LOS PERROS DEL SILENCIO

Santiago Aguilar Álvarez

España

La angustia y el sudor corrían por su frente cuando entró en el último portal de la urbanización; todavía le quedaba un catálogo. Las cinco en el reloj señalaban el final de la jornada. Debería dar media vuelta y reunirse con su jefe, a diez minutos de allí, pero presentarse sin haber colocado todo el material significaba bronca y desprecio. Promocionar ediciones Glasa y repartir sesenta folletos a domicilio no era tan fácil como se lo plantearon.

En el primer piso, una señora rechazó la revista que desplegaba ante su nariz y, debido a la insistencia de Andrés, cerró con un golpe que resonó hasta en los cimientos del edificio. Segunda planta: tras pulsar el timbre, una voz ronca contestó que no, que no quería nada, que le dejase en paz. El joven comercial ensalzó lo más interesante del catálogo y rogó que abriese, pero varios insultos y amenazas le empujaron a dirigirse cabizbajo al piso tercero. Pulsó el interruptor y la puerta se entreabrió despacio, con suavidad de esperanza, dejando ver una anciana de aspecto frágil en cuyo rostro brillaban dos ojos pequeños.

—Hola, buenas tardes —saludó el joven—, le voy a dar este catálogo para que usted se lo mire.

—¡Uy! Pareces muy fatigado —sonrió la anciana al tiempo que cogía el catálogo—, ¿no quieres un vasito de agua?

Hacía calor, demasiado calor como para negarse. Esa cara tierna y afable, como de ángel extendiendo sus alas, le cautivó por completo. Pensó que su jefe podía esperar un rato, que no pasaría nada, y aceptó con mucho gusto. La señora le ofreció sentarse en el sofá y se dirigió a la cocina. El brasero apagado que asomaba por debajo de la mesa, la vetusta radio encendida entre seis candelabros de velas gastadas, la ausencia de televisión, varios cuadros de marco grueso y dorado, sillas en madera muy trabajada, todo componía un ambiente de mediados de siglo.

La señora volvió con paso lento y enfermizo, le dio un vaso repleto de agua y tomó asiento a su lado. Le contó que hacía muchísimo tiempo que no entraba nadie en la casa, desde los años cuarenta, cuando ella vivía con su madre en ese mismo domicilio.

—Sí, joven —habló la anciana—, recuerdo un día en que un hombre tan alto como tú llamó a la puerta. Vendía novelas por entregas. Mi madre le pidió que entrase para verlas con tranquilidad y elegir alguna. Al cerrar se dio cuenta de su equivocación. Los ojos de aquel hombre tenían la furia del odio, y aunque yo era una niña de sólo diez años, vi la maldad en esa mirada.

La abuela se irguió en su sitio, después dobló el cuerpo hacia delante. Pasó la manga del vestido una y otra vez por sus mejillas. Con voz sollozante, dolorida, prosiguió:

—No pudimos reaccionar, apenas movernos, a mí me pegó enseguida un puñetazo y a mi madre la derribó dándole patadas en los tobillos. Una vez en el suelo, como ella gritaba sin parar, pisó su boca hasta aplastarle los dientes, las encías, el paladar, todo. Yo corrí hacia la ventana para pedir ayuda, pero me agarró, rodeó mi cuello con su cinturón intentando ahogarme. Me quedé quieta, dejé de respirar, de hacer fuerza y cerré los ojos. Al cabo de unos segundos, él pensó que estaba muerta. A pesar de ello, dejó el cinto apretado en mi garganta por un extremo y, por el otro, atado a la mesa. Abrí los párpados una rendija, lo suficiente como para ver a mi madre intentando incorporarse. El desconocido aprovechó para atizarle patadas en plena espalda, en la nuca, en todo su cuerpo; machacó a puñetazos su nariz, sus ojos llenos de lágrimas, los labios temblorosos, y la golpeó con saña mientras crujían sus huesos.

La anciana tragó saliva con dificultad y estiró su vestido hasta dejarlo muy por debajo de las rodillas. También Andrés tragó saliva y creyó que no era el mejor momento para marcharse, no al menos hasta que la abuela recobrase la compostura.

—Recuerdo la sonrisa de aquel tipo, su respiración entrecortada, el temblor de sus piernas mientras observaba a mi madre chorreando sangre. —Torció la cabeza y cerró los ojos con fuerza—. Era muy pequeña y no supe por qué lo hizo, pero ahora sí lo sé: tantas heridas le excitaron. Levantó su falda rota y le separó los muslos. El vaivén de sus caderas no cesó hasta proferir un alarido brutal sobre el cuerpo de mi madre. Fue horrible. Después el cuchillo, sí, el largo cuchillo de cocina desgarrándole el pecho... Y su último grito. El visitante me miró, pero segundos antes yo había apretado de nuevo los párpados y dejado caer el cuerpo, simulando estar sin vida. Dando por seguro las dos muertes se fue de prisa a lavarse. En el vestíbulo recogió su asqueroso montón de novelas y corrió escaleras abajo.

Justo en aquel momento, la señora abrió los ojos, levantó mucho los párpados y cerró sus manos en forma de puños.

—Desde entonces, juré que cualquier hombre que entrase en esta casa...

—Bueno, mire, yo sólo he venido a...

—¡Calla y escucha! —gritó.


Ilustración: Ferrán Clavero

Andrés era incapaz de frenarla, cualquier interrupción quedaba al margen de la pasión de esos recuerdos. Se removió en el sofá sin dejar de mirar a la vieja.

—¡Me tuvieron que meter en un psiquiátrico! —bramó la mujer—. No comía ni hablaba. Tocaba mi cuello constantemente buscando el cinturón que me había apretado y que me seguía apretando, me venía a la cabeza lo que le hizo a mi madre, tenía pánico, y supe que era débil, insignificante. Por eso hice nacer a mis perritos. —Se levantó y señaló una habitación situada enfrente—. Les di de comer con mi mente durante años de silencio, imaginando que tomaban leche y carne en abundancia, acariciándolos, besando su pelo con amor, adiestrándoles para defenderme. Durante décadas visualicé en mi cabeza su crecimiento, su enorme vigor, les hablaba con el pensamiento para que me conocieran y me amaran. Ellos serían mis guardianes para siempre, nadie más me haría daño, ¡nunca más! —chilló alzando los brazos—. Tardé sesenta años en hacerles invencibles. En el hospital, los médicos me tenían en un rincón, desahuciada por mi trauma incurable; esos demonios de bata blanca se olvidaron de mí, incluso me escupían como si yo fuera un ser caduco y repugnante. Pero ellos no podían ver a mis perros.

Soltó una risita y se quedó mirando al muchacho. Éste se puso en pie de inmediato y caminó hacia la puerta. Pretendió abrir, pero estaba echada la llave.

—Por cierto, ¿adónde crees que vas? —preguntó la mujer.

—Yo sólo he venido a dejarle un catálogo —respondió Andrés tartamudeando.

La anciana entró en el cuarto y dijo "salid, vamos, salid". Andrés no oía ni veía nada. Desde esa habitación de oscuridad espesa, casi tangible, sintió cómo se extendía un silencio sabedor de secretos, percibió cada instante como afilado colmillo en su conciencia. Miró el reloj varias veces, se rascó la barbilla, taconeó sin poderse controlar. No pudo contenerse más y habló:

—Bueno, señora, abra la puerta que me tengo que ir. Lamento muchísimo lo que le pasó, la muerte de su madre, todo lo demás, de verdad que lo siento. ¡Ah! Y gracias por el agua.

Entonces percibió un calor húmedo en su pierna, a intervalos, como el aliento de algo o alguien que estuviera ahí mismo. Advirtió un cosquilleo en el interior de su muslo izquierdo que, instantes después, se convirtió en un dolor insoportable. Clavó las uñas en la puerta. Notó algo trepando por su cintura hasta el pecho, hasta el cuello, un resuello envolviendo su cabeza, pinchazos en los brazos que parecían triturarle. Intentó quitarse aquello de encima, de al lado, de debajo, pero no veía nada. Sólo sintió que no podía hablar, que tenía la garganta mordida por dentro, la cara destrozada pero sin sangre, la mente hecha pedazos. Cayó sobre las baldosas, todo su ser rasgado, dentelladas en el alma.


La policía encontró su cuerpo totalmente amoratado, un derrame interno desfiguraba al cadáver desde las sienes hasta los tobillos. Estaba cerca del último portal de la urbanización.

Los agentes asociaron este hecho con el acaecido en el hospital psiquiátrico dos semanas antes, donde cinco enfermeros fallecieron de la misma extraña e inconcebible manera.



Santiago Aguilar Álvarez nació el 13 de junio de 1965, se ha formado en los talleres de escritura de Enrique Páez e Ignacio Martínez de Pisón, en Madrid. Ha quedado finalista en varios concursos y sus cuentos fueron publicados en diversas antologías españolas, como por ejemplo "Me quiero con locura", en el libro Historias para adultos imperfectos, "La leyenda de la montaña blanca", en La hoja de Vallecas y "Realidad de viuda", en Stuarios, entre otros. Esta es su primera aparición en Axxón.


Axxón 155 - octubre de 2005
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Terror: Criaturas: España: Español).

            

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