DIVULGACIÓN: ¿Es la obesidad una enfermedad o un regalo?

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El Viejo Hucha
por Marcelo Dos Santos (especial para Axxón)
www.mcds.com.ar

Ataqueñu venteó el aire, con todos los músculos en tensión.

Allí estaba. El olor de Lahuantaplun le llegaba claro y distinto, más allá del espeso bosque de ginkgos.

Ataqueñu se movió con extremada cautela, siempre manteniendo al animal entre el viento y él. Las marismas del río Huampu se extendían hasta la lejanía y Ataqueñu contaba con tres ventajas inapreciables: Lahuantaplun, aunque enorme y de aspecto temible, no tenía dientes y se movía con enorme lentitud, por una parte, y, por la otra, no era capaz de nadar. El plan del cazador, por tanto, consistía en alancear al animal con sus pulquis y rematarlo con un certero golpe de huaiky, la lanza de caza. Los 5.000 kilos de carne que contenía el gigantesco corpachón de Lahuantaplun proveerían de carne al Clan de las Conchas durante muchas, muchas lunas. La chadipeun, la salina del norte, proveería la sal que constituía el medio de conservación para guardar el alimento y permitir a la manutención de los niños durante el próximo, durísimo invierno. Nueve de las mujeres del Clan de las Conchas estaban preñadas, y si los fríos sorprendían a la comunidad escasa de comida, el gen toqui daría irremisiblemente la orden de sacrificar a las madres con sus hijos. La supervivencia del grupo estaba por encima de la de los individuos.

Pero no todo saldría como Ataqueñu pensaba: así como Lahuantaplun, ajeno a todo menos a devorar los apestosos frutos de los árboles, se encontraba entre el viento y él, el cazador, ignorante del peligro, se hallaba ahora a su vez entre el viento y otro terrorífico predador que lo acechaba a su vez.

Entre las masas de colihues y rugul que poblaban el borde de la ribera, dos grandes ojos amarillos lo observaban. Este nuevo cazador no soñaba en enfrentar a Lahuantaplun, que por el simple expediente de revolcarse sobre él podía convertirlo en una alfombra en menos de lo que se tarda en contarlo. El gigantesco herbívoro, del peso de dos elefantes, vivía tranquilo a pesar de su torpeza, ya que ningún depredador se atrevía a atacarlo. Sólo debía cuidarse de los hombres, capaces de masacrarlo a distancia con lanzas y flechas.

Pero Ataqueñu era otro asunto. Era difícil encontrar un hombre solo, aislado, y el nuevo cazador estaba decidido a no desaprovechar la oportunidad.

Con el vientre contra el piso, el depredador se arrastró milímetro a milímetro, metro a metro, hasta quedar a tiro de salto del cazador primitivo, que estaba completamente concentrado en el herbívoro al que ya veía como guiso sancochado en las marmitas de su cueva.

Pero este sueño terminó abruptamente cuando el depredador saltó sobre Ataqueñu. El joven, sorprendido por la espalda, no pudo siquiera levantar su huaiky. Butañañquí, el gran gato de trescientos cincuenta kilos y colmillos de noventa y dos centímetros de largo, lo abrió en canal como a un pescado, mientras el herbívoro, alertado por el chapoteo y el ruido de succión, se alejaba contra el viento.


El tigre dientes de sable, Smilodon bonarensis, ni siquiera volvió la cabeza para observar al perezoso superdesarrollado que huía del bosque de ginkgos. Con sus colmillos desgarró el cuerpo del infortunado Ataqueñu y devoró con placer sus entrañas, comenzando por los intestinos. Pero lo más importante, lo que Butañañquí más necesitaba, no estaba allí, en el cadáver del alto y delgado ser humano que yacía ahora entre sus garras. Ataqueñu no tenía en su organismo ni un gramo de grasa, la grasa que el felino tanto necesitaba para afrontar el rugiente invierno austral. De cualquier manera, Butañañquí devoró al hombre hasta el tuétano de los huesos, y luego partió hacia el norte, en busca de una presa más conspicua. Con el estómago lleno de carne correosa, magra y escasa en calorías, tenía que buscar algo más sustancioso, y encontrarlo rápido.


Lahuantaplun en Areco

No lo logró: cuando, cuatro meses después, los vientos bramaban y el frío hacía brotar el hielo de la tierra, también él estaba muerto. De hambre. Por falta de grasa en la dieta.

San Antonio de Areco, Provincia de Buenos Aires, año 12.500 antes de Cristo, fines del Pleistoceno.


El cuerpo de Ataqueñu, como Butañañquí descubrió demasiado tarde con disgusto y preocupación, contenía un escaso 10% de grasa corporal. ¿Era ese primordial nativo pampeano un caso extremo de delgadez física o la norma entre los hombres primitivos?

El profesor Ignacio Prieto del Égido, en su extraordinario libro "La novela de la Patagonia", cuenta que los onas, indios fueguinos, solían medir 1,84 metros los varones y 1,70 las mujeres, raramente superando los 70 kilos de peso en ambos casos. Datos similares se encuentran en "El último confín de la tierra", de E. Lucas Bridges, hijo del fundador de Ushuaia. Y los mapuches, onas y demás razas patagónicas modernas son, ni más ni menos, los descendientes de los miembros del Clan de las Conchas y otros muchos similares.

Dice Prieto: "Eran bien proporcionados, fuertes, duros, de amplio tórax, formas atléticas y musculatura de acero, a la vez que de una agilidad casi felina".

Y este tipo de estructuras fue común, por lo que ha podido demostrar la antropología, en todos los grupos humanos de todas partes del mundo.

El hombre primitivo fue un hombre delgado. El hombre primitivo no sufría de los problemas de la salud moderna, a saber, obesidad, hipertensión, depósitos anómalos de grasa, trastornos cardiovasculares, hipercolesterolemia, alta tasa de triglicéridos, problemas alimentarios...

Hoy, en un mundo donde el 12% de la población mundial, el 25% de la argentina y el 60% de la norteamericana está excedida de peso, cabe preguntarse por qué.

¿Por qué? ¿Qué ha cambiado de los cazadores trogloditas a nosotros? ¿Cuál es la causa de la actual pandemia de gordura que golpea con un mazo de calorías sobrantes a la Humanidad?

¿Por qué?


Irene es abogada, y tiene 59 años. Desde la preadolescencia fue "gordita", como cariñosamente le decía su padre. A los 17 años, los escasos 155 cm de su estatura se vieron sobrepasados por un peso superior a los 78 kilos. Dieta sobre dieta y tratamiento sobre tratamiento, apenas consiguieron mantenerla bajo el límite de la obesidad, con sacrificio y dolor moral. "No como nada y engordo", se queja, aún hoy. Hipotiroidismo, diabetes tipo II, metabolismo "remolón", todo tipo de explicaciones potenciales fueron descartadas una tras otra, y una enorme variedad de charlatanes y delincuentes hicieron su agosto con Irene, vendiéndole la dieta de la luna, la del Sol, la de Phi Cancri, la de los lamas, los policías escoceses o los barrenderos tailandeses. Compró —ilusionada, la pobre—, cantidades de entidad industrial de Reduce Fat Fast, espumas de algas de sabor perversamente desagradable, libros macrobióticos, recetarios de comida natural, yogures con 0% de grasa, 0% de azúcar y 0% de leche —con sabor a tarta de frambuesas falsa, llenos de saborizantes, conservantes, aromatizantes, edulcorantes y siguen las firmas, y proteínas lipidógenas que a la larga se transformarán en grasas— y miles de opciones similares... Sin éxito.


Hay otras como Irene...

Irene se casó a los 29, y a los 30 nació su primer hijo. Engordó 22 kilos durante el embarazo, y en el postparto consiguió adelgazar sólo 5. Esos 5 kilos, si miramos bien, no son más que el peso de Agustín, del líquido amniótico y de la placenta. En personas como Irene, los kilos que llegan, llegan para quedarse. No hay squatter u "okupa" más obstinado en este universo.

Ya en la cuarentena, Irene sumó a las dietas y pildoritas "naturales" el heroico intento de hacer gimnasia: gastó fortunas en rutinas de aparatos, en equipos de jogging y odómetros digitales, en máquinas caseras que luego de unos meses terminaban plegadas bajo la cama de matrimonio, en pilates, pilatos y herodes varios, en sistemas de María Amuchástegui, en DVDs de Tamara Di Tella, en compactos de música oriental de relajación, en más Reduce Fat Fast, en electrodos que supuestamente estimulan los músculos, en velas a San Antonio, en libros sobre ovnilogía, en tablas ouija...

Sin éxito.

Hoy, pisando ya los 60, Irene pesa 101 kilos, y ya comprendemos que su metro y 55 no se ha extendido en absoluto, sino más bien lo contrario.

Su lipidemia es ya peligrosa, su corazón sigue bombeando con la misma fuerza pero ahora debe luchar contra la resistencia hidrodinámica de los miles de kilómetros de vasos sanguíneos adicionales que su organismo ha debido generar para irrigar tanta grasa, y su expectativa de vida se ha reducido drásticamente.

¿Por qué? ¿Por qué?


Hay personas —muchas, demasiadas— que no pueden adelgazar aunque lo intenten.

Hay, además, toda una cultura de la delgadez que, sin dejar de tener un poco de razón —de la obesidad puede decirse cualquier cosa excepto que es un estado saludable— , denigra, acosa y atormenta a los gorditos y gorditas de este mundo.

Hay, por un tercer flanco, toda una caterva de chantapufis, mentirosos profesionales e incluso empresas pretendidamente "serias" que intentan vender —y habitualmente lo logran— a los obesos todo tipo de productos "naturales" que, supuestamente, lograrán ayudarlos a bajar de peso. Lamentablemente, nada de todo esto funciona con el gordito constitucional.

El famoso producto promocionado por el ex motociclista policial (y actual gordo arrepentido) Eric Estrada, el Reduce Fat Fast, no contiene otra cosa que cromopicolina, una sustancia que los herbívoros utilizan para transformar en masa muscular las enormes cantidades de grasas contenidas en el pasto. Muy bien, yo me la tomo. ¿Y qué? La cromopicolina simplemente acelerará el metabolismo de las grasas que yo ingiero e intentará transformarlas en proteínas, pero será completamente inerte respecto del verdadero causante de la gordura. El gordo en recuperación típicamente ingiere una dieta baja en lípidos, por lo que ¿qué efecto podría causarle la cromopicolina?

Los productos "naturales" para adelgazar hacen lo mismo. Doy ejemplos: como correctamente dice Dakota Fanning en un episodio de Taken, las barras de cereales no son tan "naturales" como parecen, ni tan sanas, ni tan adelgazantes. Típicamente contienen entre un 12 y un 20% de hidratos de carbono, representados por el almidón del cereal, que difícilmente pueda hacer adelgazar a nadie. Por si fuera poco, están endulzadas con JMAF (¿Natural? ¿Dónde crece el JMAF?), jarabe de maíz de alta fructosa que transporta una cantidad de calorías que da vértigo. Es verdad que la fructosa se adapta al metabolismo humano mucho mejor que el azúcar refinada o sacarosa, pero no deja de ser un hidrato de carbono altamente energético. Las barras de cereales, aunque la pretendida publicidad "naturista" diga lo contrario, no son otra cosa más que exquisitas y muy bien presentadas... golosinas. Imposible adelgazar comiendo eso.

Los yogures bajos en grasa son eso: productos lácteos repletos de edulcorantes artificiales (acesulfame K, sacarina de sodio, ciclamato) que, si bien no engordan, en altas dosis son capaces de sacarle a un conejo un cáncer con habitación de servicio (por ello existen dosis máximas diarias por kilo de peso que está prohibido superar, y les aseguro que yo no haría la prueba con mis hijos) y están cargados, además, de ingentes cantidades de sodio que llevan la tensión sanguínea hasta la órbita de los satélites geoestacionarios y más allá. ¿Por qué se cree que hay tantos niños hipertensos? Son chicos gordos a los que los padres les dan consuetudinariamente bebidas "diet" o "light" repletas de sodio. De este modo, les cambian la gordura por la hipertensión arterial, ambas modernas y sofisticadas formas de suicidio.

Nada, nada sirve. No somos americanos prehistóricos. Ellos eran flacos. ¿Por qué no podemos ser como ellos?


El sentido de la fabulita del principio es que el lector se compare a sí mismo con el hombre primitivo y a éste con los depredadores del mundo animal.

Es muy raro —si no imposible— encontrar en toda el África a un león salvaje excedido de peso. Lo mismo pasa con culturas primitivas que conviven con nosotros hoy en día: bosquimanos del Kalahari, aborígenes australianos, tupís o jíbaros del Matto Grosso. Tanto los grandes felinos como las tribus actuales que viven en un nivel tecnológico de la Edad de Piedra se parecen en un aspecto crucial: no engordan.

También es cierto que comen salteado. El león difícilmente ingiera carne de cebra o de gacela más de una vez por semana, y el señor del Gran Desierto Rojo australiano a duras penas consigue poner a un gran canguro gigante a tiro de su búmerang cada tres o cuatro días, si tiene suerte.

Míreme a mí; mírese usted. Aquí estamos: yo escribiendo sentado, frente a una computadora; usted leyendo, frente a una computadora, sentado. Y gracias que no nos estamos comiendo dos yogures con chispas de chocolate "dietético".

Sí, señor, señora: la principal diferencia entre Ataqueñu y nosotros es que nuestra vida es completamente sedentaria, y él vivía a los saltos todo el día durante su corta pero interesante existencia.

Al fin y al cabo, los nutricionistas tienen razón: es imposible adelgazar un gramo sin el imprescindible ejercicio físico.

Pero, además, el depredador Ataqueñu, el depredador león y el depredador bosquimano del Kalahari tienen otra cosa en común, que Marcelo Dos Santos y el amable lector seguramente no comparten: sufrían y sufren devastadoras, permanentes, cíclicas hambrunas que los obligaban a consumir su grasa corporal hasta pasar el invierno, la sequía o lo que fuese... o morir en el ínterin.

Hay en el mundo, en este momento, 400 millones de obesos y 1.750 millones de "gorditos" que, de no mediar algún milagro o un tratamiento urgente muy bien pueden terminar en obesos. Puedo asegurarle que el 90% de ellos se encuentran en los países desarrollados, parte de una población que, típicamente, nunca ha pasado un solo día de hambre en su vida.

¿Tendrá que ver?


Tiene. Como siempre, la ciencia corre en nuestro auxilio. El cazador primitivo pasaba hambre, como hemos dicho. Al igual que el oso hibernador, almacenaba en tiempos de bonanza reservas bajo la forma de grasa corporal, que consumía lentamente en épocas de escasez y hambre. ¿Quiénes sobrevivían? Aquellos que tenían en operación mecanismos biológicos que les permitían administrar espartanamente sus reservas de grasa, en lugar de quemarlas impúdicamente al primer requerimiento. Ellos eran, pues, los que transmitían su genoma a la descendencia.

En los 4 ó 6 millones de años que llevamos en este planeta, la selección natural, pues, privilegió la supervivencia de aquellos que tenían su Mr. Scrooge o su "Viejo Hucha" metabólico más avaro y más despierto, obstinado en defender cada miligramo de grasa como si su vida y sus propiedades dependiesen de ello.

Es que hace veinte mil años en verdad dependían, y, por añadidura, el gasto energético de un tipo que debía correr por el mundo persiguiendo gliptodontes era enorme.

El tiempo pasó, y aquí estamos, tranquilos, bien alimentados y sedentarios, pero equipados con aquel mismo eficiente paquetes de genes de regulación metabólica de las grasas que Ataqueñu. ¿Quién los convence de que larguen la grasa porque ni hoy ni mañana va a venir un gran sequía acompañada de un hambre global?

Cuando Irene comienza una nueva dieta ("la dieta del gaitero celta", por ejemplo, que consiste en no sacarse jamás la boquilla de los labios), las alarmas genéticas de su metabolismo se disparan de inmediato: "¡Hambruna en puerta! ¡Glaciación!". ¿Cómo se le explica a los genes que no es un hambre pleistocena, que no hace falta guardar grasa hasta que llegue el monzón, que simplemente se trata de que a la abogada se le están venciendo los arcos de los pies de tanto soportar peso excesivo? ¿Cómo se les explica a unos nucleótidos que llevan 6 millones de años haciendo su trabajo que no es que el marido de Irene no haya encontrado ningún toxodonte para cazar, sino que simplemente tiene que adelgazar para no morir miserablemente por culpa del colesterol? Es muy difícil.

El sobrepeso, señores, es genético —ahora lo sabemos— pero, paradójicamente, no provocado por genes patológicos como los que producen, por caso, la diabetes, sino por un conjunto de genes perfectamente normales que, además, ostentan el honor de haber permitido la supervivencia del ser humano hasta el día de hoy. Si ellos hubiesen fallado en el pasado, no estaríamos aquí. ¿Cómo se hace, entonces, para convencerlos?


No se puede. El gen es un gen, y como tal, no piensa.

Imagine un monitor donde un punto luminoso se desplaza, como un osciloscopio cardíaco. La delgada línea verde es horizontal, y representa su metabolismo basal, es decir, el gasto energético de su organismo. Un poco —o mucho— más arriba hay otra delgada línea, pero esta vez roja, que representa las calorías que usted ingiere. Suponemos que está más arriba porque usted está excedido de peso. Si no, coexistirían a un mismo nivel.

Usted está, digamos, 20 kilos por encima de su peso normal. Pero comienza una dieta. Bruscamente, de un día para el otro, la línea roja de la ingesta cae muy por debajo de la línea de su metabolismo basal.

El pensamiento mágico de los clientes de esos adelgazadores truchos creerán que, al caer la línea roja (ingresos) por debajo de la verde (egresos), la consecuencia lógica es que el cuerpo en cuestión comience a quemar reservas y, por lo mismo, a adelgazar.

Nada más lejos de la realidad, y a esta verdad como un puño se asoman diariamente millones de obesos con buenas intenciones.

Lo que hacen nuestros genes "anti-hambruna" es muy sencillo: detectan la escasez de comida y, de inmediato, hacen descender a la línea verde un trecho suficiente como para que quede por debajo de la línea roja una vez más. Ajustan el metabolismo basal hacia abajo, deprimiéndolo, de modo de poder seguir acumulando grasa sin verse precisados a quemar reservas, incluso con los nuevos, minimizados niveles de ingesta calórica. El gordo no adelgaza, y aún peor, puede inclusive engordar.

Estos genes "avarientos", que a muchos gorditos podrían parecerles una maldición, son en realidad una ventaja adaptativa. Lo que no previó la evolución, como es obvio, es que el ser humano promedio iba a pasar, en menos de dos millones de años, de una dieta de 1.300 calorías diarias —con un enorme desgaste físico— a una de 4.000 o más, pero con un estilo de vida totalmente sedentario. Y es esto lo que hay que cambiar.



Estructura de la leptina

Cuando comemos, las células beta de los islotes de Langerhaans del páncreas liberan la hormona insulina, dedicada a captar la glucosa del torrente sanguíneo, bajando la glucemia. Esa es su función primaria, pero también hace que el tejido adiposo, órgano endócrino en el ser humano, libere un péptido llamado leptina (del grigo leptos, "flaco", "liviano"), que actúa sobre el sistema nervioso central. Es que la leptina regula la producción de otras sustancias que determinan la aparición de sensaciones como el hambre y la saciedad.

La relación entre la concentración de leptina en sangre y la cantidad de tejido adiposo es directa: cuanto más gorda la persona, más leptina producirá y liberará. Sin embargo, la leptina no modera la sensación de apetito en los obesos, porque precisamente nuestros genes "Viejo Hucha", tan avaros, hacen que el cerebro desarrolle resistencia a esta sustancia y a sus efectos adelgazantes. Esto es así, y, si bien existen dos fármacos —y solamente dos en todo el cuerpo de la farmacopea actual— que tienen la capacidad real de hacer adelgazar a la gente, sólo cambiando el otro término de la ecuación conseguiremos resultados positivos.

En otras palabras, hay que balancear a nuestros perversos obesogenes aumentando dramáticamente la cantidad de ejercicio físico.


¿Y por qué, se preguntará nuestra amiga Irene, los ingenieros genéticos, tan sabios ellos, no modifican o anulan a nuestros genes avaros, terminando así de un plumazo con el problema de la gordura?

El problema es que nuestros genes favorecedores de la obesidad son muchos, muchísimos, y que algunos de ellos trabajan solos y otros en grupos, cumpliendo a menudo más de una función. Es por eso que son muy difíciles de identificar y más aún de controlar artificialmente. Es muy fuerte la sensación de que la evolución se cercioró de todas las formas posibles de que nuestros antepasados no se murieran de hambre.

Hoy en día, sabemos que existen, desperdigados por nuestros 46 cromosomas, más de 250 genes y grupos de genes destinados a "garantizar" la obesidad siempre que les sea posible.

Algunos de ellos codifican la síntesis de la leptina y la de sus receptores en el cerebro. Si una u otros faltan, el poder anorexígeno de este péptido o bien no existirá o no cumplirá su función, y este es el motivo de que muchos obesos e hiperobesos hayan adquirido esta patología en la niñez.

Cuando la leptina llega al cerebro, se encuentra con dos grupos de neuronas. A uno de ellos, la leptina lo estimula para que suelte otros dos polipéptidos: aMSH y CART, que inhiben totalmente la sensación de apetito. El otro estaba produciendo dos neuropéptidos (NPY y AGRP), que producían ganas de comer. A este grupo lo desactiva. Ambos efectos combinados producen el efecto de saciedad completa.


Parte simplificada de los complejos mecanismos químicos que regulan el hambre y la saciedad

Si uno no es parte de la solución es parte del problema, y eso es lo que hacen los obesogenes: la mayoría de ellos inhibe la producción de leptina, la de sus receptores cerebrales, o vuelve inútiles o directamente inexistentes a los péptidos aMSH y CART.

Pero todo podría solucionarse con felicidad si los gordos del mundo, unidos, comenzaran programas serios y eficaces de gasto energético. Supervisados por un buen cardiólogo y un mejor nutricionista, lejos de astrólogos, charlatanes y delincuentes, podrían comenzar a elevar la línea verde (base del problema) mientras a la vez se reduce la línea roja de la ingesta desde sus niveles artificial, cultural e innecesariamente altos hasta un punto razonable, igual o ligeramente más bajo que el del metabolismo basal.

Como se ha demostrado en forma reiterada, de nada sirve matarse de hambre si el metabolismo se reduce en consecuencia pensando en capear el temporal. Todo ello con el agravante de que los obesogenes vuelven inútil a la leptina, y de que el malestar emocional y psicológico causado por la dieta genera angustia que, las más de las veces, sólo puede calmarse comiendo en forma desaforada hasta alcanzar de nuevo el peso anterior y acallar así a nuestra "ventaja evolutiva".


Este artículo no pretende deprimir a nadie, sino explicar en pocas palabras que el problema tiene solución, que la obesidad no debe provocar culpa a sus víctimas puesto que es consecuencia de una adaptación genética, y que las dietas insensatas no sirven para nada, como no sea generar nuevos problemas y alterar el delicado equilibrio químico que gobierna a nuestros organismos. Si ambas líneas, roja y verde, bajan y bajan en una espiral suicida, tendremos entonces el caso que es común, en este momento, en las poblaciones occidentales: gordos desnutridos. Porque el hecho de que los genes avaros disminuyan el metabolismo basal no obsta para que las dietas furiosas e inconexas estén privando al cuerpo de vitaminas, minerales y aminoácidos esenciales para un estado mínimo e imprescindible de salud.



La leptina y usted
Es importante, para ir terminando, profundizar un poco más en las mentiras publicitarias que las dietas mágicas y muchas empresas de la alimentación han inculcado en generaciones de gorditos.

Ya hemos dicho que una bebida diet no contiene azúcar pero te mata con el sodio; que un yogur 0% no tiene grasa pero sí edulcorantes y proteínas animales que el organismo luego convierte en grasa (no la hay en la dieta, por lo tanto ¿de dónde pretendemos que la saque?); que los cereales tienen miles de calorías, y que las nuevas barras hechas de ellos contienen, además, monstruosas cantidades de azúcares agregadas.

Si uno gasta metabólicamente lo que tiene que gastar, no hace falta que se mate de hambre. La papa, por ejemplo, llena mucho y contiene almidón de alta calidad. Es falso que engorde. Una papa de 100 gramos tiene las mismas calorías que una manzana de 200 (o sea, la mitad medida en peso)... ¡sin embargo las malas dietas prohiben las papas pero propenden a la ingesta de frutas, que además tienen muchísima azúcar! Las malas dietas, además, sugieren tomar yogur (1 yogur = 1 papa), huevos duros (1 huevo duro = 1 papa), o el pescado (100 g de pescado = 100 g de papa). Nadie preconiza que el pescado, el huevo o la fruta estén mal, pero el problema del obeso es la sensación de hambre. Y usted me dirá: ¿qué llena más, qué produce mayor sensación de saciedad? ¿Una papa hecha y derecha o un yogur? Bueno, le paso este dato gratis. Cómase la papa, porque si el asunto es no engordar, la papa y el yogur engordan lo mismo.

Las frutas son excelentes por su contenido de vitaminas y minerales, pero engordan espantosamente. Un kilo de fruta (cualquier fruta) vale 500 calorías por kilo, la tercera parte de la dieta prehistórica a la que queremos llegar. De nada vale privarse de los ravioles ambicionados si usted se come luego cuatro manzanas o tres bananas. Que, además, no le saciarán el apetito como la buena y vieja pasta italiana.

Y ya que estamos en las pastas: la pasta sola no es una fuente importante de calorías. La pasta, como la papa, no es responsable de nuestra obesidad constitucional. Como se ha dicho con acierto: lo que engorda de la pasta es el tuco y es el pan. Cómalas razonablemente, y va a ver.

Por último, hay que demoler la mentira de que las harinas integrales no engordan, mientras que las refinadas sí. ¿Quién dijo por primera vez semejante barbaridad? La única diferencia entre una y la otra es que las integrales tienen un alto contenido de fibra, que, a lo largo de los años, pueden hacerlo zafar de un horrible cáncer de intestino. Pero nada más. Usted no adelgazará por comer sólo harinas integrales. Son farináceos, ¿no?


Como queda dicho, la única forma de luchar contra la gordura es hacer ejercicio. Hay que imitar a Ataqueñu, que al fin y al cabo, en mi viñeta, murió por nosotros.

Los genes conspiran contra la delgadez, y esta contradicción entre la voluntad y la biología es la razón de que tantas niñas mueran al año de bulimia-anorexia. Es una disyuntiva de hierro, que parece irresoluble pero no lo es.

Si, poco a poco, con constancia y tesón, el hombre vuelve al estilo de vida de nuestro argentino prehistórico, los grandes problemas alimentarios que visualizamos hoy comenzarán a resolverse.

Y no utilice este artículo como instrumento de autoindulgencia para lanzarse a la caza de todo comestible que le pase por delante: no intente parafrasear a Andrés Calamaro cantando


Yo soy obeso porque un gen ya me hizo así,
no puedo cambiar,

porque yo le contestaré

el ejercicio es la receta
y el sillón, tu enfermedad...


Si hacemos mover al Viejo Hucha, y logramos un equilibrio alimentario, comiendo de todo y en las cantidades frugales y precisas; si eliminamos las dietas "mágicas" que no sirven más que para engordar el bolsillo de algunos vivos y si vivimos tranquilos y relajados, en un mundo sin discriminación, lograremos por fin que el avaro suelte su dinero.

Con él compraremos, por supuesto, mejor salud y más y mejor vida para todos.



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