EL ESCRITOR MÁS FAMOSO DE TODOS LOS TIEMPOS

Daniel Salvo

Perú

El sujeto ingresó al consultorio a la hora prevista. Yo había llegado hacía unos minutos y esperaba que no se notara lo rápido que había acomodado las cosas. Un psiquiatra debe dar una sensación de profesionalismo y cercanía al paciente para que éste pueda sentirse cómodo y confiado. Estaba en el manual.

—Buenas tardes —logré articular. Mi castellano es muy bueno, pero es imposible librarse del acento. Tanto mejor. La gente de este país asocia lo extranjero con lo bueno. Son cosas que ayudan en la profesión, supongo.

—Buenas tardes, doctor... ¿Muceneck? ¿Se pronuncia así? —Una sonrisa nerviosa completó la pregunta. Debo confesar que realicé un gran esfuerzo por seguirme mostrando calmado y confiable.

—En realidad, se pronuncia así (me di el lujo de decirle mi verdadero nombre, lo cual estaba prohibido de antemano. Yo sabía que nadie se iba a enterar). Pero usted puede llamarme doctor Muceneck, si le resulta más fácil.

—Por supuesto, doctor... Muceneck. Esto, ¿puedo sentarme? ¿O debo tumbarme en un diván? Je, je, je; la verdad, veo que no tiene ningún diván...

Es increíble como una caricatura de la disciplina psiquiátrica podía incorporarse al imaginario colectivo de todo un mundo. Estaba seguro que si le preguntaba de donde sacaba eso del psiquiatra y el diván, no hubiera sabido qué responderme. Pero era un tópico que todo el mundo sabía.

—Puede permanecer de pie, sentarse, echarse en el mueble, lo que quiera. Lo importante es que usted esté cómodo. Tenemos cuarenta minutos.

—Sí, supongo que su tiempo es valioso y todo eso. La verdad es que no sé bien por qué he venido. Nunca antes consulté a un psiquiatra.

—¿Qué tal si empieza por decirme qué lo trae por acá? Así puede empezar a ordenar sus ideas.

Se puso pensativo. Mientras tanto, aproveché la oportunidad para observarlo con más detenimiento. Su vestimenta era muy formal, pese a tratarse de un hombre relativamente joven. Estaba algo subido de peso y su estatura no pasaba del metro sesenta. Un típico ejemplar de clase media. Habría que anotarlo.

—Bueno doctor, no es una historia larga ni nada realmente muy importante. No me va mal en la vida. Tengo un trabajo estable, una familia cariñosa, buena salud... ¿Qué más podría pedir?

—Ya veo, su vida es tan feliz y completa que solo le faltaba consultar a un psiquiatra. Le diría que no se preocupe, que aproveche y disfrute la vida...

—Sí claro, pero... —emitió un profundo suspiro—. Cuando salgo a la calle... siento que la gente me observa. Que se me quedan mirando fijamente.

—¿Cómo que la gente le observa? ¿Lo miran fijamente? ¿Quiénes?

—Ese es el problema, doctor, son puros desconocidos. Pero a cada rato me los cruzo y se quedan ahí, mirándome.

—¿A cada rato? Por favor, necesito que sea más preciso. ¿Cuándo y dónde ocurren estas... observaciones?

—En la calle. En las tiendas. En los taxis, en fin, prácticamente en todos lados.

—Me habla de lugares de acceso público. Es normal que la gente se mire.

—Sí, uno no anda por ahí con los ojos abiertos, ¿verdad? Y a veces, pasa alguna chica con minifalda que... —No completó la frase, mirándome con cierta complicidad.

—Sí, bueno, pero el asunto es usted. A usted es a quien observan. Desconocidos. En lugares públicos. ¿No está usted exagerando? Usted ha reconocido que hay ocasiones en las que también observa con cierto detenimiento.

—Sí, claro, pero esta gente que me observa lo hace de manera tan diferente, tan extraña. No se cómo describirla. Diría que me miran como si me conocieran.

—Hum. ¿Podría relatarme un caso en particular? La verdad, hasta el momento no encuentro nada anormal en las cosas que me cuenta.

—Cuando voy por la calle, por ejemplo, suele ocurrir que alguien se detiene frente a mí, con cara de arrobamiento... cara de asombro. Y se quedan estáticos, como enmudecidos. Como si estuvieran viendo un monumento o algo así.

—Podría ser que lo confunden con alguien conocido.

—Eso pensé en algún momento, pero jamás nadie ha dicho una sola palabra, ni me ha llamado por otro nombre. Se quedan ahí parados, mirándome. Observándome. Voy a contarle algo que me pasó en una tienda el otro día. Había una vendedora muy guapa, con faldas. Y estaba acomodando no sé qué productos, perfumes o talcos, no recuerdo bien. Pero en un momento, se puso de cuclillas. Estaba tan concentrada en hacer sus cosas que no se dio cuenta de que yo estaba a unos metros, observándola. Y fue una visión muy agradable, Dios, aún recuerdo esos muslos y el calzoncito en medio. Estaba en primera fila, como quien dice, totalmente anónimo, sin apuro alguno, esperando a que la chica terminara para retirarme, cuando en eso los vi.

—¿A quienes?

—Eran unos cinco o seis hombres, parecían extranjeros. Todos estaban mirándome. Por un momento pensé que estaban mirando a la chica también. Pero no. Me estaban mirando a mí.

—¿No cree que exagera? Les habrá causado cierta gracia sorprenderlo en esas circunstancias...

—Eso pensé en ese momento, pero me di cuenta que no... Estos tipos no eran así. Me miraban entre curiosos, arrobados, admirados... Como si vieran a un artista. Me salí de la tienda. Igual, en las calles...

—¿Siguieron observándolo?

—Sí... ¡sí! Ese mismo día, el siguiente, la semana pasada, incluso hoy cuando crucé la pista para llegar a su consultorio. Hombres, mujeres, adolescentes, abundan los que parecen extranjeros, pero también hay gente común y corriente. He sentido deseos de llamar a la policía, o de increparles en la cara para que digan qué es lo que quieren...

Me quedé en silencio. Habría sido una buena oportunidad para diagnosticar manía persecutoria o paranoia, pero la solución estaba por otro lado.

—¿Por qué cree que lo observan?

No imaginé el efecto que iba a provocarle esta pregunta. Se irguió ligeramente, echó los hombros hacia atrás y su tono de voz se hizo más aplomado. Había dado en el clavo, como se decía antiguamente.

—La verdad, se me ha ocurrido una explicación bastante absurda. Hasta me da algo de vergüenza decírsela...

—No se avergüence de nada, por favor. Tal vez ahí esté la clave de todo. Y créame, como psiquiatra, he oído cosas que asombrarían al más curtido.

—Bueno, doctor, hace poco retomé una afición que tenía en la adolescencia, que es escribir. Incluso me inscribí en un taller de cuentos, y no lo hice nada mal. Pienso que podría ser escritor. Sobre todo, de ciencia ficción. He decidido arriesgar algo de capital para publicar un volumen de cuentos que tengo en mente...

—¿Y eso qué tiene que ver con la gente que, según usted, lo observa?

—Precisamente, ahí está la explicación. Creo que voy a ser un escritor muy famoso. Tanto, que la gente del futuro hará viajes al pasado solamente para verme. Para decir que vieron de cerca al gran escritor. ¿No haría usted lo mismo si pudiera viajar al pasado, tratándose de Freud, por ejemplo? Uno se pregunta cómo se sentiría si pudiera ver, en carne y hueso, a gente famosa de otras épocas.

De nuevo estaba tratando de evadir el tema. Lo miré con cierta lástima. La verdad, debió haber sido muy duro para él admitir que tenía esa clase de fantasías. Definitivamente, ese era el meollo del asunto, su deseo oculto de ser escritor, sus ganas de buscar un reconocimiento que tal vez no conocía en su vida cotidiana. Observé el reloj. Tenía que apurarme.

—Creo que usted mismo puede darse cuenta de lo que ha dicho. Es la clave de todo.

—¿Cómo dice? No le entiendo.

—Digo que estoy casi seguro de que estas ideas acerca de los observadores empezaron a rondar por su cabeza cuando tomó la decisión de escribir, ¿verdad?

Aunque pretendió ocultarla, una sonrisa se dibujó en su rostro. Estaba escuchando lo que quería escuchar.

—Sí, es cierto... Antes no, quiero decir, durante toda mi vida no he hecho nada que pueda considerarse trascendente. Estudio, trabajo, matrimonio. Todo bien, todo bajo control. Y sin embargo, siempre tenía la sensación de algo que me faltaba, el deseo de poder hacer otra cosa diferente, única. Y cuando al fin me decido...

—... aparecen los observadores. Sabe, creo que esa idea suya de gente que ha venido del futuro para observarlo, si bien es ilógica, tiene un fondo de verdad. Las decisiones que tomamos generan cambios en nuestro interior, ¿sabe?, en nuestro modo de actuar, de comportarnos, incluso de mirar. Es posible que la gente lo vea distinto porque ahora usted es distinto. Y fíjese que el primer cambio de los demás respecto a usted es la observación. Como buen escritor, tiene usted un ego muy grande...


Ilustración: WKowalski

—¿Entonces cree que tengo futuro como escritor? Me gustaría comentarle sobre mi primer cuento...

—Supongo que debe ser fascinante, pero nos queda muy poco tiempo. Y según veo, no creo necesario que tengamos otra sesión.

—¿Cómo dice?

—Hombre, ¿pero es que no se da cuenta? Todo eso de los observadores no es más que una racionalización de las exigencias de su ego, que ante una nueva faceta, reacciona "percibiendo" lo que todo escritor desea: una atención desmesurada, hasta incómoda, pero en el fondo, gratificante. Note que siempre ha empleado términos como arrobamiento o admiración cuando se refirió a sus presuntos observadores.

—Entonces...

—Entonces, lo único que tiene que hacer es ponerse a escribir. Para que, en lugar de esa atención vicaria que le proporcionan los observadores, reciba la verdadera atención que desea un escritor, que es ser leído, tener un público, admiradores.

Esta vez fue el quien se quedó en silencio. Ambos sabíamos que estábamos en el camino correcto. Solo faltaba darle un leve empujón.

—Escriba. En cuanto deje este consultorio, póngase a escribir inmediatamente. Verá como pronto esos observadores dejarán de molestarlo. Porque ya no los necesitará.

La alarma del reloj sonó en ese instante. Los cuarenta minutos de la sesión habían terminado.

—Muchas gracias, doctor. Ha sido una consulta muy provechosa.

—¿Quiere firmar estos recibos, por favor?

—¿No se supone que debo hacerlo en la recepción?

—Sí, pero el personal es nuevo y no confío mucho en ellos. Mejor de una vez.

—Bueno... Supongo que eso es todo. Hasta luego, doctor Muceneck. Y muchas gracias.

Cuando cerró la puerta, respiré con alivio. No me quedaba mucho tiempo, por lo que pulsé el botón de llamada. Tendría muchas cosas que decir a mi regreso al siglo XXIV, entre ellas, que debían suspenderse los viajes al pasado para conocerlo, pues el tipo había estado a punto de descubrir la verdad. No le hubiera servido de nada, pero es preferible que se ignore nuestra presencia cuando venimos a observar personajes de los siglos anteriores.

Además, a cada minuto que transcurría se me hacía más difícil contener la emoción. ¡Tenía la firma del escritor más famoso de todos los tiempos!



El escritor más famoso de todos los tiempos puede ser cualquiera de nosotros. Sólo tenemos que prestar atención cuando alguien a quien no hemos visto jamás nos observa arrobado.

Daniel Salvo nació en 1967 en una provincia al sur de Lima. Relata: "En 1986, empiezo a estudiar derecho, con mediocres resultados, sin dejar de leer ciencia ficción, actividad que había iniciado en mi adolescencia. En junio de 2002 comienzo la publicación más o menos periódica de Ciencia Ficcion Perú; página web sobre el género, que además intenta reunir las obras de autores peruanos". Ha publicado los relatos "El amante de Irene", "El nombre no es importante" y prepara un volumen de cuentos con el título tentativo En las ruinas de Utopía.


Axxón 159 - febrero de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Perú: Peruano).

            

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