FICCION BREVE (dieciocho)

Varios

TEO-UPGRADES

Marcelo Dos Santos - Argentina


Dios versión 2.0: No sólo crea universos, sino que consigue que funcionen.

V. 2.0.7: Y que las leyes naturales se cumplan.

V 3.1: Que los valores estándar sigan alguna regla lógica.

V. 3.1.79: Que el ser humano sea capaz de hallar la pauta que siguen.

V. 9.70.118: En esta versión, el ser humano se siente satisfecho con todo lo anterior.

Dios V. 10.0 Platinum Edition: Dios crea su universo fully-functioning, las constantes físicas son lógicas, los seres humanos las comprenden, se sienten contentos por ello y no inventan teorías epistemológicas para probar lo contrario.

V. 10.11.3: La existencia de Dios deviene evidente para todos.

V. 12.0: En esta versión, Dios ha introducido la espiritualidad perfecta, por ello no es necesaria la instalación del Service Pack 34 ("Teologías, pastores y religiones para Dios 3.1 y superiores).

V. 19.6: Hemos logrado solucionar la falla que impedía, en versiones anteriores, la desinstalación del Service Pack 34.

V. 35.7: Con soporte totalmente funcional para las librerías "Libre Albedrío 7.0" y superiores.

V. 35.9: Que trae solucionados (Service Pack 94) los problemas de funcionalidad que provocaba la instalación de las librerías "Libre Albedrío 7.0".

V. 36.1: Con opciones de autouninstall on-demmand del usuario (desinstalación a pedido del usuario).

V. 37.1: En esta nueva versión NT (New Technology), Dios versión 37.1 no sólo crea universos, sino que consigue que funcionen.


Marcelo Dos Santos nació en Buenos Aires en 1961. Estudió Medicina, Dirección Cinematográfica e Informática. En el ámbito literario, publicó relatos de ciencia ficción, fantasía y horror en varias revistas no profesionales de Buenos Aires y Rosario. Además de numerosos artículos, en Axxón ha publicado "Status Quo" (115) y "La centella cayó y vi los álamos" (117).



VELÁZQUEZ

Edgar Omar Avilés - México


I

Velázquez tiene una sombra diferente a lo habitual: lleva un minuto de anticipación y toda sombra que se le acerque también: si su sombra se rasca, luego él se rascará; si otra sombra se aproxima a la suya, podrá ver el dueño de la otra sombra cómo ésta se tropieza: un minuto después el dueño se tropezará, quizás, por no mirar al frente.

Para Velázquez su sombra es un talento, debido a que lo aleja de lo que más teme, a lo que justamente están expuestos a diario los demás mortales y él no: la incertidumbre.


Velázquez se encuentra perdido en medio de la mar: en el sorteo del pueblo ha sido elegido para el destierro que se ofrenda cada año. Así se dirige sin ruta, a bordo de una lancha tan pequeña que él cabe con dificultad.

Ha demostrado ser un hombre sereno en medio de esta adversidad. Pero empieza a gritar de pánico mientras voltea hacia atrás y a todos lados para corroborar que, efectivamente, flota en la mar, en medio de la más tremenda soledad, y ésta no es lo que lo llena de terror, tampoco podría ser la muerte. Y continúa volteando sin comprender cómo ocurrirá, torturado por la pavorosa incertidumbre: acaba de darse cuenta que además de su sombra se proyecta la de un hombre atrás de él, volándole los sesos con una escopeta.


II

Velázquez volvió a nacer, pero ahora en un mundo diferente. Su sombra, por su parte, sigue enferma de anticipación. Así que en la primera oportunidad logra deshacerse de ella: la vende a un mercader de dragones, el cual le paga con una delgadísima moneda de oro.


Velázquez se encuentra en medio de la plaza mayor: está en el juicio en el que se decidirá su castigo. La multitud, violenta y excitada, grita que se le condene a la pena capital: El Barril de las Inmundicias.

—Por ser culpable del penoso incidente del Venerable Sapo y La Peineta, se te condena a ser arrojado al pozo, para que los feroces duendes morados abran tus piernas en horqueta, te aten de los tobillos y te pongan de cabeza. Así te serrucharán desde tu entrepierna, hasta partirte en dos mitades —sentencia el Gran Regidor.

—Fue una torpeza... ¡Yo no sabía que estaban atrás! —Velázquez comienza a llorar, gimotea rogando piedad y, de alguna forma, cada uno de los diecisiete fluidos de su cuerpo es excretado en medio del pánico.

El Gran Regidor, al ver lo bien que se humilla el acusado, decide reconsiderar.

—Has demostrado que eres repugnante... Yo y los consejeros tomaremos una decisión más clemente.

Las miradas carniceras de la multitud se sienten traicionadas, pero aguardan, ávidas de algún otro suplicio.

—Gracias, ¡oh, Gran Señor de la bondad! —dice Velázquez en medio del charco viscoso que han creado sus miasmas.

El Gran regidor, después de discutir con los ancianos del consejo, alza las manos para acallar a la multitud.

—Bien, hemos resuelto: pensaba, simplemente, indultarte y ya. Pero la moneda que hemos encontrado entre tus ropas, me ha dado una idea de cómo te ganarás mi perdón.

Velázquez alza la cara con arrobo.

—¡Oh, Gran Señor lleno de bondad y de justicia! —luego se inclina hasta que su nariz toca los, para entonces, resecos fluidos.

—Cierto, esas son algunas de mis virtudes.

Las bocas de la multitud espumean, mientras muestran sus afilados dientes y bífidas lenguas.

—Usted ordena, ¡oh, el más sabio de los regidores que han existido y existirán!

El Gran Regidor arroja la moneda a Velázquez, que ansioso la atrapa al vuelo.

—Debes saber que, si cae del lado donde está grabado el rostro de El Venerable Sapo, serás condenado a los duendes morados...

—...Y si cae del lado de La Peineta..., ¡me habré salvado...! ¡Oh, Gran Señor de la sublime misericordia! —dice interrumpiendo, con el rostro iluminado de agradecimiento.

—¡No! Si cae del lado de La Peineta serás condenado a pudrirte vivo vistiendo, hasta que la muerte llegue, El Barril de las Inmundicias, que será llenado con entrañas de hadas, estiércol de gato y frutas podridas.

La multitud sonríe, luego aplaude.

—¿Y la misericordia...?, ¡y la misericordia...! —gime mientras solloza de rodillas y junta las palmas en súplica.

—No la he olvidado: lanza alto la moneda y, si cae parada de borde, podrás irte con los tuyos.

—Gracias... ¡Oh...!, señor —aspira profundo, hincha los pulmones de fe, y proyecta la delgadísima moneda de oro al cielo. Mientras gira en el aire, Velázquez en la tierra es torturado por la pavorosa incertidumbre, por eso, instintivamente, voltea hacia el suelo para ver si su sombra muestra alegría o desdicha, pero sólo confirma que ya no está.


Edgar Omar Avilés nació en Morelia, Michoacán, México, en 1980. Es egresado de la Escuela de Escritores de la SOGEM, en el DF. Recibió en 2002 el 1er lugar en cuento breve de la Revista Punto de Partida, en 2003 el 1er lugar en el premio Binacional México-Québec de cuento y ha obtenido menciones honoríficas en distintos certámenes de cuento. Ha publicado en suplementos culturales, revistas y en antologías colectivas como Los Mejores Cuentos Mexicanos 2004, Ed. Joaquín Mortiz.



HISTORIA DEL SUPERHOMBRE (Decacríptico)

Iván Olmedo - España


1

En el Principio fue el Hombre, que emergido del caldo primordial, empapadas sus neuronas en las historias de mil años de soberbia y dilatados sus genes con el ansia de la inmortalidad, dio vida al Superhombre, el relámpago que teóricamente debía haber sido, la suprema fuerza elemental que teñía el mundo de buenos sentimientos.


2

En el Principio fue el vengador de alma blanda, que encerrado en su envoltura textil, repartía felicidad y sentaba las bases del Futuro Imperfecto. Un fantasma luminoso en la noche, irreal a plena luz del día, conocedor del mal que acechaba en lo más hondo del corazón de los hombres.


3

Centinela, líder, compañero Salvador.


4

El asfalto lúgubre que cobija la oscuridad sintió la sutil pisada de sus plantas, al caer como un espectro benevolente sobre la Humanidad, transportando el encanto exótico de civilizaciones intuidas pero jamás tocadas. Como furiosos soldados de papel y colores que ciegan, se adueñaron de toda la extensión de tierra que sus negros ojos pudieron sospechar, reuniendo adeptos incorruptibles que trasladaban sus nombres de boca en boca, en una cruzada de carácter invisible que atraparía millones de almas a lo largo de la ficción. La guerra que asolaba la Tierra reverdeció en los Cielos, con figuras ígneas que cruzaron el firmamento en actitudes mesiánicas difícilmente reprochables.


5

Nadie lo sabía aún, pero en aquellos años dorados (que nadie recuerda realmente como tales) el Rey de los relámpagos irisados llegó a nuestro mundo de manera callada, prodigando el bien desde el primer día sin atribuirse méritos desproporcionados. Después de un período tan considerable puede decirse sin sonrojo que jamás un Extraño que no fuera él levantó de nuevo las ánimas de los Hombres hasta el cielo quemante que habitaba; tenía los corazones de millones de seres en sus manos, el poder de hacerlos llorar o temer, o reír, o esperar, como nunca jamás ningún otro tendría en los siglos venideros. Quizás calculó con demasiada exactitud su propia hora de llegada a un planeta azul y rojo con destellos de avaricia en sus venas.


6

Ya nada fue igual después; la fiebre duró decenas de generaciones, la mayoría anhelaba tener un hueco en su Historia. La mayoría no lo consiguió. Otros vinieron, sin embargo, a dar más de todo aquello, a patear todo lo pateable y conservar la sonrisa mientras realizaban los más increíbles esfuerzos físicos que pudieran imaginarse. Poco a poco, a través de miles de páginas, el corazón del Ser se fue endureciendo, y el tipo al otro lado de la máscara vivió al límite todo lo que su condición podía darle. Algunos hombres, pocos, temblaron, mientras la mayoría babeaba de placer desde quinientos reductos mal iluminados del mundo que ya no estaba tan desprotegido. El exceso de celo y el ansia protectora llevaron poco a poco a la irreverencia.


7

Décadas más tarde, en una nueva era que se iba endureciendo por momentos, las telas teñidas de colores chillones fueron cambiadas por metálicos atuendos que reflejaban las sonrisas de los Incorruptibles y el estupor lleno de miedo del puñado de hombres que habían visto la verdad. De todas formas ya era demasiado tarde para unos y otros, y el curso de los acontecimientos ya nunca sería cambiado. De repente, cientos de Extraños surgieron atronantes en cualquier lugar de la Tierra, con preferencia por ciertas zonas, en honor a la tradición, sin que nadie se preocupara en detenerlos. Aunque quisieran hacerlo no podrían.


8

Durante un tiempo todo pareció normal, se había llegado a un grado de simbiosis que algunos, en secreto, tacharon de espeluznante y denigrante. La maquinaria que había engendrado a los monstruos seguía estando perfectamente engrasada, y ya nada parecía realmente importante si no llevaba el sello apropiado.


9

Pasaron los años como en un sueño de grandeza y poder, arrinconados los viejos juguetes y quemados simbólicamente los antiguos ídolos, que jamás habrían de volver. Se perdieron grandes capacidades en terrenos que ya no eran realmente importantes, y se perdonaron errores que en otras épocas nadie habría sido capaz de perdonar. El Reinado estaba, a finales del milenio, en la plenitud de sus fuerzas.


10

Los nombres de los disidentes han sido borrados de los anales del mundo, y sus cadáveres desfigurados yacen en ocultos lugares de acceso imposible. Toda la tristeza, todo el dolor, toda la alegría y todos los sentimientos estaban desviados, dirigidos o aniquilados subrepticiamente sin que se pudiera ya dar marcha atrás. Los pocos que lo sabían, lo callaban. Esto era, al fin, lo que se había conseguido, el sometimiento del espíritu humano a unos sentimientos más pueriles y a unas almas más groseras.

Hasta el día de hoy, nada ha cambiado en la jungla de las ciudades terrestres, y el Extraño nos empuja hacia la nada.


El asturiano Iván Olmedo habitó esta sección con frecuencia en el pasado reciente: "Invasión" en Ficción Breve (trece), "Viajera" en Ficción Breve (catorce), "De a duro" en Ficción Breve (quince). Pero esta es diferente, ya lo habrán notado...



INTOXICANTE

Jorge De Abreu - Venezuela


Con el debido respeto a Pedro de Isla por la perversión.


Me hundía con la marea del sueño intoxicante de una noche llena de esporas. La gran cabeza de león me habló con voz de quimera: promotores, eucromatina, factores de transcripción, Dios, Hombre, verbo y espíritu santo. Su voz rugiente retumbaba dentro de mi cráneo en espirales de ácido desoxirribonucleico.

Sentí sobre las retinas el impacto de la hora diurna que atravesaba mis párpados. Abrí los ojos. La selva prodigiosa inundaba la habitación. La gran lámpara adosada al techo ahora colgaba de lianas gruesas como brazos; enredaderas rojo cardenal se trenzaban alrededor de los catres; Eigen, el fisicoquímico, aún dormitaba, con respiración irregular, arropado entre enormes pétalos de orquídeas. La selva entera reclamaba los cuerpos de todos en la estación y los integraba en verdes, rojos, amarillos, azules; colores húmedos, calurosos... Abrí los ojos. El calor continuaba sofocante, pero la selva había huido momentáneamente a la zona de cultivo de los enormes dodecaedros de plástico. Se expandía y contraía como un enorme pulmón verde, latiendo en vida dispersada a los vientos del sistema de ventilación. Con la recesión de la vegetación, las paredes del cuarto volvieron a refulgir otra vez con la misma blancura hiriente del día anterior. El calor húmedo era lo único que persistía, el calor y ese picor en la nariz y la garganta, pues el circuito de aire acondicionado apenas funcionaba con los ductos y filtros atiborrados de millones de kilogramos de semillas y esporas. Era la diáspora vegetal en pleno apogeo.

Jackson lo sabía. Se lo había dicho desde que vislumbré su idea, se lo grité, le supliqué, lo amenacé. Jackson lo supo desde el principio; lo supo desde que comenzó a jugar con las macromoléculas en su laboratorio. Sabía que todo esto podría pasar. Luego del Génesis, las plantas de Jackson debieron necesariamente vomitar su semen y sus óvulos al aire. No había insectos y sólo el continuo fluir del viento originado por los potentes motores del sistema de aire acondicionado podía servir como medio de transporte. Jackson conocía los riesgos. Se lo advirtió Vargas, se lo dije yo, incluso Boltzmann se lo había comentado. Aquella selva de laboratorio en la que trabajó, llena de quimeras mejoradas de lechuga, de tomate, de perejil, de calabaza, de papa, quimeras que medraban bajo los enormes domos de polímeros, estaba en plena erupción erótica.

Me senté en mi catre. Una gota de sudor resbaló de mi frente y fue a reunirse mejilla abajo en el pozo de mi pecho. El cuarto estaba casi vacío, sólo Eigen aún parecía dormir envuelto en un enjambre de insectos. Se agitaba sonriente, semidesnudo, chorreando sudor. Intenté espantarle los insectos, pero no conseguí ver ninguno, incluso Eigen ya no estaba en su cama y su colchón rezumaba humedad. Me levanté y estornudé, levantando flotillas de nuevas generaciones de plantas, de nuevas selvas de goteo perenne.

Sentí de pronto la urgencia anacrónica de hablar con Jackson; debía hablar de nuevo con él. Advertirle sobre la locura de su pasatiempo lúdico con los genes, las secuencias, los plásmidos, el ADN recombinante y las endonucleasas de restricción. Gritarle de una vez que sujetara sus enzimas y mutaciones. Hablarle como lo hicieron en su oportunidad Vargas, Boltzmann y Pedersen, ahora perdidos en la selva de domos, sombra de plantas, remolinos de bichos. Vida nueva surgida de la nube de semen que atesta los ductos del aire acondicionado. Vida surgida del laboratorio de Jackson.

Salgo al pasillo y tropiezo con las raíces de enormes giganteras que se alzan y destrozan la tabiquería y se estrellan contra la bóveda elevada y la perforan. Veo el negro espacio a través de los agujeros de la densa vegetación, negro espacio que se agita en una corriente de hojarasca. No obstante respiro, a pesar de las grietas por las que intuyo el seguro escape de la atmósfera de la estación hacia el vacío exterior, aún así respiro. Cierro los ojos y estornudo. Siento la hinchazón de las mucosas hipersensibles a un millón de alergenos suspendidos en el aire. Me apoyo en la pared y vuelvo a mirar el rectilíneo pasillo que dobla a la izquierda, caluroso, pero pulcro. Las enormes giganteras han debido retirarse también al interior de la selva.

Quiero ir a hablar con Jackson, explicarle el verdadero objetivo de nuestra misión, pero sé que es imposible. Imposible hallarlo en la selva que está en todos lados impregnando los sentidos, selva que hace tiempo salió del invernadero por los ductos de ventilación y llegó a todas partes, adentro y fuera de mi cuerpo, en mi mente. Abro la puerta del laboratorio y me siento ante mi escritorio, jadeando por insuficiencia respiratoria. Tras el cristal veo la enorme selva aprisionada y mi rostro irreconocible se refleja contra la oscuridad de ramas podridas que hay al otro lado del vidrio. Creo escuchar el escándalo de chachalacas dudosamente existentes en aquella orgía vegetal. Oigo el rumor de ríos y cataratas, el graznar de loros, el ulular de gargantas desconocidas. Enciendo la computadora cubierta de matorrales, aparto las macollas, sacudo ese polen que me empolva la conciencia y escribo, sin esperanzas, el verso final de mi soneto afiebrado: "¿Dónde estás?, selva umbría...".


Jorge L. De Abreu (Caracas, 1963). Biólogo dedicado a la investigación en el campo de la bioquímica nutricional con varias publicaciones científicas en el área. Es miembro fundador (1984) de UBIK, Asociación Venezolana de Ciencia Ficción y Fantasía. Varios relatos suyos han aparecido recientemente en Axxón: "Confesiones de un ebrio" (142), "Hora novena" (146), "Mar de oxígeno" (151). Es editor de los fanzines Ubikverso y Necronomicón y moderador de la lista de correo ubik-l.



LA INVENCIÓN DE HEINRICH VON EMMERICH

Armando Ayala - Puerto Rico


Cómo funcionaba la máquina era un misterio, su inventor, el doctor Heinrich von Emmerich, se había asegurado que así fuera; sólo se conocía lo que era capaz de hacer: separar el alma del cuerpo. La máquina extraía el alma y la colocaba en un envase de cristal para que pudiera ser grabada y la persona pudiera contemplarla después con detenimiento y, si lo deseaba, mostrarla a quien lo deseara. Luego de los primeros casos que estuvieron dispuestos a pagar cantidades exorbitantes para asegurar el derecho de exclusividad —recursos que ayudaron a cubrir en gran parte el ambicioso presupuesto destinado originalmente a la invención— el costo de la operación fue mucho más accesible.

Fue el bajo costo y el interés natural de las personas por ver los diversos matices y composiciones que caracterizaban a cada alma, lo que hizo que la operación gozara de una gran acogida y fuera solicitada indiscriminadamente. La realidad era que, la extracción de alma, había llegado para quedarse.

Uno de los efectos inesperados de la operación, que se manifestaba pasadas algunas semanas, por lo que resultaba difícil asociarlo, era que los sujetos experimentaban desdoblamientos, o lo que se conoce como "viajes astrales" . Tenían experiencias en las que el alma se les desprendía del cuerpo y podía viajar a otros lugares. Con el tiempo, esto comenzó a ocurrir con mayor frecuencia y duración, hasta llegar al punto en que era más lo que el alma pasaba fuera que dentro, y no pasó mucho más tiempo en que comenzaron a resistirse a regresar definitivamente.

Esto creó un gran pánico en las autoridades, quienes no podían evitar las fugas que se habían vuelto masivas, en gran parte por desconocer la causa de tal fenómeno.

Todas las almas que habían partido fundaron una ciudad a las afueras, que bautizaron como Almadya y describían como La ciudad de las almas libres. En la antigua ciudad, comenzaba a contemplarse un espectáculo cada vez más extensivo e inquietante, de cuerpos inertes con la mirada fija perdida, en algún punto del espacio.


Armando Ayala Santos, tiene 37 años y es oriundo de Puerto Rico, aunque reside desde hace seis años en Perú. Hizo estudios de literatura en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Rio Piedras. Ha estudiando el tema de la creatividad durante diez años y próximamente defenderá su tesis sobre éste tema, para obtener el doctorado en psicología. Hasta el momento sólo había publicado algunos poemas en la revista Urpi, de la Universidad Ricardo Palma en Perú. Esta es la primera vez que se aventura a publicar prosa; el relato que acaban de leer es parte de su libro Tecnofobias y Tecnofilias.



SIN PERDÓN

Pedro López Muñoz - España


Dicen que la venganza es un plato que se come frío, pero yo siempre me he preguntado: ¿y para que diablos tenemos los microondas, o ya puestos, los mecanismos de tracción gravitatoria?

Quizá no venga al cuento de lo que aquí quiero contarles, pero es que si empiezas contando una chorradita simpaticona, la gente te presta mas atención y puedes acabar de hablar sin necesidad de recurrir a trucos baratos de tridivisión.

En fin, que yo lo que quería decirles es que sentía una inmensa necesidad de venganza, y ahora que por fin he podido VENGARME, si, escrito con mayúsculas... pues eso, que me he quedado más tranquilo, y que estoy seguro al cien por cien de que ahora que empezó la cuenta atrás y a la humanidad le quedan unos escasos tres días de existencia, no me voy a arrepentir en el último momento, no voy a pedir perdón, y no voy a detener la cuenta atrás, sobre todo, porque no podré hacer ninguna de esas tres cosas.

Muchos se preguntaran en estos momentos qué credibilidad puede suscitarles un chalado que dice que va a acabar con la humanidad, inundando la tridired con este mensaje que se autorreplica y coloca en primera posición de todas las paginas web del mundo, o al menos, las que no estén lo suficientemente protegidas, que son mas o menos el 99% de todas ellas.

Bueno, no es que me importe mucho que me crean o no, pero en su día decidí que parte de esa venganza consistiría en aterrorizarlos y hacer que se cagasen de miedo, y que mejor manera de hacerles creer que el mundo se acabara en las próximas 72 horas, que demostrándoles que es verdad.

Así pues, el método de mi venganza, consiste única y exclusivamente en coger la Luna y lanzarla contra la tierra a una moderada velocidad, suficiente para que acabe impactando contra la Tierra al cabo de esos 3 días.

Cuando lean estas líneas, los mas curiosos, podrán comprobar que efectivamente, la Luna parece verse mas grande a cada hora que pasa, y si además es usted un desafortunado habitante de alguna de las megaciudades costeras, las mareas de 100 metros de altura que se producirán cuando pasen las 20 primeras horas, acabaran de convencerlos de que no mentía y de que este mensaje no es solo el parloteo de un demente pegado a un potente virus informático.

Felicidades, porque entonces ya solo les quedaran 50 horas de vida, si sobreviven a los siguientes maremotos, terremotos y vete a saber cuantas otras calamidades que la propia naturaleza sabrá proveerles.

Para entonces, yo ya llevare un buen rato muerto, y el increíble y novedoso mecanismo de tracción gravitatoria que diseñé y construí para esta ocasión, habrá dejado de funcionar después de que 50 kilos de explosivo plástico lo desmenucen en partículas no más grandes que un grano de arena, para evitar que alguien pueda montar otro aparato similar y corregir el rumbo de colisión de la Luna contra la Tierra.

Siempre me he considerado un ateo empedernido, así que no espero encontrarme con nadie en un más allá que no existe, pero por si existiese la más remota posibilidad de vida en ese más allá, quiero que sepan que no me arrepiento de lo que hago, y que nunca lo haré, porque esto que escribo, y todo esto que he preparado y que desembocara inequívocamente en la destrucción de toda la humanidad, lo he hecho plenamente consciente de mis facultades.

No perdono ni quiero el perdón de nadie, ni la comprensión, y todo lo que durante estos últimos diez años he sufrido, no es culpa de unos pocos, que apretaron los botones y dieron las ordenes, sino que considero que es culpa de toda la humanidad, y como tal, toda la humanidad en pleno va a pagar esa culpa con su aniquilación total.

También habrá algunos que sentirán curiosidad por saber cual es ese terrible crimen por el que van a pagar con su vida, pero no es mi intención dar a conocer el mas mínimo apunte o resquicio sobre mi persona y sobre las circunstancias que han desembocado en la aniquilación de la humanidad, porque ni siquiera eso se merecen.

Relájense, y miren la Luna con una sonrisa de despreocupación, si pueden, pensando quizás que debo ser el mayor de los cretinos que ha parido la humanidad, pero no olviden, que cuando esa misma Luna comience a agrandarse en el cielo poco a poco, y las cadenas de tridivisión de todo el mundo interrumpan sus insulsas programaciones para emitir alarmantes boletines de noticias de ultima hora, seré yo el que sonría por última vez, ya muerto, pero satisfecho por primera vez en estos diez largos años, con la conciencia tranquila por el trabajo bien hecho, llevando a la humanidad por su último y mortal camino, sin perdón.


Tras sus cuentos aparecidos en números de Axxón tan lejanos como el 25 ("Caronte" ) y el 44 ("Raya continua" ), Pedro López Muñoz, un español nacido en 1970, reapareció con "Orgullo" en Axxón N° 151. Y aquí está de nuevo, tratando de confirmar que sus gustos en materia de fantasía y ciencia ficción son parecidos a los nuestros.



EL VIAJE DE K

Eduardo Abel Gimenez - Argentina


Era un día nublado, como hoy, pero no llovía. Caluroso, también, al estilo del viernes pasado. Lo especial podía haber sido que K cumpliera veinticinco años, pero no, eso pasó de largo. Si el día merece ser mencionado es porque fue entonces que, debido a un accidente incomprensible, K viajó hacia atrás en el tiempo. Nada doloroso, dijo, al menos en lo corporal. Las leyes de la física, tan misteriosamente asociadas a las convenciones humanas, hicieron que se trasladara a lo largo de un siglo exacto, hasta 1902.

Días nublados o no, calores o fríos, cumpleaños, domingos o feriados, la cuestión es que nunca se repitieron las condiciones iniciales del accidente temporal, de manera que K no pudo regresar. Vivió largamente, a sol y a sombra, en una época que no le correspondía. Murió en 1954, el año de mi nacimiento, como si eso tuviera algo que ver.

El diario de mañana tal vez fuera creíble, pero ¿el diario de dentro de un siglo? K encontró difícil convencer a los otros de su origen en el futuro. Apenas lo logró con unos pocos íntimos, particularmente con la familia que esforzadamente llegó a formar. Los demás, siguiendo las reglas propias de estos casos, creyeron que estaba loco o era un farsante.

Frustrado por las dificultades que esto le creaba en su relación con el prójimo, se metió en algunos talleres literarios y tras aprender la técnica indispensable escribió un libro con sus memorias. Lo mandó imprimir por su cuenta y riesgo. Era otoño, las hojas caían con vientos del pasado en una época insegura. Así, uno por uno, casi todos los ejemplares que consiguió pagar se fueron perdiendo sin dejar rastros.

Lo que K lamentó profundamente fue haber aprendido tan poco de historia. Tenía una idea general de lo que iba a ocurrir, pero los detalles se le escapaban: ¿1934 o 1943? ¿Hacia el este, o hacia el oeste? ¿La bolsa de Nueva York? A veces cometía tan gruesos errores en sus predicciones que él mismo dudaba de su cordura. Así que, ya en los años de madurez, optó por cambiar de actitud y disfrutar de la vida; tras quemar el resto de los ejemplares de su libro y divorciarse de su mujer, trepó a un tren de carga y partió con rumbo incierto. Reapareció años más tarde, en otro país, regenteando un circo. Fue su primera actividad interesante, por lo que ya podemos dejarlo en paz, a él y a sus huesos.

El tiempo siguió pasando sin ayuda de K, hasta dar la vuelta completa. En el año 2002, el mismo día y a la misma hora de su desaparición con rumbo al pasado, se encontró en una vieja biblioteca un ejemplar del libro que K escribió allá a principios del siglo veinte. Debe ser el único que se salvó. Detalla con precisión milimétrica sus recuerdos del año 2002, las nuevas tecnologías, la situación política y militar del mundo, los avances de la ciencia, la vida social. No sé si K habrá elegido mal los talleres literarios, o si el tiempo se defiende de las paradojas con armas propias, porque está casi todo equivocado.


Eduardo Abel Gimenez, autor de las novelas El Fondo del pozo y El camino de Camarjali fue un gran animador de las actividades en la década de 1980, época de El Péndulo, Minotauro, Sinergia y Parsec. Rescatar sus textos breves, formato en el que demuestra ser un verdadero especialista, es lo menos que corresponde hacer. Pero muy pronto volveremos a encontrarlo en Axxón, aunque esta vez con un texto más extenso y escrito a cuatro manos con una escritora que también apareció en El Péndulo y a quien parece que hemos recuperado... Suspenso.




Axxón 156 - Noviembre de 2005
Cuentos de autores de habla hispana (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Fantasía: Varios países).

            

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