FICCION BREVE (quince)

Varios

ALIENÍGENZOOS

Carlos Daniel Joaquín Vázquez - Argentina


El ente llega al planeta y esparce las esporas con un soplo divino. Los colores ya están presentes en el suelo, en el agua y en el cielo. Aún así, las esporas traen algo nuevo. Germinan, crecen, se reproducen, cambian. Así combinan los tonos y las tramas, creando alfombras de singular belleza.


La cría enorme festeja las diminutas siluetas de sus padres. Cuando están lo suficientemente cerca, los engulle. Para crecer debe estar bien alimentada.


Ello cree haber engañado a la Muerte. Flota en los límites de la nada, en los intersticios de la realidad, esperando y esperando. No sabe, o no quiere saber, que la Muerte es más antigua, y por lo tanto más zorra. Y que puede aguardar por siempre, con toda la paciencia inimaginable, hasta que Ello se canse, se desespere, dé un paso en falso. Porque la Muerte nunca aprendió a jugar al ajedrez, y por lo tanto nunca da tablas.


Una criatura singular que ha crecido en el medio del desierto. A duras penas obtiene beneficios del magro suelo y del sol ardoroso. Por las noches, le pregunta al ojo de la luna qué ha hecho ella para sufrir tan descarnadamente. Un día se cansa, decide que basta, que ya ha sido suficiente, que seguir así no tiene sentido. Entonces, con el esfuerzo inigualable de todos sus deseos, quiebra el espacio-tiempo y se desplaza a otro universo, más benévolo, donde disfruta del convite de los seres del bosque.


Acaba de salir del mundo de los muertos. Persigue, desde hace mucho, los restos desperdigados de su amado, los cuales fueron arrojados perversamente por todos los rincones. Con sangre y tierra hará el cemento que unirá las partes. Con una batería de hidrógeno lo volverá a la vida.


La cazadora espera oculta en un hueco oscuro y protegido. La nave pasará cerca y la cosa feroz y agazapada notará su presencia. Eso, que esperó tanto tiempo por una víctima, se lanza al ataque. Invadirá sus mentes, transformándolo todo en espejitos de colores.


Lleva una velocidad alucinante. Los motores aúllan, el calor tiñe de rojo metales y cerámicos. El exterior se inflama, y el plasma avanza sobre la materia, avasalladoramente. Fénix ardiente, cruza los cielos. Al fin, sólo al fin, se consume en un punto de luz. Del otro lado, vaya uno a saber dónde, alguien lo extrae de la galera y lo muestra al público, que aplaude de pie.


Ella abre las piernas y le ofrece al otro su interior rosado y jugoso. Él acepta. Duro y enorme, la penetra. Ambos gozan, se besan, se lamen, gimen. Ella cierra los ojos, tira la cabeza hacia atrás, delira de placer. Él succiona y succiona. Y la va chupando, de adentro hacia fuera, hasta absorberla por completo. Preñado y redondo, se marcha. Con el tiempo suficiente volverá a parirla, nueva y rozagante.


Hemos dicho que Carlos Daniel Joaquín Vázquez (también conocido como Tut y Axxonita, porteño, nacido en abril de 1968) está apareciendo con mayor frecuencia que antes por estos suburbios, que a pesar de que el tiempo no le sobra ha encontrado el modo de escribir y regalarnos sus extravagantes ficciones (entiéndase que "extravagantes" es un elogio). Resta decir que nos sentimos responsables de esta fecundidad literaria y que seguiremos insistiendo para que no se detenga. Hay más Vázquez a lo largo y ancho de Axxón. Busquen y lean.



LA DELEGACIÓN

Carlos Flores Gutiérrez - México


Habían pasado los mejores tiempos de la estación. Antes se denominaba "Estación Espacial para Manufactura y Ensamblaje" o MESS por sus siglas en inglés, hoy era llamado simplemente "El Astillero". Después de años de servicio, la estación fue reemplazada por otras de mayores dimensiones y capacidades tecnológicas, sus amplios espacios fueron arrendados a empresas, que la modernizaron, instalaron laboratorios y fábricas, acomodando una población fija de técnicos y científicos.

La decadencia del Astillero había sido gradual e inexorable, las empresas fueron retirándose a nuevas instalaciones y su población fue reemplazada por todo tipo de personas, principalmente dignatarios de organizaciones criminales que buscaban la ambigua jurisdicción espacial y comerciantes dedicados al servicio de la población.

En el centro de la zona habitable había un comedor de la época de las compañías. Cuatro niveles armados con módulos prefabricados en forma de dona de tamaño decreciente. Ahora era una taberna llamada "El Cascabel" , frecuentada por lo más representativo de la sociedad a bordo.

El "Astillero" recibía pocas visitas debido a su mala fama. Sin embargo a nadie llamó la atención que el transbordador de refacciones y víveres desembarcara a un sujeto joven, bien vestido pero de aspecto huraño. Algunos "socios" de los residentes acudían de vez en cuando a tratar asuntos de importancia en la estación, pero también más de un sicario había llegado en los últimos meses.

El recién llegado se dirigió al centro de la estación y entró en "El Cascabel", acomodándose en un extremo de la barra. Sus pasos habían sido debidamente informados a todos los notables del Astillero, el desconocido parecía no notarlo o no darle importancia.

Pidió una cerveza, comenzó a degustarla pausadamente, como si fuese la última que bebería. Varios hombres entraron y se sentaron sin pedir nada, observando al recién llegado.

Instantes después llegó un opulento caballero, rodeado por dos acompañantes. En ese momento, la mayoría de los parroquianos que se encontraban en el lugar pagaron apresuradamente la cuenta y huyeron de "El Cascabel".

El hombre opulento era Roy Lang, traficante de armas; había sufrido un atentado sólo tres semanas antes. Se hacía acompañar de un sujeto de aspecto escalofriante, enorme como un gorila y seguramente armado hasta los dientes, y una delicada y grácil dama de hermosas facciones; quizá la amante de Roy, quizá una letal guardaespaldas.

Roy caminó pomposo hasta la barra, cerca del recién llegado. La chica se colocó entre ambos y el enorme guardaespaldas se colocó al otro lado y junto al desconocido, quien permanecía silencioso, absorto en su cerveza.

—¡Hola amigo! —dijo Roy, afable—. ¿Qué noticias trae de la Tierra?

El desconocido levantó la mirada del tarro, sólo unos instantes.

—No hay noticias, amigo —respondió.

—No hay noticias... tan tranquila la Tierra —ironizó Roy—, veámosla.

Con un gesto ordenó al cantinero que encendiera una pantalla que mostraba una vista de la Tierra, tomada desde el atracadero de la estación. En una esquina podía verse parte del transbordador.

—Sí, se ve tranquilo allá abajo, ¿qué lo trae por acá, amigo?

—Trabajo.

—¿Qué clase de trabajo, amigo? —Roy comenzaba a perder la sonrisa.

—Soy sólo un delegado, amigo —dio un pequeño sorbo a la cerveza—, pronto me iré.

Roy hizo una señal y la docena de hombres que ocupaban las mesas se pusieron de pie como uno, sacando ruidosamente un arsenal de entre sus ropas, el gigante puso su manaza en el hombro del desconocido, obligándolo a encarar a su jefe.

Roy adquirió confianza, aún oculto tras su bella guardaespaldas.

—Traigan otra cerveza a este goloso bebedor —ordenó.

El segundo tarro se acomodó junto al primero casi vacío. Era obvio que el despliegue y las amenazas no lo intimidaban, no mostraba emoción alguna.

—Vas a decirme qué tipo de trabajo vienes a hacer, amigo.

—La muerte es mi trabajo, amigo. Trabajo con muerte, soy su delegado en esta estación —dijo tranquilamente y dio otro sorbo a la cerveza.

—¡Quién es tu blanco, dímelo! —Roy no esperaba tanta franqueza. Comenzaba a asustarse.

El gigantón lo obligó a ponerse de pie.

—¿Quien es tu objetivo? —preguntó otra vez.

—No tengo objetivos —respondió tranquilo, tomando el tarro de la barra—, vine a tomar una cerveza antes de trabajar.

—¡Jefe, mire la pantalla! —dijo el guardaespaldas, desencajado.

La imagen mostraba la conocida vista de la Tierra desde el atracadero, pero las blancas nubes y el azul salpicado de pinceladas de color había sido reemplazado por mareas de fuego, que en amplios frentes cubría la superficie de la tierra rápidamente.

—¡Qué diablos...! —alcanzó a decir Roy antes de abrir la boca y congelarse en una expresión de estúpida incredulidad y asombro, mirando la pantalla, mientras el desconocido, aún sujeto por el gigante, daba otro sorbo a su cerveza, indiferente a lo que ocurría afuera.

En la pantalla, las nubes se tornaban negras; sólo había llamas bajo ellas, lenguas de fuego que parecían querer alcanzar la estación. Aparecieron docenas de puntos moviéndose contra el fondo de nubes y fuego, eran naves de todos los tamaños que se alejaban de la superficie, como un cardumen de peces huyendo de las redes del pescador.

Una a una, las naves se convirtieron en bolas de fuego, disolviéndose en el espacio.

El desconocido apuró el contenido del tarro.

—A trabajar... —dijo suavemente, pero todos escucharon.

El desconocido abrió los brazos y echó la cabeza hacia atrás, algunos de los hombres de Roy abrieron fuego. El desconocido abrió desmesuradamente los ojos y la boca, en un gesto de dolor, mientras las balas perforaban su cuerpo.

—¡Dios tenga clemencia de sus almas! —dijo Roy, observando la pantalla.

Y apareció el fuego en los ojos y boca del desconocido, desbordándolos, derramándose, incendiándolo.

—La clemencia ha terminado —se oyó la voz del desconocido, tranquila entre el fuego.

Y las llamas se extendieron impulsadas por vientos de tempestad, alcanzaron toda la estación en cuestión de segundos, hasta disolver el Astillero en una gran bola de fuego.


Carlos Raymundo Flores Gutiérrez (1972), es de Coatzacoalcos, Veracruz, México. Le interesa la novela histórica, la fantasía, el terror y la ciencia ficción, aunque no aclara en qué orden. En Axxón N° 143 publicamos su ucronía "¡Qué gran pérdida para México!" y en el Especial Mi Propia Muerte del N° 153 un relato breve de su autoría, "El interrogatorio".



VIAJE AL PASADO

Hernán Domínguez Nimo - Argentina


Un viejo inventó la máquina del tiempo, hace ya muchos años. La utiliza casi a diario. Sólo alguna fuerte tempestad, o una enfermedad severa que lo recluya en casa, se lo impiden.

Sale al atardecer, cuando el sol ya mira los tejados del pueblo de soslayo, y camina hacia un pequeño bosque, perdido en unas montañas de la frontera austrohúngara.

Ese es su bosque. Siempre lo ha sido. Pocos en el pueblo se animan a entrar en él, temerosos de violar su privacidad. Su secreto.

El viejo se interna entre la maraña de árboles retorcidos y la melancolía comienza a invadirlo. A medida que avanza, la vegetación se vuelve más espesa. El viejo no entiende cómo es que su paso constante no mantiene un sendero abierto. Los arbustos lo bloquean cada vez más. La punta de algunas ramas secas araña su ropa, sus mejillas. El sol apenas si consigue salpicar un poco el suelo húmedo.

De repente, un claro se abre y allí, en medio, se alza un árbol solitario, como el monumento central de una plaza perdida.

Con esfuerzo arrastra los pies hasta el viejo abedul, mucho más viejo que él. Se para a su lado y recorre con la vista cansada el bosque que los rodea. No hay nadie más allí. Nadie.

El viejo enfrenta el tronco de su árbol y comprueba que todo está bien. Sus dedos nudosos se deslizan por la corteza arrugada, descifrando con las yemas —como si fuera un lector ciego— el extraño galimatías que los años han ido deformando casi tanto como a su cuerpo y a su alma.

Entonces la máquina se enciende y el viejo es joven y está allí mismo, en su bosque, escondido detrás de algún otro árbol, espiando a Marie, la bella e inalcanzable Marie, a quien ama en secreto desde hace mucho, aunque está seguro que es un secreto que todos conocen, que el pueblo entero se burla de su amor imposible a sus espaldas. Por eso cuando la ve grabar en el abedul, entusiasta, un corazón con su inicial, dejando libre el lugar de su amado, más que una invitación —después de todo, ¿quién más que él visita este bosque?— lee una trampa; su cobardía lo hace dudar incluso de la pureza y el candor de quien ama, y esta escena está condenada a repetirse una y otra vez frente a sus ojos, ella acudiendo al árbol, esperando ver la otra letra completando su corazón, él escondido, rebuscando excusas que calmen su angustia pusilánime, hasta que el fantasma de Marie comienza a transparentarse, cada vez más etéreo, mientras corre hacia el abedul —como si fuera la determinación de su actitud la que menguara—, hasta desaparecer por completo.

Ya está. La máquina se ha detenido y el pasado también. El viejo está solo una vez más en su bosque, solo frente a la inscripción que hace muy poco se ha animado a completar con su inicial, el grabado en madera que ahora, en un cruel retruécano del destino, lo atrae cada tarde, para esperar en vano que ella acuda a completar su corazón.


Hernán Domínguez Nimo ya es uno de nuestro colaboradores habituales, por lo que todo lo que podamos decir aquí sería redundante. Repasemos, entonces, algunas de sus publicaciones en Axxón: "No, gracias" (N° 141), "En punto" (N° 143), "Cambio" (N° 148), "Hasta la siguiente" (N° 150). ¿Me estaré olvidando de alguno?



DE A DURO

Iván Olmedo - España


Para el mundo editorial, Patricio Luis Gómez Cuevas era Lou Cavern. Infatigable escritor de noveluchas baratas, de aquellas que habían visto mejores épocas, su especialidad era la ciencia ficción. Guerras hipergalácticas, alienígenas con rayo láser al cinto y desenfundar presto; naves estelares gigantescas... tales eran los argumentos y personajes de sus aventuras "de a duro", escritas con velocidad casi inhumana. Esa velocidad inhumana se tornó sobrenatural cuando llegó a sus manos la máquina increíble que durante décadas los juntaletras especulativos como él, de un modo u otro, habían imaginado: el ordenador personal. Muchos cientos de palabras extra fue capaz Lou Cavern de procesar cada día. El éxito de las "de a duro" ya se había desvanecido con el tiempo, pero él encontró nuevos estímulos para continuar pariendo gestas marcianas. Inclinado febrilmente, como un adicto, ante el monitor, su mente siguió vomitando ideas tan rápido como sus dedos eran capaces de moverse sobre el teclado. Llevaba ya tres bolsilibros y medio perfilados, cuando pensó que, ya que faltaban diez minutos para que empezase el partido en la tele, bien podía repasar un poco lo que había escrito. Empezó por Zelja, la perra de las galaxias: una inmensa nave interestelar en la que viajaban cuarenta hombres y veinte mujeres, comandada por la despiadada Zelja —antigua "Perra de Sarajevo" , ahora "de las galaxias" —, iba en busca de una poderosa fuente de energía cósmica, más allá del planeta Titán.

La puntuación era un desastre, pero había que tener en cuenta la rapidez con que había escrito todo aquello. Otro día encargaría a su hija que arreglase aquellos detalles sin importancia. Cuando, en la página veintitrés, Zelja y los suyos caían sobre el planeta Melón, se encontraban de bruces con los terribles guerreros plátanos, perdían en la batalla al teniente Membrillo y al cabo primero Arándano... cuando huían corriendo hacia la llanura donde reposaba la enorme nave Kiwi... Lou Cavern empezó a olerse que algo andaba mal... ¿Melón? No, era Sirious... eso era lo que había escrito... ¿Membrillo? ¡Por Dios!, se trataba del muy capaz teniente O´Malley... Siguió leyendo, frenético, sólo para comprobar que todo estaba lleno de limones, peras, chirimoyas, moras y fresas... ¿Qué locura era aquella? Él no había escrito ese cúmulo de despropósitos... Pensó... pensó... y llegó a la conclusión de que sólo había una respuesta... su hija seguramente había estado trasteando en los archivos y había querido gastarle una broma... eso... "¡Maryyy...!", llamó a voz en grito... Al instante, una muchacha morena y bajita acudió desde la habitación de al lado; llevaba un pijama naranja oscuro con flores estampadas y una taza de plástico entre las manos. "Mary, ¡qué es esto? Lee aquí..." La chica leyó y por la expresión de su rostro, nadie hubiera sido capaz de adivinar si aquella ensalada de frutas invasora había surgido de su imaginación, o no. "¿Has estado hurgando en mis novelas?" "No, papá, ¿por qué iba a hacerlo?" "¡Coño!, entonces de dónde salen todas estas tonterías?" "Pues yo qué sé, ¿no lo has escrito tú...?" Ante esto, el semblante de Patricio Luis Gómez Cuevas enrojece y los escasos cabellos de las sienes parecen erizarse. Desde la habitación contigua llega la voz forzada de un locutor que está leyendo la alineación del equipo visitante. "Pero bueno —dice Lou—, ¿tú crees que...?" —Se le enciende la calva, se enerva. Demasiado trabajo, demasiadas horas sentado enlazando frases a granel... Ya casi chilla, más que habla... camina por el despacho como un poseso... "Papá, mira esto." "¡¿Qué, qué coño quieres que mire?!" "¡PAPÁ!" El grito corta en seco a Lou Cavern, que mira hacia el monitor que le señala su hija. Una pantallita roja aparece ocupando el centro. "Alerta de virus", pone. "Se ha detectado el siguiente virus: TuttiFrutti.exe".

¡Y pensar que ha estado a punto de darle un sopapo! "¿TuttiFrutti?, ¿TuttiFrutti?, ¿qué demonios...?" "Papá, me parece que tienes un virus en el ordenador. Habrá que mirarlo..." "Un virus... ¿y el virus me ha puesto esos nombres estúpidos a los personajes? ¿Puede hacer eso un virus? "Pues el TuttiFrutti, por lo que veo, sí puede. No te preocupes, apágalo y después del partido lo escaneo, vamos..."

Patricio Luis apaga su ordenador como hace siempre, a las bravas, pisando el interruptor de la regleta. La sutileza y la paciencia no son cualidades que posea en abundancia. Por eso, quizás, se ha dedicado a escribir bolsilibros, y no sonetos.

Cogiendo la taza de plástico que Mary se ha dejado sobre la mesa, se dirige a la habitación de al lado, de donde surge el resplandor mortecino del aparato de televisión. "Hija, toma, se te va a enfriar el café. ¿Ya han empezado?" Ella, sentada frente a la pantalla, muy quieta mirando las evoluciones de los jugadores, con la mirada fija, no contesta. "Mary, ¿qué pasa? Ya están jugando, ¿no?" Lou se sienta a su lado, y dirige los ojos a la tele. Ya están en movimiento los dos equipos sobre el campo. "Bueno, ¿y qué pasa, qué...?" De repente, prestando atención por primera vez a la voz del locutor, la expresión del hombre se relaja, la boca se entreabre en un gesto de incredulidad y los ojos se hacen más grandes. No comprende. El locutor, con voz un tanto desangelada, comenta las evoluciones de los contendientes. " ...ahí está Coco, que recibe de Frambuesa, el central. Frambuesa la retiene; busca apoyos... se la pasa a Plátano. Éste no puede controlarla y la pierde ante Cereza..." Padre e hija, hipnotizados ante el aparato, no dan crédito a lo que oyen. A Lou se le afloja el estómago. Comprende.

¿Un virus..? Sí, así puede decirse. Ya están aquí...


Iván Olmedo (nacido en Oviedo, Asturias, España, en 1972, aunque nunca ha vivido allí) es especialista en ficciones muy breves. Eso, y que lo hace muy bien, es motivo suficiente para que aparezca con frecuencia en esta sección. Publicamos "Invasión" en Ficción Breve (trece) y "Viajera" en Ficción Breve (catorce). La tercera es la vencida.



A LA DERIVA

Adelaida Saucedo - España


—¿Crees que nos encontraran?

Nikhil no dijo nada. Sólo miraba la oscuridad que les rodeaba.

Astrid le golpeó en la cabeza con la almohada. Nikhil se volvió hacia ella con gesto resignado.

—Esto está desierto. —Se frotó la cabeza donde le había golpeado—. Con un poco de suerte, algún beduino nos rescatará.

Astrid le golpeó de nuevo con la almohada.

—Eres un bufón.

—Tengo todas mis extremidades y, además, soy demasiado guapo.

—¿Quién lo dice?

La nave dejó de vibrar a su alrededor y el motor se detuvo con un chirrido que no auguraba nada bueno.

Nikhil se puso en pie y pasó a su lado.

—Voy a ver qué pasa.

Astrid se quedó sola y se abrazó a la almohada. Cuando la Hécate se destruyó estaba durmiendo, y lo único que había podido coger en aquellos momentos de ciego pánico había sido aquella estúpida almohada. Menos mal que la nave auxiliar estaba bien equipada.

Empezó a temblar de frío, a pesar de que el soporte vital no se detendría hasta cuatro horas después de que el motor se parase.

¿Y si Nikhil no conseguía arreglarlo esta vez?

Las luces del tablero de navegación desprendían una luz fantasmagórica que se reflejaba en las superficies de metal, creando extraños reflejos y sombras imposibles.

No podía respirar.

Tenía que asegurarse de que Nikhil solucionaba la maldita avería.

Se acercó cautelosa hasta el pequeño cuarto de máquinas.

—¿Nikhil?

Sus piernas asomaban por debajo del motor.

—Maldición.

—¿Puedes arreglarlo?

—Hay una tuerca recalcitrante. Es lo que no deja moverse al motor. Se ha atascado.

—¿Vas a arreglarlo? —no pudo evitar sonar desesperada. Empezaba a sentir que le faltaba el aire.

Le pegó una patada al motor, que se movió unos centímetros.

—Nunca creí que la violencia solucionase nada —le llegó la voz de Nikhil—, pero esta vez ha funcionado. Si me pasas la llave del cinco estará arreglado en nada de tiempo.

Astrid buscó la llave en la caja de herramientas y la dejó caer sobre la mano llena de grasa que se extendía hacia ella desde debajo del motor.

Un par de golpes después, Nikhil reapareció limpiándose las manos en su mono azul. El logo de la Hécate apenas se veía bajo la suciedad.

—El apaño es un poco burdo, pero aguantará hasta que nos encuentren.

—¿Qué le pasaba esta vez?

—Con las vibraciones el maldito tornillo rascaba contra el condensador. —Tiró de una palanca y el motor se puso en marcha—. Arreglado.

Astrid no dijo nada. Abrazó su almohada y regresó a la cabina. Se desplomó sobre el único asiento que había. Nikhil se recostó contra el tablero de mandos.

El silencio se prolongó una eternidad. Cuando no pudo más, se puso en pie.

—¿Sabes lo que echo de menos de la Hécate?

—No —le sonrió—. ¿Qué?

—La salsa milanesa. Disimulaba muy bien el sabor de la comida. Si es que a eso se le puede llamar comida, claro.

Nikhil empezó a reír. Astrid sonrió.

—¿Y tú?

Se lo pensó unos instantes.

—No lo sé. La seguridad, supongo.

—¿Seguridad? ¡La maldita nave se desintegró en el primer salto!

Nikhil no contestó. Se dejó resbalar hasta quedar sentado en el suelo. Dobló las piernas contra su pecho y ocultó su rostro entre las rodillas.

Iban a morir. Ninguna nave escucharía su señal de socorro. Se quedarían sin aire. O sin comida.

Uno de los dos asesinaría al otro y lo devoraría para no morir de hambre. Como en las historias sobre los primeros viajes interestelares.

Algunas naves se perdían en la oscuridad y los más fuertes devoraban a los débiles hasta que sólo quedaba uno y cuando le encontraban ya ni siquiera era humano.

—Me estoy volviendo loca.

El silencio se hizo pesado, alargándose minutos interminables.

La Hécate. Un diseño de tecnología innovadora. Lo mejor que les habían dejado desarrollar en la Tierra tras la guerra.

Una mierda.

—Vendrán a rescatarnos.


Adelaida Saucedo nació en Barcelona, aunque ha vivido gran parte de su vida en Ciudad Real, donde cursó Filología Inglesa. Actualmente estudia Filología Hispánica y trabaja como profesora de inglés. Le ha sido publicado un relato, titulado "Laberinto", en 1999, en el N° 11 de la revista "Escribir y Publicar" por haber sido finalista de un concurso de cuentos de terror.



MUERTE CON-CEP-TUAL

Judith Shapiro - Argentina


¿Qué pasaría con los personajes,
si un día el escritor muriera?


Encendió la radio y aceleró. La ventanilla estaba bajada y el viento se arremolinaba en sus oídos, produciendo un estruendo que no le permitía escuchar con claridad. Subió el volumen.

Ya podía ver su destino en el horizonte. La pequeña iglesia anzuelo estaba situada en medio del desierto, entendiendo la palabra como una extensa superficie con muy poca humedad en la que crece naturalmente escasísima vegetación.

Esa iglesia había sido erigida generacionesatrás en lo que habían querido que fuera una misión jesuítica. Más tarde se dieron cuenta de que los únicos seres humanos que habitaban la región eran ellos. Para tratar de remediar el error (o, por lo menos, darle uso al edificio), la habían convertido en iglesia de clausura. Varias personas, es decir, curas, se acercaron interesados por la "clausura" , pero luego de permanecer allí dos o tres meses volvieron a la civilización escapando del silencio y, sobre todo, del vacío en el alma que provocaba ese lugar.

Los rebeldes la habían tomado durante la revolución y la adoptaron como un lugar seguro donde mandar a vivir y estudiar a los hijos de los dirigentes, sabiendo que los capitalistas católicos seguramente no sabían de la presencia de esa iglesia, o por lo menos no le daban importancia. El padre que mantenía la iglesia era un hombre alto, de buen porte, cabeza lustrosa, y sotana. Sus años de juventud y esplendor habían pasado ya, pero eso no le impedía conservar la mente joven. Cuando los rebeldes llegaron, él no se había resistido demasiado a la ocupación, más bien poco y nada. Toda su vida había simpatizado con las ideas y premisas socialistas.

Lentamente su destino se acercaba. El auto corría por la ruta, pero la distancia que había que acortar era mayor de lo que parecía. "Bendita llanura", pensó y se rió de sí mismo.

El sol, como de otra manera no podía esperarse sin ningún tipo de elemento que produjera sombra, quemaba sin descanso. Algunas nubes pasaban silenciosamente por el cielo, sin atreverse a intervenir.

Al llegar a la altura de la iglesia dobló a la izquierda y estacionó el auto bajo una galería construida casi especialmente para eso. Se bajó y, automáticamente, encendió la alarma con su infalible bip-bip. Luego, entró.

La iglesia no era lo que se podía decir ortodoxa: las paredes y columnas estaban cubiertas con mármol verde veteado de blanco hasta una altura de un metro; los pasos de la vida de Cristo estaban tallados en madera de palo borracho, los vitreaux eran de muchos colores pero ninguna forma, y como cortina musical, sonaba en los parlantes un órgano tocando melodías celestiales, pegadizas y alegres. En una concavidad del fondo estaba el altar, casi en sombras y absolutamente no recargado. En el techo bajo y cupuloso de la franja central de la iglesia había un empapelado de suaves colores que iban del rosa al naranja incluyendo verdes, azules, amarillos y violetas. Todo parecía bastante viejo y gastado, pero el mismo paso de los años mantenía la escena estancada en perfecto equilibrio y armonía.

A pesar del calor de afuera, esta iglesia, como todas, se mantenía fresca. Era como si lo sagrado de ese lugar se conjugara con lo térmico del ambiente, para hacer más habitables las salas.

Una puerta lateral de madera se abrió suavemente y apareció el cura vestido con sotana.

—Pero, ¡hombre! ¿Qué hacés ahí mirando embobado el piso? —dijo, con el tono vigoroso que se usa para los viejos amigos. Luego de abrazarlo agregó—: Hubieras pasado directamente.

—Uno nunca se acostumbra —le contestó sonriendo apenas.

En silencio caminaron por la sacristía y la construcción más reciente que hacía de convento ateo para los chicos de la revolución. No había mucha sombra, pero sí una particular tristeza que opacaba los contornos. Se detuvieron ante una puerta de roble antiguo y grueso.

—No lo tensiones mucho —dijo el cura, mirando un punto sin importancia y sonriendo melancólicamente—. Es su despedida.

Con un movimiento de cabeza, le dio a entender que ya lo sabía. Desde adentro y en la cama, el desfalleciente vio abrirse la puerta y entrar el brazo con sotana y luego la cabeza lustrosa.

—Ya llegó... —empezó, pero el visitante interrumpió, mostrándose.

—Hola.

El viejo tan sólo asintió, con los ojos placenteramente cerrados. El cura los abandonó cerrando la puerta, y el visitante acercó a una silla al lado de la cama.

—¿Zergio no recibió la invitación? —preguntó el enfermo de vejez.

—Sí, pero seguro que no a tiempo —hizo una pequeña pausa—. Debe andar en alguna de tus locas aventuras —y se rió.

La edad tosió en el pecho del hombre de la cama. De todos los encuentros que habían tenido, este era el más extraño. ¿Cómo iba a despedirlo?

—¿Cómo? Pues con flores —dijo el viejo, y un ramo de calas floreció en un jarrón imaginado al lado de la puerta de roble.

"¿Tan fácil va a ser?", pensó.

—Sí —le contestó el viejo—. A menos que quieras escribirme el testamento. Total va a ser muy corto, entre las cosas que no tengo y la gente que no conozco...

Eso fue todo. Luego el escritor murió.

—Lo lamento —dijo el cura, al verlo salir a la iglesia con la hoja de bienes en las manos.

—Les dejó todo —dijo él, ofreciendo el papel—. A ustedes y a la revolución, excepto por el reloj de las cuatro.

Caminaron juntos hasta el auto y la alarma sonó desactivada con su infalible bip-bip. La humedad pesaba en el aire, y las nubes ya estaban listas para empezar a deshacerse. Un niño alegre se asomó por la puerta de la iglesia, llamando al cura y agitando una colorida máscara. El cura rió y dijo:

—Tengo que volver. Fue un gusto verte después de tantos años. —Le ofreció una mano que él estrechó enseguida y con afecto.

—Gracias por todo.

—No hay de qué —contestó el cura. Y luego, cuando el auto entraba a la ruta, gritó—: ¡Tené cuidado, que seguro llueve!

Bajó el vidrio y prendió la radio. El conflicto estaba resuelto. A medida que caía la lluvia, con calma se esfumaba... el espejismo de toda una vida.


Judith Shapiro es una joven (muy joven) rosarina (de Rosario, provincia de Santa Fe, Argentina) que no deja de sorprendernos con sus progresos. Aquí va de nuevo. Pueden leer su cuento "Ideas" en Axxón N° 153 y muy pronto estará de nuevo en vuestras pantallas.



PUTREFACCION

José Vicente Ortuño - España


De repente sonó el timbre de la puerta. Alberto, visiblemente molesto, se levantó del sofá y fue a abrir. Todavía llevaba el mando a distancia de la televisión en la mano e iba mascullando maldiciones de su extenso repertorio en arameo. "Sea quién sea se va a enterar, ¡mira que interrumpirme el partido Barcelona-Real Madrid!", gruñía cabreado. Al acercarse a la puerta, como una bofetada, sintió un olor nauseabundo que hizo que se le revolviesen las tripas, le dieron arcadas y estuvo a punto de vomitar. Respiró hondo intentando recuperar el control, pero la peste no se lo permitió. Abrió la puerta y el olor a podrido se hizo tan intenso que casi no pudo soportarlo. En el rellano vio a un hombre vestido con un traje gris oscuro y corbata de colores chillones. Parecía un vendedor de enciclopedias y la cartera que llevaba en la mano confirmaba dicha hipótesis.

—¿Qué desea? —preguntó Alberto todavía conteniendo las nauseas.

—¡Hungg...! —comenzó a decir el visitante, pero al abrir la boca se le cayó la lengua al suelo, chocando contra éste con un ruido chapoteante. Álvaro miró alternativamente al hombre de gris con la boca abierta y al sangriento trozo de carne que se retorcía, saltaba y reptaba sobre las losas con movimientos convulsos.

Un grito de horror quedó ahogado en su garganta cuando los macarrones, que había ingerido ese mediodía, salieron despedidos en un poderoso vómito multicolor. Alberto quiso cerrar de un portazo mientras se limpiaba los restos de comida a medio digerir con la manga, pero el hombre de gris quiso impedirlo. El inoportuno visitante estiró el brazo intentando retener la puerta, pero la mano se le rompió a la altura de la muñeca y fue a reunirse en el suelo con la lengua, que seguía saltando y retorciéndose alocadamente entre los vómitos, y luego, las dos juntas, comenzaron a reptar hacia el interior de la casa. Álvaro no pudiendo resistir el horror de aquella visión, perdió el conocimiento y el control de sus esfínteres, lo que no ayudó en nada a mejorar la calidad del aire.

Un tiempo después, al recobrar el sentido, se encontró sentado junto a la puerta, pero ya no sintió el olor nauseabundo y pútrido que antes impregnaba el ambiente. El hombre del traje gris yacía tirado en el suelo del rellano, estaba dividido en pedazos gelatinosos que intentaban escapar del interior del traje, reptando en direcciones opuestas. Pensó que debía hacer algo, tal vez llamar a una ambulancia. Al levantarse vio que sobre la moqueta había una nariz, le pareció conocida, la recogió y comprobó que era la suya propia. Con su apéndice nasal en la mano se dirigió al teléfono pero, antes de llegar al salón, se le desprendió una pierna y cayó al suelo. Afortunadamente estaba cerca de la mesita donde reposaba el teléfono. Desde su postura yacente alargó el brazo y cogió el aparato, pero al apretarlo se le troncharon los dedos. Teléfono y dedos cayeron lejos de su alcance y éstos últimos comenzaron a retorcerse en el suelo; como gusanos regordetes. Para colmo de males el brazo en el que estaba apoyado se rompió a la altura del codo, con un ruido parecido al de una rama de apio al quebrarse, haciéndole caer de espaldas. La cabeza se estrelló contra el suelo sonando como una sandía madura, abriéndose como un huevo y desparramando masa encefálica, viscosa, pútrida y palpitante. De resultas del impacto también los ojos se le salieron de sus órbitas junto con sus respectivos nervios ópticos, y rebotaron por el suelo. Como sangrientos espermatozoides macrocéfalos, se fueron reptando en direcciones opuestas, uno para reunirse con la mano y la lengua del hombre del traje gris, que venían reptando por la moqueta la mano ganaba la carrera por una falange. El otro ojo fue al encuentro de la nariz y los dedos de Alberto, que correteaban alrededor del teléfono; mientras, la pierna de éste, intentaba torpemente salir del camal del pantalón convulsionándose histéricamente.

En ese instante salió la vecina que vivía en el piso de enfrente, vio los restos dispersos del vendedor de enciclopedias y gritó horrorizada. La lengua se le cayó al suelo y sus ojos saltaron de las órbitas...


Días después, dos extraterrestres del planeta Raticulín, que andaban de patrulla de reconocimiento, observaron perplejos como de la humanidad sólo quedaban viscosos órganos que reptaba, saltaban y se retorcían por todas partes.

¿Pero que ha pasado aquí? preguntó Flip sorprendido.

¡Corrupción! respondió Flop enarcando su única ceja.

¡Vaya, sabíamos que en este planeta había muchísima, pero no tanta! exclamó Flip ondulando sus antenas, signo inequívoco de perplejidad entre los raticulinianos.

Aquí ya no hay nada que hacer sentenció Flop elevando el platillo volante, vámonos a invadir a otra parte.


No nos atrevemos a decir que hemos "descubierto" a José Vicente Ortuño porque le hayamos publicado "Frankenstein 2004" en Axxón N° 145 y "Responsabilidad" en el N° 152, pero sí nos atreveremos a señalar que el hombre trabaja como pocos, nos bombardea con nuevos textos continuamente y ya lo vemos aparecer en otros ámbitos. Sin ir más lejos, lean "El Único", que acaba de ser publicado en Alfa Eridiani N° 18, y preparen las mandíbulas, porque pronto lo volveremos a tener en Axxón.


EL BAGRUB

Eduardo Abel Gimenez - Argentina


Fui a luchar contra el Bagrub. Armado con mi colección de objetos mágicos, trepé por la ladera de la montaña hasta más allá de los últimos árboles. La caverna estaba escondida en un pliegue de las rocas. Había tormenta. Avancé hasta la entrada, sin prestar atención a los rayos que caían a mi alrededor.

Aliento venenoso, garras por docenas, el Bagrub ocupa tanto espacio en nuestras leyendas que sin él no habría nada que contar por las noches, alrededor del fuego. Ahora estaba cerca de mí, acechando en algún rincón de la caverna. Si yo tenía miedo de algo, era de sus cuernos afilados como espadas, y de sus ojos grises que quemaban la madera con sólo verla.

La caverna parecía desierta. Uno de los trucos del Bagrub: simular su propia ausencia. Pero el mismo silencio era una prueba de que estaba allí: nadie puede oír al Bagrub. Y la falta de olores: nadie puede oler al Bagrub.

Encendí la antorcha. Entré tropezando. Las paredes de roca chorreaban líquidos viscosos y oscuros. Pero los líquidos no eran una prueba de la presencia del Bagrub, sino de monstruos diferentes, que estaban a cargo de otros guerreros de la tribu. Caminé con la cabeza baja, para evitar las alimañas que vivían en el techo. Pronto llegué al fondo.

Dejé la antorcha en una saliente de la pared y descargué los objetos mágicos en el piso. El Bagrub estaba oculto en algún rincón, seguramente dispuesto a saltar sobre mí y cortarme en trozos pequeños con sus dientes de tiburón. Arrojé polvos en todas las direcciones, mientras cantaba la canción de los magos de la aldea. Eché líquidos más viscosos y más oscuros que los que chorreaban por las paredes. Las alimañas del techo cayeron a montones a mi alrededor, vencidas por la magia poderosa de mi tribu.

El Bagrub, en cambio, no aparecía por ningún lado: otra prueba de que estaba allí, porque no hay truco de magia que lo obligue a mostrarse. Terminé de cantar y escuché con atención. Nada. Un instante de pánico me obligó a aspirar hondo antes de continuar: si el Bagrub seguía sin hacer ruidos era porque esperaba el momento de atacar.

Usé la antorcha para encender racimos de sustancia mágica en todos los rincones. El humo me hacía picar la nariz, pero no me detuve. Susurré la canción de muerte de los magos. Pateé tres veces el piso, y luego otras tres. Crucé las manos en el gesto tribal de guerra. Estornudé, aunque no como parte del ritual sino porque el humo se estaba poniendo insoportable.

Y así durante horas. Era difícil la batalla contra el Bagrub, pero yo estaba preparado. A pesar de los malos augurios resistí hasta el final, cuando ya los últimos rastros de humo y polvo se perdían en los intersticios de la piedra. Entonces, agotado, me senté en el suelo y volví a escuchar.

No había ruidos: señal de que ni siquiera respiraba. Tampoco olores, fuera de los que aún quedaban de mis líquidos mágicos: señal de que su corazón negro no latía. Y nada del Bagrub podía verse alrededor: señal de que su cuerpo se había desintegrado. Todos los signos, sólo perceptibles para mis sentidos expertos, indicaban que el Bagrub por fin estaba muerto.

Tras descansar un rato, volví orgulloso a la aldea.


Eduardo Abel Gimenez es argentino y nació en 1954. Escritor, músico, especialista en juegos de ingenio, fan de la Web y, desde junio de 1999, codirector de Imaginaria, un portal literario dedicado a niños y adolescentes. Eduardo vive en Buenos Aires con su esposa Susanne y su hijo Gabriel y nos estamos dando un gusto muy especial, porque desde hace bastante tiempo tenemos ganas de volver a leer su textos ricos e ingeniosos. Si quieren más (incluyendo su novela El fondo del pozo) vayan a http://www.magicaweb.com/weblog/




Axxón 154 - Septiembre de 2005
Cuentos de autores de habla hispana (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Fantasía: Varios países).

            

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