PAREJA

Juan Pablo Noroña

Cuba

El lunetario estaba completamente ocupado por hombres y mujeres con los atributos del éxito: ropa exclusiva, joyas caras, talabartería fina, cutis perfecto, figura atlética. Algunos asiáticos, algunas occidentales. Todos miraban hacia el pequeño escenario con expectación.

Apareció el maestro de ceremonias por un lado del escenario y los presentes suspiraron de alivio.

—¡Buenas tardes, damas y caballeros! —dijo el maestro de ceremonias e hizo una reverencia—. ¡Yo seré el subastador de esta tarde!

El público asintió en serie.

El subastador, un occidental alto y elegante, se volteó a la izquierda, hacia el lado del escenario por el cual había entrado. —¡Sin más! —dijo—, les traigo a nuestra primera estrella. ¡Demos la bienvenida a la señorita Noriko! —e hizo otra reverencia.

Entró entonces a escena una adolescente japonesa en vestido de marinerita. En el lunetario se olvidaron de respirar por unos segundos.

La señorita Noriko enfrentó al público y sonrió. Ya era una linda niña antes de sonreír; al hacerlo se convirtió en el objeto sexual más apetecible del mundo. Alguien en el lunetario silbó y aplaudió. Muchos lo imitaron.

—¡Muchas gracias en nombre de la señorita Noriko! —dijo el subastador—. Ella está muy contenta de estar aquí entre nosotros, y por supuesto, trae un permiso firmado por sus padres.

La adolescente sacó un papel de su chaquetilla y lo agitó alegremente. El subastador lo tomó y aparentó leerlo. —¡Pero esto es falso! —exclamó—. ¡Tiene faltas de ortografía hasta en el apellido, y la tinta en la firma es obviamente de fotocopia!

Noriko pareció contrariada, y algunos en el público se pusieron de pie.

—Señorita Noriko, qué vergüenza —dijo el subastador—. Usted está aquí por su cuenta, sin el consentimiento de sus padres.

La japonesita juntó las manos a la espalda, bajó la vista y mostró estar muy apenada. Se escucharon murmullos en el escenario.

—¡Pero no vamos a dejar que esto nos detenga! —dijo el maestro de ceremonias—. Después de todo, los padres no tienen que saber nada. ¿Verdad, señorita Noriko, que podemos continuar?

La señorita Noriko se puso de frente al público y sonrió el doble, ante lo cual los hombres y mujeres de éxito abandonaron el unánime aire de consternación que los embargaba.

—¡Prosigamos, entonces! —anunció el subastador—. La señorita Noriko trae hoy un delicioso conjunto de uniforme de colegio que no se usa desde el año dos mil doce en la prefectura de Sendai, de donde ella es oriunda, ni tampoco en ninguna otra de Japón. ¡Un auténtico vintage,rescatado y restaurado por nuestra firma! ¿Nos haría el honor, señorita...?

Noriko hizo una leve flexión de rodillas y después dio una vuelta despacio, mostrando el vestido y su propia figura núbil.

—Es un vestido marinero azul, de falda plisada —explicó el maestro de ceremonias—. Pañoleta amarilla, líneas blancas en la solapa y los bajos de la falda; todo en algodón. Las medias, de lana sin teñir, hasta la rodilla; los zapatos, negros, charolados, y con hebilla plástica sobredorada, con adornos de gatitos, como pueden ver en las pantallas de sus móviles, si han sintonizado la señal privada de la firma. ¿Nos mostraría algunos movimientos, señorita?

La adolescente fue hasta un extremo del escenario caminando a saltitos y volvió brincando a la pata coja como si jugara a la rayuela. Las personas en el lunetario teclearon rabiosamente en sus móviles para las funciones de grabado y zoom.

—Y como esta tarde todo está en venta, le pido a la señorita Noriko que nos muestre... —el subastador hizo una pausa efectista y miró al público con cara de complicidad.

La japonesita adelantó las caderas y se levantó la falda hasta muy arriba, de forma tal que el bajo llegaba hasta su brillante sonrisa. El público quedó paralizado.

—Como pueden ver —dijo el subastador—, ropa interior blanca, atlética, en algodón, sencilla, con unos pocos encajes sobre el elástico de la cintura. Observen, le queda muy ajustada a la señorita Noriko. Y con esta pieza comenzaremos la puja.

El subastador avanzó hasta el proscenio y continuó hablando. —La señorita Noriko no se ha quitado esta ropa desde el amanecer; por supuesto, sólo para ir al baño. De eso tenemos videos, que se pueden adquirir aparte...

En ese momento la adolescente dejó caer su falda con ostensible enojo, se acercó al hombre y le dijo algo por lo bajo. El subastador se inclinó hasta que su oído quedó al alcance de la chica y la escuchó atentamente. —¡Oh, damas y caballeros! —exclamó el subastador—. La señorita Noriko me ha dicho que en la privacidad del baño, además de ambas necesidades naturales, ella hizo algo más, una cosa mala, cochina, pues no sabía que la estaban filmando, y no quiere que la vean en esa situación.

La adolescente tenía los puñitos apretados y la cara roja de cólera. El maestro de ceremonias le pellizcó la barbilla. —Lo siento, jovencita, todo estará en el vídeo —dijo el hombre—. Lo que sea que hayas hecho, lo verá quien compre el vídeo.

Noriko se mordió el labio inferior y enfrentó al lunetario, efervescente de murmullos y bisbiseos.

—La señorita Noriko es, por supuesto, completamente virgen —prosiguió el subastador—, como reza en la documentación que les fue distribuida. Claro, no nos responsabilizamos de la cintura para arriba; con el resto de su cuerpo sólo la señorita Noriko podría decirnos, si quisiera... —la japonesita le sacó la lengua con visible furia—, pero aún está molesta y no quiere hablar. Pero podemos aventurar que la señorita Noriko sólo debe haber tenido relaciones con sus amiguitas. ¡Quizás está sólo esperando a venderles su uniforme completo para ir corriendo a un ravecon sus compañeritos de colegio, y finalmente...!

En el público se escucharon risas roncas y ásperas.


Ilustración: Fraga

—La señorita ha tenido puesto el uniforme desde el amanecer, como les dije —afirmó el subastador—, pero para asegurarles a nuestros clientes una buena impregnación, le pediremos a la señorita que nos muestre sus habilidades gimnásticas.

La adolescente fue a un extremo del escenario y comenzó a hacer rutinas gimnásticas, con un evidente predominio de las vueltas de carnero y de campana, además de sostenerse en las manos y caminar cabeza abajo. Cada vez que la falda plisada caía el público era hipnotizado por la aparición del triángulo de algodón blanco y lo seguía en sus giros y movimientos como si fuera una cosa viva e independiente de la chica. Finalmente ésta se detuvo, sudorosa y agitada, junto al subastador.

—No agotemos a la señorita Noriko —dijo el hombre— y comencemos con la subasta. Por la primera pieza, estos sudados, ajustados y olorosos pantaloncitos, la puja empieza en diez mil. ¿Quién me da diez mil por los pantaloncitos de la señorita Noriko?

Todas las manos en el lunetario se alzaron.


El maestro de ceremonias tomó una toalla de manos del asistente y se secó el sudor de todo el rostro; insistió particularmente en la boca, aunque ésta ya estuviera seca. —¡Un vodka! —pidió.

Otro asistente se acercó con una copa llena en cada mano y le alcanzó una.

—Malditos pedófilos de mierda —gruñó el subastador—. Esto solía ser ilegal, y sigue siendo una porquería. ¡Me cago en su puta madre, lo que les haría a todos y cada uno! —y se bebió el vodka de una sentada.

Los asistentes no reaccionaban, como si estuvieran acostumbrados. Los demás trabajadores pasaban sin prestarle atención tampoco, ocupados en todas las cosas que se hacen entre bambalinas.

—¡Demasiado porno extremo, yo decía! —exclamó el subastador—. ¡La gente se envicia y se degrada, yo decía! Pero no, qué va —engoló la voz, como si hablara una persona muy autosuficiente—. Que la libertad de expresión, que si cientos de miles de empleos, que si la válvula de escape, esto y lo otro. ¡Y miren ahora! —señaló el escenario a su espalda.

Ambos asistentes pestañearon.

—Dame el otro vodka —exigió el maestro de ceremonias. El ayudante obedeció, y observó impertérrito como los doscientos mililitros de alcohol perfumado desaparecían en la boca de su jefe igual que si fuera agua.

—Ya estoy mejor —dijo el subastador mientras devolvía ambas copas—. ¿Quién viene ahora?

—La señora Namamura —dijo un ayudante.

—¿La mujer del empresario arruinado, la de pagar la carrera de su hijo, etcétera? —preguntó el subastador—. Bueno, al menos esta sí pasa la edad legal. La antigua edad legal, me entienden. Mándamela. No, espera —dijo llevándose una mano a la base de la mandíbula—; tengo una llamada. Váyanse por ahí un rato, hagan el favor.

El subastador se apartó hasta una esquina solitaria y comenzó a hablar bajo, con la mano sobre la boca y frente a la pared. —¿Cómo está usted, señor, y su familia? Sí, vamos tirando. ¿Me dice que se vende muy bien? ¡Yo sabía! —dijo un poco más alto—. Una pareja heterosexual, ambos adultos, haciendo el amor con pasión, y más nada. Usted sabe, todas estas orgías, sexo en grupo, perversiones y cochinadas, ahora son el pan nuestro de cada día para la gente. ¿El pan nuestro...? Un decir occidental, señor —hizo silencio por unos minutos—. Eso, lo puede llamar una tendencia retro; aunque yo creo más en una vuelta del péndulo. Sabe, un bandazo en una dirección, y otro igual de grande en la contraria. No hay problema con la pareja, están dispuestos a hacerlo cuantas veces se requiera; y que lo hacen bien los condenados. Cómo no, señor, nos vemos.

El maestro de ceremonias se volvió y vio a una mujer asiática vestida con un yukatatradicional, esperando en la salida del salón de maquillaje. Se acercó a ella y se inclinó respetuosamente. —Señora Namamura, muy amable de su parte haber venido hoy —le dijo en japonés. Era una mujer madura pero de aspecto juvenil y fresco.

La señora Namamura se inclinó. —¿Cómo está usted? —respondió—. Espero no haber llegado tarde.

—No se preocupe; después de todo, usted tiene que venir desde la granja de sus parientes en aquel pueblito —el subastador guiñó un ojo cómplice—. Mire, un detalle que quiero añadir. Cuando yo diga lo de trabajar el día entero, voy a decir que acarrea carbón para el baño de su esposo, que se ha vuelto aún más tiránico en la ruina...

La señora Namamura puso una expresión de asombro y contrariedad. —No, mi esposo...

—¡Eso! —la interrumpió el maestro de ceremonias—. Recuerde poner esa misma cara. ¡Usted es leal al cerdo de su marido, como buena esposa japonesa tradicional! ¡La mayor vergüenza al hacer esto no es por su propio pudor, sino porque deshonra a su esposo! Pero lo hace para que su hijo se gradúe de abogado y restaure la posición familiar. ¿Entiende?

—Entiendo —dijo la señora Namamura, convencida—. Teatro occidental, método Stanislavski. ¿No es así?

—Eso mismo que usted dice. Pondremos a aquellos cerdos del público como el Fuji si alguna vez le da por echar humo. Ahora yo voy a entrar, y a mi señal, usted viene. Con su permiso...

El subastador se acercó a la entrada al escenario y se colocó una buena sonrisa. —Algún día dejaré de hacer esta mierda —dijo para sí sin dejar de sonreír, lo cual le hizo una mueca ridícula, y dio un paso adelante.



Juan Pablo Noroña es cubano, vive en La Habana y trabaja en Radio reloj. Lean sus cuentos, todos, pero especialmente "Hielo" (N° 136), "Obra maestra" (N° 142), "Proyecto chancha bonita" (N° 148), y su artículo "Temblar es un placer" (N° 150).


Axxón 155 - octubre de 2005
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Costumbres: Cuba: Cubano).

            

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