ASTROASTROLOGÍA

Diego Escarlón

Argentina

Los noticieros repetían hasta el cansancio las escasas migajas de información disponible, pero las grandes preguntas de la gente común flotaban en el aire. ¿Los dramdas eran pacíficos? ¿Honraban a Alá? ¿De qué estrella venían? ¿Habían construido las pirámides aztecas? ¿Hacían el amor? ¿Luchaban contra los borgs? ¿Podían tener hijos con los humanos?

A Sebastián Mora no le procupaban las costumbres sexuales dramda, ni si Elvis volvería o no a la Tierra. Quería saber cómo era su ciencia, su arte, su forma de pensar. Quería conocer su organización social, su historia, sus tradiciones. Desde los primeros contactos diplomáticos había quedado muy claro que no habría respuestas para todas las preguntas.

¿Por qué lo habrían llamado? ¿Habría sido por su trabajo? En la sala de espera de la embajada provisional dramda, Sebastián Mora se sentía como flotando en una nube, contemplando desde lejos el momento más extraño de toda su vida. Durante cientos de años el Hombre había soñado con la compañía de otros seres inteligentes, imaginándolos como hadas, duendes, criaturas mitológicas y luego como monstruos de ojos saltones, seres de pura energía y otros cientos de caricaturas imaginarias. Recordó cuando de chico se había subido al techo de su casa para buscar ovnis en el cielo. Su madre lo había regañado, pero no demasiado. Le gustaba que su hijo tuviese una mente inquieta, quería que estudiase medicina o alguna otra profesión de "gente importante". Con sus estudios primarios incompletos, ella nunca pudo entender el trabajo de su hijo. Sebastián esperaba que a él no le ocurriese lo mismo cuando creciesen sus cuatro nietos.

Una hermosa secretaria lo sacó de sus pensamientos y lo condujo amablemente hasta una sala de reuniones. Dos hombres lo esperaban sentados frente a una gran mesa. Sonrieron al verlo.

—Bienvenido, doctor —dijo el embajador dramda. Sebastián lo reconoció al instante. Los noticieros exhibían su rostro a toda hora. No conocía al joven que lo acompañaba.

—Pase, pase, Mora —dijo el embajador Zoroas, estrechándole con efusividad la mano.

El joven también tomó su mano y la sacudió enérgicamente.

—Muchas gracias, embajador —dijo el científico, y sonriendo nervioso tomó asiento.

—Toien, mi colaborador —dijo el embajador, indicando a su compañero—; me ha informado de su trabajo. Las cosas que ha logrado en el Instituto de Investigaciones Esenciales son realmente notables. Sobre todo su insecto ciborg. ¿Es el primero, no?

—Sí, gracias. Estamos orgullosos del veca —dijo Sebastián—. Veca por Vector A. Pronto eclosionará una camada de cien más.

Sebastián se preguntó qué podría haber de notable en la ciencia terrestre para un dramda. Todavía no podía creerlo. ¿Realmente estaba hablando con extraterrestres?

Se sentó a la mesa y observó al embajador. Lucía como un hombre apuesto entrado en años. Su cara irradiaba confianza. Sebastián no pudo evitar examinarlo en busca de algún rasgo que delatara su no humanidad.

—No soy humano —dijo sonriendo el embajador—. Esta apariencia es sólo una especie de disfraz. Los periodistas me bombardean con ese tipo de preguntas cada vez que me tienen a tiro, pero no los culpo.

—¿Piensa que nos asustaremos de su verdadera apariencia?

—Claro que no, doctor. Usted al menos no. Pensamos en la gran masa, la gente común. Espero que no lo incomode mi forma humana.

—No, claro que no me incomoda.

—Doctor Mora, pronto comenzaremos a comerciar. Les daremos a ustedes archivos sobre nuestra cultura y les diremos lo que quieran saber sobre nosotros.

—¿Responderán a todas nuestras preguntas? Algunas parecen incomodarlo más que otras.

—Es posible. Algunas respuestas tendrán que esperar.

—¿Pero otras no?

—No, otras no.

Sebastián dudó unos segundos y preguntó:

—¿Cuánto más inteligentes son ustedes con respecto a nosotros?

Después de todo él era científico, era de esperar que hiciese preguntas.

El embajador estalló en una sonora carcajada, una carcajada amplia, franca, perfecta, demasiado perfecta. Sebastián temió parecer ingenuo.

—Se sorprenderá, mi querido amigo. La inteligencia tiene muchas facetas, pero entiendo su pregunta. En realidad nuestra inteligencia promedio es algo menor que la terrestre. Si estamos más avanzados que ustedes es sólo porque nuestra especie es más antigua y nuestra historia ha sido más afortunada. Si el hombre hubiese seguido un camino distinto, los descendientes de algunos pueblos griegos que inventaron el método científico navegarían hoy entre las estrellas y nosotros no los hubiésemos encontrado a ustedes, sino todo lo contrario.

—¿Cómo es que usted se expresa tan bien? —pregunto Sebastián—. Le confieso que estoy sorprendido.

—Gracias, doctor. Somos especialistas en contactos con otras especies. Es natural que aprendamos a comunicarnos con cierto nivel de detalle. Sería un desastre como diplomático si no pudiese expresarme correctamente o si no entendiese algunas sutilezas. Bueno, mi querido amigo... —El embajador se reacomodó en su sillón, inspiró profundamente y sentenció:— Necesitamos su ayuda, doctor Mora.

Volvió a inspirar, como buscando las palabras adecuadas ante la mirada expectante del científico.

—Necesitamos que nos asesore sobre un tema algo complicado. Verá, en poco tiempo comenzaremos a intercambiar con la humanidad pequeñas muestras de nuestras ciencias y artes. Reproducciones de nuestra música, pintura y escultura, nociones de química hiperespacial, integrales fractales, algunas obras que ustedes podrían entender como teatro y ballet, mapas interestelares, generadores de energía barata. Ustedes nos pagarán con metales preciosos, arte, especímenes de animales y plantas locales o directamente con dinero. Nosotros compraremos después lo que queramos llevarnos. Nuestras especies tienen mucho para compartir, pero, en su área, la ciencia, hay un pequeño problema. ¿Qué piensa de la astrología, Mora?

—¿De la astrología? Bueno, embajador, siempre digo que cuando alguien me pregunta de qué signo soy me doy cuenta de que somos de signos incompatibles.

—La astrología tiene bases científicas, mi querido amigo.

—¿Bases científicas? —preguntó Sebastián asombrado.

—Sí, verá: la astrología tiene un fondo de verdad, sólo que ustedes aún no han alcanzado el desarrollo necesario para poder medir la energía biotransguariana metadimensional, supongo que ése será el nombre terrícola, o comprender su marco teórico. Quizás un nombre más coloquial podría ser "biotrans". ¿Ve?, ésa es una de las cosas donde necesitamos su ayuda.

—¿La astrología tiene bases científicas? —volvió a preguntar Sebastián, quedándose esta vez con la boca abierta durante unos segundos. Simplemente no podía creerlo—. ¿No es mentira?

—¿Por qué se sorprende tanto? Vamos, mi amigo, usted conoce la historia de la ciencia. No sería la primera vez que los científicos hayan metido la pata. Pero tranquilícese, la astrología no funciona. La ciencia terrestre no está tan equivocada, pero sí hay una semilla de verdad en la astrología, como también la había en la alquimia. Les entregaremos equipos que detectan la energía biotrans y ustedes mismos confirmarán nuestras propias investigaciones.

—¿Pero cuál es la base científica? ¡Cuénteme algo más, por favor!

—Antes que nada le aclaro que no soy científico. Lo único que puedo decirle es que toda la materia emite energía biotransguariana metadimensional, de la misma forma que genera un campo gravitatorio o brisa... bueno, ya hablaremos otro día de la brisa telepática.

—¿Brisa telepática?

—Sí, pero dejémosla para después, mi amigo, no puedo ponerlo al tanto de todo en unas pocas horas. ¿No le parece? Además no estoy a la altura, nuestros gobiernos ya designarán especialistas y ellos comenzarán el intercambio comercial. Ahora, volviendo a la astroastrología... perdón, ése es el nombre con el que nos gustaría que se conociese en la Tierra. La astroastrología estudia la interrelación entre la materia y la energía biotransguariana metadimensional. Esta energía no se altera con la distancia, ya que se enfoca hacia la complejidad y lo más complejo que conocemos es la vida.

—Embajador —dijo el hombre joven—, quizás sea un buen momento para una pequeña demostración.

—Ah, sí. Proceda, Toien, por favor.

El joven sacó dos hojas de una carpeta y las colocó sobre la mesa.

—Doctor Mora —dijo, señalando la primera de ellas—, coloque una cruz sobre una figura cualquiera de cada fila. Sólo uno por fila, por favor.

Sebastián miró la hoja. Cuadrados, círculos, triángulos y otras formas geométricas de diversos colores, agrupadas en diez filas de cinco figuras cada una. Colocó las cruces eligiendo al azar y le extendió la hoja a Toien.

—Por favor —dijo el joven sin tomarla—, compárela con la otra.

Sebastián volteó la otra hoja y vio diez figuras. Sólo una no coincidía con las que él había elegido. No podía creerlo.

—El margen de error es grande —dijo Toien—, pero con más tiempo hubiésemos predicho bien todas las figuras.

—Mora —dijo el embajador—, necesitamos que nos ayude con sus colegas.

—¿Con mis colegas? —dijo Sebastián, que aún comparaba atónito las hojas.

—Sí, lo hemos elegido a usted por su reputación entre los científicos terrestres y porque es un verdadero investigador, abierto a nuevas posibilidades e ideas. No se puede decir lo mismo de todos los hombres de ciencia.

El embajador tenía razón, Sebastián podía nombrar sin esforzarse más de diez prestigiosos colegas que se opondrían con furia a la astroastrología.


Conversaron durante varias horas. Cuando Sebastián dejó la embajada, su cabeza hervía de ideas. La energía biotrans podría explicar algunos huecos de la física y quizás hasta algunos de la filosofía. La materia adquirió vida y la vida conciencia. Todos estos saltos cualitativos eran mediados por cambios cuantitativos en la energía biotrans. Era la complejidad lo que la atraía. Podría decirse que la energía biotrans explicaba y era explicada por la complejidad. Parecían cuentos de hadas, pero la tecnología lo suficientemente avanzada era indistinguible de la magia. El embajador le había mostrado un informe profético que su equipo había preparado. Lo darían a conocer en breve: cien fallecimientos de personajes prominentes alrededor de todo el planeta, dos detallados análisis bursátiles, sólo para los ojos de algunos gobernantes, algunos terremotos pequeños y cinco estallidos sociales, en diversas partes del mundo, detallados hora por hora. Con los detectores biotrans en manos de los más influyentes científicos, pronto la astroastrología sería aceptada como ciencia. El sendero que recorría la humanidad estaba cambiando y Sebastián, mareado, se encontraba en el centro del huracán.



Ilustración: FRAGA

—Tenías razón —dijo Toien—. Agregar ese error en el informe fue un buen detalle. Le dio más credibilidad.

El joven colocó un pequeño cubo plateado sobre la hoja de las respuestas. Pulsó un botón en la cara superior del cubo y las figuras parecieron cobrar vida. La tinta se escurrió hacia el cubo y desapareció bajo él.

—Elegiste bien —dijo Zoroas—. Es un buen elemento, quiere creer. Se dejará convencer por completo en poco tiempo. Espero que su influencia alcance como para retardar lo suficiente los choques con la comunidad científica.

—Todavía recuerdo la quema de brujas de Sistal XIV —dijo Toien, guardando el cubo plateado dentro de su maletín—. Perdimos muchos recolectores de diezmos cuando nos negamos a entregar la supuesta cura contra la plaga de las antenas negras.

—Eso no pasará aquí, los humanos son más maleables. Además ahora tenemos la astroastrología.


El equipo de Zoroas había descubierto la astrología indígena casi por casualidad, al diseñar la invasión religiosa de la Tierra. Tras unos pocos cambios tácticos era evidente que la astroastrología se infiltraría entre las religiones nativas de la misma forma que su predecesora local. Coexistiría sin entrar en conflicto y, una vez arraigada, eliminaría la competencia prevaleciendo en las pequeñas y miserables mentes terrícolas. Era todo un descubrimiento. Una vez probado el sistema, Zoroas y Toien venderían franquicias en Dram y en breve los santos padres de todo el sector se transformarían en astroastrólogos. Las consecuencias iban mucho más allá de ese inocente y estúpido planeta.


Diego Adrián Escarlón nació el 3 de enero de 1971 en Argentina y vive en Buenos Aires. Su participación en Axxón ha sido variada, ya que se puede ver su portfolio de arte (#109), el cuento "Nanos" (#108), "Las mujeres" (#122), además de minicuentos publicados en la sección Andernow y en la primera entrega de Ficción Breve (#146).


Axxón 154 - Septiembre de 2005
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Extraterrestres: Argentina: Argentino).

            

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