una lástima. Pero volvió a acariciar la vieja idea macabra, una idea plena de burla. Conectó el aparato, fijó como fecha de destino el día, mes y año de su nacimiento (lo hizo así por hacerse un honor a sí mismo ya que cualquier fecha pasada habría sido igualmente útil) y cerró sobre sí la cubierta de la cápsula, hasta sentir el clic del cierre hermético, que sólo se podía volver a abrir completado el proceso, y comenzó lenta pero inmediatamente a dormirse. Mientras lo hacía alcanzó a preguntarse una última cosa: ¿Y si el tiempo le jugaba una mala pasada? ¿Y si, contra todas las lógicas, el tiempo siguiera un vaya uno a saber cuán extenso y cuán complejo curso circular y, al cabo del futuro del futuro, alcanzase alguna vez, otra vez, esa fecha, precisamente ese día, para volverlo a despertar?


Carlos Suchowolski nació en 1948 en la Argentina, aunque vive en España desde 1976. Su cuento "Viaje de vuelta", publicado en Axxón N° 136 fue considerado uno de los mejores editados en España en 2004. Publicó relatos en revistas como Uribe, Sinergia y Artifex. En Ficción Breve (cuatro) apareció su minificción "La niebla".



LA PICAZÓN

Carlos Daniel Joaquín Vázquez - Argentina


—No podrá comer tomate, ni ají, ni ingerir cosas que contengan cítricos. Absténgase también de comer insectos, y en especial carne de roedor. No queremos que el proceso se eche a perder, ¿verdad?

El Manso miraba al médico de reojo mientras deslizaba los dedos hasta la picadura.

—Nonononó, mi amigo —lo detuvo el médico—. No se rasque. Será sólo una pequeña molestia pasajera.

Pero por qué no te irás a cagar, pensó el Manso. ¡Esto pica como la puta madre!

—Sí, claro. Disculpe, doctorcito.

—Eso. Así está mejor, mi amigo. Y nada de andar cortando como la otra vez, ¿me entiende? Sino, vamos a tener que sacarlo del programa.

El Manso asintió en silencio, con un ojo en el médico y el otro en la picadura. La zona ya se había puesto colorada, algo hinchada y con los bordes blancuzcos. Retiró la mano.

—Eso es, mi amigo —dijo el médico, condescendiente—. Tenga un poquito de paciencia, en un par de semanas vendremos para el ordeñe y recibirá su recompensa. Y sea macho, aguántese. Porque nos unen muchos meses de confianza le voy a contar un secreto: la mano viene dura con los que se retoban. Usted sabe lo que es perder todos estos beneficios, dormir bajo techo, calentito, sin andar por ahí revolviendo la basura. ¿O acaso tiene ganas de volver allá?

¿Ahora me estás amenazando, pelotudo?

—Claro, sí. Entiendo.

El médico guardó los implementos de inoculación en el pequeño estuche de su traje, lo miró a través de la escafandra y le sonrió amigablemente, premiándolo con una leve palmada en el hombro del antebrazo incompleto. Luego se dirigió hacia la puerta. El Manso lo siguió, arrastrando lentamente los pies por la senda de baldosas gastadas y cuarteadas, pero perfectamente limpias. Cuando el médico se acercó a la entrada pulsó un botón y la esclusa le abrió paso hacia un pequeño cubículo que lo separaba del exterior. La puerta se cerró tras él con un silbido.

Al fin el Manso se quedó solo y recién entonces se animó de mirar de nuevo la zona inoculada. Estaba alcanzando el mismo aspecto mórbido de la otra vez pero mucho más rápidamente: en parte ampolla, en parte hematoma, ya se extendía hasta el muñón. Un ardor indescriptible comenzó a hacer su nido bajo la epidermis, e imaginó los pequeñísimos aparatitos reproduciéndose en su carne, tomando una parte de ese tejido para transformarlo en nuevos artefactos que repetirían el ciclo, y así una y otra vez hasta que los inhibidores empezaran a funcionar y frenaran el proceso.

De chico, cuando el mundo aún era distinto, el Manso había encontrado los restos de una biblioteca con algunos ejemplares, y los garabatos escritos en el papel lo habían fascinado. Ahora, que había cumplido el viejo anhelo de desentrañar los prolijos símbolos que llenaban cada página, ocupaba el tiempo leyendo las decenas de revistas y noveletas que le habían entregado como parte de pago, tratando de olvidar el hormigueo caliente que ascendía desde la picadura. Él sabía que el ardor duraría sólo unos momentos más, hasta que los nanoartefactos comieran las terminales nerviosas y transformaran algo de hueso en gelatina. El Manso trató de concentrarse en las imágenes de las revistas, tomas del siglo anterior repletas de personas que posaban sobre arenas limpias, algunas desnudas, otras con minúsculos trajes de baños, pero todas sonrientes, disfrutando del ocio. Detrás de la gente el agua bailaba y saltaba, salpicando espuma blanca hacia la cámara.

Pero algo no iba bien: el Manso sintió cómo el latido avanzaba y avanzaba mucho más acá del hombro, con fuerza y rapidez, subiendo por el cuello, desperdigándose por el organismo. Miró donde le habían aplicado la inyección. Todo era una enorme ampolla translúcida, en cuyo interior se veía un líquido turbio repleto de coágulos sanguinolentos y grumos azulados, donde algo se movía en pequeños grupos por aquí y por allá, sin destino aparente.

El Manso ya no fue más manso: el terror lo comió mucho antes de que las pequeñas maquinitas descontroladas completaran el avance por su cuerpo. Abrió la boca para gritar, pero ya tenía los labios y la lengua tan hinchados que apenas tuvo fuerza suficiente para capturar algo de aire.

Las rodillas se le aflojaron y perdió el equilibrio. Durante la caída, que a él se le antojó interminable, el Manso se preguntó si faltaría mucho para que, de una buena y definitiva vez, la picazón se acabara.


Carlos Daniel Joaquín Vázquez (también conocido como Tut y Axxonita, porteño, nacido en abril de 1968) está apareciendo con mayor frecuencia en los lugares y circunstancias que más nos gustan, exponiendo sus textos y estimulándose para sostener algunos crecimientos: el de los tres varones que ha engendrado con Laura, el del software que desarrolla para vivir y el del universo de CiberMundo Unlimited, en el que se inscriben "Madre", "Su amor del tren" (Axxón N° 25) y el relato que acaban de leer.




Axxón 153 - Agosto de 2005
Cuentos de autores de habla hispana (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Fantasía: Varios países).

            

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