ABURRIMIENTO

Diego Escarlón

Argentina

—Acusado: ¿jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?

—Por supuesto que no —respondió con una sonrisa torva el hombrecito del traje rojo.

—La defensa tiene la palabra —dijo el juez, un venerable anciano de barba blanca y piel negra.

El joven abogado se puso de pie, dejó una carpeta sobre su mesa y dijo:

—Su señoría. La defensa pide que se elimine esta burda introducción en los siguientes procedimientos. Es muy evidente la intención de poner a mi defendido en una situación sumamente incómoda. No contribuye al juicio y predispone en contra al honorable jurado.

—Petición denegada —dijo el juez con cansancio.

En la sexta fila, una viejita le dijo en voz baja a su amiga:

—Otra vez con lo mismo. Este muchacho no aprende más.

—¿Por qué? ¿Ya pasó esto antes? —susurró la otra anciana.

—Si. Desde que empezó el juicio no deja de pedir lo mismo, no se cansa nunca.

El fiscal, rubio y de ojos celestes, saltó como un resorte de su asiento.

—¡Protesto señor juez! ¿Acaso la defensa va a dictar los reglamentos de este honorable juzgado? ¿Va a condicionar nefastamente las reglas que durante miles de años han reinado aquí, en la más magna...

—La petición de la defensa es denegada.

—...sala de justicia? Sería una catástrofe de proporciones bíblicas si en cada uno de los juicios se reformara...

—La petición de la defensa es de-ne-ga-da —repitió lentamente el juez, atravesando al fiscal con la mirada.

—Una sabia decisión. Mis felicitaciones, señor juez —dijo el fiscal en voz baja, tras lo cual se sentó con rapidez.

El abogado inspiró profundamente antes de recomenzar la batalla.

—Como esta defensa ha sostenido durante todo el juicio, no se puede juzgar al acusado sin considerar las circunstancias atenuantes. Esas circunstancias son las que nos llevan al momento de su nacimiento.

      El abogado miró con lentitud al público y al jurado y luego, sin mirar al hombrecito del traje rojo, dijo teatralmente:

—Cuéntenos acusado ¿Qué es lo primero que usted recuerda?

—¿Lo primero que recuerdo? —preguntó el hombrecito del traje rojo mirando hacia el techo—. Recuerdo que todo era blanco y espumoso. Demasiado blanco y espumoso.

—¿Eso lo incomodaba?

—Sí. Bueno, al principio no. Pero luego de vivir allí durante algún tiempo llegué a cansarme del decorado.

Un murmullo de aprobación recorrió la sala.

—Siempre igual, todo blanco, celeste y espumoso, a veces gris y quizás con algunos relámpagos, pero siempre igual, siempre lo mismo. Nada cambiaba y cuando todo es igual uno se aburre muy rápidamente.

Nuevamente un murmullo recorrió la sala. Más de uno pensaba en lo bien que vendrían algunos cambios.

—Desde hace relativamente poco tiempo —continuó— circulan miles de cosas metálicas haciendo ruido y llenándolo todo de humo. No creo que eso haya sido una mejoría.

El murmullo era ya una franca avalancha de comentarios. Que sí, que eran cosas muy molestas. Que se debería hacer algo. Que uno no podía dormir tranquilo con tanto alboroto...

El juez, que hasta ese momento había tenido los ojos entrecerrados, se incorporó intrigado en su sillón y preguntó:

—¿Aburrido? ¿Le hubiese gustado un cambio cada... digamos, algunos años? ¿Algo más de colorido tal vez?

—Sí, y también algo menos vaporoso, si usted me entiende. Algo sólido que rompiese con la monotonía, pero no esas molestas cosas metálicas.

—Usted sabe que eso último es muy difícil de conseguir. Aunque tal vez se pueda hacer algo con los colores. Quizás algo de violeta o naranja...

El fiscal dudaba entre protestar o intentar pasar desapercibido. Eso ya parecía una clase de decoración, pero últimamente el juez le tenía muy poca paciencia.

—Hablando de los colores —dijo una de las viejitas en voz baja—, el juez me tiene un algo desconcertada. No sé por qué, pero me lo imaginaba con la piel blanca.

—Sí, antes era así —explicó su compañera—, pero desde el escándalo del mes pasado su piel es negra. Este mismo abogado de hoy trajo unos huesos viejos que, según él, demostraban que Adán nació en África. Y desde entonces, por eso de la imagen y semejanza...

La anciana no pudo continuar porque el abogado retomó la palabra.

—Acusado —dijo mirando a los miembros del jurado—. ¿Usted piensa que el entorno donde pasó sus primeros años fue perjudicial para su salud mental? ¿Piensa que esos años fueron decisivos en su posterior carrera criminal?

—¡Por supuesto! Cualquier persona que tenga dos dedos de frente se volvería loca de aburrimiento luego de una temporada. Quiero decir, La mayoría de los que llegan allí van engañados. A uno le prometen la eterna felicidad, entonces se reprime y se porta bien hasta que acumula suficientes puntos como para poder entrar al club. Pero, cuando finalmente se lo permiten no puede hacer lo que realmente quiere. El sexo es una de las cosas que la gente más extraña.

Nuevamente, la sala fue invadida por un murmullo de aprobación. El juez golpeó sonoramente su escritorio con el martillo.

—¡Silencio! ¡Silencio en la sala!

—Protesto, su señoría —dijo el fiscal—. El acusado no hizo ningún sacrificio para entrar en el club, digo... esteee...

—El acusado se remitirá a sus propias experiencias —interrumpió categóricamente el juez.

—Sólo intentaba pintarle la situación al distinguidísimo jurado —dijo el hombrecito, mirando a los doce ancianos de vaporosas barbas blancas.

Los miembros del jurado, sentados a un lado de la sala, eran idénticos entre sí.

—Acabo de darme cuenta —dijo una de las ancianas —que los hombres del jurado son iguales al juez.

—No —continuó el abogado—. El acusado no pasó ninguna penuria para llegar a ese lugar, como tampoco muchos otros —dijo mirando de reojo al fiscal—. Pero yo me pregunto, señores del jurado: ¿Por qué fue obligado a rebelarse? ¿No será porque se necesitaba de alguien a quien responsabilizar de todos los males? Yo digo que el acusado no sólo adquirió conciencia en un entorno perjudicial que le resultó insoportable, sino que se instrumentó deliberadamente para que esto así ocurriera.

—Protesto señor ju...

El fiscal se levantó con tal ímpetu que el salto lo llevó hasta el techo de la sala. Se pegó un tremendo golpe en la cabeza y cayó luego estrepitosamente al suelo.

Se incorporó, aún aturdido, y dijo con voz débil mientras se masajeaba la cabeza:

—Protesto señor juez. No juzgamos al universo entero. Nos limitamos a juzgar al acusado por sus crímenes y no a todo el...

—La fiscalía dejará de realizar acrobacias de ahora en más hasta el fin de este juicio —dijo severamente el juez—. Y se cuidará de realizarlas en ningún juicio posterior, al menos mientras este juez se encuentre en funciones —dijo el juez mirando la pluma blanca que caía lentamente hacia el suelo.

—Sí, señor juez. Por supuesto. Mis disculpas al señor juez y a esta honorable sala —dijo el fiscal mirando al piso con la cara enrojecida.

—Y ya que estamos tampoco volverá a abrir la boca.

—¡Pero! ¡Pero si yo soy el fiscal!

—No me interesa, cállese —replicó el juez y dirigiéndose al abogado dijo:— Prosiga pero vigile las implicancias de lo que dice. Le recuerdo que no estamos juzgando a todo el mundo, sólo a su defendido.

El abogado se arregló dignamente la corbata y respondió:

—Estamos considerando las circunstancias atenuantes y si este juicio no es una farsa, se examinarán todas las posibles causas por las que el acusado haya sido empujado a una vida delictuosa.

El juez, señalando al abogado con el martillo, dijo.

—La defensa cuidará su lenguaje o arderá por los siglos de los siglos.

—Le recuerdo al señor juez que no puede amenazar a la defensa con ningún tipo de castigo que limite los derechos del acusado. El reglamento de esta cámara de justicia claramente...

El abogado se detuvo al ver la sonrisa del juez.

—En el reglamento no encontrará nada que limite el libre accionar de este magistrado. Prosiga. Y le notifico que pasará un mes en el purgatorio por improcedencia verbal agravada. ¡Acusado! —gritó de pronto el juez, mirando al hombrecito—. ¿Qué está haciendo?

El hombrecito de traje rojo guardó algo muy pequeño en el bolsillo del saco y se sonrojó.

—Nada, nada, señor juez.

—¿Cómo que nada? ¿Le estaba arrancando las patas a esa mosca? No sé si se enteró, pero mientras usted juega, aquí lo estamos juzgando. Y si no le interesa sepa disimular un poco.

—No es eso su señoría... Lo que pasa es que no pude contenerme. No volverá a ocurrir.

—Así lo espero, y le recuerdo que no se permiten animales en esta corte.

El juez amagó hacer un comentario mirando al fiscal pero lo pensó mejor y se contuvo.

—Continúe, abogado —dijo.

—Es la intención de la defensa demostrar que el acusado fue impulsado a realizar y promover los actos más deplorables, obligado por fuerzas más poderosas que él y que, de no existir tales fuerzas, de seguro se hubiese comportado de una forma más civilizada.

El juez se levantó del sillón y exclamó:

—¡De no ser por esas fuerzas él no existiría, como así tampoco nadie en esta sala incluyendo el abogado defensor!

—Mi defendido es solo una víctima de su creador.

—¡Protesto señor juez! —dijo el fiscal.

—¡La fiscalía se callará hasta nuevo aviso! ¡No quiero volver a repetirlo!

El juez se sentó intrigado.

—Siga, siga, abogado, es interesante. Así que el creador del acusado tiene toda la culpa... —dijo con una sonrisa en los labios.

—Por supuesto señor juez. Eso es así aunque le cause gracia.

—Mida sus palabras, abogado.

—Por supuesto, señor juez, mis disculpas. Como todos saben —continuó imperturbable el abogado—, el creador de mi defendido tiene infinito poder y sabiduría.

—Eso es evidente abogado —dijo el juez mientras se recostaba en su sillón y entrelazaba las manos sobre la barriga.

—Posee el conocimiento de lo que pasó, pasa y pasará en todo el universo. Nada le es desconocido.

—Lo sabemos, lo sabemos —canturreó plácidamente el juez mirando hacia el techo.

—El futuro es para él un libro abierto. Es omnisciente en el más amplio sentido de la palabra.

—Por supuesto, por supuesto —dijo el juez, dudando si poner o no los pies sobre el escritorio.

—Bien —dijo el abogado y tomó una larga inspiración. Retuvo el aliento unos segundos y luego exclamó:

—¡Cuando él le dio vida a mi defendido sabía todo lo que este iba a hacer! No desconocía la infinita maldad que albergaba. ¡Es más, esa oscura y negra maldad no pudo provenir sino de la misma fuente creadora!

La cara del juez se puso rojinegra. Toda la sala estalló en un maremagnum de gritos encolerizados:

—¡Cómo se atreve!

—¡Mentiras! ¡Calumnias!

—¡Se merece que lo asen en el infierno!

—¡Descuartícenlo! ¡Descuartícenlo!

El juez se paró y mientras aporreaba el escritorio con el martillo gritaba sin éxito:

—¡Silencio! ¡Silencio o hago desalojar la sala!

Desde el fondo cuatro jóvenes comenzaron a corear alegremente:

—Al-hor-no. Al-hor-no.

—¡Es más! —gritó el abogado, intentando elevar su voz por sobre la avalancha de indignación—. Pudo haber detenido en cualquier momento los atroces crímenes del acusado pero no lo hizo. La apariencia de una lucha equilibrada entre el bien y el mal es sólo una puesta en escena.

—Destriiiipenlo, destriiiipenlo —gritó alguien desde la muchedumbre.

El abogado esquivó una sandalia arrojada por el fiscal y continuó:

—Es tan culpable como mi defendido. Incluso es más culpable, ya que creó, alimentó y luego desencadenó a la bestia. Porque, si el acusado es el autor material de sus crímenes, su creador es el autor intelectual.

—¡Los ojos! ¡Los ojos! ¡Arránquenle los ojos!

La turba enardecida comenzó a perseguir al abogado por la sala. Dos espectadores tironeaban de los brazos del hombrecito del traje rojo.

—¡Una horca! —gritaba uno.

—¡Una pira! —contestaba el otro.

El hombrecito, mirando al juez con una sonrisa malévola, dijo:

—Perdónalos padre, no saben lo que hacen.

—¡Guardias! ¡Guardias! ¡Desalojen la sala! —exclamó el magistrado.

Una treintena de altos, rubios y musculosos guardias entraron en la sala y comenzaron a distribuir bastonazos a diestra y siniestra.

—¡Fuera! ¡Fuera! ¡Todos afuera! —gritaban.

Un fornido guardia se acercó a las ancianas y les dijo:


Ilustración: Fraga

—¡Vamos señoras! ¡Circulando, circulando!

Las dos viejitas fueron empujadas junto con los otros espectadores fuera de la sala.

—¡Esto es un escándalo! —dijo una de ellas.

—¡Voy a mandarle una queja al juez! —dijo la otra.

Se alejaron unos metros de la puerta de la sala, por donde salía la muchedumbre como si fuese pasta dentífrica.

—¿Estás bien?

—Sí. ¿Y vos?

—Sí, sólo tengo algunos raspones.

—Es increíble. Nunca pensé que pudiera pasar algo así.

—La verdad es que yo tampoco.

—¡No sé como el juez permite que sucedan estas cosas!

—¿Cómo? ¿No lo viste? El juez estaba sonriendo.

—¿Sonriendo? —preguntó la otra anciana con los ojos grandes como platos.

—Si. Gritaba iracundo pero no podía evitar esbozar una pequeña sonrisa.

—¿Y por qué sonreía?

—No se lo digas a nadie, pero en el fondo me da un poco de lástima. Debe aburrirse mucho. Supongo que por eso organizó estos juicios, aunque seguro que para él todo esto es como mirar una película vieja. Ya no le quedan misterios.

—Ahhh, claro. Se aburre, el pobrecito.


Diego Adrián Escarlón nació el 3 de enero de 1971 en Argentina y vive en Buenos Aires. Ha participado en Axxón ejerciendo varios roles distintos: un portfolio de arte (#109), publicando los cuentos "Nanos" (#108), "Las mujeres" (#122) y "Astroastrología" (#154), además de minicuentos en la sección Andernow y en la primera entrega de Ficción Breve (#146).


Axxón 157 - diciembre de 2005
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Religión: Argentina: Argentino).

            

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