EN ALAS DE MARIPOSA

Ricardo Castrilli

Argentina

—¿Aquí? Ni hablar. No vine de paseo, amigo mío. Tengo que regresar con los otros.

Dubois encendió su cuarto cigarrillo. Toda una marca, considerando que había amanecido con el firme propósito de dejar de fumar. Otro tanto en rojo para una jornada que hacía rato había dejado de ser perfecta.

Era su día libre, en teoría. Lo había planificado cuidadosamente: su mujer y su hija iban de jornada gestáltica, fuera eso lo que fuese; había preguntado lo justo como para asegurarse de que no se tratara de uno de esos cultos. Quedaba perfectamente habilitado para cargar sus cosas en el jeep, sin culpas, y desaparecer entre los cerros en busca de un arroyo tranquilo y algún pez desprevenido. Solo.

Pero no.

Tenían que adelantar la fecha del Evento.

—Tómeselo con calma, Doc. Búsquele el lado bueno: va a estar cómodo y fresco. Si hasta tiene una ventana que da a la explanada, ¿ve? Va a poder presenciar el espectáculo como desde un palco, y después a casa, con algo para contarle a los nietos.

—¡Pero no, hombre, qué nietos! ¿Todavía no entiende? ¡Hay que parar esto, por Dios!

—Bueno, está bien, Doc. Pero va a tener que ser otro día.

Salió del recinto de la guardia ignorando los gritos del otro. En el fondo, pensó, no dejaba de tener cierta razón. A quién le gusta que lo contraríen. Él mismo no entendía qué estaba haciendo ahí, pendiente de locos como ese pobre viejo, cuando lo único que le apetecía, en ese momento, era un simple salmón al otro extremo de un sedal.

Pero bueno. Eso también tendría que ser otro día.

Se sumergió entre la multitud dispuesto a proseguir con su tarea, lanzando aquel otro sedal en pozos que tenía más a mano: los grupos de posibles revoltosos, los cardúmenes de expresiones hoscas y miradas torvas dirigidas al Complejo.

También era hábil en esa pesca. Por eso estaba ahí, y lo sabía. Percibía dónde y cuando echar el sedal para sacar los peces gordos, los motores potenciales del disturbio, los agitadores a punto de agitar. Vadeaba las aguas blancas buscando nodos de ebullición inminente. A su paso, el torbellino se convertía en caldo tibio de murmullos residuales y tensiones desmotivadas. Era un buen depresor. Por eso estaba ahí.


En el Complejo, las cosas seguían el curso previsto. Los vectores de origen y destino se verificaban una y otra vez, sumando elemento tras elemento a una matriz de muestreo estadístico más que sobredimensionada. El Director se regía por un complejo sistema de máximas y refranes. La seguridad ante todo era una sus favoritas, y se seguía al pie de la letra. Los que estaban en el tema sabían que, en este caso, aumentar la precisión más allá de cierto límite no hacía la diferencia. Serenitatis era grande y profundo, con un lecho de polvo uniforme y de gran espesor. Las lecturas de los GPS se habían estabilizado, coincidiendo hasta la última cifra decimal desde hacía varios muestreos. Por fin, el Jefe de Coordenadas pulsó su luz verde con gesto teatral: vectores anclados. De ahí en más, las matemáticas quedaban al mando; pocas cosas resultaban tan predecibles como la posición relativa de un punto en la superficie de la Luna.

En el gran palco las voces iban apagándose. La atención de los presentes se centraba en la figura de Ordóñez, el Director del proyecto; se había puesto de pie, con visibles intenciones de hacer uso de la palabra.

—Señores —comenzó, apenas alcanzado el micrófono—. Están ustedes a punto de presenciar un hecho histórico, uno de esos hitos grabados a fuego en la memoria de la especie; un logro a la altura del viaje de Colón, la primera transmisión radioeléctrica, la doma del átomo. No voy a extenderme en los detalles del proceso, pero sí quiero destacar que es algo que, hace no demasiado tiempo, hubiese sido catalogado como magia. Y magia de la grande. Ese domo que ven allá, en el llano, va a desaparecer ante sus ojos.

El Director disfrutaba el momento, su minuto de gloria. Se demoró en la contemplación del gran hemisferio que destacaba al otro lado de los ventanales, abajo y a la distancia, en el centro de la meseta. Alrededor, como en un gran anfiteatro, los bordes ascendían suavemente. El edificio en el que estaban reunidos se alzaba en el punto más alto del perímetro, aislado del llano por rebordes naturales que habían sido cuidadosamente complementados por vallas de hormigón y alambre, formando una sólida barrera en previsión de aglomeraciones como la que se había reunido afuera, en el playón de acceso. Las noticias se filtran, y el evento no iba a ser una excepción. Justo antes de aclararse la garganta para el siguiente párrafo, Ordóñez alcanzó a captar el eco lejano de una voz grupal. ...Un coro de fanáticos, pensó. Bueno, no está del todo mal. ¡Que comience la función!


—Jefe...

—Sí, te escucho.

—Ese viejo que trajo es un pesado. No para de rezongar y lamentarse. ¿Qué hacemos?

—Nada, déjenlo tranquilo. Allí es inofensivo; si lo dejásemos suelto estaría aquí, dirigiendo la orquesta, y ya tenemos suficiente baile.

—Comprendido. A propósito, ¿qué es armagedón? No para de repetirlo.

—Qué sé yo. Te dejo, el concierto sube de tono.

—Sí, desde acá se escucha.

No era un grupo numeroso, pero lo compensaba a fuerza de coherencia. Calvas al aire, mirada extraviada, actitud de rebaño; uno potencialmente aguerrido: fervor colectivo, bajo perfil individual. Se desgañitaban en la repetición de algo que sonaba a salmo, ...quién es digno de abrir el Libro y desatar los Sellos. Una y otra y otra vez.

Dubois completó su diagnóstico y realizó en el aire los pases convenidos. Como surgiendo de la nada, sus hombres fueron insertándose con precisión en la masa candente. Eran sus barras de grafito, los moderadores; el grupo de fanáticos era un reactor casi a punto. Sus muchachos estaban bien entrenados. Viendo cómo interceptaban fervores y desviaban lazos de realimentación, cómo trabajaban de manera sutil e imperceptible dispersando la energía social en volutas de humos de colores, volvió a experimentar ese casi orgásmico placer que acompañaba al ejercicio de la batuta en esas anti-sinfonías del desbarate.

Mientras se alejaba hacia otras aguas alcanzó a percibir las voces, ahora aisladas y discordantes, prefigurando una disolución incruenta, un final por abandono, aunque palabras y oficiantes siguiesen siendo los mismos: ...¿quién es digno, ...libro ...satar losellosSellos?

Algo en la letanía agonizante lo llevó a tiempos pasados, días de pesca y de charlas que no siempre comprendía del todo. ¿Cómo era que le decía el Doc, aquella vez, una de las varias en que había accedido a llevarlo de lastre en sus excursiones de pesca? ¿Quiénes somos, Dubois...?


—...¿quién es digno, en definitiva, de entrometerse en la creación, a esos niveles?

—No le conocía esa vena mística, Doc. ¿Qué significa eso de entrometerse?, o, en todo caso, ¿dónde está la raya que uno cruza para poder decir que se entromete o no? Si un médico impide que usted se muera de una neumonía, ¿se entromete? Un ingeniero de caminos agujerea una montaña para que usted pase con su auto por debajo. ¿Eso no es entrometerse? Usted investiga con su grupo alguna vuelta de tuerca nueva, pero tan natural o antinatural como ésas. ¿cuál es la diferencia? Niega una, las niega todas.

—Eso es otra cosa, hombre. Por eso le hablo de niveles. —El viejo seguía arrojando el sedal y la ridícula mosca (la hice yo mismo, vea qué pieza de orfebrería) una y otra vez, con la misma gracia con que pisoteaba con sus botas el delicado encaje de algas del lecho cercano a la orilla—. Usted puede hacer lo que quiera con materia y energía, en este mundo, siempre que respete las reglas del juego. Tome un poco de este barro y sáquelo de aquí para ponerlo allí, destrúyalo, conviértalo en energía, derrítalo y échelo en un molde, mándelo al espacio, al sol. Está todo bien. ¿Energía? Desvíela, úsela, guárdela, despilfárrela, haga lo que quiera. Siempre estará dentro de las reglas del juego, ¿me sigue?

—No. ¿Qué juego?

—Éste, Dubois. —La patada impaciente del viejo quiso demarcar el territorio, el mundo, el universo entero, pero alcanzó apenas para un remolino chapoteante que se expandía en círculos concéntricos. Viejo escandaloso, pensó Dubois, así no vas a sacar un solo pez en toda la tarde—. Este universo es el producto de una gigantesca tirada de dados, y la manera en que esos dados han caído determina la forma en que nos toca jugar. Esto tiene sus reglas. Hay un orden abajo del orden debajo del orden, ¿me entiende?, un grupo polidimensional de mamuschkas armando una escena diferente en cada nivel.

—¿Dados, dice? Me quedé con eso. Recuerdo haber leído una frase de un colega suyo, algo así como "Dios no juega a los dados..."

—¡Ja! ¿Y no escuchó ésta:? "Dios es un concepto con el que medimos nuestro dolor..." No me corra con el tío Albert, Dubois, porque entonces yo le salgo al paso con el primo John. ¡Dios no sólo juega a los dados, sino que también hace trampas!

—Pero, a ver, no me maree: ¿por qué dice que nos estamos entrometiendo? ¿Con qué?

—¿Usted sabe lo que se está haciendo en el Complejo? ¿Sobre qué estamos trabajando?

—No me meta en líos, Doc. Lo mío es la seguridad; no me interesan los detalles científicos hasta ese punto.

—No, no se preocupe; no voy a violar ningún secreto de estado. Lo que hacemos allí, en líneas generales, es vox populi. Sale en los diarios. Estamos investigando una rareza de la física cuántica, una de esas cosas que se descubren de vez en cuando: los pares enredados.

—Bien por ustedes, entonces. A mí déjenme donde estoy, manteniendo el orden para que puedan desenredar todo en paz.

—¡Ah, Dubois, a veces lo envidio! No es cuestión de desenredar, hombre, sino todo lo contrario. Es aprovecharse de esa propiedad, utilizar ese enredo para algo que nos sirva. Le explico: los pares enredados son parejas de partículas subatómicas que están unidas de una manera maravillosa, todavía no del todo comprendida. Una especie de matrimonio cuántico, ¿me entiende? Monogámico, eso sí. Hay de los otros, pero no nos interesan, por ahora. En eso somos un poco chapados a la antigua. —Con un guiño y una carcajada salvaje, el viejo se puso a agitar con todas sus fuerzas la caña, en un intento de deshacer el enredo que, de alguna manera, había logrado trasladar al sedal—. ¡Nada de ménages trois, no señor!

En la hondonada, la risa era una salva de veintiún cañonazos. Las posibilidades de que algún pez permaneciese en las inmediaciones disminuían cada vez más. Bueno, se dijo Dubois, obstinado; tal vez quede alguno sordo. Probó lanzar hacia el extremo opuesto, lo más lejos posible del área ocupada por el otro. Al cabo de un rato, decidió que ya había sido suficiente. Estaba sintiendo crecer en su interior esa pequeña furia ciega que, sabía, acompañaba al momento en que tendría que asumir la jornada como infructuosa, y no quería descargarse con el viejo. Era un buen tipo.

—Bueno Doc, me parece que hoy no hay suerte para nosotros, aquí, en el agua. ¿Qué opina de un café y unos sandwiches en tierra firme? Al menos, no creo que ésos se nos vayan a escapar.

El viejo estuvo de acuerdo, seguramente porque sabía que le sería mucho más fácil seguir desarrollando su parlamento con una taza en la mano que luchando con el sedal. Le había seguido hablando de partículas, del tiempo y el espacio, de atajos y de trucos no del todo santos para saltarse algunas reglas del tablero. Promediando el cuarto bocadillo y la segunda taza de café, Dubois ya había logrado alcanzar un cálido nirvana de tarde bajo los sauces, y se limitaba a asentir educadamente cada tanto, coronando los momentos en que captaba un tono más eufórico en la cascada verbal del otro con un cabeceo, alguna cauta exclamación. Retenía poco y nada, fragmentos de los contados pasajes en que el viejo descendía un poco de las nubes y mechaba la teoría con alguna anécdota ejemplar. Una escena disparatada acerca de un gato pasando un mal rato en una caja y dos sádicos afuera, disertando sobre la condición del pobre bicho y discutiendo sobre si estaba vivo o muerto, con un único acuerdo establecido: nada de abrir la caja y mirar, porque eso, decían, iba a alterar el resultado de su propia observación. Par de locos. O lo de las mariposas. El viejo divagaba sobre una mariposa que batía sus alas en un lado y generaba una tormenta en otro muy distante, un disparate que no le iba en zaga a lo del gato, pero que le había traído a la memoria algo que venía intrigándolo desde que comenzaran los trabajos de los cráneos en el Complejo.

—Ya que habla de mariposas, Doc, ¿qué me dice de ésas que aparecen a veces, cuando ustedes hacen pruebas?

—¿Mariposas? ¿Cuáles? ¿Adónde?

—Luces de colores, chispas en el aire, no sé. Para mí son mariposas. Aparecen y desaparecen en un instante, en cualquier parte, afuera, cuando ustedes hacen sus cosas en el equipo grande. El scanner, creo que le llaman.

—Ah, los destellos fractales. Mariposas. ¡Qué buena imagen! No se me había ocurrido, pero tiene razón. Afuera, a la luz del sol, deben ser muy vistosos los efectos de la refracción. Mariposas, sí, ¿por qué no? Pero... ¿tan lejos del foco? No lo sabía.

—Casi siempre se ve alguna; en ocasiones, varias. Y es cierto, siempre aparecen al sol.

—Sus mariposas, Dubois, no son otra cosa que la manifestación visible de un fenómeno secundario del que no conocemos mucho. Lo llamamos estallido fractal. Se produce a consecuencia de nuestras pruebas con la manipulación de pares enredados, un efecto colateral. En realidad no tienen forma de mariposa, son toroides de desarrollo fractal en torno a un punto de origen de ubicación aleatoria, que creíamos confinado a las proximidades del foco. Se ve que no es así. No sé si será relevante, pero le agradezco el dato.

—Un tanto para el equipo de seguridad, entonces. Pero no me hable en chino, no se gaste. Para mí, siguen siendo mariposas.

—Es sencillo, hombre: el toroide sufre una anomalía completa, en todo su volumen. Pero el ángulo en que incide la luz solar sólo le permite ver una porción de superficie refractante, un arco iris en miniatura a cada lado del punto de origen del toroide. Un lugar geométrico, las alas de su mariposa.

—Chino, Doc. ¿Otro café?

Un campeón, el viejo. Cuando todavía trabajaba en el Complejo. Cuando estaba al frente de una parte del proyecto. Y ahora lo tenía encerrado en la sala de guardia, como lo que era: un pobre viejo revoltoso.

Las cosas de la vida.


El Director seguía con su discurso, ajeno a todo lo que no fuese su audiencia. Eran suyos, los tenía en un puño. Los periodistas. Los funcionarios, sus esposas. Hasta el insolente que interrumpía con la pregunta infaltable: Para qué. Idiota desafiante con cara de haber puesto el dedo en la llaga del otro y estar disfrutándolo. Sin imaginar, siquiera, que ése era el pie que estaba buscando.

—¿Para qué? Señores, ésa es la pregunta del millón. ¿Para qué se gasta su dinero? ¿Adónde van a parar las grandes sumas invertidas en este proyecto desde su inicio?

La pausa que siguió era más que teatral. Era un golpe bajo, una pequeña y muy satisfactoria crueldad dirigida a esos cuatro o cinco que, sabía, no estaban interesados en sus logros. Habían ido, más precisamente, para poder cuestionar las partidas que le habían sido asignadas desde que se había hecho cargo del complejo y del proyecto, en lugar de ese incompetente melindroso de Reidel.

—Bueno, están aquí para saberlo: podría decirse que se desvanecen en el aire.

Qué bien le sabían los murmullos, las caras de desconcierto, las miradas interrogantes. Al parecer, por una vez la seguridad había funcionado adecuadamente y la finalidad última del evento no se había filtrado. Eso saltaba a la vista. A pesar de los grupos de fanáticos de ahí afuera, alborotando sin saber del todo contra qué protestaban. El ridículo para ellos, el triunfo para él.

Antes de que el clímax mermase y comenzaran a surgir preguntas que lo desviasen del curso planeado, lanzó su coup de grace.

—Señores, la investigación es un lujo caro. Tomé este Proyecto cuando los números eran todos rojos, salvo los que asentaban la cifra mensual que lo sustenta. En realidad, eso es lo que sucede con las etapas iniciales de muchos otros proyectos de investigación, la mayoría. A la larga, casi todos rinden sus frutos, pero no todo el mundo cuenta con la amplitud de miras necesaria para hacer evaluaciones a largo plazo. —Hizo una nueva pausa, esta vez insinuando una mirada severa hacia algunos sectores—. Sin embargo, éste es un caso especial, una rara avis.

Ya estaba. Otro palo, y todos a la bolsa.

—Cuando me hice cargo del Proyecto, luego del retiro de mi brillante antecesor, el Dr. Reidel, y fui informado de los alcances de los fenómenos físicos que se investigaban, me di cuenta del potencial que yacía aquí o, mejor dicho, allá, en el complejo original. Las pruebas eran concluyentes, las inesperadas propiedades de las partículas subatómicas estaban a la vista, pero las instalaciones eran apenas adecuadas para esa etapa, y nada para la siguiente: encontrar y desarrollar un uso práctico.

Nueva pausa, seguida de un ademán con ambos brazos, abarcando las instalaciones.

—Cada centavo asignado desde ese entonces está aquí, a vuestro alrededor. Ha sido mucho dinero, es cierto, pero les aseguro que ha valido la pena. La relación entre este Complejo y el original es equivalente a la que podría existir entre el equipo de sonido completo de un estudio de grabación y la fonola de Edison.

—¿Y usted vendría a ser la RCA?

Otro insolente. No alcanzó a identificarlo, pero no cometería el error de darle relevancia con una respuesta. Las risas habían sido bastante escasas. Decidió continuar, abreviando un poco.

—La diferencia está en los objetivos: uno era un laboratorio de investigación pura, esto otro es una planta de experimentación y desarrollo, donde la investigación ha sido un puntal fundamental, sí, pero no un fin en sí mismo. Queríamos resultados prácticos, y puedo garantizarles que los hemos obtenido más allá de nuestras propias expectativas.

Una mano levantada. Frontal, ineludible. Se arriesgó a concederle la palabra.

—Pero, Doctor Ordóñez, ¿qué finalidad práctica puede tener el hacer desaparecer aquel domo, o lo que sea?

—Buena pregunta. Realmente, ninguna, si ahí quedase la cosa. Como arma es demasiado cara, y nada práctica; los ajustes necesarios para cada evento en particular son únicos y mucho más complejos de lo que usted imagina. El hecho es que ahí no termina la cosa. El domo va a desaparecer de su vista en un instante, sí, pero no de la existencia. Va a reaparecer, intacto, en otro punto. En este caso, señores, no nos quedaremos en las cercanías.

Pausa. Ahora, directo. Al mentón.

—Ese domo va a la Luna.

Murmullos, rumores crecientes, exclamaciones. ¡La Luna!

—La Luna, sí, señores. En un abrir y cerrar de ojos, vamos a trasladar nuestro domo a la superficie lunar, más precisamente a la planicie conocida como Mar de la Serenidad. El domo contiene en su interior todo lo necesario, ¡todo, señores!, como para instalar allí la primera colonia lunar permanente.

Exclamaciones, gestos de incredulidad, pasmo generalizado.

—Y eso no es todo. Les decía antes que este era un caso especial en la relación inversión-recupero. ¡Vamos a hacer ese traslado, señores, a un costo menor a la décima parte de lo que a la NASA le cuesta poner un solo hombre en la Luna! ¡La décima parte, y sólo de lo que se necesita para llevar allí un hombre! Y ese domo puede albergar a muchos. ¿Hay ahora alguien que pueda decir que éste ha sido dinero malgastado?

Rumor en franco crescendo. Rostros encendidos. Aplausos.

Telón.


Sólo un par de intervenciones más, discretas y precisas, y la cosa se había estabilizado a niveles de bajo peligro. Dubois encendió su quinto cigarrillo, satisfecho, esta vez, de poder hacerlo por puro placer. Se lo había ganado.

Según el programa oficial, en media hora o algo así todo estaría concluido y él podría volver a casa, a aprovechar las horas de sol restantes trabajando en el jardín. No era lo mismo que pescar un salmón, pero le gustaba. Disfrutaba el ir modelando los frutales, guiando las ramas, seleccionando brindillas. Pensándolo bien, sí había una semejanza: morder un durazno recién cosechado, producto de los cuidados de todo un verano, casi podía equiparase al momento en que cobraba en su red un salmón de buena lucha.

Se acordó del viejo, preso en la guardia, y supo que iba a llevarlo de vuelta al pueblo en su coche, cuando todo hubiese terminado. El pobre se lo merecía; al fin y al cabo, de alguna manera había contribuido a salvar su matrimonio, aunque probablemente él jamás llegase a saberlo. El mismo Dubois no estaba del todo seguro de haber entendido cómo.

Recordaba el momento: había salido de su casa dando un portazo, uno de los tantos de aquel entonces. No de ira; peor: de hastío, de horror a lo cotidiano, a las lágrimas, los reproches.

Su mujer lo tenía harto. No era agradable tener que admitir una cosa así, pero era un hecho. Harto. Por otro lado, sabía que ésas son cosas que pasan. Una de las secretarias en el Complejo, por ejemplo. Los pasillos hablan, y de todas maneras no era ningún secreto: en su casa las cosas tampoco funcionaban. Ella misma le había hecho un par de comentarios que él había preferido ignorar. Era un tipo leal. Y, sin embargo, más de una vez se había preguntado qué pasaría si saltaba el cerco.

Ese día, siguiendo un derrotero engañosamente errático que estaba comenzando a serle habitual, había echado anclas en el bar. En una mesa apartada, había comenzado a rumiarle al vermouth las respuestas que tardíamente se le iban ocurriendo, cuando una mano en el hombro le había cortado la inspiración. Lo que faltaba. El viejo loco.

—Hombre, qué alegría. ¿Compartimos unas copas?

Sin esperar respuesta, se le había sentado enfrente poniendo en medio una botella con algo incoloro adentro. No agua, a juzgar por lo que le había costado lograr que la silla quedase en el ángulo adecuado.

—¿Qué anda haciendo por acá, Doc? ¿A usted también lo echaron de casa?

—¡Ah, ojalá fuese tan simple! Pero no, no voy a cargarlo con mi calvario, que usted ya tendrá lo suyo encima. Mejor hablemos de cosas agradables: dígame, ¿cómo ha andado la pesca?

Se había mantenido firme en su humanitario propósito hasta casi el fondo del tercer vaso. A partir de ahí había pasado sin solución de continuidad al otro tema, la piedra en su cuello. Muy a su pesar, Dubois se había visto envuelto en un largo monólogo en tempo de Adagio. El viejo estaba de vino triste, y no era por una mujer.

Cuando se hizo evidente el rumbo que tomaba la conversación, Dubois se alegró de haber elegido esa mesa. Estaban lo suficientemente aislados como para que la música enmascarase la charla. Para cualquier posible observador, el viejo era apenas uno más, otra plañidera intentando impregnar en alcohol su cuota diaria de frustraciones. No lo estaba siguiendo demasiado de cerca, pero se las arreglaba, como siempre, para ir pescando al vuelo los pocos pies de diálogo que el otro le iba dejando.

—No me cierra, Dubois. Las cuentas no me dan.

—¿Qué cuentas, Doc?

—El balance energético, la suma de momentos cuánticos, qué se yo. Ni siquiera eso sé. Algo se me está escapando. Tengo esa maldita sensación de que está allí, bailándome en las narices, y no logro atraparlo. Sus mariposas, sin ir más lejos. Sus jodidas mariposas son tan elusivas como un pedo al viento en un día de tormenta.

—A mí me gustan. Y cada vez aparecen más, en las pruebas, ¿se fijó? Pero, ¿qué le preocupa, si usted mismo me dijo que eran simples juegos de luces, efectos secundarios? ¿Qué es lo que quiere atrapar?

—No quiero atraparlas, hombre, ¡quiero predecirlas, saber adónde van a aparecer las próximas, en qué cantidad! Hay algo allí, algo que no me termina de cerrar. Y no me gusta. No me gusta nada.

—Pero son inofensivas. No hacen ruido ni nada. Ustedes molestaban mucho más con esas malditas detonaciones, hasta que instalaron esa cámara de vacío y se llevaron sus experimentos allí adentro. Ellas sólo aparecen y desaparecen, no joden a nadie.

—Sí, la cámara. No sé, ésa fue la primera señal: en aquel entonces, yo hubiese jurado que realizando la experiencia en alto vacío los estallidos fractales dejarían de producirse. Pero no, siguen allí, como si nada. Y voy a contarle algo. Se supone que es un secreto, pero usted es de la familia. Es más, usted es el padrino de la criatura, ¿sabía que hasta el último ayudante las llama, ahora, con el nombre que usted les dio? ¡Por sus mariposas, amigo mío!

El viejo había vaciado su resto y vuelto a llenar la copa, a todas luces dispuesto a continuar pero con evidentes dificultades en recordar hacia dónde.

—Ah, sí, sí. El secreto. Escuche, Dubois: ¡hay subnodos!

Entrecerrando los ojos, se le había acercado en ademán de confidencia, ambos codos sobre la mesa, a riesgo de volcar la botella. Dubois sospechaba que la revelación requería algún tipo de reacción de su parte, pero ya había gastado su limitado bagaje de lugares comunes. Se le había quedado mirando con una ceja alzada, a la espera de que algún comentario posterior le aclarase de qué cuernos estaba hablando.

—Sin palabras, ¿eh? ¡Sí señor, es asombroso! Subnodos, así como lo oye. Sus mariposas han comenzado a ser observadas en otros puntos, no sólo en el Complejo. Lo hemos descubierto casi por casualidad, un hecho curioso en las noticias de la tarde entre una casa encantada y un reporte sobre el Yeti: Estallidos de colores en el aire, en un festejo de la primavera, a dos mil kilómetros de aquí. El organizador recibiendo las felicitaciones, con cara de no saber de qué le están hablando. Fue a la misma hora, Dubois. A la misma hora en que aquí hicimos una de nuestras pruebas. Y detectamos otras, una vez puestos sobre aviso. Tantas, que se sorprendería.

El viejo había vuelto a echarse para atrás, recostado en su silla, y parecía absorto en el lento girar del ventilador de techo. Su voz sonaba ahora más lejana, distante.

—Pero no nos sirvió de nada. No pudimos sacar ningún dato útil, apenas un débil correlato entre su posibilidad de ocurrencia y la masa procesada en el scanner. Nada preciso, por supuesto. No siguen ningún patrón confiable, algo que nos permita determinar a ciencia cierta qué es lo que pasa ahí.

Dubois ya comenzaba a estar un poco harto de los lamentos del viejo. El sí que había descubierto un correlato interesante: mientras lo escuchaba, sentía que algo comenzaba a bullir en su interior, igual que cuando su mujer se quejaba amargamente del lavarropas o del goteo constante en la canilla del lavamanos. Estaba a punto de aprovechar la brecha que le abría el silencio para invocar algún compromiso y huir, cuando el otro volvió a la carga.

—Pero yo intuyo lo que pasa, Dubois, y no me gusta nada. Nos apresuramos. Nos metimos a jugar con fuerzas que van mucho más allá de lo que realmente conocemos. No me he atrevido a comentar estos temores con mis colegas. No todavía. No tengo pruebas, ¿se da cuenta? ¿Cómo demostrarlo? Dígame, Dubois, usted fuma, ¿no?

—Sí. ¿Por qué?

—Páseme un cigarrillo, por favor.

Mientras buscaba el paquete en el bolsillo, Dubois veía cómo el otro tomaba una servilleta de papel y la extendía sobre la boca de uno de los vasos, doblando el sobrante hacia abajo y pegándolo a los costados de vidrio con el dedo mojado en saliva. Viejo asqueroso.

—Tome, Doc. ...No sabía que usted fumase.

—No fumo, pero sé mantener uno encendido, y con eso me basta. ¿Tiene fuego?

Tenía. Le había encendido el cigarrillo, decidido a terminar la charla y salir a tomar el fresco afuera, cuando comprendió lo que el otro pretendía. Había puesto una moneda en el centro del parche del tamboril que formaban el vaso y la servilleta, y estaba acercando la brasa al parche. El viejo loco quería jugar. Ya era demasiado.

—Bueno, Doc, se me está haciendo tarde. Lo lamento, pero hoy no estoy para juegos, otra vez será.

—Espere, hombre, ¿quién quiere jugar? Siéntese, le muestro. A ver, qué pasa si toco con la brasa aquí... ¡Caramba, un agujero! Qué cosa interesante. Y aquí, y aquí. ¡Mierda, es un fenómeno repetible! A ver, analicemos. Toco aquí, y sale humo. Toco aquí, y también sale humo. Qué curioso. Obviamente, estoy frente a un fenómeno físico, seguramente mensurable. ¿Para qué podrá servirme esto? Alguna utilidad le voy a encontrar, es cuestión de experimentar lo suficiente. Probemos aquí, y aquí, y más allá. Probemos de este lado, y... ¡Oops!

Como era previsible, la moneda estaba ahora en el fondo del vaso, buceando en una mezcla de vermouth y cenizas. Su vermouth.

—¿Me entiende, Dubois?

—No, Doc, no le entiendo una mierda. ¿Qué me quiere demostrar con eso?

—Dubois, los pares enredados. Nadie entiende una mierda, si vamos al caso. Pero igual metemos mano como si supiéramos. Qué son, para qué están, por qué esas malditas partículas están unidas de a pares. Una aquí, la otra en la otra punta de la ciudad, o en el extremo de su nariz, o en el medio del Atlántico. En Ganímedes. Lo ignoramos, tanto ahora como al principio, cuando apenas si lográbamos ubicar pares al azar y experimentar con ellos. Y aún así descubrimos una relación asombrosa, inexplicable. La trama secreta del universo. El mapa del genoma de la Creación. De la ubicación de cada partícula y la de su conjugada, de la relación misma que las une, depende todo. Todo. Con un agravante: en este caso, el mapa es el territorio.

El viejo había metido los dedos en el vaso y revolvía, tanteando el fondo. Una vez logrado su objetivo, exhibía el trofeo.

—En esta moneda, Dubois, hay un número casi inexpresable de partículas. Y cada una de ellas está unida por ese hilo incomprensible a otra, en alguna parte del resto del universo. Una aquí, en mi mano, la otra en el otro extremo de la galaxia. Una segunda en mi mano, su pareja en la cima del Everest. Una tercera aquí, su conjugada en el centro de un sol en formación. ¡La Trama Secreta, hombre, el orden debajo del orden! Sólo esto, de por sí, constituye el descubrimiento más significativo de la historia de la ciencia. Pero no nos conformamos con eso, no señor. Teníamos que ir más allá y descubrir cómo romper esas uniones, y, después, cómo reasignarlas, cómo forzar otras que antes no existían.

Se había servido otro medio vaso y lo miraba, pensativo, sin beber.

—Las constantes físicas del Universo, Dubois. ¿Sabe lo que son?


Ilustración: Valeria Uccelli

—No, Doc. Ni idea. Pero seguramente usted me lo va a explicar, ¿no?

—La velocidad de la luz , la constante de Planck, el número de Avogadro. Newton, con la gravitación. Bohr. Esos tipos entrevieron relaciones especiales en el entramado espacio-temporal, y hallaron ecuaciones que las resolvían. Hallaron valores constantes, Dubois, valores que se repetían de una punta a la otra del universo. ¿Por qué? ¡Ah, ése es otro cantar! Ellos se limitaron a señalarlos. Estaban ahí, a nivel axiomático. Las constantes de la Física. ¡Já!

Había vaciado la copa de un trago. Después, con la vista clavada en su resignado oyente, la había depositado ruidosamente en la mesa.

—¡Constantes, una mierda! No puedo demostrarlo, hombre, no puedo. Pero estoy cada vez más convencido de que esos valores, los pilares de nuestra tan sonada Física, no son constantes, ni mucho menos. ¡Son funciones de algo que subyace ahí abajo, en la estructura básica del universo! Se mantienen constantes si y sólo si dicha estructura se mantiene inalterada. Si no, ...¡chi lo sa! ...Y, adivine qué, Dubois: ¿quién es el principal sospechoso? No puedo demostrarlo, ya se lo he dicho, pero lo intuyo con fuerza de revelación: la clave está en los pares enredados, la Trama Secreta del Universo. La tirada de dados que nos ha tocado en suerte. Y nosotros estamos jodiendo alegremente con todo eso.

Se había hecho un incómodo silencio, coincidiendo con una merma en el ruido ambiente. Dubois no sabía qué decir. Las cenizas en el fondo le impedían refugiarse en el vaso de vermouth, así que se limitaba a tamborilear con los dedos en la mesa al ritmo de la música. Al cabo de un rato, el viejo había retomado su monólogo.

—Todo lo que hagáis a uno de éstos, a mí me lo estáis haciendo. ¿Reconoce la cita? Tengo que buscarla, a ver qué más dice. Me vino a la memoria esa parte. La congruencia es escalofriante, ¿se da cuenta? Eso es precisamente lo que pasa con los pares enredados: usted modifica el estado de uno de los miembros, y está alterando también el del otro, esté donde esté. Es como un matrimonio perfecto, una pareja de cisnes de cuello negro. Uno de los cónyuges muere, y el otro lo sigue al poco tiempo. Se apaga, se deja morir de tristeza. Rompa el vínculo que une a los miembros de un par enredado, y tendrá algo parecido, sólo que mucho más espectacular. Hay un período de inestabilidad furibunda, un único nanosegundo de búsqueda frenética que nosotros aprovechamos para reasignar el enredo según nuestra conveniencia. Si la búsqueda es vana, desemboca en un microestallido desesperado, cuyos efectos se hacen evidentes en un volumen de desarrollo toroidal, un viejo conocido suyo. ¿Sabe qué son, en definitiva, sus bonitas mariposas? ¡Pequeñas hecatombes! ¡Microcatástrofes!

Dubois empezaba a sentirse realmente incómodo. El viejo había perdido la chaveta, o estaba muy borracho. O las dos cosas. En cualquiera de los casos, él hubiese preferido estar en otra parte. Pero no podía moverse. Una morbosa avidez de saber adónde quería llegar el otro con su sarta de disparates, ahora Biblia incluida, lo mantenía atado a la silla.

—Dubois, usted ya debe estar al tanto. Y si no, ya es tiempo de que lo esté: en el Complejo estamos utilizando las propiedades de los enredos cuánticos para teleportar materia.

—¿Teleportar?

—Sí, traslados instantáneos. "Beam me up, Scotty", ¿se acuerda?

—El Capitán Kirk, sí. ...Me gustaba esa serie.

—Y funciona, hombre. ¡Funciona! Podemos transportar en forma instantánea una cosa entre un sitio y otro. Usted mismo ha sido testigo de los efectos secundarios: cada vez que han salido sus mariposas al sol ha sido porque hemos realizado una experiencia exitosa. El proceso es casi mecánico, increíblemente sencillo, una vez que se ha descubierto cómo hacerlo. No es fácil de explicar en detalle, pero, básicamente, consiste en destruir uno a uno los enredos de cada partícula del objeto original con su conjugada, esté donde esté, para forzar después un nuevo enredo con otra partícula ubicada donde nos conviene, en el sitio de destino. Parece magia, pero funciona. Lo hace el Scanner. El objeto se reconstruye, duplicando la estructura íntima del original partícula a partícula, en el sitio remoto, utilizando la materia que tiene a mano. Y el original se desintegra, una vez entregada su esencia, su porción de mapa genético. Se convierte en polvo, una nube de partículas subatómicas libres que nosotros aprovechamos para recuperar parte de la energía invertida en el proceso. ¡Mierda, otra cita congruente!: Del polvo has venido, y al polvo volverás. ...O algo así.

Dubois estaba realmente impresionado. Sabía, a grandes rasgos, en qué se estaba trabajando en el complejo, pero nadie le había explicado en detalle lo que eso significaba. Sin embargo, había otra cosa que lo estaba perturbando, algo que no alcanzaba a captar del todo. Y el viejo seguía hablando, sin darle tiempo a pensar.

—Pero el proceso no es del todo limpio, Dubois. No cierran las cuentas, fíjese: por cada partícula en el objeto original nosotros rompemos un par enredado, un hilo de la trama. Nos interesa sólo la partícula local, así que dejamos a la otra librada a su suerte. Ya, ahí, generamos un paria, un descastado al que le queda apenas un nanosegundo de vida. Nos ocupamos de la local, y, sin darle tiempo a nada, le reasignamos un enredo con otra situada en el punto de destino. Hasta ahí, para nuestros fines prácticos, todo parece cerrar. Pero resulta que esa nueva partícula, a su vez, tenía su propio enredo con alguna otra, ubicada vaya uno a saber dónde, y también lo rompemos en el proceso. Y ya tenemos dos divorcios cuánticos, dos parias, dos partículas ubicadas en sitios indeterminados que han perdido a su pareja. Dos cisnes de cuello negro, derecho a la catástrofe.

El viejo ya había hecho a un lado el vaso y recurría directamente a la botella. Dubois lo miraba sin poder entender cómo era posible que esa sarta de trabalenguas incomprensibles le estuviese afectando a él de esa manera. Porque, tenía que reconocerlo, estaba fascinado con el destino horroroso de las partículas divorciadas. Y el viejo seguía.

—Pero ahí no termina todo. ¿De dónde mierda salen tantas de sus putas mariposas, entonces, si la ecuación se cierra ahí? Yo se lo voy a decir, Dubois, aunque no pueda demostrarlo. A usted se lo puedo decir. Las partículas de origen y destino no cuentan, consumimos su energía en el proceso y no hay estallido. Pero quedan las otras, las viudas. En el culo del mundo, pero están. Tienen su nanosegundo de agonía y revientan, de alguna manera que desconozco. Pero usted ha visto los efectos, sus mariposas. Un estallido tan violento como para afectar de manera visible las partículas de ese toroide, billones de veces superior en volumen, necesariamente tiene que poder ejercer otra clase de efectos en las proximidades del origen, el punto en el que se encontraba la partícula que sufre la ruptura. Y con esto arriesgo otra hipótesis intuitiva, pero es la única explicación que se me ocurre: probablemente esa microcatástrofe sea capaz de deformar el campo de la misma manera en que lo hacemos nosotros. Posiblemente se estén produciendo rupturas adicionales en los enredos de las partículas cercanas al origen. ¡Una especie de supernova cuántica, arrastrando en su estallido a cuanta partícula quede dentro de su radio de influencia!

Dubois se sentía acorralado. Quería salir corriendo de allí, escapar a ese nudo de angustia que le subía desde el estómago y amenazaba con cortarle la respiración, y no podía. Seguía atado a la silla, sin entender por qué. Y el viejo seguía hablando.

—Imagínese, es una ruleta rusa: si la partícula que colapsa está en el mal llamado vacío interestelar, es una cosa. Estalla sola, colapsa, vuelve a su origen o lo que sea que hace, pero sin afectar a otras; la cosa se extingue ahí. En cambio, si está en un medio planetario, o estelar, o aunque más no sea en un mísero asteroide, rodeada de materia, la cosa cambia: arrastra en su caída a otras partículas, dos, diez, mil, no puedo saberlo. Me faltan datos, maldita sea. Tiene que ver con ese radio microscópico de posible deformación de campo que no puedo determinar. El resto, lo que pasa afuera de ese radio, es intrascendente. Efectos secundarios, mariposas. Pero sucede que esas partículas afectadas, dos, diez, las que sean, reproducen el proceso multiplicado. Es una cadena que sólo se corta por extinción en el vacío. Afortunadamente, la densidad promedio del Universo es tan baja, que la probabilidad de ocurrencia de estallidos en un medio denso parece estar, por ahora, muy por debajo del nivel crítico.

—¿Qué nivel crítico, Doc? —Eso último le había sonado muy feo.

—El punto a partir del cual una reacción amortiguada se convierte en reacción en cadena, hombre. El punto sin retorno. Eso lo debe haber visto en la escuela. ¿Se acuerda?

—No, no me acuerdo.

—Bueno, no importa. Pero ésa es la cuestión que me quita el sueño. Estoy cada vez más convencido de que la aparición de sus mariposas responde a una función amortiguada de alguna especie. Y ese coeficiente de amortiguación tiene que depender de la masa transportada y de la relación entre las áreas densas y las poco densas en el universo. Llegamos al nivel crítico cuando ese coeficiente se acerca a la unidad. Por encima de eso, reacción en cadena. Realimentación positiva. ¡Kabuuúm!

El estallido del viejo había sobresaltado a varias de las partículas que se alcoholizaban en las mesas vecinas. Como efecto secundario, las cadenas habían saltado en pedazos y Dubois había logrado liberarse, murmurar una excusa rápida y hacerse a la calle, dejando al viejo murmurando algo sobre una nueva constante que nadie había visto.

Había vuelto a su casa por el camino largo, absorto en una serie de percepciones inquietantes. La principal, la única que podía traducir y aplicar a su mundo cotidiano, era una angustiosa sensación de catástrofe asociada a la idea de ruptura.

Y esa noche, por primera vez en muchos años, había dormido abrazado a su mujer.

Sí, señor. Lo llevaría en su automóvil, y, si el viejo no estaba demasiado enojado con él por haber sido sacado de una oreja del posible tumulto, hasta habría tiempo para una pasada por el café.


—Señoras, señores, ya es tiempo de pasar a los hechos. —Alzando ostensiblemente su mirada hasta el gran reloj que marcaba los ritmos del Evento, el Director desestimó con gesto indulgente las varias manos que aún se alzaban—. Ya tendremos ocasión para seguir charlando. Por lo pronto, les sugiero que fijen su mirada en el Domo, allí afuera. Mírenlo bien. Sé que existe la posibilidad de que entre ustedes se cuente algún aspirante a colono, o algún afortunado en cuyo destino esté ya escrito un viaje que seguramente yo no alcanzaré a hacer. Sin embargo, apuesto doble contra sencillo a que, para la gran mayoría de los presentes, esta será la última oportunidad de ver en vivo y en directo el hábitat completo de la primera colonia humana extraplanetaria. Disfruten el momento. Será historia.

Se alejó del micrófono para reunirse con los integrantes del equipo de control que, apostados más atrás, frente a los monitores y consolas principales, esperaban su orden para iniciar la cuenta final. Era otro formulismo, por supuesto; el inicio del evento estaba ya cronometrado de manera que las coordenadas relativas reales coincidiesen con las programadas. Pero quedaba bien. Era mucho más impactante pulsar el vistoso botón rojo que simplemente sentarse a esperar.

Con la vista fija en el display de la consola principal, encendió un cigarrillo. El último de una era. T menos un minuto y 18 segundos. Sí que iba a disfrutarlo.

—Señores, pueden proceder.

En perfecta sincronización, cada uno de los técnicos tomó su puesto al frente de alguna de las consolas. Uno de ellos se sentó al teclado y habilitó la pantalla situada en el muro principal de la sala. Dividida en cuatro sectores, mostraba acercamientos de la cúpula desde diferentes ángulos. Por último, sobre el filo del minuto, disparó la secuencia sonora de avisos externos, los destelladores en las torretas y un beep local marcando intervalos de cinco segundos, a la vez que habilitaba un sector de la gran pantalla mural en el que se replicaba la lectura del display de la consola y su cuenta decreciente, ya en segundos.


No tenía sentido seguir allí, bajo ese sol. Sus muchachos mantendrían todo bajo control, muy por debajo de ese punto crítico que él les había enseñado a reconocer y evitar. Ya casi era la hora, y no habría tumulto.

Decidió volver a la Guardia. Hacía rato que no tenía noticias, por lo que supuso que el viejo se habría resignado a pasar la fiesta bajo techo. Mejor así.

Adentro estaba fresco. Mientras cruzaba un gestual todo OK con sus hombres, retiró dos gaseosas de la máquina y siguió hasta la puerta del fondo.

No estaba cerrada. El viejo no era un tipo violento. Había bastado con decirle que se quedase allí.

—Hola Doc. —El otro había arrimado uno de los bancos de madera a una esquina de la ventana desde donde podía observar el complejo principal y la explanada con el domo—. ¿Se convenció de que aquí se está mejor? Afuera hay un sol que raja las piedras. —Se sentó en la otra punta del banco, apoyando en el medio las latas—. Tome. Una ofrenda de paz.

—Vamos, Dubois, los dos sabemos que no me trajo hasta acá por el sol. Pero ya no importa. No creo que hubiese podido impedir nada, así que da lo mismo. La suerte ya está echada. ¡Hombre, podrían haber sido cervezas!

—Lo siento, Doc, normas de la casa.

—No importa. Será con gaseosa, entonces. ¡Un brindis, amigo mío! ¡Por la más grande ruleta rusa de la historia!

A Dubois le hizo falta casi media lata para terminar de decidirse. Al final, como casi siempre, triunfó su sentido del deber. La lejana posibilidad de que ese comentario encerrase algún asunto de seguridad bien valía el riesgo de desatar la temida cascada verborrágica.

—¿Qué ruleta, Doc?

El viejo le dedicó una mirada pensativa, antes de responder.

—No termina de creérsela, ¿eh, Dubois? Bueno, no sé de qué me asombro, si mis propios colegas se niegan a escucharme. ¿O será posible que, después de haber charlado tantas veces de estos temas, aún no haya podido entenderlo? ¡El punto crítico, hombre! Esos asnos, de un plumazo y sin pasos intermedios, han aumentado miles de veces la masa a transportar, confiados en la sencillez del proceso y llevados de la nariz por ese bestia de Ordóñez y su ego. ¿No se da cuenta? ¡Miles de veces, de una vez! ¡El muy hijo de puta!

Había comenzado en calma, pero a medida que cobraba énfasis se había ido poniendo rojo, incorporándose y gesticulando de tal manera que buena parte de su bebida había acabado en la ventana, el banco, el piso a su alrededor. Milagrosamente, Dubois había resultado indemne.

—Pero ya no tiene caso —prosiguió, volviendo a sentarse, con gesto abatido—. Lo intenté, les escribí a mis viejos colegas, les hablé de mi constante. Y no hubo caso. Están demasiado involucrados.

—¿Qué constante?

—La constante, una cifra que relaciona todos estos eventos, que enlaza la masa que interviene en el proceso con la densidad del universo y ese tiempo de agonía que tiene una partícula antes de colapsar; la Clave Maestra, diría un cabalista. ¡Mierda! Al paso que vamos, creo que le iría mejor otro nombre, algo así como el 666 de la física. ¡Ja! El Número de la Bestia Crunch. ¡Tiene gracia!

Pero no se reía. Y Dubois tampoco; estaba comenzando a temer por la salud mental del otro, sospechando alguna clase de demencia senil asomando por entre las aristas ya normalmente disparatadas de su temperamento. Decidió seguirle la corriente y ver hasta dónde llegaba la cosa.

—¿Y qué pasa con esa constante, Doc?

—Pasa que, si estos idiotas me hubiesen prestado atención, si al menos se hubiesen molestado en verificar mis ecuaciones, esta aberración efectista que estamos por presenciar no se hubiese llevado a cabo. No, al menos, hasta haber logrado determinar el valor de la constante y verificar que la masa se encuentre por debajo de la crítica.

—Pero hace un rato me dijo que ya les había enviado la constante. Seguramente habrán verificado.

—No, hombre, no. Yo no pude hallar el valor de la constante, sólo alcancé a demostrar matemáticamente la necesidad de su existencia, y eso es lo que les envié. Me faltan datos. Nunca pude tener una de sus mariposas bajo el microscopio, por decirlo de alguna manera. No conozco el radio de influencia de ese torbellino de distorsión de campo que se desencadena cuando colapsa una partícula desenredada. Me faltan datos, pero estos bestias parecen no preocuparse demasiado por esos detalles. Van a prueba y error. Si la masa está por debajo del punto crítico, bien, zafamos otra vez. Si no... ¡ooops! ¡De vuelta al cubilete!

Afuera, anunciadas por una corta fanfarria de sirenas apenas audibles a la distancia, habían comenzado a destellar las balizas ubicadas en la cima de cada una de las delgadas torretas que rodeaban al domo. Mecánicamente, Dubois corroboró en su reloj la frecuencia conocida: cinco segundos entre cada destello. Ya faltaba poco. El viejo también había notado el inicio del conteo; cuando volvió a hablar sonaba resignado, lejano.

—No deja de ser divertido: bien mirado, en este momento no somos diferentes del pobre gato de Schrödinger.

Una calma repentina iba descendiendo desde alguna parte sobre todo lo que antes se movía. Las miradas convergían en el domo. Las voces fueron susurros, luego, silencio. Los dos hombres en la habitación comulgaban en la misma expectativa, cada uno desde su enfoque personal. Varios destellos después, casi todos los posibles, el viejo rompió el silencio.

—Dubois, ¿usted cree que habrá alguien observando por allá arriba, desde afuera de la caja?


Un nuevo toque de sirena marcó el inicio de la cuenta final: diez segundos, diez beeps, diez destellos. Ordóñez arrojó lo que le quedaba del cigarrillo a un costado sin preocuparse de ver adónde caía. Nadie lo notó. Ocho latidos. Alguien atrás movió una silla y el ruido le rechinó en los dientes. Seis. Una luz verde en el tablero principal. Cuatro. Silencio. Tres. Escalofrío. Dos. Incertidumbre. Uno. Pánico. Cero. El resplandor corriendo por sobre el domo.

Y el éxito. No más domo. Aniquilado, implosionado. Polvo.

Después, el estruendo, las estúpidas luces de colores. Lo de siempre, pero diferente, aderezado con ese delicioso bouquet de la victoria.


Los dos se habían pegado al vidrio al iniciarse la cuenta de diez. Sin cruzar palabra, fueron desgranando los segundos hasta que ya no hubo. El viejo pareció anticipar con un leve estremecimiento el resplandor que acompañó al accionar conjunto de la batería de scanners sobre el domo. Dubois se sorprendió al darse cuenta de que era la primera vez que lo veía: un castillo de arena deshaciéndose en cámara ultra rápida. Ahora estás, ahora no estás. Luego, el estruendo, más tarde y más fuerte que lo habitual. Y las mariposas. Muchas.

Miró al viejo. Estaba pálido, con las manos crispadas sobre el marco de la ventana. Pobre viejo. Estaba un poco chiflado, pero era un buen tipo.

Cuando volvió a mirar afuera, supo que algo estaba mal. Había algo raro con esas mariposas. No se iban. Cubrían la explanada, y no se iban. Su número no disminuía, como siempre lo había hecho.

Seguía creciendo.



No hace falta que presentemos a Ricardo Castrilli. Sus cuentos en Axxón hablan por sí mismos: "Cronoplasma" (N° 139), "Propiedad horizontal" (N° 140), "Tiempo, maldita daga" (N° 145), "Iniciación" (N° 147), Resplandores (N° 151), "Muchacha en pabellón con fondo de volcanes". Pero este cuento no se parece a ningún otro que él haya escrito, y eso tal vez refleje que lo produjo de un tirón y en circunstancias personales especiales.


Axxón 156 - noviembre de 2005
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Investigación avanzada: Argentina: Argentino).

            

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