ESPECIAL CUENTOS
"MI PROPIA MUERTE" (3)

Vamos a cerrar un año que ha sido fecundo en cantidad y calidad de cuentos publicados con el tercer especial de MI PROPIA MUERTE. Es bastante natural, ya que mórbida ha sido la consigna, que celebremos un rito de muerte al final, tal vez para propiciar, en enero, un renacimiento. O sea: tomémoslo como un sacrificio, como una ofrenda. Lean, pues, estos siete relatos que se basan en la descripción de la propia muerte, siete enfoques distintos y no siempre explícitos del Gran Tránsito, ese inevitable paso que los escritores solemos enfrentar armados con nuestras ficciones, vanamente esperanzados en crear la fabulosa configuración que nos permita convertir lo inevitable en la Gran Burla.

Una vez más hemos mezclado escritores con experiencia y desconocidos para los lectores de Axxón apostando, como siempre, a la renovación que nos permite ganar ópticas y enfoques originales. Las presentaciones.

Hernán Domínguez Nimo: En el caso de Hernán Domínguez Nimo tenemos una ventaja: podemos dejar que sus ficciones hablen por él. Lean, por favor, "No, gracias" (141), "En punto" (143), "Cambio" (158), "Hasta la siguiente" (150), "El guasón" (156) y manténganse atentos porque pronto habrá más Hernán por aquí y por allá...

Eduardo M. Laens Aguiar: Eduardo M. Laens Aguiar nació el 20 de enero de 1979 en Montevideo, Uruguay, y vive en Argentina desde 1985. Casado y sin hijos, esta recibido en Marketing. Dice que escribe desde hace un año, por puro ejercicio, para descontracturarse, pero con aspiraciones mayores. En noviembre de este año se ha incorporado al Taller 7 y demuestra una grado de participación y fecundidad que nos permite estar seguros de que lo volveremos a tener muy pronto entre nosotros...

Jorge Antares: nació en la Década prodigiosa. Francotirador confeso y visceral sobre cualquier tema que merezca sacarle punta y darle una vuelta de tuerca, en la actualidad compagina la escritura de cuentos y guiones —a partir de los cuales ya se han rodado varios cortometrajes— con su trabajo en una empresa de telecomunicaciones. Ha ganado varios premios con sus relatos y ha quedado finalista del Premio Espiral 2003.

Chelo Torres: nació y vive en un pequeño pueblo de Alicante, España. Es docente y da clases en un instituto. Le encanta la literatura, sobre todo la fantástica, y está haciendo sus primeras armas en este complicado asunto de expresar ideas y sentimientos mediante ficciones. Sus experiencias consisten en haber hecho un taller con León Arsenal, tras lo cual registra una activa participación en el Taller 7.

Martín Casatti: es ya un "viejo" conocido, por lo que apenas repetiremos que nació en Córdoba en 1973, vive en Unquillo, es estudiante de Ingeniería en Sistemas de Información y lector compulsivo de Ciencia Ficción. Lo apasiona escribir, sobre todo historias cortas con giros inesperados en los finales e interpretaciones alternativas de hechos históricos. Sus autores favoritos son Philip K. Dick, Isaac Asimov, Robert A. Heinlein y Jack Vance.

Meissa Hussein: nació en Valencia, Venezuela, en 1962. Es terapeuta en medicina tradicional china y sanación cuántica, aunque hace ya tres años que cerró su consulta, al quedar embarazada. Le interesan la literatura, los temas sociales y políticos, la poesía, el cine de autor, restaurar muebles antiguos, la pintura sobre madera, la cocina y la fotografía documental, entre muchas otras cosas. También siente una morbosa fascinación por leer obituarios y notas de duelo, lo que queda plasmado en la falta de inhibiciones con que encaró nuestro tema.

Alfredo Álamo: Con Alfredo nos ocurre algo parecido a lo que ya observamos al hablar de Hernán. Por lo tanto usaré una sola palabra: simplifiquemos. "De nuevo, el principio" (133), "Dios del ácido" e "In vino Veritas" (135), "Átomo Jack y el mercader de sueños" (138), "Deseos" (143), "Vuelta al hogar" (145), "Vivir del cuento" (148), "Cassandra y el arquitecto" (152) y "El libro de cocina de los muertos" (156).


Ilustración de Fernus

FINAL INCIERTO

Hernán Domínguez Nimo - Argentina


Percibo el movimiento a mi alrededor pero no puedo precisar en qué momento. Recién cuando habla, cuando su voz detiene mi lapicera, me doy cuenta de que se ha sentado frente a mí.

—¿Por qué escribe? —dice.

Y no es la pregunta lo que me succiona como el vórtice de un tornado, alejándome del cuaderno. Es la vehemencia, la imperiosa necesidad que trasmite esa voz.

—No puedo evitarlo —digo.

Tantas veces me han hecho esta pregunta que, a pesar de percibir la necesidad de una verdadera respuesta repito de memoria la que yo mismo acabé creyendo de tanto repetir, sin siquiera dirigirle una mirada.

—Eso no es cierto —dice ella.

La acusación es una cachetada que por fin me hace reaccionar.

La miro.

Es una joven hermosa, de pelo negro y sedoso, rastros de sangre indígena, imagino. Pero es una belleza sufrida, de la que ella no está pendiente. Un semblante de preocupación. No hay rastros de maquillaje, ni siquiera lápiz en los labios resecos. Por la piel curtida no han pasado cremas. Es el rostro de una mujer sin tiempo para nimiedades. Una mujer que sobrevive.

He visto muchas veces caras como ésta, todas con la misma mirada intensa. En las mujeres de la Villa 31 por ejemplo. Adivino que debe ser mucho más joven de lo que parece. Que el sufrimiento ha dibujado líneas que los años aún están imaginando.

Lo que sorprende, lo que dilata mi respuesta, es la belleza que aún conserva a pesar del gesto fiero que deforma la cara, el de alguien listo para pelear a la menor provocación.

—Tiene razón. Es una respuesta mecánica. Lo que sucede es que hace mucho que no pienso en ello.

La mujer se relaja, apenas.

Alberto, el único mozo del bar, se acerca como un buitre que ha olido la muerte.

—¿Qué se va a servir, la señorita? —pregunta mientras limpia con un trapo de color indefinido su lado de la mesa. Luego se cuelga el trapo de la manga izquierda, en posición de guardia.

—Nada, gracias —dice ella sin mirarlo.

Alberto me mira, casi ofendido y (como en mis ojos hay un encogimiento de hombros) se va, desilusionado. Era la novedad lo que lo había atraído, más que la posibilidad de atender a un cliente.

Miro a la mujer, que aún espera una respuesta, como si la aparición de Alberto no hubiera sido más que el fantasma de una mosca.

En cierto modo me molesta la situación, me aburre. Me siento como si estuviera dentro de un tópico, el clásico cuento del escritor que escribe sobre sí mismo para justificarse. Todos los escritores, más tarde o más temprano, terminan usándose como protagonistas de un cuento. Casi como si no pudieran evitar la atracción del escenario.

Y si hay algo que odio son los tópicos.

—Quizá sea la parte de la realidad que yo percibo... —empiezo sin saber bien adónde voy; la mirada se endurece del otro lado e intento justificar más lo que dije—: Quizá cuento las cosas en las que más me fijo, como una embarazada no puede dejar de ver mujeres embarazadas o bebés a su alrededor...

—¿Acaso la gente que lo frecuenta muere constantemente a su alrededor? —me interrumpe—. Si este fuera un cuento suyo, esa mujer que está cruzando la calle con un cochecito de bebé —señala por la ventana— sería atropellada por un auto. Quizás el auto acabaría con la vida del bebé y con el alma de la mujer. O la mataría a ella y lo dejaría a él con interrogantes de por vida. O mataría a ambos y el conductor terminaría en una alocada carrera suicida, perseguido por su conciencia, que lo lanzaría con auto y todo desde la cima de un acantilado.

A pesar de las cejas arrugadas y la pasión de aquella voz tan seria no puedo evitar una pequeña sonrisa.

—¿Le parece gracioso? —Hay reproche en su pregunta.

—No, no. Lo que pasa es que reconozco que esa descripción me retrata bastante bien desde la temática.

—Entonces dígame, por favor, necesito saberlo.

Me quedo mirándola, pensando. ¿Por qué escribo? Siempre me gustó hacerlo. No por lo que viene después (publicación, lectores) sino por la satisfacción de la escritura. ¿Pero por qué me gusta tanto el "acto"? ¿Qué tiene de atractivo?

—Quizá escribo para escaparme... —intento convencerme antes de convencerla a ella—. Mucha gente lee para escaparse. Yo escribo y elijo dónde escapar.

—No. No creo que sea así —vuelve a interrumpirme y esta actitud de tener todas las respuestas empieza a irritarme un poco. —Por la misma razón que le dije antes: nadie desearía escaparse a mundos peores que el que frecuenta. Mírelos, en su mente. Todos sus mundos están cercados por la muerte más cruenta e impiadosa. Nadie escapa a su destino en sus cuentos. Y el destino siempre es negro. Su mundo, éste en el que estamos ahora, no es perfecto. Pero es de lejos mucho más bello, menos terrorífico que el de cualquiera de sus cuentos. Así que deje de mentirme. —Hay algo de violencia en su voz ahora. —Y dígame de una vez, ¿por qué escribe? ¿Por qué sigue haciéndolo si no está creando un mundo mejor?

De repente esta conversación deja de parecerme graciosa. Quizá porque la mujer me está echando en cara cosas en las que ni yo he pensado y que, de algún modo (de cualquier forma que las mire) son ciertas. Cosas que no hablan bien de mí.

O quizá sea porque algo en su postura hace aparecer en mi mente (sobre todo por la forma en que se estira y se empecina en mantener los dos brazos debajo de la mesa, como si ocultara algo) la idea ridícula (esas cosas solo pasan en mis cuentos) de que tiene un arma allá abajo. Un cuchillo. O una pistola, apuntándome al estómago.

Reprimo el impulso de agacharme para espiar debajo de la gran tabla de madera (esas cosas suelen detonar la acción en mis cuentos). En lugar de eso, giro mi cabeza buscando a Alberto, esperando que me vea, que detecte la alarma en mis ojos y venga a sacarme de encima a la pesada que entró, no para consumir, sino para pedir (y es verdad, que no deja de pedir y pedir respuestas).

Pero Alberto está en la otra punta del bar, el trapo colgado del bolsillo en posición de descanso, asesorando a los viejos del rincón en la partida de dominó.

El bocinazo de un colectivo me sobresalta y me enfrenta otra vez a la mirada acusadora de la mujer.

—¿Y bien?

—No lo sé... —me doy cuenta que no sé ni su nombre, menos aún quién es—, señorita. No lo sé.

Me asalta una súbita e imperiosa necesidad de salir de allí, la silla me aprieta demasiado contra la mesa, el saco me asfixia.

—Nadie se va hasta que me conteste.

Y esta vez la amenaza es evidente, no sólo en el tono.

—Yo... yo... quizá sea porque para mí este mundo es terrible... supongo que porque sólo veo lo terrible en cada cosa, no puedo evitarlo... —Ella frunce las cejas ante la frase, pero sigo sin hacer caso de la protesta muda. —Y necesito saber que no es el único mundo posible. Necesito saber que hay otros mundos aparte de éste. Lo sé cuando leo, pero sobre todo cuando escribo, porque es entonces cuando más reales se vuelven.

—¿Pero por qué, si necesita otros mundos, tienen que ser tan horribles, tan llenos de sufrimiento? ¿Le divierte jugar con la gente de esos mundos, verlos padecer, verlos morir? ¿No sería mejor crear mundos hermosos, donde vivir valiera la pena? —Podría jurar que hay ¿esperanza? en sus ojos perdidos. —¿Mundos que sirvieran de inspiración para éste?

—Quizás ese sea un camino. No lo sé. Creo que, a pesar de todo, de todos esos mundos, el único que realmente importa es éste. Y cuando imagino todas las alternativas terribles, las proyecto hacia esos otros mundos porque... porque supongo que así evito que ocurran en éste, ayudo a que la gente las evite. Quizá mis cuentos sean eso: advertencias.

Suspiro, extenuado por el esfuerzo mental. Miro a la joven, que guarda un extraño silencio. ¿Es mi imaginación o su cuerpo está temblando? ¿Son sus pies los que repiquetean en las tablas del piso?

—Pero no es verdad, ¿sabe?

—¿Qué? —De repente empiezo a dudar de su cordura. No soporto mirarla y mis ojos huyen, se refugian en el objeto más familiar: mi cuaderno de notas.

—Que los demás mundos no importen...

Un velo se corre y me deja por fin ver lo que ocurre.

En este punto aparto mis ojos del cuaderno y los fijo en la mujer, intentando descubrir en los suyos qué tipo de final me está aguardando, saber, en definitiva, si este es un cuento acerca de mi mundo o del de ella.


¿MALDAD?

Eduardo Laens - Uruguay


"En el mundo actual flota la presunción enteramente gratuita de que hay que luchar para hacerse perverso, que el bien nos esta dado y que el mal es fabricado (...) El mundo actual imagina que el malvado, el perverso, el criminal son una especie de excepciones, mas aun, una especie de monstruos, mas aun, una especie de enfermos; y que la gente de por si es buena, y para ser bueno no es necesario esforzarse... Y la verdad, es todo lo contrario; que para ser malvado no se necesita sino haber nacido y para salirse de la maldad hay que arrancarse de la maldad ambiente y después arrancarla del propio corazón."

Padre Leonardo Castellani


Es imposible no sopesar las oportunidades que se nos abren a cada paso de nuestras vidas. Bien dicen que uno es dueño de sus actos y el libre albedrío no es sino la palpable muestra de que los límites son siempre autoimpuestos. Ya desde pequeño me di cuenta de esto.


—La sombra me mira desde su rincón, atenta.


Mi padre, ferviente evangélico pentecostal me prohibía todo tipo de juguetes, así que me escapaba a la vuelta de casa, donde las calles aun eran de tierra con zanjones que delimitaban las veredas, a cazar lagartijas o sapos. ¿Qué me impedía atravesarles alambres por la boca hasta la cola y jugar por horas a los dinosaurios? Nada. Y fui feliz, no me quejo de mi infancia.

Crecí a sabiendas de las barreras que la gente tenía en sus cotidianas rutinas. Mirar, pero no tocar. Pensar, pero no decir. Porque lo que importa es cómo nos ven los demás. Y la verdad suprema: No importa lo que piensen de vos, sino lo que opinen. Tremendas estupideces que solo opacan la vida de la gente. Esos cercos son los que hacen el caldo gordo a los analistas, terapeutas o curanderos.


—Le trato de explicar, a alguien le voy a dejar mis enseñanzas.


En la secundaria siempre me rodeé de aquellos que no eran justamente ejemplos de conducta, pero sin descuidar los estudios. Siempre estudiaba para diez, pero cometía errores forzados para aprobar siempre por el mínimo posible. Aprendí lo fácil que es prometer y no cumplir, y lo útil que es desarrollar como capacidad el ser creíble con las excusas.

Porque por sobre todas las cosas, lo importante es ser feliz. Esa es la finalidad de nuestra existencia. Ser felices. Y la felicidad esta en darse pequeños gustos, justamente esos que a menudo nos reprimimos. Y no hablo de trivialidades como romper una dieta. Enarbolamos las banderas de las virtudes para condenar acciones que, objetivamente vistas, son en absoluto naturales. Sentimientos como envidia, pereza, codicia, odio, lujuria, ¿no son humanos?


—Se mueve inquieta, ¡Me entiende!


Marcó mi vida adulta la poligamia, o mejor dicho, la no-monogamia. La única vez que pisé una iglesia fue porque mi esposa quiso vestirse de blanco. Gracias a pequeñas traiciones pude afianzarme en un buen trabajo. ¿El saldo? Algún ex amigo con los ojos hundidos en lágrimas, nada más. Y a pura fuerza, tanto física como verbal, me forjé un respeto.

Jamás pasé penurias. Aprendí de los estoicos: Lo que puedo cambiar, lo cambio, lo que no, no me preocupa. Siempre pienso en positivo, el mundo gira a mi alrededor, porque yo deseo que así sea. Soy lo que quise ser, me construí, según mis designios.


Es bueno tener a alguien que te escuche, sin importar quién o qué sea.


Odio este hospital, estar postrado te da demasiado tiempo para pensar. Esta puta enfermedad me ganó. Uno en un billón, irónico ¿no? Mis enemigos dicen que fue el dedo de Dios y no tengo amigos que los rebatan. Ni siquiera hablar puedo, solo pensar. Y la enfermera de guardia me vigila a toda hora con esa cara de idiota.


Acaba de entrar mi esposa. Hablan y la enfermera se va. La sombra se mueve hasta superponerse con la figura de mi mujer. Deja la cartera a los pies de mi cama. Es raro que me venga a visitar. ¿Para qué me saca la almohada? ¡Me quiere asfixiar! Siento como presiona, los párpados se me tiñen de sombras multicolores. El cuerpo ya no me duele.



Ilustración de Fraga

CUANDO TE DICEN ADIÓS, YO DIGO HOLA

Jorge Antares - España


Parece que al final va a ser hoy. Un buen día, una bella tarde, un tranquilo anochecer. Estoy preparado, lo mismo que lo he estado durante los últimos 80 años. Es la ventaja de volver a nacer a los 21 sin nada que perder, con todo por ganar, con hambre de paladear cada momento como si fuera el último, viviendo desde entonces día a día como si no tuviera nada, aunque lo tuviera todo.

He visto muchas cosas. Buenas y malas, y de todas saqué una enseñanza, pues descubrí que nunca dejas de aprender si realmente estás vivo. El ser humano es muy predecible y, a la vez, muy sorprendente. He visto cómo las grandes corporaciones se quedaban con las casas de medio mundo subiendo artificialmente los intereses y acallando las voces discordantes, nombrando los miedos al diablo de la precariedad. He celebrado los movimientos okupas que tomaban esas casas expropiadas y deshabitadas, defendiéndolas hasta el aliento final numantinamente y dando ejemplo para que todos hiciéramos lo mismo. He visto cómo moría el pueblo del continente africano en un vergonzoso holocausto consentido a causa de misteriosas enfermedades incurables, para recolonizarlo con amerieuropeos con afanes especulativos. He visto cómo la gente se esconde diariamente en sus templos de realidad virtual, donde tienen una vida más rica que la real y la vida real es solo un sueño que les proporciona dinero para comprar más megajuegos y metaamigos para su particular isla del placer. He vivido la caída de un par de imperios a causa de los vientos que provocaron y que se convirtieron en tempestades que les barrieron, y también el despertar de colosos que nunca estuvieron dormidos. He contemplado en directo cómo subían los mares un par de metros a causa del deshielo polar provocado por el efecto invernadero, y las posteriores guerras de territorio entre costeros y novo costeros. He sufrido el escándalo de los alimentos adictivos que nos provocaban el síndrome de abstinencia si no consumíamos una determinada marca. He visto el nacimiento de nuevos movimientos sociales basados en la solidaridad verdadera y no en la caridad prepotente dirigida por corporaciones pseudoreligiosas. He contemplado con gozo infantil como los nuevos Robin Hoods de la era digital robaban el conocimiento a los ricos y lo regalaban a los pobres. He visto cómo eclosionaban los vertederos atómicos de la antigua Rusia y como se creaban nuevos telones de acero para impedir la salida de los afectados por la contaminación radioactiva. He visto el auge de increíbles modas como el móvil insertado quirúrgicamente a bebés para su localización, la hibernación autista, los restaurantes de carne de especies resucitadas por clonación como las ballenas y el dodo, implantes de piel de muertos famosos, y, otras más que me hacen dudar de una evolución sana... Pero también he visto como la gente decía basta y como nuevos Espartacos se dirigían a sus gobiernos a pedir cuentas y las riendas de su destino. Me he sentido orgulloso en esos momentos.

Y cada noche desde hace 80 años duermo tranquilo porque he hecho lo que tenía que hacer ese día, por no haber perdido la mirada de asombro de niño ante las cosas y por llevar la contraria a una regla no escrita de domesticación social con la edad. He luchado contra molinos que al final eran gigantes, plantando semillas de rebelión en terrenos imposibles y consiguiendo frutos contra todo pronóstico, insuflando esperanza en contra del sentido común y escondiendo el tesoro de la revolución tras una fachada de gris respetabilidad y falso conformismo. He olvidado dioses falsos de los que los míseros tienen patente de corso, riéndome de los reyes cuyo poder se deshace con una sonrisa. He ganado terreno poco a poco al infinito desierto de la alienación, haciendo más grande el oasis de la plenitud, invitando a otros a disfrutarlo, enseñando a todos a crearlo. He luchado cada día para verme tal y como soy, y no como creo ser tras un cristal idealizado, leyendo y enriqueciéndome con cada palabra y pensamiento que caía en mi mano, aprendiendo a querer a los demás a pesar del peso de la razón. He descubierto el poder de la generosidad, el que realmente nos hace grandes, y también el poder de la palabra, capaz de resucitar como Fénix el ánimo derrotado con sólo una estrofa. Así abandono este lugar, como siempre había querido, dejando unas palabras que no dicen adiós, sino que dicen hola...

Solo hay una cosa que me hubiera gustado hacer: Vivir un poco más y ver otro buen día, una bella tarde, un tranquilo anochecer...


FINAL A LA CARTA

Chelo Torres - España


Este será mi último trabajo. No veré cuan mediocre pueda llegar a ser, pues no estaré para comprobarlo.

Toda mi vida se ha basado en continuos desengaños, siempre poniendo la esperanza en asuntos infructuosos. ¡Cuantas situaciones teñidas de desesperación! Pero se acabó. No puedo seguir soportando esta vida insustancial, este sufrimiento que día a día se apodera de mí, esta desmotivación por vivir. Sólo me queda encontrar la mejor forma para finalizarla y reunir el valor para llevarla a cabo.

Los motivos están bien claros; sólo soy una hoja seca arrastrada por el viento, que ya no sirve ni para ser una más de las que da sombra en el árbol, que no posee la frescura ni la belleza de un joven brote.

Puesto que he dejado de ser importante para alguien, nadie lamentará mi suerte. Para mis familiares sólo seré un problema menos de su lista, dado que no tendrán que extenderse en posibles explicaciones sobre los sinsabores de mi vida.

Cuando pienso en cómo discurre mi existencia, una fuerte presión se adueña de la boca de mi estómago, luego sube lentamente recreándose en la posesión de mi cuerpo, alcanza mis pulmones y los presiona, dejándome sin aire. Es como si un poderoso espíritu maligno me poseyera y disfrutase con mi sufrimiento, exprimiendo cualquier ápice de esperanza.

¿De qué me sirven ahora todos aquellos momentos de los que creí disfrutar? Todos aquellos sueños que creí que se realizarían. Todo aquel amor que esperaba conseguir.

Los buenos momentos quedaron en el olvido, los sueños se desvanecieron y el amor se convirtió en soledad.

Día tras día he intentado olvidar mis dudas, mis complejos, mis excentricidades, pero una y otra vez se vuelven contra mí. Mis fuerzas desaparecen con el desengaño.

El sol estaba bastante alto en el cielo cuando desperté; una vez arreglada, presa de mi determinación, me dirigí al vehículo y marché en busca de la oficina más cercana, que según había descubierto mientras desayunaba, estaba a dos manzanas de allí. Me salió al encuentro una chica joven con una amplia sonrisa.

—Buenos días, señora, aquí estamos a su servicio. ¿Quiere ver nuestras opciones?

—Buenos días —contesté—, si es usted tan amable.

—Entonces pase a esta sala y empezaremos el recorrido —comentó la joven—. Tendrá que rellenar este formulario, firmar su consentimiento. Aquí firmará para ser donante de órganos. Y aquí, por favor, los datos de su tarjeta de crédito.

Desde luego estaba claro: el motivo de mi desesperación era un claro negocio para ellos. Entré en una sala virtual, con un gran sillón dispuesto con todo tipo de comodidades. La chica me extendió un casco que yo tomé sin demora y adecué a mi cabeza. Luego me puso unos guantes negros de los que colgaban multitud de cables; durante los minutos que duró la preparación, mi corazón galopaba salvaje. La joven me dio unos consejos de uso y desapareció. La pantalla se conectó y una imagen apareció en mi cerebro. Empecé a relajarme. En la primera pantalla podía escoger entre una muerte por enfermedad o un asesinato. Ninguna de las dos me seducía. Si era por enfermedad, implicaba dolores que no estaba dispuesta a experimentar, al tiempo que tardaría más en llegar al final. Un deceso por asesinato implicaba que alguien tenía que odiarme mucho para realizar el acto. Opción que también descarté, a la gente le era más bien indiferente y patética, no creía que nadie me odiase tanto. Pasé a la siguiente pantalla. Esta vez podía optar entre un accidente de coche o un disparo. Lo del disparo no me convenció, demasiada sangre esparcida. Si me arrepentía, alguien podría llevarme al hospital y tratar de salvarme. También lo descarté. Pasé al accidente de coche y sentí la tentación de probar. Presioné el dedo índice y me encontré conduciendo un descapotable rojo, los cabellos al viento. Me gustó la sensación de conducir a gran velocidad, me sentía libre, sin complejos ni ataduras. Detrás de la curva apareció un precipicio, rápidamente frené, el coche empezó a dar vueltas en círculo y fue a estrellarse contra un árbol en el lado opuesto. Me dolían todos los huesos pero milagrosamente había logrado sobrevivir. Mi subconsciente, de nuevo, me jugaba una mala pasada, se negaba a abandonar este maldito mundo.

Volví a la pantalla de selección. Esta vez, me daba la opción de cortarme las venas en la bañera o un ataque al corazón presa de un arrebato sexual. Lo del arrebato me pareció mala publicidad y lo de la sangre en la bañera un tanto macabro. Decidí seguir con una nueva pantalla. Las opciones eran: caída libre desde un quinto piso o un naufragio. Lo del naufragio me pareció agobiante, morir ahogado podía implicar mucho sufrimiento. Dado que se acababan las opciones me decidí por el descenso en picado. Volví a presionar mi dedo índice. Esta vez notaba un vuelo de mariposas en el estómago.

Ante mi se abre un balcón en plena noche. Las luces emiten tintineantes destellos. Una música suave suena en mis oídos. Una sensación placentera y tranquila me envuelve, como una llamada, alguien que me desea a su lado. Me dirijo con paso firme y seguro, de pronto, el suelo que estaba bajo mis pies desaparece y empiezo a caer, doy vueltas y vueltas en la oscuridad cada vez a más velocidad, cada vez más rápido...

Un pitido largo y estridente indica que la máquina ha concluido su trabajo.


LA CAMARA

Martín Casatti - Argentina


Miré a mi alrededor, no había escapatoria posible.

Los muros eran sólidos, macizas masas de roca de un metro de espesor. Tras ellas, otro metro más de durinio, directamente traído de las minas de Júpiter (ser asquerosamente rico tiene sus beneficios), descartaba toda posibilidad de salir por ahí.

El techo, una gruesa placa de acero, de cincuenta centímetros de espesor, con al menos un metro más de durinio sobre el, flotaba a diez centímetros de mi cabeza.

Revisé los bordes de mi cámara de suplicios para ver si había alguna alternativa, algún modo de escapar de una muerte segura y horrible.

En todo el perímetro de la habitación circular, de sólo un par de metros de diámetro se ubicaban los proyectores láser, delgados lápices cromados que al ser activados cortarían carne, hueso y metal como si fuera una barra de manteca. Conté setenta, en todo el perímetro, hasta que me aburrí y concentré mi atención en otros temas.

En el centro estaba la mesa, similar a una camilla, anatómica (como si a quien estaba por morir le pudiera molestar la rigidez del metal bajo su espalda), con infinidad de jeringas, instrumentos y monitores. Siempre he dicho que no hay nada tan útil como un monitor de computadora que con todos sus gráficos y señales te dice: "Usted está muriendo exitosamente" o "Muerte completa en un 78%, aguarde por favor..."

Pero la camilla era sólo una formalidad. La dejaron instalada por si sucumbía al pánico y decidía morir rápidamente, de un modo indoloro, antes de ser despedazado sin misericordia por los láser de las paredes.

Sigamos con lo nuestro. Las paredes quedaban descartadas y el techo también; me arrodillé y comencé a palpar las juntas del piso. Una de las baldosas de cerámica estaba floja; logré introducir la punta de una pequeña navaja y la levanté. Debajo encontré un segundo piso, metálico, tachonado con infinidad de pequeños orificios, de un par de milímetros de diámetro.

Me acerqué a ellos un poco más para tratar de descubrir su finalidad y mi olfato me brindó la respuesta. Gas. No pude distinguir cual, pero eso era irrelevante. Intuía su cometido. Estaba en un crematorio amoblado.

Miré el reloj de la pared. Faltaban solamente dos minutos para la hora indicada. Debía decidir, rápido. Se me ocurrió una idea brillante. Según las indicaciones, los líquidos de la camilla deberían acabar con mi vida en tan sólo sesenta segundos, así que comencé los preparativos deseando llegar a tiempo.

La sonda se insertó en mi brazo casi como si hubiera estado esperando el momento. La frialdad de la aguja me sobresaltó y el dolor fue bienvenido, "si te duele es señal de que estás vivo" me habían dicho alguna vez.

Abrí la primera válvula, "Allium sativum" (*) decía la etiqueta. Sin demorar un segundo abrí la segunda, "Argentum serum" (**) y esperé lo inevitable, con esperanza.

Mi brazo comenzó a congelarse y quemarse, alternadamente, al compás de mi corazón. Cada bombeo era una aguja al rojo que se insertaba en mi carne, seguida de un frío glacial que lo único que lograba era amplificar mis sensaciones.

Miré el reloj, no iba a llegar a tiempo. Me faltaban al menos cuarenta segundos y el reloj ya marcaba cero.

Lo de los láser fue maravilloso, casi como una coreografía. Todos apuntaron al centro de la habitación circular y comenzaron a alejarse, lenta y simétricamente. El primero tocó mi pie cuando en los monitores de la camilla aún faltaban treinta segundos.

El común de la gente cree que las heridas de láser no sangran, porque la temperatura cauteriza las venas. Es medianamente cierto. Pero también es cierto que el calor hace hervir la sangre y en las venas más grandes no hay tiempo de que la herida cauterice. Resumiendo, la habitación no estaba quedando muy presentable luego de los primeros impactos.

Hubo algo que me sorprendió: nunca pensé que un haz de luz tuviera peso. Pero cada uno de los impactos se sentía como un martillazo, en mis piernas primero, subiendo lentamente, hacia mi pecho.

Mi vista se nublaba, no sé si por las microscópicas gotas de sangre que flotaban en el ambiente o porque los líquidos de la camilla estaban comenzando a surtir efecto.

Era el momento adecuado para un final a toda orquesta. Y el maestro de ceremonias lo hizo de manera magistral. El piso completo se encendió con una llama azul, hermosa, que danzaba alrededor de la camilla. Apenas pude atisbar el reloj que marcaba cero.

Era maravilloso estar rodeado de llamas y que mi cuerpo se comportara como si fuese un témpano de hielo. Alcancé a vislumbrar jirones de carne que caían de mis miembros, dejando al descubierto los huesos que pronto serían limpiados por las llamas. Casi podía escuchar mi corazón esforzándose por bombear vida a cada rincón del torturado cuerpo.

El tiempo se acababa; parecía que esta vez sí había cubierto todos los detalles. Cerré los ojos, buscando la paz de la oscuridad eterna. Pero duró poco, sólo hasta que el increíble calor quemó mis párpados y me dejó mirando al núcleo de un sol ardiente. Luego el tiempo se detuvo. No sé cuánto permanecí en esa situación.

Entonces me di cuenta: algo estaba funcionando mal. Aún sentía el dolor. Pero era imposible sobrevivir a la cámara de las torturas. ¿Qué diablos estaba pasando? ¿Era eso normal? Honestamente no lo sabía, no había muerto nunca antes.

Las brumas se disiparon y me mostraron los calcinados despojos que habían sido mi cuerpo. Jirones de carne chamuscada se desprendían de los huesos para dar paso a nuevos tejidos, rosados, sanos.

Oí un ruido conocido y clavé las inexpresivas cuencas de mi calavera en el techo, que comenzaba a abrirse.

La nave de seguridad flotaba sobre la instalación de exterminio emitiendo sólo el leve zumbido que las hacía tan pintorescas. Como un gigantesco moscardón dorado. Me quedé absolutamente quieto. Desde ahí arriba no podían suponer que el horrible despojo sobre la camilla estuviera vivo. Se fueron.

Me levanté lentamente. No es fácil moverse con músculos tan delgados como hilos. Me iba a llevar mucho tiempo sanar esta vez, pero casi lo había logrado.

La frustración me invadió nuevamente. Levantando una huesuda mano maldije al cielo vacío.

—¡Idiotas! ¡Estúpidos incompetentes! —Hay que reconocer que soy habilidoso; es muy complicado maldecir coherentemente sin un buen par de pulmones. —¡Estamos en pleno siglo XXVII y aún no han descubierto como matar a un vampiro con seguridad!

Las puertas de la cámara se habían abierto para los equipos de limpieza que no tardarían en llegar.

Salí lentamente; tenía que buscar un lugar para descansar un par de siglos. Quizás en el año 3000 alguien sepa cómo brindarme el descanso eterno que anhelo.


POR FIN CORTÁZAR

Meissa Hussein - Venezuela


Bueno... y entonces... ¿Qué pasó aquí? ...se suponía que iba a morir anciana... bueno... es lo que siempre creí, pero... ¿Que pasó?... pero... ¿por qué?... ¡Todavía NO!... no... no... ¡Dios mío! ¡NO!... ¡todavía no me tocaba!... quiero decir... no debería tocarme... ¿Cómo voy a hacer ahora?... ¡Dios mío, esto no puede ser!... Dios mío... Dios mío... ¡Ayúdame! ¿Dónde está mi cuerpo?... ¿estará en el quirófano?... y... esa luz... ¡Ay! me asusté... ¡Bombilla de porquería!... pero... ¡Qué cagada!... ¿Cómo voy a estar muerta?... si no puedo... ¡NO PUEDO!... bueno... todavía no... todavía debo estar con mi hija... pero... ¡Si mi beba todavía está pequeña!... y... ¿Juan?... !Ay! ¡Dios mío!... Juan... ¡Pobrecito!... ¿Dónde está?... ¿cómo hago para buscarlo? ¿Cómo lo encuentro?... Okey... okey... ya va... piensa... ¡No te desesperes!.... Unmm... primero trato de moverme... luego... así... anjá.... okey... asi mismito.... okey.... eso essssss.... Ajá... ¡Ya puedo!... ¡ya puedo!... eso es... ya puedo... ya pueeeedoooo... ajá... ¡Guao!... qué bién... ya le agarré el truco... okey... ¿Por donde eeessss... que está el quirófano?... ahhh... okey... ya... ya... lo tengo... es por aquí... por aquiiiiiimmmm... ¿Cómo es que no siento que vuelo?... ¡Qué fastidio!... ¡no siento nada!... ¡POR FIN!... ¡Qué alivio!... allá estoy... auhgg... pero... ¡Qué fea!... me veo rara... ¡oyeeeEEE!... ¡Infeliz!... ¡no me agarres así!... ¡se nota que no soy nada tuyo!... ¡imbécil!... ¡TAAAAPAAAMEEEE!... pero... ¿Por qué desperté aquí arriba?... ¿desperté?... ahora que lo pienso... y... si... ¿Estoy soñando?... ¿será esto, efecto de la anestesia?... no... no... allá está mi cuerpo... estoy muerta... ¡Que terrible!... estoy muerta... ¡Te dije que me tapes... mal nacido!... aayyy no... no puedo... no puedo... ¡Qué desastre!... pero... si... era una pinche liposucción... ¡Me veo horrible!... ¿Qué salió mal?... pero, ¿por qué esa posición?... ¡Ay Dios!... ¡acomódame las piernas, infeliz!... ¡esto es un castigo!... definitivamente... yo no... ay... NO... ¡Una chica como yo!... ¡ojalá que nadie me vea así!... mejor me voy... no quiero seguir viendo esto... pero... ¿Dónde está Juan?... ¿estará en la habitación que me asignaron?... aaahh.. si... probably.... ¿Cual era el número?... veinti... veinti... ¿VeintiqueeeEEE?... Ah... ¡Claro!... ¡YA!... la 23... ¡La habitación 23!... claro... ya... bueno... busquemos la ¡23!... aquí vamos... 23... 23... 23... y... a todas estas... ¿No se suponía que deberían venir a recibirme?... o sea... y... ¿Los parientes?... ¿por qué no está aquí mi papá?... y... ¿Dios?... ¿voy a ver a Dios?... ¿existe Dios?... ¿por qué estoy sola?... y... ¿El túnel?... ¡el dichoso túnel con luz al final?... ¡el propio cuento chino!... ¡seguro!... o será que lo pasé y no me dí cuenta... bueno... quiero decir... claro que me habría dado cuenta... ¿Será que lo pasé antes de despertar en el pasillo?... no... no creo... no... si lo hubiera hecho, no estaría en esta... ¡Ayyy!... mejor... no digo groserías... sí, debe ser eso... que la gente la consigo al otro lado... ¡Claro!... pero ¿cómo hago?... además... debería seguir buscado a Juan... ¡Maldito astrólogo!... me aseguraste que iba a morir viejita... ¡Espera que te encuentre... infeliz!... ¡tanto que me tragué tus pronósticos de pacotilla!... esto me lo merezco... ¡Enfócate!... ¿Quieres?... que ya está cerca la famosa puerta... okey... 21... la 22 al frente... yyyy... la 23... ¡Aquí está!... y ahora, ¿Cómo entro?... ya va... vamos a ver... okey... voy a intentarlo despacio... okey... ¡DALE!... despacio... despacio... okey...vamos bien... ya está...¡Voilá!... ¡por fin!... qué bien... fue fácil... ¡Estoy aprendiendo!... ¡y entonces!... aquí no están... ¿Dónde se metieron?... ¿Dónde está mi familia?... y... ¡No puede ser!... ¡MI BOLSO!... ¡MI ROPA!... ¿Por qué están aquí mi cosas sin que alguien las cuide?... ¡Es que me provoca matarlos!... ¿Por qué son tan descuidados?... mis documentos... ¡El anillo!... ya lo recuerdo... ¡Lo metí en el monedero!... ay... no... ¡Qué sufrimiento!... ¡es que esto no se lo deseo a nadie!... ¡es que les trabaja un solo hemisferio!... ¡pero, qué descuido!... ¡tranquila!... ¡relájate!... ¡Ya las van a pagar completitas!... ¡Vamos a ver!... ¿Cómo se las arreglan sin mi?... ¿será que voy a poder espiarlos?... ¿me extrañarán?... ¡Me revienta que nunca estén pendientes de NADA!... no...no... ¡Que va!... mejor no los vigilo... ¡Ya me amargaron bastante!... pero ¡Dios mío!... ¿Dónde estás?... ¿por qué no siento paz?... se supone que debo rebosar serenidad... y, ¿dónde está Juan?... ¡JUAAAANNN!... si pudieras escucharme... ¿Dónde te metiste?... y mi niña, ¿dónde está?... ¿quién la está cuidando?... ¿ya lo sabe?... ¡ay!... los papeles... Dios mío... los papeles del seguro... Ojalá se les ocurra revisar en la gavetita del chifonier... ¡Maldito astrólogo!... ¡si tuviera el poder para hacerlo, te desintegraría ahorita mismo!... ¡espera que te encuentre!... no tomé previsiones de nada... ¡Por creerte!... pero... que estúpida... ¡No dejé mis papeles organizados!... ¡esta angustia me va a matar!... ay...¡Qué tonta!... ¡si ya estoy muerta!... mejor me voy... ¿Me voy a dónde?... y ahora... ¿Qué hago?... no sé para dónde ir... mejor salgo al pasillo otra vez... okey... sí... mejor hago eso... pero... ¿Qué está pasando? ¿De donde salió este gentío?... ¡Ay... Dios!... ahora sí me estoy asustando... no veo a ningún conocido... pero... ¿Qué es esto?... allá viene un señor... se está acercando... yo... no lo conozco... o al menos... no lo recuerdo... ya va... ¡Un momento!... ya sé quién es... se está comunicando... ¡Ay, qué bien!... lo escucho clarito... aunque no veo que mueva los labios... sólo sonríe... ¡Es el señor Rosales!... ¡ya lo recuerdo!... pero, ¿qué tiene que ver conmigo?... ¡Ni sabía que estaba muerto!... ¡tenía como veinte años sin verlo!... claro... sí... ya recuerdo... sobre todo recuerdo su mal aliento... pero ¡Dios mío!... ¿Estarás escuchándome?... si de verdad existes, ¡auxíliame ya!... que esto parece la cámara escondida... ¿Será porque no he rezado?... ¿será eso?... ah no... ¡Ahorita no tengo cabeza para el Padre nuestro!... y aquél señor de la cara medio torcida y los ojos saltones... el altote... juraría que sí... a menos que tenga un doble... ahí viene... ¡Qué vergüenza!... ¿Cómo me veo?... ¡Seguro que me veo horrible!... ¡Hola!... ¡Qué gusto... qué honor... no sé que decirle!... siempre quise conocerle... ¡Qué increíble!... carga la misma mirada estrafalaria de todas sus fotos...¡oh oh!... y... si él... me está captando... peor aún... si luzco... como me vi en la camilla... ¡Ayyy! me pregunto si será un castigo a mis blasfemias... ¡siempre dije que mi dioses estaban en la tierra y eran escritores!...


NO MORÍ

Alfredo Álamo - España


No.

No morí en tus brazos. No morí en silencio. No morí en Birmania. No morí en el escenario, interpretándome.

No.

No morí en la ducha. No morí arrepentido ni pidiendo perdones. No. No morí sufriendo. No morí en Jamaica. No morí por accidente ni estando ausente.

No. No morí de un balazo. No morí dormido ni soñando. No morí llorando. No.

No morí con los bolsillos llenos. No morí riendo. No morí ni sólo ni acompañado. No morí esperando.

No.

No morí en un hospital ni en mi propia casa, no morí por gusto o por desesperanza. No.

No morí sin decirte a dónde iba. No morí en un tango. No morí al caer por la ventana. No morí escalando el Himalaya.

No. No morí de enfermedades. No morí de día. No morí jodiendo. No morí despacio. No morí sin decir te quiero. No morí mientras estaba cuerdo.

No.

Morí escribiendo un párrafo, corrigiendo un verbo, cambiando una coma, terminando un verso, explorando una rima, eliminando una palabra esdrújula, preocupado por la sinalefa, aterrado por las galeradas, triste por el último capítulo, alegre al respetar los márgenes, desesperado por la página en blanco, huyendo de los editores y sus fechas, escribiendo diálogos ausentes, matando a golpes la prosopopeya, desechando una parábola, disfrutando del último aliento, pensando en ti.


Axxón 157 - Diciembre de 2005
Cuentos de autores de habla hispana (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Fantasía: Varios países).

            

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