EL GUASÓN

Hernán Domínguez Nimo

Argentina

—¡Insúa! —me grita el comisario.

Me detengo y me doy vuelta.

Apenas hice cuatro o cinco pasos desde la valla pero ya tengo una buena perspectiva del camión blindado, los cuatro patrulleros y la treintena de policías parapetados detrás. Y esto es sólo lo que está a la vista.

Lo mismo que debe estar viendo Lucas desde adentro.

—Tenés cinco minutos. Nada más —me dice.

"Después entramos". Eso no lo dice. Ya lo sé.

No esperaba más. Ni siquiera esperé que me dejara actuar. Cuando llegué al vallado, ya se preparaban para entrar.

"Yo lo conozco", lo detuve poniéndole la mano en el hombro. Ni siquiera intenté convencerlo de que Lucas no podía ser el Guasón. Sólo le prometí hacer que se entregara.

—Cinco minutos. Perfecto —digo, y reanudo la marcha hacia el Spinetto.

La puerta de la esquina de Moreno está entreabierta. Dudo un momento. Quizá debería trepar por la empalizada que empieza unos metros más allá, no vaya a ser que me esté esperando. Pero si es Lucas, el Lucas que yo conozco, no va a estar esperando a nadie. Y si no es, nada de lo que estoy haciendo tiene sentido. Así que me sacudo las dudas —o eso creo hacer—, abro la puerta un poco más y la traspaso.

Adentro está oscuro, por lo menos en la zona de la puerta, de lo poco que aún está en pie. Más allá del pasillo central, el sol entra a raudales. No hay techo. Apenas bloques de columnas y paredes llenas de agujeros que permiten adivinar algo de la distribución del viejo shopping.

Lucas no está a la vista.

Avanzo por el pasillo y al tercer paso me detiene un crujido de vidrios. Están por todos lados. Vidrios y cascotes. Va a ser difícil caminar sin anunciarse. Pan comido para una emboscada.

A la mierda con esodigo entre dientes. Es Lucas. ¡Lucas! No puede ser el Guasón.

Y avanzo sin preocuparme por el ruido. Por lo menos hasta bordear el hueco de lo que alguna vez fue una escalera mecánica. Me detengo detrás de una pared y lo busco en el gran claro que ocupaba el patio central.

Hoy lo vi. A la mañana. Lucas jugaba con dos pelotas de trapo en la escalera del edificio. Siempre está ahí. Es lo único que hace. Jugar. Y sonreír. Es la sonrisa bobalicona la que delata su retraso. Por lo menos hasta que habla.

—Oa Maio —me saludó. Un enorme teletubbie que bajó de su planeta para visitar Balvanera.

—Hola, Lucas —le despeiné la cabeza y rió un poco—. ¿Qué tenés ahí?

—Do peota. —Las mostró y luego las lanzó al aire—. Mabae.

Una pelota rebotó en su cabeza. La otra fue directo al piso.

—Malabares, ¿no?

—Jí. Mabae. Emáfo. —Señaló la esquina.

—Para hacer en el semáforo. Muy bien Lucas. Así vas a conseguir monedas para comprar fruta, ¿no?

Lucas sacudió la cabeza enérgicamente.

—No. Veduleo egala futa. Yo hago mabae y gente sonníe.

Aquello me despertó la única sonrisa del día. Como siempre que hablo con Lucas.

—Así que la fruta te la regalan, ¿eh? Bueno, pero que el verdulero no te vea haciendo malabares gratis porque quizá se engrane.

—Engane.

—Sí, se engrane, se enoje.

—Engane. —Lucas sonrió, festejando la palabra nueva.

Lo palmeé en la espalda y me fui dejándolo ahí, practicando una palabra y sus malabares. Con una sonrisa en los labios.

Una enorme sonrisa.

Oh Dios. No puede ser él. ¡No él! El mundo no puede estar tan corrupto como para contagiar su podredumbre al ser más puro de la ciudad.

Me desplazo hasta otra pared para ver mejor. La pared es en realidad un vidrio pintado de cal, el único intacto que debe haber en todo el baldío. Un local que anuncia ofertas de sábanas y acolchados. GRAN LIQUIDACIÓN, gritan los carteles esperando que alguien los oiga. Se me seca la garganta.

Sí, claro. Van a liquidar a un amigo.

Reprimo las ganas de partir el vidrio de una patada y me asomo por un hueco donde la cal está borroneada.

Está encima de una pila de escombros, la espalda apoyada en el tronco de una enorme palmera —que hace tiempo desbordó la maceta que la contenía— mientras lanza piedras al aire e intenta atraparlas con la otra mano.

Mabae.

Es Lucas, seguro. Aunque la descripción no dejaba lugar para las dudas. Esa extraña protuberancia detrás de la oreja, esa "carne crecida" como dijeron en la radio. No debe haber muchas personas con ese defecto de nacimiento.

¡Por eso estás acá, la puta madre!

Haberlo encontrado desvanece mi última esperanza —la más flaca—: que no fuera él. El desánimo me invade.

Lucas, en cambio, está muy tranquilo. No creo que haya visto nada de lo que hay afuera esperándolo. O más bien esperándome a mí. A él no lo van a esperar, no señor.

Desde donde estoy no alcanzo a ver ningún arma. Dicen que mató a un anciano con una navaja.

Imposible. Lucas no usa cuchillo ni para comer. La madre no lo deja.

Algo asoma del bolsillo de su eterno carpintero de jean. El corazón me da un respingo y se detiene, conteniendo el aliento de la sorpresa, antes de volver a latir.

Es un tubito rojo.

Apoyo la espalda contra el vidrio.

Lápiz labial rojo. La firma del asesino. La razón misma para que Crónica TVlo haya bautizado El Guasón, como ese repugnante personaje de historieta. Una sonrisa roja dibujada en el rostro de cada una de sus víctimas. Algunas degolladas, otras asfixiadas.

Pero claro, hasta ayer todos —inclusive los de Crónica— lo tomaban a modo de broma. Después de todo, sus "víctimas" no eran más que perros y gatos vagabundos, mascotas que ni siquiera tenían dueño. ¿Quién iba a preocuparse? Algunos hasta se alegraban de que alguien estuviera limpiando las calles de tantos gatos.

Hasta ayer.

Ayer apareció el anciano con las venas abiertas de cuajo.

Hoy la gente ya no se ríe del Guasón. La gente tiene miedo porque piensa que ya se cansó —se aburrió— de los animalitos. Y que ahora que empezó con seres humanos, no va a parar.

Hoy los policías ya no festejan socarronamente esa sonrisa como cuando llenaban bolsas de consorcio con los primeros "cadáveres". Ahora la odian, porque sienten que está dirigida a ellos. Lo que ayer era una curiosidad mediática hoy es una caza de brujas. La trampa está puesta. Alguien tiene que caer.

Y no van a ser amables cuando lo atrapen.

Vuelvo a mirarlo. Debo creer en mis ojos, no en lo que pienso, no en lo que otros dicen.

Hoy en la mañana apareció un testigo. Dijo que lo vio salir ayer de la casa del anciano. Y yo cierro los ojos, como para no ver la verdad. Porque el anciano vivía en mi edificio

¡Claro, si por eso te dieron el caso!

y seguro que conocía a Lucas. Y Lucas lo conocía a él.

Me cuesta creerlo. Lo escucho reír cuando las piedras se le escapan de las manos y juro por Dios que no puedo creerlo. No quiero creerlo.

El aullido breve de un megáfono, para nada casual, me anuncia que me queda apenas un minuto. Si voy a actuar debo hacerlo ya.

Rodeo la vidriera y me escondo apenas en una columna. Me detengo a mirarlo una vez más, prolongando hasta lo imposible el momento de acercarme para saludarlo con una mano —y la nueve milímetros— detrás de la espalda.

¿Y si realmente fuera él? ¿Y si tuve al Guasón enfrente mío —de mi casa— todo este tiempo? ¿Si le regalé palitos de la selva a un monstruo —como quien alimenta a una fiera en el zoo—, a un ser depravado y sin piedad por ningún tipo de vida?

¿Puedo haberme equivocado tanto?

Se me vienen a la mente historias de gente con dos o más personalidades. Esquizofrenia, creo que se llama. Lucas no nació normal. Eso ya lo sé. ¿Y si parte de su defecto es una personalidad escondida? ¿Una personalidad asesina?

La duda me congela antes de actuar. Y luego me convierto en espectador.

Porque Lucas sale de su ensimismamiento. Ha estado buscando una de las piedras que estaba lanzando y ha encontrado otra cosa. Lo alza. Es un gato, un gato muerto.

Lo pone en el piso, la cara sin ojos vuelta hacia mí. Debe tener varios días de muerto. Fruto de la travesura de alguno de los angelitos del barrio que van a fumar pasta base al baldío.

Entonces Lucas saca el tubo rojo de su bolsillo y con la rapidez que sólo da la práctica, dibuja una sonrisa en la cara del gato muerto.

Una enorme y feliz sonrisa roja.

Entonces comprendo. Y la alarma se enciende en mi cabeza. Salgo de atrás de la columna y avanzo hacia la luz del sol con la lentitud fatalista de los sueños.

El rostro de Lucas transpira felicidad cuando reinicia sus malabares.

Y algo sucede. Como si dos piezas de un rompecabezas primordial lograran al fin encajar, luego de años de chocar por el lado equivocado.

El sol está en el lugar preciso, suspendido en el cielo.

Un panadero flota en las olas del viento.

Una piedra cae con suavidad en la mullida palma de una mano.

—¡Ta-taaaaá! —festeja en su boca la trompeta de un circo imaginario.

El mundo es tan simple que duele descubrirlo...


Ilustración: Fraga

Lucas me ve y me reconoce. La sonrisa beatífica se ensancha aún más si es posible, desborda un rostro en el que el sol dibuja guirnaldas al filtrarse entre las hojas de la palmera.

Parece que va a correr a mi encuentro pero una mancha roja aparece en su pintor, como si el lápiz labial le hubiese reventado en el bolsillo, y Lucas cae hacia atrás.

Recién entonces corro hacia él, aunque sé que es tarde.

Corro porque sé que el chico que acaba de morir no hizo otra cosa que intentar llevarle felicidad a todos los seres, incluso a los que ya estaban muertos.

Corro porque sé que no fue una bala de francotirador la que lo mató.

Fueron mis dudas.



Las ficciones de Hernán Domínguez Nimo, un redactor publicitario que se siente a gusto frente a un teclado o un papel, parten de lo cotidiano y arriban a lo cotidiano tras sutiles pasos por algún paraje fantástico. Nunca se tomó lo literario como una profesión por lo que escribe sin pensar que el destino de lo que crea sea otra cosa que ser escrito. A veces manda cuentos a concursos de ciencia ficción y gracias a eso ha sido finalista del Terra Ignota de México y ganó el Fobos 2003.


Axxón 156 - noviembre de 2005
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Realismo conjetural: Humor: Argentina: Argentino).

            

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