UNOS LABIOS DE FRUTILLA

Bárbara Din

Argentina

"Unos labios de frutilla. Sí, eso me puede. Sin barba ni bigotes que los oculten. Una boca pequeña, pero pulposa, coloreada de tentación. Ojitos achinados, no importa el color mientras miren con picardía. Incluso una pequeña prominencia en el párpado inferior, justo donde terminan las pestañas, les agregaría vivacidad; como de alguien que ríe mucho. Antebrazos con venas que afloren fácilmente, tangibles hasta con el más leve roce, para saber en todo momento que por ese cuerpo está corriendo sangre. El resto no me preocupa mucho, me gustan las sorpresas y la variedad."


La mañana se hizo presente con un agudo haz de luz incrustado justo en su ojo derecho, colándose cuidadosamente entre las hendijas de la persiana de enrollar, con una determinación casi obsesiva de no ser ignorada.

—Mmhhñnhh... ¿Ya son las nueve? —dijo Andrea luego de abrir el ojo herido de sol y observar el reloj despertador.

—Son las nueve horas, siete minutos —contestó una voz desde ningún lado y todos a la vez—. Si le pone un poco de pila, es probable que llegue sin inconvenientes. Eso sí, voy a tener que servir su café un par de dedos más corto. Unos sorbos de menos pueden hacer la diferencia entre llegar a tiempo y llegar tarde.

—Bla, bla —protestó Andrea, mientras se arrojaba de la cama hacia el cajón de las medias con un salto poco atlético pero bien calculado.

Se vistió y acicaló lo más pronto que pudo, manteniendo cierta parsimonia para evitar cometer torpezas que la retrasaran. Bebió su café —un par de dedos más corto— y salió del departamento, pescando elegantemente saco y cartera a su paso.

Entró al ascensor, mencionó su destino y esperó, mientras confirmaba su apariencia en el espejo. Al abrirse las puertas miró hacia el suelo para evitar incrustar accidentalmente un taco en el riel. Luego de dar un paso, volvió la vista hacia la línea de horizonte. Pero en vez de encontrarse con la pared del pasillo, toda ella —y no sólo su mirada— se topó con unos ojitos achinados coronando una pulposa y finamente humedecida boca de frutilla. El otro taco sí cometió la torpeza de trabarse contra el riel de las puertas, haciendo trastabillar a Andrea hacia el hombre adosado a las facciones de sus sueños. Él la sostuvo, ahorrándole el papelón, pero provocando un repentino fuego que incendió sus mejillas. Miró el piso mientras salía, ya sin esperanzas de que esto la ayudara a evitar un esguince de tobillo, aunque deseosa de obviar la vergüenza de la situación. Él entró en el ascensor, sin dejar de mirarla, ni de sonreír. Ella no pudo evitar, pese a todos sus esfuerzos, virar levemente su cabeza para espiarlo por un instante antes de que las puertas se cerraran.


La presentación ante los directivos salió bien, aunque tuvo muy claro que hubo un marcado desfasaje entre su discurso y sus pensamientos. Por una vez agradeció haber estudiado las líneas al detalle hasta memorizarlas casi mecánicamente. Continuó su jornada sin saber muy bien por qué la trascendencia de la presentación —y sus potenciales resultados— comenzaban a palidecer dentro de sí. Tuvo que hacer un esfuerzo extra para responder las incesantes preguntas de sus colegas sobre cómo le había ido.


Llegó a casa agotada, con el antojo de comer algo mediterráneo, no muy pesado. Tal vez una ensalada Caprese. Arrojó el saco y la cartera sobre la silla de donde los había tomado esta mañana.

—Hola, Selva. ¿Hay tomates?

—Hola, Andrea. Sí, hay 326 gramos de tomates.

—"Un par" de tomates, Selva. Detesto tu precisión numérica, suficiente tengo en la oficina. También podés decir simplemente "hay tomates". Así me dejás un poco de misterio, ¡algo que descubrir!

—Okey, Andrea, no hay problema.

—¿Por qué te costará tanto aprender a hablar como una persona?

—Hoy le dije "un par de dedos" de café, entre otras cosas. Vengo incorporando muchos de los términos y expresiones que me ha ordenado usar.

—Bah, tenés razón.

Andrea se descalzó y fue a buscar por sí misma una música tranquila y rítmica para escuchar mientras cocinaba. Si dependía de que Selva interpretara las vagas directivas que estaba dispuesta a dar en ese momento, tardaría más que la cena misma. Gozó con sus pies la mullida alfombra, presionando las fibras con los dedos para absorber más confort. Luego de hacer su elección, ordenó la reproducción del álbum y fue a la cocina para prepararse la cena.

A la sorpresa le siguió un pequeño concierto de cacerolas bailando sobre el piso, gracias al atolondrado intento de no caer. Luego de evitar exitosamente que la ensaladera le cayera sobre un pie, Andrea se restregó los ojos. Al abrirlos, se convenció de que no había sido una alucinación. Labios de frutilla estaba ahí, picando albahaca y cortando mozzarella.

Le llevó unos instantes entender. Cuando cayó en la cuenta de lo que estaba pasando, logró cerrar su boca enmudecida por la sorpresa. Decidió dejarse llevar, probar. Esta era una oportunidad única, impensable, ¿qué tenía que perder?


Su personalidad era tan compleja que conseguía abrumarla, provocándole un mareo intrigante. La cena, deliciosa. La música, acertada. La velada, perfecta; o lo más parecido a la perfección que la realidad pudiera permitir.


Bárbara Din

La seducción fue invadiendo el espacio de manera inocente, aniñada. Pura, pero enérgica. Risueña, cosquilleante. Los primeros acercamientos, huidizos y persistentes al mismo tiempo, revelaron las venas en sus brazos. Ríos contenidos de vibraciones íntimas, secretas pero expuestas, desnudas. Una mano sobre la otra, yema con yema, descendía el tempo adrede, extendiendo la incertidumbre de la degustación del otro, mientras las miradas acercaban sus caras con una tracción imposible de frenar, ayudadas por la alquimia del aliento arremolinado entre ambos, cada vez más presionado, sin escapatoria. Unos labios de frutilla, empapados de frescura irresistible, se posaron minuciosamente sobre los suyos, buscando el milímetro exacto en donde doblegar su autocontrol.

Sombras y luces naciendo, muriendo entre ráfagas de piel. Aura tempestuosa, alucinada de ardor, inundando el aire hasta volverlo tangible. Miles de estrellas precipitadas en un cóctel de adrenalina y relax.


Volvió la mañana, menos hiriente pero muy real. Él ya no estaba. La idea de la rutina le pesó repentinamente como una implosión en el pecho. Su día transcurrió fantasmagórico y vago. Su interior, en cambio, era un carrusel furioso.

Cuando llegó al departamento, decidió hacerlo rápido, poniendo fuerza en no darle una oportunidad al arrepentimiento.

—Selva, cancelá mi participación en el programa Ser Virtual.

—¿Está segura de que desea cancelar? Esta acción no se puede deshacer.

—¡Pero sí! Si no lo hago, nunca voy a poder estar con un tipo real.

—¿Real...?

—Sí, real, ¡de carne y hueso! Si con una descripción tan simple como la que escribí crearon un hombre como éste, ¿cómo voy a soportar a cualquiera que no sea tan perfecto?

—...

Andrea se recostó sobre la chaise longue del living, intentando despejar los infinitos intríngulis que esta experiencia le había generado. Suavemente, el mundo se fue haciendo más etéreo, más lejano, más silente. Cerró los ojos. Su mente se aquietó al fin.


Santiago llegó a casa ansioso por seguir explorando su juguete nuevo. La noche anterior había resultado más que prometedora. ¡Qué gran comienzo! Tiró todo por ahí sin poder contener su sonrisa entusiasta. Luego de recorrer brevemente su entorno con la vista, notó que algo no andaba bien. Alarmado, buscó a paso apresurado por todos los ambientes.

—Selva, ¿y Andrea?

—Andrea canceló su participación en el programa experimental Ser Virtual.

—¿Eh? No entiendo. ¿Cómo pudo decidir eso si te ordené específicamente no decirle que es virtual?

—No se lo dije: creyó que era a usted al que desactivaría. De todos modos, le advertí que era irreversible.


Bárbara Din nació en la ciudad de Buenos Aires el 10 de febrero de 1976 (con otro apellido, pero ella insiste en que uno debe tener derecho a crear su propia identidad). Desde muy pequeña se apasionó con el arte en todas sus facetas. Se dedicó a la música hasta que hace unos años problemas de salud le impidieron seguir cantando. Es diseñadora gráfica y artesana. Recientemente concluyó exitosamente sus estudios de Diseño de Interiores. En el mundo de la gráfica digital se dedica principalmente al arte fractal y a crear productos gráficos para artistas. Siempre le gustó escribir, a pesar de ser muy poco lectora. Su época más prolífica fue de niña y adolescente, aunque nunca pasó de ser un hobby. Hace muy poco se renovó su motivación gracias a amigos escritores, muchos de ellos publicados en Axxón, quienes la alentaron a sacarse el miedo. Les presentamos, entonces, a Bárbara Din en su faceta de escritora, entre otras cosas para poner un poco de justicia y reestablecer la simetría.


Axxón 157 - diciembre de 2005
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Realidad Virtual: Argentina: Argentino).

            

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