FICCION BREVE (diecisiete)

Varios

LOS TEPOROCHOS DEL FIN DEL MUNDO

R.H. Cooper - México


—¿Quién anda ahí? —se escuchó decir a alguien entre los escombros y restos de incendio—. Acérquense. ¿Cuántos días llevan? Yo estoy en mi tercer día. —Se trataba de un viejo al centro de un grupo pequeño—. ¿Ven a aquel de allá? Va por su quinto día —señaló a un hombre sentado de una manera incomoda y con la mirada perdida—, nadie lo cree, sólo yo. ¿Dónde se encontraban, en la iglesia?

—Estábamos en la escuela. Hay mucha gente aún, pero no son ni la mitad de los que eran al principio —contestó uno de los dos hombres que se acercó y vio que comían y bebían animadamente—, al amanecer empezará mi tercer día; él, en cambio, está en su segundo.

—¡Ah! Me hubiera gustado que esta noche hubiera luna, para verla por última vez, aunque quizá, con tanto humo, no se hubiera visto de todos modos —dijo el viejo, tratando de no hacer referencia a las respuestas de aquellos dos—. Siéntense y coman algo. Díganos ¿Creen que esto vaya a acabar pronto?

—Estaba un maestro de la escuela diciendo que algo así ha sucedido muchas veces en la historia de la humanidad.

—Sí, pero entonces la ciencia no estaba tan adelantada como ahora —contestó el segundo, que creía llevar razón en sus hipótesis por ser médico—. Esta nueva enfermedad ha atacado a más de la mitad de la población en menos de cuarenta días. Tal vez algún científico hubiera encontrado ya la cura, o al menos la causa, que también es un misterio; pero el caos ha acabado con todo. Si la gente no muere por la peste escarlata, lo hace tratando de defender un poco de agua.

—Entonces, doctor, ¿usted cree que nadie vaya a sobrevivir? —preguntó una mujer que tenía entre sus manos una botella. Por la manera como la sujetaba podía notarse lo nerviosa que estaba—. ¿Cómo va a acabar todo esto? ¿Cuándo?

—No lo sé. Pero allá en la escuela platicábamos algunos que esto puede ser el fin de la humanidad. Nadie ha demostrado, hasta ahora, poder salir de la enfermedad. No hay nadie que haya sobrevivido cuatro días.

—¿Olvida usted —interrumpió el viejo— que mi amigo lleva ya cinco días?

—Y lleva dos días sin hablar. ¿Qué, no lo ve? —gritó histérico otro individuo—. Esta muerto ahí sentado. Viejo loco.

—Como sea, nadie va a sobrevivir. Mejor sería aprovechar esas botellas de ahí y embriagarnos para no sentir nada.

Tomaron una botella cada uno de los recién llegados y se fueron a sentar apartados del grupo. Abrieron las botellas y brindaron varias veces, para caer en un largo e indoloro sueño. Un poco antes lloraron, luego rieron, luego aceptaron su estado y tomaron más.

—¿Sabes? Esta manera de morir me recuerda a una película —le dijo el médico a su compañero, que había guardado silencio luego de estar hablando de su familia; pero él no lo escuchó, ya estaba muerto. Se puso de pie y fue hasta el grupo para anunciarlo, pero habían tenido una discusión y ahora el hombre nervioso amenazaba al viejo con una pistola. Nadie tenía miedo. El médico fue hasta su lado y se la quitó. Todos se tranquilizaron. Le disparó en la cabeza. Luego metió el cañón en su boca y jaló del gatillo, pero ya no había más balas.


Ricardo Harden Cooper Martínez tiene 24 años y nació en Monterrey, Nuevo León, México. Un "teporocho" es un borracho de la mas baja categoría, de esos que duermen en plazas y no han estado sobrios en años. R.H. Cooper vive a pocos kilómetros de Fraga, por lo que no sería mala idea asociarlos, digo.



KAMIKAZE

Albino Hernández - Perú


Pronto terminará nuestra agonía
Al menos fuimos felices, ¿lo serán ellos?

1

Khaga, la entidad masculina, extendió sus angulosas extremidades en dirección a Megoth, su compañera. La tensa piel del vientre de ella se transparentó, las gruesas y nudosas vellosidades en su superficie oscilaron provocando pequeñas ondas sísmicas en el viscoso líquido que las recubría.

Las palabras de los nonatos llegaron a la mente de ambos.

"No tenemos miedo".

"La carencia de miedo es insuficiente."

Khaga se desplazó en el aire electrificado de la oquedad. Porciones de su piel se desprendían en grandes escamas violáceas con cada movimiento. Alzó su garra y la pared frente a él se abrió como una boca en un grito.

Murmullos de sorpresa. Las vellosidades parecieron enloquecer, se entrecruzaron unas con otras, se tensaron en febril agitación.

"Es monstruosa", subvocalizó Megoth.

En mucho tiempo no se había expuesto al espacio abierto. Lo había evitado por el bien de los nonatos. Ya no tenía importancia. Se removió en el nicho, el movimiento fue lento, doloroso. Sus setecientas articulaciones restallaron al unísono produciendo un sonido hueco y discordante.

"¿Ven a lo que me refiero?, dijo Khaga.


2

Luisa se removió inquieta en la cama. Hacía un rato que había escuchado los tímidos pasos del marido camino al baño. Tenia el sueño ligero y no podía evitar despertarse cuando él lo hacía. Permanecería así, en silencio, esperando que él regresara y volviera a dormirse. Incluso fingiría roncar.

Llevaban años sin tener nada que decirse. Vivían en la rutina, simplemente esperando la muerte. Le había rezado a Diosito para que se lo llevara a él primero. ¿Qué iba a hacer sin ella?

En ciertas ocasiones se había atrevido a imaginar la vida con otro hombre. Un hombre alegre, que no pasara la mayor parte del tiempo amargado, que no se hubiese cansado de tocarla con tanta rapidez.

Eres una arpía, una egoísta.

¿Por qué pensaba tan mal de sí misma? ¿Era malo querer que las cosas fueran diferentes?

Quizás su madre era la culpable de sus miserias: "el matrimonio es para toda la vida."

O sus amigas que ponían bocas como oes mayúsculas cuando alguna conocida se separaba del esposo.

O los hijos. ¿Cómo iban a crecer sin su padre?

O el hecho de no haber terminado sus estudios por ser tan estúpida de ponerse a jugar a las casitas sin tomar medidas preventivas.

Unos pasos interrumpieron sus pensamientos. Firmes, decididos. No los lentos y cansados del marido.

Se volteó.


3

Khaga y Megoth permanecían en silencio, uno junto al otro, transformados en piedra. El momento final requeriría de todas sus energías, no había lugar para equivocaciones. Los nonatos lo sabían y se habían unido al trance. Todos debían entrar en fase en una total sincronización.

Los Klihai Madre aseguraban que de lograrse la Conjunción al menos un diez por ciento de la especie sobreviviría. Millones de años antes sus antepasados lo habían logrado, escapando a la hecatombe del planeta original. Según contaban las leyendas sus almas subsistieron en la nueva morfología y, aunque fueron necesarios siglos de adaptación, al final habían triunfado.

La forma no importa, lo importante es la esencia, rezaba el Libro Azul de La Memoria.

El próximo paso descubriría si la sabiduría almacenada a través de los siglos era valedera. Khaga y Magoth, y como ellos millones de adultos, no lo verían; los nonatos serían los encargados de comprobarlo... si lograban burlar a la muerte.

Una voz colectiva se asentó en la mente de todos, un canto de vida y muerte, de gloria y derrota, de olvido y resurrección.

La hora había llegado.

Khaga salió abruptamente de las profundidades en que se había sumergido para encontrar la paz y la fuerza de su determinación. La bolsa seminal adherida a su espalda comenzó a latir y enrojecer. La brillante superficie se tornó cianótica y comenzó a resquebrajarse. Por fin se abrió en un estallido pulsátil y un chorro de esperma se alzó como un geiser para caer de inmediato sobre Magoth.

El vientre de ella se abrió ante el contacto, las vellosidades se volatilizaron y los nonatos expuestos en sus viscosas membranas abrieron las bocas erizadas de dientes para tragar el fluido vital.

El planeta entero vibró en un único grito cuando se produjo la colisión. Los cuerpos se abrazaron, se fundieron, transformándose por último en un huracán de polvo cósmico. Un viento divino.

Un Kamikaze.


4

La gigantesca silueta permaneció recortada en el umbral de la puerta por unos segundos. Luego, como una sombra, se desplazó en dirección a ella.

Luisa cerró los ojos. ¿Estaré alucinando?, pensó.

El extraño se acercó a la cama. Podía sentir su respiración.

Quiso gritar pero tenía la lengua atascada en la garganta.

Sus pensamientos eran una turbamulta. Me matará y el médico de turno tendrá que armarme como un rompecabezas. Pero antes me violará, sin importarle que sea un pellejo y que mis tetas sean dos globos desinflados.

El extraño se acostó junto a ella. Los desvencijados resortes de la cama se quejaron con languidez. Sus manos la tocaron. Eran tibias, fuertes y podía sentir el latido agitado de su corazón a través de ellas. Luisa no gritó, suspiro en cambio. Sus pezones se endurecieron y un cosquilleo le recorrió el bajo vientre.

No, pensó, y abrió las piernas.

Quizá, antes de morir, Dios le estaba regalando este sueño tan bonito.

Lo sintió entrar en ella firme, pero con delicadeza, como si tomara una flor entre sus manos.

Ahora sí gritó.

Y gritaron las montañas y el mar y las estrellas cuando el "viento divino" azotó la tierra. Y su grito fue uno solo.

Y cuando el sueño murió y volvió a sentirse vieja, sonrió mientras se acariciaba el vientre con ternura. No necesitaba de médicos para saberlo: encerrada en su matriz palpitaba una niña.

Sería extraña, diferente, pero su vida sería mejor.


Albino Hernández Penton nació en Cuba y vive en Perú; es médico y escribe "algunas cositas en sus ratos libres, pero sin llegar a Doyle". Esperemos más "cositas".



CARRUSEL FANTASMA

Claudio Amodeo - Argentina


Avanza y verás un tiovivo sangriento que te helará la sangre como nunca antes. No seas timorato. Si subes al carrusel te envolverá una música lúgubre y te estará esperando un corcel oscuro para cabalgar entre los barcos piratas y las lechuzas gigantes.

Esto es mejor que el trapecio y el acantilado. Aquí hay una verdadera atmósfera tenebrosa que te erizará los cabellos de la nuca. No como en aquellas insulsas atracciones para niños plagadas de artilugios infames. Aquí la sal marina te embriagará como el jugo de la vid, los gritos de agonía te enloquecen con cada giro y el frenesí recorrerá tus venas y palpitará en tu pecho hasta hacerlo estallar.

Esta es una verdadera atracción y no puedes perdértela. Y es gratis.

Monta el corcel y déjate llevar en su rítmico movimiento vertical y verás que el mundo ya no es como te lo cuentan. No hay paz ni alegría, no hay fe ni razón, ningún celeste o verde de donde aferrarse. Aquí la vida se escurre como arena entre los dedos y se disipa como la bruma matinal. Déjate llevar por el movimiento continuo, por la danza macabra, vamos.

Si tienes suerte incluso puedes obtener la sortija, y con ella, otro pasaje gratis para alguno de tus amigos. Ven, sube, ya empieza a girar.

Eso es, arriba. El corcel espera. Posee una amplia sonrisa aterradora que te espantará y seducirá al mismo tiempo. Déjalo sentir tu peso sobre su lomo salvaje. No te preocupes por las vibraciones, ni por el calor, ni por los mareos. No te preocupes por nada. Todo se irá acomodando a medida que lo conozcas más.

De a poco irás amando al carrusel, lo harás tu amigo, le contarás tus secretos. Él desea escucharte. Él te desea.

Sentirás que tu cuerpo se funde con el cruel corcel que desea devorar tu piel como si fueras una nutria destinada a vestirlo. Sentirás tus miembros desgajándose con el constante ímpetu por brincar y no habrá dolor, porque ya te sabrás parte del carrusel, porque te integrarás definitivamente a su diabólica danza eterna y te esfumarás con él en el aire, frente a las narices de los distraídos energúmenos que colman el parque y no poseen un segundo de su tiempo para auxiliarte...


Un zapato. Eso es todo lo que hallaron los guardias de seguridad cerca de uno de los juegos acuáticos. El objeto fue identificado por la madre inmediatamente y se procedió a una búsqueda exhaustiva en todo el parque, pero fue inútil. No hallaron al pequeño y nadie pareció haberlo visto aquella tarde. Sus amigos lo perdieron de vista luego de visitar el acantilado y no lo volvieron a encontrar. Sólo un pobre borracho que dormitaba del otro lado de las rejas juraba haber visto al niño subiendo al carrusel fantasma que, según él, todos los años aparecía para alimentarse en aquel sitio, seduciendo a alguna pequeña alma con promesas de diversión.

Obviamente, lo sacaron a empujones y asearon prolijamente el lugar.


Hemos leído varios trabajos de Claudio Amodeo en Axxón: "La chica de rojo", N° 149, "La muerte interior", N° 150, "El libro de las predicciones", N° 153. Claudio nació y vive en Buenos Aires, tiene 26 años y es uno de los más activos animadores del Taller 7 de CCF.



EL PERMISO

Mar Ferrer - España


Julia Groovel cerró la bitácora y se sentó en su sillón del puente. Estaba malhumorada. No hacía ni una hora que había vuelto a bordo y todo habían sido prisas y órdenes. El alto mando había revocado su permiso de un mes cuando aún no había pasado una semana. Su único permiso de un mes después de seis años encerrada al frente de aquella nave, luchando contra los rebeldes del límite exterior de la galaxia. Seis años sin pisar tierra. Seis años siguiendo órdenes. Seis años matando.

—¡Oficial! —gritó—, ¿situación?

—Rumbo marcado y velocidad estable, comandante —contestó el navegante que estaba sentado a dos metros de ella, observando detenidamente un panel lleno de números y gráficos.

—Bien, estaré en mi camarote.


Al llegar al camarote se desabrochó la chaqueta del uniforme y desapareció su imagen de comandante. Allí, en soledad, era sólo ella. Sus fuerzas flaquearon y se sentó, abatida, en la cama. Recordó cuántos permisos le habían suspendido cuando aún era cadete o simple soldado, muchos de ellos aún antes de poder siquiera salir de la nave. Pero esta vez era diferente. Era la primera ocasión que sus deseos se interponían a las ordenes directas.

Abrió el petate y empezó a sacar la ropa. La bolsa perdió rigidez y cayó hacia el costado. Un melocotón rodó por encima de la manta grisácea de su cama. Se lo quedó mirando sin atreverse a cogerlo. Seguramente Tiago se lo puso en la bolsa mientras recogía sus cosas para irse.

Tiago...

Recordó la primera vez que lo vio, aunque él aseguraba que se habían visto antes: cuando ella atravesó los campos en un transporte rumbo al pueblo. Alto, con la tez bronceada por el sol de los campos y los brazos fuertes de trabajar la tierra. Estaba bailando con una muchacha del pueblo al son de una pieza polifónica interpretada por unos juglares ambulantes. Era la fiesta en honor de su dios de la agricultura y lo celebraban con un fastuoso ágape.

Alguien los presentó. Bailaron y comieron. Luego alguien lo llamó y se perdió entre la gente.

Recordó también un paseo al atardecer, un par de días después de su llegada. Las luciérnagas revoloteaban entre los arbustos situados a cada lado del camino. Un viento calido del sur agitaba las ramas de los árboles y formaba olas en el trigo maduro. Intentaba olvidar su pasado, pero aún en medio de la belleza de aquel paraje era difícil borrar los rostros y los gritos de los rebeldes que ella misma había matado.

Un camión de transporte se acercó por la carretera y al llegar a su altura aminoró sin detenerse. Un hombre bajó de un salto y se despidió de sus compañeros. Era Tiago.

—¡Hola! —Se detuvo un momento mirándola directamente—. ¿Qué haces sola, tan lejos del pueblo? ¿Te has perdido?

—No, estaba dando un paseo.

El sol se estaba poniendo lentamente y la primera estrella asomó en el cielo

—Es tarde... no podrás volver al pueblo antes de que anochezca. Ven.

Y lo siguió por un pequeño sendero que serpenteaba entre dos campos hasta llegar a su casa. No era una casa grande, pero tenía las paredes blancas y el techo de madera. Alrededor crecían pequeñas violetas de color intenso y un perfume embriagador.

Pasaron juntos los días que siguieron. Para Julia el tiempo se detuvo. Allí, en medio de la naturaleza no había relojes, ni horarios, ni rumbos, ni órdenes, ni nada. No había preguntas ni explicaciones. Sólo estaban ella y Tiago.


Julia agarró lentamente el melocotón de encima de su cama y lo acercó a su cara. Olió el aroma de la fruta y notó el tacto de su piel suave contra la mejilla.

El día de la recolección. El día fatídico.

Tiago había ido a los campos a ayudar en la recolección de los frutales. Mientras, ella había vuelto al pueblo a buscar unas cuantas cosas que todavía tenía en la pensión. El propietario, un hombre viejo y arrugado, le dio un mensaje que había llegado para ella el día anterior. Era un mensaje del alto mando. Era el mensaje.

Desplegó nerviosa el papel. Órdenes. El alto mando anulaba su permiso para... no recordaba haber leído la razón. La palabra "anulado" temblaba ante sus ojos.

Tiago la había encontrado sentada en la cama de la pensión, mirando la nada. Encima de la cama estaba su petate a medio hacer y el mensaje. No había acabado de ponerse el uniforme. Al verla, Tiago supo qué sucedía, dejó un cesto de fruta que traía al lado de la puerta, se arrodilló a su lado y la abrazó.

—No quiero irme —dijo ella con un susurro.

—No quiero que te vayas —contestó él.

Al rato, sonaron unos golpes en la puerta y el viejo de la pensión entró lentamente. Un transporte la esperaba en la puerta. Julia guardó sus últimas cosas en el petate, lo cerró y se lo cargó a la espalda para irse. Tiago hizo el ademán de querer ayudarla.

—No —le espetó—. Puedo sola. Debo... —las palabras se le atragantaron y murieron antes de pronunciarlas.


Sonó el timbre avisador de su camarote y la voz de un oficial.

—Comandante Groovel. Se requiere su presencia en el puente de mando.

—¡Voy enseguida, oficial! —contestó con voz firme.

Julia Groovel tiró el melocotón a la basura, se arregló el uniforme y salió de su camarote y de su pasado rumbo al puente.


Mar Ferrer nació en Vilanova i la Geltrú, Catalunya, España, en 1978. Siempre ha vivido allí, aunque tanto por estudios como por trabajo se desplaza a diario a la capital, Barcelona. Estudió la Licenciatura en Humanidades (lo que era antes Filosofía y Letras) y acaba de terminar su especialización en Archivística y Gestión de Documentos. Aunque hace rato que se siente atraída por el fantástico y ha leído cosas del genero, sólo muy recientemente ha tenido tiempo para dedicarse a explorarlo, a leer y a escribir. He aquí una muestra de ello.



EL MORADOR

Hernán Domínguez Nimo - Argentina


¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHH!

Mi grito —ocasionado por el dolor y prolongado por el pánico— rebota en las húmedas paredes de piedra y vuelve a mis oídos. Cuando los ecos se silencian, aún puedo escuchar el rasguido apresurado que se aleja y se pierde.

Luego, nada. Sólo mi respiración agitada, revolviendo el aire húmedo y viciado del pozo. Y mi corazón, que corre aún más rápido que eso.

Acerco mi dedo, el que me acaban de morder, a los ojos. En la penumbra de la oscuridad gris puedo ver la sangre, más oscura aún, que fluye. Dios. Juro que pude sentir sus bigotes antes de la mordida. Chupo el dedo e intento escupir varias veces a través de mis labios resecos y cuarteados.

Si te vas a morir, difícilmente sea de rabia o de peste bubónica.

El ataque de risa me arranca otro grito, esta vez sólo de dolor.

¡Claro que sí! ¡Hay muchas otras opciones antes de eso! ¿Alguien quiere apostar? ¡Infección y gangrena pagan ocho a uno! ¡Después de dos días, hambre y sed aumentan sus probabilidades, así que sólo pagan cuatro a uno! ¿Y quién se lleva el grueso de las apuestas, a ver, digan quién?

—¡Basta! —me digo, aunque cuesta reconocer una palabra en los sonidos que salen de mi garganta hinchada y seca. Durante unos momentos intento inútilmente juntar suficiente saliva para tragar y aliviarla.

Lo que sí se percibe en mi voz es el miedo. También se debe oler. Supongo que por eso se anima cada vez más.

Intento verla, allá, en la oscuridad negra. Donde estoy, la oscuridad es gris; más allá, negra. Es increíble la cantidad de matices que soy capaz de discernir en lo que antes era sólo negro. Los ruidos ínfimos que puedo escuchar.

Algo —mi miedo— dice que esta vez no fue muy lejos. Mis gritos ya no la espantan como antes. Si yo estoy asustado, ¿por qué va a estarlo ella? La balanza del miedo hace rato que se volcó hacia este lado.

La necesidad de cambiar de posición —como si sólo estuviera en mi cama— genera la sensación refleja de que podría moverme. Lo único que consigo es arrancarme un nuevo grito, esta vez ahogado. De repente es como si las paredes siguieran cerrándose, como si la piedra pudiera aprisionar aún más mi pierna encasquetada, como si el pozo no fuera más que un puño que por fin terminara de apretar y matarme, contra todos los pronósticos, de asfixia.

Otro mareo. Aún no entiendo como lo percibo cuando viene. Sin puntos de referencia visuales todo parece igual, todo da vueltas, todo está quieto. Pero lo percibo. Y con él viene el pánico. Porque lo que mora en la oscuridad negra puede aprovechar y acercarse.

Dejate ir.

No. Sacudo la cabeza y espanto al mareo y al de la voz. Hace ya varias ¿horas?, ¿días? que lo escucho y no sé si me aterroriza más

Imposible

que el morador de la oscuridad negra. Es mi lado cobarde. El que me hizo esquivar cada pelea que debí haber enfrentado en la escuela. El que me impidió saludar a las chicas que me gustaban

Y que te iban a humillar

en la secundaria, en la universidad. El que aparece cada vez que hay tormenta. Quiere que me deje llevar por el sueño y

Terminar de una vez con todo

que permita a la rata hacer su trabajo. Quiere que cierre los ojos y...

¡Qué los abras, carajo! ¿No ves que ya estás muerto y enterrado!

¡NOOOOOOOOOOOOOOOO!

Y esta vez el cosquilleo que me arranca un grito es en mi cara. Pelos —bigotes— en mi mejilla. Vuelvo a gritar, para alejarla, y escucho.

Pero no hay nada para oír, ningún aletear de patitas hacia el fondo de la oscuridad negra. Con pánico creciente comprendo que está cerca, apenas más allá del límite de la oscuridad gris, esperando. Comprendo que mis gritos ya no son suficientes, que ninguna brigada de rescate encontrará la boca de un pozo ciego perdido en medio del campo, que el próximo desmayo será el último, que el morador gana todas las apuestas...

El murmullo de pies se despierta y avanza, deteniendo la avalancha de pensamientos caóticos. No va a esperar a que me desmaye. El olor del miedo es demasiado tentador.


Hernán Domínguez Nimo, haciendo gala de una avasallante actividad, nos está acribillando a relatos... Vean otras muestras de su puntería en Axxón 141, 143, 148 y 150.



LA PSICOSTASIA ENTRE LOS GRIEGOS

Saurio - Argentina


Alcornoque, me decía. O quizás quería decir "al corno que" y se quedaba a la mitad de la oración. O tal vez creía que mi nombre era Al Cornoque. No lo sé. También me decía badulaque, majadero, atolondrado, mentecato, memo, ignorante, zafio, mameluco, botarate, adoquín, mostrenco, papamoscas, mogólico, pelotudo y tarugo. Imbécil no, imbécil era mi ermano. Sí, sin hache. Por eso era imbécil. Sino, hubiera sido himbécil.

La verdad es que me trataba mal. Me gustaría decir que me trataba como a un perro, pero ella a los perros los trataba bien. Bah, a su perro lo trataba bien, demasiado bien. Lo lavaba, lo peinaba, lo masturbaba y, ocasionalmente, hasta lo felaba. Era digna de ver la expresión del afortunado gran danés al sentir las caricias linguales en su glande. Creo que el perro estaba enamorado de ella. Ella no estaba enamorada del perro, de eso estoy seguro. A ella lo único que le interesaba era chupar pijas. Incluso me la chupaba a mí, aunque mucho no le gustaba porque decía que mi leche salía a borbotones y la hacía atragantarse. También me dejaba que se la metiera por el culo y una vez hasta me dejó que se la metiera por la concha. Creo que la embaracé, pero no estoy muy seguro.

A sus hijos los trataba con dulzura. Los dejaba morir de hambre a veces, especialmente cuando tenía demasiados, pero a los que quedaban vivos los trataba con dulzura. Nunca les pegó ni los hizo trabajar. Para eso estaba yo. Yo era el que trabajaba y el que recibía las bofetadas, y los insultos, y las patadas, y los escupitajos, y los latigazos, y los rebencazos, y los chorros de aceite hirviendo. Sus hijos no. Ser hijo de ella era fantástico, creo yo.

Un alcor es un cerro, un collado o una colina. Quizás no me decía alcornoque, quizás decía "alcor Noque" y yo lo interpretaba mal. Pero también me decía ganso, bestia, burro, cabeza de chorlito, cerebro de mosquito, sorete mental, bujarrón, sodomita, puto del orto, soplapitos, tarado de mierda, cretino, bobalicón, inepto, obtuso y sucia rata de albañal. Pero imbécil no me decía. Imbécil era mi ermano. No siempre fue imbécil mi ermano. De chiquito era un genio, resolvía integrales triples como quien se ata los zapatos y a los diez años creó un poroto transgénico con un valor nutritivo cien veces mayor al del poroto común. Pero a los doce se cayó de la escalera y se volvió imbécil. Creo que fui yo quien lo tiró de la escalera, aunque bien podría haber sido cualquiera de mis otros hermanos. Es que éramos tantos que a veces me confundo. Con decirles que una vez uno de mis hermanos se suicidó y estuve siete meses convencido que había sido yo quien había muerto. Bah, también influyeron en mi confusión los gusanos que comían de mi carne. Yo no sabía que hay gusanos que se alimentan de cuerpos vivos, de haberlo sabido no hubiera creído que estaba muerto. Algo yo sospechaba, para ser honestos, pero como ella, además de alcornoque, me decía "zombi", yo interpreté lo que era una metáfora como una declaración fáctica y supuse que era un zombi. También creí que yo era un cuerpo en pena, que vendría a ser lo mismo que un zombi pero sin patrón y con un sentimiento de culpa. La cuestión es que no me morí sino que tenía parásitos, así que me di un buen baño de kerosén, me tiré un fósforo y dejé que la naturaleza siguiera su curso.

Una vez vino por casa un político, en una travesía de esas que emprenden los políticos para ejercer la demagogia. Nos soltó un discurso rimbombante y nos llenó de esperanza. Bah, eso es lo que creyó él. ¡Qué esperanza podía tener yo con lo mal que me trataba ella! "Rimbombante". Linda palabra, ahora que lo pienso. Percusiva. ¡Rim! ¡Bom! ¡Ban! ¡Te! Creo que se podría hacer un buen ritmo con ella. Lástima que no me dejaba tener una batería, si no trataba de tocarlo. ¡Rim! ¡Bom! ¡Ban! ¡Te! ¡Rim! ¡Bom! ¡Ban! ¡Te! ¡Rim! ¡Rim! ¡Bom! ¡Ban! ¡Te! ¡Ban! ¡Te! ¡Ban! ¡Bom! ¡Bom! ¡Rim! ¡Bom! ¡Ban! ¡Te! ¡Bom! Y arriba de eso una viola con el riff demagogiadema_gogia_demagogia deeem deeeema deeeeemaaagogogogogiaaaa. Y el bajo repite mentecato mentecato mentecato. Sí, y no le quedaría mal una percusión latina con al cor no que alcor no que al corno que al cor no no nono que. Creo que el ser humano aprendió a cantar antes que a hablar, por eso las palabras son tan musicales. Pero ella no me dejaba cantar. Ella era muy mala, a decir verdad.

Creo que por eso la maté. Bah, creo que la maté. No me acuerdo. Pudo haber sido cualquiera de sus hijos o el imbécil de mi ermano quien le cortó la cabeza, pero probablemente fui yo. Al menos yo soy el único de la casa que sabe usar un hacha, así que debo de haber sido yo quien la decapitó. No sé. Lo que sí sé que entre el gran danés y los chanchos se liquidaron el cuerpo. Tal vez alguna porción hayamos comido nosotros. Sí, ahora que lo pienso, hicimos un asadito después de que la maté y no recuerdo haber faenado ningún chivito y, mucho menos, un lechón o un ternero, así que seguramente nos la comimos. No toda, claro, no somos tan bestias como para comerle la cara o los ojos, y los huesos no son muy comestibles que digamos. Bah, también tuvimos una seguidilla de caldos después de su muerte y yo recuerdo que no compramos jabón por meses, así que tampoco es que tiramos a la basura a sus huesos. Pero, bueno, los desperdicios sí se los comieron los chanchos y nada de ella quedó sin aprovechar, creo.

La extraño.


Lo único que se puede decir de Saurio que no se haya dicho es el nombre que figura en su documento de identidad. Yo lo sé porque fuimos juntos a votar el domingo, pero no lo traicionaré ni bajo tormento. Así que para justificar estas líneas sólo me queda anunciar que en Axxón de noviembre se viene un Saurio muy especial.




Axxón 155 - Octubre de 2005
Cuentos de autores de habla hispana (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Fantasía: Varios países).

            

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