FICCION BREVE (dieciséis)

Varios

¿QUÉ ES EL DOLFISMO ORTODOXO?

Saurio - Argentina


Tomado de "Me la sé lunga", columna semanal de Mauricio Gafento en el diario "La Unión" de Guanaco Tierno, Provincia de Tierra Adentro.


Eminente Mauricio:

Quizás esta pregunta ofenda a algunos, ya que toca el delicado tópico de la religión, pero la duda me carcome y sé que sólo usted puede satisfacer mis necesidades de conocimiento.

Ya hace varias décadas que veo a estos muchachos, caminando de a pares, prolijamente vestidos con camisas rojas y pantalones Oxford azul marino, con sus rubios cabellos bien recortados y una especie de biblia en sus manos. Sé que se trata de una secta cristiana pero nunca pude saber a cuál pertenecen (y nunca me atreví a preguntarles).

¿Podría usted, estimado Mauricio, decirme de qué religión se trata?

Agradecido infinitamente

Bernardo de Santa Gregoria de los Cardales


Querido Bernardo:

Todos hemos visto a estos incansables fatigadores de las veredas y nos hemos preguntado lo mismo. Algunos, como yo, hemos ido más allá y obtuvimos una respuesta. Los muchachos a los que te refieres son misioneros del Dolfismo Ortodoxo.

Claro, supongo que esto no sacia tu sed de conocimiento, así que continúo contándote acerca de ellos.

El Dolfismo Ortodoxo se basa en el cisma Jeconita, uno de los episodios más desconocidos y oscuros del primer cristianismo. De no haber ocurrido este cisma, la historia de la religión y quizás la del mundo hubieran sido muy distintas. Para empezar, todas las representaciones pictóricas de la Última Cena mostrarían más comensales, ya que, según recientes investigaciones de los profesores Boris Alterkakher, Richard Tochus-Leker y Wilson Chiamyankel, originalmente los apóstoles eran 16 y no 12, como tradicionalmente se creía (siendo en Medio Oriente el primero un número con connotaciones aún más esotéricas que el segundo, es muy lógico pensar que 16 era la cantidad real de apóstoles).

La investigación de estos eruditos arrojó que luego de que Jesús le dice a Simón que "tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia" (Mt 16, 18-19) llamó a su otro discípulo Jeconías y le dijo "Tú eres Papirio y sobre este papiro asentaré mis enseñanzas, y las mentiras del Hades no prevalecerán sobre ellas. Y a ti te daré los códigos de acceso a la bóveda secreta del Reino de los Cielos; y todo lo que descifraras en la tierra será descifrado en los cielos; y todo lo que encriptaras en la tierra será encriptado en los cielos". (Estos dos versículos, luego del cisma fueron borrados de la versión oficial del evangelio y sólo se conserva en unos muy dañados manuscritos esenios que se encuentran en el Museo Arqueológico de Kvetchpaskudnyak, República Socialista de Eslobovia).

Tras la muerte de Jesús, surge la disputa entre Simón y Jeconías acerca de quién es el sucesor del Mesías. Según Jeconías debía ser él ya que "el papiro envuelve a la piedra" , pero Pedro se impuso con el argumento de que "la piedra es más dura y viene con patota y te va a cagar a palos". Jeconías, junto a los otros tres apóstoles que lo apoyaban (Eloy, Zaqueo y Sebulón ortopterita), al verse superados en número, abandonan Jerusalén en dirección al Oriente y no se sabe más de ellos (aunque se supone que estos cuatro apóstoles y su prédica cristiana en tierras bárbaras son quienes han dado orígenes al legendario Preste Juan, así como los reinos míticos de El Dorado, Xanadú y Studio 54).

En 1854, el cazador furtivo John Dolph es visitado por un ángel del Señor en las planicies desérticas de Utah. El ángel, llamado Nebishael, le revela la Segunda Venida de Jesús entre los yanomamos en el siglo IX, le dicta los Evangelios de Jeconías, Eloy, Zaqueo y Sebulón y le ordena predicar la verdadera Palabra de Cristo entre las infieles mentes de aquellos tentados por las demoníacas enseñanzas de la Ciencia atea y el Positivismo materialista. Hoy día el Dolfismo Ortodoxo cuenta con más de 7.000 fieles en todo el mundo, dispuestos a tocar el timbre de los lectores en cualquier momento, así que tengan cuidado y hagan silencio, que en una de esas se cansan y se van.

MAURICIO GAFENTO


Saurio, que acaba de ganar el 2° Concurso Internacional de Cuentos para Niños de Imaginaria y EducaRed, ha paseado con frecuencia su ácidez y retorcido sentido del humor por estos lares: en los números 147, 149, 151, 152 de Axxón hallarán pruebas de lo que estamos expresando.



¿QUIÉN?

Santiago Eximeno - España


Al principio fue un cosquilleo, una sensación extraña que recorrió suavemente mi cuerpo de pies a cabeza. Después sentí una descarga eléctrica, miles de voltios invadiendo mi organismo y estallando en mi cerebro como una feria de fuegos artificiales. Creo que justo en ese instante mis pulmones inspiraron una bocanada de aire rancio y corrompido en un acto reflejo incontrolado, como si aquello tuviera algún sentido en mi actual situación.

Abrí mucho los ojos, pero una oscuridad absoluta me envolvía como una mortaja. A pesar de ello, no sentí miedo. Comencé arañando la tapa de madera, terminé golpeándola con mis puños. No tardó mucho en ceder, y la húmeda arena se apoderó de mi recinto privado en cuestión de segundos. Aterrado, excavé con mis manos en aquella masa que me aplastaba, jadeando por el esfuerzo. No era consciente de lo que estaba ocurriendo, simplemente sentía una imperiosa necesidad de salir de allí.

Cuando mis manos alcanzaron la hierba fresca y mis ojos vieron la brillante luz, supe que había alcanzado mi destino. Salí de aquella tumba en la que había descansado durante apenas tres días y me dejé caer en el suelo, junto a mi lápida. A mi alrededor multitud de personas paseaban sin rumbo alguno, perdidos en el nuevo mundo prometido. Aunque quizá personas resultara algo pretencioso para designar esqueletos vestidos con andrajosos trapos, cadáveres semidescompuestos y cuerpos mutilados que se movían entre mudos ángeles de piedra que los observaban con aire de condescendencia.

Me incorporé y miré a mi alrededor. Un grupo de personas cada vez más numeroso se agolpaba cerca de un mausoleo. Gemían, lloraban. Sus lamentos despertaron mi curiosidad y decidí acercarme hasta ellos. Mis movimientos eran torpes, imprecisos. Acaricié con la lengua mis labios cosidos y maldije en silencio la situación que me había tocado vivir.

—Está muerto —susurraban algunos.

—Allí tendido, como una marioneta sin hilos —gemían otros.

Y no mentían. Impecable, con su túnica blanca, su larga barba, sus pies desnudos y sus manos blancas de dedos largos. Con su rostro hermoso de una belleza más allá de toda descripción, resplandeciendo con amor y entrega. Y estaba muerto, muerto a nuestros pies.

—¿Quién ha podido hacer esto? —gritó un hombre, sosteniendo la mandíbula con las manos.

Le miré. ¿Quién habría podido matar al Padre? ¿Quién habría causado daño intencionadamente a nuestro resurrector? Miré mi cuerpo corrompido, mis manos sangrantes. Miré con ojos vacíos, sin vida. Y entonces un enorme lamento se apoderó de mí. Un lamento profundo que llenó mi alma. En ese momento comprendí los gemidos, los llantos.

¡Yo! ¡Yo mismo le hubiese matado! ¡Con mis propias manos! ¡Todos lo hubiésemos hecho!


De Santiago Eximeno publicamos "Recuerdos de mi hermana" en Axxón N° 138 y "¿Por qué a mí, señor Campbell" en Axxón N° 148. Simplemente no parecía sensato esperar hasta el N° 158 para volver a publicarlo.



BREVE CRÓNICA DE UNA CONDENA ETERNA

Ricardo Bernal - México


Yo pecador
he decidido matarla y matarme.


DOMINGO:

22:48 hrs. Ella duerme, desnuda y satisfecha. Mi mano izquierda acaricia su rostro, mi mano derecha sostiene un revólver cargado. Una pequeña mosca nos observa desde el techo.

22:51 hrs. Coloco el cañón en medio de sus ojos cerrados y comienzo a rezar. La pequeña mosca se para en medio de mis ojos abiertos. Desde el tocadiscos se desenredan suaves percusiones africanas.

22:53 hrs. "Adiós, querida hermanita", dice mi voz. El dedo índice de mi mano derecha jala el gatillo; el disparo me impide oír las minúsculas carcajadas de la mosca que vuela alrededor.

22:59 hrs. Quito el disco. En silencio busco un pañuelo para limpiar las lágrimas de mi rostro. La pequeña mosca explora el cadáver de mi hermana.

23:17 hrs. Me lavo las manos.

23:26 hrs. Me miro en el espejo; la pequeña mosca se va volando por la ventana. Coloco el revólver en mi sien y por segunda vez en esta noche, disparo.


MIERCOLES:

Abro los ojos pero no veo nada. No puedo moverme. No necesito respirar. Las últimas paladas de tierra retumban en la superficie de mi ataúd.


VIERNES:

En medio de este silencio escucho la dulce voz de la pequeña mosca que sale por una de mis fosas nasales. Desde ahora, sus diminutos huevecillos germinan en mi interior.


LUNES:

No hay infierno para mí. Sólo larvas... Gusanos.


MARTES:

Se reproducen. Hinchan mis órganos. Licúan mi cerebro y hacen explotar mi lengua. Son un ejército hambriento y despiadado.


JUEVES:

Desnudan mis huesos. Descomponen la química de mi protoplasma y producen líquidos pestilentes que emanan por mi boca... A algunos de ellos comienzan a brotarles pequeñas alas.


SABADO:

No soy polvo ni en polvo me convertiré. Soy un insecto díptero de la familia de los múscidos; mi nombre es Mosca Doméstica y vuelo por el extraño cielo de un mundo recién creado.


DOMINGO:

Es de noche. Me atrae la luz de una ventana. Entro a la habitación donde un hombre sostiene un revólver y acaricia el rostro de una mujer desnuda que duerme.


Ricardo Bernal es mexicano y frecuentador de nuestras Ficciones Breves. Lean sus relatos en estos números de Axxón: 151, 152, 153 y 154. (Oh, acabo de notar que Bernal no ha faltado a la cita ni un solo mes desde junio).



CABALAH

Sergio Gaut vel Hartman - Argentina


David Ben Yehuda no estaba loco. Oía voces, pero no estaba loco. Había afinado ese sentido hasta tal punto que podía detectar el momento en que una hoja, amarilla y quebradiza, se desprendía del roble e iniciaba su lento descenso, meciéndose en el aire, acunada por el viento.

Por eso digo que no estaba loco. Él oyó los caballos mucho antes de que fueran visibles sobre las colinas, mucho antes de que cruzaran el río. Supo quienes eran los que los montaban y a qué venían. Y cuando lo supo corrió y corrió y entró a la carrera a la casa del maestro, sin tocar la mezuzá más que con el pensamiento, y se llevó las sillas y las personas por delante y atropelló e hizo rodar por el suelo al rabbi.

—¿Estás loco? —dijo el maestro cuando pudo ponerse de pie. Contempló al flaco y desgarbado David, su alumno preferido, instalado tras una severa sonrisa. Sabía que David no estaba loco, pero de alguna forma tenía que moderar los arrestos del muchacho. Aunque esta vez, lo supo de inmediato, no se trataba de un tema menor. Naum Ben Simon leía en el rostro de David como si se tratara de un rollo de la Torá: algo muy grave estaba sucediendo, muy grave.

—Es terrible —articuló David—. El conde. Emich de Leisingen.

Algunas palabras son fuego, son ácido, son veneno. Ningún judío de Renania ignoraba quién era Emich de Leisingen, el conde bandido. Él y sus hombres habían asolado la región en repetidas ocasiones. Sus cuadrillas tomaban lo que querían, siempre de mal modo. Pero esta vez era peor. El rabbi vio las cruces fulgurando en los ojos de David, percibió el olor de la sangre y oyó los gemidos; él también había sido un joven arrebatado e imprudente. Pero esta vez era otra cosa. Los rumores habían circulado y todos sabían que los nobles se preparaban para recuperar Jerusalem. ¿Su Jerusalem? ¡Nuestra Jerusalem! ¿Acaso la van a recuperar para nosotros? El rabbi volvió a mirar a David.

—¿Adónde iríamos? —gimoteó el maestro—. Ellos estarán en todas partes y dirán que matamos a su Señor y que somos culpables. No hay ningún lugar a dónde ir.

Fue el turno de David. Miró al rabbi como si no lo conociera y escupió las cuatro palabras casi con rabia.

—¿Me ha enseñado mentiras? —Había madurado diez años en dos minutos. David señaló los libros apilados sobre la mesa, colmando las estanterías—. ¿Son todas mentiras? La sabiduría, excrementos de un perro sarnoso. La Cabalah, sueños, delirios. —Respiró profundo, como si se estuviera ahogando—. ¿Me ha estado mintiendo todo este tiempo?

Naum Ben Simon comprendió lo que pretendía David y respondió lo único que podía responder. —No puede hacerse porque sí. Dios debe quererlo, Él debe inspirarnos. ¿Estás hablando de eso?

—Hablo de eso —dijo David, y envejeció otros diez años—. ¿Dios quiere que seamos masacrados, que los hombres del conde nos degüellen y beban nuestra sangre?

—Si lo permitiera... sería su Voluntad, y nosotros debemos acatarla. —El rabbi miró el techo, pero David supo que su mirada podía atravesar las vigas y las tejas.

—Si me permitiera salir de aquí —dijo David, furioso, apretando los dientes— también sería su voluntad.

—No lo harás —dijo el rabbi, desfalleciente.

David le dio la espalda. Naum Ben Simon comprendió que era su deber respetar el deseo del muchacho y salió de la habitación, dejándolo solo. No sería él quien le decapitara la esperanza, aunque no hubiese futuro para los judíos de Speyer.

La puerta se cerró y el sonido de los pasos del rabbi se apagaron en el corredor, David envejeció todos los años que le faltaban para alcanzar la sabiduría y se abismó entre los pliegues del conocimiento. Permitió que su fino oído lo guiara hasta las encrucijadas en las que crepitaban los mandatos y las proporciones; olió las cifras y saboreó los signos, dejándose llevar hasta las profundidades del mecanismo que cimenta la armonía del cosmos y le da vida. Finalmente lo vio y lo palpó: ahí estaba, absorto, casi indiferente, jugando con seres y soles. Y él, David, el insignificante aprendiz de Speyer, pudo acercarse y localizar sus propias marcas. No sabría nunca si lo había engañado o si el Manipulador se limitó a permitir la intrusión.

Pero David abrió los ojos y ya no estaba en el estudio del rabbi, ya no estaba en Speyer; su fino oído no captaba los movimientos de los asesinos del conde que venían a degollar a los judíos, amparados en una cruz sin caridad ni compasión.

El atardecer había dejado paso a una luminosa mañana. A lo lejos, detrás de las colinas, se divisaban esbeltas columnas que echaban humo. Avanzó hasta la cima y divisó el valle. Era un poblado, un extraño poblado rodeado por un muro de fino metal tejido. Aguzó el oído y escuchó las voces. Gritos y gemidos. Órdenes y pedidos. Pero no entendía las palabras. Sólo se parecían vagamente a lo que él solía hablar. Empezó a bajar la colina y las formas se resolvieron en personas, mayoritariamente vestidas con trajes a rayas verticales, y otros, robustos y autoritarios, que usaban ropas oscuras y sombreros de metal. David no era tonto y supo de inmediato que algo estaba mal en ese lugar. Sacudió la cabeza y sonrió. No podían ser peores que el conde Emich de Leisingen y sus bandidos. Apuró el paso y se dirigió resueltamente hacia el portón de entrada, donde con grandes letras de extrañas formas habían escrito en reconocible alemán: "el trabajo te hará libre".


Nada podría decir sobre el autor que no haya sido dicho, pero sí se puede decir algo acerca de este cuento: estaba destinado al concurso de Metrovías, pero GvH se arrepintió...



PRONÓSTICO

Eduardo Abel Gimenez - Argentina


El sabio anciano se dedica a estudiar el clima. Huele el aire, observa la actitud de las ovejas, clasifica la nubosidad, mide el color de las hojas de los árboles, anota la dirección del viento, el comportamiento del río, el ruido del volcán, las figuras que forma la borra del café. Deja todo escrito en una tablilla, y un día más tarde agrega el comentario final: si ha llovido o no.

De esta manera desarrolla un método para predecir si el día siguiente será lluvioso o seco. Cuando el método parece estar a punto, hace su primera predicción.

—Mañana lloverá —anuncia para sí mismo, solo en las profundidades del valle donde vive.

Al otro día no cae ni una gota de agua.

El sabio revisa cálculos y estadísticas, ajusta las conclusiones, y dice:

—Mañana estará seco.

Al otro día llueve un poco. Apenas, pero llueve.

Nuevos ajustes, nuevas precisiones, día tras día. Y día tras día el pronóstico fracasa. Así, sin cambios, transcurren tres meses.

Entonces, a los cien días de predicciones fallidas, el sabio ve la luz: en una situación así, un cien por ciento de error equivale a un cien por ciento de éxito.

Alborozado, corre a la ciudad y pide audiencia al rey.

—Su Majestad —anuncia—, tengo un método infalible para predecir lluvias y sequías.

El rey, siempre interesado en cuanto pueda beneficiar la recaudación de impuestos, acepta que el sabio haga una demostración.

El sabio saca sus tablillas, hace los cálculos necesarios, agrega un poco de danza y ritual para los ojos presentes, y llega a la conclusión de que, según su método de predicción, al día siguiente estará seco.

—Mañana va a llover —anuncia entonces, con grandilocuencia.

Al otro día el cielo está despejado. No cae ni una gota.

El sabio se rasca la cabeza. Es la primera vez que el método falla. Vuelve a hacer ajustes, y cuando el rey lo llama, explica:

—Su Majestad, el error se debe al cambio de valle. He olvidado tomar en cuenta que ya no estoy en mi casa, sino en esta magnífica ciudad, donde las condiciones del tiempo son otras. Ahora haré una predicción correcta.

El rey, paciente, decide escucharlo otra vez.

—Mañana estará seco —dice el sabio.

Pero llueve.

El rey, temiendo alguna clase de complot, manda a sus espías a revisar las tablillas del sabio. Así se entera de que, por algún motivo para él incomprensible, el sabio le ha estado diciendo lo contrario de lo que su método anunciaba.

Tiene dos opciones: puede hacer decapitar al sabio, por engañarlo; o puede seguir escuchando sus pronósticos, aprovechando lo que al parecer es un notable logro científico, y actuar de acuerdo a lo contrario de lo que el sabio anuncie.

Sin duda, la segunda opción será mejor para la recaudación de impuestos que otra cabeza separada del tronco.

El sabio, que no se ha enterado de la presencia de espías en su casa, acude a ver al rey lleno de temor. Pero el rey sonríe y le anuncia clemencia. El sabio, entonces, repite sus cálculos, llega a la conclusión de que habrá sequía, y dice:

—Mañana va a llover.

De esta manera, el rey se convence de que al día siguiente estará seco, y prepara una excursión campestre para sus ocho mil setecientos cortesanos.

La lluvia intensa lo arruina todo.

Tras decapitar a los espías, pues con algo debe calmar su rabia, el rey envía nuevos emisarios a la casa del sabio. Un poco atemorizados, los emisarios confirman lo que se sabía hasta el momento. El sabio no ha cambiado de método.

Decidido a insistir cuanto sea necesario, el rey vuelve a llamar al sabio.

—Mañana estará seco —anuncia el sabio con un hilo de voz.

Si el sabio dice eso, piensa el rey, es que su método le indica que lloverá. Por lo tanto, yo debería creer que lloverá. Pero eso falló, de manera que sin duda estará seco.

Otra vez organiza el gigantesco día de campo. Y otra vez quedan todos pasados por agua.

Cada cosa tiene su límite. Durante la noche siguiente hay actividad en la plaza mayor, donde, al amanecer, una cabeza anciana y desprovista de cuerpo empieza a presidir lo que será una semana entera de sol radiante.


Otra vez Eduardo Abel Gimenez. ¿Ya dijimos que nos gustan mucho las ficciones brves de este especialista en juegos, amigo desde las gloriosas épocas de El Péndulo, autor de las novelas El Fondo del pozo y El camino de Camarjali? Sí, me parece que ya lo dijimos. Y bueno, lo decimos de nuevo.




Axxón 155 - Octubre de 2005
Cuentos de autores de habla hispana (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Fantasía: Varios países).

            

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