PERDIDO

Daniel Valdez

Argentina

—¿Querés otro café?

—Si, dale. Con edulcorante. No, no es por la silueta, es que el azúcar pica los dientes, ¿sabés?

—¡Mozo!

—Decime, Ignacio, ¿de dónde sacás esas historias locas y delirantes?

—Son lo que comúnmente se llaman leyendas urbanas. Historias que circulan por ahí, que inventa la gente o nacen de algún hecho real que las personas malinterpretan. También conozco casos surgidos de alguna universidad, producto de ciertas investigaciones sociológicas o psicológicas. Se hacían circular historias fantásticas y se medía tanto el tiempo que tardaban en expandirse por el país como la forma en que iban cambiando a medida que la gente las difundía.

—Interesante.

—Sí, fascinante, diría yo. Siempre me interesaron.

Un mozo se para junto a la mesa.

—Dos cafés. Uno con edulcorante.

—Hay una que no se la conté a nadie todavía. Me la contaron el otro día, en un congreso de gastroenterología en La Plata.

—¡Qué palabrita, che! ¿No tenías una más difícil?

El mozo se acerca y deja lo pedido, acompañado de un platito con dos minúsculas medialunas.

—La historia es así: hace un par de años un médico se trasladó a una casa a atender una emergencia. Se trataba de una anciana que se quejaba de fuertes dolores en el pecho. Los achaques de la edad la tenían inmovilizada en la cama desde hacía un tiempo. La atendía su hijo, un tipo cincuentón, con mirada triste. Los dolores en cuestión se debían a una insuficiencia cardíaca, que determinaron una internación de urgencia. El hijo iba todos los días a recibir el parte médico y se quedaba al pie de la cama hasta que terminaba la hora de visita. Se llamaba Oscar y era poeta. Esto le cayó bien al médico, pues le gustaba escribir. Era su pasatiempo. A veces se quedaba un rato después de hora y hablaban de literatura. Terminaron haciéndose amigos.

Sonó el celular de Darío. Para Elisa. Acelerada y artificial. Contestó.

—Hable... Sí, sí, está bien. Ahora no puedo. La reunión se atrasó. ¿Qué querés que haga? ¿A las ocho? Bueno, creo que llego. Si no puedo, te llamo. No, no importa, yo me hago algo. Sí. Marta, tengo que cortar, estoy en medio de la reunión. Chau. Cualquier cosa te llamo. Chau.

Darío miró el teléfono con fastidio, lo pensó un segundo y lo apagó. Lo dejó sobre la mesa.

—Dale, seguí.

—Bueno, al mes y medio de internación la anciana hace una crisis y muere. Oscar queda maltrecho. Muy deprimido. El médico, compasivo, va al velorio y Oscar le cuenta amargado que ya no le queda familia ni nada que valga la pena. Su propia hija había fallecido en un accidente de auto un año antes. Su poesía, salvo dos preciosos manuscritos, perdida para siempre.

—¿Perdida? ¿pero cómo? —se sorprendió Darío.

—Eso mismo quiso saber el doctor. Oscar le cuenta sus manías. Que es desconfiado con la tecnología. Que no sabe por qué. Simplemente no soporta las máquinas. Escribió sus poemas a mano, año tras año. No era muy prolífico. Tenía esporádicos períodos de gran inspiración y cuando aparecían, dejaba todo lo que estaba haciendo y escribía. Tenía su obra esparcida en servilletas de bar, en reversos de recibos, en los bordes apretados de paquetes de cigarrillos. En cualquier parte. Los guardaba en una caja de zapatos, todos mezclados, la tapa asegurada con una goma elástica. Discutía frecuentemente con su hija. Quería convencerlo para que clarificara su obra, que la pasara en limpio. Él se negaba. En este punto hay que aclarar que el poeta tenía una letra espantosa. Nadie podía entenderla. A veces, hasta le daba dificultades a él mismo. ¿Qué pasaría si le sucedía algo?, ¿quién podría disfrutar de su arte si no estaba él para leerlo? Éstos y muchos otros argumentos machacó la hija sobre el padre una y otra vez, hasta que, cansado de las discusiones sin fin, el poeta accedió. Llegaron a un acuerdo mediante el cual él leería sus papeles mientras su hija los iría pasando por un procesador de texto. Una tarde, comenzaron con la tarea. Alcanzaron a procesar dos textos y la hija estaba muy entusiasmada con el resultado. Los poemas eran brillantes, evocadores. Le llegaban al alma. Los encontraba maravillosos y estimulantes, dignos de publicarse. En la calle, sonó una bocina. Era una de sus amigas. Habían quedado en verse esa tarde y ella lo había olvidado. Un poco apesadumbrada, se disculpó con su padre y dándole un beso se despidió de él. Nunca más la volvió a ver. El accidente ocurrió a pocas cuadras de su casa. Un camión cargado de cereal las pasó por arriba como si no existieran. Luego de eso, Oscar se hundió en la apatía. La obligación de atender a su madre, debilitada aún más por la tragedia, lo mantuvo vivo. Realizaba las actividades diarias como un autómata, cargándose de obligaciones extra para no pensar. Por las noches, cuando su madre no lo reclamaba, se hundía lentamente en la miseria hasta que el sueño lo vencía. Pasó un largo tiempo así. Una mañana, mientras se preparaba el desayuno, vio asomando por debajo de unas revistas las hojas que su hija había escrito. Las tomó despacio y pensó en ella. Concluyó que el mejor homenaje que le podía hacer era terminar con el trabajo. Encontraría a alguien que quisiera pasarle los textos en limpio y movería cielo y tierra para que se los publicasen. Si era necesario, pagaría él mismo la edición. En la primera página escribiría "Para Silvina, por amor, para mi amor, dondequiera que estés". Se fue a la pieza y abrió la caja. Comenzó a sacar los papeles con ceremonia uno por uno. Los examinó con atención. Los miró al derecho y al revés. Los giró. Los puso a trasluz. Eran un galimatías incomprensible. Se dio cuenta con espanto que ya no podía reconocer su propia letra. No entendía lo que estaba escrito. Veía los trazos hechos con diferentes colores. Esta servilleta con negro, esta hoja en azul. Una letras pequeñas y apretadas en verde como una fila de hormigas en un paquete vacío de Marlboro. Miraba los papeles sin comprender. Le temblaban las manos. No había escrito nada desde la muerte de su hija. Se fue a la cocina y manoteó un lápiz y un anotador que descansaban a un costado del teléfono. Escribió. No pudo sacar nada en limpio de aquello. No se entendía. Ponía toda la atención y buena voluntad de que era posible y sin embargo, el resultado seguía siendo el mismo. Unos trazos retorcidos, carentes de significado. Fue como una segunda muerte para él, después del accidente.

—¿Cómo puede uno olvidar su propia letra? Es una locura, viejo — se escandalizó Darío.

—No sé, la historia es así. Quizás alguna especie de trauma psicológico por lo de la hija. Seguro puras fantasías —especuló Ignacio pensativo.

—Che, me está dando hambre. ¿No querés un familiar de jamón y queso?

—No, no tengo hambre. Comé vos si querés.

—¡Mozo!

—Estos zapatos me están matando. Eso me pasa por miserable. ¿Se dará cuenta alguien si me los saco?

—¿Quién se va a avivar, si estamos en la mesa del rincón? Sacátelos, no seas histérico. —Darío levantó la vista. El mozo, alto como una torre lo observaba impasible, con cara aburrida. —Un familiar de jamón y queso. Tostado. Sin corteza —le dijo.

—Si no te lo llegás a comer del todo, te ayudo a terminarlo.

—¡Ah!, al final aflojaste. ¿Estás seguro que no querés uno entero?

—No, no. Me hiciste antojar vos, nada más.

—Bueno. Dale.

—El médico termina la conversación con Oscar y, sensible como era, queda preocupado por la salud mental del hombre. Teme que la depresión, que seguramente aumentará con el tiempo, lo empuje a hacer algo terrible. Si los poemas son tan buenos como dice, sería una verdadera pérdida ver desaparecer a su creador en forma violenta. Decide pedírselos y leerlos. Oscar saca del bolsillo de su saco dos hojas arrugadas y se la entrega casi sin mirarlas. Las lleva encima —dice— como una forma de hacer participar a su hija del velatorio. Luego del entierro, se despide del poeta y va a su casa. Se encierra en el baño y lee los textos. Queda maravillado. El tipo no había exagerado nada. Eran de una calidad excelente.

Vuelve el mozo y deja sobre la mesa una bandeja plateada con un sándwich encima. Debajo desliza una tirita de papel con la cuenta. Darío la mira de reojo y silba por lo bajo. —¿Es importado el coso este? —protesta. Ignacio estira el cuello para curiosear el precio. Se acomoda en la silla.

—Resulta que el médico es asiduo asistente a congresos, por lo que tiene muchas relaciones —continúa Ignacio, mientras Darío le entra sin piedad al familiar— y conoce a un colega muy brillante que tiene además un título en ingeniería robótica. Está al tanto de sus experimentos y decide contarle el caso del poeta para ver si puede ayudarlo. Al poco tiempo se presentan en la casa de Oscar y le dicen que el doctor Úbeda —así se llamaba el amigo en cuestión— tiene una idea para ayudarlo. Le explican que Úbeda ha estado probando prótesis ortopédicas para personas discapacitadas que se insertan en el paciente junto con pequeños microchips y que éste, valiéndose de la asistencia de una computadora, intenta dominarlos y regular sus movimientos. Que para su caso, estaría dispuesto a realizar ciertas modificaciones para intentar resolver su problema. Por supuesto, Oscar se niega. Invocando su fobia, echa a patadas a los dos profesionales y les grita que ya no los quiere ver más. Pasan algunas semanas y en el consultorio del médico suena el teléfono. Es Oscar, que le dice que por favor lo disculpe por el arranque del otro día y le implora que vuelva con el doctor Úbeda para seguir charlando. Se encuentran esa misma tarde y Oscar les confiesa que ha cambiado de opinión a causa de un milagro. Su hija se le apareció la otra noche en un sueño lúcido. Estaba parada al lado de su cama y sin mover los labios una voz le decía dentro de su cabeza que por favor terminara la obra. Se despertó afiebrado y tembloroso y ya no pudo conciliar el sueño por el resto de la noche. Les dice que va a realizar el máximo esfuerzo del que se siente capaz, por la memoria de su hija, que eso le va a dar fuerzas y que se pongan manos a la obra. El médico asiente complacido y se citan para el sábado próximo. Llega el día. Sentados en la mesa del comedor, Úbeda va tranquilizando a Oscar y mientras despliega números y diagramas le explica en qué consiste su propuesta. Hará un molde de su brazo, muñeca y mano con yeso, el que luego transferirá a un armazón de PVC con el interior forrado de goma-espuma. Tendrá pequeñas bisagras que permitirán su apertura para que Oscar pueda acomodar el brazo verdadero dentro del hueco. Una vez cerrado, lo conectarán a un sistema de articulación hidráulico unido por cables a una computadora. Cuando el sistema sea operativo, la mano artificial sostendrá una lapicera y el brazo metálico irá escribiendo las letras del alfabeto una por una, como si estuviera aprendiendo a escribir. Oscar sólo tendrá que concentrar su cerebro y vista en los movimientos que el sistema le imprime a su brazo y ver cómo se van formando las letras. Harán imprentas y luego cursiva. Una tras otra, sesión tras sesión, hasta que Oscar decida parar. Úbeda está seguro que con este sistema, las "pistas" de su cerebro se fortificarán progresivamente, hasta alcanzar el punto en que, por repetición, escribir las letras será para Oscar un acto reflejo, evitándole "pensar" en ellas. Saldrán en forma tan natural, que ni se dará cuenta. Cualquier bloqueo que lo amenazara quedaría así conjurado. Para terminar su exposición, Úbeda agrega que como beneficio colateral, Oscar logrará mejorar también su escritura.


Ilustración: FRAGA

—Esto es una pelotudez. ¿A quién se le ocurriría semejante idiotez como terapia? —dijo Darío mascullando una sonrisa.

—No sé la antigüedad de la historia, aunque por los elementos que tiene adivino que no es muy vieja, así que es poco probable que haya cambiado demasiado. Seguramente el que la inventó no tenía mucha idea de lo que es la medicina o la robótica. Tampoco de neurología.

—¿Neurologia? Que yo sepa, aquí no hay ningún neurólogo.

—Porque te estás adelantando. La cosa sigue. Cuando todo estuvo dispuesto, Oscar metió con desconfianza su brazo en el armazón y comenzaron las pruebas. Pasó mañanas enteras en compañía de la máquina haciendo letras y más letras sin parar. Concentrado, con ojos afiebrados y enrojecidos observaba cómo la mano de plástico iba creando los caracteres sobre las hojas predispuestas de antemano en un bastidor, al principio lentamente y luego de un tiempo, de manera más fluida. Cada tanto, Oscar desconectaba todo y tomaba un lápiz. Se acercaba aprensivo a su anotador e intentaba escribir alguna frase. El resultado era siempre el mismo: huellas de patitas de araña o ciempiés embebidas en tinta, que reptaban insolentes ante su vista. Perseveró. Pasaron meses. Al principio, los doctores lo seguían con atención. Luego, las visitas comenzaron a espaciarse cada vez más, reemplazadas por simples llamadas telefónicas para chequear sus inexistentes progresos. Al final, veía más al técnico que revisaba la maquinaria que a sus propios terapeutas. Un día no lo soportó más. Parado con los brazos en jarra arremetió contra la máquina y pateó el brazo bruñido hasta que comenzó a doblarse y se desprendió de su soporte, arrastrando lo cables tras de sí y haciendo caer la computadora de la mesa. El monitor dio una voltereta cómica en el aire y se estrelló en las baldosas del comedor, astillándose con un ruido explosivo. Por la tarde, Úbeda y el médico miraban desolados el espectáculo y, no obstante reconocer a regañadientes su fracaso, le informaron que tendría que pagar por los daños. Arruinado y sin esperanzas, Oscar vegetó. Encerrado en su casa, apenas comía. Le creció la barba de puro abandono. Le cortaron la luz y el gas. Como un espectro, se arrastraba por las habitaciones de la casa y muy pocas veces se asomaba por las ventanas. La tarde más corta del año, que anunciaba la llegada del invierno, llamaron a su puerta. Se asomó y vio al doctor Úbeda que esperaba nervioso del otro lado. Lo hizo pasar. Luego de los saludos de rigor, Úbeda le preguntó si estaba bien, pues lo veía muy desmejorado. Oscar le dijo que no se preocupara, que todo estaba bien. Tomaron café. Úbeda le contó que había recibido una carta de un neurólogo de apellido Moss del MIT, quien había tomado conocimiento de sus intentos de ayuda a Oscar y que, enterado de su fracaso, se había puesto a pensar en el problema. Lo invitaba a compartir información y debatir el asunto. Y que eso era lo que había estado haciendo todo este tiempo. No le había contado nada a Oscar porque si estos debates no daban fruto, no quería entusiasmarlo en vano. Sin poder ocultar el entusiasmo, Úbeda le dijo que sí estaba de acuerdo, quería intentar una vez más con una técnica totalmente distinta. Moss tenía un proyecto interesante cuyo resultado final consistía en lograr conectar el cerebro humano a una computadora. En los últimos años había alcanzado progresos tangibles, los que lo animaron a contactarse con él. Oscar quedó perplejo. Después de lo que había tenido que soportar, allí estaba otra vez este doctor haciéndole propuestas como si nada hubiera pasado. Muy enojado, le reprochó primero su abandono y luego los gastos que le había obligado a afrontar, sumiéndolo en la indigencia, sin mencionar los sufrimientos que todo ello le habían ocasionado. Úbeda se mostró comprensivo y en tono conciliador le pidió que reflexionara y no tirara por la borda esta oportunidad única. También le dijo que estaba dispuesto a cubrir inmediatamente sus necesidades más urgentes y que luego del experimento, que él descontaba exitoso, ya se encargaría de compensarlo adecuadamente. Oscar lo escuchó atentamente y luego de pensarlo un buen rato, lo despidió hasta un próximo encuentro. Mientras éste se producía, Úbeda tuvo que hacerle unas visitas a las compañías de gas y luz en nombre de Oscar.

—Che, yo me voy a pedir una cervecita. El sándwich me dio sed. ¿La compartimos?

—Dale. Se me secó la garganta.

—Seguí.

—El día acordado, Úbeda llega a la casa de Oscar con un camión. Tiene que trasladar lo equipos allí, pues no logra convencer a su paciente de trasladarse al laboratorio. Muchos técnicos trabajan un par de días tendiendo cables e instalando dos poderosas computadoras en la sala. Oscar mira desconfiado todos los preparativos.

—¡Mozo! —Otra vez la torre se abalanza sobre ellos, amenazante.

—¿Señor?

—Una cerveza con dos vasos, por favor.

—¿Tres cuartos?

—No, de litro —le responde Darío, buscando la aprobación de Ignacio mirándolo de reojo.

—Como no... —dice el mozo, desapareciendo por atrás de su espalda.

—Cuando todo está dispuesto —continúa Ignacio—, Úbeda le explica a Oscar los detalles del plan. Van a conectarle el cráneo mediante unos electrodos hipersensibles a una de las computadoras de la sala. Realizarán todos los ajustes necesarios hasta que la conexión sea perfecta. Las ondas cerebrales de Oscar estarán enlazadas a la computadora mediante un poderoso programa desarrollado por el doctor Moss. Sólo una parte del programa se encuentra aquí. El resto, la parte más importante, se encuentra en el Cuartel General de Moss en Massachussets. Hecha la conexión primaria, se enlazarán vía Internet con el resto del equipo y comenzará el experimento.

Darío mira la botella ámbar que el mozo acaba de dejar. Pequeñas gotitas de humedad le contornean el talle. Le saca despacio la etiqueta y la hace un bollo. Toma los dos vasos y los llena hasta el borde. Atrapa un puñado de maní salado de un platito y los va dejando caer en su boca de a uno. Se acerca un vaso y lo baja hasta la mitad.

—En los días sucesivos, Oscar finalmente conoce al doctor Moss. Mediante teleconferencia, Moss le explica a grandes rasgos —con Úbeda haciendo de traductor— lo que quieren lograr. Cuando todo esté a punto, Oscar sólo tendrá que pensar en palabras y símbolos. Si todo sale según lo previsto, del otro lado, los pensamientos de Oscar serán recibidos y traducidos en caracteres legibles y se podrán leer como si los estuviera tecleando con sus propias manos.

—Pará un poco, Ignacio. Esto no tiene sentido. ¿Por qué Oscar no tomó directamente el ordenador de su hija y simplemente tecleó sus poemas allí? Si era tan fóbico, no hubiera soportado los manejos de esos doctores. ¡Ni siquiera hubiera soportado meter la mano en ese brazo hueco, ni lo que vino después! Esta historia hace agua por todos los costados.

—Te la estoy contando tal cual me fue transmitida. Tené en cuenta que es una fábula. Un artificio para poner en evidencia el verdadero misterio que se desprende de su final. Eso es lo verdaderamente importante. Las consecuencias. Que te quedes pensando en ellas, que se te ericen los pelos de la nuca cuando pensés en ello. Todo lo demás es como un tinglado. Dependiendo del arquitecto, será más o menos bello. ¿Entendés?

—Sí, entiendo. A este arquitecto le faltaron algunas materias, ¿eh?

—Más o menos. Bueno, llegado el momento crucial, todo está dispuesto. Los ordenadores trabajando, Oscar conectado, con Úbeda a su lado y el doctor Moss expectante a doce mil kilómetros de distancia. Le dicen al paciente que para comenzar envíe un pensamiento neutro. Una imagen cualquiera o que rememore un sonido. Es para calibrar sus ondas cerebrales. Oscar lo hace. En la computadora auxiliar de la sala bailan algunas cifras en un osciloscopio digital. Del otro lado, también. Ahora la comunicación está completa y funcionando a pleno. Se preparan para el verdadero reto. Para comenzar, Oscar deberá pensar una letra. Los cronómetros están enlazados, listos para dispararse. Los rostros de Úbeda y Moss, con los ceños fruncidos, se concentran en los monitores. Oscar piensa. Los monitores permanecen en blanco. El osciloscopio en cero. Nada se mueve. Nada se registra. Moss le pide a Oscar que cambie de letra y trate de aumentar la concentración. Lo intenta varias veces y el resultado es siempre el mismo. Deciden cambiar de táctica. Moss hace unos ajustes en el programa y le imprime su máximo poder. Ahora flota por la sala una extraña atmósfera de tensión y poder. Oscar se prepara. Le han dicho que intente enviar algún pensamiento utilizando la máxima concentración de que se sienta capaz. Cierra los ojos. La frente se le llena de sudor. La mandíbula presiona con tal fuerza que los carrillos parecen a punto de explotar. A su izquierda, el osciloscopio digital se sale de la escala y se apaga. El sistema se cae y se reinicia automáticamente. Úbeda lo llama y le pregunta si está bien. Oscar no responde. Es una máscara imperturbable. Está con la vista clavada en la pared, sin mover un músculo. Úbeda lo toca, le habla. Se pone de pie y lo sacude. Oscar permanece impasible, sigue con la vista clavada en la pared. Ni siquiera parpadea. Una respiración calma le mueve el pecho lentamente. Los doctores entran en pánico.

Ignacio hace una pausa y toma un largo trago de cerveza. Se limpia la boca con una servilleta de papel y se acomoda en la silla. Estira los pies descalzos pateando sin querer a Darío, que pega un saltito involuntario.

—¡Uy! Perdón.

—¡La que te parió, me hiciste asustar! Decime, Nacho, la computadora le quemó la mente, ¿verdad? Así termina la historia ¿no?

—No. Bueno, más o menos. Es algo parecido. Tuvieron que internar a Oscar porque después de ese incidente quedó en estado vegetativo. Vos viste cómo es eso. El encefalograma no mostraba actividad de la corteza superior del cerebro, ahí donde formulamos nuestro pensamiento superior. El cerebro había quedado podríamos decir vacío, pero con las funciones básicas aún funcionando. Respiración, corazón, etcétera.

—Ah, ya entiendo. La computadora le borró la mente.

—Bueno, la historia dice que la mente del sujeto fue absorbida por el poderoso programa de enlace que utilizó Moss para la experiencia. Que se logró un enlace tan perfecto que cuando Oscar proyectó sus pensamientos, éstos fueron tomados con tal fuerza por los algoritmos digitales que lo poco de mente que le quedó fue incapaz de recuperarlo.


Ilustración: Saurio

—"El extraño caso del programa secuestramentes" —se burló Darío con voz forzada de locutor.

—La historia tiene un agregado final, que es donde entra a jugar el misterio. Dicen que la información, los millones y millones de bits en que se transformó la mente Oscar luego de la absorción, eran demasiados para que los ordenadores del doctor Moss pudieran contenerlo. Se produjo una sobrecarga en el sistema, allá en Massachussets y todo se quemó. ¿Qué pasó con los datos? Se fueron al único lugar de la Tierra adonde puede caber semejante paquete: Está en tu casa, en la mía y en cualquier sitio donde haya una PC conectada a Internet. La red de redes se transformó en el hogar de Oscar. Al menos de la parte más importante de él. Se cuenta que desde aquel momento, algunas personas comenzaron a recibir testamentos, resúmenes de noticias, e-mails o cualquier otro documento enviado por la red, extrañamente cambiados. Todos cargaban un aire poético a veces vibrante, a veces melancólico que dejaba perplejo a quien los recibía. En mi opinión, algunos informes corporativos habrán ganado mucho con el cambio. ¿No te parece?

—No sé los otros, pero los de mi laburo seguro que sí —contesta Darío con una carcajada—. Así que el tipo vive encerrado en Internet. ¡Qué joda!

—Bueno viejo, me voy al carajo. Mañana tengo consultorio temprano y todavía me quedan una pila de cosas por hacer. ¿Qué hora es?

Darío mira el reloj y de inmediato se le agrandan los ojos.

—¡La puta! Son las ocho menos diez. Le prometí a mi mujer que pasaría por la casa de mi cuñada a las ocho. Mauro me está esperando. ¡No llego ni en pedo!

Enciende el celular y comprueba que tiene varias llamadas perdidas. Todas de su esposa. Hace una llamada apresurada y luego de discutir un momento cuelga con aire de fastidio.

Pagan la cuenta y se van juntos hacia la puerta.

—Chau nene. ¿Nos vemos el fin de semana?

—Listo, Nachito, yo te llamo el viernes y arreglamos.

—OK, nos vemos.

—Chau.


Cuando Darío llega a su casa, lo espera el silencio y una nota donde su mujer le dice que se queda a comer en lo de su hermana. Se baña y afeita. Está solo, por lo que no se molesta en vestirse. Camino a su estudio, toma de la heladera una lata de cerveza. La apoya sobre el escritorio y la abre con un fuerte chasquido, que suena enorme en el silencio de la habitación. Enciende la computadora. Toma un largo sorbo de la lata y con los ojos brillantes y un anticipado deleite, se conecta a su página porno preferida. El especial del día es GRITOS Y PLACER EN EL DOSEL PÚRPURA. Lo selecciona. Una cama enorme, redonda, alberga una estupenda rubia de enormes pechos que se masturba indolente con los ojos cerrados y la boca entreabierta. Una negra de imponentes caderas se contorsiona aferrada a unos de los puntales del dosel púrpura subiendo y bajando rítmicamente por él. El lugar está casi en penumbras. Algunas velas gordas desparraman un resplandor irregular, acomodadas en los pocos muebles que alcanzaba a ver y que la enorme cama desplazaba hacia los rincones. Fuera de cuadro aparece un hombre vestido de leñador, con un hacha colgando de su mano izquierda. Al verlo las mujeres, se abalanzan sobre él y lo aferran por ambos brazos. Lo tiran en la cama y comienzan a desnudarlo lentamente. Darío acerca su cara cada vez más al monitor, mientras su excitación va en aumento. Ahora la escena es un mar de brazos y piernas entremezclados y un subir y bajar de nalgas y gritos de placer. El hombre, musculoso y transpirado, penetra a las dos mujeres alternativamente, mientras estas lo acarician frenéticas. De pronto, el hombre comienza a mirar a cámara. Primero con vistazos fugaces y luego cada vez más concentradamente. Darío nota con cierta aprensión que parece mirarlo directamente a los ojos. Se levanta de la silla, dispuesto a buscarse una nueva lata de cerveza. La pequeña cabeza en el monitor lo sigue. Se detiene en seco. Retrocede hacia la silla y vuelve a sentarse. La cabecita lo sigue. El hombre no le quita la vista de encima. Darío comienza a asustarse. Está paralizado. Quiere alejarse, pero sólo logra pegarse al respaldo de la silla. Duro como una piedra, no puede apartar los ojos de la pantalla. El hombre deja a las mujeres y se sienta al borde de la cama. La imagen comienza a reverberar en ondas concéntricas, asemejándose a una piedra que alguien tira al agua. Darío se marea. Delante del hombre desnudo se materializa un rectángulo blanco. El hombre se levanta y estirándose lo toma del aire. Es una hoja. Ahora la imagen es nítida, de una resolución excelente. Darío puede ver incluso las rugosidades y dobleces del papel. El hombre, ahora sentado nuevamente, toma la hoja con ambas manos y la estudia con atención. Las dos mujeres tiran de su brazo protestando y tratando de atraerlo hacia ellas. El hombre gira la cabeza y con una palabra las congela, las deja tiesas, como muñecas de cera en posiciones grotescas. Luego gira nuevamente, volviendo la atención hacia Darío; se aclara la garganta y levanta la vista.

"Para Silvina, por amor, para mi amor, dondequiera que estés", le recita con una voz melodiosa, de mirada triste. Y le regala un poema maravilloso.


Daniel Valdez nació hace 41 años y vive en Rosario. Es empleado y este es uno de sus primeros intentos literarios. O sea que a pesar de que lo conocemos personalmente gracias a que vino a una de las tertulias, es muy poco lo que sabemos de él. Mejor. Así evitaremos repetirnos cuando le publiquemos el próximo cuento.


Axxón 154 - Septiembre de 2005
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Leyendas urbanas: Argentina: Argentino).

            

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