CRONOELIPSIS

Alejandro Alonso

Argentina

La obra del poeta Celestino Yáñez permanece anexistente. Se sabe que Yáñez fue piloto naval hasta, aproximadamente, el año 322 de la Era Cayau, pero luego se pierde su paradero.
No existe ninguna evidencia de que dicha obra haya sido escrita, a excepción de una serie de trabajos de lo que se supone fue su período tardío, encontrados en la memoria de una sonda antiparadojal. La nave a la que perteneció dicha sonda (El Republicano) también se supone víctima de una cronoelipsis y, por lo tanto, anexistente.
Precisamente el título del poema que hizo reconocido a Yáñez en los círculos extranavales fue «Cronoelipsis» (circa 316 E.C.), cuyos últimos versos parecen referir elípticamente a la perenne guerra de los humanos contra los cayau y a una posible traición por parte del poeta.


Mientras dure la batalla,
cuando baje la marea,
podré asomarme a la playa,
y recoger en la arena
el tesoro de quincalla
que el mar arroja a la tierra,
y lanzarlo en el reflujo,
no sé si a la misma guerra.


Más allá de la metáfora, la Comandancia considera que Celestino Yáñez y su mujer, la capitana Leticia Foster, son aliados de los cayau. Esta traición a la Raza Humana, una de las pocas que se conocen, le da a la obra de Yáñez un carácter singular.

—Leo Whitman, Arte paradojal, arte perdido. Colonia Russell, 330 E.C.



A Nicolás Lombardo le gustaba cocinar. O, mejor dicho, jugar a que cocinaba. Lo hacía de la única forma en que su mente sintelizada podía hacerlo: a través del Mapa Dimensional Sensible de a bordo. Así, las coordenadas del espacio-tiempo hexadecadimensional alrededor de El Pampa se convertían en sabores y aromas, las sazones se medían en ajustados desplazamientos sobre alguno de los ejes del emogustivo, y las texturas emergían de los materiales constructivos y de la distribución relativa de un enjambre de pequeñas naves simuladas. Naves disfuncionales, en realidad. Naves que sólo servían para agradar el paladar del eventual compañero de juegos conectado a través del RVCortical.


Ilustración: Chinchayán

Tal vez, a Nicolás le gustara jugar porque sólo tenía nueve años el día que cartografiaron su personalidad por última vez. Su representación holográfica lo mostraba como el día del accidente: la melena rubia y despeinada, y el cuerpo menudo, sin curvas, del que parecía colgar el pequeño mono azul de trabajo. No era único. Sergio Lombardo y Nicolás eran los «espíritus benefactores» de El Pampa. Padre e hijo, ambos sintelizados.

El Sergio Lombardo de carne y hueso había muerto a bordo de El Republicano, como resultado de una intriga cronoelíptica. Los agentes aliados de los cayau habían manipulado el pasado de la línea temporal humana para que el artillero Sergio Lombardo se convirtiera en el involuntario saboteador de El Republicano: un acorazado clase Electra comisionado al frente de batalla. La de Sergio había sido una muerte real, incluso necesaria para la supervivencia de la tripulación de aquella nave.


El Nicolás original, en cambio, integraba el elenco de los que brillaban por su ausencia. Los anexistentes, los barridos de la historia por las extrañas distorsiones temporales del universo cayau, o como fruto de una operación de cercenamiento ascendente en el árbol genealógico. Nicolás no estaba muerto, pero tampoco vivía.

Todo lo que quedaba de ellos estaba impregnado en los circuitos de El Pampa.

A Celestino Yáñez también le gustaba jugar. Durante los tres años del curso de Navegación Cortical y luego, a lo largo de casi tres décadas subjetivas en que se desempeñó como piloto, jamás pensó que podría usar el RV como un campo de ensayos gastronómicos. Sólo lamentaba que su compañero de juegos tuviera que ser una no-persona: una mente humana simulada y embebida en la electrónica de una nave.

Tal vez a Celestino Yáñez le gustara jugar porque en la partida recuperaba su infancia y al mismo tiempo le devolvía la humanidad a Nicolás. Celestino era el piloto de El Pampa. Y aunque tenía su propia familia biológica, a menudo se preguntaba si era posible amar una simulación electrónica del mismo modo en que amaba a sus hijos de carne y hueso. Una vez se preguntó si era posible amar a un sintelizado más que a sus propios hijos. Se dijo que aquello no era amor. Sin embargo, como poeta, Celestino se creía capaz de amar la metáfora aún más que el objeto real.

La voz de uno de sus hijos en el puente de mando lo volvió a la realidad. Quien ahora jugaba con Nicolás, usando una versión simplificada del Mapa Dimensional Sensible, era Ramón Yáñez: el primogénito de Celestino. El poeta tardó varios segundos en advertir la presencia del muchacho, de los siete hologramas del sistema táctico y del coloide purpúreo que flotaba a un metro del piso rodeando la posición de El Pampa. Apenas vio la disposición táctica, Celestino asumió que la nave estaba rodeada y corría verdadero peligro. Pergeñó una serie completa de maniobras evasivas antes de advertir que los sensores estaban en blanco y las alarmas de proximidad permanecían en silencio. Era tan sólo un ensayo, una simulación: el juego.

Ramón Yáñez rondaba los veintitantos subjetivos, era alto y moreno. De Celestino había heredado la contextura atlética, y el cabello negro y abundante. Con todo, el muchacho parecía condenado al mismo destino que el poeta: el abdomen perdía progresivamente la definición muscular, y el cráneo aparecía ya nimbado por una calva que todavía tardaría una década en mostrarse con todo su esplendor.

Para esquivar aquel destino, Celestino había elegido dejar que su cabello se prolongara hasta los hombros, y luego lo había confinado en una modesta coleta. El clima bélico llevaba a considerar a las operaciones cosméticas o de regeneración capilar como meras frivolidades, y por el momento estaban fuera del alcance de los traidores. Ramón parecía inclinado a tomar medidas más radicales, como raparse al estilo militar o eliminar definitivamente cualquier vestigio piloso. Sin embargo aún faltaban muchos años subjetivos, e incluso era posible que la genética materna llegara al rescate antes de que se cumpliera el período de gracia.

Evidentemente, la capitana Foster también había dejado su marca en Ramón: los ojos verdes, la nariz diminuta, cierta expresión de desconfianza que se manifestaba esporádicamente en la comisura de los labios. Pero no ahora. Ahora Ramón parecía feliz.

Al acercarse un poco más al sillón del RVCortical, Celestino reconoció cierta configuración del emogustivo que le produjo una catarata salival. No estaba conectado al RV, no había sabores ni aromas que pudiera percibir más allá del leve tufo a humanidad y encierro del puente de mando. La distribución geométrica de los puntos del coloide bastaba para despertarle el apetito: había jugado aquel juego demasiadas veces.

—Mis felicitaciones al chef —gritó Ramón al aire, como quien saluda un amigo a la distancia—. ¿Y qué tendremos de postre?

Celestino no oyó la respuesta. El holograma de Nicolás Lombardo se manifestaba esporádicamente. Probablemente estuviera hablando a través del microauricular. Aquello le provocó celos. Ramón lo había reemplazado en el juego. Se sintió traicionado.

Después se sintió estúpido por pensar de ese modo.

—Cálculo sinestésico con foco en el emogustivo —pidió Ramón. Los cubos de la interfaz se desdoblaron y se enlazaron, como si fueran los átomos de una caprichosa molécula sintética—. ¿Qué te parece si mudamos la escuadra roja a una posición más agradable?

Nicolás respondió algo, probablemente estuviera de acuerdo.

Ramón hizo tronar los dedos y comenzó a manipular la interfaz gráfica: palma de la mano abierta sobre uno de los cubos, giro de muñeca para desplegar una vista en detalle, palma cerrada, índice extendido para indicar la trayectoria proyectiva...

Celestino extendió la mano, como si él también pudiera jugar, y recitó en voz baja la tercera estrofa de «En el puente», un poema de su cuño:


La palma se cierra, la enhiesta falange

dibuja la fuga de nuestro navío.

Y el dedo que huye, dardo flagelante,

sangra en luz las pieles del emogustivo.


—Dos minsen en el contramargo —ordenó Ramón, acompañando el movimiento del índice—. Cinco minsen en el salado, seis en el protoácido, tres en el dulce.

Poco almíbar, demasiada sal —acotó Celestino mentalmente—. Evidentemente, Ramón Yáñez no había heredado la sensibilidad de su padre...

—Puedes elegir la trayectoria de aproximación que más te plazca —ofreció Ramón a Nicolás.

...O tal vez sí: la escuadra aceleró con parsimonia a través de los hologramas, trazando una curva compleja y bastante cerrada, que se internaba levemente en el retropicante. No se trataba del sabor final, sino de la transición gradual entre el estado inicial de la escuadra y el elegido por Ramón. Celestino tuvo que reconocer el mérito de aquella jugada.

—Volvamos al origen, por favor —pidió Ramón. Nicolás respondió algo, Ramón asintió—. Claro, no hay problema. Te cedo el control del juego.

En silencio, Celestino revisó los mapas estratégicos que nuevamente flotaban en torno a su hijo, y notó movimientos anormales en las coordenadas emocionales del tiempo discontinuo y el tiempo mareal.

Ramón se estremeció en el sillón. Los dedos, que hasta hacía un momento se habían mostrado firmes y precisos, ahora temblaban. El muchacho sonreía extasiado.

Celestino carraspeó.

Durante un segundo no pasó nada, luego los mapas desaparecieron.

El juego había terminado.

—Nicolás —dijo Celestino dirigiéndose al sintelizado—, quiero hablar con mi hijo... a solas.

Nicolás no respondió.

Un holograma perfecto de Sergio Lombardo compareció ante Celestino.

—Este juego se está volviendo morboso —advirtió. Celestino estuvo de acuerdo.

Ramón se desconectó del RVCortical y flotó al encuentro de su padre.

—¿Por qué? —protestó. Su pregunta rebotó en los confines del puente para regresar con inusitada estridencia. Parecía eufórico.

Celestino ignoró la pregunta de Ramón, se dirigió al holograma de Sergio.

—¿Tu hijo sigue aquí?

—No, ahora está en su habitación, ya me he ocupado.

—Gracias. ¿Me permites hablar con mi hijo?

—Desde luego.

El holograma perfecto se desvaneció.

—¿Por qué? —insistió Ramón.

Celestino tomó el brazo de su hijo y tiró de él. El cuerpo de Ramón se deslizó hasta que ambos rostros estuvieron a pocos centímetros.

—Porque Nicolás es peligroso —respondió Celestino en voz baja—. Le prohibí que manipulara las coordenadas emocionales en mi presencia. Por eso te buscó, por eso quería jugar contigo. ¡Mírate! —Iba a decir algo más, pero se detuvo. Tragó en seco, esquivando la mirada de Ramón—. Hijo, ¿cuánto hace que juegas? ¿Cuántas partidas?

Ramón lo pensó durante unos segundos. Se había serenado.

—Un mes subjetivo, tal vez. Una docena de partidas.

Celestino abrazó a su hijo, resistiendo la tentación de calcular el daño que un mes del juego podía causarle.

—Nicolás es un niño desesperado —explicó, la voz ahogada aún por el abrazo—. No es malo, pero a diferencia de los otros sintelizados busca compañía humana. Hará cualquier cosa con tal de agradarte; se mostrará simpático, sumiso, cambiante. Te conquistará, como esos bebés que aprenden mohines para atraer la atención de los adultos.

Ramón quedó en silencio, todavía no comprendía. Celestino lo apartó un poco para poder mirarlo a los ojos.

—Pero Nicolás no hace mohines. Puede manipular tus sentimientos a través del Mapa Dimensional Sensible. Él quiere agradarte, hijo, pero lo que hace es adictivo.

La mandíbula de Ramón pareció caer por su propio peso, aunque estaban en gravedad cero.

Celestino se instaló en el sillón del RVCortical, pero no se conectó. Sergio Lombardo se materializó una vez más, portando lo que parecían antiguos cuadernos de tapa dura. Abrió los cuadernos y extrajo de ellos una serie de cubos coloreados llenos de signos ideográficos. Eran registros de tiempo aglutinante. Un nuevo mensaje de los cayau.

—¿Los cayau están en la nave? —preguntó Celestino alarmado.

—Sí —se limitó a responder Sergio.

Cada vez que los cayau necesitaban comunicarse con la tripulación de El Pampa, alteraban groseramente el backup de la personalidad de Sergio Lombardo o, más exactamente, del sistema pseudolímbico de Sergio, que estaba almacenado en una memoria de tiempo aglutinante. Esas memorias eran inmunes a las alteraciones en la línea temporal «humana», y por lo tanto eran la única garantía de continuidad. Si algo salía mal durante la cronoelipsis, aunque todos los humanos de la nave cambiaran, Sergio podría restaurarse y recordar quién era, cómo habían sido los demás, de qué se trataba la misión.

La naturaleza de los cambios en el pseudolímbico permitía la rápida detección y corrección de las discrepancias. Pero el sistema no ofrecía garantías absolutas. Sergio temía que tarde o temprano algo se les escapara, que al final de una misión fallida, restauración mediante, se encontraran con que era incapaz de recordar, víctima de una nueva clase de Alzheimer electrónico.

Celestino se preguntó cómo se sentiría si alguien alterara su personalidad y sus recuerdos para dejarle un mensaje. Probablemente ultrajado, como quien descubre por la mañana que un intruso ha irrumpido en el dormitorio durante la noche.

El poeta había colaborado con Sergio para traducir aquellas discrepancias en ideogramas multidimensionales, que solían representar dentro de unos cubos coloreados. Los significados de los mensajes se deducían no sólo de la combinación de los signos, sino también de su posición relativa dentro de los cubos, los desplazamientos y las eventuales fusiones entre dos ideogramas para formar un tercero. A menudo el mensaje era claro y conciso, pero otras veces era abstracto o se prestaba a múltiples interpretaciones.

Ramón interrumpió el despliegue de los cubos coloreados. No había terminado con la cuestión de Nicolás.

—¿Cómo es que los pilotos puedan soportar la adicción emocional?

A Celestino le sorprendió la pregunta.

—La navegación de un espacio-tiempo de dieciséis dimensiones no produce ninguna adicción —explicó con vena académica. Era ridículo: Ramón no necesitaba un profesor que lo amonestara, sino un padre comprensivo. No supo cómo seguir. Se acomodó ostentosamente en el sillón del RVCortical.

Ramón no parecía satisfecho con la respuesta.

A pesar de que el muchacho conocía al dedillo el sistema, Celestino decidió volver a lo básico.

Las microdimensiones Calabi-Yau y el multitiempo aglutinante estaban más allá del espacio-tiempo perceptible por los humanos, a no ser que se usaran interfaces como el Mapa Dimensional Sensible, y convenciones perceptivas como las coordenadas gustativas, olfativas y emocionales.

—Los accidentes de la topología espaciotemporal existen más allá de lo que signifiquen dentro del Mapa Dimensional Sensible —dijo Celestino. Otra vez ese tonito pedante que tanto aborrecía—. Algunas configuraciones, accidentalmente, pueden producir emociones adictivas. Nos entrenan para relajarnos y evitar la adicción. Eso ya lo sabes. De todos modos, la probabilidad de encontrarse con esa clase de paisajes es muy baja. Lo que hace Nicolás, en cambio, es manipular las emociones para buscar un efecto determinado, de la misma forma en que tú puedes manipular los sabores del emogustivo o los aromas del emolfativo. De eso se trata el juego. La próxima vez que juegues, dile que deje de lado las coordenadas emocionales. Ahora permíteme atender estos mensajes.

Ramón giró lentamente, con aire meditabundo. Luego se despidió inclinando la cabeza y salió del puente.

Celestino lo dejó ir. Se contuvo de admitir ante su hijo que ya había jugado aquel juego. No sólo el juego de los sabores y los aromas, sino también el de las emociones. El niño sintelizado necesitaba jugar con alguien, y el alma electrónica de Sergio Lombardo parecía poca cosa ante semejante demanda.

El niño tenía que ensayar emociones nuevas, usando como campo de aquellos ensayos a su padrino poeta: un tipo de carne y hueso.

Pero aquel pacto tácito no incluía, no debía incluir, a Ramón.

Celestino volvió a preguntarse si era posible amar a un sintelizado más que a sus propios hijos.

No, se dijo, aquello no era amor.


Colonia Russell no era el mejor lugar del mundo para vivir. Los niveles superiores ofrecían una extraordinaria vista de la pared sur del cráter, con sus ocasionales desprendimientos glaciares, o las avalanchas de lodo rojizo al comienzo de la primavera marciana. El campo de dunas, en el exterior del domo, parecía un buen lugar para visitar dos o tres veces al año. Y eso era todo. La ciudadela subterránea, el complejo industrial y el astillero, que ocupaba la mayor parte de los cuarenta kilómetros cuadrados de la colonia, eran funcionalmente monótonos.

Ni pensar en ir a otras colonias durante el receso mensual. Ése era un lujo que sólo podían permitirse los boreales. En el Hemisferio Norte, la densidad de asentamientos era mayor.

—Esto es Marte —le había dicho su jefe—, y acá estamos en el culo de Marte.

Con todo, Amílcar Inchausti se había adaptado bien. De hecho, parecía feliz del destino que le habían asignado, ansioso por mostrarse útil pues, era sabido, sus talentos en materia de sistemas tácticos no abundaban al sur del ecuador. En poco más de cuatro años había mostrado buen criterio para la modelización de las cronoelipsis, una tozuda vocación por mantenerse al margen de las rencillas domésticas y un éxito discreto con las mujeres de la colonia.

A pesar del aspecto marcial y de cierta parquedad en las formas, Amílcar no cuadraba con la postal viril y arrogante de los otros supervisores. Despertaba en sus compañeras el costado maternal: le obedecían porque querían ayudarlo, compartían su cama porque les despertaba ternura. Con el tiempo, algunas descubrían que el supervisor del Sector Blanco —donde se ensamblaba la primera inteligencia y los sistemas estratégicos de las naves clase Puma, y se decidía el destino de los vuelos de ensayo— tenía mucho más para dar.

Una de esas mujeres acababa de despertar junto a él. Amílcar tuvo conciencia del cambio en la respiración, de la forma en que ella se revolvía bajo la manta. Después se preguntó dónde estaba él, qué hora era, quién era ella.

Capitán Pardiez se le apareció en aquel preciso instante.

—Se llama Jenny, es una burócrata del Sector Verde. Estás en la casa de ella. Son las 9.30 del domingo, tiempo estándar de la colonia. Hoy no trabajas.

—Gracias, Capitán.

—¿Me hablabas? —preguntó ella.

Amílcar se volvió perezosamente, para encontrarse con la sonrisa luminosa de la mujer. Él también sonrió.

—No, Jenny. Creo que hablaba dormido.

—¿Con quién soñabas?

Amílcar desvió la mirada hacia la falsa ventana, que ahora proyectaba una panorámica veraniega de Bogotá. La postal estaba viva. La gente se movía, las sombras cambiaban lentamente si uno era capaz de mirar lo suficiente. Amílcar lo había hecho, y cuando se aburrió de la lerda contemplación se dedicó a perseguir transeúntes con la ayuda de los bots gráficos, o a modelizar el tráfico del distrito comercial, o a jugar con la perspectiva y los acercamientos... hasta que el sueño lo venció. Todavía estaba vestido.

—¿A qué hora llegaste anoche? —preguntó.

Ella se volvió. La sonrisa había desaparecido.

—Tarde. Hay recortes. Estuvimos depurando el presupuesto y haciendo control de gastos. A este paso, no sé si llegaremos con el ecosistema básico de la nave.

Jennifer Richie saltó de la cama. Era morocha y menuda, pero bien formada. Tal vez en otra época hubiera sido algo obesa, pero ya no. Ahora llevaba un baby doll negro, que trasparentaba el resto de la lencería, y su cabello corto y oscuro estaba revuelto.

—Lo lamento —agregó ella.

—No importa. Ariel y yo nos hemos divertido bastante.

Capitán Pardiez le hizo una mueca desde una esquina de la habitación.

—No eres capaz de recordar el nombre de tu novia, pero sí recuerdas el del niño. ¿Cómo es posible? —preguntó.

Amílcar lo miró desaprobadoramente, pero no le respondió: Jenny ignoraba la existencia del sintelizado.

—A propósito, es muy buena en la cama —agregó Capitán Pardiez.

Amílcar entró en el baño y preparó los implementos para afeitarse al viejo estilo.

—No puedo evitar que te conectes mientras tengo sexo —dijo—. Pero te ruego que evites los comentarios.

—Está bien. Pero no veo la gracia de hacerle el amor si no puedo contárselo a alguien —respondió Capitán Pardiez.

—Eso fue antes de ayer —recordó súbitamente Amílcar.

—Estuve ocupado.

—Sí, lo sospechaba.

Amílcar batió la espuma con la brocha y la extendió generosamente en su rostro. La economía de la colonia iba de mal en peor, y seguiría por ese camino si todo salía como él esperaba. Mientras tanto, los químicos y los metalúrgicos dedicaban sus horas libres a desenterrar viejas recetas para la vida cotidiana. Afeitarse con navaja era una de ellas, otros elegían la depilación láser definitiva.

—¿Qué tenemos? —preguntó Amílcar—. ¿Qué has podido averiguar?

—Bulova pidió el traslado a Isidis, así que el ascenso es un hecho. Felicitaciones.

Amílcar observó la figura de Capitán reflejada en el espejo. Apoyó la brocha espumosa sobre el vidrio para tapar aquella imagen, pero Capitán seguía allí y ahora adoptaba la consistencia de la espuma. No había figura, ni reflejo. El sintelizado se proyectaba sobre la corteza sensorial del cerebro de Amílcar, y tomaba información del entorno interfiriendo los canales visuales, olfativos, auditivos y táctiles del anfitrión. El parásito perfecto.

Con todo, ésa era tan sólo una de sus habilidades. Un sintelizado era un sistema informático sintiente, que reproducía una personalidad humana. El soporte de hardware que ejecutara aquel sistema era irrelevante: un holograma perfecto, los circuitos de una nave espacial o el chip craneal de un tecnoswinger. En su condición de sintelizado, Capitán Pardiez podía enviar sus «mascotas» virtuales a casi cualquier lugar de red colonial, incluso más allá del nodo, al espacio exterior. También podía multiplicarse, pero Amílcar no lo hubiera permitido.

—¿Le darán el traslado a Isidis? —preguntó Amílcar—. ¿Estamos seguros de eso?

—Sí. Que lo acepten en Isidis es otra historia, pero la probabilidad es alta.

—¿Qué problema podría haber? —Amílcar se volvió para encarar a Capitán Pardiez, pero el sintelizado no estaba. Apareció caminando lentamente desde el borde del campo visual de Amílcar. Inesperadamente había cambiado la ropa casual que lucía en el espejo por el uniforme de la Flota. Ese detalle hizo que Amílcar diera un respingo: los espejos aún lo exasperaban, y Capitán Pardiez lo sabía.

—En Isidis son más proclives a aceptar solteros —explicó el sintelizado—. No quieren perder más niños en las tormentas de arena. O que se les zafe un tornillo por el mal de llanura. La zona «familiar» está en Marineris.

Amílcar comenzó a rasurarse. La primera pasada siempre era la más difícil.

—No entiendo. ¿Por qué quiere ir entonces a Isidis?

—El proyecto Ballmore.

—¡Guau! Las noticias corren rápido.

Capitán Pardiez torció la boca y gruñó.

—Las noticias no corren rápido —dijo—. Yo las hago correr.

—Como sea...

—No hay nada parecido a Ballmore en las otras colonias. Y el ruso sueña con Habots y LabRovers. No tenía nada que hacer aquí, ni tampoco en Marineris.

—¿Por qué me has felicitado por el ascenso? Bulova no pertenece a mi sección.

—¿Lo has olvidado? Cuando él se vaya, tendrás voz y voto en la junta.

—Pensé que la operación era para neutralizar a Inocenti.

Capitán Pardiez se sacó la gorra, aflojó la corbata y extrajo una brocha del bolsillo interno de la chaqueta del uniforme naval.

—Inocenti tiene deudas de juego en todas partes, menos aquí. —Capitán Pardiez se embadurnaba el rostro con una espuma que sólo existía en la mente de Amílcar—. No se irá. Así que tuve que improvisar.

—¿Tienes que hacer todo lo que yo hago? —protestó Amílcar.

Capitán Pardiez probó el filo de la navaja con el pulgar y comenzó a rasurarse.


Sergio Lombardo se corporizó en la sala de situación de El Pampa después de la cena: porte militar, cabello al rape, uniforme azul sin insignias, maletín de cuero de dos divisiones —similar al que usaba la flota terrestre, pero sin insignias—, y botas navales convenientemente apoyadas en el piso para que el holograma quedara alineado con la vertical. Se encontró con un Celestino Yáñez desnudo, flotando de cabeza en medio de una decena de cubos coloreados.

—Coincido contigo —dijo Celestino, como si la charla que habían mantenido dos horas antes en el puente nunca se hubiera interrumpido—. Es alguna clase de cronoelipsis. Los cayau nos piden que nos montemos sobre la dimensión mareal del multitiempo aglutinante y naveguemos hacia el pasado humano. Pero eso es todo lo que pude sacar en limpio.

Sergio decidió que no tenía sentido permanecer allí, corporizado, intentando mantener la disciplina de El Pampa durante la licencia de la capitana Foster. Se esfumó. A menudo, el disgusto del sintelizado se manifestaba con pequeñas revanchas como ésa. Celestino bufó y, sin mirar lo que hacía, manoteó de la pared más cercana un microauricular y se lo colocó.

La voz de Sergio sonó limpia y clara en el microauricular:

—Los cálculos de navegación están aquí. —Un grupo de ideogramas centelleó para que Celestino pudiera localizarlos—. Con todo, los cálculos parecen incorrectos.

Celestino empujó la pared con el pie derecho para avanzar en dirección al grupo de signos que señalaba Sergio, pero el impulso fue excesivo. Al llegar a la pared opuesta, repitió la operación y, esta vez sí, pudo asirse a una agarradera del techo, apenas por encima del cubo en cuestión.

—¿Podríamos traducirlo a números? —pidió Celestino.

Los cubos desaparecieron para dar paso a un grupo de pizarras llenas de ecuaciones y diagramas.

—Ilumíname, ¡oh Sergio! ¿Cuál es la discrepancia?

—El peso de la tripulación orgánica —respondió el sintelizado. Luego desgranó la explicación con fastidio—: Para que los cálculos tuvieran algún sentido, tendríamos que ser más, al menos un tercio más.

Celestino enarcó una ceja.

¿Tendríamos?

—Perdón, un lapsus. —Celestino imaginó el rostro de Sergio ruborizado, pero pronto desechó la imagen: los sintelizados no se sonrojaban a menos que quisieran hacerlo. Sergio carraspeó ostentosamente—: Quiero decir que al emerger del tiempo lineal humano para volver a este universo, la tripulación de carne y hueso tendría que ser mayor.

—Entiendo. Volvamos al mensaje original.

La sala de situación recuperó su anterior configuración, sólo que esta vez los cubos —un poco más pequeños y más opacos— rodeaban la parte media de Celestino y se movían con él.

¿Pudor? —preguntó Celestino con sorna.

—Sí.

—No tenemos tiempo para ser pudorosos.

Sergio volvió a corporizarse, pero esta vez adoptó la apariencia de Celestino, desnudez incluida. Hablaba con el mismo timbre atiplado del poeta.

—De acuerdo —dijo el sintelizado—. Sin pudores.

Celestino lo ignoró y abocó su atención a un conjunto de cubos, un poco alejados de Sergio.

—A propósito —dijo Celestino sin volverse—. Me gustaría que Ramón navegara esta cronoelipsis. Ya está ducho con la versión de entrenamiento del Mapa Dimensional Sensible. A lo sumo necesitará alguna ayuda con el cálculo sinestésico. —Por un momento pensó que eso sería todo, pero sentía la punzante necesidad de justificarse—. Me gustaría estar un tiempo analizando nuestras próximas misiones y tomando algunas decisiones. Todavía faltan dos meses para que Leticia dé a luz y tal vez otro mes más de puerperio. Es mucho tiempo como para dejar las cosas en suspenso.

—Entiendo —respondió Sergio/Celestino—. Escucha, yo también quiero innovar. Deseo que Nicolás esté a cargo de la operación.

Aquel pedido sorprendió a Celestino, que giró para encarar a Sergio y se encontró enfrentando su propia imagen clonada.

—¿Por qué?

—Porque es mi hijo, del mismo modo en que Ramón es tu hijo.

Celestino frunció el ceño. Estuvo a punto de decir que era una locura, pero se limitó a escuchar.

—Quiero que crezca —agregó Sergio—. ¡Quién sabe! Tal vez algún día seamos una flota y entonces querré embeberlo en otra nave. ¡Y hasta es posible que Ramón sea el capitán de esa nave!

El poeta devenido en capitán interino apartó la mirada. Al igual que un jugador de ajedrez, ensayaba mentalmente la trayectoria de aquella discusión, sopesando las respuestas de Sergio y arriesgando posibles movidas ganadoras. Pero antes de que lo advirtiera el ensayo se transformó en un laberinto de espejos argumentales y emociones ríspidas.

—Supongo que tiene sentido —admitió Celestino—. Alguna vez seremos más de los que somos... Precisamente sobre eso necesito pensar. Necesito un tiempo para entender el panorama y discutirlo con Leticia.

—¿Dejarás que ella decida otra vez? —preguntó Sergio.

La respiración de Celestino se interrumpió. Cuando soltó el aire parecía varios días más viejo.

—No lo sé. Todos estamos aquí porque en algún momento de nuestra historia ella trastocó las cosas para que llegáramos a este lugar. Pero por más que lo pienso, no le guardo rencor. No recuerdo que me haya quitado nada, no sé cuán feliz era en la otra vida. Ahora soy feliz con ella.

—Fuiste piloto en El Republicano. Estuviste allí cuando el otro Sergio Lombardo fue eliminado por sus propios compañeros... —Sergio se detuvo. Por increíble que pareciera, había perdido el hilo de su argumentación—. Yo tampoco puedo guardarle rencor —admitió—. Si aquel Sergio existiera, yo no habría conocido a mis hijos.

Celestino sacudió la cabeza para espantar los malos pensamientos.

—No estamos aquí sólo para ver qué provecho le sacamos a los reflujos del tiempo mareal, necesitamos hacer algo más... permanente. Si quieres que Nicolás forme parte de ello, por mí está bien.

La imagen clonada de Celestino se desvaneció y fue sustituida por la de Sergio, igualmente desnuda. Celestino sospechó que aquello era el equivalente sintelizado de una bandera blanca de parlamento.

—En este momento Nicolás forma parte de mí —dijo Sergio—. Usa la misma matriz de procesos, la misma memoria de tiempo aglutinante. Pero está destinado a emanciparse. Y hasta es posible que en el proceso abandone esa morbosa necesidad de compañía humana.

—¿Qué hay de Júpiter?

Júpiter era el hijo mayor de Sergio. Un hijo de carne y hueso engendrado por el Sergio Lombardo que había sido artillero en El Republicano. El holograma perfecto de Sergio Lombardo sonrió con tristeza.

—Es borgeano —aclaró—. Dadas las circunstancias, se ha adaptado bastante bien, pero no quiero forzar nada.

Celestino recordó el fragmento de «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius», donde decía que los heresiarcas de Uqbar habían declarado que los espejos y la cópula eran abominables porque multiplicaban el número de los hombres. Existía aquella misma prevención filosófica respecto de la sintelización. Al igual que el autor de aquel relato, los borgeanos consideraban que la muerte física o incluso la anexistencia debían ser estados definitivos y liberadores. Para los borgeanos, cualquier duplicación era un aporte a la entropía, y el universo terminaba reaccionando a aquella provocación haciendo pagar justos por pecadores. Algunos, incluso, defendían esta creencia apelando a modelos matemáticos y a una exótica forma de conservación de la energía, pero el ámbito de aplicación de aquellos modelos era objeto de un amargo debate.

—¿También abomina la cópula? —preguntó Celestino sólo para cambiar el tono de la charla.

—No, la cópula no. Pero en El Pampa no hay muchas posibilidades de encontrar alguien de su edad con quien hacerlo.

Celestino abrió los ojos al punto de desorbitarlos.

—¡Por Júpiter! —exclamó.

Intentó nadar hasta uno de los cubos: el que mostraba los cálculos de la navegación. Sergio disipó con un gesto los demás cubos y emplazó en un lugar visible la pizarra con las ecuaciones numéricas. Tal vez, la libre asociación de datos ayudara a Celestino a resolver el misterio.

Después de un rato de furiosa abstracción, Celestino inspiró profundamente y pareció despertar.

—El escudo de Vulcano —dijo.

Sergio no se amilanó. Desplegó una serie de planos holográficos: la cara visible de un centenar de bases de datos e índices temáticos. El sintelizado consideraba de buena educación mostrar de vez en cuando sus «maniobras mentales». Aquella pantomima lo humanizaba, a pesar de la inhumana velocidad de procesamiento y resolución.

—¿Virgilio? —preguntó cinco segundos después—. ¿El escudo que Vulcano le da a Eneas para que enfrente a los latinos?

—Este mensaje es nuestro escudo de Vulcano —respondió Celestino—. Y en esta parte el significado es muy claro.

Desconcertado, Sergio recitó el fragmento del octavo canto de la Eneida, que hacía referencia al escudo de Vulcano y a las imágenes que tenía talladas representando la historia futura de Roma. Celestino lo hizo avanzar hasta que llegaron al verso 635:


Cerca de ellos aparece Roma, y el impío rapto de las sabinas,

arrebatadas del gentío de los juegos circenses,

y el súbito estallido de la nueva guerra

entre los de Rómulo y el viejo Tacio con sus austeras gentes de Cures.


—Las ecuaciones de la trayectoria son correctas —dijo Celestino cuando Sergio hizo una pausa—, sólo que los cayau pretenden que volvamos de la cronoelipsis con algunos pasajeros.

Sergio seguía sin entender y eso era relativamente novedoso para Celestino, de modo que lo estaba disfrutando.

—El escudo, querido Sergio, dice que si queremos fundar nuestro imperio romano, primero tenemos que raptar algunas sabinas.


El Sector Blanco estaba ubicado en el quinto nivel —cinco pisos por debajo de la superficie, y tres por encima de los dormitorios—, pero Amílcar Inchausti no concebía llegar al trabajo sin pasar antes por el Ten-Forward: el área común del segundo nivel. Nadie recordaba por qué se llamaba así.

En el nivel tres se había despedido de Jennifer y del pequeño Ariel. El niño tenía siete años, pero era muy perspicaz. Dos meses antes —cuando la relación entre Jennifer y Amílcar se limitaba a una amistad con licencias, y él pasaba dos o tres noches por semana haciendo de niñero—, Ariel había descubierto el núcleo holográfico de Capitán Pardiez en el maletín de Amílcar. Rara vez se usaba: Amílcar no necesitaba ningún holograma perfecto para ver a Capitán, y los demás ignoraban la existencia del sintelizado. Pero el niño lo había encontrado, lo había encendido y había conocido a Capitán.

Confraternizaron rápidamente. Amílcar los encontró jugando a los gritos y corriendo por la sala, incluso volando, porque nada impedía que Capitán se elevara por el aire cual Peter Pan.

Ahora el niño insistía en pasar un tiempo con su amigo «visible», bajo amenaza de contárselo a Jennifer. Y Capitán estaba feliz de complacerlo.

—Voy a extrañarlo cuando decidas dejar a Jennifer —había dicho el sintelizado antes de descargarse en el núcleo holográfico.

—¿Y qué te hace pensar que voy a dejarla?

—Es oficinista, no tiene el perfil para acompañarnos. Y en unos meses tendremos una ventana de escape. ¿Qué esperabas? Algún día nos iremos de aquí. Además, la colonia se está cayendo a pedazos.

Acodado en la barra del Ten-Forward, Amílcar pensaba que tenía muchas razones para dejar a Jennifer y al niño, pero sólo una para quedarse con ella.

Por primera vez se preguntó si podría terminar con éxito la misión.

Mordió el similpán del desayuno, resistiendo la tentación de mirar su reflejo en el espejo que había detrás de la barra. Con un solo borgeano que se sintiera miserable era más que suficiente.

El robot le sirvió más café.

Cristiano Inocenti, el jefe de Amílcar, llegó y se sentó a la barra. Tenía la apariencia compacta y fornida, típica de los nacidos en la Tierra, y era más bajo que sus compañeros. Sin embargo, acaso por mero contraste, trasuntaba idoneidad y don de mando. Con todo, a la luz de lo que Capitán había dicho sobre las deudas de juego, Inocenti parecía más vulnerable. Un león herido que no se atrevía a salir de la jaula.

—Dentro de tres horas tenemos una reunión con la junta de Ingeniería —dijo Inocenti—. Quieren saber más sobre los cambios que propuso Lopretto.

—Lo sé.

Amílcar desvió la mirada, como si toda la cuestión le produjera el mayor de los hastíos. No podía mostrarse interesado, no era su área de incumbencia. Sin embargo, las modificaciones de Nuria Lopretto en las matrices de impulso eran importantes para el éxito de la misión. La excusa era un ahorro de propelente del veintidós por ciento, pero el objetivo real era preparar la nave para una eventual hibridación.

El momento que vivía la colonia era particularmente oportuno. Los ingenieros estaban urgidos por obtener resultados. Con la subvención de la Comandancia en juego, cada solución tecnológica que pudieran venderle a la Flota ganaba unos meses de existencia para la colonia. Pero habían fracasado varias veces, y nadie quería dar un nuevo paso en falso. Si todo salía como Amílcar esperaba, la nave clase Puma saldría del hangar para su vuelo de ensayo con todas las modificaciones, pero ni la Flota ni la Comandancia accederían a ellas.

—¿Qué opinás? —insistió Inocenti—. Son cambios jodidos.

—No es mi área...

Inocenti le clavó una mirada leonina que urgía una respuesta. Amílcar respondió como quien marcha por un campo minado: sopesando cada palabra antes de pronunciarla.

—Creo que es mejor arriesgarse —dijo. ¿Convenía decir más? Probablemente sí—. Como yo lo veo, la alternativa es quedarnos de brazos cruzados viendo languidecer la colonia.

—Opino igual. ¡Qué los parió!

El robot le sirvió el café a Inocenti. El jefe de Amílcar lo probó con una mueca, buscando instintivamente la fuente de similpán. Todavía no le habían servido nada sólido para morder.

—¿Enviarán auditores externos? —preguntó Amílcar disimulando la ansiedad.

—No. ¡Qué van a enviar! Los tienen metidos en otros proyectos.

Amílcar terminó de un sorbo el café y se encaminó hacia el ascensor.

—Te veo luego —saludó.

Inocenti no lo oyó. Cavilaba a ciegas en una nube de frustración matinal y malhumor de ayuno.

—Estamos en el culo de Marte, Amílcar. La jodimos bien jodida. ¿Por qué iban a mandar auditores externos? ¿A quién carajos le importa...?


Leticia Foster de Yáñez puso los brazos en jarra. Le disgustaba que interrumpieran las clases de Física y Matemáticas que impartía a sus dos hijos más pequeños y a los otros chicos de la tripulación. Eran media docena, sentados sobre cojines en el piso. A Celestino le afectó la ausencia de Nicolás. El sintelizado formaba parte del paisaje escolar pese a su naturaleza.

El gesto de Leticia hizo que Celestino retrocediera un paso, dos, tres. Los omóplatos fueron a dar contra el quicio de la compuerta. Se quedó allí, esperando. Leticia Foster retomó la clase.

—Como dijo Luca, los humanos podemos ver en tres dimensiones. ¿Cuáles son?

Luca, uno de los mellizos, levantó nuevamente la mano. Leticia ignoró la petición y animó al grupo a que respondiera a coro.

—Ancho, largo y alto —dijeron todos, evidentemente no era la primera vez.

Luca tenía once, era rubio y más menudo de lo que su hermano Ramón había sido a esa edad. El muchacho desvió la mirada hacia Celestino, como reclamándole por la falta de atención que la madre/maestra tenía con él. El poeta reparó en el rostro de su hijo más pequeño: Luca tenía rasgos afilados y una expresión más confiada que la de Ramón. Tal vez allí estuvieran presentes los genes de celestino sojuzgando la eterna suspicacia materna.

Leia, la otra melliza, empujó a Luca con el codo para que prestara atención a las palabras de Leticia.

—Pero en nuestro universo hay más dimensiones de las que podemos ver —agregó la maestra.

Leia era una mujer en vías de desarrollo. Rubia, ojos verdes como los de su madre y hermanos, y una cabellera lacia que le llegaba hasta la mitad de la espalda.

—Después de que el universo membrana de los cayau chocara con el universo humano —siguió Leticia—, pasaron muchas cosas. Una de ellas es que ahora podemos viajar por un espacio de once dimensiones. Son ocho más que las que podemos ver.

—¿Por qué no las podemos ver? —preguntó Samuel, el hijo de una ingeniera de la planta impulsora. Los demás lo miraron despectivamente, como si la respuesta fuera obvia. Samuel era el más pequeño, y le gustaba llamar la atención.

—Porque son muy, muy pequeñitas —respondió la maestra—. Más chiquitas que una mota de polvo, que la mitad de una mota de polvo, que un átomo...

—¿Y cómo son? —interrumpió Neri: una niña morena, de unos diez años, que estaba destinada a ser una eminente arqueóloga de la civilización pre-cayau.

Leticia manipuló el holocontrol pedagógico y un minuto después apareció un holograma imperfecto, de medio metro de altura, que mostraba una figura Calabi-Yau. Vista desde el ángulo donde estaba Celestino, parecía una hipertrofiada rosa de Möbius.

—Están arrolladas formando un dibujo parecido a éste —explicó Leticia.

Celestino intervino, sólo por el placer de complicarle la clase a su mujer.

—Pero si son tan chiquitas, ¿cómo hacemos para viajar por esas dimensiones?

Leticia le devolvió una mirada fría, que sólo auguraba reproche y venganza.

—Existe algo llamado Multitiempo Aglutinante —explicó, dirigiéndose a los chicos—. Es como un pegamento. Estas ocho dimensiones son como cajitas donde guardamos cosas, pero el multitiempo aglutinante nos permite pegar las cajitas entre sí, para que entren cosas más grandes. —Se volvió hacia Celestino—: ¿Satisfecho, alumno Yáñez?

Luca, que estaba distraído desbaratando el cojín de un compañero, se volvió hacia su madre con el rostro lívido. Pero esta vez el regaño estaba dirigido a su padre. El muchacho suspiró aliviado.

Todos esperaban que Celestino siguiera aquel juego, era divertido ver reñir a los adultos, pero el poeta se detuvo.

El holocontrol pedagógico había captado las palabras «Multitiempo Aglutinante», y ahora mostraba esquemáticamente las cuatro dimensiones temporales supernumerarias, que se agitaban e interferían mutuamente. Eran como dos pañuelos al viento: uno ondulante —el planitiempo mareal, el que les permitía regresar en la línea de tiempo que regía la vida de los humanos—, y el otro desflecado, como las cintas en las rejillas de ventilación —el plano del tiempo discontinuo—. La mutua interferencia de los planos originaba la discontinuidad del planitiempo discontinuo y el vaivén del planitiempo mareal.

—Bueno, terminamos la clase —dijo Leticia, apagando el holograma con un gesto.

Los alumnos se levantaron, tomaron sus cojines y salieron en orden del camarote. Luca y Leia le dieron sendos besos a Celestino y también abandonaron el recinto. Sólo en ese punto el camarote perdió su apariencia de aula y se transformó en lo que era: la habitación del matrimonio Yáñez.

Leticia se sostuvo la panza.

—No deberías darme disgustos. En mi estado...

Celestino sonrió.

—¿Has leído el memo que te envié?

—¿No era un poema? —bromeó ella, pagando así una parte de la revancha que le adeudaba a su marido.

Celestino apartó una guirnalda y se acomodó en la cama. El camarote desbordaba pequeños detalles azules y rosados que anunciaban la llegada de un humano al universo. De alguna forma era un proceso auspicioso: mientras las cronoelipsis borraban de la existencia a los organismos y las cosas, el nacimiento traía al universo algo que no estaba en él para que comenzara su propia historia.

Con todo, la capitana había querido mantener en secreto el sexo del bebé y actuaba como si ella tampoco lo supiera.

—Explícamelo otra vez —ordenó—. Y saltéate la parte de Virgilio. Por más poético que suene, no quiero prostitutas en mi nave.

—¿Y qué te hace pensar que la palabra «sabina» significa prostituta?

Leticia Foster se mordió el labio inferior y desvió la mirada.

—Explícamelo otra vez, por favor.

—Sólo digo que necesitamos mujeres, profesionales jóvenes para nuestros hijos, y para Júpiter, y para algunos de la tripulación. Las mujeres de la nave no están disponibles o son mayores.

—¿A qué rubro pertenezco yo? —preguntó ella enarcando una ceja y la comisura de los labios.

Celestino la miró con desconfianza.

—Casada, satisfecha, no-incestuosa, madre de tres y preñada —respondió—. Creo que eso cubre todo.

—¡Uy! ¡El poeta dijo «preñada»! —bromeó ella para desarmar a su marido. Sólo había leído superficialmente el memo, y necesitaba tiempo para entender las implicancias de la cronoelipsis.

—El poeta también dijo «satisfecha» —respondió él, más serio—. Espero que no haya objeción.

—No la hay, señor mío —admitió ella con fingida sumisión.

—Entonces le diré a Ramón que prepare la...

—No trates de confundirme —advirtió la capitana, repentinamente seria—. No hablaba de esa objeción. Respecto a este plan tuyo tengo muchas objeciones.

—Es un plan de los cayau, querida.

—¡Habló el sumo sacerdote de los cayau! ¡Viejo perverso! ¡No me vengas con tus exégesis de la biblia cayau y las presunciones de tu compañerito sintelizado!

Sergio Lombardo se corporizó sorpresivamente entre ambos esposos. Vestía una toga clásica y una corona de laureles.

—¡Hembra, tenía que ser! —declamó—. Si fuera por vosotras, Roma habría fenecido antes de nacer.

Celestino y Leticia estallaron en carcajadas. El sintelizado hizo una reverencia. Era precisamente lo que se esperaba de él en aquella comedia.

Las risas se disiparon, y la capitana Foster buscó un lugar donde apoyarse.


Ilustración: Guillermo Vidal

El camarote era estrecho e incómodo. Como todas las estancias de descanso, estaba construido en un segmento del toroide que rodeaba el torpedo de El Pampa. Visto desde lejos, la nave clase Zafiro era como un langostino canonizado: la aureola de santo girando en torno a una estructura alargada, llena de antenas y proyecciones. Toroide y torpedo se bioarticulaban en medio centenar de nodos, y ambos estaban acorazados por gigantescas duelas de aspecto quitinoso, lo que reforzaba el aspecto de langostino canonizado. El objetivo de aquel meccano era lograr la longitud efectiva que les permitiese entrar en resonancia con las dimensiones cayau. Sergio Lombardo lo llamaba «sintonía hipersimétrica». Leticia, más pragmática, dejaba que el sintelizado se ocupara de esos detalles.

Celestino ayudó a su mujer a acomodarse en una suerte de repisa acolchada que Lombardo había desplegado de una de las paredes. Actuaban automáticamente, demorándose en cada gesto, en cada suspiro, para no tener que retomar el debate. Celestino se imaginó buceando en un mar de pensamientos opacos y evasivos, y se dejó llevar por aquella imagen para no tener que hablar.

Aunque El Pampa ahora estuviera en poder de los «traidores», era una nave clase Zafiro, ideada y construida en los astilleros de la Comandancia. De alguna forma, los cayau y sus aliados habían logrado introducir numerosos detalles de diseño cuya funcionalidad no estaba demasiado clara para la burocracia naval, pero que luego, con algunos retoques aquí y allá, hacían posible la sintonía hipersimétrica necesaria para viajar por las dimensiones cayau.

Leticia Foster carraspeó.

—¿Cómo vamos a hacerlo?

A Celestino le sorprendió la pregunta. Era como una redición: la admisión implícita de que los medios justifican el fin, que una acción condenable no puede ser tan mala si está bien ejecutada.

Lombardo cambió en un parpadeo la toga por el uniforme naval. Evidentemente quería responder esa pregunta.

—Analicé unos quinientos mil perfiles, y finalmente encontré cuál puede ser el objetivo. Es un grupo de ocho mujeres, algunas se conocen entre sí, otras nunca se verán las caras... a menos que nosotros intervengamos.

—¿Qué las hace especiales? —preguntó la capitana Foster.

—La oportunidad. Si podemos implementar correctamente la secuencia paradojal, estarán a nuestro alcance mientras son jóvenes.

Celestino carraspeó, pero Lombardo no se dio por aludido y continuó con la explicación.

—Tienen perfiles variados, todos interesantes: ingeniera naval, física, educadora, matemática, bióloga, navegantes...

—¿Cómo es posible juntar toda esa gente? —preguntó Celestino.

—Lo hemos tenido más difícil —acotó la capitana.

—¿Y cómo garantizamos su lealtad?

Sergio Lombardo y la capitana Foster se volvieron hacia el poeta. Celestino se encogió de hombros, tal vez rogando que no se les ocurriera matar al portador de aquélla pregunta urticante.

—Si no son leales, no nos sirven —agregó Celestino.

—No podemos obligarlas —reflexionó la capitana—. Tarde o temprano se volverían contra nosotros.

—Pero son prisioneras de guerra —respondió Lombardo—. Seguramente podremos lidiar con eso.

Celestino y Leticia se apartaron instintivamente del sintelizado. No les gustaba hablar de prisioneros, ni de muertos, ni de anexistentes. Lombardo apretó los labios con aparente incomodidad. Ya no era bienvenido en aquel camarote de futura mamá. Había dicho lo que nadie quería oír, pero eso era precisamente lo que se esperaba de él en aquella comedia.


Nuria Lopretto llegó diez minutos tarde a la reunión de Ingeniería. Era alta, morena y lánguida. Cuando no estaba sentada, se movía con cierta efervescencia. Pura ansiedad contenida. Vestía un trajecito azul formal, pero levemente arrugado. Se notaba que no había tenido tiempo de maquillarse y el cabello mostraba algún mechón fuera de lugar.

Amílcar sabía que era una chica escrupulosa y se felicitó por haberla reclutado con éxito.

Los ingenieros estaban sentados a la mesa oval de juntas, o sirviéndose café y bocadillos del minibar, o en la habitación contigua, releyendo papers que nada tenían que ver con la reunión. El verdadero denominador común fueron los murmullos de desaprobación una vez que Lopretto atravesó las puertas.

La ventana falsa, que ocupaba toda una pared, mostraba el campo de dunas del cráter Russell. Era una vieja toma satelital de cuatro o cinco horas que corría sin fin. Con relajante morosidad el viento marciano hacía de las suyas, alterando los patrones de las dunas, jugando con los declives y las sinuosidades hasta transformarlos por completo. Amílcar nunca había visto la secuencia completa, pero sospechaba que, cuando ésta terminara, aún querría ver más. Se había criado en un hábitat cerrado: sencillamente no había forma de saciar su sed de paisajes y vistas panorámicas. Sin embargo, los espacios abiertos no sólo le daban placer, sino también una suerte de vértigo enajenante: como quien se lanza en paracaídas en una zona de alta gravedad. Había visitado las dunas medio centenar de veces en los últimos años, pero ponerse el traje y salir todavía le producía la misma la misma descarga adrenalínica que la primera vez.

Lopretto invocó el holograma perfecto de un ingeniero sintelizado. La ventana se oscureció. Los asistentes se ubicaron en los asientos que quedaban libres.

—Buenos días. No estoy habituada a... defender las propuestas de trabajo —dijo Lopretto—. Así que espero que me tengan paciencia.

Los supervisores de Ingeniería se agitaron en sus asientos e intercambiaron miradas incómodas. Amílcar actuó por mera simpatía, incomodándose tanto como los otros. En el modelo matemático que había usado para simular aquella reunión, los ingenieros se comportaban como electrones excitados, y cada provocación de Lopretto era energía irradiada al sistema en una determinada frecuencia. Hasta ahora, los cuantos de energía no tenían ni la frecuencia ni la amplitud adecuadas como para hacer que los electrones cambiaran de orbital. Pero no faltaba mucho para llegar a ese punto.

—Estoy segura de que ya se han reunido por separado con el ingeniero Caridi, aquí presente... —Lopretto señaló una esquina de la habitación, pero el sintelizado ya no estaba allí—, quien... les habrá presentado los cambios y sus...

Lopretto entró en pánico. Respiraba agitadamente y tenía los ojos muy abiertos. Amílcar señaló un punto a espaldas de la ingeniera, desde donde el sintelizado miraba displicentemente. Lopretto se volvió y sus hombros perdieron rigidez.

—¿Qué tal si vamos directamente a las preguntas? —dijo Carlo Palatino, un neurosintelista que se encontraba evaluando candidatos para la inteligencia final de la nave.

—Sí, claro —respondió Lopretto.

Se acomodó en una silla alta, e invocó un diagrama esquemático del nuevo impulsor y algunas gráficas descriptivas del rendimiento esperado. Los ingenieros comenzaron el interrogatorio apuntando al costo de los ensayos previos y a la mejor manera de medir e interpretar los resultados. Lopretto respondió práctica y escuetamente sobre los puntos clave de la propuesta, dejando unas cuantas brechas balbuceantes en temas secundarios, allí donde era más probable que la ansiedad o la incomodidad empujara a los ingenieros a completar las frases. Era realmente buena en eso.

Luego de un primer momento en el que muchos buscaron la mejor forma de cubrirse ante un eventual fracaso, cundió el entusiasmo. Algunos llegaron incluso al punto de prescindir de ella en la discusión de varias cuestiones ríspidas. Cada uno de los presentes había adoptado una razón para ejecutar los cambios, cada ingeniero había tomado un punto de vista comprometido que lo impulsaba a identificarse con ciertas ideas, o incluso a robar otras cuya versión embrionaria ya figuraba en la propuesta original.

Lopretto miraba como si no comprendiera lo que ocurría, pero atenta a destrabar los nudos más grandes.

Amílcar se relajó en su asiento e hizo unas pocas preguntas irrelevantes. Tras poco más de una hora, apuntó en el panel de la mesa oval un voto positivo y se retiró discretamente.

Los demás electrones saltaron de sus orbitales tal como estaba previsto.


Después de la reunión en el camarote, Celestino buscó una excusa para instalarse en el puente de mando y pensar. La capitana Foster había esperado a que el sintelizado desapareciera para dar su opinión. Una prevención inútil: Sergio estaba en todas partes y podía oírlo todo a menos que le ordenaran explícitamente lo contrario. Y aún así...

—Tiene razón —había dicho Leticia—. Son prisioneras de guerra.

Aquella afirmación le había afectado a Celestino. Tal vez porque sonaba incompatible con la figura dulce e inflada de vida de su mujer. Tal vez porque le recordaba que, luego de una decisión, la capitana Foster jamás había mostrado siquiera un atisbo de remordimiento.

¿Lo habría considerado también a él un prisionero de guerra? A ella no le inquietaba cambiar el presente a su antojo, ni borrar de la existencia sucesos y personas. Lo tomaba como una natural extensión de su libre albedrío.

Celestino también era culpable del crimen cronoelíptico, casi tanto como su mujer. Había cercenado más ramas del árbol del destino de las que quería recordar, y ahora se aprestaba a hacerlo nuevamente.

Ni siquiera ponía en duda la ejecución de la misión. Celestino estaba seguro de que finalmente lo haría. Sólo intentaba encontrar una justificación menos egoísta que la mera trascendencia de la tripulación de El Pampa.

Nicolás se corporizó en medio del puente.

—¿Jugamos?

El poeta respondió que no antes de advertir que realmente deseaba jugar, que el juego era todo lo que necesitaba en aquel momento.

—Quiero que te reúnas con Ramón para ensayar la cronoelipsis —dijo Celestino—. Pregúntale los detalles a tu padre.

Nicolás se volvió hacia la salida, como si pudiera ver a través de la mampara comunicante. Señaló en esa dirección.

—Ramón se dirige hacia aquí.

El muchacho entró unos segundos después.

—Reportándome para ensayar la cronoelipsis.

—Adelante, hijo. —Celestino desabrochó las amarras que lo sostenían al sillón del RVCortical y quedó flotando un metro por encima de éste—. Todo tuyo.

—Gracias.

Ramón se sujetó al sillón y rápidamente quedó cableado. Nicolás desplegó el sistema táctico de entrenamiento alrededor de Ramón.

—¿Estás cómodo allí, padre?

Celestino asintió: —Tengo una perspectiva única desde aquí arriba.

Ramón comenzó a manipular los cubos holográficos.

—Navegaremos siguiendo el trayecto que nos sugirieron los cayau, pero nos desviaremos antes, para quedar a unos seis minsen de este agujero gris.

Ramón señaló un punto insípido, inodoro y muy frío en uno de los cubos. Tenía una marca, GH-1834, que se repetía en todos los hologramas del sistema táctico. Aquel cuerpo astronómico era el equivalente cayau a un agujero negro: un evento-objeto de unos pocos kilómetros en el que se comprimían las dimensiones espaciales y temporales, trasformándolo en el camino más viable para pasar de un juego de dimensiones a otro. En el espacio-tiempo humano se manifestaba sólo esporádicamente como una protosingularidad desnuda.

—A seis minsen del agujero gris cambiaremos la configuración y Nicolás nos irá sintonizando con las dimensiones del emolfativo y el plano de tiempo discontinuo. A partir de allí tendré que aparearme con una burbuja temporal hasta salir del otro lado, al espacio de tiempo mareal.

Nicolás intervino:

—Viajaremos en círculo. La marea nos llevará nuevamente a GH-1834, pero en el pasado. En ese punto cruzaremos hacia el espacio-tiempo humano.

—¿A qué distancia del objetivo estaremos? —preguntó Celestino.

—Veinte años luz del astillero en Marte.

—¿Astillero? —Celestino enarcó una ceja—. Creí que íbamos a buscar mujeres.

—Hemos realizado algunos ajustes —admitió Ramón—. Creo que el escenario que proponemos es mejor.

—¿Estamos hablando de una intervención directa? —preguntó Celestino, nadando entre los hologramas hasta alcanzar la mano que le tendía su hijo—. ¿Qué clase de intervención? ¿A quién arriesgaremos?

—Júpiter se ofreció. Son cinco años. Ya estamos en contacto con nuestros aliados.

Celestino palideció y se alejó levitando hacia el techo.

—¿Sergio está de acuerdo? —preguntó. Sergio lo había perdido todo, incluyendo su propia persona. Júpiter era el único hijo de carne y hueso que le quedaba.

—Sí —respondió fríamente Nicolás—, luego de escuchar las razones de Júpiter.

—Quiero escuchar las razones de Júpiter —pidió Celestino.

Nicolás se volvió hacia la mampara comunicante.

—Ya está en camino —dijo.


A menudo, el trabajo en el Sector Blanco se limitaba a largas jornadas de charla y debate sobre la eficacia de un modelo hipotético, o el ajuste de los parámetros usados para calificar los riesgos de pivote en la línea temporal humana.

La psicología, la antropología, la genética y el marketing habían sentado las bases de la caracterología humana. Los ingenieros, los economistas y los matemáticos se habían encargado de traducir a números y modelos informáticos cada parámetro de esa caracterología. De hecho, durante el siglo XXI se había hecho uso y abuso de aquella herramienta de manipulación, al punto de que cada ser humano del Sistema Solar tenía un perfil psicológico definido y cuantificado, al que se le asociaban diagnósticos físicos, taras, traumas, antecedentes penales y comerciales, adicciones, afinidades tecnológicas...

Un refrán decía que, con suficiente potencia informática y tiempo, la Comandancia podría predecir los pensamientos de cualquiera. En la práctica, una simple localización de antecedentes tardaba varias semanas. El censo acusaba 25.000 millones de seres humanos «físicos» y unos 300 millones de sintelizados repartidos en dos sistemas solares, media docena de colonias extrasolares, y las naves que viajaban por el espacio profundo.

El permanente estado de guerra con los cayau dificultaba aún más las cosas.

En ese contexto, el objetivo del Sector Blanco era dotar a cada buque estelar que zarpara del astillero con las herramientas informáticas y matemáticas que le permitieran reconocer los patrones de una eventual cronoelipsis para minimizar sus efectos. Y todo ello en tiempo real, sumidos en el fragor de la batalla.

En teoría parecía una tarea imposible. Sin embargo, en la práctica, los cronomodelistas contaban con una gran ventaja: el universo ya había ejecutado al menos una de las posibles secuencias cronológicas. Muchas variables habían sido evaluadas durante esa ejecución, y ciertas líneas podían ser descartadas por su bajísima probabilidad de ocurrencia. Además, no toda la información humana era relevante. El resultado final era una aceptable y costosa solución de compromiso. Una defensa funcional contra las operaciones paradojales de los cayau y sus aliados, aunque llena de pequeños orificios apenas por encima de la línea de flotación.

El grupo de trabajo que lideraba Amílcar Inchausti estaba compuesto por nueve humanos y cuatro sintelizados. La mano derecha de Amílcar era Griselda Valhof: una matemática rubia y maciza, cuya vitalidad sólo se manifestaba en el movimiento de los labios.

Valhof también había sido la primera partidaria de la causa y la fundadora de la camarilla. Durante meses, había soportado la lenta corrosión mental que le producía una leyenda escrita con marcador indeleble en un retrete del baño de damas: ¿Quién se beneficia más con esta guerra? ¿La Comandancia o los cayau? Había llegado a la conclusión de que los cayau no tenían motivos para entrar en guerra con los humanos. Luego había descubierto accidentalmente la coincidencia entre las primeras incursiones cayau y los ensayos de comunicaciones gravitónicas que la Comandancia había iniciado varias décadas antes.

Lo consultó con una de las físicas del complejo, Bluenda López.

Hasta ese momento, ninguna nave que viajara por el espacio profundo podía mantener una comunicación radial en tiempo real con su base en la Tierra o en Marte. Los impulsores podían plegar el espacio-tiempo momentáneamente para desplazar la nave a velocidades hiperlumínicas, pero las ondas de radio seguían viajando a la velocidad de la luz.

Entonces, alguien sugirió la posibilidad de establecer microtúneles de espacio tiempo plegado, para conducir las ondas de radio hacia repetidoras situadas a lo largo de las rutas comerciales. Los llamaron canales gravitónicos.

Para establecer esos canales, la Comandancia usaba un GASER —un haz coherente de gravitones de longitud de onda larga—. Esos canales permitieron finalmente la comunicación en tiempo real con naves que viajaban por el espacio profundo.

Sin embargo, a diferencia de otras partículas subatómicas, los gravitones podían saltar del universo membrana «humano» hacia otras dimensiones. Una pequeña divergencia en el ángulo del GASER respecto del universo membrana «humano» terminaba enviando el canal gravitónico directo a las dimensiones cayau. Seguramente eso provocaría deformaciones en el espacio-tiempo cayau. Las consecuencias de esa fuga eran difíciles de imaginar.

—Si nosotras pudimos deducir la causa del enfrentamiento con los cayau, ¿por qué la Comandancia no? —había preguntado la matemática.

Bluenda López había sonreído condescendientemente antes de responderle.

—¿Qué te hace pensar que no lo saben? ¿Qué sabemos nosotras de los sistemas de comunicaciones secundarios, o incluso de las armas que montarán sobre la nave cuando esté terminada?

Después de analizar los pros y las contras de hacer públicas sus sospechas, ambas se dirigieron al supervisor del Sector Blanco y le contaron todo. Amílcar Inchausti discutió acaloradamente los argumentos, pero finalmente se dejó seducir. Su posición era clave: como supervisor del Sector Blanco tenía acceso a información histórica clasificada, que se usaba para ajustar los modelos cronoelípticos. Probablemente fuera el único que podría confirmar o desechar las sospechas de Valhof y López.

En poco tiempo, las pruebas de la provocación se consolidaron. La Comandancia mentía descaradamente. Y no sólo eso. Puestos a investigar, un breve vistazo a los registros de la Comandancia demostraba que la subvención de la colonia Russell menguaba año a año peligrosamente. A ese ritmo, en tres años sería cero.

Para facilitar la pesquisa, Valhof y López involucraron a otros. La táctica era sencilla: Comenzaban mostrándole los números de la colonia, la urgente necesidad de obtener resultados técnicos y de renovar el directorio de carcamanes. Decían que los «viejos» trabajaban para la competencia, que ya no les interesaba el futuro de la colonia, que a la Comandancia le convenía dejar morir el complejo para no cumplir con los compromisos de subvención y adquisición tecnológica. Decían, incluso, que la Comandancia silenciaba las nuevas iniciativas a través del directorio, o de algunos agentes infiltrados en Ingeniería. Cuando los aspirantes a la camarilla se convencían de esto, Valhof sacaba a relucir a los cayau, la guerra y las sospechas de que todo había sido provocado adrede.

La táctica fue efectiva. En poco tiempo, la camarilla creció y se volvió multidisciplinaria. Ahora incluía una mecánica, dos ingenieras, una psicóloga, una educadora, una navegante... Prácticamente no había hombres en el grupo. La razón era sencilla: las reuniones se hacían en el baño de damas, fuera del horario de trabajo. Amílcar Inchausti y el neurosintelista Carlo Palatino participaban mediante una intrincada forma de telepresencia, monitoreada subrepticiamente por Capitán Pardiez para que nadie más pudiera interferirla.

Si bien no todos los de la camarilla pertenecían al Sector Blanco, allí se encontraba el centro neurálgico de la misión. Sin embargo era un punto vulnerable. El Sector Blanco no se ocupaba del reciclaje del aire que respiraba la tripulación, ni de los motores que impulsarían la nave una vez terminada, ni de los víveres. No diseñaba armas que pudieran colapsar el espacio en once dimensiones, ni escudos, ni abastecía la enfermería psiquiátrica de abordo.

Para colmo, buena parte del arsenal anti-cronoelíptico había sido diseñado dos generaciones antes. Las innovaciones y el aumento de la eficiencia de los modelos existentes parecían lejos de las urgencias diarias. Así planteado, el trabajo del Sector Blanco eran tan poco tangible como los efectos prácticos de una plegaria.

Aquella tarde, cuando uno de los guardias le dijo que Jennifer Richie lo esperaba en la oficina común, Amílcar tuvo un sobresalto.

—¿Está triste o feliz? —preguntó.

—Parece feliz, viene con un niño —respondió el guardia—. ¿Los hago pasar?

—No, tengo que terminar un informe. En quince minutos estaré con ellos.

Cuando el guardia se fue, Amílcar llamó a Capitán Pardiez. El sintelizado tardó un minuto y medio en comparecer. Para entonces, el instinto de modelador de Amílcar Inchausti ya le decía que habían cometido un gravísimo error de cálculo.

—Jenny está aquí. Está feliz —dijo.

Capitán alzó una ceja y aguardó a que su interlocutor dijera algo más.

—¿Qué fue lo que salió mal? —preguntó Amílcar.

—¿Por qué piensas que algo salió mal? —replicó Capitán Pardiez. La agitación de Amílcar había detonado por simpatía en el pseudolímbico del sintelizado.

—Averigua qué pasó en el Sector Verde —insistió Amílcar—. Ella no estaría aquí si todo marchara normalmente en el Sector Verde. Si hasta fue a buscar al niño a la Guardería...

—¿Por qué? —El sintelizado respiraba agitadamente, aunque no necesitara respirar—. ¿Qué crees que pasó?

—Ganaron la batalla del presupuesto.

Capitán cerró los ojos y se mordió el labio inferior durante tres interminables segundos. Tras aquellos ojos virtuales, los infosabuesos de Capitán diseccionaban las bitácoras del Sector Verde en busca de la verdad. Cuando terminó con la pesquisa, el sintelizado palideció.

—¿Crees que ahora los burócratas vendrán por el Sector Blanco? —preguntó.

—El escenario más probable es una reducción de personal —respondió Amílcar automáticamente. Intentó serenarse: Capitán era muy sensible a los estados de ánimo ajenos.

Nuevamente Capitán cerró los ojos. Dos segundos después lanzó al aire una ventana plana y brillante, que sólo Amílcar podía ver. El rectángulo mostraba una lista de nombres. Capitán señaló los dos primeros, y se desplegaron las fichas personales.

—¡Mierda! —exclamó Amílcar—. Mierda, mierda, mierda...

—Es lo que yo digo: Mierda, mierda... —Capitán hizo desaparecer la lista—. ¿Podemos prescindir de Valhof y de López?

Antes de responder, Amílcar apoyó la espalda contra la pared, bajó la cabeza y entrelazó los dedos tras la nuca.

¿Y tú qué crees?


A diferencia de los otros borgeanos, Júpiter tenía un conflicto permanente entre lo que creía y lo que amaba. No podía abominar a su padre o a su hermano, pero tampoco podía proclamar sus convicciones sin ofenderlos. Alejarse para siempre de la nave y vivir en un universo que lo consideraba traidor, no parecía una opción razonable. De hecho, se veía a sí mismo como un apóstata, y esa convicción lo había vuelto reservado y parco. El porte militar —cabello rubio cortado al rape, ojos claros y destemplados, torso bien desarrollado abultando la parte superior del mono de trabajo— acentuaba la impresión de que no convenía involucrarse con él.

Sólo una vez había llorado, cuando su hermano Nicolás entró en la anexistencia. No lo había hecho ni siquiera por su padre. Había asumido que la muerte de Sergio Lombardo estaba implícita entre los riesgos de pertenecer a la flota de la Comandancia y había pasado toda su infancia acostumbrándose a la idea de perderlo.

Pero con Nicolás había sido diferente. Júpiter fue el único que se opuso a que ejecutaran la versión sintelizada de su hermanito y, una vez activada a pesar suyo, fue el único que intentó explicarle qué diablos le había sucedido. A partir de ese momento dejó de predicar la filosofía borgeana, reduciendo drásticamente su ámbito de aplicación a él mismo. E inclusive, aún dentro de ese ámbito, con numerosas limitaciones prácticas.

El día de la partida, Celestino lo condujo a la bodega infinita para poner a punto la cápsula de desembarco y recoger todo lo necesario para el viaje. Trasladar los elementos desde allí a una bodega común les llevó varias horas. No porque la carga fuera difícil de trasportar, sino porque en las bodegas infinitas el cuando era tan importante como el dónde. Cualquier extracción tenía que ser cuidadosamente planificada y cronometrada.

La tecnología cayau que manipulaba artificialmente las interferencias entre el tiempo discontinuo y el tiempo mareal permitía que varios objetos ocuparan el mismo espacio en distintos momentos, sin necesidad de retirar ninguno de ellos. La estasis temporal amortiguaba la continuidad y la permanencia de las cosas. Era como guardarlas en realidades diferentes. Pero si bien esa tecnología era muy útil, distaba de ser instantánea. El tiempo mareal avanzaba y retrocedía en la bodega infinita. Para poder rescatar los objetos almacenados en ella había que esperar a que atravesara la ventana de tiempo en que esos objetos habían sido almacenados.

—El plan que propusimos en primera instancia era más sencillo y menos arriesgado —protestó Celestino mientras rescataba los últimos maletines de la bodega. Consultó su cronómetro y se apresuró a cerrar la puerta de la bodega—. Este plan, por otra parte, significa cinco años de tu vida. Y no estamos seguros de que, al final, esas mujeres no nos traicionarán.

Júpiter descendió de la cápsula de desembarco y se sacó los guantes de configuración para ayudar a Celestino a cargar los maletines.

—Creí que estabas de acuerdo —dijo sin elevar la voz.

Abrió el primero de los maletines, revisó brevemente el contenido y lo introdujo de un solo movimiento en la cabina de la cápsula. Ya habría tiempo de acomodar.

—En teoría sí, estoy de acuerdo —respondió Celestino—. Este plan garantiza un reclutamiento más gradual. No sé si será más efectivo, pero es una variante interesante. De todos modos... —Celestino se interrumpió, levantó la mirada. Necesitaba confirmar que no estaba hablando con Ramón, que el que partía no era su hijo, aunque los sentimientos en juego fueran muy similares—. Todavía no sé por qué quieres hacerlo.

Júpiter sonrió. Alzó el segundo maletín y se quedó en vilo.

—¿No es obvio, padrino? —Miraba el maletín para no cruzarse con la mirada de Celestino—. El nodo parece un buen lugar para vivir. Son cinco años, nada más.

Celestino tuvo que recordarse que, con «el nodo», Júpiter se refería al planeta Marte, nueve años antes. Ése era el nodo focal de la cronoelipsis y el punto de pivote elegido en la línea de tiempo humana.

—La colonia está en una zona civil —continuó Júpiter. Metió el maletín en la cápsula de desembarco y siguió revisando el contenido de los demás—. Nuestros aliados ya nos han proporcionado la cobertura que necesito.

—De modo que toda la operación se limita a... —Celestino no sabía cómo decirlo.

Júpiter tomó aire, como para soltarlo de una buena vez:

—Un poco de libertad. Contacto con otros humanos. ¿Quién sabe? A lo mejor se convierte en una buena costumbre.

—Estarás solo.

—No tan solo.

—Te necesitamos aquí.

—Eso no es verdad. No tendrán tiempo siquiera para extrañarme. Son cinco años para mí, no para ustedes.

—¿Cómo sabes que volverás?

Júpiter se colocó los guantes y se aprestó a regresar a la cápsula.

—Volveré. Por supuesto que volveré.


Capitán Pardiez movió un dial holográfico e inmediatamente los puntos blancos y verdes del elipsograma cambiaron a rojos y violetas y negros. Algunos incluso se esfumaron. Las gráficas representaban el nuevo estatus de la operación: una hilera de fichas de dominó desplomándose con alarmante cadencia.

Amílcar se masajeó los ojos con el índice y el pulgar, y luego volvió a mirar. No lo podía creer.

—El nodo focal del descalabro está aquí —dijo Capitán—. Tu encuentro con Jenny. Tal vez, si no te hubieses ofrecido a cuidar al crío...

Estaban en la cabina de la cápsula de desembarco, en el Hangar 9 de la colonia, lejos de cualquier mirada curiosa. Para llegar al hangar, había que subir hasta el primer nivel y acreditar la propiedad de una nave o módulo de desembarco que allí estuviera estacionado. El lugar estaba blindado contra las señales radiales y gravitónicas para que nadie pudiese robar una nave por control remoto. También tenía aislamiento sónico para evitar que el ruido de los impulsores alterara la vida de los residentes. Toda esa aparente seguridad era, paradójicamente, lo que hacía que el lugar fuera apropiado para los encuentros delicados.

Amílcar se colocó el guante de configuración y adelantó la posición de un punto rojo en una de las líneas del elipsograma. El punto cambió de color y la línea comenzó a viborear, convergiendo finalmente con el trazo intermitente que representaba la misión original.

—¿Qué necesitamos para adelantar la partida? —preguntó.

—La pieza destinada a fallar aún no ha sido ensamblada.

—Tampoco tenemos soporte ambiental sustentable, o primera inteligencia operativa —admitió Amílcar, regresando el punto a su posición original.

—Inviable —concluyó el sintelizado—. Por mucho que nos demos prisa, las reducciones del personal llegarán, como muy tarde, una semana antes de la nueva fecha de despegue.

Amílcar cambió la escala y marcó con el índice una constelación de diamantes amarillos, ubicados por encima, por debajo y a los costados de la línea de tiempo. Cerró el puño y los desplazó hacia adelante. Luego apoyó el dedo en el punto rojo y lo empujó una vez más en el sentido negativo de la línea de tiempo. La trayectoria se curvó suavemente hasta converger con la línea intermitente original. La configuración era mucho más satisfactoria.

—Una semana de demora no es problema. Podemos dilatar la reducción de personal usando la táctica de Penélope.

Capitán Pardiez carraspeó y, engolando la voz, recitó algunos versos del Canto XXIV de la Odisea.


«Pretendientes que así me asediáis, pues ha muerto Ulises,

no tengáis tanta prisa en casar. Esperad que yo acabe

esta tela que estoy trabajando, no pierda sus hilos;

la mortaja será del divino Laertes el día

que le alcance la parca fatal de la muerte penosa:

que ninguna mujer entre el pueblo me lance reproches

por faltarle un sudario teniendo tamañas riquezas.»

Así hablaba y logró persuadir nuestro espíritu prócer;

ella, en tanto, tejía su gran tela en las horas del día

y volvía a destejerla de noche a la luz de las hachas.


Amílcar Inchausti miró largamente a Capitán Pardiez con una mezcla de reproche y felicitación. Sin embargo, algo intangible desvió su atención, dejando ese pensamiento trunco.

—Buena memoria —dijo para disimular.

—Memoria perfecta —corrigió Capitán—. Con algunos no se puede hablar si antes no se ha leído a los clásicos... —El sintelizado señaló una constelación de puntos rojos detrás de Amílcar—. ¿Cuál es la idea? ¿Estirar los trabajos críticos...? De todos modos, no tenemos la pieza.

—Ni la primera inteligencia de la nave...

Capitán Pardiez abrió la boca y luego la cerró.

¿Qué pasa? —preguntó Amílcar.

—Que no necesitamos primera inteligencia. Para eso estoy yo.

—No lo creo —respondió Amílcar con reticencia. Le dio la espalda al sintelizado—. ¿Cuánto necesitas para familiarizarte con la nave?

—Ya lo hice, Amílcar. A eso he dedicado mi tiempo libre desde el comienzo de la misión.

Amílcar Inchausti se volvió lentamente. Sus ojos brillaban con un entendimiento parcial y tardío. Una arruga de desaprobación en la comisura de los labios se disolvía a medida que las piezas de aquel tetris caían y encajaban en un nuevo esquema mental. Sí, era cierto: Capitán había ocupado su tiempo libre de alguna forma en los últimos meses, ¿o fueron años?

Por otra parte, Capitán estaba familiarizado con los principios de la Navegación Cortical. Había ensayado incluso un salto dimensional. O al menos parte de él. También dominaba los rudimentos de la sintonía hipersimétrica. Sólo necesitaba familiarizarse con la Little Queen, copar los centros neurales del sistema, descargar el pseudolímbico y los sistemas sensoriales... No necesitaban pasar por la etapa de primera inteligencia. Tenían todo lo necesario como para saltar a la integración de la inteligencia final: meter directamente al sintelizado en las tripas de la nave, y partir.

Cuando las líneas del tetris despejaron el panorama, la incredulidad de Amílcar se desvaneció.

—Bien, Capitán... —No supo qué más decir. Nuevamente aquel pensamiento esquivo. Como Capitán Pardiez seguía en silencio, agregó—: No llevas tu nombre en vano.

Decepcionado por el escuálido cumplido, el sintelizado se volvió hacia el elipsograma.

—Todavía tenemos el problema del reclutamiento... y la pieza de hardware, claro.

Amílcar deslizó algunos diales del elipsograma para adaptarlo a la nueva configuración. El conjunto de objetos y líneas destelló y se convulsionó, como si fuera una nube de tormenta, y luego coaguló en una nueva disposición estática. Amílcar tomó distancia de la nube. La rodeó para estudiarla desde un ángulo distinto. Cambió la escala.

Al cabo de un rato, levantó la mirada.

—Tal vez podamos dar en los dos blancos con un solo tiro.


Cuando la carga estuvo completa, Celestino abandonó la zona de bodegas y se dirigió al puente. Ramón estaba sentado en el sillón del RVCortical discutiendo en voz baja con Nicolás los pormenores de la operación. Una vez más, Celestino sintió aquella punzada de celos. Y luego, otra vez, se sintió estúpido. Sabía que la mejor forma de exorcizar aquel fantasma era componiendo un poema. Ni siquiera tenía que ser un buen poema, tan sólo necesitaba espulgar los sentimientos, llegar a la raíz y darles consistencia nominal a través de las palabras. Un acto catártico, que fuera a la vez diagnóstico y remedio.

La capitana Foster también estaba allí, revisando los apuntes del plan de cronoelipsis. Celestino ya los había leído: todo se centraba en el reemplazo de una pieza de hardware, que tenía que fallar durante el viaje inaugural de la Little Queen. El punto de la avería, una vez manipulado el Mapa Dimensional Sensible, se ubicaría a varias semanas de la colonia más cercana. El Pampa aparecería oportunamente para rescatar a la tripulación y, una vez tomada la posesión de la Little Queen, también podrían terminar las adaptaciones definitivas a la tecnología cayau.

Todo parecía perfecto, pero aún los planes más precisos tienen posibilidades de fallar. Ni siquiera había aliados dentro del nodo para ayudar a poner en práctica un eventual Plan B.

En los últimos siete años, Leticia Foster y la tripulación de El Pampa habían reclutado una serie de aliados, y no todos pertenecían al presente. Algunos, incluso, actuaban antes de ser reclutados, por mera simpatía temporal.

Los juegos paradojales funcionaban extrañamente. A veces, una persona podía presentir los cambios de la realidad a nivel inconsciente. Como si la rama de un árbol pudiera carbonizarse antes de ser incendiada, aún cuando nunca fuera a quemarse —decía Celestino—. Un recordatorio más de que el multitiempo aglutinante se desplaza en ambas direcciones.

La moneda de cambio que hacía posible estas alianzas era la manipulación de la historia y la especulación paradojal. Muchos estaban dispuestos a aceptarla como soborno. Sobre todo teniendo en cuenta que, en la mayoría de los casos, la existencia de los sobornados o de algunos de sus seres queridos dependía de esa manipulación.

Leticia Foster le devolvió a Ramón el plan de cronoelipsis y se despidió de él con un beso en la frente. Al pasar junto a Celestino, le susurró al oído Cuídalos, y se fue. Celestino no entendió si ella se refería a Ramón y a Júpiter o si, de alguna forma, el pedido incluía a Nicolás.

Ramón consultó un panel del RVCortical, se aclaró la garganta y habló a través del sistema de alertas generales:

—Comenzaremos una cronoelipsis en diez minutos. Clausuren la bodega infinita. La tripulación no indispensable debe dirigirse a sus camarotes. No es un ensayo. La cronoelipsis comenzará en poco más de nueve minutos y contando.

Celestino sonrió. Las bodegas infinitas habían sido clausuradas media hora antes y la tripulación estaba donde debía. Pero después advirtió el holograma perfecto del niño sintelizado, y recordó al Nicolás original: el anexistente. La sonrisa se desvaneció por completo.

Nicolás pareció notar por primera vez la presencia de Celestino.

—Capitán, todo está listo. —Acompañando las palabras, el sintelizado le presentó el informe holográfico de la situación.

Celestino hurgó con el dedo los elipsogramas del informe.

—¿Dónde está Sergio? —preguntó distraídamente.

—¿Para qué necesitamos a mi padre? —exclamó el niño con un dejo de orgullo herido. Luego se cuadró y siguió en tono neutro—. Puede comparecer cuando lo desees, aunque tal vez prefieras ubicarlo en su camarote.

Celestino comprendió la sutileza del reproche: era Nicolás quien estaba a cargo de la cronoelipsis.

—Mi padre estará atento a toda la operación —se justificó Nicolás—, dispuesto a corregirme o aún a reemplazarme si fuera necesario.

—No será necesario —sentenció Celestino conciliadoramente. Y en ese punto supo que estaba equivocado. Pero no dijo nada, no sabía a qué se debía esa aprensión—. Monitorearemos todo desde la sala de situación. Por favor, pídele a Sergio que se reúna allí conmigo.

—Bien, capitán.

Celestino se alejó del informe y extendió la mano para despedirse de su hijo.

—Suerte, piloto.

—Gracias, capitán —respondió Ramón.

En el trayecto hacia la sala de situación, Celestino intentó purgar los sentimientos que toda la operación le despertaba. La intervención directa lo inquietaba, pero ya habían ejecutado varias intervenciones de aquel tipo. Incluso él mismo había bajado a los nodos de Luna, y por períodos de varios meses.

El hijo que esperaba había sido concebido en Luna, al calor de una de aquellas operaciones.

Por otra parte, Celestino confiaba en que Ramón y Nicolás podrían llevar adelante la primera etapa de la cronoelipsis. El plan era sumamente detallado y Nicolás había experimentado con hipótesis cronoelípticas desde el mismo instante de su activación. Ramón, por otra parte, decidiría algunas acciones concretas pero, una vez acordada la estrategia y la trayectoria, difícilmente la operación se desviaría de su curso. Para eso estaba Nicolás. Y, detrás de él, Sergio. Y junto a Sergio estaba Celestino.

Pero cinco años eran demasiados. Y había riesgos. Eso le producía ansiedad, incluso cierta tristeza por la partida. Como había dicho Júpiter, no tendrían siquiera tiempo de extrañarlo. Sin embargo, cuando volvieran a verse, Nicolás, Ramón, incluso los mellizos serían los mismos, apenas envejecerían, mientras que Júpiter sería mayor. Cinco años viviendo en una colonia humana, ajeno a la cotidiana continuidad de El Pampa. Cinco años pretendiendo ser otro...

Tal vez fuera eso lo que lo inquietaba.

Entró en la sala de situación y al instante se corporizó el holograma perfecto de Sergio Lombardo.

—Todo está listo —dijo.

—Estamos a merced de Ramón y de Nicolás —admitió Celestino en tono sombrío—. Y de Júpiter, claro.

—Les diré que estamos listos —dijo Sergio, ignorando las dudas de Celestino.

El poeta se sentó en el sistema espejo del RVCortical y se cableó manualmente.

—¿Qué dicen los cayau? —preguntó, tan sólo por hacer tiempo.

—Les informé los cambios, pero no han respondido. Probablemente les lleve algún tiempo detectar el mensaje y decodificarlo.

—¿Están en la nave?

—No.


Ilustración: Dino Masiero

El RVCortical lanzó la primera bocanada sensorial, y Celestino percibió los sabores y los aromas que escenificaban el espacio circundante. A quinientos minsen en el Amoníaco distinguió un nido globular cayau, casi inodoro de tan lejano. Por debajo del anti-limón sensible, algunos planetesimales giraban en torno a una serpiente estelar. O tal vez fuera un solo planeta enredado de forma poco evidente en la topología Calabi-Yau. En este universo, los cuerpos a veces emergían a un juego de dimensiones determinado, como rocas en la lisa superficie de un lago, pero se prolongaban inadvertidamente en otras dimensiones espaciales, e incluso temporales. A veces, saltaba a la vista toda la historia del planeta instantáneamente: desde que era un globo cáustico y paposo, hasta que explotaba de vida alienígena, que luego se extinguía al internarse el planeta en algún espacio-tiempo menos benigno.

Exploró en detalle los ejes del emogustivo, pero no había nada más que mereciera la atención.

La nave comenzó a moverse. En algunas horas estarían en rango para la primera transición.

—Despiértame cuando lleguemos —dijo Celestino, sin molestarse en desconectar el RVCortical. Ya lo había hecho antes.

Poco después se quedó dormido.


La videopantalla emitió un largo pitido y un destello. Amílcar Inchausti recibió el mensaje: un video encriptado de Nuria Lopretto. Tal vez fuera excesivo sospechar que la Comandancia estuviese monitoreando las redes públicas de una colonia industrial en un lugar remoto de Marte, pero a esta altura de la misión no convenía correr riesgos.

Capitán Pardiez desencriptó el mensaje.

—Los impulsores están listos más allá de toda duda —decía Lopretto, exhibiendo una amplia sonrisa. Amílcar sintió ternura. Era comprensible que la ingeniera estuviera feliz: había trabajado mucho en ello—. Todavía no tenemos noticias de la primera inteligencia, ni del sistema de comunicaciones. Pero el 72% de la Little Queen ya está funcional. Me despido.

El video terminó.

Amílcar borró el mensaje y se sentó en la cama. Jenny seguía dormida. El trabajo se había multiplicado en el Sector Verde después de las quimeras comprometidas para evitar el recorte presupuestario. Todavía faltaban tres horas para que el neuroinductor completara el ciclo nocturno, y ella necesitaba cada segundo de sueño reparador que pudiera conseguir.

Ariel también dormía. En secreto, bajo las sábanas, había jugado con el holograma perfecto de Capitán Pardiez hasta pasada la medianoche.

Amílcar observó la habitación, la falsa ventana que ahora se comportaba como espejo, el cuerpo de la mujer que amaba, las botas al costado de la cama...

—Hora de quemar las naves —dijo, sabiendo que Capitán estaba escuchando.

Y porque además de los que por ser criados y amigos de Diego Velázquez tenían voluntad de salir de la tierra —recitó el sintelizado con acento castizo, pero sin corporizarse—, había otros que por veda tan grande y de tanta gente y tal, y ver los pocos españoles que éramos, estaban del mismo propósito, creyendo que si allí los navíos dejase, se me alzarían con ellos, y yéndose todos los que de esta voluntad estaban, yo quedaría casi solo, por donde se estorbara el gran servicio que a Dios y a vuestra alteza en esa tierra se ha hecho, tuve manera como, so color que los dichos navíos no estaban para navegar, los eché a la costa por donde todos perdieron la esperanza de salir de la tierra.

Amílcar se miró en el falso espejo, esperando una explicación.

—De las Cartas de relación de Hernán Cortés —aclaró Capitán, volviendo al acento de siempre.

—No hace falta que subrayes cada frase que digo —protestó Amílcar.

Se levantó, tomó una muda de ropa y entró en el baño para completar la rutina de aseo. Iba a continuar con el regaño, pero sus pensamientos se fugaron, dejándole un molesto vacío.

—Ya puedes anular el inhibidor mnemónico —dijo—. Es muy molesto. Incluso podrías quitar el idenware de Amílcar Inchausti.

Capitán se estremeció de pura ansiedad.

—¿Puedo conservarlo? No quiero matarlo así como así. Tal vez algún día quieras volver a jugar con Amílcar... Lo pasamos bien, ¿verdad?

Amílcar tuvo que admitir que aquello era verdad.

—Guárdalo. Pero ponlo en cuarentena, no quiero ser Amílcar Inchausti para toda la vida.

Se metió en la bañera y se desnudó. Capitán hizo lo mismo.

—¿Es necesario que me imites en todo?

—No, Amílcar. Pero ahora estás en el baño. Creo que éste será el último momento de intimidad que tendré en mucho tiempo...

¡El último momento de...! Está bien, déjalo así.

—¿Debo seguir llamándote Amílcar? —preguntó Capitán.

Su interlocutor no sabía cómo responder a eso.

—Supongo que sí —dijo—, hasta que hayamos salido.

Amílcar comenzó a frotarse el gel desinfectante. Capitán hizo lo mismo. Era más minucioso que Amílcar, pero eso no hacía que la pantomima fuera más efectiva.

Mientras la ducha sónica escurría el gel, Amílcar comenzó con el listado de las comprobaciones.

—¿Cuál es el estado de la Little Queen?

—Ayer a última hora terminaron de pintar los ribetes del fuselaje —respondió Capitán, imitando el gorjeo que producía la ducha sónica—. A una señal nuestra, las nanomáquinas de la pintura comenzarán a sintetizar el nemodio resonante.

—¿Cuándo tendremos listas las líneas de resonancia, entonces?

—El proceso dura diez minutos, como mucho. Después de eso, y de algunos ajustes internos en los impulsores, la nave podrá entrar en sintonía hipersimétrica, al menos provisoriamente.

—¿Hay que hacer algún ajuste en las dimensiones de la nave?

—No. —Capitán se volvió hacia Amílcar—. Es un poco tarde para ponernos a serrar pedazos de la nave que estén fuera de tolerancia, ¿no te parece? La nave tiene la longitud efectiva necesaria para la sintonía hipersimétrica. Estaba previsto mucho antes de que colocaran el primer tornillo. Ni un centímetro más, ni una pulgada menos... ¿A qué viene tanta inquietud?

Amílcar se sonrojó.

—¿El traje de hipersintonía es seguro? —preguntó para cambiar de tema.

—Sí, claro. Ya fue probado.

—¿Con qué resultados?

Capitán sonrió condescendientemente.

Amílcar había pasado por aquello al menos un centenar de veces. Pero una cosa era hipersintonizarse dentro de una nave, y otra muy distinta era hacerlo embutido en un traje. No tenía alternativa. La hipersintonía era la mejor forma de moverse por el complejo, e incluso de escurrirse en la Little Queen sin que nadie lo viese.

—Es seguro, no te preocupes —tranquilizó el sintelizado.

—¿Cómo me guiaré en el espacio-tiempo cayau? —preguntó Amílcar.

—Puedo monitorearte desde la cápsula de desembarco. Usaremos una variante del Mapa Dimensional Sensible, más concretamente del emogustivo.

Amílcar asintió mientras se colocaba los slips del traje de hipersintonía. Capitán Pardiez observó el miembro pendular de Amílcar y alargó el propio para que se vieran iguales.

Al verlo, Amílcar tuvo un sobresalto.

—¡¿Por qué no te modelas un cuerpo igual al mío?! —exclamó.

—Porque lo abominarías —respondió Capitán. Amílcar desvió la mirada. La discusión había terminado antes de empezar.

Después de diez embarazosos segundos, Capitán preguntó: —¿Qué le dirás a Jenny?

Amílcar se volvió hacia la puerta del baño que comunicaba con el dormitorio.

—No lo sé. Nada. He dejado las suficientes pistas como para que se dé cuenta de todo y actúe en consecuencia... ¿Qué le dijiste a Ariel?

—Le dije que me iré pronto, pero que lo veré dentro de diez años.

—Toda una vida para él. —Amílcar se ajustó la chaqueta del traje—. ¿Cómo lo tomó?

—Lloró hasta quedarse dormido... Y yo lloré con él.

Amílcar terminó de vestirse en silencio. Rescató un cilindro de equipaje del clóset y puso en él lo poco que le quedaba por empacar.

Miró la habitación. Era como una cáscara vacía: había dejado unos pocos objetos personales a la vista para que Jenny no sospechara, pero lo demás estaba en el cilindro, o en un lugar seguro de la cápsula de desembarco, listo para ser trasladado a la Little Queen.

Se preguntó una vez más si era necesario dejar a Jenny y al niño, repasó las opciones, que no eran muchas, y cerró la cápsula de equipaje. Todo el proceso le llevó dos minutos.

—Capitán, ¿dónde está el núcleo holográfico?

El sintelizado se mordió el labio inferior.

—En la cama del niño, claro.

—¿Puedes descargarte? ¿Puedes borrarlo desde aquí?

—Es lo que siempre hago. No te gusta que me duplique. De hecho, ni siquiera estoy aquí. —Capitán Pardiez se esfumó. Algunos segundos después, habló a través del auricular del traje de hipersintonía—. Es un cascarón vacío, ya lo ves. Podemos conseguir otro núcleo en cualquier parte.

Amílcar sonrió con tristeza. Los «cascarones vacíos» que dejaban atrás aún estaban colmados de lo mejor que habían vivido en mucho tiempo. Miró a Jenny una vez más antes de cerrar la puerta de la habitación.

—Muy bien —transmitió Capitán desde la cápsula de desembarco—. Te moverás en el plano del piso, para que puedas maniobrar mejor en este nivel del complejo. Pero como no tienes ojos, representaremos el plano con los ejes del Dulce y el Ácido.

—Eres mis ojos, Capitán.


Ilustración: Aradano

Embutió la cabeza en el casquete flexible y cerró los seguros. Luego adosó el cilindro de equipaje al traje y conectó ambos sistemas de hipersintonía.

—Por ahora, en lugar de altura, te daré extensión en el eje del Amargo-Contramargo —continuó Capitán.

—Estoy listo para la sintonía hipersimétrica.

—OK. Atento a la lengua... ¡Ahora!

Súbitamente, Amílcar perdió altura. Parecía un origami humano, plegándose y retorciéndose hasta transformarse en una mancha opaca y gris en la moqueta marrón floreada. La mancha no tenía siquiera un átomo de espesor.

La Teoría de Supercuerdas podía explicar aquella transformación, pero sólo de forma superficial. En ese modelo, cada partícula subatómica era interpretada matemáticamente como la vibración de una cuerda muy pequeña. De las características de dicha ondulación y de la forma de la cuerda derivaban las propiedades de la partícula —spin, carga eléctrica, masa— y por ende su tipo —electrón, protón, fotón—. En la práctica, la sintonía hipersimétrica alteraba los parámetros ondulatorios para que cada partícula subatómica ordinaria terminara asumiendo las pautas vibratorias de sus «equivalentes simétricos» en las dimensiones espaciotemporales cayau. De esta forma, los cuerpos desaparecían del espacio-tiempo ordinario y pasaban a tener «extensión» en las dimensiones Calabi-Yau supranumerarias, o en el multitiempo aglutinante.

—¿Cómo vamos? —preguntó el sintelizado.

—Percibo una vereda plana de punto uno cinco nanominsen de ancho. —Amílcar vaciló—. Sería mucho más sencillo si ajustaras la escala y el ángulo: Transversal al pasillo en el Ácido, Longitudinal en el Dulce.

—Hecho. Avanza punto tres nanominsen por el Almíbar —dijo Capitán—. ¡Vamos! No es tan difícil.

—Tengo un cuerpo sólido y pastoso, a punto cero cinco tres por las Ciruelas Maduras. ¿Me desvío?

—Pasarás por debajo. —La risa de Capitán era contagiosa—. Es una colilla. La próxima vez, fíjate mejor donde metes la lengua.


Celestino despertó cuando su paladar virtual se estrelló contra el frío de GH-1834. El agujero gris estaba a unos ocho minsen de la nave. Su nulidad era perceptible en todos los ejes. Atenuaba incluso el ruido blanco sensible de fondo.

—Brilla por su ausencia —dijo Celestino. Sergio ya estaba allí—. Como una estrella anexistente.

—No es así como fueron creados los agujeros grises —advirtió el sintelizado.

—Lo sé. Es sólo una imagen poética.

El espacio sensible quedó atravesado por medio centenar de líneas de distinta temperatura: las guías térmicas que facilitaban el cálculo sinestésico. Ramón era rápido y preciso, no perdía el tiempo en armónicas fantasma ni en trayectorias sublimadas. Una vez finalizado el cálculo, lo repitió para estar seguro. Luego pasó el resultado a Nicolás, que realizó los últimos ajustes. La trayectoria final se montaba sobre una espiral súbita de cinco dimensiones.

Ramón apagó las guías térmicas y configuró el Mapa Dimensional Sensible en modo Navegación. Algunos minutos después, El Pampa perdió su cariz de langostino canonizado, para transformase en una suerte de «H» ciliada. El proceso tomó casi media hora. Así configurada, la nave comenzó la sintonía hipersimétrica con las dimensiones de destino y, en esa fase de existencia parcial, se internó en el agujero gris.

La espiral fue una fiesta para los sentidos. El efecto geométrico, dinámico y salvaje, hacía que aún las sensaciones más desagradables armonizaran con el resto. Los sabores trazaban círculos concéntricos sobre el plano del dulce y el ácido, que iban desde la saturación al infra-rango; los aromas ondulaban en secuencias sosegadas, iterativas, comprimiéndose poco a poco en un solo punto aromático y acre, que luego se disolvía en la nada.

El tiempo discontinuo era representado por un eje que iba de la alegría a la pena. Celestino se relajó para recibir la embestida de los primeros estados emotivos, que ya estaban próximos según el plan de cronoelipsis.

—Le dije que no tomara decisiones críticas mientras navegase el multitiempo aglutinante —acotó Celestino—. Tiene que aprender a relajarse.

—No hay nada que decidir —respondió fríamente Sergio—. Todo está predicho.

Celestino no comprendió a qué se refería Sergio, pero no deseaba interrumpir la experiencia de la navegación. Lo dejó pasar.

Ramón ajustó el rango de percepción de forma que las fluctuaciones emocionales no fueran excesivas. Esta solución le permitía soportar con éxito el desasosiego del Mapa Dimensional Sensible, pero reducía drásticamente el alcance de los instrumentos. Nicolás podría advertirle sobre los objetos que se interpusieran en la trayectoria de la nave, pero no era Nicolás quien navegaba. Los sintelizados no eran buenos evaluando las percepciones del Mapa, Celestino ignoraba el porqué.

El resultado final era una menor maniobrabilidad.

Tampoco podían reducir la velocidad de El Pampa: la burbuja de tiempo marcaba el ritmo de avance, cualquier error podía significar salir de la burbuja y derivar a la estasis temporal.

—Ellos están aquí —dijo Sergio, y Celestino se estremeció en el RVCortical espejo.

—¿Qué quieren?

—No lo sé, simplemente están.

—¿Cuánto falta para completar la sintonía hipersimétrica?

—Dos minutos... ahora —respondió Sergio Lombardo, trazando una marca en el aire con su dedo holográfico.

—¿Deberíamos desalojarlos?

Sergio se volvió hacia un rincón de la nave y observó algo que no estaba allí.

—No lo creo, ellos saben...

La imagen de Sergio fue reemplazada por la de Nicolás.

Alerta de proximidad, capitán —dijo el niño.

—Amplía rango del Mapa en diez, en cincuenta, en cien —respondió automáticamente Celestino.

—Aún estoy aquí, padre —le reprochó Ramón desde el puente.

Celestino se encogió en el asiento.

—¿Qué tenemos, Ramón? —preguntó con aparente desinterés.

—Un defensor clase Puma. Está remontando el tiempo mareal: una cronoelipsis inversa. Se dirige hacia aquí.

—Imposible.

Nicolás se desvaneció y Sergio ocupó su lugar. Por un instante, el núcleo del holograma perfecto brilló en dorado y negro. Después, Sergio también desapareció.

—¿Nicolás? —Era la voz de Ramón—. ¿Nicolás...? Padre, perdí a Nicolás. Estoy a ciegas.

Celestino accionó una llave del panel de control de su RV y pronto recuperaron el Mapa Dimensional Sensible, pero ya sin la intermediación de los sintelizados.

—Vamos a puro golpe de timón, hijo.

—No sé si pueda... No sé si...

Celestino captó de inmediato la inquietud de su hijo. El primer impulso fue desconectarse y correr al puente a reemplazar a Ramón, pero luego se detuvo: confiaba en él. No es de buen capitán socavar la confianza de los subordinados.

—Por supuesto que puedes —dijo Celestino, restándole importancia a la situación—. Relájate.

—La secuencia de sintonía está terminada —advirtió Ramón algunos minutos después. Se sorbió los mocos—. Ya cruzamos el segundo horizonte eventual del agujero gris.

—Estamos en una burbuja —completó Celestino por mero reflejo.

En el tiempo discontinuo, espacio y tiempo se imbricaban de tal forma que sólo era posible progresar en uno mientras se avanzara en el otro. Las burbujas de tiempo se movían linealmente por aquel océano de estasis temporal hasta emerger del otro lado del túnel: en el espacio de tiempo mareal. Una vez dentro de la burbuja, no podían volver atrás. No les quedaba otra cosa que apegarse a la trayectoria original.

¿Dónde estaban los sintelizados?

—Prepara las sondas de choque —ordenó Celestino—. En cuanto esa nave ingrese en el tiempo discontinuo, la quitamos de en medio.

—¿Y condenarlos a la estasis? —preguntó Ramón alarmado—. No. Tiene que haber otra salida.

—Como yo lo veo, tenemos media hora para pensarlo. Programa las sondas de todos modos.

Ramón comenzó los cálculos de intersección.

Alguien estaba junto a Celestino. O, mejor dicho, algo.

Las sombras fluctuaron del dorado al azul, desplegándose como en los libros infantiles de antaño: el feroz dragón de cartulina que salta de la página para engullir a la inocente princesa. Algunos pliegues desaparecían, para reaparecer en otra parte de la sala de situación, y entonces volvían a plegarse, a girar, a retorcerse, a cambiar de color, a desaparecer parcial o totalmente.

—Los cayau están aquí, hijo.

¿Qué?

—Se están materializando. Debe ser consecuencia de la sintonía hipersimétrica. Compartimos algunas dimensiones.

—¡Mierda!

La sombra creció y serpenteó por las paredes y el piso. Se ramificaba, giraba, se proyectaba en un abrazo a la nada y luego se cerraba sobre sí mismo para explotar en nuevos brotes, como si buscara algo con sus dedos fractales. En pocos segundos ganó densidad por el simple trámite de superponer pliegues y más pliegues, rodeando el sillón del RVCortical como si fuera una caótica mampara autogenerativa. Los dorados se volvieron rojos, los azules viraron al negro. Celestino intentó desconectarse, pero ya era tarde. Las sombras se abalanzaron sobre el sillón y perdió el conocimiento.


Los labios de Griselda Valhof se agitaban en la videopantalla con total prescindencia del resto de la cara. La rubia matemática estaba histérica. Hacía tres días que Amílcar Inchausti había desaparecido de los lugares que solía frecuentar, refugiado en una de las «sombras» que la Little Queen proyectaba sobre las dimensiones cayau. Sólo regresaba al espacio-tiempo ordinario para alimentarse, evacuar y mantener algunas comunicaciones con el grupo rebelde.

—No sé cómo se enteraron. Servspec dice que la denuncia vino del Sector Verde. ¿Puedes imaginarlo? Sólo reclutamos a una del Sector Verde y ella no dijo nada, te lo puedo asegurar. No sé de dónde sacan que estamos metidos en una cronoelipsis. ¿En qué modelos sociométricos se basan? —Se acomodó un mechón díscolo—. Pudimos avisar a los demás, y nos reuniremos por última vez en el Abandon del nivel dieciséis. Luego cada cual seguirá por su lado. No podemos quedarnos aquí, al menos no si ya avisaron a la Comandancia. Contamos con que tardarán un día en llegar por superf...

Amílcar se acercó a la pantalla.

—¡Griselda! —La mujer no parecía oírlo—. ¿Y si esto fuera realmente una cronoelipsis? ¿En qué cambiarían las cosas?

—...Así que tenemos un día para... —Valhof se detuvo—. No entiendo.

Amílcar esperó un segundo a que la pregunta tomara consistencia en el cerebro de la matemática. Luego hundió por segunda vez el puñal.

—Digo que, si esto fuera realmente una cronoelipsis, ¿en qué cambiarían las cosas?

La matemática desvió la mirada.

—No sé. Nos han manipulado... — El pánico iba ganando las facciones en el rostro de Valhof: sin prisa, pero sin pausa—. ¡Por Dios! Fuimos manipulados por los cayau. Pero, ¿cómo lo lograron? ¿Pueden leernos las mentes? Ya sé: pueden ocupar el cuerpo de una persona e inducirla a hacer cosas sin que ella recuerde. ¿En qué momento participamos de una cronoelipsis? Yo no lo recuerdo. No creo que nadie recuerde. Bueno, sí, alguien tiene que recordarlo porque sino, cómo hicieron los cayau para reclutarnos... para reclutarnos...

El tren de sus pensamientos descarriló, dejándola desorientada y sin aliento. Palideció súbitamente.

Fuimos nosotros. —Temblaba. Miraba a los costados, perdida en la memoria de los días que había pasado complotando. Salía de esa turbación espasmódicamente, y sólo para vomitar algunas conclusiones—. En otra línea temporal... No se supone que estemos haciendo esto... Cambiamos el futuro.

—En otra línea temporal —atacó Amílcar—, esta colonia bien podría desaparecer del mapa, sin pena ni gloria. La Comandancia ya no nos necesita. Y con esta presunción de cronoelipsis aún menos. Tal vez lo que ellos ven como una cronoelipsis sea sólo un rescate. La oportunidad de salir de aquí. ¿No es lo que buscábamos?

—¿Cómo puedes estar tan tranquilo sabiendo que estamos haciendo algo a favor de los cayau? No soy traidora. —Otra vez hablaba convulsivamente, los ojos parecían a punto de desorbitarse—. No quiero pasarme de bando. Sigo siendo humana, ¡mierda!

Era la primera vez que Amílcar la oía salirse de tono.

—La Comandancia nos ha mentido antes —insistió Amílcar—. Y volverá a hacerlo.

—Yo no...

—¿Puedes imaginar lo que es morir por descompresión? Porque eso es precisamente lo que te pasará dentro de trece meses. Una descompresión explosiva en el dique seco, dentro de trece meses. Algún cráneo de Mantenimiento decidirá que no es necesario revisar periódicamente las compuertas, y terminará reasignando las partidas. Y no morirás sola, ¡qué va! Contigo reventarán otros cuatro, López entre ellos. —Amílcar tomó aire—. Y María Savalsky se suicidará allá fuera, en las dunas, cuando cierren el complejo. Y Lorna...

—¿Cómo sabes todo eso? —interrumpió Valhof, arrancando las palabras de la garganta.

—¿Qué crees?

—Yo creo que... nos has estado manipulando.

—He venido a rescatarlas.

Que has venido a... Oye, ¿no pretenderás que me trague eso? ¿Por qué no das la cara?

Amílcar sonrió. Esperaba aquella invitación y tenía calibrada cada respuesta.

—El Abandon no es seguro para mí —dijo—. Nos reuniremos en la Little Queen. Allí les contaré todo y ustedes decidirán si quieren quedarse en una colonia que va al garete o formar parte de una avanzada independiente en el territorio cayau.

—¿Por qué estás tan seguro de que no te entregaremos?

Podría haberle respondido: «Vengo del futuro. Todo esto ya ha sido modelado». Sin embargo prefirió mentir:

—Confío en vuestro criterio científico.

La matemática aflojó su expresión de recelo. Parecía más receptiva al calor de algo que, Amílcar supuso, tal vez fuera simple orgullo profesional.

—¿Cómo haremos para llegar a la nave? —preguntó ella—. Está vigilada.

—Yo arreglaré las cosas. En todo caso, tendrá que ser dentro de las próximas horas. Luego de eso, partiré.

—Sólo tenemos una hora y media, o menos —razonó la matemática—. Luego de eso habrá que dar muchas explicaciones. Trataremos de llegar antes.

—Una recomendación —acotó Amílcar—: Traigan poco equipaje, pero no dejen nada atrás. No sabemos si podremos recuperarlo luego.

—¿Y cómo se supone que haremos eso?

Eligiendo, Griselda. Así se hace la historia.

Amílcar no tuvo que esperar demasiado: cuarenta minutos después del llamado, la ingeniera Nuria Lopretto apareció en la Rampa 3, seguida por los demás. En ese momento sólo había tres comisiones trabajando sobre la nave. La primera, de Logística, descargaba materiales en las bodegas para la finalización de los hábitat. Los bioingenieros del Sector Verde estaban dentro, modelando el invernadero y las huertas de gravedad cero. A popa, una exocisterna descargaba propelente para la prueba de desempeño de los impulsores, prevista para el siguiente turno. La prueba requería elevar la nave a la superficie, por lo que en poco tiempo todo el personal abandonaría el lugar.

El dique seco estaba en el primer nivel, justo por debajo de la superficie del cráter. Todas las áreas industriales de los niveles inferiores tributaban los resultados de sus trabajos al dique seco para que fueran ensamblados dentro de la nave en construcción. Tal vez por eso a nadie extrañó ver una colorida procesión de ingenieros y técnicos moverse por las rampas, cargando lo que supusieron sería equipamiento de diagnóstico. Poco después, cuando reconocieron a la ingeniera Lopretto, asumieron que el ensayo de los impulsores era inminente, y apresuraron la partida. Corría el rumor de que la ingeniera era bastante distraída, y nadie aspiraba a quedar expuesto a la falta de aire y al frío glacial de Marte. O incluso a la devastadora acción de los impulsores. Había mejores formas de morir.

Los Verdes terminaron su turno abruptamente. Los de Logística bajaron las últimas cajas y huyeron. Quienes no tenían nada que temer eran los operarios de la exocisterna: para realizar la prueba se necesitaba combustible.

La camarilla entró en el puente de mando de la Little Queen y esperó en silencio. Las pantallas de navegación se encendieron para mostrar la inicialización de los sistemas de abordo. El puente estaba vacío.

Diez minutos después, los sensores indicaron una secuencia de desconexión: la exocisterna había terminado su trabajo y se retiraba. Pasaron otros cinco minutos de silencio.

Lopretto carraspeó: algo se movía en un rincón del puente.

No bien Amílcar Inchausti salió de la sintonía hipersimétrica y se sacó el casquete, Griselda Valhof se abalanzó sobre él y le propinó un regio puñetazo en la mandíbula. No le pareció extraño que un ser humano apareciese espontáneamente, como el proverbial genio de la lámpara, ni le preocupó que ese humano fuera su compañero de trabajo y amigo de tantos años. El dolor de la traición fue más fuerte que la capacidad de asombro.

Amílcar cayó cuán largo era y perdió el conocimiento.

La mampara del puente se cerró con un estruendo, guillotinando la única posibilidad de salida.

—¡Dejen a mi hermano en paz! —ordenó la nave—. O se las verán conmigo.


De algo podía estar seguro Celestino: el defensor seguía allí. Reconoció la punzada de pena, la huella emotiva que señalaba el derrotero de la nave clase Puma.

Y eso fue todo durante un buen rato.

Pensó en Nicolás: una aguja de hiel clavada en lo profundo del emogustivo. Lo había perdido. Otra vez.

Aquella doble ausencia —ni el anexistente, ni el sintelizado— se le hizo insoportable. Lloró sin lágrimas, convulsionándose en cada giro de su pena. El defensor estaba cada vez más cerca, montado en una excéntrica curva de cronoelipsis inversa.

Después llegaron las voces. Júpiter hablaba con alguien.

—Prepara las sondas de choque —ordenó—. En cuanto esa nave ingrese en el tiempo discontinuo, la quitamos de en medio.

Celestino se preguntó dónde estaría Ramón. ¿Por qué Júpiter estaba comandando El Pampa?

La voz de Nicolás se abrió paso, primero en el canal de audio y luego, con más dificultad, en la esquiva conciencia de Celestino.

—¿Y condenarlos a la estasis? No. Tiene que haber otra salida —dijo con inusual determinación.

¿El niño estaba vivo? Intuyó que había muchas respuestas a esa pregunta, pero no sabía dónde buscarlas, ni tenía fuerzas para hacerlo. Algo amortiguaba su estado emotivo y al mismo tiempo le quitaba maniobrabilidad y alcance a las decisiones.

—Como yo lo veo —dijo una voz femenina que nunca había oído antes—, tenemos media hora para pensarlo. Programa las sondas de todos modos.

Celos del puñal sin mango / del vacío que arrebata / el alma en el doble filo / que te hiere y que me mata —recitó Nicolás—. Es del tío Celestino.

Definitivamente no era suyo. Celestino tuvo un sobresalto y supo que su cuerpo no estaba con él para sudar frío. Esa ausencia acentuó la pena, que se volvió palpable, esponjosa, ponzoñosamente aromática. El defensor desplegaba sus sondas de choque.

Lo primero que Celestino vio fue el rostro desencajado de Sergio Lombardo.

—Los bastardos se lo llevaron. Nicolás no está —se lamentó el sintelizado.

Cuando Sergio retrocedió, Celestino se dio cuenta de que sólo era un rostro flotando a metro y medio del suelo, como si fuera la sonrisa del Gato de Cheshire.

—¿Quiénes? —preguntó.

Se secó la frente con la manga de su mono y se desconectó del RVCortical.

Ya no había sombras ni destellos dorados en la habitación.

—Los cayau, supongo —gimió el rostro de Sergio Lombardo—. La matriz de procesos estaba inaccesible, ahora está vacía. Tampoco está la cápsula de desembarco. ¡Ni Júpiter! Se los llevaron.

—¿Qué hay del defensor?


Ilustración: Aradano

—Desplegó sus sondas, nosotros desplegamos las nuestras. Ninguno de los dos está en condiciones de cambiar de trayectoria sin entrar en la estasis.

—¿Ramón?

—Calculando los puntos de choque para las sondas. Una estrategia en seis dimensiones. Puede funcionar.

—¿Probaron comunicarse con ellos? —preguntó Celestino.

—¡No digas sandeces! Nunca pudimos hacer funcionar la banda gravitónica en el espacio de tiempo discontinuo —reprochó Sergio—. Y la radio es inútil, ya lo sabes.

—No te sulfures. Hablo de comunicarnos con los cayau —aclaró Celestino.

Paladeó aquellas palabras como quien prueba un manjar exótico. Nunca había tenido que tranquilizar a un sintelizado. También era cierto que nunca un sintelizado había integrado capacidades de paternidad, ni había perdido a sus dos hijos.

Ramón estaba en el puente. Ramón los necesitaba.

—Vayamos al puente —pidió Celestino. Fue como liberar un resorte largamente contenido.


Nicolás Lombardo selló la mampara comunicante del puente.

—¡Dejen a mi hermano en paz! —dijo—. O se las verán conmigo.

Los demás se volvieron instintivamente hacia la mampara, pero luego buscaron el origen de aquella voz infantil.

—¿Quién vive? —preguntó Lopretto sin perder la calma.

—¿Cómo «quién vive»? Soy un sintelizado: si estuviera vivo no hablaría a través de los altavoces de la nave, ¿no le parece?

—Una nave temperamental, por lo que veo —se burló la ingeniera.

—Es un niño —dijo Bluenda López—. No deberías tratarlo así.

¿Así, cómo? —El rostro de Lopretto cambió súbitamente. Ya no era la mujer inquieta y torpe, sino la ingeniera escrupulosa que los miembros de la camarilla conocían bien. Y a esa ingeniera no le gustaban los imprevistos—. ¿Desde cuándo sintelizamos niños para nuestras naves? ¡Maldita sea! Ni siquiera terminamos la primera inteligencia...

Carlo Palatino levantó la mano derecha. Los demás hicieron silencio. El neurosintelista le llevaba quince años a la más vieja del grupo, y además tenía fama de sensato.

—¿Qué dijiste sobre tu hermano? —preguntó, elevando la mirada como si estuviera rezando—. ¿Cómo te llamas, muchacho?

—Nicolás Lombardo —respondió la nave—. Ése que está tirado en el piso es mi hermano Júpiter.

Griselda Valhof presionó un panel y sacó un pequeño maletín de primeros auxilios para asistir a Júpiter/Amílcar.

—¿Vas a pegarle de nuevo? —le preguntó Nicolás.

—No —respondió secamente la matemática.

Las mamparas se abrieron con un siseo. Nadie intentó salir.

Nicolás se materializó junto a Júpiter. Estaba llorando.

—Mi hermano y yo nos vamos ahora —moqueó—. ¿Quién viene?

—No puedes irte —dijo Lopretto. Al intentar consolar al niño, la mano se hundió en el cuerpo de Nicolás—. No puedes robarte la nave.

Nicolás puso los brazos en jarra. Las lágrimas se habían congelado en el rostro y su voz sonó reseca: una versión diabólica de Capitán Pardiez.

¿Quién dice que no puedo? —preguntó, mostrando los dientes.

—Quiero decir que sería muy injusto que te fueras —respondió Lopretto, intimidada—. Estamos aquí para impedirlo.

¿En serio?

Un robot de logística entró en el puente y levantó suavemente a Júpiter, ante la impotencia de Griselda Valhof. La máquina se volvió lentamente hacia la salida.

—Voy con él —dijo la matemática. Los demás giraron bruscamente hasta dejarla rodeada—. No, bueno... Quiero decir que lo acompañaré hasta que reaccione. ¡No estoy desertando! ¡Mierda...! Estamos todos muy nerviosos.

Griselda, Júpiter y el robot se retiraron hacia la enfermería. La mampara quedó abierta.

La consola frontal seguía escupiendo datos del estado general de la nave. Los códigos y las cifras fluyeron en el pan-táctil de operaciones. Lopretto y Lorna Vinci intentaron detener el proceso, pero no tenían control sobre el sistema.

—¿Piensas secuestrarnos? —preguntó Bluenda López. La física retrocedía lentamente hacia la mampara.

—No, al contrario —dijo el sintelizado—. Pueden irse. No las necesitamos. Ni a usted tampoco, señor. Ninguno tiene las agallas para desafiar a la Comandancia. Tanto blablá en el baño de damas, no sé para qué...

—¿Estabas allí? —preguntó Palatino, dando un paso hacia el sintelizado.

—Estoy en todas partes —respondió Nicolás.

—Malditos traidores, nos manipularon —gritó López.

El niño no se inmutó. Ella dejó de retroceder.

—¿Qué esperabas? —continuó—. ¿Qué traicionáramos a la raza humana?

Palatino se volvió hacia la mujer con una mirada de reproche.

—Los traidores también somos humanos —respondió el niño—. En todo caso, quien los traicionó no fue Júpiter, sino su novia: la chica del Sector Verde. Supongo que se sintió despechada.

—¿Cómo es eso, muchacho? —intervino nuevamente el neurosintelista.

—Júpiter se enamoró de Jenny. No se suponía que eso ocurriera. Por amor cambió ciertos hechos que adelantaron el desenlace de la misión. —Cerró los ojos e hizo una mueca de incomodidad—. No debería haberles contado. No le digan nada a mi hermano.

—Ni una palabra, muchacho.

—Deje de llamarme muchacho. Soy Nicolás Lombardo. —Las pantallas exhibieron el nombre escrito en mayúsculas y sin acentos. Los carteles parpadearon dos o tres veces y luego el sistema regresó a su anterior rutina—. Si no quieren venir, ya no es cosa nuestra. En lo que a mí respecta, estoy hablando con el ganado.

—¿Ganado? —Palatino formuló la pregunta a ciegas. Mientras se mantuviera preguntando, las cosas tendrían alguna oportunidad de cobrar sentido.

—Ganado rumbo al matadero, como las vacas en la Tierra —respondió Nicolás—. Es una metáfora. ¿No leen poesía? —Los demás asumieron que era una pregunta retórica y se mantuvieron en silencio—. De donde vengo, o mejor de cuando vengo, esta colonia no existe. Varios de ustedes morirán por accidentes comunes, y otros se suicidarán cuando ya no puedan migrar.

Nicolás se volvió hacia uno de los pan-táctiles, como si estuviera comprobando datos. Lopretto se tapó la boca para ahogar una carcajada. Un sintelizado que actuaba tan groseramente como humano era algo digno de verse.

El niño la encaró.

—Si la nave parte hoy, en dos días la Comandancia intervendrá la colonia. —Los dedos de Nicolás se movían en el aire vacío, como si estuviera modelando un elipsograma—. Ellos invertirán bastante para mantenerla en funcionamiento. Intentarán reproducir las adaptaciones de esta nave. Finalmente, para cuando adviertan que no hallarán a los responsables, ni puedan acceder a las adaptaciones por ellos mismos, la situación habrá cambiado. Existe un sesenta por ciento de probabilidad de que la colonia sea comprada por un grupo inversor de Luna.

—Para ser chaval, es bastante precoz —dijo Lopretto por lo bajo.

—También he sido adulto —acotó Nicolás.

El sintelizado desplegó en la holopantalla una serie de archivos cronoblindados. Palatino y los demás se acercaron: eran registros documentales del futuro. Cada cual fue detectando alguna información sobre sí mismo, hechos que estaban destinados a ocurrir. Lopretto consultó su obituario y palideció. Había intentado la migración por tierra a otra colonia marciana. Ni siquiera habían encontrado su cadáver.

No hay peor lugar para caerse del sistema que el Hemisferio Sur de Marte —advirtió Nicolás con una sonrisa socarrona.

—¿Esto es real? —preguntó López.

—La Comandancia prefiere no correr riesgos con los sospechosos de cronoelipsis —continuó Nicolás, ignorando la pregunta—. Así murió mi padre. En cuanto sospecharon de él, sus propios compañeros le dieron una pastilla de cianuro y lo expulsaron al vacío... sin traje protector. —Súbitamente se llevó la mano a la boca—. Eso tampoco debí contarlo. No le digan a mi padre sintelizado.

—¿Y qué te pasó a ti, muchacho? —preguntó Palatino con genuino interés. Luego se detuvo, como quien espera una reprimenda—. ¿Qué te pasó a ti, Nicolás?

El sintelizado retuvo la respuesta durante unos segundos, para asegurarse de que era inocua para la misión.

—Un accidente en la bodega infinita —dijo al fin—. Técnicamente, no he muerto. Pero nadie puede encontrar el cuerpo. No saben dónde ni cuándo buscarlo. Está perdido en la estasis temporal de la bodega.

Lo dijo sin la menor señal de aflicción. Incluso con cierta morbosidad. Aquel accidente le había pasado a otro niño, con quien sólo compartía algunos deseos y un puñado de memorias truncas. Nada personal.

—Lo siento, muchacho —dijo Palatino.

—Nadie dijo que la vida en el espacio cayau fuera sencilla, viejo. Pero vale la pena... ¿No era esto lo que querían hacer? Yo los escuché despotricar en el baño de damas: querían hacer contacto con los rebeldes, querían saber la verdad.

—Pero no queríamos traicionar a los nuestros —señaló López.

—¿Qué sería traicionar a los nues... a los suyos? —preguntó Nicolás.

—Robar esta nave.

—Ah... Bueno, entonces márchense. La nave es mía y nadie me la va a quitar. —Nicolás les guiñó un ojo—. Y cuando vuelvan al trabajo, saluden a la Comandancia de mi parte.

Palatino se estremeció y se volvió hacia los otros. En sus ojos se veía que le temía más a la Comandancia que a los cayau. La Comandancia era capaz de interrogarlos, o incluso eliminarlos sin la menor sutileza. La clase de acción extrema que hace un autoritario cuando no tiene el control. Por otra parte, los traidores eran un misterio. Y los cayau eran otro misterio aún mayor.

Palatino se movió incómodo frente al niño y finalmente lo admitió:

—Estamos hasta el cuello.

En ese punto, Júpiter irrumpió en el puente con Valhof pisándole los talones. Parecía un prisionero de guerra: tenía la mandíbula hinchada y ya no llevaba el traje de hipersintonía, sino un mono gris de técnico.

—Pod favod —balbuceó, volviéndose brevemente hacia Valhof como si temiera un nuevo ataque—. Judo que les contadé todo...


A Celestino Yáñez le sorprendió ver que el puente de El Pampa estaba lleno de gente. Ovidio Laplace, un ingeniero de sintelización que rondaba los sesenta subjetivos, renegaba con la matriz de procesos de Nicolás en una esquina de la estancia. Lúmina Bemberg, la madre del pequeño Samuel, ayudaba a Ramón a mantener a ritmo los impulsores.

Leticia también estaba allí, flotando sobre uno de los cubos tácticos. Lo recibió con una sonrisa triste, pero sin preguntas. Evidentemente Sergio no le había contado todas las novedades.

—¿Saben que perdimos la cápsula? —preguntó Celestino en voz baja, ni bien Sergio se corporizó.

—No, no lo saben. Tampoco saben lo que Ovidio debe estar descubriendo ahora mismo. —Hizo una pausa y desvió la mirada hacia el ingeniero, que transpiraba entre paneles holográficos y dispositivos de diagnóstico—. Que Nicolás no es recuperable.

—Fue una transferencia —dijo Celestino, arriesgándose a la mirada torva que ya despuntaba en los ojos perfectos de Sergio—. Sólo espero que los cayau sepan qué hacer con esa información.

—Los cayau nunca se interesaron en las formas de vida sintelizada —dijo Sergio, contrariado—. Incluso... Bueno, supongamos que fuera como dices. ¿Por qué no me eligieron a mí?

Si la situación no hubiera sido tan grave, Celestino le habría hecho notar el cliché. Millones de padres de carne y hueso habían formulado la misma pregunta en el pasado, luego de que algo afectara a sus hijos. Sin embargo, ahora la cuestión asumía un sentido eminentemente práctico: Sergio tenía más información en su matriz que Nicolás. Era un espécimen más interesante.

—Tal vez no podían —aventuró Celestino—. Una cuestión de volumen de información, presumo. De todos modos, eso tampoco resuelve la desaparición de la cápsula. ¿Estamos seguros de que fueron los cayau?

—No. Claro que no.

—Tampoco resuelve nuestro cruce con el defensor —intervino Leticia. Había escuchado parte de la conversación.

Celestino flotó resignadamente hacia un rincón del puente, activó el sistema de alertas generales e hizo un resumen de la situación. Al escucharlo, Ovidio Laplace apoyó lentamente los instrumentos en la caja de confinamiento, como quien cierra los ojos de un cadáver.

Ramón era el único que estaba sentado. Se acomodó en el RV y señaló el cubo táctico.

—Primero lo urgente, después lo importante. ¿Qué haremos con el defensor? No quiero enviarlo a la estasis.

—¿Tenemos otra salida? —preguntó Celestino.

Leticia carraspeó y, una vez que todos se volvieron hacia ella, se aferró a una agarradera por encima de Ramón. Tal vez fuera un mecanismo de defensa: la búsqueda de algo firme antes de internarse en el pantanoso terreno de las hipótesis.

—Hay una posibilidad, pero preferiría usar las sondas. Es menos arriesgado.

—Ellos también usarán sus sondas —acotó Lúmina. Era una cuarentona pequeña y pelirroja, de mirada penetrante y gestos amplios—. Si vamos a actuar, tendrá que ser rápido.

—Pero todavía no las han enviado —dijo Celestino, y entonces recordó los versos.

Recitó:


Celos del puñal sin mango,

del vacío que arrebata

el alma en el doble filo,

que te hiere y que me mata.


—¿Qué significa eso? —preguntó Leticia.

—No estoy seguro. Algo me dice que no actuarán hasta que lo hagamos nosotros.

—¿Por qué? —insistió Leticia.

—Por que el poema habla de un puñal sin mango, de un doble filo. No puedes matar a nadie con ese puñal sin herirte primero. El poema estaba en la visión que me ofrecieron los cayau. Dicen que lo escribí yo, pero no lo hice.

—¿Quiénes dicen? —preguntó Ramón encaramándose en el apoyabrazos del RVCortical.

Todos miraron a Celestino como si esperaran que hiciera algo loco o violento. Celestino bajó la cabeza una vez más, con renovado estoicismo.

—Nicolás —respondió—. En la visión de los cayau estaban Nicolás y Júpiter.

Sergio se volvió hacia Celestino y lo miró de arriba abajo, como si estimara el talle del mono de trabajo. Las líneas de tiempo parecieron bifurcarse. En una de ellas, Sergio decía Gracias a Dios, aunque no era creyente. En otra, preguntaba si sus hijos estaban bien. En una tercera, Sergio intentaba aferrar a Celestino por los hombros, pero sólo lograba atravesarlo como un fantasma novato, para terminar en un rincón, encogido en posición fetal, llorando. Hubo una cuarta línea de acción, y una quinta...

Celestino no previó la reacción de Sergio. El sintelizado se limitó a darle la espalda, como si repentinamente el poeta hubiera perdido sustancia, y se volvió hacia Leticia. El rostro de Sergio se contrajo en una expresión blindada, vacía de empatía.

—No sé de qué se trate —dijo fríamente—, pero tal vez deberíamos disolver nuestras sondas de choque, e intentar nuevamente comunicarnos con los cayau.


Júpiter Lombardo se sentó a la cabecera de la mesa, en la sala de situación de la Little Queen. Todavía estaba desorientado por el golpe y los analgésicos que le había inyectado Griselda Valhof. Las mujeres se habían ubicado en las márgenes de la mesa, y Carlo Palatino en el otro extremo, enfrentando a Júpiter.

La sala estaba pobremente iluminada. Todavía no habían instalado los paneles ópticos. Con todo, los presentes podían verse las caras.

Nadie parecía feliz.

Júpiter había blanqueado su situación. Les había revelado su intención, los planes, e incluso la ubicación de la tecnología alienígena, tanto en los impulsores, como en los sensores y el fuselaje.

Nadie había imaginado que aquella necesidad de mejorar la Little Queen para desafiar a la Comandancia y desplazar a los carcamanes del directorio fuera funcional a los planes cayau. Y lo curioso del caso era que, después de haber leído los obituarios, varios sospechaban que la potencial colaboración con los cayau era el menor de sus problemas.

Después de la descarga adrenalínica inicial, Valhof estaba emocionalmente vacía. Júpiter le había mostrado su legajo, ella había visto las fotos. No fue precisamente su imagen la que la consternó, sino la de Bluenda López: el cuerpo deformado, el rostro azulino, pequeños hilos de sangre negra y reseca.

Cada decisión que tomaba siempre afectaba a otros, pensó. Pero la obviedad de aquel razonamiento no alcanzaba para menguar el nudo que tenía en la boca del estómago. Intentó modelar el futuro con los nuevos datos a disposición pero, incluso con la ayuda de los coprocesadores instalados en su cráneo, la cuestión parecía irresoluble. Su mente vagaba en las miasmas de una pantanosa especulación iterativa.

Nuria Lopretto se dividía entre la curiosidad y la lealtad a la Comandancia. Después de un primer impacto, rápidamente decidió que lo que había visto era una puesta en escena para arrastrarla a la traición. Con todo, decidió esquivar su futuro. Se quedaría en la colonia, esperaría a que la evacuaran... Pero también se perdería la oportunidad de conocer la tecnología cayau y, quién sabe, tal vez a los cayau en persona. De pronto cayó en la cuenta de que jamás había visto a los cayau. Jamás se había preguntado cómo eran. Sólo había visto bosquejos de sus naves, especificaciones de sus armas, descripciones vagas. La Comandancia y la Flota guerreaban contra fantasmas, y el resto del mundo asumía que la guerra era contra los traidores. Todos creían que el enemigo era humano, como si fueran los traidores quienes manipulaban a los cayau y no al revés.

Los cayau eran una amenaza que nunca se concretaba. No había muertos después de las batallas. La mayoría de las veces sólo quedaban registros cronoblindados de las bajas, pero nadie echaba en falta a un anexistente.

Lopretto buscó una analogía. Era como aquel cuento del millonario al que un ladrón le robaba un objeto de su fabulosa colección, pero sin decirle cuál. Después de mucho buscar, el millonario terminaba sucumbiendo al desasosiego por la pérdida, pero no sabia qué era lo que había perdido. La fábula terminaba diciendo que lo que le había robado el ladrón era la tranquilidad. ¿Pero qué pasaba después, al día siguiente? ¿Qué pasa cuando el saqueo se repite una y otra vez, y las piezas de la colección desaparecen o son cambiadas sin que el millonario pueda advertirlo? ¿Y qué pasaría si, sencillamente, no hubiera robo sino sólo la idea del robo? ¿Cuál será el mecanismo de defensa contra la intranquilidad? ¿La indolencia? ¿La locura?

No se puede pelear con una idea, se dijo Lopretto, y aquel razonamiento la dejó perpleja.

Palatino tenía miedo. No quería enfrentarse con los interrogadores de la Flota, a la que había pertenecido durante nueve años. No quería rendir cuentas de su infeliz pasado en la Comandancia. Se había refugiado en una colonia marginal de Marte precisamente para evitar ese trago amargo. Rápidamente supo lo que haría, lo que siempre había hecho: fugarse hacia el futuro. Un pagadiós con su pasado.

—No me importaría empezar de nuevo —admitió. Las miradas atónitas de López y Lopretto le hicieron notar que lo había dicho en voz alta.

Escondió la cabeza entre los hombros.

—De veras, no me importaría —repitió, ahora sí, con mayor vehemencia.

Algunos interpretaron aquello como una señal. Valhof carraspeó.

—A mí tampoco me importa. Siempre podré desertar y, si no, al menos moriré después de partirle la boca al puto cayau que se me atraviese.

Se volvió hacia Júpiter y se sonrojó.

—Nada personal.

—Los cayau no tienen boca —dijo la nave.

—¿Cómo son? —preguntó Lopretto.

Nicolás se materializó a pocos centímetros de ella. Arrastraba un asiento holográfico similar a los otros de la sala. Se sentó y se cruzó las piernas.

—Si te conectas al RVCortical, puedo mostrártelos.

Júpiter se sobresaltó. Sabía del juego que su hermanito practicaba con Celestino. Sabía de la perversión de Nicolás, que inventaba adicciones emotivas en los humanos a través del RVCortical.

Y a pesar de saberlo se quedó callado. Tal vez, aquel juego enfermizo fuera la pluma que necesitaba para desequilibrar la balanza.


Los primeros tres minutos transcurrieron en silencio: el defensor seguía acercándose envuelto en una burbuja de tiempo que hacía imposible cualquier cosa que no fuera una identificación aproximada. En T-10 minutos, Sergio regresó diciendo que los cayau no estaban en El Pampa. Había que tomar una decisión.

Celestino decidió. No había ninguna razón para disolver las sondas de choque, más allá de una extraña y atractiva simetría poética que le confería a todo una consistencia onírica.

Sergio disolvió las sondas en T-6. El defensor lo hizo en T-5. Ramón dispuso que retrocedieran al límite temprano de la burbuja en que viajaban, para que la colisión con la burbuja del defensor les diera alguna posibilidad de maniobra. En T-3 estaban listos para soportar el embate.

Ramón Yáñez, que por esas cosas de la inercia funcional se había convertido en el piloto designado, se acomodó en el RVCortical para iniciar la maniobra.

—Todos a sus puestos —dijo Celestino por el sistema de alertas generales. Estaba amarrado al sillón de Operaciones—. Personal no indispensable diríjase a los camarotes y sujétese... No quiero a nadie vagando por la nave.

—Ya están en sus camarotes —advirtió Leticia.

Flotaba a dos palmos del techo, por encima de la cabeza de Celestino.

—¿Sigues aquí?—se impacientó el poeta.

—Si voy a perder mi nave —advirtió Leticia, sosteniéndose el abdomen—, será desde el puente. El puente es tan seguro como cualquier otro sitio.

Celestino tuvo la sensación de que al decir mi nave, Leticia en realidad se refería a su hijo nonato. O tal vez ella intuía que, en aquella pesadilla, nave e hijo eran una misma cosa gestándose en su vientre. De un modo u otro, Leticia tenía razón: el puente era un sitio tan seguro como cualquier otro de la nave.

—Entonces siéntate allí, junto al pan-táctil —ordenó Celestino—, y no despegues el culo del sillón.

—¿Por qué ellos pueden navegar el tiempo discontinuo en dirección contraria? —preguntó Ramón señalando el defensor—. No tiene sentido.

—Depende de qué lado entres en el túnel —respondió Leticia, mirando de reojo al impertinente que se había atrevido a dar órdenes a la capitana—. Nosotros venimos del presente, o al menos un potencial presente, así que estamos en un valle de la perturbación temporal. Ellos están en un pico.

—¿Vienen del pasado?

—Sí... No. Algo que podríamos llamar «pasado». —Leticia movió los brazos con evidente impaciencia, parecía confundida—. Supongo que es más fácil explicarlo con modelos recursivos.

—T-2 —dijo Sergio.

Ramón había desplegado las guías termales de cálculo. Marcó en el plan de navegación un punto gris, áspero y retropicante.

—Ésta es la buchaca que desemboca en el tiempo mareal —dijo—. Lo único que necesitamos es que nuestra burbuja los golpee de tal forma que terminemos en esa esquina del paño.

—¿Qué diferencia hay entre esa buchaca y el punto de inserción del defensor? —preguntó Leticia.

—Está unos veinte días antes de la inserción, tal vez un mes. Lo siento, no conocemos la dinámica de las burbujas, o el coeficiente de rozamiento de la estasis. No puedo ser más preciso. Lo único que puedo decir es que, cuando salgamos de la marea temporal, el defensor ni siquiera habrá llegado al horizonte eventual del agujero gris.

—T-1 —dijo Sergio.

—¿Y cuáles son las posibilidades de que alcancemos esa buchaca? —preguntó Celestino.

—Una en cien. Una en mil. Una en...

Todos oyeron la voz de Nicolás Lombardo cuando respondió una pregunta que nadie le había formulado.

Una en cien. Una en mil...

Todos lo oyeron, pero sólo uno fue capaz de recordarlo. Celestino desató el arnés del sillón de Operaciones y se proyectó hacia la mampara comunicante, hacia la voz de Nicolás.

No hubo desaceleración, ni explosiones, ni gritos cuando ambas burbujas se cruzaron y todo dentro de El Pampa entró en la estasis.


Júpiter Lombardo abrió los ojos. La habitación de Jennifer Richie estaba completamente a oscuras. La ventana falsa estaba apagada. La hololámpara en la habitación de Ariel no emitía ningún destello.

—Luz de día —dijo, pero los paneles ópticos no se activaron.

Oyó la respiración de Jenny a unos metros e intentó alcanzarla. Rodó por el piso vinílico, mucho menos blando que la moqueta del departamento de Jenny.

Entonces advirtió la incongruencia: si alguien podía estar en el cuarto de Jenny, ése era Amílcar Incahusti, no Júpiter Lombardo.

Pero si no estaba en la habitación de Jenny, ¿dónde estaba?

La voz de Capitán Pardiez se coló entre sus neuronas hasta ganar la corteza auditiva.

—Tu nombre es Amílcar Inchausti... otra vez. Estamos en el centro de detención de la colonia.

—¿Qué fue lo que salió mal? —susurró Júpiter, masajeándose el brazo. Ya empezaba a recordar.

—Valhof te noqueó en el puente de la Little Queen y te trasladamos a la enfermería. Después llegaron los uniformados y arrestaron a todo el mundo. En la otra litera está Valhof. Fue la única que se negó a cooperar. Los demás confesaron todo.

Júpiter se rascó la barbilla.

—Le mostré su registro cronoblindado —admitió—. Las fotos del accidente en el dique seco. Después... creo que me aplicó un antiinflamatorio. No recuerdo más. Supongo que la convencí.

—Yo no llegué a tanto —dijo Capitán Pardiez—. Los uniformados aparecieron mientras discutía con la camarilla. Era policía de la Flota. Estaban armados hasta los dientes. Es natural que la gente se asustara.

—Pero no Valhof.

—Ella no dijo nada. Por eso está aquí.

Júpiter se levantó con dificultad y se sentó en la litera.

—¿Por qué soy Júpiter? —preguntó.

—Anulé temporalmente el inhibidor mnemónico para que pudiéramos tener esta conversación sin interferencias de tu otra personalidad. Sospechan que tienes un inhibidor, pero buscan un chip electrónico. Tardarán bastante en darse cuenta que es una neurored independiente.

—Entiendo. —Júpiter se estiró buscando los límites de la litera. Todavía vestía su traje hipersintonía—. ¿Funciona?

—No. El casquete y las baterías quedaron en la nave.

En el silencio que siguió, Júpiter percibió la pesada respiración de Valhof, que a veces derivaba en ronquido. Pardiez seguía sin materializarse.

—¿Dónde estás tú? —preguntó Júpiter.

—Gracias por preguntar —respondió Capitán con un dejo de ironía—. Muy considerado de tu parte.

—Perdón —susurró Júpiter juntando las manos, aunque nadie pudiera verlo—, soy un insensible. ¿Dónde estás?

—Cuando capturaron la Little Queen intenté regresar a la cápsula de desembarco, pero no pude. Está bloqueada. Ahora, una parte de mí está en la red pública. Otra parte está en el chip neural, aquí contigo, y el grueso del pseudolímbico en el núcleo holográfico de Ariel.

—¿Ariel? —Júpiter sonrió a la oscuridad. Todavía le dolía la mandíbula—. ¿Ellos están bien?

—Sí. Jenny y el chico están bien, no te preocupes. Mejor piensa en ti y en tu... Valhof... ¿Qué vendría a ser tuyo?

—Compañera —respondió Júpiter sin dudarlo.

Enamorada —corrigió Capitán.

—¿Por qué lo dices?

—No lo sé. Creo que actuaba como una mujer despechada cuando te golpeó. Y luego sintió lástima, y luego no te traicionó, y luego... No sé.

—Cada vez que una mujer hace algo raro, dices que actúa como despechada... ¿Qué sabes tú de mujeres despechadas? —se indignó Júpiter, pero sin elevar la voz.

—Lo que papá me dejaba leer, allá en El Pampa. Decía que un sintelizado debe conocer las mañas de sus capitanes. Ahora lo extraño.

—Lo lamento —dijo Júpiter con un hilo de voz, y se cubrió el rostro con las manos—. No deberías haber venido.

Pasaron unos segundos antes de que volviera a hablar.

—¿Qué sabemos de El Pampa? —preguntó Júpiter con un destello de esperanza—. ¿Vendrán por nosotros?

—Eso es lo más extraño. —La voz de Capitán se volvió lúgubre—. Pude averiguar que una nave traidora entró en este espacio-tiempo, hace unos quince días. La descripción concuerda con El Pampa. Se adelantaron. Creo que ésa es la razón por la cual había polis de la Flota en la colonia. Supongo que los ingenieros de la Flota, o tal vez los de la Comandancia, detectaron el ingreso y rápidamente modelaron una cronoelipsis, y parece les salió bien. Estaban vigilándonos.

—¿Pudo escapar El Pampa? —susurró Júpiter, y después de esa pregunta se quedó sin aire en los pulmones. Inspiró largamente, como si quisiera evitar la siguiente cuestión—. ¿Vendrán a buscarnos?

—Creo que no —respondió Capitán. Sus palabras sonaban ahogadas: un hilo de agua abriéndose paso en el desierto—. Nadie vendrá a buscarnos. No nos necesitan.


Todo dentro de El Pampa entró en estasis. Menos Celestino, que flotaba con movimiento rectilíneo uniforme por el pasillo comunicante del torpedo.

Respiraba con gran esfuerzo el aire que él mismo desplazaba.


Ilustración: Guillermo Vidal

Cruzó una segunda mampara y alcanzó a ver, a unos trescientos metros, otro cuerpo que se movía en sentido contrario. Pero lo que había más allá de la segunda mampara ya no era El Pampa. Conforme avanzaba, Celestino se internaba en un túnel cambiante, donde las entrañas metálicas de la nave adquirían una plasticidad melosa, y la arquitectura monástica de las clase Zafiro parecía fundirse (retorcerse, someterse, ensañarse) con otra más suntuosa que le era ajena.

Los conductos internos de El Pampa se disolvían al entrar en paneles y molduras que antes no estaban allí. Las paredes dibujaban una fuga engañosa, que cambiaba bruscamente cada dos o tres segundos. La potente iluminación del pasillo claudicaba ante la sombra que evolucionaba desde los rincones, como si algo se moviera por delante de una luz que Celestino no atinaba a identificar, generando aquella mácula de obsidiana.

Luca Yáñez estaba a medias empotrado en la pared de uno de los radios de la nave. Parecía un holograma perfecto que menguaba con cada embate de aquella pared disolvente. No había dolor en su rostro, sus cabellos rubios estaban desordenados y rígidos. Tampoco había tensión en sus músculos. Cualquiera diría que la pared lo había sorprendido en la mitad de alguna tarea rutinaria.

Celestino intentó desviarse para evitar que la estructura terminara deglutiendo a su hijo, pero no había nada a qué asirse. Pronto advirtió que eso hubiera sido un error. Detenerse en el espacio de tiempo discontinuo significaba también detener el transcurso del tiempo.

Se sintió abatido y aliviado a la vez.

Apretó los dientes y giró sobre su eje longitudinal para dejar aquella escena a sus espaldas. El cuerpo que avanzaba hacia él también rotó, pero en sentido contrario. Con todo, aquella acción provocó cambios en el paisaje, como si el solo hecho de girar pudiera acelerar el espacio-tiempo, quebrarlo, volver a ensamblarlo. No era tan evidente en el paisaje, que cambiaba como en un delirio psicodélico, sino más bien en el sentido del equilibrio y en el estado de autopercepción.

Intentó detener el giro, pero en cada desaceleración, en cada cambio del eje de rotación, la realidad quedaba trastocada y su conciencia perdía bruscamente la continuidad. Se preguntó si aquel giro terminaría cambiando el perfil de ataque de su cuerpo en el espacio de tiempo discontinuo, pero no fue capaz de imaginar un esquema que le resultara didáctico. Lo intentó varias veces. No podía pensar con claridad.

Consultó el cronómetro: los números avanzaban desacompasados, podía pasar del 3 al 5, o del 12 al 15, como si el tiempo tuviera estados prohibidos y sólo pudiera saltar entre orbitales cuánticos discretos. En un momento, Celestino se preguntó por qué estaba observando el cronómetro. Al siguiente recordó el motivo, e ideó formas de no olvidar la intención entre un instante y el siguiente: la posición de los dedos, una palabra que se prolongara como puente sobre los pocos segundos en que perdía la continuidad. Eligió un poema de su repertorio, una suerte de cantinela rápida y pegadiza, y comenzó a recitarla mecánicamente.

En la tercera o cuarta repetición, fue capaz de pensar en otras cosas. Flotaba en una realidad estroboscópica, que sin embargo evolucionaba. No estaban en estasis... aún.

Alzó la mirada, pero la maniobra le llevó más tiempo y voluntad de los que previó en un primer momento. Advirtió que lo que se movía a pocos pasos por delante de él no era sólo un cuerpo. Era un tripulante de la otra nave: un joven de cabellos rubios y ondulados, que ya comenzaban a encanecer prematuramente. El muchacho lo miró sin dejar de repetir su propia letanía en voz baja. Se interrumpió. Abrió dos veces la boca, pero las palabras no salieron.

—Déjate llevar —dijo el extraño finalmente—. Yo...

—Frases completas —respondió Celestino señalándose la sien.

—Nicolás está conmigo —siguió el otro—. Y las sabinas. Hemos adelantado el regreso.

Hizo una pausa y por unos segundos pareció que no diría nada más. Estaban frente a frente cuando Celestino lo identificó.

—Mucho cuidado cuando salgan del otro lado, padrino. Los están esperando.

El cuerpo de Júpiter Lombardo levitó durante otros seis espasmos y desapareció.

En T+13, las burbujas se separaron.

Luca avanzó hacia su padre, y lo ayudó a detenerse.


Durante unos segundos, Júpiter Lombardo intentó digerir la frase de Capitán Pardiez, sin lograrlo. Valhof se revolvía con invisibles sobresaltos en la litera. Hacía frío.

—No entiendo —admitió Júpiter finalmente.

El Pampa logró escapar, pero las cosas no salieron como habíamos previsto. —Capitán hizo una pausa embarazosa, el equivalente sintelizado a tragar en seco—. Evidentemente hubo una razón para que El Pampa entrara antes. Modelé posibilidades y consulté la red pública. No te va a gustar lo que descubrí...

—¿Más recuerdos del futuro?

—Sí. —Silencio, o tal vez el amago de un puchero—. Papá y yo siempre dejamos marcas en las bases de datos cronoblindadas de acceso público, por si algo sale mal en una cronoelipsis. Incluso tenemos algunas técnicas para leer esas marcas con retroactividad. Ya sabes: está paranoico con eso de que los cayau le alteran el pseudilímbico, así que deja marcas en todas partes. —Una vacilación. Otro silencio—. La cosa es que, de alguna manera, yo estoy en el futuro. He seguido almacenando esas marcas durante diez años, y más también.

Por un instante Júpiter no respiró, ni habló, ni se movió. Sus ojos intentaban desesperadamente rasgar la oscuridad y el tiempo, sin lograrlo.

—¿Y yo? —gimió. Se obligó a repetir la pregunta con algo más de dignidad—: ¿Yo estaba en ese futuro?

Capitán tardó en responder. Intuía que era mejor dejarlo estar. Que Júpiter lo descubriera por él mismo. Luego, no hubo ironía, ni ansiedad, ni compasión en la triste respuesta de Capitán Pardiez:

—Lo lamento, hermanito. Lo lamento mucho.


Luca soportó la reprimenda de Celestino estoicamente. Había desobedecido la orden de quedarse en su camarote, ya se las vería con la capitana de la nave. La monserga, sin embargo, duró menos de lo esperado. De pronto Celestino perdió la ilación y se quedó en blanco.

El muchacho acompañó a su padre hasta la enfermería, donde el automédico acusó una actividad inusual en el núcleo supraquiasmático del cerebro. Repitieron los análisis varios minutos después. Al parecer, no había nada que el automédico pudiera hacer que el cerebro de Celestino no estuviera haciendo mejor.

—Estoy bien —mintió Celestino, pensando que el niño lo dejaría descansar. Pero Luca lo tomó de la mano y lo arrastró hasta la sala de situación. Celestino no puso resistirse. Todavía estaba obnubilado por la recientemente adquirida continuidad del universo.

Recapitulando con bastante esfuerzo, el poeta comprendió que en poco menos de media hora subjetiva su mente se había adaptado a una realidad intermitente y calidoscópica, donde la urgencia por hallar pautas y seguirlas, e incluso el mero ejercicio de distinguir formas humanas en medio del caos arquitectónico, se había vuelto hábito. O tal vez algo más que eso. El núcleo supraquiasmático que mencionaba el autodiagnóstico estaba relacionado con el reloj circadiano. Tal vez, Celestino ya no percibiera el paso del tiempo como el resto de los humanos.

Cerró los ojos y aspiró profundamente antes de entrar en la sala de situación.

Los demás tripulantes de El Pampa apenas tenían conciencia del percance. Leticia Foster y Sergio Lombardo se habían enredado en una absurda telaraña de explicaciones exóticas, que Celestino no podía seguir fácilmente. Ramón Yáñez permanecía en el puente, navegando a velocidad estándar hacia el espacio de tiempo mareal.

El defensor seguía su trayectoria de cronoelipsis inversa alejándose de ellos. Todos tendían a pensar que ambas burbujas de tiempo discontinuo se habían cruzado, pero hasta ese momento a nadie se le había ocurrido preguntarle a Celestino.

Por mucho que lo intentara, sin embargo, Celestino no acertaba a meter bocadillo entre un fantasmal segmento de tiempo continuo y el siguiente. Constantemente tenía que recordarse que el espacio-tiempo dentro de El Pampa era continuo. Aquella discontinuidad era sólo un efecto residual que tarde o temprano terminaría menguando.

Había un holograma en el centro de la sala, y otros dos flotando marginalmente a espaldas de los presentes. Además de Leticia y Sergio, en la sala estaban Ovidio Laplace y Uaxinton Suárez: un anciano negociador científico que, al igual que Júpiter, profesaba la filosofía borgeana.

—Es más sencillo de lo que parece —decía Leticia, al tiempo que reconfiguraba los diseños holográficos.

Frente a Leticia se podía ver una suerte de membrana hecha de jirones. Dos dimensiones temporales —que formaban solidariamente lo que llamaban plano de tiempo—, agitándose sobre una tercera espacial. Era el espacio de tiempo discontinuo. Había una cuarta dimensión espacial que el holograma no podía representar. La capitana Foster amplió la escala y colocó en cada extremo del plano de tiempo discontinuo un punto denso: El Pampa y el defensor clase Puma.

—Nuestra nave puede vibrar en cuatro dimensiones cualesquiera, pero no más que cuatro —explicó Leticia—. Al entrar en este espacio de tiempo, deformamos el planitiempo discontinuo localmente. —La membrana de jirones se curvó—. Un efecto relativista, similar a la deformación que un cuerpo denso produce en el espacio-tiempo estándar. Esa deformación tiene... consecuencias...

Uaxinton Suárez flotó hasta el holograma desde la dirección opuesta a la que estaba Leticia, y movió el otro punto denso fuera del planitiempo discontinuo.

—Si me permite una acotación —carraspeó—: Las secuelas de la simpatía temporal comenzaron antes de que el defensor ingresara en el espacitiempo discontinuo, como bien puede atestiguar Don Celestino Yáñez, aquí presente.

Celestino asintió. Con ese gesto evitaba admitir que no tenía la más pálida idea de qué estaban hablando.

—¿Usted se refiere al puñal sin mango del poema de Celestino? —preguntó Leticia—. ¿A que ellos disolvieran sus sondas de choque cuando nosotros disolvimos las nuestras?

Uaxinton Suárez dudó. No conocía el poema, pero sí sabía a grandes rasgos qué había dicho Celestino en el puente.

—Exacto —dijo finalmente—. Seguramente, si analizamos con detenimiento los hechos, encontraremos otras simetrías más evidentes y menos explicables por vía de la lógica lineal. Al fin y al cabo, admitamos que la disolución de las sondas pudo ser una forma de señalarnos que no iban a atacarnos. Yo hablaba más bien de la desaparición de la cápsula de desembarco... —Uaxinton Suárez se detuvo por unos segundo. Cuando retomó el discurso, la voz sonaba más grave—. Entendamos esto, por favor: En el espacitiempo discontinuo no puede haber paradojas. Todas esas cosas que hacemos en las cronoelipsis para alterar la línea de tiempo humana pierden sentido en el tiempo discontinuo. Ése es el principio de la bodega infinita: las cosas no tienen continuidad, podemos almacenar muchas cosas en la misma ubicación. Así que en el espacitiempo discontinuo no puede haber paradojas, ni inducciones entre planos que provoquen la simpatía temporal. ¿Queda claro? Sin embargo, sí hemos experimentado episodios de simpatía temporal, eso es evidente. Entonces, ¿qué pasó?

Sergio Lombardo arrastró uno de los hologramas marginales hasta el centro de la sala. Se parecía al anterior —dos dimensiones temporales y una espacial, con una dimensión espacial sublimada—, salvo por el hecho de que el plano de tiempo era un paño sin fisuras que flameaba como si fuera una bandera. Celestino sabía que esa ondulación se producía también respecto del tiempo lineal humano. El holograma graficaba el espacio de tiempo mareal. Desde allí había llegado el defensor, y hacia allí viajaba El Pampa.

El sintelizado movió la figurita que representaba al defensor, cambiando al mismo tiempo su escala. Apenas colocó el defensor sobre el holograma, el paño se combó sobre el eje espacial.

Uaxinton Suárez volvió a carraspear.

—Ahí está, otra deformación relativista. Sergio, por favor, ¿serías tan amable de representar la interferencia de ambos planitiempos, pero teniendo en cuenta la presencia de las naves?

—Para que se viera con claridad, necesitaría seis dimensiones, y sólo tengo tres —respondió Sergio.

—Claro, claro. Que distracción la mía. Entonces, te ruego que nos cuentes las consecuencias prácticas de esa interferencia.

Sergio asintió en un absurdo simulacro de buscar las palabras.

—Las dos deformaciones locales están alineadas —dijo, señalando los puntos densos en ambos hologramas—. Tal vez sean consecuencia del mismo acto cronoelíptico. Por lo que veo, parecen lo suficientemente densas como para que el ángulo de incidencia de ambos planos de tiempo haya variado. Eso cambia la forma de la interferencia entre los planitiempos mareal y discontinuo, incluso la trayectoria de El Pampa. El efecto concreto es que en algún punto parecen fundirse el planitiempo discontinuo y el mareal.

Leticia Foster acaparó la palabra.

—Es lo que todos vimos. Cosas que desparecen, intuiciones. Consecuencias que preceden a las causas —meditó—. El cambio en el ángulo de incidencia explicaría el que aquí, dentro del tiempo aglutinante, y especialmente en el espacio de tiempo discontinuo, tuviéramos conatos de simpatía temporal, inducciones, paradojas...

—Y el hecho de que Júpiter y Nicolás estuvieran en el defensor, regresando de la cronoelipsis antes de que pudiéramos ejecutarla.

Todos se volvieron hacia Celestino, que parecía feliz de haber metido un bocadillo en aquella discusión. Había formulado la frase una decena de veces en su mente, hasta que pudo decirla de un tirón y sin perder la ilación.

Leticia tomó del brazo a su marido y lo acercó al centro de la sala.

—¿A qué te refieres?

Celestino sonrió, como si con ese gesto pudiera evitar responderles. No funcionó. Tomo aire y colocó tres dedos delante de los ojos. Tres cosas tenía que decir. Bajó el anular.

—Las burbujas se cruzaron. Fue muy raro.

Observó desconcertado dos dedos haciendo la «V» de la victoria, bajó el dedo mayor.

—Yo pude ver la transición porque estaba en movimiento. Creo que eso me afectó un poco.

El índice señalaba hacia arriba, levantó la mirada y se enfrentó con el rostro lunar de Ovidio Laplace. Éste le devolvió la mirada con evidente incomodidad.

—Y el tercer punto es... —sugirió Laplace.

Celestino bajó el índice.

—Júpiter dice que alguien nos está esperando del otro lado. La Comandancia, supongo.

El puño de la mano derecha estaba cerrado, irredento, rodeado de miradas inquisidoras que por sí solas no eran capaces de explicar esa acechanza.

Sergio dio un paso en el aire hacia Celestino, y se aseguró de que éste pudiera verlo. Había algo lejanamente parecido a la ansiedad en el rostro del sintelizado.

—¿Dónde está Júpiter?

Celestino cerró los ojos, recapitulando.

—En la otra burbuja —dijo—. El defensor está tripulado por Júpiter y Nicolás.

Gracias a Dios. —Algo se aflojó en el rostro de Sergio, torpe e innecesariamente—. El chico se escapó, entonces. Se fue con su hermano.

Aquel gesto conmovió a Celestino.

—Nicolás buscaba compañía humana —dijo.

—No tenía necesidad de abandonarnos —intervino Ovidio Laplace—. Podría haber copiado la matriz en los sistemas de la cápsula de desembarco, o en una memoria masiva...

—Júpiter lo habría rechazado —respondió Uaxinton Suárez con inusual simpleza—. Abominamos la duplicación.

Por el canal de audio se escuchó un segundo Gracias a Dios. Era Ramón, desde el puente.

—¿Están bien? —preguntó.

—Creo que sí —dijo Celestino—. Ha pasado el tiempo para ellos.

Hubo un breve silencio en el canal de audio, y un suspiro.

—Ahora que todo está aclarado —dijo Ramón finalmente—, deberíamos ocuparnos de la Comandancia.

Leticia carraspeó.

—Vamos con tiempo a favor —dijo, mientras leía el pan-táctil—. Como anticipó Ramón, El Pampa saldrá del tiempo mareal antes de que culmine la misión en Marte. —Se volvió hacia los demás exhibiendo una sonrisa—. Nada de lo que hagamos en el pasado de la línea temporal humana puede afectar a la Little Queen, porque ya está viajando por el tiempo discontinuo. Así que sólo tenemos que salir del espacio de tiempo mareal, pegar la vuelta e intentar alcanzar la Little Queen en el futuro. No resultó como estaba planeado, pero salió bien. —Leticia se miró el abdomen—. Tenemos mucho por qué celebrar.


Griselda Valhof despertó con un sobresalto. Para ese entonces, las paredes de la celda presentaban una iluminación mortecina y sucia, que iba del dorado al azul lavado.

Amílcar Inchausti parloteaba solo, al estilo de los tecnoswingers eremitas de Chryse Planitia. La matemática aprovechó la penumbra para simular que dormía.

—¿Y yo? ¿Yo estaba en ese futuro? —preguntaba Júpiter.

Valhof ya sabía la respuesta. Para Amílcar fue como un golpe en el pecho: se desplomó en la litera, los ojos muy abiertos y extraviados. Respiraba con dificultad.

—O sea que... —No terminó la frase. Extravió la mirada en el diseño del piso vinílico—. ¿Qué quieres decir...? No puedes. No está...

Se incorporó nuevamente. Levantó la mirada.

Una mansa comprensión invadió el rostro de Amílcar.

—Es tu opción —dijo—. Es una buena opción.

Sólo una lágrima cruzó la mejilla de Amílcar/Júpiter, para refugiarse en la comisura de los labios. Se quedó en silencio. Inmóvil en su pena. Pasaron minutos enteros. Los ojos se le secaron.

Valhof se incorporó y se sentó en la litera. A la luz de aquellas paredes parecía distinta. El cabello levemente encanecido. Unos pocos pliegues en las comisuras de los labios. No eran arrugas de preocupación o tristeza. Había sido una mujer feliz.

Estás en ese futuro —le dijo a Amílcar/Júpiter—. Todos estamos.

Su mono de trabajo parecía más gastado. Tenía algunos remiendos sutiles. Quién sabe cuánto tiempo lo habría guardado para ejecutar aquella nueva cronoelipsis.

—La Griselda Valhof de este tiempo eligió su opción en el desierto —aclaró—. Eso fue antes de que despertaras en esta celda. Ella no era borgeana, como soy yo. No era justo. No volveremos a saber de ella.

Amílcar/Júpiter se levantó de su litera y se sentó junto a la mujer. Sin pedir permiso, pero con amorosa delicadeza, abrió el mono de trabajo. Valhof tenía un traje de hipersintonía.

—Me envían Nicolás y Uaxinton Suárez, y Júpiter. —Ella le dio un beso breve en los labios—. Hemos sido muy felices juntos. Pero si él está allá, tú no puedes estar aquí. No de este modo, al menos.

—Lo sé —respondió él, que había llegado a la misma conclusión.

—Vine a decírtelo, porque sé lo que has sufrido en manos de la Comandancia. Serán diez meses hasta que finalmente tomes la decisión.

Él sonrió: —Diez meses de duplicar mi aporte a la entropía del universo. De bifurcar mi destino... No debí demorarme tanto. Lamento haberte obligado a venir.

—Mis motivos fueron egoístas. Mi doble también sufrió. —Valhof sonrió. Ya no hablaba con esa rigidez de músculos faciales que la había caracterizado en el pasado. Los labios y el rostro se movían armónicamente—. He abrazado la filosofía borgeana, igual que tú. Ella, mi doble, lo entendió perfectamente. Pero lo transformamos en una apuesta. Le di la opción del desierto, de un cambio de identidad que alivianara la entropía de nuestra línea temporal. —Valhof apartó la mirada para que Júpiter no viera que estaba llorando—. Pero eso no funcionará contigo, ¿verdad?

Hubo un silencio incómodo. Ella agregó con un dejo de esperanza:

—Puedo hacer que seas Amílcar Inchausti para siempre, sin rastros de Júpiter Lombardo. Sólo tengo que manipular el inhibidor...

—No estarías aquí si el otro Júpiter no lo hubiera modelado... Si me quedo aquí, de un modo u otro, algo se saldrá de madre. Habrá consecuencias. Y ya no serán dos aportes entrópicos, sino tres.

Valhof moqueó. Lágrimas nuevas empujaron las que estaban a punto de secarse.

—Eso es verdad —admitió en un hilo de voz, pero conforme la frustración tomaba cuerpo, fue elevando la voz—. Júpiter me hizo prometer que no te lo diría, que te dejaría elegir como dejé que eligiera mi doble. Pero ya lo sabes, maldita sea. Sabes lo mismo que él sabe. ¿Por qué tenías que saberlo...?

—Porque la marea va en ambos sentidos —respondió él sin alterarse—. Si Júpiter se resfría, yo estornudo.

Ella estuvo a punto de decirle que los dos eran Júpiter Lombardo, pero no pudo. El único Júpiter que podían aceptar estaba en la Little Queen. Volvió a susurrar Lo siento.

Celos del puñal sin mango —recitó Júpiter—, del vacío que arrebata / el alma en el doble filo / que te hiere y que me mata.

La matemática sonrió.

—Lo compusiste tú, ¿verdad? Lo escribiste en aquella pared. Eso será dentro de algunas semanas, creo. Lo firmaste como si fuera de Celestino para que supiéramos que era un mensaje para él. Sabríamos que estabas aquí. Pero la Comandancia se guardó el secreto hasta después de tu muerte... Es curioso cómo funcionan las cosas.

—No, no fui yo. Lo compuso Nicolás —explicó Júpiter—. El Nicolás que estaba en esta habitación. Yo no lo hubiera escrito mejor... Debí sentirme muy solo después de la partida de mi Nicolás. Celoso de ese futuro. Vaya uno a saber.

—¿Te dejó solo?

—Acaba de hacerlo. Supongo que actuó como yo esperaba. Seguir aquí hubiera significado duplicidad, abominación.

—¿Se borrará?

—Sí, no... No lo sé. No quiso decírmelo. Me dijo que él ya había elegido. Que así se hacía la historia. Últimamente me copia en todo. Esas frases son mías.

—Lo sé, amor... Nicolás tendrá su propia nave, ¿sabes? Costó trabajo, pero pudimos rediseñar la Little Queen. Y la camarilla se adaptó bien. Incluso estamos encarando algunas iniciativas diplomáticas. Tal vez la guerra termine algún día.

—¿Viviré para verlo?

—De alguna forma, sí.

—Ayúdame a ser uno, otra vez.

Ella le extendió la pastilla de cianuro, similar a la que su padre biológico había rechazado antes de ser enviado por sus propios compañeros al vacío del espacio y a la descompresión letal.

Valhof le dio un beso en la mejilla. Una lágrima de ella se quedó con él. La matemática se despojó rápidamente del mono de trabajo y se colocó una capucha rígida. Las guías de resonancia brillaron antes de que su cuerpo comenzara a plegarse, a retorcerse, a desmoronarse como un castillo de naipes.

—Atenta a la lengua —dijo Júpiter, y se rió a cuenta de los momentos por venir.


Celestino recorrió el paditexto por octava vez. El poema se llamaba «Luz estroboscópica». Se lo había mostrado a Leticia. Ella había sonreído apenas, los puños apretados, los ojos fríos. Está verde, le había dicho. Al principio, Celestino pensó que se trataba de la métrica o la elección de las palabras. Pero luego advirtió su error.

No debió habérselo mostrado. Ella sabía que la verdad formaba parte integral del arte, o al menos del arte tal cual lo entendía Celestino. Era un componente inherente a la estética, tan importante como la precisión de las imágenes o el ritmo. El poema decía la verdad, por terrible que fuera.

Celestino recorrió el paditexto por novena vez. Había perdido súbitamente el hilo de sus pensamientos. Sin embargo el poema seguía allí. El paditexto contenía a un mismo tiempo la frase que estaba leyendo, el verso con el que había iniciado la primera estrofa y las palabras que leería en vísperas de la conclusión del último verso. En aquella lámina del pad convivían los tres tiempos de la secuencia, como en una eternidad domesticada.

Celestino recorrió por décima vez los versos del poema, marcando la pulida superficie del paditexto con los dedos húmedos de lágrimas, no fuera cosa que el parpadeo estroboscópico lo sorprendiera justo en la mitad de su lectura.


Me dicen

que este cuerpo blando

que agita el regazo,

me dicen que es mío.


La cama,

y allá está la madre,

rugiendo en la puja.

Me dicen que es niño.


Se siente

que ya está llegando

una catarata

al sur del ombligo.


La veo.

Es madre y planeta.

La vida se expande,

abriendo camino.


Y yo,

ausente en la puja,

no recuerdo aguas

al sur del ombligo.


Mis ojos

niegan la memoria,

separando historia,

presente y destino.


La sombra

que acuna a ese niño

no es la misma sombra

que lo ha concebido.


Desplazó el bloque de texto sobre la pantalla y agregó una estrofa más. Ya pensaría en qué parte del poema insertarla.


No sé

por qué ella no ríe.

Será que el silencio

reprocha mi olvido.


Celestino balbucea el poema por undécima vez. Y piensa, paradoja de paradojas, que por haber corrido tras la voz de un ahijado anexistente, ahora no puede recordar el llanto del recién nacido.


Ariel Richie había crecido. No era esbelto, ni alto, ni fornido, sino más bien menudo, como lo había sido su madre. Y un poco melancólico, o al menos eso decían sus compañeros de estudio.

No había elegido ninguna de las carreras que se cursaban en las colonias marcianas. Alguien lo había convencido de que lo suyo era la diplomacia y le había ayudado a costear la etapa de adaptación para el viaje a la Tierra. Ahora cursaba el primer año de la carrera.

Barcelona era mucho más de lo que esperaba. Toda esa gente, todos esos idiomas, la exótica arquitectura, el calor húmedo, el tránsito infatigable, la vegetación... Después de unos días en las playas del Mediterráneo había regresado a Vallvidrera, a la masía que desde hacía siglos funcionaba como campus universitario.

Era un viaje agradable. Lo relajaba conducir el VW alquilado a capota descubierta. Eso era algo que no podía hacer en Marte.

Estacionó bajo una arboleda del campus y bajó del vehículo. Después se ocuparía del equipaje. Rodeó el edificio para fumar un cigarrillo armado.

Alguien lo esperaba en la fachada norte. No era extraño ver uniformados rondando los edificios del campus, pero éste vestía un traje anticuado, similar al de Capitán Pardiez.

Claro, no se le parecía en lo más mínimo. Era mucho más viejo. Y, además, Pardiez era un sintelizado. Su compañero de juegos de la infancia era un holograma perfecto con alma de niño.

El individuo parecía revisar los esgrafiados del siglo XVIII, pero miraba de reojo en dirección a Ariel. Era demasiado evidente.

Ariel se encaminó hacia el tipo resueltamente. Cinco metros antes levantó una mano y lo saludó.

—Disculpe, creo que nos conocemos —dijo.

El hombre se volvió hacia él. Era Amilcar Inchausti, diez años más viejo de lo que lo recordaba. Había sido el novio de la madre de Ariel. Era el compañero, o tal vez el hermano del sintelizado.

Al observarlo mejor, Ariel notó por primera vez el parecido físico con Capitán Pardiez: la forma de la nariz, la mirada oblicua, la postura de los hombros. Hubiera corrido hacia él, sino fuera porque ese hombre era un traidor... y porque estaba muerto.

—Hola, Ariel. Ha pasado mucho tiempo.

El muchacho se detuvo, comenzó a temblar. Amílcar/Júpiter intentó un gesto tranquilizador que no sirvió de nada.

—Capitán te manda saludos —dijo, y eso pareció funcionar—. Discúlpame, pero él me dijo que tenía que ser yo. No habría venido si no fuera porque insistió. Dijo que era una promesa. Insistió muchísimo.

—¿Cómo está Capitán Pardiez? —preguntó Ariel.

—Su verdadero nombre es Nicolás Lombardo, es mi hermano. Él está bien. —Júpiter desvió la mirada—. Ahora es capitán de una nave. Capitán de verdad.

—Una nave traidora —acotó Ariel fríamente.

—Sí.

Ariel se acercó un poco. Le tendió la mano.

—Creí que habías muerto.

—Juegos cronoelípticos, preceptos borgeanos, paradojas, duplicaciones indeseadas... —Júpiter estrechó la mano del muchacho con una sonrisa—. Sé que he muerto, pero no estuve allí. Tampoco sé nada del Nicolás que se quedó en Marte. En parte por eso estoy aquí: tienes algo que le pertenece a Capitán... a Nicolás.

Ariel se abrió la camisa. Pendiendo de una cadena llevaba un antiguo núcleo holográfico.

—No queda mucho en el núcleo —admitió—. Capitán me dijo que no quería duplicarse, que tenía que elegir cuidadosamente qué cosas iba a guardar. El pseudolímbico, supongo. Algunas memorias de los últimos días, no lo sé. Nunca más se manifestó. Sólo me pidió que lo conservara. Me dijo que algún día vendría a recogerlo.

Júpiter abrió la mano y Ariel le entregó el núcleo.

—Gracias.

—¿Podré ver a Capitán? —preguntó Ariel. Ya no había reparos en el timbre de su voz o en la mirada.

—Pronto.

Ariel bajó la cabeza.

—Sabes que mamá se accidentó en la colonia, quedó hemipléjica...

—Lo sé. También me enteré que las operaciones no funcionaron, que murió poco después. —Júpiter suspiró—. Si mi misión hubiera sido completamente exitosa, ella estaría bien.

Ariel asintió. Después de muchos años de intentar armar el rompecabezas, había llegado a la misma conclusión.

—Te extrañó —dijo—. Sufrió mucho cuando se enteró de tu suicidio.

Júpiter jugueteaba con el núcleo holográfico para no mirar a Ariel a los ojos.

—Le tocaba jugar el papel de Judas, no le guardo rencor.

El muchacho se adelantó y apoyó una mano en el hombro de Júpiter. Bajó la voz hasta transformarla en un ansioso jadeo: —Me preguntaba... si alguna vez podríamos regresar a ese año y...

Júpiter también había pensado en ello. Muchas veces. Incluso al candor de la felicidad que había gozado con Griselda Valhof.

—No lo sé, Ariel. Es un nodo bastante sensible. Cuando vengas con nosotros, lo averiguaremos.

Ariel asintió con amargura. Intuía que aquella amable evasiva era, en realidad, un no rotundo. Pero luego se volvió hacia Júpiter. Movió los labios, intentando rescatar el sentido de las últimas palabras: Cuando vengas con nosotros.

—¿Es una invitación, o realmente sabes que iré contigo? —preguntó finalmente.

—Una propuesta. Tú me entregaste algo que pertenecía a Capitán. Él te envía esto...

Júpiter le extendió un memback: una memoria de respaldo de tiempo aglutinante. Memorias capaces de resistir las paradojas, pensó Ariel. Nunca había visto una. Cerró el puño para que nadie más la viera.

—Ésta es la información que descubrió mi grupo, hace diez años —explicó Júpiter—. Aquí está el motivo que los llevó a rebelarse contra la Comandancia. Incluso hay direcciones de bases cronoblindadas. Detalles que podrían servirte dentro de unos años para tu trabajo de tesis. Queremos contratarte.

Ariel supo que así sería, y sintió una extraña tranquilidad. Como si la rama de un árbol pudiera carbonizarse antes de ser incendiada.

—¿Acciones diplomáticas entre humanos y cayaus? —dijo—. Eso sería algo digno de verse.

—Y lo verás, Ariel. Estarás en primera fila.

—Pero estoy en primer año —advirtió— ¿Se van a sentar a esperarme?

—¿Y tú qué crees?

El muchacho se volvió hacia la arboleda. La luz oblicua endurecía las sombras del follaje. Las ramas, como largas espinas recortadas contra el cielo de la tarde, se balanceaban con lentitud.

Todo lo demás iba demasiado rápido.

—Claro —sonrió Ariel—, ¿por qué no? Tenemos todo el tiempo del universo.



Escribir cinco o diez líneas sobre Alejandro Alonso es una tarea compleja. Tanto si se enfoca desde la perspectiva de sus logros objetivos en nuestro campo, de la relación más que estrecha que tiene con Axxón en su calidad de colaborador, como de la pura y simple afectividad que nos une desde hace años... escribir cinco o diez líneas sobre Alejandro Alonso es una tarea compleja. Apostando por lo simple —que al mismo tiempo es lo que mejor expresa lo que se quiere comunicar—, apuntemos que "Cronoelipsis" se inscribe en el universo que Alejandro está construyendo y del que ya dio cuenta en "Elegía al ausente perfecto" (142) y "Leticia en el reflujo de la marea" (157). No es poco el orgullo el que sentimos al presentar en Axxón una novela inédita de un creador ineludible de la ciencia ficción argentina. Y ese orgullo se potencia porque la obra se presenta como se debe, con el marco que corresponde y vale como augurio de lo que Axxón se propone ofrecer en este 2006 que acaba de iniciarse hace algunos minutos.


Axxón 158 - enero de 2006
Novela corta de autor latinoamericano (Novela: Fantástico: Ciencia Ficción: Dimensiones: Argentina: Argentino).

            

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