EN EL BORDE DEL MUNDO

Laura Ponce

Argentina

Parado aquí, sobre la muralla, observo el páramo. Un terreno áspero, pedregoso, con pastos duros, ocasionales matas de espinos y esas plantas enormes que crecen junto al río. No parecía mucho más cuando lo observamos desde la órbita y sin embargo nos alegró ver por fin Beta Semaris Cuatro con nuestros propios ojos. Las lecturas que obtuvimos entonces acerca de las condiciones ambientales confirmaron la información enviada por las primeras sondas, información que nos impulsó a venir hasta aquí. Pero también mostraron algo más.

En la región central del único continente, cerca de la costa de un río, había una estructura de aspecto no natural. Lucía como un conjunto de edificaciones. Verificamos una y otra vez: no se registraba movimiento alguno, había evidencia de vida vegetal pero no había señal alguna de vida animal. El mundo estaba desierto y la construcción vacía.

Aparentemente, nuestros antecesores eran seres antropomórficos aunque de proporciones físicas algo mayores. La estructura central y los edificios más grandes daban la impresión de haber sido prefabricados (quizás eran los módulos de una nave destinados a proporcionar las instalaciones de base para la colonia), en torno a ellos había construcciones más pequeñas alzadas con materiales locales y todo estaba rodeado por una especie de muro. Pronto hubo consenso entre los que nos adelantamos para explorarla: recordaba vagamente a una ciudadela medieval y comenzamos a llamarla Camelot.

Daba la impresión de haber sido abandonada algún tiempo atrás y no había nada que sugiriera el destino de sus ocupantes, aunque al irse habían dejado muchas cosas olvidadas. Quizás tenían una nave de repuesto y se habían marchado en ella. O tal vez alguien había venido a recogerlos para llevarlos de regreso a casa. ¿Cómo saberlo? Lo cierto es que afortunadamente no debíamos compartir el mundo con ellos. Tomamos la ciudadela contentos de su existencia y de que estuviera vacía y no nos hicimos más preguntas sobre el destino de sus constructores.

Nada indicaba peligro inmediato y parecía un desperdicio no ocuparla, no aprovechar sus recursos y las comodidades de sus instalaciones. Se dice que los viajeros espaciales somos supersticiosos y no es del todo falso, pero más que ninguna otra cosa somos gente práctica. Habíamos viajado en pos de ese mundo durante años y estábamos deseosos de ponernos a trabajar en él de una buena vez.

Al colocar la piedra fundacional en el edificio central de la ciudadela (el módulo de comando de nuestra nave una vez despiezada) pensamos que era nuestro castillo, el primero de muchos castillos, que nos establecíamos en la primera de muchas ciudadelas. Nosotros, los humanos, haríamos de este suelo yermo un vergel, nosotros traeríamos vida a este mundo muerto, nosotros... éramos unos estúpidos.


El miedo es una cosa terrible, se esparce entre la gente como un virus incapacitante potencialmente mortal. La gente se paraliza.

¿Saben ustedes lo que es pararse aquí cada noche con el dedo agarrotado en el gatillo y observar la oscuridad conteniendo el aliento? ¿Saben lo que es pasar el día preparando las armas, afilando las bayonetas? Estas armas toscas que hemos fabricado, flamantes e inútiles, sin uso e incapaces de detener las desapariciones?

Avistamos a alguien corriendo hacia unos pastizales. Se ocultó rápidamente y los reflectores no pudieron localizar quién era. A la mañana hicimos un recuento y descubrimos que faltaba una mujer. Se llamaba Takashi y su esposo había sido el primero en desaparecer. Atribuimos su abandono de la ciudadela a un intento estúpido pero comprensible de ir en su búsqueda. Pensamos que regresaría o que eventualmente descubriríamos sus restos por ahí. Pero no ocurrió. Encontramos sus cosas, sí, su ropa, sus zapatos, sus adornos, pero no a ella o sus restos. Era extraño. No había evidencia de vida animal en el planeta; las condiciones climáticas del páramo podían ser severas pero no descompondrían un cuerpo en tan poco tiempo, no sin dejar rastro. Buscándola a ella y a los que la siguieron descubrimos túneles; parecían grandes madrigueras que se intercomunicaban. Quizás nuestra gente caía en ellas, se perdía y no podía regresar; pero parecía una explicación muy poco razonable y en todo caso no aclaraba por qué encontrábamos ocasionalmente sus cosas o qué los motivaba a alejarse de la ciudadela sin decírselo a nadie.

No es necesario mencionar que la paranoia se extendió. Según a quién uno le preguntara, los responsables de lo que sucedía eran nativos invisibles que se defendían de nuestra "invasión", fantasmas de los constructores que volvían para recuperar su ciudadela, o una fracción de la colonia que estaba deshaciéndose de los demás. Se organizaron patrullas, se fabricaron armas, se establecieron puestos de vigilancia, pero las desapariciones siguieron en aumento.

Fue en medio de esa locura que yo me acerqué a Venara. Obviamente la conocía (uno no viaja cinco años encerrado en una nave con otros ciento quince colonizadores sin llegar a conocerlos) pero en aquellos días aciagos fue como si la viera por primera vez. Era realmente hermosa. ¿Conocen esa anarquía de los sentidos, esa especie de narcosis que nubla la razón, incapacita las extremidades y descontrola la lengua? Yo caí de lleno en sus brazos.

Venara no era sólo hermosa sino también brillante. Como exobióloga encontraba fascinantes las particulares condiciones del planeta, el desarrollo de las plantas como únicas formas de vida, evolucionando hasta constituir un complejo ecosistema. En sus labios el mínimo dato sonaba a deslumbrante revelación. Con la paranoia reinante la investigación de campo, la recolección de muestras, incluso la exploración, habían quedado relegadas; pero por supuesto Venera no se sentía incluida en las disposiciones generales. "Anda... Llévame a la frontera" , dijo un día. Y yo, como un tonto, acepté.

Fue la primera vez de muchas en que nos escabullimos fuera de la muralla.


Le interesaban en particular esas plantas enormes que crecen en la costa del río. Sus raíces se proyectan bajo el agua y horadan profundamente el suelo, entrelazándose con las de otros ejemplares que crecen a gran distancia. En esa época se hallaban en plena floración y al parecer sus esporas provocaban cambios en el desarrollo de plantas de otras especies con las que estaban relacionadas de forma simbiótica. Aparentemente todos sus ciclos reproductivos estaban encadenados. Podría tratarse de algún tipo de polenización cruzada o incluso de una transmisión horizontal de genes realmente importante. Como fuera, saltaba a la vista que esas plantas enormes eran las reinas del lugar.

Venara decía que eran plantas extraordinariamente avanzadas, complejas, que habían alcanzado un nivel evolutivo inimaginable para nuestro mundo natal. La ayudé a armar un dispositivo para sobrevolar el continente y hacer una especie de censo, tomamos muestras, pasamos días enteros arrastrándonos por los túneles. Mientras la colonia se desintegraba en medio del temor y las acusaciones, mientras iban desapareciendo uno a uno, yo solo tenía ojos para ella.

Con frecuencia me viene a la mente el tatuaje en su cuello, el símbolo clásico de agua, esas líneas onduladas, simples y elegantes que representan un fluido en movimiento. Hay entre todas las cosas una continuidad que no advertimos.

Con el avance de la investigación, una sensación de urgencia fue ganándonos poco a poco. Llegamos a dedicarle cada elemento a nuestro alcance, cada momento de la jornada, y todo parecía poco. Era como si comenzáramos a intuir lo precario de nuestra situación. Los estudios y experimentos insumían cada vez más recursos de la debilitada colonia; no gozábamos del favor de la mayoría, que veía nuestro trabajo con suspicacia, socarronería o indiferencia, y no me avergüenza admitir que cuando debí robar o mentir, lo hice. Hubiera hecho cualquier cosa por ella.

A veces estaba tan agotado que apenas podía mantenerme despierto, pero una sonrisa suya o un roce de su mano era suficiente para que volviera al trabajo.

Venara intuía algo, lo sé, estaba al borde de un gran descubrimiento; pero desapareció hace unos días.

No tengo sus conocimientos, pero hice lo que pude para continuar con su investigación. En cierta forma fue un modo de honrar su memoria, pero también porque creí que allí podía encontrarse la última esperanza, lo que desentrañaría el misterio y salvaría lo que queda de nuestra colonia.


Ilustración: Fraga

Es gracioso. Por lo menos una parte de eso se ha cumplido.

Las tormentas de polvo se han hecho más frecuentes y dejan un aroma dulce en el aire. Son las esporas. Pronto los habrán afectado a todos.

Me pregunto si los Altos habrán descubierto lo que pasaba antes de que su ciudadela se vaciara por completo. Es irónico, ¿no creen? Con tantos viajes, en tanto tiempo explorando el espacio, la humanidad nunca había encontrado otra forma de vida evolucionada y nosotros encontramos dos en el mismo mundo. Sin embargo es fácil entender por qué no pudimos identificar a la más importante de ellas: no te ataca, no se defiende, no intenta comunicarse, no es animal, ni vegetal ni mineral o acaso es todas esas cosas. Sólo está viva y este es su mundo, todo lo que hay en él le pertenece... O pronto será así.

Va cayendo la noche y observo el cielo. Beta Semaris Cuatro... Los nombres son cosas imprecisas, dudosas convenciones. Para quienes no tienen un idioma hablado ni gestual ni escrito, para quienes pueden comunicar directamente ideas o impresiones complejas, los nombres no tienen sentido. Ahora al pensar en el nombre de este mundo, siento que esa designación es opacada rápidamente por una idea, la idea de Hogar, pero también la de Ser, y también las de Cambiar y Permanecer.

La parte de mí que todavía es humano tiene miedo, pero la parte de mí que es otra cosa siente una mansa ansiedad; puede esperar, tiene todo el tiempo del mundo para que el cambio se complete. Esto es más vasto que cualquier otra cosa que haya conocido, más acogedor y más propio que cualquier otro sitio en el que haya estado.

Cierro los ojos y casi puedo sentir cómo van apareciendo las estrellas; y con cada una que sale, la naturaleza de lo que somos se manifiesta con mayor claridad y fuerza. El viento se alza de modo invitante sobre el vibrante escenario de la llanura y ahí, entre todas esas voces que trae, está la voz de Venara llamándome.



Laura Poncenació en 1972, escribe desde hace veinte años y cada vez se esmera más por construir historias fantásticas en las que los sentimientos ocupan un lugar de privilegio. El cuento que presentamos forma parte de las "Historias de la Confederación", un ciclo que amenaza con perpetuarse. Otra prueba del amor de Laura por las series pueden verificarla visitando Urbys... En 2005 su cuento "Rompiendo el silencio" (Axxón 150) apareció en la antología Relatos Andantes.


Axxón 156 - noviembre de 2005
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Argentina: Argentino).

            

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